Tuesday, November 28, 2006

GUILLERMO NIÑO DE GUZMAN

Guillermo Niño de Guzmán nació en Lima, en 1955, y es una de las principales voces de la nueva narrativa peruana. Publicó su primer libro de relatos, Caballos de medianoche, cuando tenía 25 años, y en 1955, luego de una larga pausa, dio a conocer dos títulos: una novela histórica para jóvenes "El tesoro de los sueños" y el libro de relatos "Una mujer no hace verano". Escritor y periodista. Estudió literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú, en donde se graduó con una tesis sobre Ernest Hemingway, y luego se dedicó al periodismo.
Ha escrito guiones para el cine y televisión, y ha llevado a cabo una activa labor editorial. En 1985 obtuvo el primer premio en el certamen "El Cuento de las 1000 palabras" de la revista Caretas, y, en 1988, el premio "José María Arguedas" del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología.
Ofrecemos uno de los cuentos de su excepcional primer libro.


CABALLOS DE MEDIANOCHE


Había vivido y trabajado solo con

la Soledad, mi amiga, y en las tinieblas,

en las noches y en el silencio durmiente

de la tierra había contem­plado un millar

de veces el sonido de sus oscu­ros caballos

arribando. Y había velado la muerte de

mi hermano y de mi padre en las oscuras

vigilias de la noche y, cuando, a su hora

llegó la figura de la muerte orgullosa,

yo la había reconocido y amado.

Thomas Wolfe, From death to morning


- No me gusta el agua - dijo ella, y dibujó un mohín con los labios -. No me gusta nada.

-¿Cómo que no te gusta? -repuso él, mientras la sostenía al borde de la tina-. A las niñas buenas les gusta el agua y se ba­ñan todos los días.
-Yo no soy una niña buena.
-¿Conque no eres una niña buena? Entonces, ¿se pue­de saber qué clase de niña eres? Porque si no eres una niña buena tienes que ser una niña mala...
-Ah, no -elevó la voz-, eso sí que no. Yo no soy una niña mala. Yo no...
-Bueno -la interrumpió él-, si no eres una niña mala te vas a meter al agua ahora mismo. Y sin protestar.
-Está fría. No quiero.
-Caramba, no está fría. Ven, dame la mano.
Ella dudó un instante antes de tendérsela. Él tomó aquella mano pequeña y blanda como si se tratara de un pez vivo y la sumergió en el agua. Ella dio un ligero respingo e intentó sacarla, pero él no se lo permitió.

-¿Ves? No está fría.
Ella se entretuvo batiendo el agua y pronto deslizó la otra mano.
-Señorita -dijo él-, no hemos venido aquí para un baño de manos. Así que usted va a entrar al agua de una vez, le guste o no le guste.
Ella lo miró y frunció los labios.

-No me digas así.
-¿Cómo?
-Que no me digas señorita. No me gusta.
-A usted no le gusta nada. Nunca he conocido una niña tan difícil.

-Es que no me gusta que me digas señorita. No soy tan vieja.

El hombre la miró divertido y empezó a reírse. Sin embargo, su risa se apagó de repente, interrumpiéndose con un bufido sordo. Inclinó la cabeza y se cubrió el rostro con ambas manos.
-¿Qué te pasa, papi?
-Nada, nada. ¿Dónde dejé mi vaso?
-Ahí está -apuntó ella bajo el lavatorio. El hombre recuperó el vaso y bebió lo que quedaba de un solo sorbo.
-Bueno -anunció-, o entras por las buenas o entras por las malas. ¿Qué prefieres?
Ella lo observó durante varios segundos, midiendo la firmeza de su resolución.
-Está bien -dijo, bajando la vista.
Él aprovechó su distracción para hacerle cosquillas y, mientras ella estallaba en carcajadas, la levantó en vilo y la metió dentro de la tina.
-¡Ay! ¡Está fría!
-Vamos, no seas teatrera. El agua está tibia. Ahora quédate quieta que voy a llenar mi vaso.
Cuando regresó ella ya se había acostumbrado a la tempe­ratura del agua. Él cogió el jabón y le restregó el cuerpo sin prisa, haciendo abundante espuma.

-Qué chiquita más cochina... Tienes barro en las orejas. ¿Dónde has estado?
-En el parque, jugando a las escondidas con Tito -explicó ella.

-¿Tito? ¿Quién es ese sujeto? Usted todavía está muy moco­sa para andar con novios.
-Tito no es mi novio. Es mi amigo. El chico del piso de abajo.

-¿Muy amigo?
Ella asintió.
-Hum... Eso suena algo sospechoso. Cierra los ojos que te voy a enjuagar el champú.
-Listo -dijo él, envolviéndola con la toalla-. Ahora sí pareces una niña decente.
-Oye, no me frotes tan fuerte. Me haces daño.
-No seas exagerada. A ver, alza los bra­zos. Date la vuelta. Hay que secar bien el potito. Otra vuelta. Ahora la cosita, siempre tan meoncita. Cuidado que te resbalas.
Cuando terminó le dio un beso ruidoso en el ombligo y ella soltó un gritito nervioso. Luego la llevó al dormitorio, donde le puso el pijama y la acostó.
-A dormir se ha dicho, jovencita.

Se agachó y la besó en la mejilla.
-Pica tu cara -se quejó ella-. ¿Por qué no te has cortado?
-Afeitado, querrás decir -le corrigió él, palpándose la bar­ba desordenada y copiosa de varios días.
-Pareces un oso feo.
-¿Sí? ¿Tan feo? -dijo él con voz distraída. Luego se incorporó y dio unos pasos vacilantes por la habitación.
-¿Vas a salir, papi?
-¿Salir? No, no. ¿Dónde diablos he puesto mi vaso?

-Lo dejaste junto a la tina.
-Sí, claro. Qué memoria. No me acuerdo de nada.

El hombre se dirigió al baño.
-Será mejor que duermas -dijo, volviendo al cuarto.

-No tengo sueño.
Él agitó el vaso, haciendo tintinear los cubos de hielo.
-No me gusta eso que tomas -dijo ella.

-¿Cómo lo sabes? ¿Acaso lo has probado?
Ella encogió la nariz.
-Es amargo, horrible, peor que mi jarabe. Casi vomito.
-Bien hecho. Eso te pasa por curiosear donde no debes. Ahora, señorita, voy a apagar la luz.
-Ya pues, no me digas señorita.
-Se acabó la charla. Es hora de dormir.
-¿Te duele la cabeza, papi?
El hombre había cerrado con fuerza los ojos.

-No es nada -dijo, haciendo un gesto de poca importancia-. Me duele un poquito la cabeza. Ya pasará. Hasta mañana.
-Papi.

-¿Qué?

-No te vayas.

Él se acercó y se sentó en el borde de la cama.
-Es tarde, jovencita -le dijo mientras le revolvía la suave madeja de su cabellera negra-. Tienes que dormir.

-¿Y tú?
-Yo también. Ya me voy a acostar.
-Mentira.
-¿Le llamas mentiroso a tu padre?

-Anoche no te acostaste.

-¿Anoche?
-Sí. Tenía sed y me levanté para tomar agua y entonces te vi despierto en la sala. Estabas junto a la ventana, con tu vaso, mirando la oscuridad. Y esta mañana cuando me levanté para ir al colegio toda­vía seguías ahí.
-Seguramente me había levantado temprano.
-No, porque estabas despeinado y olías feo cuando fui a darte un beso. No te habías lavado los dientes…
-Caray, por lo visto no se te pasa una.

Le dio un beso en la mejilla y ella se colgó de su cuello y lo atrajo hacia sí.
-¿Me das un beso como en las películas? -le susurró en el oído.

El hombre lanzó una carcajada
-Como en las películas, ja... ¿Y cómo es eso? Yo no sé.

-No te hagas...
-Si no me hago…

-Ya pues.
-Con una condición.

-¿Cuál?
-Te duermes de una vez.
-Con una condición -dijo ella.
-¡Qué! ¿Tú también quieres poner condiciones? Así no vale. -Intentó deshacerse de su abrazo, pero ella lo retuvo y acer­có sus labios y los oprimió contra los de él.
-Hiciste trampa -dijo él, retirando la boca poco después. Ella se limitó a mirarlo en silencio.

-Papi -dijo al cabo de un momento.
-Dime.
-Papi -vaciló ella-. Papi, quiero dormir contigo.

-No creo que sea una buena idea -dijo él, desprendiéndose de su abrazo. Recogió el vaso que había dejado sobre la mesa de noche y bebió un trago. -Hace mucho tiempo que no dormimos juntos.
-Sí, pero esta noche quiero dormir contigo.

-No, esta noche no.
Ella murmuró algo ininteligible y desvió la mirada.

-No seas renegona. Te vas a volver fea.

Ella permaneció en silencio.

-¿Al menos puedo saber por qué quieres dormir conmigo esta no­che? -dijo él, buscando sus ojos.
-Tu cama es grande -balbuceó ella.

-Es verdad -dijo él-. Mi cama es grande, quizá demasiado grande. Pero esa razón no basta.
Ella hundió la cara en la almohada y él le rozó la nuca con la yema de los dedos.

-¿Y bien?
Ella miró la pared y dijo:
-Es que tengo miedo.

-¿Miedo? -repitió él-. ¿De qué?

-No sé -gimió ella-, pero tengo miedo.

-Puedo dejarte la luz encendida.

-No, no es eso.

-Vamos, no hay por qué tener miedo.
Ella se volvió hacia él. Sus ojos brillaban como dos es­feras ardientes.
-No te preocupes, jovencita -dijo el hombre en voz baja-. Estás conmigo. Estamos juntos. Siempre vamos a estar juntos los dos. Sabes, eres una chiquilla muy linda y te quiero mucho. Ven, abrázame.
-Yo también te quiero mucho.

-¿Solo mucho?

-Mucho-mucho-mucho.

-¿Cuánto es mucho-mucho-mucho?

-Es un montón, algo muy grande.

-¿Qué tan grande?

Ella lo pensó.

-Como ir de aquí hasta la luna -dijo finalmente.

-Eso me gusta -dijo él-. Está bien, tú ganas.

El hombre la alzó y ella apresó su torso con ambas piernas. Salieron al pasillo y entraron en la habitación de él.

-¿Ahora podrás dormir? -le preguntó mientras la acomodaba entre las sábanas.

-Si tú te quedas…

-Hazme sitio -dijo él y se echó junto a ella.

-¿Vas a ir a tu trabajo mañana?

-Claro.

-Hoy no fuiste.

-¿Quién te ha dicho que no fui?

-¿Y ayer? Ayer tampoco fuiste. Lo sé porque te olvidaste de ir por mí al colegio y la Miss Rita llamó a tu oficina y le dijeron que hacía varios días que no ibas.

-Caramba, pareces una esposa gruñona. ¿Cuál es la Miss Rita? ¿Esa flaca alta con cara de hueso chupado?

Ella se rió.

-Sí, esa es.

-Pues habrá que decirle que no meta las narices donde no le importa. ¿Dónde está mi maldito vaso?

-Se quedó en mi cuarto.

-Bah…

-¿Te sigue doliendo la cabeza?

-¿Quieres dormirte ya? -dijo el hombre, levantándose bruscamente-. Estoy comenzando a hartarme.

-Papi -dijo ella con suavidad y le aferró la mano.

Ella dormía con la boca levemente entreabierta. Podía sentir su cuerpo tibio, el ritmo sosegado de su respiración. Le gustaba velar su sueño, pero no quería correr el riesgo de que se despertara. Un rato después se apartó con cuidado y salió del cuarto.

Se sirvió un nuevo trago, bebió un largo sorbo y se aproximó a la ventana. La ciudad se emboscaba en la vasta penumbra, debajo de un reguero de puntos luminosos.

Lo peor eran las punzadas en las sienes. Todo empezaba con un rumor lejano que iba en aumento hasta convertirse en un tumulto que estremecía las paredes de su cráneo. El dolor oscilaba como la marea que se encrespaba y rugía por la noche.

Una fuerte brisa subió desde el acantilado, trayendo un olor rancio y pesado que impregnó sus fosas nasales y se estancó en el aire. El hombre miró la calle que se estiraba veinte pisos aba­jo como una lengua húmeda y brillante. Había llovido y el asfalto mojado reflejaba las luces del alumbrado. Jirones de niebla se deslizaban como fantasmas extraviados.

Fue al baño y se roció la cara con agua fría. Un individuo de tez pálida le devolvió una mueca en el espejo. Tenía la barba hirsuta y los ojos enrojecidos de insomnio. Las venas latían bajo sus sienes y un espasmo le sacudió la columna vertebral. Se apoyó en el lavatorio y trató en vano de dominar los temblores. Por último, apretó los dientes con rabia y se lanzó contra ese rostro que se contorsionaba delante de él y lo hizo pedazos.

Se le acababa el tiempo. Un hilo de sangre descendía por su frente. Abrió los armarios y vació los cajones del escritorio con brusquedad, hasta que distinguió el paquete sobre una de las repisas de la biblioteca. Rasgó la envoltura, sacó los rollos de cinta de embalar y se dirigió al vestíbulo.

Durante los siguientes minutos se dedicó a cubrir las rendijas que había entre la puerta y el marco con la tira adhesiva, de modo que quedaran herméticamente cerradas. Repitió la operación en las ventanas de la sala, el comedor y las demás habitaciones. Al terminarse la cinta, usó unos trapos para sellar la puerta de servicio. Luego abrió la llave del gas.

Exhausto, se tendió al lado de la niña, mientras el rumor crepitaba a la distancia. Este avanzó despacio, sin prisas, aunque de manera incontenible. Fue haciéndose cada vez más fuerte y atravesó las paredes de su cráneo como si fueran de papel. Era el estrépito de millares de cascos que retumbaban contra la tierra en una carrera de­senfrenada.
Se volvió hacia ella, la rodeó con su brazo y esperó. Ya se encontraban muy cerca. De pronto sintió que todo se le escapaba -la niña, el cuarto, su propio cuerpo- como un puñado de arena que uno se empeña inútilmente en retener. Fue entonces cuando los vio. Allí estaban las fauces furiosas, las orejas erectas y los belfos resoplantes, arremetiendo con un bri­llo salvaje en el centro de los ojos, relampagueando con el es­plendor helado de una manada de caballos blancos desbocados en las tinieblas de la noche.

Thursday, November 16, 2006

VICTOR TIBURCIO ALIAGA



Victor Tiburcio es un gran amigo a quien conozco y aprecio como poeta. Su labor poética obtuvo, entre otros méritos, Los Juegos Florales de la Universidad Católica. Modesto él, no quiere fotografía, y me envió la pequeña nota que a continuación cuelgo. Víctor Rómulo Tiburcio es un fantasma que revive cada tiempo absorbiendo la poca sangre que le queda al parasitado cuerpo que posee de vez en cuando. Disfruten de la historia.

SOBRE LA EVASIÓN UNIDIMENSIONAL

PASO I

Eso es lo que siempre me mareará, y tus reacciones ilimitadamente punzantes y ausentes de ballet.

Un día escupiré más lejos que los demás mientras algún artefacto ha de sobrepasar los austeros puntos delimitados en conciencias, que han sido vestidas de añil para ser protagonistas de algún poema perdido y deidificado en sinónimos de escafandras que me permitirán ver en el vacío.
El vacío de los dioses, nunca será llenado hasta que me aparezca el día de la luz que ya se ha marchado, sin mí y el pasajero del hombre que intentó ser pájaro


Le dirá compungidamente el ser que acababa de salir de las sombras.

El sol no podrá ni verlo,

El hombre siguió en su obscura esquina invocando como si el estado de las cosas fuera un caos potencialmente correcto y seguido en 231 normas isométricas que se entrecruzarían unas a las otras, sin que te pudiera ver una vez más y puedas calentar las mañanas, sin aquella ultravioleta violencia decantándose entre mis poros.

Pero el sol solo podrá continuar



PASO II

Espera con ansias cada fin de semana para poder cruzar el cuerpo yacente, con los senos graníticos al aire y que abra su canal negro para poder introducirte en él , saciarte de su atmósfera y sus olores; y disfrutar hasta el éxtasis el roce que da la velocidad de mi coche y su superficie de asfalto que resplandece ante mis ojos.
Las estrellas son linternas que iluminan más en el desierto sumido en la obscuridad de luces fingidas, me gusta aparcar y apagar las luces para disfrutar un instante del silencio que se goza al no tener auto, ni ropa, ni destino, ni origen, salvo la inmensidad de la obscuridad donde sólo se distinguen sombras que no puedo identificar.
Luego daremos la vuelta y regresaremos al auto junto al destino y al origen, para avasallarnos durante unos días esperando poder refugiarnos en los brazos negros de esa amante sin cuerpo que nos ayudará a vivir unos pocos días más.



PASO III

Remolonamente el tiempo habrá pasado sin dejar de toser uno que otro pulmón azul.
Así, en vez de cuando en cuando, se retirará uno a los verdes campos que ya tanto hemos pisoteado.

Capitalmente dejaremos la provincia de nuestro cerebro en un rincón imposible de ser verde hierba, diez micro cosmos agazapados en una risa absurda que se va escapando a través de la densa neblina de los puntos y comas desvanecidos en la hierba que ya dejó de ser azul y expulsada como si yo fuera a delimitar mis pensamientos para que me vayan entendiendo o acaso mi cerebro funcione a la débil luz de mis torpes e incautas manos siniestras

Hoy terminé una sonrisa que había estado trabajando desde que me acuerde tenia 89 años en la dulce calma del río que fluía hacia los lados y podía beber de espaldas el delicioso hielo crujiente en mis entrañas expuestas al doble filo ausente de las navajas armadas de plumas que herían el color de los lugares sempiternos pero no divaguemos, era una sonrisa concluida la que me había traído y lo más gracioso es que no duró tanto como el desenvuelto rollo de aspergesias entrometidas en un dios antiguo, sin reflejos que destrozar en miles de trizas, cuando como hoy empieza a llover sin previo aviso y empiezo a sentir que me arde el rostro.

Entonces se detendrá el tren en el que rápidamente viajaba y alguno que otro creerá reconocerme sin saber que yo los desconozco a todos

Después de haber enseñado pudendas misivas que tras un corto deliberar se debió entender como una proposición o algún que otro recuerdo plomo de las familias de cada uno de los seres que ahora se reducen a cabezas que necesito despotricar de su caballo enorme pero inútil amarrado al camino sin poder correr libremente por el caos y su orden milenario y a gran escala
Difícil de entender desde esa altura

Falta aún por decir todas las letras del idioma en el que hablo hoy sino ningún libro estaría completo y no se podría terminar de leerlo y saltar del asiento y empezar a gritar calato por la calle para que el autor orgullosísimo él salga por su balcón y salude con ambas manos tu ahora terminada sonrisa que desde hace 89

Creo

Bueno, todo esta borroso y encima calato en medio de la plaza y ella mirándome.


PASO FINAL

El paraíso acaba de ser perdido; a veces Milton se enreda en dosis sistemáticas e inexorablemente bifurcadas en diócesis completas y decantadas en dos minutos de oficinas y trabajos y gentes y muchas caras que odio o ignoro completamente.
Descansa; reposa diez segundos toma aire sin sentir que se están efectuando grandes procesos químicos dentro tuyo, siente como vas muriendo día, a día; vivido sin que valga la pena y deja un solo segundo de mirar atrás del espejo buscando aquella espalda perdida en la vuelta que ya no tiene regreso ni final ni un vals con su par de chelas encumbradas en la mano dedicada a levantarlas y engullirlas sobre todo cuando hay sol, cuando hace frío, cuando tengo hambre o no hay mucha o tengo fiebre o tus ojos han sido demasiado insidiosos o simplemente han pasado sin mirarme. En fin, el sentido de levantarse es no estar tirado, como los dados cuando quiero jugar y no los tiro y entonces ya no salen sietes ni tres y me quedo quieto esperando que se vuelvan a cambiar en el adoratorio de la vieja griega suerte que ya no anda tan rápido como antes en los que no había tinkas ni mucho menos arroz chaufa o menú de a sol, ni de fa ni mi ni la, ni música ni el hemisferio sur había sido desencajado de algún lugar inexplorado por los tsunamis o me fui al regio lugar de ensueño y pesadillas imposibles pero que son irremediablemente creídas cuando por mas que intento no puedo dejar de soñarlas o el insomnio se ha apoderado en débiles pero numerosas gotas cuotas de sudor de aquella miserable muesca de alguna rueda de mi memoria

Wednesday, October 18, 2006

CARLOS GARCIA MIRANDA ( + )


 Carlos García Miranda (1968 - 2012) Escritor perteneciente a la generación de los noventa. Destacó como docente universitario en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM).
Realizó estudios de maestría en literatura en la UNMSM y estudios de doctorado en la universidad de Salamanca, España. Publicó ensayos y cuentos en revistas especializadas de España, Estados Unidos y Perú.
En 1992 ganó el Primer Premio en los Juegos Florales Interuniversitarios de la UNMSM con su libro de relatos Cuarto desnudo, que se publicó en la editorial Dedo Crítico (1996). Fue finalista en el Premio de Novela de la Universidad Nacional Federico Villarreal con su libro Las puertas (Lima, 2002).
Como ensayista publicó Utopía negra. Identidad y representación cultural en la narrativa negrista de Antonio Gálvez Ronceros (Lima, 2009). 
Esta breve biografía es una muestra pálida de la valía de Carlos, tanto como escritor y como persona. Cuando subí este cuento, Carlos era un escritor inquieto con muchos compromisos intelectuales. Lamento mucho su fallecimiento, y haberme enterado solo tiempo después.




HISTORIA DEL ASESINO, LA VÍCTIMA Y EL PERRO

Parecía que el tipo sabía lo que hacía. Sentado sobre esa ruma de periódicos esperaba pacientemente a su víctima. Mientras fumaba cigarrillos negros, pensaba en lo que haría después. Un trago donde Henry’s, seguro. Luego vuelta a casa. Esperaría la llamada de Nick. Tendido sobre su viejo sillón desvencijado miraría televisión. Nick llamaría después de varios programas. El tío ya es fiambre, diría. Y Nick aprobaría la noticia con un good, good boy. Pasa a cobrar a eso de las cinco en el Café de Monk, diría luego. Y colgaría. No le daría tiempo para más detalles. El tipo tampoco esperaría más. Un par de horas después saldría de su apartamento. Tomaría la avenida principal. Aprovecharía para ver que están pasando en el cine América, su preferido. Si es jueves, pasarían las de Jacky Chan, y si es viernes las de Clint Eastwood. Cualquier otro día preferiría ir temprano al Henry’s. Tomaría su Capitán. Buscaría alguna mujer, bailaría, se emborracharía, pelearía con alguien, intentaría matarlo. Y después, ya de madrugada, volvería a su pieza. Al otro día esperaría una nueva llamada, no importaría si fuera el mismo Nick o Laredo o cualquier otro. Dame el nombre y el lugar, y asegúrate que la paga sea en billetes chicos, nada más, del resto me encargo yo, diría el tipo mirando su enorme panza en el espejo de su habitación. Y volvería a sentarse en algún lugar a esperar a su víctima, como ahora.
En su encuentro con Nick habría de tener más cuidado que con su víctima. A lo largo de los años eso ha llegado a cansarlo. Es casi como un rito. Nick trataría de joderlo con la paga. Llevaría gorilas, armas y amenazas. Finalmente le entregaría el dinero. Era una broma viejo, nada más, diría Nick después, mientras miraba a sus gorilas tendidos en la acera, muertos. Luego al América o el Henry’s, igual.
Todo esto pensaba el tipo mientras esperaba. Poco más tarde apareció su víctima. Traía un hermoso roadwailler cogido de un enorme collar metálico. ¿Mataría también al animal? Eso se vería después, aunque interiormente pensaba llevárselo como parte de su paga. Y es que en verdad era un hermoso animal, de imponente porte y mirada mortalmente homicida. Si fuera perro me gustaría ser como él, se decía el tipo. Luego comenzó a seguirlos. Dos cuadras después la víctima entró en una licorería. ¡Maldición!, exclamó el tipo. Y esperó en la entrada. Nuevamente sentado sobre la vereda, metió la mano dentro de su americana. Sintió la pistola. Era una Colt. La había adquirido de un amigo. Otro matón que murió en manos de su mujer. ¡Que ironía!, pensaba, Franky llevaba matando cerca de treinta tipos en los dos años que lo conocía. Y se deja matar por su mujer en la bañera de un hotel. Se había ido de juerga con una rubia del Casino. Estaba feliz porque Aníbal lo había buscado para un trabajo. ¡Aníbal!, vaya suerte de ese mal nacido, se dijo. Seguro que se forraba con varios grandes. Y es que con Aníbal no se trabaja por menos de diez mil. Yo habría festejado igual. ¡Era Aníbal! Los ojos del tipo se encendieron al recordar la figura de Aníbal. Lo veía en su convertible rojo, con Pam al lado, hablándole de las cosas que se podían hacer en esta ciudad. ¡Es una mina! Exclamaba Aníbal al volante. Y claro, hizo un par de trabajos para él, cosas de poca monta en verdad, pero muy bien pagadas. Luego ocurrió lo de Pam, y tuvo que zafar el culo. Aníbal no lo mandó matar porque Pam intercedió. Además le juró que en verdad no había pasado de un par de miradas. Y Aníbal le creyó. Pero ya era imposible tenerlo cerca, así que se tuvo que ir. Otra oportunidad perdida.
Y bueno, Franky terminó llevándose a aquella rubia a un hotel. Seguro no esperaron mucho para desvestirse y meterse a la cama. Veinte minutos después Franky estaba en la bañera limpiándose el sudor. Ahí apareció su mujer. Tenía una escopeta de doble cañón. Encontró a la rubia dormitando en la cama. Y sin miramientos le disparó a quemarropa. Luego comenzó a buscar a Franky. Lo encontró en la bañera. Él no podía creerlo, pero sí, era su mujer quien ahora le apuntaba. Fugazmente recordó cuando la conoció en un puesto de abarrotes en un mercado. Se veía tan inocente. Y no tuvo tiempo para más, porque en ese mismo instante ella le descargó todos los proyectiles en el cuerpo desnudo.
Muchos no son capaces de matar una mosca, hasta que se le presenta la oportunidad, balbuceó el tipo. Poco después su víctima salió de la licorería. El perro revoloteaba a su alrededor. Seguía pareciéndole un hermoso animal. Entonces se acercó. Cuando estuvo a un par de metros le disparó. Su cuerpo cayó de bruces sobre la vereda. Y el perro, al verse libre, corrió despavorido a lo largo de la avenida, hasta perderse de vista. Cualquiera diría que se horrorizó con el crimen. El tipo avanzó hacia el cuerpo inerte de su víctima, y ante la mirada atónita de docenas de transeúntes, le dio el tiro de gracia. Fue en el ojo derecho. Era su firma. Luego corrió hacia la acera de enfrente. Se metió a una estrecha calle, saltó una berma, cayó sobre un jardín pelado. Y siguió corriendo, hasta sentirse lejos y seguro. Después tomó un taxi a su apartamento. Al llegar, cogió una cerveza del refrigerador, bebió varios tragos, y llamó a Nick. La misma historia. Pasa por el Café de Monk. El tipo asintió. Quedaron para dos horas después. Sentado frente al televisor el tipo no podía dejar de pensar en el perro de su víctima. Se le imagino en esa misma sala, junto a él, viendo televisión. Poco más tarde salió a su encuentro con Nick. Llevaba su Cold. Al llegar ocupó una de las primeras mesas que da a la ventana. Desde ahí miraba la calle. Veía a la gente cruzando apresuradamente las pistas, niños jugando, vendedores, y a los gorilas de Nick bajando de un convertible negro. Esta vez no hubo sorpresas, y recibió de manos de uno de esos gorilas su paga. Dos mil. Luego salió, tomó un taxi al centro de la ciudad. Deambuló una media hora entre los Cafés, cines y bares. Finalmente se metió a una tienda de animales. Compró un perro parecido al de su víctima. Se lo llevó a su pieza. Y junto vieron televisión esa noche. También las otras, hasta el fin de sus días, que, por cierto, no tardó mucho.

Friday, October 13, 2006

IVAN THAYS


Iván Thays (Lima 1968).  Con estudios de Lingüística y Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú
En 1992 publicó su primer libro Las fotografías de Frances Farmer. Entre sus siguientes publicaciones, destacan El viaje interior, La disciplina de la vanidad.  En 1998 fue finalista del Premio Copé con el cuento "La ópera gris", y ganó un Premio Príncipe Claus en 2000 por su contribución cultural y su obra La disciplina de la vanidad fue finalista del Premio Rómulo Gallegos.
En el año 2000, Thays se convirtió en conductor del programa literario Vano Oficio en TV Perú hasta el año 2008.
En 2005 creó el blog Moleskine Literario. En 2008 quedó finalista del Premio Herralde de Novela por la obra  "Un lugar llamado Oreja de Perro".


LINDBERGH

Así que todo se resume a esto. Una mañana entera viendo el rostro de Paulo y el mío en la televisión. Diez periodistas haciendo guardia en la entrada de mi edificio. Tres policías interviniendo el teléfono mientras leen un periódico de fútbol en el comedor. En cualquier momento se comunicarán. Esperar es todo lo que me queda. He llamado a Lucía para decirle que, por supuesto, hoy no haré el programa. Ella se ha puesto a llorar en el teléfono. Es imposible que esto te esté pasando a ti, dijo. Pues me está pasando. Colgué. No puedo evitar pensar en ella como una enemiga. ¿Quién no se convierte en tu enemigo cuando han secuestrado a tu hijo y tienes que estar encerrado en un cuarto con la cama sin tender, viendo fotos en los noticieros, oyendo declaraciones de supuestos amigos, de policías, de vecinos? Por ejemplo, qué extraño ver a Felipe en el noticiero del canal donde trabajo hablando de mí en tercera persona, diciendo que espera que no me convierta en el Lindbergh peruano.

Escribí Lindbergh en el buscador. Me enteré de algunas cosas. Supe, por ejemplo, que el 29 de enero de 1928 llegó a Maracay, Venezuela. Visitó el Panteón Nacional, la Casa Natal del Libertador, el Salón Elíptico del Congreso, el Museo Bolivariano. Supe que pertenecía al signo de Acuario, como Charles Darwin, Julio Verne, Mozart, Bécquer, Clark Gable, James Dean y Giacomo Casanova. Su color es el verde gris, su piedra la turmalina y el circonio y sus números de suerte 7, 14 y 20. Supe que realizó su famoso cruce del Atlántico Norte alimentándose solamente con barras de chocolate. Supe que Billy Wilder hizo en 1957 una película basada en su autobiografía, con James Stewart como Lindbergh. La música fue de Franz Waxman, que también compuso para Wilder en Sunset Boulevard. La película sobre Lindbergh se tituló “El héroe solitario”. Supe que si uno quiere reservar habitación en el Holiday Inn Paris-Orly Airport debe dirigirse al 4 ave Charles-Lindbergh Rungis 94656. Supe que un libro de Bob Burleigh lustrado por Mike Wimmer sobre el diario de Lindbergh estaba recomendado para niños de seis años como ideal para fomentar el valor, el amor propio y el buen juicio. Supe que Lindbergh debía entrar a la cabina de su avión por una trampa en la parte superior del avión o alguna de las ventanillas laterales, ya que no tenía visibilidad hacia delante y requería asomarse cada cierto tiempo hacia fuera para corregir su rumbo. Supe que un tal Jimmy Angel, piloto norteamericano nacido en Springfield, Missouri, en 1988, trabajó con él en un circo aéreo de Lincoln, Nebraska, en 1921 en un acto que consistía en arrojarse del paracaídas y hacer piruetas. Y supe también que cuando Charles Lindbergh cruzó el Atlántico sin copiloto, en un avión monoplaza llamado Spirit of St. Louis Calvin Coolidge -entonces presidente de los Estados Unidos- celebró antipáticamente la noticia que daban las radios declarando: "No veo nada extraordinario en que un hombre cruce el Atlántico. Un hombre solo puede hacer cualquier cosa”.

He tenido que bajar a la sala para contestar las preguntas de un coronel de policía que, me dijo, está a cargo del caso por orden directa del ministro del interior. Tuve que volver a contar lo que he estado contando toda la madrugada. Graciela y yo nos separamos cuando Paulo tenía un año; ella se fue a vivir a Los Angeles con su hermana. Esa semana Paulo regresó con su abuela, por primera vez en cinco años, para pasar quince días conmigo. Acondicioné un cuarto de niño en el segundo piso, compré juguetes, ropa, y contraté a través de una agencia a una empleada que tenía experiencia como nana. El número de la agencia se lo entregué a los policías que llegaron primero. Pasé todo el día con Paulo y luego nos quedamos dormidos en mi cama viendo un blockbuster. A las tres de la madrugada pasé a Paulo a su habitación y yo me quedé en la mía. Me dormí oyendo sus ronquidos tan ligeros, tan pausados. Yo mismo cerré la ventana de su cuarto. A las siete de la mañana desperté. Busqué a Paulo y a la nana. La ventana estaba abierta. Había una escalera que nunca había visto antes. Olía a éter. Me pareció que en el marco de la ventana había sangre. Sí, confirmó el coronel cuando ya me había olvidado de su voz, era sangre, pero no tiene por qué ser la del niño.

Mi madre llamó a casa diciendo que esa noche Graciela llegaba a Lima. Me pidió que fuese a recogerla al aeropuerto. Sin pelear, enfatizó. Luego, menos dura, me preguntó si estaba seguro de que no quería que fuese a casa para acompañarme. Estoy seguro, dije. Ya no sé qué más hacer, contestó ella. Me quedé un largo rato mirando un punto en medio de nada. Luego dije que la policía quería que deje la línea del teléfono libre.

Otra vez en mi cuarto, buscando datos sobre Lindbergh y el secuestro de su hijo. Se llamaba Charles Junior, fue secuestrado en marzo de 1932, alrededor de las 9 de la noche. Tenía veinte meses de edad. Los secuestradores dejaron un mensaje pegado en la ventana que nadie descubrió hasta el día siguiente. Pese a que Lindbergh pagó cincuenta mil dólares de rescate, el cadáver de Junior fue encontrado diez semanas después a pocos kilómetros de su casa. Su cabeza estaba destrozada, tenía un agujero en el cráneo y algunos de sus extremidades no fueron encontradas. Dos años después acusaron del crimen a un carpintero alemán llamado Bruno Richard Hauptmann. La letra de Hauptmann y la de las cartas de los secuestradores eran escalofriantemente idénticas. Además, gastaba mucho dinero en plena depresión y estando desempleado. Incluso se dio el lujo de perder dinero en la bolsa. Jamás confesó. Lo ejecutaron sin que llegara a comprobarse por completo su responsabilidad. La presión de la prensa habría sido la que bajó el switch de la silla eléctrica. Dicen que Hauptmann fue un chivo expiatorio. ¿Qué culpa expió? También dicen que la muerte de Junior fue una advertencia contra las intenciones de Lindbergh de postular a la presidencia de EEUU. También dicen que, en cualquier caso, Hauptmann no lo hizo solo, que era solo una pieza de recambio, un fusible, en una maquinaria echada a andar para advertir a Lindbergh que cruzar el Atlántico por primera vez era algo que difícilmente podía ser olvidado por sus enemigos.

Lucía volvió a llamar. Le conté todo lo que sabía de Lindbergh. Ella escuchó todo en un silencio que podría calificarse de estoico. Luego me preguntó si había alguna novedad sobre Paulo. Le dije que no. Me dijo que me amaba. Habíamos hecho el amor un par de veces en su hotel y en un viaje de promoción del programa, pero eso no era amor. De eso estaba seguro. Me preguntó si la había oído. No es el momento, le contesté. Yo creo que es el mejor momento, insistió. Tengo que colgarte, lo lamento. Está bien, me dijo y luego agregó: ¿puedes explicarme qué chifladura es todo eso de Lindbergh?

Me pasé el resto de la tarde imprimiendo fotografías del bebé Lindbergh. Coloqué una de esas fotos al lado de una de Paulo. El hijo de Lindbergh aparecía sentado en una silla de niño, cogiendo un cubo de playa. Paulo aparecía en la suya sentado sobre la espalda de un superman de plástico en un lugar de juegos infantiles en las Bahamas. A su lado aparecía el brazo dorado de Graciela. También había impreso una carátula de Time, Número 18, Volumen XIX, en la que aparecía un dibujo a carboncillo del hijo de Lindbergh. Pensaba reproducirlo en mayor escala y mandarlo a enmarcar para mi estudio. Un souvenir dramático para mi nueva vida. Últimamente mi programa se había ido a la mierda. Había dejado que el productor me convenza de hacer algunas modificaciones insultantes en el decorado del set y que despida a todo el equipo de investigación. Me había convertido en un payaso, un sujeto histriónico y desinhibido, lo que no sorprendía a nadie de mi familia que siempre me consideró un exhibicionista con un sentido del humor más bien oscuro. Estaba convencido de que podía volver a ser un periodista serio, incluso peligroso, como cuando trabajaba en un semanario donde me pagaban cada tres meses. También mi vida se había ido a la mierda. Solía viajar hasta Los Angeles por lo menos una vez al mes para pasar un fin de semana con ellos. Logré incluso colocar una cláusula en el contrato que me permitía esa rutina. Graciela le había contado una historia algo épica, un poco sentimental, para explicarle a Paulo porque yo aparecía y desaparecía. Luego, por teléfono, Paulo me iba contando cómo iba creciendo esa historia ficticia. Me sorprendía la imaginación de Graciela. Tenía algo poético, pero también algo cruel. Sus cuentos cambiaba según lo que leyese en aquel momento. El último año, por ejemplo, era obvio que se había aficionado a la ciencia ficción. Quizá por eso siempre notaba a Paulo un poco decepcionado cuando me veía llegar a su casa.

Además de Hauptmann estaban los nombres de Isidor Fisch, Jacob Nosovitsky, Paul Wendel, Gaston Means, the Russian OGPU, the German Luft Hansa, su propia madre Anne Lindbergh Morrow o Elisabeth Morrow, la abuela. También Wahgoosh, un fox terrier negro, mascota de la familia. Y el mismo Charles Lindbergh. Todos esos nombres, en algún momento, para alguna teoría, habían aparecido como culpables de la muerte del bebé Lindbergh. O el torpe de Hauptmann lo dejó caer de la escalera mientras se lo llevaba; o fue un complot del gobierno contra un probable candidato presidencial demasiado cercano a las nacientes políticas fascistas de Europa; o fue una conspiración de un grupo de judíos vengándose porque el padre de Lindbergh -el abuelo de Junior- no permitió que un grupo de inversionistas judíos fundaran un banco; o el niño era hiperactivo y tenía que ser atado a la cama, pero esa noche logró desatarse y murió al caer por las escaleras y fue devorado por Wahgoosh; o el mismo Lindbergh o cualquier otro miembro de la familia lo habría matado por un descuido, o un maltrato, y luego ocultó el hecho con la estafa del secuestro para que no dañara su imagen pública y sus posibilidades políticas. Cada teoría tenía sus pruebas y sus coartadas. En internet habían tantas páginas dedicadas a Hauptmann como a Lindbergh, y decenas de foros preguntándose quién mató al bebé y por qué. También habían unos files desclasificados del FBI dedicados a Lindbergh. Se me ocurrió imprimir algunas de esas páginas para ir a buscar a Graciela y leerla mientras esperaba en el aeropuerto.

Cuando se quitó los lentes oscuros descubrí que tenía los párpados pesados, que estaba cansada y se moría de miedo. En el auto hacia la casa me insultó, desde luego. Dijo que era mi culpa por hacerme el payaso en la TV, por haber contratado a una mujer extraña en una agencia de estafadores que seguro eran también parte de la banda. Le dije que la policía pensaba lo mismo que ella. Y también que decían que el secuestro lo habían dirigido desde la cárcel. Y que había un identikit de la secuestradora en cada carro policía y además lo pasaban cada diez minutos en la televisión, junto a la cara de Paulo (no le dije que aquel identikit no se parecía en nada a la chica). Al fin se cansó de insultarme y me pidió que le cuente cómo fue. Le conté todo, menos lo de la sangre. Cuando llegamos a la casa mi madre estaba en la puerta, confundida entre los periodistas que no dejaban de pedirme declaraciones. Con extraña felicidad mi madre me advirtió que el mismo presidente había dicho en una entrevista en TV que me daba su apoyo. Mi madre había organizado a un grupo de oración para una vigilia en la puerta del edificio, en la que habían colocado un lazo amarillo. Cada vez que secuestraban a alguien ponían un lazo amarillo en las puertas y algunos lo llevaban en la solapa. Ella llevaba uno y los periodistas que nos impedían avanzar también los llevaban. Mi madre se quedó organizando la vigilia. ¿En qué momento ganaste tanto dinero?, preguntó Graciela mirando la decoración de mi departamento. Tuve bastante suerte, le dije. Quiso ir al cuarto de Paulo. Encendió el televisor que había colocado en una cómoda y se quedó dormida en su cama viendo unos dibujos animados. La luz parpadeante del televisor caía sobre su rostro y lo volvía sombrío y luego alegre, y viceversa.

Volví a encender la computadora. Me resultó tristísimo leer esos files del FBI sobre Lindbergh. Por lo visto, Edgar Hoover estaba convencido de que Lindbergh era un conspirador nazi. En una carta al presidente Roosvelt lo llamó The nazi pet. No parecía un error. Lindbergh había recibido una medalla de manos de Hitler en 1938, apenas unos años antes de la guerra mundial. Y cuando la guerra estalló, Lindbergh se opuso a que Estados Unidos ataque a Alemania con la excusa de que esos líos eran de política interna. Pero lo más contundente era el lenguaje de los escritos que publicó ese año. Usaba palabras como raza aria, virilidad, superioridad, disciplina, con la misma convicción con que Hitler las utilizaba. Incluso publicó en un Reader Digest de 1939 un artículo titulado “Aviación, geografía y raza”. Escribí varias fórmulas: lindbergh+FBI, lindbergh+nazi, lindbergh+war. También escribí el nombre de cada uno de los probables asesinos. Y de pronto, en algunas de las búsquedas, la pantalla me reveló las fotografías del cadáver del bebé Lindbergh.

Entonces entendí todo. Entendí quién era el sujeto que cruzó el Atlántico, quiso ser presidente, se dejó seducir por el nazismo, y luego viajó por todo el mundo en misión filantrópica. Y quién era aquel otro: el héroe que voló solo sobre un Atlántico enfurecido, sacando la mitad de su cuerpo por la parte superior de un avión inestable para no corregir su ruta. Y sobre quién era el otro héroe, Junior, atrapado en medio de quién sabe qué viaje más largo y definitivo que el de su padre, un bebé de veinte meses al que habían dejado solo y sin posibilidad de verificar el rumbo en medio de las nubes, un héroe cuyo corto viaje terminó en un basural con el cráneo roto y las extremidades probablemente devoradas por un fox terrier engreído o un perro salvaje o un demente que pensó que los brazos del hijo de Lindbergh podían costar mucho en un mundo de periodistas y revistas de chismes y lunáticos que revisan la basura de sus ídolos para guardarse el papel higiénico. ¿Qué pensaba Lindbergh mientras su aeroplano perdía equilibrio y amenazaba con caer en cualquier momento sin posibilidad de consultar a nadie qué había que hacer, teniendo que decidir todo completamente solo? ¿Y qué pensaba su hijo, qué palabras recién aprendidas dijo, mientras lo arrastraban por una escalera, despierto de un sueño que no debió terminar así, con un niño absolutamente solo en medio de un mar extraño como una roca o un basural tan solo a unos cuantos kilómetros de su casa? Y, dios mío, sobre todo qué podía pensar Paulo, en aquel mundo de ventanas abiertas, completamente solo en su frágil monoplano, en mitad de un viaje oscuro y solitario al que ni su madre ni yo lo hemos podido acompañar. Vamos, bebé Lindberg, recé, tú puedes hacerlo, vuelve a casa.

Fui hasta el cuarto de Paulo, apagué el televisor y saqué la cabeza por la ventana abierta. Afuera se oían los rezos. En el cuarto, los leves ronquidos de Graciela que me recordaban a los de su hijo. Aquellos ronquidos como un mar adormecido. Como una marea baja. Como una ola golpeando la arena de una playa. Una playa oculta donde desciende un monoplano con el piso alfombrado de envolturas de barras de chocolate. Una playa segura, firme. Una playa que cabe en la palma de mi mano.

CHRISTIAN REYNOSO TORRES


Christian Reynoso (Puno, Perú, 1978). Escritor y periodista. Es uno de los jóvenes representantes de la nueva literatura peruana: autores sin complejos ni deseos reivindicativos, formados en el periodismo y cuyos primeros trabajos van mostrando exigencia y ambición, señaló la revista española "Literaturas.com", a propósito de la publicación de su primera novela “Febrero lujuria” (Matalamanga, 2007), la cual recrea a través de la ficción literaria la Festividad de la Virgen de la Candelaria celebrada en la ciudad de Puno.
En el 2013, ha publicado su segunda novela “El rumor de las aguas mansas” (Peisa, 2013), que revela la compleja realidad del altiplano peruano y es también una conmovedora exploración de los excesos a los que puede conducir la violencia, y del significado que, en contraposición, adquiere la verdad como valor supremo de la sociedad.
También ha publicado el libro de cuentos “Los ojos de la culebra” (Universidad Nacional del Altiplano, 2013) y los relatos “Los testimonios del manto sagrado” (2001). Y en el género periodístico, a través de Lago Sagrado editores: “Látigo del Altiplano” (2002) y “El último Laykakota” (2008) que retratan las biografías de los personajes puneños: el periodista Samuel Frisancho y el pintor Francisco Montoya. Además, cuentos suyos han sido publicados en revistas literarias y blogs, y forman parte de algunas antologías, entre ellas: “Antología del cuento peruano 2001-2010” de Ricardo González Vigil; “Diez años de literatura puneña 1996-2006” de Jorge Flórez-Aybar; “Antología comentada de la literatura puneña” de Feliciano Padilla.
Escribió las columnas de opinión y crónicas “La Tertulia del Fantasma” y “La Chuspa del Diablo”, en los diarios Los Andes y Correo de Puno. En 2001 y 2003 ganó los Juegos Florales de la Universidad Nacional del Altiplano en el género cuento. En 2007 recibió el Premio Nacional de la Juventud en el área de Periodismo, otorgado por el Ministerio de Educación del Perú.
Actualmente cursa la Maestría en Literatura Hispanoamericana en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Vive en Lima desde el año 2008.

LOS DUEÑOS DEL MUNDO

–Tiene que ser un gato color café –dijo doña Sara, con autoridad y decisión–. De lo contrario, no servirá de nada –concluyó.
Al otro lado del teléfono, Patricio desde New York, añadió, que por supuesto, tenía que ser un gato color café y además de diez años.
¿Dónde encontrarlo? Ese era el único problema. No tenían la menor idea. Tampoco lo buscarían de techo en techo y menos, visitarían los albergues de animales. Fue entonces que Aguirre, amigo de ellos, les recomendó poner un aviso en el periódico. Ensayaron varios textos, hasta quedar conformes con uno. El publicado fue el siguiente:

SE COMPRA UN GATO DE COLOR CAFÉ Y DIEZ AÑOS DE EDAD
Buena salud (Indispensable)
Se paga desde $ 50.00
Dirigirse a Pablo Sexto H -10 de 1 a 5 de la tarde el día viernes

Cumplido el plazo, se presentaron 37 ofertas de gatos. Patricio llegó desde New York para la selección. La sala, donde recibieron a los gatos y a sus dueños, se llenó de ronroneos, maullidos y murmullos. Cada quien pretendía vender a su gato a costa de convincentes e inteligentes argumentos.
Después de una larga y difícil deliberación, doña Sara y Patricio, ayudados del incondicional Aguirre, se decidieron finalmente por 2 de los 37 gatos. El uno, flaco y de pelaje fino; el otro, gordo, bigotón y de pelaje ordinario.
Para la noche, les dieron abundante agua y pedacitos de sardina. Luego, con paciencia de relojero, los hicieron dormir haciéndoles suaves caricias en las orejas.
Al día siguiente, desde muy temprano, doña Sara puso en práctica sus buenos oficios de cocina. Patricio, destapó una botella de cogñac y esperaron la hora del almuerzo. El plato de fondo fue gato al horno con ensalada mixta.
Por supuesto, Aguirre fue el invitado de honor.

* * *

Momentos después de que Franco Hinojosa vendió a Gaitán, su gato, gordo y bigotón, sintió un enorme vacío. Primero en el estómago y luego en el corazón. Había razón: lo quería, pero también necesitaba el dinero. Los 70 dólares que recibió y que ahora llevaba en el bolsillo, le servirían para concretar uno de sus proyectos más deseados.
Lo único que le molestaba, era haberse quedado sin saber cuál sería el destino del gato. Era extraño que los compradores pagaran tanto dinero por él, a pesar de ser un gato ordinario. Al preguntarles, no quisieron dar mayores detalles. Le respondieron que las preguntas no estaban permitidas.
–Nosotros pagamos y usted no pregunta –le dijeron–. Y si no está de acuerdo, ha sido un gusto y hasta luego.
Ni modo, se dijo Franco Hinojosa, necesitaba el dinero. Por último, la más perjudicada sería su sobrina Gabriela, pintora, que esos días terminaba un cuadro en el que Gaitán le servía de modelo. Sabía que ella pondría el grito en el cielo y le reclamaría no haberla informado con anticipación. Pero no importaba. Él estaba seguro que había hecho lo correcto. Era justo y necesario.
Con ese dinero podría pagar tres avisos seguidos en el periódico más leído de la ciudad, anunciando la venta de su casa. PRECIO RAZONABLE Y BUENA UBICACIÓN, hizo notar en la segunda línea; y en la tercera, más grande, el número telefónico al que los interesados podrían llamar.
Una vez vendida la casa y con dinero de sobra, tramitaría sus papeles para salir del país. Quería vivir en una ciudad de Centro América y allí, tendría todos los gatos que quisiera. Tenía que remediar la pérdida de Gaitán.
La casa, como decía el aviso, efectivamente gozaba de una buena ubicación, no había tráfico y tampoco estaba lejos del supermercado. Además, estaba vacía. Apenas, en el primer piso, había un teléfono y un colchón en el que dormía Franco Hinojosa. Por lo demás, las habitaciones del segundo piso estaban vacías. Hacía poco, Gaitán había sido otro de los ocupantes, pero ahora, ya era parte del pasado.
En fin, después de haber pagado los tres avisos en el periódico, Franco Hinojosa regresó a su casa apurado. Ni bien entró, se acomodó en el colchón, cerca del teléfono, y se dispuso a contestar las llamadas que recibiría. Así, pasaron dos y tres días y luego, dos y tres semanas, hasta cumplirse un mes. Nadie llamó. Franco Hinojosa quedó seco de sed y muerto de hambre.
A los pocos días, recibió la visita de su sobrina. Gabriela entró alegre y efusiva, diciéndole que lo había estado llamando por teléfono para darle una buena noticia: se iba al Brasil; pero que todas las veces sólo contestaba el tono que indicaba teléfono fuera de servicio.
–Y claro –continuó Gabriela–. Si desde hace un mes que no pagas la cuenta. ¿Te has olvidado? –preguntó–. Si el recibo está allí, debajo de la puerta de calle –finalizó.

* * *

Por fin, a tanta insistencia, firmaron el papel que le autorizaba la visa de residencia en el Brasil. Gabriela, ahora, tendría en adelante tres semanas para alistar sus maletas, despedirse de los amigos y terminar de pintar unos cuadros. Ver también, que su tío Franco, quedara en buenas manos (los últimos días había sufrido un colapso nervioso).
Gabriela hubiera querido llevarse a Gaitán, el gato del tío, pero había sido vendido a unas extrañas personas que pagaron una suma considerable por él, a pesar que no era un gato fino, pero sí simpático. Por eso, el día que Franco le dijo que Gaitán no estaría más con ellos, se quedó con los crespos hechos. No podría terminar de pintar Los gatos borrachos. Cuadro que tenía como modelo principal a Gaitán. Puso el grito en el cielo y luego, resignándose, guardó el lienzo. Mejor se dedicaría al cuadro de las prostitutas de la calle Tristán.
Igual, no podía quejarse. Las cosas estaban saliendo bien los últimos meses y todo marchaba sobre ruedas. Había obtenido la visa y hasta recibió la llamada de un comprador, de apellido Aguirre, que había visto uno de sus cuadros –el de los mimos- en una exposición, y que estaba interesado en comprarlo. Ella respondió, que por supuesto, hablarían de precios. Sabía que, si concretaba la venta, ese dinero le caería a pelo. Mientras más ingresos, estaría mejor en el Brasil.
A los dos días concertaron una cita. Gabriela lo invitó a su taller. Aguirre admiró y elogió sus cuadros. Dijo que el de los mimos le gustaba de manera especial porque le traía recuerdos de la infancia. Lo pondría en el lugar más vistoso de su oficina y estaba dispuesto a pagar lo que ella pidiese. Gabriela puso su mejor sonrisa y terminaron en buen acuerdo. Aguirre salió contento con el lienzo y Gabriela recibió más dinero de lo que esperaba.
Llegado el día de su viaje, muy temprano recibió una llamada. Era su amiga Azucena que le decía que su tía había fallecido y que por favor le prestara su vestido negro. Lo necesitaba para ir al entierro. Gabriela le dio las condolencias y en la siguiente media hora le llevó el vestido.
–Quédatelo –le dijo al entregárselo.
–Sólo lo quiero para hoy –contestó Azucena.
–No te preocupes, sabes que hoy salgo del país.
–Gracias amiga. No sabes cuánto te lo agradezco.
–Y ahora me voy al aeropuerto. Ya es hora –concluyó Gabriela.
Se despidieron y se dieron un fuerte abrazo. Enseguida, Gabriela tomó un taxi y ordenó al aeropuerto. Luego de constatar el itinerario del vuelo, estuvo sentada dos horas en la sala de espera número 7. La impaciencia y la emoción se la comían. Pensó en todo lo que haría. Primero estaría en las playas de Porto Alegre y luego se instalaría en Sao Paulo. Allí empezaría una nueva vida y un nuevo concepto de creación pictórica con las costumbres y tradiciones que conocería y aprendería.
De pronto, por los altoparlantes anunciaron que los pasajeros de la sala 7 con destino a la ciudad de Sao Paulo, verificaran sus papeles en el último control para luego, abordar el avión. Todos hicieron lo propio. Gabriela también. Cuando llegó su turno, entregó el pasaporte y los documentos necesarios.
–Espere un momento –le dijeron amablemente.
Verificaron en las computadoras. A los dos minutos le informaron que no podría salir del país. Ahí mismo, vino un agente de seguridad y la llevó a una oficina cercana. La hizo sentar en una silla.
–Espere por favor –le dijo.
Gabriela quedó muda. No entendía que pasaba. Esa contrariedad, imprevista, le cortó el habla. No sabía que decir ni hacer. Pero estaba segura que se trataba de un error.
Pasaron 20 largos minutos y por fin alguien regresó. No era el agente de seguridad, sino, un señor alto y de terno oscuro. Gabriela lo reconoció al instante. Era el hombre que le había comprado el cuadro de los mimos. ¿Qué apellidaba? ¿Qué apellidaba? Aguirre, recordó.
–Disculpe señorita –dijo el hombre–. Hemos cometido un error con sus papeles. Esperamos no haberle causado inconvenientes –Y luego, le dio una serie de explicaciones.
Cuando Gabriela salió de la oficina, no pudo contener las lágrimas. Había sucedido un error de homonimia con su nombre.
El avión había partido sin ella.

* * *

Aguirre, a sus cuarenta y cinco años, se tiró la gran borrachera de su vida, después de haber almorzado gato al horno con ensalada mixta, en la casa de unos amigos. Fue tal la borrachera, que no pudo pararse de la silla sino hasta después de dormir un par de horas. Cuando despertó, tampoco pudo. La cabeza le daba vueltas y los efectos de las botellas de cogñac que había bebido, seguían presentes. Tuvieron que levantarlo entre dos, muy a pesar de todas las groserías que dijo. Después de tenerlo en pie, llamaron a Leonor, su amante, para que lo llevara a descansar.
–¡Hombre! –dijo cuando lo vio–. ¿Hasta qué extremos tomas?
Pero Aguirre, ensimismado en su maravilloso mareo, apenas escuchó. Las voces le venían lejanas y llegaban a su cerebro como ecos disparejos. Sin embargo, lo que sí pudo sentir y reconocer, fue el olor de Leonor: a miel y limón.
Lo subieron a un taxi. Leonor fue al lado del conductor, y él, en el asiento de atrás. Apoyó su cabeza en el espaldar y luego de intentar diferentes posturas, logró acomodarse a sus anchas.
–Leonor, Leonor –logró balbucear–. ¿A dónde vamos?
–No fastidies hombre –respondió Leonor–. Y duérmete de una vez.
Las últimas palabras de Leonor retumbaron varias veces en la inconciencia de Aguirre. Duérmete de una vez, duérmete de una vez, duérmete de una vez… En ese continuo tamborilleo verbal Aguirre quedó dormido. Nunca pudieron bajarlo del taxi. Antes que su mente estuviera en negro, tuvo repentinas imágenes: se vio abrazando a Leonor por la cintura y luego, desnudándola lentamente. Después le mordía una oreja, le acariciaba los senos y le hacía el amor.
Al día siguiente, cuando Aguirre despertó, lo primero que salió de su boca, fue un grito de terror y angustia.
–¡Por la puta madre! –gritó, muy peruanísimo y cerró los ojos.
En el asiento de adelante, Leonor, desnuda, estaba apoyada en el pecho del conductor. Él la abrazaba por la cintura.
Ambos roncaban de placer.

* * *

Se cumplían ocho días del entierro de Leonor. Azucena, su sobrina, seguía sentada en el sillón de la sala, donde Leonor había sido velada.
Una capa de polvo cubría su vestido negro. Sus ojos, todavía llorosos, se veían confundidos en el limbo de la naciente soledad que ahora le tocaría vivir, sin la tía Leonor.
Había sido como su madre. Aún recordaba los momentos cuando tía Leonor salía todas las mañanas al huerto a recoger los huevos de la codorniz y de la gallina japonesa que criaba con mucho empeño. Aunque no tanto, como el que ponía en las legumbres que sembraba: espinaca, lechuga, acelga, hierba luisa y repollo. Azucena la miraba desde la ventana de su habitación y era feliz. Pero ahora, esos momentos nunca más volverían a repetirse. Lo había entendido hacía ocho días desde que se sentó en el sillón de la sala. Y es que lo que Azucena hizo después del entierro nadie lo sabe.
Apenas terminó de despedir a la gente en el panteón, regresó a su casa y cerró la puerta con llave. Luego, abrió un estante y sacó las pastillas prohibidas de Leonor. Enseguida, preparó un vaso con agua y se las bebió. Por último, se sentó en el sillón de la sala.
A los ocho días, cuando los vecinos entraron a la casa por la fuerza, la encontraron en la misma posición. Su cadáver empezaba a oler mal y una capa de polvo cubría su vestido negro. Sus ojos, todavía llorosos, se veían confundidos en el limbo que ahora viviría sin la tía Leonor.

Thursday, October 12, 2006

OSCAR COLCHADO


Óscar Colchado Lucio, poeta, cuentista y novelista, nació en Huallanca, Ancash, en 1947. Reside en Lima desde 1983. Anteriormente vivió en el puerto de Chimbote, donde fundó el Grupo Literario Isla Blanca y dirigió la revista Alborada/ Creación y análisis. Es profesor de Lengua y literatura. Entre sus obras narrativas más importantes figuran: en cuento: Del mar a la ciudad (1981), Cordillera Negra (1985), Camino de zorro (1987), Hacia el Janaq Pacha (1989) y La casa del cerro El Pino (2003).En novela juvenil: Tras las huellas de lucero (1980), Cholito en los Andes mágicos (1986), Cholito en la ciudad del río hablador (1995), ¡Viva Luis Pardo! (1996), Los dioses de Chavín (1998) y Cholito en la maravillosa Amazonía (1999). También es autor de un libro de cuentos para niños: Rayito y la princesa del médano (2002). Ha publicado, asimismo, la novela Rosa cuchillo (1997) y una obra temprana: La tarde de toros (1974). Colchado es autor también de tres poemarios y un manojo de leyendas para niños. Ha recibido, entre otros premios, el “José María Arguedas” de cuento (1978), el “José María Eguren” de poesía (1980), el Premio Copé (1983), el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil (1985), el Premio Latinoamericano de Cuento (CICLA 87), el Premio Nacional de Educación (1995), el Premio Nacional de Novela “Federico Villarreal” (1996) y el Premio Internacional de Cuentos “Juan Rulfo” (2002).En 1992 fue jurado en el Premio Casa de las Américas (Cuba). Su obra Cholito en los Andes mágicos ha sido llevada a la televisión para los países del Grupo Andino.


Fragmento de "Rosa Cuchillo"

¿LA MUERTE?
¿La muerte sería también como la vida?
"Es más liviana, hija".
¿Habría sirguillitos cantando en las hojas gordas de agosto? Había."Y vacas pastando en inmensas llanuras"
Ahora subía yo la cuesta de Changa, ligera ligera como el viento.
¿Por aquí? ¿Por estos lugares se irían los muertos?
"Por allí, hija, por donde se despide uno para siempre de la vida".
Abajo en la margen izquierda del río Pampas, bañado con las últimas luces del a atardecer, quedaba Illaurocancha, mi pueblo, con sus casitas entejadas, sus paredes blancas, incendiadas por la luz roja del sol.
Aún traía impregnado en las narices el aroma tibio, dulzón, de los habales ondeando en la bajada de los cerros, con sus florecitas blanquinegras acariciadas por el viento. Y llevaba en la mirada el vuelo apresurado de las perdices, rastreando, piando, en busca del nido oculto entre las frondas.
Pobre mi pueblo, dije, pobre mi tierra. Ahí te dejo (¿para siempre?). Y miré los molles de las lomas, las piedras de alaymosca rodando por la quebrada, los altos eucaliptos que bordeaban las huertas los tunales con sus espinas erizadas y los magueyes estirándose sobre las cabuyas.
Y me despedí poniendo mi mano en mi corazón, besando, amorosa, la tierra. ¡Adiós alegrías y penas, consuelos y pesares, adiós!
Suspiré hondo antes de alejarme recordando mi mocedad, cuando alegre correteaba entre los maizales jugando con mi perro Wayra, haciéndolos espantar a los sirguillitos, esas menudas avecitas amarillas que entre una alborozada chillería venían a banquetearse con los choclos. Me llegó también el recuerdo lejano de las cosechas de junio, de mis juegos en las parvas alumbradas por la luna, de mis años de pastora tras el ganado, soportando a veces el ardiente sol de la cordillera o mojadita por las lluvias suaves o las mangadas.
¿Y ahora? ¿Ahora por dónde nomás tendría que seguir?, pensé llegando a la pampa llena de ichu de Kuriayvina.
"A Auquimarca, hija, la montaña nevada donde moran nuestros antepasados".
Volviéndome, miré por última vez mi pueblo; pero sólo pude ver borrosamente la sombra de sus eucaliptos emergiendo en la oscuridad.
—¿ROSA? ¿ROSA Cuchillo?
Un perrito negro, con manchas blancas alrededor de su vista, como anteojos, era quien me hablaba. Sus palabras parecían ladridos, pero se entendían.
Un instante me quedé silenciosa, como pasmada, sin saber quién era ni qué hacía allí ese animalito.
—¿No me reconoces?
Me quedé observando el arco sobresalido de sus dientes superiores, propio de los perritos cashmis; sus ojos muy vivos, sus orejas gachas.
—¡Wayra! -dije de pronto, inclinándome a abrazarlo con harta alegría en mi corazón al haberlo reconocido. Él empezó a menear también su cola, alegroso.
Hacía tantos años que se había muerto, de un zarpazo que le dio un puma, me acuerdo, cuando defendía a ladridos el corral de ovejas. Y ve, pues, ahora lo encontraba a orillas de este río torrentoso, de aguas negras, el Wañuy Mayu, que separaba a los vivos de los muertos.
A la sombra de un chachacomo, que retemblaba al paso de las aguas furiosas, encontré a Wayra descansando.
—Wayra, ¿qué haces acá? ¿Cómo me has reconocido?
Bajo el blanco resplandor de la luna observé mis ropas desgarradas por las zarzas de los montes, por los riscos, luego de avanzar penosamente por feas laderas y encañadas.
—Te esperaba Rosa –sabía que vendrías.
—¿Te lo dijo alguien?
—Liborio, tu hijo.
—¿Liborio?
Mi corazón saltó alborozado.
—Dímelo –dije abrazando nuevamente al perrito, acariciando su pelo crespo lanoso–. Dónde, ¿dónde viste a mi hijo?
—Cálmate –me respondió lamiendo mi mano–, por ahora no lo verás todavía. Él esta arriba, en el cielo, allí donde están guiñando las estrellas.
—¡En el Janaq Pacha! –dije alegrosa doblando mis manos–. Gracias, Dios mío –me arrodillé–, gracias por tenerlo en tu gracia infinita.
Y me encomendé al dios Wari Wirakocha, nuestro creador.
—¿Y yo también podré ir hasta allí, Wayra? –le pregunté después, observando el gran río blanco, el Koyllur Mayu, que extendía su lechoso cauce entre estrellas y luceros.
—No lo sé –respondió–. Yo sólo he venido a acompañarte hasta Auquimarca, según el mandato de los dioses.
Resignada suspiré, esperanzada que en el pueblo de las almas pudiera encontrar a mis padres, a mi esposo Domingo y a Simón, mi hijito, el último, que se murió cuando era sólo una guagua.
—Wayra –le dije–, ¿y dónde has estado durante todo el tiempo que no te he visto? —En todas partes –me dijo–: aquí, abajo y en las estrellas.
—¿De veras?
—De veras.
BIEN ABRAZADA a Wayra, que braceaba dificultosamente, pude llegar por fin a la otra orilla, sin dejar de pensar en mi Liborio, muerto ahora último nomás en los enfrentamientos de la guerra, y por quien de pena yo también me morí.
La luna hacía clarear esos feos lugares, escabrosos, sembrados de barrancos.
—¿Ves la cresta nevada de una montaña que blanquea allá lejos?
—Sí, la veo.
—Ésa es Auquimarca. Allí tenemos que llegar.
Alentada alentada marché a su tras.