Thursday, May 09, 2013

Alejandro Herrera

   

Escritor peruano residente en Londres. Estudió en la Facultad de Arte de la Universidad Católica del Perú y en la Universidad Complutense de Madrid. Ha escrito los poemarios: Paraselene, Coxalgia, El huido y las novelas: Bienvenido a mi vida, dictador (2012), acaba de publicar: El mundo en el que vivimos (2013). Su siguiente libro: La educación del mundo será publicado a finales del 2013. Actualmente se encuentra trabajando su próximo libro, la trilogía Barcelona de nadie que se empezará a publicar el 2014.
Con relación a su novela  “El mundo en que vivimos”, se afirma que el escritor busca plasmar la realidad tal y como es, y que eso lo lleva a cuestionar los límites de lo permisible en la búsqueda de la verdad. 
El presente relato es trabajo un narrativo,  eficaz y fluido,  en el que se  muestra la confusión y soledad que se articulan en el fondo de la condición humana.




LOS PÁJAROS DE LAS NUBES

 Para entonces ya habían dado las cuatro de la mañana. David con desgano bajó la tapa de su laptop, se levantó de su escritorio, salió de su habitación, se dirigió a la salida trasera de su casa, abrió la puerta de la cocina con mucho cuidado para no despertar a sus padres y luego hizo un suave chasquido para llamar la atención de Burton –su perro-. Burton reconoció de inmediato aquel sonido y en un santiamén ya estaba situado a los pies de su amo. David acarició la cabeza de su incondicional compañero, le revoloteó las orejas, susurrándole algo le dio un insonoro beso en el hocico, le dedicó unas dóciles palmaditas en la cabeza de despedida y salió de casa cruzando el jardín.
   Ya afuera, sintió todo su cuerpo distinto. Otra vez respirar el crudo de la calle, el olor del asfalto, las veredas, sentir el viento en su cara, el polvo. Puso sus manos en sus bolsillos y en el momento que se disponía a bajar la calle, escuchó un silbido. Giró la cabeza de inmediato. A unos cien metros se encontraba el vigilante de la calle que lo estaba saludando levantándole la mano, a lo que David contestó de la misma forma. «Qué forma más natural de saludar a alguien saliendo a las cuatro de la mañana por la puerta trasera de su casa», pensó, sabiendo él mismo que el que estaba cometiendo una extrañeza aún mayor era él; aunque también pensó que aquel vigilante ya debería estar acostumbrado a sus salidas de casa por las madrugadas, como de otras cosas también. Agachó la cabeza y empezó a caminar con dirección al malecón, que estaba a un kilómetro de distancia. Al llegar, siguió avanzando bordeando el malecón. Todo estaba oscuro a esas horas. El ruido solo venía del viento que soplaba y de las ramas de los árboles. Él, como muchas otras veces, no tenía nada en mente por hacer. La mayoría de las veces se sentaba al pie del barranco a mirar el mar; otras veces se ponía debajo del puente cerca a la playa y miraba a los pocos carros que a esas horas pasaban, o se echaba en el pasto para poder mirar mejor las estrellas, cosas así.
 Continuó bordeando el malecón; muy pronto ya se podían ver, no muy lejos, las inmensas luces que adornaban el exterior de los locales nocturnos, pubs, discotecas, peñas que a esas horas continuaban abiertas. David entró a una bodega y compró dos cervezas. El dependiente lo miró con desconfianza por un momento –David tenía solo catorce años- pero finalmente cedió. Con las cervezas en la mano se dirigió a la entrada de la iglesia La Santísima Cruz, que estaba al lado de la plaza principal, subió por las escaleras hasta quedarse muy cerca del portón de entrada donde se sentó. De inmediato pudo sentir el fuerte olor a orine, pero no hizo mucho caso. Abrió la cerveza y le dio un sorbo, luego otro, hasta que se la terminó. Luego cogió la otra cerveza e hizo lo mismo. Luego se cruzó de manos y no hizo nada más que mirar a la gente pasar, hablar, gritar, saltar...
   -¿Me da algo para comer, joven? –le dijo un anciano acercándosele con la mano extendida. David lo miró, hizo un gesto extraño, sacó una moneda de su bolsillo y se la dio. El anciano agradeció. Agradeció muchas veces, se dio la vuelta y se fue. Al rato, un tipo subió las escaleras y se dispuso a orinar a escasos dos metros de él. Luego vio a otro hombre acercarse para hacer lo mismo, y David pensó que aquella escena probablemente se iría a repetir muchas veces y decidió alejarse algunos metros de aquel lugar. Se fue hasta al lado de un puente que se encontraba a dos cuadras de la iglesia.
    Ya era más de las cinco de la mañana. Pronto amanecería. Hacía más frío. David sintió como las duras brisas de la mañana le empezaban a golpear el rostro. De pronto vio un perro pasar cojeando; no tenía la pata izquierda delantera. «Seguramente sufrió un accidente, lo habrán atropellado», pensó. «Seguramente su dueño no lo habría buscado mucho o quizás ya no lo quería. Seguramente tiempo atrás fue un magnífico y hermoso perro, con un suave y brillante pelaje, las vacunas al día y todo; pero sin una pata, peor para él. Seguramente antes era más feliz. Se quedó solo el pobre. Qué triste se habrá vuelto todo para su vida. ¿En qué pensamientos invertirá todo su tiempo triste? ¿Aún querrá a su dueño? Seguro que sí; eso es lo peor de todo. ¿Por qué seremos así los hombres? ¿De dónde nos vendrá esas horribles cualidades?»
   Al rato dejó de ver al perro y dejó de pensar. No tenía sueño e intuía que todavía no lo iba a tener. A veces no le caía el sueño sino hasta medio día, cuando entonces dormía una siesta de dos o tres horas, que solían ser suficientes. Él mismo no sabía si aquello era resultado de algún problema fisiológico, como decía su madre –para lo cual lo forzaba a ir a terapias e ingerir medicamentos- o si inconscientemente los hacía por contradicción, como casi todas las cosas que hacía. Y aunque él era consciente de que hacer las cosas por contradicción no estaba bien, sabía que ese era uno de los aspectos de su personalidad que se le hacía muy duro de controlar.
   Cogió una piedra del suelo y lo tiró hacia abajo. Luego iba sonreír, pero no lo hizo. Puso su mirada hacía el horizonte. Nubes muy densas estaban ahí, dando la sensación de haber estado viajando a gran velocidad desde muy lejos pero de pronto se hubiesen quedado detenidas justo ahí, quietas y manchadas por colores de tonos helados: celestes violetas, rosados, amarillos. Aquello, David lo sabía, significaba que pronto vendría la luz del día, lo cual le causó desgano. Giró su rostro hacia el otro lado del cielo, donde aún todo permanecía en la oscuridad y con detenimiento empezó a observarlas dibujando una sonrisa en su rostro. David era así, parecía siempre sentirse propenso por la parte opaca de las cosas. La parte gris de todo. No es porque él fuese un chico triste, sino porque –como se explicaba a sí mismo- simplemente con el tiempo sus gustos se habían inclinado de esas maneras. Sin embargo en ese momento se le ocurrió pensar: «Debería aburrirme más de lo que me aburro haciendo las cosas que hago.» Movió su cabeza hacia los lados, observando, como si estuviera verificando si alguien lo seguía, y luego decidió ir a visitar a Santiago -su único amigo- que vivía a unos metros de donde se encontraba.

Tocó el timbre. No contestó nadie. Volvió a tocarlo cuatro veces más y cuando ya estaba a punto de irse, la puerta se abrió. David no se sorprendió porque sabía que Santiago siempre hacía lo mismo. No tenía ni la menor idea de quien tocaba su puerta, él siempre abría.
   David subió las escaleras saltando los escalones de dos en dos y en menos de lo que se podría imaginar, estaba en el cuarto piso. La puerta del departamento de Santiago también estaba abierta, lo cual tampoco sorprendió a David. Tal vez se creía muy autosuficiente como para pensar que alguien podría intentar robarle o hacerle daño, o tal vez porque Santiago era muy popular en el barrio por haber sido sub campeón inter-barrios en kickboxing, actividad que había dejado hacía pocos meses para dedicarse enteramente a los estudios de ingreso a la universidad para estudiar la carrera de abogacía, por insistencia de sus padres.
   -Santiago, Santiago -dijo David acercándose a él y moviéndolo del hombro. Santiago se encontraba echado en su cama.
   -¿Mmm...?
   -Oye, soy yo, David.
   -Mmmm...Ya lo sé, David, ya lo sé, ¿qué mierda haces tan temprano aquí? Puta madre; apenas son las cinco -dijo Santiago. Apenas se le entendía. Tenía la boca metida en la almohada.
   -Son casi las seis, Santiago. ¿Saliste?
   -Con la Mary, David; con la Mary –balbuceó Santiago. Mary era su novia.
   -Ah...
   -¿Tú?
   -Nada; salí a andar un rato y luego vine.
   -Saliste a andar un rato y luego viniste…
   -Sí, fui por el boulevard, el malecón y después vine.
   -¿Y tu viejita, sabe que “saliste a andar un rato y luego viniste”?
   -No, claro que no.
-Puta madre…, o sea que si suena el teléfono dentro de poco, ya sabré que es otra vez tu mamá buscándote, ¿no?
David no contestó.
Santiago levantó su torso lentamente, se dio vuelta, se sentó al filo de la cama, miró a David, que estaba recostado con el hombro en la ventana, intentó abrir más los ojos y poniendo las manos también al filo de la cama, le dijo:
   -Oye, David, no puedes hacer todas estas cosas raras que todo el tiempo haces. Tarde o temprano lo que lograrás es que tus viejos te pongan en un manicomio porque ya no aguanten más vivir con un loco extraterrestre como tú… ¿Tan difícil es ser normal?
   -¿Tienes un cigarro?
   -Supongo..., debe haber en el cajón... ¿Así que saliste a andar un rato no?  ...Tan chibolo y tan loco, carajo.
   -¿Te quedaste a dormir en casa de la Mary?
   -Si me hubiese quedado a dormir allí, no estaría aquí, durmiendo…, o intentando.
   -¿Tu vieja te dejó su carro?
   -No. Me tiene entre ceja y ceja últimamente. Me anda vigilando minuto a minuto por el examen de ingreso, y lo peor de todo es que como van las cosas, no creo que pase esa mierda de examen. Casi no he ido a la academia últimamente.
   -No has ido nunca, dirás. Te quedaste con el dinero de la matricula, ¿te acuerdas?
   -Bueno, es verdad. Me importa un comino; lo necesitaba y ya está... Me jode, carajo; creen que no dándome dinero me dedicaré a estudiar y al final, mira como resultan las cosas. Mi madre me va matar; pero bueno…
   -Pero bueno…
   -Vuelve de viaje la otra semana. Ya se me ocurrirá algo. ¿Y tú? ¿Has puesto algún cuento nuevo en tu blog últimamente?
 -No.
 -¿Has escrito algo últimamente?
-No. Un cuento, lo subiré este fin de semana.
-¿Un cuento sobre qué?
-Sobre unos pájaros que viven en unas nubes.
   Hubo un momento de silencio, Santiago se levantó, entró al baño y se escuchó el ruido del agua saliendo del caño. David se acercó al estante grande. Siempre se acercaba al estante, y aunque ya se sabía de memoria los libros que había ahí, igual siempre los miraba. Miraba el titulo de los libros y siempre sacaba uno y luego sacaba otro y luego otro y así; iba sacando los libros y devolviéndolos. Esta vez cogió un libro: Historias de cronopios y de famas, que él mismo le había regalado un año atrás, y lo hojeó. «Pobre Cortázar, que se tuvo que morir por obligación de sida», pensó. Luego encendió otro cigarro. Ya eran más de las siete de la mañana, pero era sábado, su madre no lo echaría de menos hasta por lo menos las nueve o diez. Hoy no había escuela.
   Santiago salió del baño frotando su cabeza con una toalla y se volvió a sentar en el filo de la cama mirando el suelo.
-¿Y cómo se llama ese cuento de los pájaros que viven en las nubes?
-Los pájaros de las nubes –respondió él, resuelto.
-Ah –dijo Santiago, tal vez, un poco acostumbrado a ese tipo de cosas que venían de David.
-Ya va a terminar el año, estoy jodido... ¿y tú? ¿Tú saldrás bien? Tú saldrás bien. Tú siempre sales bien. No sé cómo haces, nunca te he visto con cuadernos, nunca te he visto estudiando ni nada; siempre andas en la calle, dando tus vueltitas, faltas siempre al colegio, encima te han expulsado del colegio el doble de veces que a mí cuando estaba en el colegio… Y encima tu mamá siempre le dice a mi mamá que está muy preocupada por ti.
 David agachó la cabeza.
-Pues tu mamá le dice lo mismo a mi mamá. Que no sabe qué hacer contigo.
 -Bueno, ¿de qué se trata tu cuento?
-De unos pájaros que están heridos y han perdido la habilidad de volar y viven en las nubes. Después tienes sus crías pero obviamente no les pueden enseñar a volar.
-Y si llueve las nubes se desintegran, ¿no?
-Sí, pero es que en Lima nunca llueve, ¿no te has dado cuenta?
-Es verdad. ¿Entonces crees que en Lima las nubes nunca se desintegran?
-Ese es justamente el tema del cuento. Porque a los pájaros les viene el problema cuando el verano se acerca y las nubes tienen que irse hacia mar adentro.
-¿Y qué pasa entonces? –preguntó Santiago tratando de mostrar interés.
-Pues que se caen al mar, la familia entera. El cuento termina cuando están a punto de morirse ahogados.
-Pájaros muriéndose ahogados… Es un final un poco triste.
Hubo un momento de silencio largo. Pero David ya estaba acostumbrado a que después de hablar sobre sus cuentos, la gente prefiriera crear silencios. No estaba mal en realidad. Ya al menos atrás habían quedado las crudas criticas familiares, que después de leer muchos de sus cuentos, terminaban por, no solo perder la paciencia y la esperanza sino también el respeto: «¿Cómo se te ocurre poner al protagonista de tu cuento a un árbol?» «¿Cuándo has visto un cuento de media página?» «¿Por qué todos mueren en la historia?» «¡En tu cuento no pasa nada!»

-¿Qué vas a hacer mañana? –se animó finalmente a preguntar David.
-Nada, estudiar un poco, seguro. La verdad es que estoy jodido si no ingreso. Mi madre me va a matar. A mi padre le da siempre igual; aunque bueno, esto no creo que le de muy igual. Cuando se enfada el jefe se enfada mucho...
   -No tiene ningún derecho. No sabe ni cuanto mides, no sabe casi nada de ti; dile que no joda.
   -Pues aunque no lo creas, mi vieja le hace mucho caso. Lo respeta mucho. Y eso que la engañó con casi todas las del barrio. Pero, así es el mundo. Todo lo que diga él; sagrado.
   -Pues mala suerte por ti...
   -Tampoco creas. Él siempre me hace envíos de dinero, me manda regalos y eso. Lo último que me envió fue la play station que ves ahí... ¿La habías visto antes?
   -No, nunca.
   -Me envió tres juegos también, de puta madre... No, si cuando se porta, se porta; eso no hay que negarlo. A lo mejor por eso mi madre lo respeta. A ella también le hace siempre regalos muy caros, y a ella le encantan esas cosas. O a lo mejor sigue enamorada de mi viejo, yo qué sé. Pero será mejor que haga algo con ese asqueroso examen de admisión o me va caer una muy pero muy buena.
   -Pues la verdad que sí –dijo David sin ánimo de consolarlo.
   Dicho esto, empezó otro momento de silencio. A lo mejor porque Santiago quería dormir y David estaba tan aburrido que le daba igual estar callado por horas en cualquier lugar, y en ese momento, estaba en casa de Santiago.
   El silencio continuó, y continuó...
   David, finalmente iba decir algo, pero no lo dijo; en cambio volvió a mirar por la ventana. Aunque ahora ya no miraba nada. Tenía la mirada en algún lado dentro de él y permaneció un rato mas así, hasta que después de otro largo momento se animó a reaccionar:
   -Ya mejor me voy, Santiago.
   Santiago asintió.
   -Ya nos vemos luego.
   -Ya pues, David –dijo como si de pronto reaccionara-, vuelve a tu casa. No sigas más por ahí. Te vas a tu casa, te metes al sobre, y ya está ¿okey?
   -Sí; eso pensaba hacer.
   -Bueno..., si quieres llámame luego, y hacemos algo. No sé, algo, lo que sea.
   -Sí, bueno, ya vemos. -David se dirigió hacia la puerta que aún permanecía entreabierta y la abrió con la punta del pie-. Chau Santiago –dijo, pero Santiago ya no contestó. Ya estaba dentro de la cama de nuevo. David giró la manijuela de la puerta para no hacer ruido, y cerró.


   Ya eran las seis de la mañana y las calles estaban vacías. Santiago avanzó con dirección a casa. Cuando estuvo cerca, otra vez el vigilante le hizo un silbido de saludo, como si le dijera: «Todo por aquí sigue en orden.» David abrió la puerta del jardín silenciosamente, hizo un chasquido y Burton inmediatamente se acercó muy excitado. Empezó a sobar su cabeza con las pantorrillas de David, movía su cola de forma casi violenta, daba saltos desmesurados -aunque siempre muy silenciosos-, parecía que quisiese ladrar pero se contenía, sólo pequeños ruidos hacía, como musitando su euforia. David puso una rodilla en el césped y le cogió por las orejas
–¿Qué te pasa, Burton, que mierda tienes? ¿Quieres salir a la calle? ¿Quieres dar un paseo? ...Eh, Burton... ¿Quieres dar un paseito?
    David volvió a coger la puerta del jardín y la abrió y dejó salir a Burton. Este salió de la casa dando exaltados saltos y empezando a correr muy rápido como si tuviera urgencia de algo. Corría, volteaba hacia David, saltaba, ladraba. David después de un momento de incertidumbre, empezó a correr tras él. Corría muy deprisa pero Burton corría más rápido aún. Subió la cuesta en fracciones de minuto y luego continuó corriendo por donde empezaba el barranco que llevaba a la playa, después subió hasta la punta, que era una especie de pequeño morro y ahí desapareció.

    David llegó a la cima totalmente exhausto. ¡Dios mío! sí que le costó subir; apenas podía respirar. Estaban en lo alto del todo. En el mirador. Desde ahí se podía ver toda la playa, incluso las playas que se encontraban al otro lado del desembarcadero. David se sentó al pie de un árbol y se quedó finalmente ahí, tratando de recuperar la respiración.
Todavía había mucha niebla pero se podía distinguir muchas cosas desde ahí. Hacía tiempo que David no subía hasta aquel lugar. Cuando era niño no solía haber nadie por aquel mirador. En cambio ahora, era diferente, siempre estaba poblado, y los fines de semana por las noches era peor y a David aquello le causaba repulsión. Lo dejaban todo destrozado. Todo el mirador estaba lleno de basura. Botellas, bolsas, comida, restos de todo tipo, por lo que aquel lugar despedía un permanente desagradable hedor. «Una pena realmente, una gran pena», pensó David, que solía jugar aquí cuando era pequeño. Todo era muy limpio antes. Era muy bonito, tranquilo y hasta mágico.
Al rato apareció Burton; que parecía más tranquilo. Se acercó a los pies de David agachando la cabeza y dócilmente se sentó.
   -Perro loco... ¿Qué mierda te ha pasado? Un día de estos nos van a botar a los dos de casa; ya verás. Te parecerá broma, pero ya verás cómo no te gusta estar por ahí vagabundeando sólo: «pobre perro callejero», te dirá la gente. Nadie te querrá ni tocar. Te evitarán, Burton, ya verás. -Y Burton parecía comprender bastante bien. Miraba quieto a David con suma atención, y luego agachó la cabeza, la puso encima del zapato, y se quedó quieto.
   David dio un golpe suave en la cabeza de Burton, se levantó, y empezaron a caminar de regreso. Burton ya estaba totalmente calmado ¿Qué era lo que le habría pasado? David no  tenía como adivinarlo, aunque ya estaba un poco acostumbrado a los extraños comportamientos de su perro.
   Llegando a casa vio una luz en la habitación de su madre. Era una luz bajita. Probablemente era de la lámpara. Pero ya era de día; sería del televisor... Sí, era del televisor. Entraron a la casa en silencio, inmediatamente Burton se dirigió al jardín, David a su habitación.
   Subió a hurtadillas. Con mucho cuidado abrió la puerta de su habitación e ingresó. Ya adentro, se quedó parado un momento como si le produjese pesar haber vuelto. Pasó una mirada por toda su habitación mientras su rostro permanecía totalmente inmutable. Luego se acercó a la ventana y se quedó quieto ahí. De nuevo mirando lo que sea... probablemente miró varias cosas; no lo sé ¿Qué demonios haces siempre en las ventanas, David? ¿Qué demonios haces siempre observando todo?
   David se acercó al sofá que tenía al frente de su cama, y se sentó con desgano. No iba a poder dormir aún y él lo sabía. ¿Por qué no duermes, David? ¿Por qué no te metes a tu cama de una vez por todas? ¿Por qué no te gusta dormir? ¿Por qué no te gusta tener sueño? ¿Por qué no puedes hacer nada normal? Porque es la verdad lo que te dice la gente, David, eres un ser extraño y la gente incluso hasta te evita.
   ¿Qué demonios te pasa?
   David siguió sentado en el sofá, sin hacer movimiento alguno. Probablemente miró algunas cosas más  y pensó en muchas cosas más, o quizás ya no miraba nada ni pensaba en nada.
   ¿Qué vas hacer ahora, David?
   David no dijo nada. Pareció mover la comisura de su labio hacia un lado de su rostro, pero no dijo nada.
   ¿Quieres sonreír, David?
   Pero David ya no se movió más. No quería sonreír, sentía una silenciosa angustia y ansias por algo que no sabía. Luego cerró sus ojos, dio un profundo suspiro y tuvo ganas de ya no estar despierto.  

2 comments:

Ángela Perversa said...

Qué interesante blog y qué buenos relatos los que han compilado acá. Estaré visitando con frecuencia, mil gracias por compartir.

Ibis Cen said...

"LOS PAJAROS DE LAS NUVES",de Alejandro Herrera.
Tengo una opinión muy clara sobre esto. Es un escritor que ama la palabra, que se va a la cama llevándose una historia y se levanta con los dedos palpitándole por contarla,se deleita por la palabra,se paladea como el buen vino, el que sabe su valor. El modula la idea, poco a poco, para crear un mundo en el que habitarán sus pensamientos. Es un escritor que ríe y llora con sus propias letras,acaricia con la mente y lleva en el espíritu. Eso es un escritor:un apasionado por la creación.