Roberto Reyes Tarazona, escritor y sociólogo, integró el grupo “Narración”. En 1973 obtuvo el primer premio del concurso nacional de cuentos “José María Arguedas”, auspiciado por la Asociación Universitaria Nisei del Perú; en 1985 el segundo premio del “Copé” de cuento, auspiciado por Petro Perú. Ha publicado: Infierno a plazos (cuentos), en 1978; Los verdes años del billar (novela), en 1986; Nueva Crónica. Cuento social peruano 1950-1990 (antología), en 1990; En corral ajeno (cuentos), en 1992; El vuelo de la harpía (novela), en 1998; La torre y las aves (cuentos), en 2002; La caza del cuento (antología), en 2004; la caza de la novela (antología), en 2006. Su novela, Los verdes años del billar fue traducida al rumano en 1988; algunos de sus cuentos han aparecido en diversas antologías del Perú y del extranjero.Ha codirigido el Taller de Narrativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde actualmente es docente del Doctorado de Literatura. Es docente de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo y del Doctorado de Ciencia Política en la Universidad Ricardo Palma, donde también es Director de la revista Arquitextos.
LA DANZA DEL UCUMARI
–Hasta que cayó, cayó –repetía mi abuelo, hablando para nadie, con cara de haber cometido una fechoría.
Volteé para mirarlo y expresarle mi simpatía, pero pude haberme ahorrado el gesto. Sin duda, debía tratarse de algo relacionado con su viaje a Chacas, su enésimo intento de volver al terruño; aunque esta vez no parecía necesitar de mi complicidad, ni siquiera de compañía para su regocijo. Y eso que yo era el único que aún tomaba partido por él. ¿Qué otra cosa podía esperarse de un chico desmañado, sobreprotegido y ansioso por soltar las riendas a sus fantasías, como era yo en ese entonces?
–¿Y hay caballos, tata?
–¡Qué pregunta! Ahí los caballeros se mueven solo a lomo de bestia.
–¿Y vacas?
–Vacas, mulas, carneros y chanchos. Todo hay, todo.
–¿Y pumas ?
–En el monte, pues, allí están.
–¿Y atacan a la gente?
–Solo a los niños desobedientes.
Sus respuestas eran siempre así de breves; únicamente se explayaba cuando contaba historias de animales o de aparecidos. Esas felices ocasiones surgían en el momento menos pensado. Por lo general, desplegaba sus narraciones al cabo de largos silencios. Y, por supuesto, cuando estábamos solos. Ni Joaquín ni Bethsabé, mis hermanos mayores, le prestaban atención; es más, por lo general, se burlaban de él, en especial cuando hablaba de su retorno al legendario Chacas.
¿Quién podría culparlos? Sus posibilidades de volver eran muy remotas: aparte del dinero, debido a su avanzada edad, necesitaba de compañía para viajar, ¿y en quién apoyarse para sortear semejante escollo?
Mi madre, no muy joven que se diga, estaba entregada por completo al negocio de confecciones. ¿Vacaciones? Para ella era casi una mala palabra. Tampoco podía contarse con Bethsabé, a pesar de ser ya mayor de edad. La moza, según mi madre, no podía exponerse a ir sola a un lugar desconocido, lo cual no sabía cómo interpretarlo, pero parecía inapelable. De Joaquín, ni hablar.
Sin embargo, la situación tomó un cauce inesperado. Al principio, me resistí a dar crédito a lo que veía, mas debí rendirme ante la contundencia de los hechos: a regañadientes, pero con una insólita docilidad, Joaquín había empezado a realizar sus preparativos para el viaje. Un milagro estaba ocurriendo ante mis ojos.
En Marcará, un pueblo a la entrada del Callejón de Conchucos, se produjo un incidente que terminó por enrarecer la atmósfera entre nosotros.
El abuelo, días antes de la partida, pareció empeñado en esquivarme y, cuando era inevitable encontrarnos, me hablaba con cierta aspereza; hasta que pude convencer a mi madre –promesas, ruegos y llantos de por medio–, de ir yo también con ellos.
Eso atemperó un tanto su actitud. Pero nada volvió a ser como antes. En pleno viaje, se desentendió de mí; además, contrariamente a su acostumbrada reserva, trató de relacionarse con todo el mundo. Con algunos, hablaba en quechua y en voz alta; con otros, solo cuchicheaba, como cuidándose de ser escuchado por nosotros.
Por su parte, Joaquín, a poco de iniciado el viaje, abandonando su reciente papel, volvió a manifestar su fastidio por todo y por todos. Iba ciego y sordo al novedoso cambio de los escenarios que se desplegaban ante nuestros ojos: ríspidas montañas en cuyas faldas se desplazaban los vehículos como escarabajos, ríos que bramaban fragorosos al fondo de las quebradas, pampas mechadas de ichu, donde el viento ululaba agresivo, montañas violetas, verdes y azules en lontananza.
En Marcará, el abuelo rechazó el restaurante dispuesto por el chofer para nuestro almuerzo. Busquemos uno mejor, dijo. No llegué a ver cómo era el local anterior, pero dudo que fuera más sucio y mal atendido que aquel donde caímos.
Cuando volvimos a la plaza, el ómnibus se había marchado. Joaquín, con razón, se puso a vociferar, pues en el almuerzo nos apuró más de una vez, no fuera a dejarnos el carro.
El abuelo soportó inmutable el chaparrón y salió con una ocurrencia inaudita: debíamos continuar a caballo. Joaquín perdió el control y lo más suave que le dijo fue viejo loco. Pronto vimos que no teníamos otra alternativa: el siguiente ómnibus, en el mejor de los casos, vendría en tres días. El abuelo se puso entonces manos a la obra y, en pocos minutos, consiguió alojamiento y animales para la travesía. El viaje por Quebrada Honda duraba una jornada y debíamos salir en la madrugada, según nos dijo.
Joaquín, enfurruñado, se limitó a lanzar una nueva ristra de insultos contra el abuelo. Yo, pasada la sorpresa y el temor iniciales, pensaba que el viaje se iba acomodando cada vez más a la medida de mis sueños.
Pero me equivocaba. En ninguno de mis sueños siquiera rocé alguna de las sensaciones de la incomparable travesía.
Tuvimos un inicio magnífico. Esa madrugada el cielo estaba tan colmado de estrellas que aturdía; ellas rielaban como diamantes y parecían estar al alcance de la mano, pero a la vez tan remotas, que imaginaba estar enloqueciendo como el abuelo. Hasta creí ver –o realmente vi– un puñado de estrellas fugaces surcando el cielo como bengalas. En la mañana, la serenidad y belleza de los nevados, recortados en el cielo azul cobalto y refulgiendo a la dorada luz del sol, me embelesaron de tal manera que yo no era yo. Y luego, ya en la puna, embargado de una sensación de infinita libertad, quería rogarle al abuelo para quedarnos por esos lugares y no llegar jamás a su pueblo ni regresar a Lima.
Por desgracia, mi cuerpo no estuvo a la altura de las circunstancias. Nunca antes había montado a caballo y, como el abuelo no me había dado la fórmula de evitar el golpeteo y las escaldaduras, a media jornada creía no poder soportar otro minuto sobre el caballo. Pese a mis ruegos, no paramos al cabo de un minuto ni al siguiente; ni siquiera luego de una hora. Ya nos habíamos detenido a media mañana a instancias de Joaquín, que tampoco parecía estar pasándola bien.
A orillas de un riachuelo de cristalinas y heladas aguas y a la sombra de uno de los raros árboles del lugar –achaparrados, de copa no muy frondosa y tronco retorcido, de corteza bermeja y descascarada–, habíamos aprovechado para darnos una tregua. Al reiniciar la marcha, el abuelo dijo que si nos deteníamos a cada rato la noche nos iba a sorprender en plena puna, lo cual sería desastroso.
Debido a la sobrecarga de emociones, no presté mucha atención a la condición del abuelo. Al descabalgar, no solo había caído en el pasto de la puna como un fardo, igual o peor que nosotros, atragantándose con el helado viento, sino que su cutis parecía un pergamino sobrepuesto a los huesos de su rostro.
Sin duda, su estado físico era lamentable. Y no era su único problema. Pero, ¿qué sabía yo entonces de nada? Para mí, su no muy firme estabilidad sobre la silla de montar y el flojo gobierno de su cabalgadura eran algo inevitable. Nada más trepar sobre la bestia, ésta había empezado a maniobrar en forma extraña, como si estuviera aterrada. Por un instante, temí que lo arrojara, pero al fin el abuelo, castigándola con el rebenque facilitado por el dueño del establo, pudo controlarla.
Será quién sabe un caballo medio chúcaro, me dije, y procuré borrar de mi mente la mueca de pánico del abuelo, previa a la de fiereza y determinación.
A media tarde, todo maltrecho y embotada por completo mi sensibilidad, apenas si presté atención a los imponentes picachos nevados, observables sin necesidad de levantar la vista. Estábamos en Portachuelo, según dijo el abuelo, un abra jalonada de los huesos de caballos y mulas reventados por la fatiga. A instancias de él nos apeamos para llevar de las riendas a las cabalgaduras. Víctima de un insólito estupor, obedecí sin chistar, a pesar de la sensación de ahogo, las piernas tembleques y el trasero adolorido, que lo imaginaba hecho una sola llaga. El vértigo de altura hacía horas no me significaba nada. Después de bordear tantos precipicios ya no me producía espanto mirar las simas más hondas, erizadas de peñascos, ni advertir que la neblina se apelotonaba cien o doscientos metros abajo. En semejante estado, qué ánimo podía tener para depositar en la apacheta el pedruzco guardado en la alforja por indicación del abuelo. Él, en cambio, obstinado como siempre, fue a cumplir con su ofrenda al apu. Al verlo tambalearse como si se fuera a desplomar en cualquier momento, aposté mentalmente que daría media vuelta antes de llegar al montoncito de piedras levantado a unos metros del camino, o que, en el mejor de los casos, arrojaría la piedra desde una prudente distancia.
Por supuesto, me equivoqué. El abuelo no se limitó a depositar su piedrita en la apacheta. Arrodillado interminables segundos, con el mentón pegado al cuerpo y el sombrero abrazado sobre el pecho, los ralos cabellos agitados por el viento helado, su oscura silueta me pareció por un instante una roca más de la montaña.
Por más que me esfuerzo, no puedo recordar cómo llegamos ni a qué hora de la noche. Era nada más que un autómata guiado por mi cabalgadura y afianzado a la montura por el mero instinto de conservación.
Al día siguiente, advertí que nuestro lecho era un conjunto de pellejos de carnero y, luego, que no habíamos llegado al pueblo sino a un pequeño agrupamiento de chozas. El abuelo no estaba entre nosotros, mientras afuera, brillaba un sol esplendoroso.
–¡Me cago de hambre! –gritó Joaquín, ignorando a la vieja que nos miraba desde la puerta: una mujer vestida con polleras oscuras y tocada con un sombrero informe. Era la típica campesina de la zona, aunque de piel clara–. ¿Dónde se ha metido el viejo loco?
–Debe estar ordenando el desayuno –dije por decir.
–Ya se jodió el viejo conmigo. Ya se jodió, vas a ver.
La mujer nos hizo una seña y la seguimos. En una rústica mesa de tablas y horcones, bajo una tosca enramada, estaba servido nuestro desayuno: un humeante plato de sopa, unos panes de harina morena y áspera y un líquido oscuro servido en un tazón de fierro enlozado. Desayunamos en silencio, devorando hasta los pedazos de corteza caídos sobre la mesa. Una vez amortiguado el hambre, acordamos ir en pos del abuelo.
Antes, curioseé por los alrededores. A pocos metros de nuestro alojamiento –una construcción que parecía un depósito o algo así–, se levantaba una edificación mayor, con muros de adobe, balcones y tejado, y una más pequeña, de donde salía humo por entre la paja del techo, flanqueada por la forma redondeada de un horno. Sin duda, la cocina. Pequeñas chacras rodeaban las tres construcciones.
Después de observar las pequeñas chacras del entorno e inspeccionar los hediondos y vacíos corrales, me encaminé a la entrada de la construcción principal, en donde Joaquín conversaba con una muchacha, aproximadamente de su edad. Él me informó que el viejo había marchado al pueblo. Contrariado, pregunté qué tan lejos estaba el lugar y ella me señaló una elevación sobre la que se divisaban unas casas de techo rojo a dos aguas y paredes enjalbegadas, como dibujos hechos por escolares. El lugar no parecía muy lejano, pero desconfiaba de mis fuerzas para ir a pie y, a caballo, ni pensar; no quería volver a montar en el resto de mi vida.
Me interné en las chacras –“potreros”, como les decían en la zona– a ver qué encontraba. A mi paso alzaban vuelo pájaros de todo tipo, principalmente jilgueros, torcazas y gorriones. Debí haber traído mi honda, pensé, pero, ¡para los adivinos!
La novedad me ganó por unos minutos, mas, como no podía cazarlos ni observarlos de cerca, finalmente me aburrí de espantarlos y seguirlos sin ton ni son. ¿Dónde estarán los caballos y las vacas?, me preguntaba, sin querer asumir que estaba evadiendo el contacto con nuestros anfitriones.
De vuelta, quise animar a Joaquín para ir en busca del abuelo. Él endureció el gesto. Debía seguir disgustado por la penosa cabalgada que realizamos por su descuido. Siguiendo la dirección de su mirada observé a la muchacha con quien estuvo conversando minutos antes.
Ella estaba de perfil y mostraba interés por algo invisible a mis ojos. A pesar de tener puesta una chompa de lana sobre un vestido suelto, se adivinaban sus generosos pechos y sólidas piernas.
–Oye –le dije–. Estamos en casa de parientes, ¿no? –Como a él pareció disgustarle mi intervención, insistí.
–No vaya a ser que la chica ésa, ¿cómo se llama?, sea una prima o algo así.
–Ya quisiera. ¿Para qué son las primas si no es para hacerles probar lo bueno? –respondió, yendo en pos de ella y dejándome con las ganas de preguntarle por el abuelo.
Era evidente que mis inquietudes debía resolverlas solo. Si el abuelo no regresaba a la hora del almuerzo, pensé ir como fuera al pueblo a buscarlo.
Aunque no quería aceptarlo, me chocaba la idea de acercarme donde la señora que nos había servido el desayuno; se me hacía difícil pensarla como una pariente. No podía imaginarme diciéndole tía; no, definitivamente, no podía.
Si la jornada a caballo acabó con mi resistencia física, sus resultados no fueron tan devastadores como los provocados por la caminata al pueblo. Esta vez, al acercarme a los arrabales del poblado, a donde llegué sobreponiéndome al infinito agotamiento que me dificultaba hasta la respiración, me desmayé.
No sé cómo ni quién me transportó a la casa en la que recuperé el sentido. Aunque quizás sea exagerado decir que volví en mí. De la estadía en esa oscura habitación en cuyo lecho aparecí acostado, solo guardo confusos recuerdos.
A las escenas en que respondo con monosílabos las preguntas de la gente interesada por mi estado, se superpone la presencia de una horrenda cara peluda cuya sola visión me precipitaba al abismo de la inconsciencia. Su voz gangosa me producía un horror invencible, sobre todo cuando me hablaba con desesperación y farfullaba palabras ininteligibles.
Quizás mi verdadero despertar se produjo de noche, cuando un lamparín arrojaba una enfermiza luz desde una repisa; el resto eran sombras impenetrables. Aún temeroso, presté atención a los extraños ecos de la noche y, con dificultad, logré identificar algunos de ellos: explosiones de cohetes, acordes de huaynos tocados por una banda de músicos, el rumor de una muchedumbre.
Recapitulé mis últimos movimientos: la caminata rumbo al pueblo, los primeros síntomas de fatiga y agobio, el desánimo por la engañosa cercanía del lugar, los mareos y la desesperación por no derrumbarme, el rojo velo de la angustia, el negro vacío.
Tambaleando, me levanté y anduve hasta la puerta. En la calle, al verdoso resplandor de la luna, rumoreaba una acequia bordeando una de sus aceras de tierra apisonada. Allí vi venir una oscura figura bamboleante. Aunque lejano, se sentía nítido el rumor de música y de voces. Cerca, el coro de grillos reiniciaba su monótono concierto.
Ya más próxima la solitaria figura, creí ser víctima de una ilusión o de seguir sufriendo una pesadilla. Un oso. Cada vez se hacía más nítida la figura de un oso. Di un salto atrás y cerré la puerta, atrancándola con el madero puesto para el efecto. Procuré calmarme diciéndome que dentro no corría peligro. Sin duda, el pueblo estaba de fiesta y quizás había venido un circo, de donde habría escapado el animal.
Al instante, sentí golpes en la puerta; curiosamente, no eran arañazos sino toques imperiosos. A la par, escuché una voz ahogada, como cuando se habla con la boca llena de migas, pidiéndome que abriera la puerta. No debo asustarme, me decía una y otra vez, con el corazón desbocado y dando gracias por las tinieblas.
Cuando me atreví a salir, luego de tomar infinitas precauciones, no divisé un alma. Más que nunca me pareció estar soñando. Asustado, enrumbé hacia el lugar de donde provenía la música, esperando mezclarme con la gente; a lo mejor, encontraba a Joaquín o al abuelo. A medida que aumentaban los lugareños, iba retomando seguridad. Ya en la plaza de armas, despejé mis últimas dudas: se trataba de la fiesta patronal que tanto ponderara el abuelo. La gente circulaba en un flujo incesante, entrando y saliendo de la iglesia y de las tiendas frente a la plaza, o acercándose a los kioscos levantados en los jardines, donde se vendían dulces, velas, artesanías, chicha, bizcochos.
Mientras examinaba unos extraños monolitos de piedra ubicados en el atrio de la iglesia matriz, vi a Joaquín riendo con la chica de la mañana. La tenía tomada de un brazo y la arrastraba de aquí para allá. Ella no parecía fastidiada, al contrario. Se había cambiado el sencillo vestido de la mañana por una minifalda y una colorida chompa de dralón y calzaba zapatos de taco alto que desestabilizaban su marcha. Me acerqué, sabiendo que no sería bienvenido. Me desesperaba por restablecer contacto con mi mundo.
–¿De dónde apareces, ñato? –me dijo él, displicente, más fanfarrón que nunca. Su tufo a licor me provocó nuevas náuseas.
–De por ahí.
–¿No te dije? El es especialista en perderse –le dijo a la chica, sonriendo por un costado de la boca.
–Oye, ¿por qué no presentas a la prima? –le solté a bocajarro.
–Ven acá –dijo, jalándome a un lado.
–Córtala ya con eso de la prima, huevón.
Yo lo quedé mirando, intimidado por su expresión de disgusto.
–De verdad, yo creía…
–¿Qué? … No me digas que todavía no te has enterado.
–¿De qué?
–¡Carajo! No tenemos parientes, no tenemos propiedades. ¡No tenemos nada! Eso de la herencia fue puro cuento.
–Qué me importa –repliqué–. Voy a buscar al abuelo.
–Sí, anda. Pero no te olvides de avisarme cuando lo encuentres; tengo una cuenta pendiente con ese pendejo.
–Si no has hablado con él, ¿de dónde has sacado eso que dices?
–Bah. Cualquiera te puede decir la verdad.
–¿Qué verdad?
–Carajo, el viejo era un pastor. ¿Me entiendes? ¡Un maldito pastor de puna! Un pobre diablo que en su puta vida tuvo un pedazo de tierra. Ni siquiera crió caballos o vacas, sino solo ovejas piojosas. ¿Qué te parece?
No quise escuchar más y fui a buscarlo. Al diablo si lo dicho por Joaquín era cierto, simplemente quería estar con él. Sin embargo, a pesar de todo mi empeño, no lo pude ubicar. Estábamos en plena ceremonia central; después que la procesión dio una vuelta completa a la plaza y se ubicó en el atrio de la iglesia, a la luz de las innumerables velas de las andas de la Virgen y el débil resplandor de las lámparas de los kioscos de los alrededores, empezaron a evolucionar las pandillas de danzantes.
Una de ellas avanzaba a los sones de una banda, guiada por un capitán que daba las órdenes para los giros y cambios de paso, y, restallando un látigo, acercaba de súbito su grotesca máscara de hombre blanco a los espectadores. Los ubicados en primera fila retrocedían instintivamente, gritando ¡waaa juy! si eran varones y, chillando como pájaros salvajes, si se trataba de mujeres.
Entre el paso de una y otra pandilla, se formaba una aglomeración de gente pugnando por acercarse a las andas de la Virgen –la Mama Ashu–, con sus vestiduras de raso azul cielo recamado de oro, tocada con su tradicional tiara y envuelta en una nube de flores. Se sucedían los rezos, las ofrendas y las libaciones.
Me tentaban las ganas de irme a dormir, pero había perdido por completo la orientación y no tenía idea de la ubicación de la casa donde me recuperé del desmayo; además, me preguntaba, a santo de qué podría regresar. Si lo dicho por Joaquín era cierto, y todos los indicios así lo apuntaban, no tenía nada a qué aferrarme y únicamente me quedaba esperar el amanecer para ver la manera de regresar a Lima.
Uno de los últimos grupos de danzantes trataba de representar una tradición cuyo sentido nadie supo o quiso explicarme; en ella evolucionaban auquénidos, cóndores y un oso. Sin duda, debía tratarse de una danza de origen remoto. La figura que más atraía mi atención era la de un hombre representando al legendario ucumari u oso de anteojos. El danzante, no sé si porque las reglas lo exigían o porque estaba borracho, caía una y otra vez al suelo, y gemía sordamente cuando era azotado por el capitán, con un realismo que no dejó de estremecerme cada vez que ocurría.
Esta vez seguí a los danzantes hasta el final. Necesitaba ver sin máscara al hombre disfrazado de ucumari. Mas, aunque puse toda mi atención para no perderlo de vista, desapareció. Ojalá no se haya deshecho del disfraz, deseé; sino ¿cómo lo identifico? Empecé a preguntar por él a todos cuantos no parecían borrachos por completo, pero nadie supo darme razón de su paradero. No era raro que a la cuadrilla oficial de danzantes se sumaran algunos advenedizos, sobre todo si estaban lo suficientemente borrachos como para soportar los latigazos del capitán. Averigüé, sí, que la danza rescataba una antigua creencia. El ucumari, en sus evoluciones, debe mostrar su capacidad de sobreponerse a cualquier prueba con tal de llegar a su querencia cuando le toca la hora de morir. Si no lo logra, su alma quedará vagando en una tierra de sombras y silencio eterno.
Entonces comprendí. Me encaminé a la salida del pueblo, pero no en dirección al caserío donde pernoctamos, sino al norte, donde estaba situada una de las mayores atracciones del pueblo, el mirador denominado Pirushtu. Avancé tomando todas las precauciones posibles –cada cien metros me detenía a recuperar el aliento y a descansar–, por lo cual demoré una eternidad para llegar al lugar.
Cuando el sol empezaba a despuntar y la tierra exhalaba su aliento matutino, pude distinguir una figura pequeña y oscura avanzando a tumbos hacia la cumbre de una enorme montaña, la entrada al territorio de las frígidas y desoladas punas. Dada la enormidad de la masa que escalaba, parecía incapaz de alcanzar su cometido; sobre todo porque de tanto en tanto caía y quedaba inmóvil por largos minutos. Sin embargo, siempre se levantaba y, como en cámara lenta, primero en cuatro patas y luego bamboleándose, continuaba su camino; para otra vez caer. Al principio, me agobiaba la impotencia de no poder hacer nada; mas, pronto comprendí que el obstinado ser que desafiaba a la propia naturaleza, de todas maneras alcanzaría la cima y podría internarse en las punas de donde viniera a este mundo. Solo así cumpliría con los designios impuestos por su origen.

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