Tuesday, May 07, 2013

Gunter Silva



Gunter Silva Passuni, escritor peruano, autor de la colección de cuentos " Crónicas de Londres" (Atalaya 2012). Estudió en la facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Santa María La Católica y Artes y Humanidades en Londres.
Ha colaborado en revistas literarias y culturales como: SubUrbano (Miami), Ventana Latina, La Tundra (Londres), entre otros. Actualmente ejerce la enseñanza del español como lengua extranjera en el Reino Unido.
Mediante sus cuentos,  aborda la vida de una  considerable cantidad de latinoamericanos que se encuentra actualmente viviendo en Europa, principalmente en el Reino Unido y, particularmente en Londres, donde  es significativa.  De esta  manera,  sus historias reflejan  las  experiencias de los latinoamericanos fuera de sus países de origen.
Sus historias cobijan infinitas emociones donde los sentimientos, asociados al miedo, las preocupaciones y a los fracasos no dejan de estar presentes en las experiencias que se relatan.



LOTTIE

I pop pop pop blow blow bubble gum
You taste of cherryade

   Por una época viví únicamente del aire que respiraba. Debo de reconocer que eran tiempos duros, como en todas las capitales del mundo, en Londres, nadie se paraba a echarte una mano. Debía verme tan mal que ni los vendedores callejeros me acechaban, intuían que no iban a sacar ni un duro de mis bolsillos.
   Por suerte, ese día me habían llamado para trabajar en un evento. La gente de Gourmet Food Limited operaba así, te telefoneaban cuando te necesitaban, muchas veces uno tenía que llamarles y recordarles que vivir solamente del aire, era una tarea difícil.
   Era una reunión para diplomáticos y gente de negocios, la que debíamos atender esa tarde. Desde temprano habíamos bajado de las furgonetas las copas, platos, cubiertos, manteles, cajas repletas de botellas de champán, vino, mesas, sillas, flores y floreros. En fin, todo lo que se necesitaba  para que a los comensales no les falte nada.
    Gourmet Food tenía un tomate rojo como logotipo, desde lejos, el dibujo del logo en las furgonetas  parecía  un corazón palpitando, sangriento.
   Los lugares a los que íbamos eran hermosos. Trabajando con ellos llegué a conocer The Saatchy Gallery, British Museum, 2 temple Place, The Round House. Ése día nos encontrábamos en el Australian House, era mi primera vez allí. Poseía un techo enorme y cóncavo, colgaban unas arañas de vidrio desde lo alto, las columnas eran redondas y gigantes. Había en todo el edificio una añoranza a los antiguos griegos, al pasado mitológico.
Tienen cinco minuto para ponerse guapos dijo James, el jefe.
   Fuimos a cambiarnos, llevábamos pantalones negros y nos pusimos camisas que tenían el tomate impreso en el bolsillo, después, atamos un mandil blanco de algodón a nuestras cinturas.
   Las chicas se recogían el cabello y alguno de los chicos se ponían cremas para fijar sus peinados. Poco a poco el salón se fue llenando de una legión de cabezas blancas, yo recorría el lugar con mi bandeja llena de copas flauta, ofreciendo champán, tenía que esquivar los movimientos toscos de algunos viejos, para evitar que me tirasen las copas al suelo. De tiempo en tiempo cambiaba la bandeja de un brazo a otro, si no, corría el riesgo de que se me adormecieran.
   Uno de los chicos nuevos me preguntó si podía aceptar propina, era alto, con cuerpo de nadador. Se llamaba Daniel.
Acepta mientras no te pidan nada a cambio dije.

   Al cabo de un rato, una señora de cabello plateado derramó su copa de vino en mi mandil. Le ordené sostener mi bandeja a Daniel y me dirigí al ascensor. Mientras caminaba por aquel salón pensé que la mayoría de las casas en Londres tenían más de un siglo de antigüedad, en mi país bien podrían ser catalogados como museos. El Australian House no era la excepción.
   Me sentí importante, al ver el contraste de mis zapatos bien lustrados y el blanco inmaculado del suelo. Bajé un piso, me quité el mandil y sentí mi entrepierna mojada. Entré en uno de los varios baños que existían en fila India y prendí el secador de manos. Luego de unos minutos, me senté al revés, recosté mi cabeza sobre el tanque del retrete y me dormí, no sé si por cansancio, hambre, aburrimiento o la suma de todas ellas.
  Al cabo de poco, desperté con  tres golpes en la puerta. Ví la figura blanquecina de Daniel y la de mi jefe. James era un buen tipo, pero cuando trataba asuntos de trabajo era severo como un magistrado inglés. Me despidió de inmediato, Daniel hizo una mueca y soltó un risita de vencedor.
   Me cambié, puse mi ropa de trabajo en mi mochila y amarré los pasadores de mis puma. Mientras caminaba a la salida volví a ver a Daniel, se veía feliz, se había asegurado mi puesto.  Alcancé a decirle: No sé que es peor si ser soplón o estar desempleado. Se quedó pensando y luego dijo «Desempleado obvio».
   Seguí caminando por el corredor hacía la puerta principal, era el único con zapatillas y jeans, esta vez me sentí como un impostor. Me serví en un vaso desechable el remanente de un Moet & Chandon que encontré en una mesa, a lo lejos se escuchaba las conversaciones de la gente, llegaban como un murmullo, indescifrables. Bebí un sorbo y salí a la calle. Afuera había un mar de personas caminando a prisa por todas las direcciones como hormigas colonizadoras que conquistaban la ciudad.
 ¿Dónde diablos trabaja toda esta gente? Pensé.
   Crucé la calle, caminaba por Strand con dirección al metro de Charing Cross, cuando me percaté, que un jaguar  de color verde metálico había reducido la velocidad, de modo que iba a mi ritmo. Me paré y el conductor frenó e hizo una seña. Al principio creí que era un forastero con necesidad de orientación, una hormiga que había perdido su rumbo.
 Me acerqué mientras las lunas bajaban automáticamente. Ella la mujer que yo había esperado en sueños estaba al volante. Me doblaba la edad pero descubrí que tenía un espíritu de quinceañera, a medida que fui conociéndola.
   Me limite a observarla. Llevaba un vestido plomo, simple pero elegante, un collar de bolas negras o mejor dicho en forma de aceitunas de kalamata enroscaban su cuello. Sus ojos verdes reflejaban calma y candor. Hacía mucho tiempo que nadie me miraba de ese modo, aparentemente es mala educación mirar de esa forma en las ciudades europeas.
Hola, ¿necesitas ayuda? pregunté, con ánimos de ayudar.
No, estoy bien gracias  acomodo uno de sus guantes de gamuza y continuó Mira, me estoy mudando en unas semanas y pensaba dejar el tv en una caridad. Había un plasma tv gigante en el asiento trasero. Lo señalo con un movimiento de cabeza.
Me preguntaba si tú lo querrías —acotó.
—¿Qué tengo que hacer?
Sube dijo con una sonrisa, mientras habría la puerta.
   Entré al coche de un brinco. Adentro los asientos eran de cuero crema, había un olor que me relajó, una mezcla a sándalo y canela. Pude ver sus pantorrillas descubiertas, su piel se veía serena y suave. Deduje que ella había notado la escena así que volteé la vista hacia la ventana, inconscientemente.
Apropósito,  mi nombre es Charlotte dijopero todos me llaman Lottie.
Soy Fernando —me presenté —mis amigos me dice Nano.
Nano entonces dijo con voz pausada y pensativa Siento mucho que mi tía te haya derramado el vino en el Australian House.
No te preocupes  dije. No entendí como no pude retener en mi memoria un rostro como el de ella, era un rostro hermoso. Prendí la radio para olvidar mi día en la embajada australiana, el vino derramado, el haber sido expulsado del trabajo; capté la señal de Radio Four. Una mujer le dejaba un mensaje de voz a un tal Andrew, le imploraba que la llame. Un amor no correspondido, un ruego patético.
¿Cómo puedes escuchar The Archers, tu no estás en edad de escuchar radionovelas? dijo Lottie riendo.
Mira acá tengo unos cds Nano —y señaló la guantera del carro. Saqué el primero de la pila y lo puse. Una mujer se agarraba la cabeza en la portada del disco, la música entraba por los parlantes con una fidelidad que nunca había escuchado antes.
Oh 'cause I'm under the weather
Just like the world
And I need somebody to hold
When I turn out the light
You're out of sight
Although I know that I'm not alone
Feels like home..’

   Habíamos pasado la estación de Victoria y nos dirigíamos hacia Chelsea, de pronto empezó a llover en Londres, para variar. El vaso de champán, la voz de K.T. Tunstall y la lluvia habían logrado entristecerme el alma. Lottie estacionó el carro frente  a una casa  de arquitectura georgiana. Corrimos hacía la puerta, para evitar mojarnos, sin mucho éxito. Ella sacó un manojo de llaves de su cartera, el viento soplaba a nuestras espaldas. Subimos las escaleras hacía el cuarto principal, para ese momento la pasión y el deseo se habían apoderado de nuestros cuerpos, de nuestras almas, de nuestras vidas. Ella me había tomado de la mano, como una madre que dirige a su hijo hacía la escuela. Hicimos el amor como si el mundo fuera a desaparecer en pedazos, su cabello estaba húmedo por la lluvia fresca, su cuerpo temblaba, su piel olía a canela. En el cuarto se respiraba un aire a tristeza, pero no hay nada mejor que amar cuando se esta triste.
¿Te gusto? preguntó, mientras estábamos tendidos en su lecho.
—¿A qué te refieres?
—Si te parezco bonita,—dijo mirándome con algo de vergüenza.
Si contesté, —pareces un personaje del teatro isabelino.
—¿ Es un piropo o me quieres decir que soy una mujer dramática?
—No, no me estoy quejando, todo lo contrario —agregué.
Era raro para mí, el haber pasado de ser dos completos desconocidos a ser dos amantes desnudos en tan corto tiempo.
—Y..
—Te deseo Lottie, te deseo.
        A la mañana siguiente desperté con los rayos de luz que se filtraban por la ventana, no había rastros de Lottie. En una de las mesita de noche había una fotografía, una Lottie con varios años menos, llevaba un sombrero cómico, pero de alguna manera extraña la hacía verse elegante. Sobre la misma mesita reposaban también tres libros “summer moonshine”, “cocktail time” del mismo autor P.G.Wodehouse y el otro era un volumen gordo, con flores impresas en la carátula, decía “Poem for the Day”. Los hojeé por unos minutos pero me aburrí.
   Me acerqué a la ventana, Lottie me vio y levanto los brazos, estaba preparando la mesa para el desayuno. Abajo, el jardín se veía grande, había un caballo esculpido en piedra blanca en el centro. A los costados habían enredaderas con hojas guindas y al fondo dos árboles como dos centinelas protegían ese oasis.
¿Dormiste bien?’dijo, mientras me servía el té.
Como en un cinco estrellas.
Perdón dijo alargando la palabra.
—Como en un hotel  le aclaré  —de cinco estrellas.
Oh lo siento dijo pasándome la azucarera Estoy muy tensa, feliz, nerviosa. Es una mezcla de emociones respiró hondo y continuó hablando Me estoy haciendo vieja, quizás debería hacer un curso de yoga.
Tienes un cuerpo que causaría envidia a las chica de mi generación dije.
Oh, Eres muy amable. Es bonito oírte decir eso Nano.
   Después se paró y paseo por el jardín. Tenía un vestido azul con motas blanca que se ceñía a su piel. Sin mirarme dijo pensarás que estoy loca por haberte levantado en la calle y luego haberme acostado contigo.
No respondí, aunque en el fondo me preguntaba : ¿Por qué me había elegido a mí?
No quiero que pienses que hago eso todo el tiempo dijo mientras volteaba a verme pero cuando te vi en la embajada con tu azafate de champán sentí que te conocía de siempre.
Lottie, eres una loca. Pero una loca romántica dije.

   Tarde ya, me pidió que me quedará por tres semanas a vivir con ella. A fines de julio debería viajar al sur de Francia por unos días y después a Ginebra donde residiría con su esposo por un año. Me imaginé al esposo, un hombre elegante, algo mayor, de traje y corbata, trabajando en alguna oficina importante de un banco, una compañía de seguros o una embajada.
¿Tienes hijos?’inquirí. Un sentimiento de culpa brotó en mí inopinadamente.
No dijo y bajó la cabeza, como si la culpa también hubiese penetrado en ella. Después como quién confiesa una pena, agregó— No, no puedo concebir. Es como si toda mi vida estuviese destinada a ser sólo una adolescente, como Peter Pan.
Palpé su rostro con los dedos, se sonrojo como cuando el sol roza el mar. Luego pegó su rostro sobre mi mano con fuerza y su cabeza quedó ahí apoyada sobre mi mano un segundos.
Tres semanas afirmé.
  Después, envié un texto al móvil de mi compañero de cuarto, advirtiéndole que no se preocupara por mi ausencia.

      Los días con Lottie fueron como unas vacaciones en el caribe o en el crucero más lujoso. Hablamos de miles de cosas, paseábamos por los cafés de la ciudad, por galerías de arte, siempre como si el mundo fuera a desaparecer a la vuelta de la esquina.
   Un día le pregunté por las pinturas que habían en las paredes de las escaleras, eran hombres gordos, serios, pintados con pasteles oscuros. En pequeñas placas de metal estaban inscritos sus nombres, todos apellidaban  Jones-Walker.
 ¿Son tus familiares? —indagué.
Oh no, son los familiares de mi esposo contestó.
   Todos se parecían bastante, pensé que el esposo era una versión más moderna de todos ellos. Lottie había tenido la delicadeza de esconder todas las fotos de la casa donde aparecía el esposo, me di cuenta de ello por los espacios vacíos en el decorado, en algunas mesitas de la sala y en su tocador.
   Lottie además de guapa y divertida era generosa. Siempre regresaba de la calle con regalos, muchas veces estos consistían en ropa, una chaqueta de pana o unos pantalones rosados de Ralph Lauren, los cuales nunca usaría en mi vida diaria, sin Lottie acompañándome, esas ropas eran sólo disfraces para mí.
   Lottie se matriculaba en cursos sueltos de la universidad, generalmente tomaba asignaturas relacionados con las artes y humanidades, al menos, eso fue lo que entendí.
  Así una noche en su jardín habló sobre su esposo, hasta ese momento no había dicho mucho sobre él, había sabido evitar el tema.
Le pregunté a mi marido si podía leer el cuento que debía analizar y el ensayo que hice sobre ello dijo. Sorbió té y continuó ‘Él lee normalmente a un ritmo de un capítulo por  mes, es un hombre muy ocupado, Dios lo bendiga por ser tan solidario conmigo.
¿No lee mucho? pregunté con cierto gozo.
No, no. Él lee el FT o el Daily Telegraph, pero eso es otro tipo de lectura sostuvo su taza de té en el aire por unos segundos Yo estuve muy contenta cuando dijo que le parecía una lectura muy interesante, tal vez no tuve una nota académica brillante, no recuerdo muy bien pero de alguna manera ahora eso parece menos importante La taza se mantenía suspendida en el aire con una precisión de reloj suizo.

  La noche antes de su partida lloramos, me imagino que ella intuía que  no nos volveríamos a ver o que esos días juntos eran un lujo que se estaba permitido sólo una vez en la vida. Con el tiempo me fui olvidando de ella, al principio pasaba por su calle. Siempre que miraba la casa había un aire de melancolía en ella. Las cortinas cerradas le daban a la casa el aspecto de un titán ciego y desvalido.
   Así pasaron tres inviernos. para entonces yo había conseguido trabajo estable en John Lewis y mi situación era mucho mejor. Más estable, si se quiere decir.
  De pura casualidad, un día me encontré a Daniel cerca a Sloane Square. Se acercó a saludarme y yo tomé ese gesto como una disculpa. Me contó que James lo había despedido. Despidieron a varios trabajadores de Gourmet Food por esas fechas.
Después de las bombas en el metro de Londres, ya nadie quiere hacer fiestas en la ciudad dijo.
   Le recomendé a mi jefe y a la semana siguiente ya estaba trabajando con nosotros como vigilante  la zona de cosméticos y belleza. Yo me había convertido en el jefe de operador de circuito, era un trabajo aburrido, nada interesante, pero pagaba las cuentas, me daba estabilidad y me permitía ahorrar. Mi posición consistía en producir informes escritos de incidentes, también controlaba a los que monitorizaban las cámaras de seguridad.
  Un domingo por la tarde vi a Daniel, a través de las pantalla de CCTV sujetando a una mujer. Le quité el control a Peter, un muchacho rubio, de Manchester, que sólo trabajaba por las tardes. Pulsé el zoom y la imagen se agrando en mi pantalla.
  El rostro me era familiar, tardé unos segundos en reconocerla. Era Lottie no me cabía la menor duda.
   Corrí en su rescate, bajé por las gradas hasta el piso en la sección belleza. El almacén estaba lleno de clientes y me era difícil encontrarlos. Cuando pensé que todo estaba perdido, reconocí el uniforme de vigilante de Daniel entre tanta gente. Me acerqué a ellos.
  Daniel la tenía sujeta del brazo.
—Yo me encargo, es conocida mía —dije. Daniel me miro con sorpresa, soltó a Lottie y  continuó patrullando su área. En la mano, Daniel se llevaba un producto de la marca Molton que Lottie había escondido en su bolso para robarlo de esa manera.
   La acompañe a la calle. Lottie había adelgazado, tenía el cabello despeinado y los ojos hinchados casi inexpresivos.
—¿Te acuerdas de mí? —le pregunté.
—No —dijo con un tono distraído pero con absoluta certeza.
—¿Cómo te llamas? —dije. Cualquier otra persona hubiese tomado esa pregunta por tonta.
—Oh, me dicen Lottie.

   Abrí mi billetera y le di los tres  billetes que tenía. Ella los arrugó con una mano y los metió en su bolso de plástico negro. Quise besarla pero me contuve. La vi alejarse con esos huesos frágiles por la avenida agitada y sombría, cuando una ráfaga de viento trajo un olor a sándalo y canela.

2 comments:

sillarnegro said...

...divertido y relata la vida de mucha gente con semejanzas, y que ineludiblemente te tuve que recordar cuando en AQP en aquellos años la vida empezaba para muchos de nosotros, confieso que no tengo costumbre de leer mucho, pero si puedo decirte que disfrute con el cuento identificandome en algunos pasajes, creo también que las Puma fueron la mejor elección para ayudar a continuar camino después del despido...Un abrazo Gun.

Mariam said...

El relato está bien logrado, que logras identificarte con los personajes y vivir sus emociones