
Guillermo Niño de Guzmán nació en Lima, en 1955, y es una de las principales voces de la nueva narrativa peruana. Publicó su primer libro de relatos, Caballos de medianoche, cuando tenía 25 años, y en 1955, luego de una larga pausa, dio a conocer dos títulos: la novela histórica para jóvenes El tesoro de los sueños y el libro de relatos Una mujer no hace verano. Ofrecemos uno de los cuentos de su excepcional primer libro.
CABALLOS DE MEDIANOCHE
Había vivido y trabajado solo con
la Soledad, mi amiga, y en las
tinieblas, en
las noches y en el silencio durmiente de la tierra había
contemplado un
millar (le veces el sonido de sus oscuros caballos
arribando. Y había
velado la muerte de Mi hermano p de mi padre en las
oscuras vigilabas de la
noche y, cuando, a su hora, llegó la figura de
la Muerte orgullosa, yo la había
reconocido y
amado.
THOMAS WOLFE, From Death to
Morning
-No me gusta el agua -dijo ella, y dibujó un mohín con los labios-. No me gusta nada.
-¿Cómo (¡tic no te gusta? -repuso él, mientras la sostenía al borde de la tina-. A las niñas buenas les gusta el agua y se bañan todos los días.
-Yo no soy una niña buena.
-¿Con que no eres una niña buena...? Entonces... ¿se puede saber qué clase de niña eres? Porque si no eres una niña buena tienes que ser una niña mala...
-Ah, no -alzó la voz-, eso sí que no. Yo no soy una niña mala. Yo no...
-Bueno -la interrumpió él-, si no eres una niña mala te vas a meter al agua de una vez. Y sin chistar.
-Está fría. No quiero.
-Caramba, no está fría. Ven, dame la mano.
Ella protestó pero finalmente dejó que él se la cogiera. Él sostuvo aquella mano pequeña y blanda como si se tratara de un pez de cristal v la posó suavemente sobre 1a superficie del agua; luego, la sumergió. Ella dio un ligero respingo e intentó retirar la mano, pero él la mantuvo dentro hasta que dejó de resistirse. -¿Ves? No está fría.
Ella comenzó a batir el agua y pronto deslizó la mano.
--Señorita -observó él-, no hemos venido aquí para hacer un baño de manos. Así que usted va a entrar a1 agua de una vez, (e guste o no le guste.
Ella dejó de remover el agua y lo miró con cierta hostilidad. --No me digas así -dijo.
-¿Cómo?
-Que no me digas señorita. No me gusta.
-A usted no le gusta nada. Nunca he visto una niña tan di-Es que no me gusta que me digan señorita. No soy, tan vieja. El hombre la miró divertido y empezó a reír; sin embargo, su
risa se apagó de repente, interrumpiéndose con un bufido sordo, e inclinó la cabeza y se llevó las manos a la frente.
-¿Qué te pasa, papi?
-Nada, nada. ¿Dónde dejé mi vaso?
-Ahí está -apuntó ella bajo el lavatorio. E1 hombre lo cogió y bebió lo que quedaba de un solo sorbo.
-Bueno -anunció-, o entras por las buenas o entras por las malas Escoge.
Ella lo miró durante varios segundos, midiendo la firmeza de SU resolución.
--Está bien -dijo, resignada, bajando la vista.
Él aprovechó para hacerle cosquillas y ella comenzó a reír convulsivamente. Entonces la levantó en vilo }_ (a metió dentro de la tina.
--Ay! ¡Está fría!
-Vamos, no seas teatrera. El agua está tibia. Ahora quédate quieta que voy a llenar mi Vaso.
Cuando é! regresó ella ya se había acostumbrado a la temperatura del agua. Tomó el jabón y empezó a jabonarle e1 cuerpo. -Qué chiquita para más cochina... E1 agua sale negra. Para que te arrastraras por el suelo todo el día.
-Estuve jugando a las escondidas con Tito -explicó ella. -¿Tito? ¿Quién es ese sujeto? Usted todavía está muy mocosa para andar con novios.
-Tiro no es mi novio. Es mi amigo, -¿Muy amigo?
Ella asintió
-Mmmm... eso suena algo sospechoso. Cierra los ojos que puede entrarte jabón.
-Listo --dijo él, envolviéndola con la toalla-. Ahora sí pareces una niña decente.
-Oye, no me limpies tan fuerte.
-Limpies no -corrigió é1-: frotes. A ver, levanta los brazos. Ya... voltéate... Hay que secar bien el potito. Date la vuelta. Ahora la cosita, siempre tan meoncita... Cuidado que te resbalas.
La llevó al dormitorio y le puso el piyama y la acostó.
-A dormir se ha dicho, jovencita --se inclinó sobre ella y 1a besó.
-Pica tu cara. ¿Por qué no te has cortado?
-¿Por qué no me he afeitado? -dijo él, palpándose la barba desordenada y copiosa de varios días.
-Pareces un oso feo --dijo ella.
-¿Sí? ¿Tan feo? -se levantó y dio unos pasos vacilantes por la habitación.
-¿Vas a salir, papi?
-¿Salir? No, no. ¿Dónde diablos he puesto mi vaso? -En el baño. Junto a la tina.
-Sí, claro. Qué memoria. No me acuerdo de nada. Fue a1 baño.
-Mejor será que duermas -dijo, regresando al cuarto. -No tengo sueño.
Levantó el vaso para beber.
-No me gusta eso que tomas ahí -dijo ella. --¿Lo has probado?
Ella asintió.
-Es amargo. Horrible. Casi vomito.
-Eso te pasa por meter las narices donde no debes. Ahora, señorita, quiero que usted se duerma.
-Ya pues, no me digas señorita.
-Como usted ordene; pero se me duerme de tina vez, si no quiere que me vuelva malo.
-¿Te duele la cabeza, papi?
El hombre había cerrado los ojos y se frotaba las sienes. ---No es nada -dijo él, haciendo un ademán de poca importancia-. Un dolorcito de cabeza común y corriente. Ya pasará. Hasta mañana.
-Papi. --¿ Qué? –No te vayas Él se acercó v se sentó en el borde de la cama.
--Es tarde -dijo, mientras le revolvía la suave madeja de su cabellera negra y lacia-. Todo el mundo duerme de noche. -;1' tú?
-Yo también. Ahora voy v me acuesto. La noche se ha hecho para dormir.
-Mentira.
—¿Le llamas mentiroso a tu padre?. -Anoche no te acostaste. -¿Anoche?
-Sí. No podía dormir porque quería agua y me levanté y te
vi despierto en la sala con tu vaso. Estabas parado junto a la ventana 1' en la mañana cuando me levanté para ir al colegio todavía estabas ahí.
--Seguramente me había levantado temprano
--No. porque estabas despeinado y cuando te besé no te habías lavado la boca porque olía feo.
-Caray por lo visto no se puede ganar contigo. Eres genial. --Le dio un beso en la mejilla y ella se colgó de su cuello y lo atrajo hacia sí.
--¿Me das un h eso como en las películas? -le susurró en el eso El hombre lanzó una carcajada
---Como en las películas, ja... -Y cómo es eso? Yo no sé... -No re hagas...
_-SI ¡lo me hago --Ya pues.
-Con una condición. --¿Cuál?
-Te duermes de una vez.
--Con una condición -dijo ella.
-¡Cómo! ¿Tú también quieres poner condiciones? Así no vale. -Intenté, deshacerse de su abrazo, pero ella lo retuvo y acercó sus labios y los oprimió sobre los de él.
-Hiciste trampa-dijo él, retirando la boca poco después. Ella se limitó a mirarlo en silencio durante un largo momento. -Papi -dijo.
-Papi -vaciló-. Papi, quiero dormir contigo. -¿Conmigo? -dijo él y se desprendió de su abrazo. Recogió el vaso que había dejado en la mesa de noche.
-Hace mucho tiempo que no dormimos juntos -dijo él, luego de beber un trago.
-Sí, pero esta noche quiero dormir contigo. -No. Esta noche no.
Ella desvió la vista.
-¿Y se puede saber por qué quieres dormir conmigo esta noche?
Ella no respondió.
-¿Por qué? -insistió él, buscando sus ojos. Ella se volvió de costado.
-Tu cana es grande -balbuceó. Él miró hacia la pared.
-Sí -dijo-. Mi cama es grande. Demasiado grande. Pero esa no es una razón muy convincente.
Ella hundió la cara en la almohada. Él le acarició la nuca. -Y bien -dijo.
Ella giró hacia él y dijo:
-Tengo miedo -y volvió a hundir la cara en la almohada. -,-Miedo? ¿Miedo? -repitió é1-. ¿Y por qué tienes miedo? -No sé -gimió ella-. Pero tengo miedo Mucho miedo. -Vamos, no hay que tener miedo. No hay, por qué tener miedo.
Ella volvió el rostro hacia él. Sus ojos brillaban como dos esferas ardientes.
-El miedo es lo más terrible que hay -dijo el hombre en voz baja, como si hablara para sí mismo.
de que ella naciera. Una mirada capaz, de atravesar las paredes, solía decirse. Pero, de cualquier manera, ya no había tiempo. Se incorporó, fue al bar y abrió una nueva botella. Luego se acercó a la ventana. La ciudad se escondía en la vasta penumbra de la noche, dejando como única huella un reguero de puntos luminosos. El departamento estaba ubicado en el penthouse de un edificio de diez pisos. Hacia la izquierda se extendía el acantilado y una leve brisa se elevó trayendo una correntada de aire marino. Aunque esta vez no era el aire fresco y vigoroso, sino más bien un aire rancio, pesado, con algo de pescado podrido), desechos de mar. El hombre miraba la .calle que se estiraba abajo, a treinta metros> como una lengua húmeda y brillante. Había llovido y el asfalto mojado reflejaba las luces del alumbrado público. Una densa cortina de neblina empezaba a cubrir las calles como una enredadera de algas.
Orinó larga v ruidosamente, su cuerpo se encogía en espasmos continuos a medida que vaciaba su vejiga. No tuvo cuidado y orinó fuera de la taza. Luego se abrochó y se apoyó un momento sobre el lavatorio. Desde el espejo un hombre le devolvió una mueca. Lo observó escrupulosamente. Era el rostro de un hombre desaliñado, que ostentaba una barba de varios días. Tenía los párpados hundidos y flojos; ambos ojos estaban inflamados y el izquierdo pestañeaba continuamente. La frente, antes amplia v enérgica, aparecía surcada por un bosque de líneas y cubierta a medias por el cabello abundante y revuelto. La boca asumía una actitud desdeñosa y los labios estaban hinchados y deformes. Súbitamente la palidez del rostro se acentuó y los pómulos y la frente enrojecieron vivamente, y las venas de las sienes se abultaron y marcaron bajo la piel. El hombre se aferró con fuerza al lavatorio para no caer, apretó los dientes y se lanzó contra ese rostro que se contorsionaba en el espejo y lo rompió en
mil pedazos.
Un hilo de sangre le bajaba por la frente. Se había dedicado a vaciar los cajones del escritorio, atropelladamente, arrojando a uno y otro lado papeles, fólders y sobres. A continuación revisó
el armario e1 clóset y, por último, el archivador de metal. Allí encontró finalmente lo que buscaba. Deshizo el paquete y corn
probó que contenía todas las cintas de papel engomado de dos pulgadas que había comprado esa tarde.
Con prisa, se dirigió a la puerta principal, desplegó el extremo de uno de los rollos, 1o presionó sobre la rendija que dejaba la puerta al unirse con el marco y tiró del rollo hacia abajo, de modo que quedara herméticamente cerrada. Repitió la operación en la puerta del balcón y luego prosiguió con las ventanas. En la cocina se le acabaron los rollos pero se las arregló para taponear 1a rendija inferior de la puerta falsa con unos trapos. Entonces abrió la llave del gas.
Se tendió exhausto al lado de la niña. Sudaba copiosamente y e1 sudor se mezclaba con la sangre que manaba de la herida de la frente. Apretó los puños hasta que las uñas se hundieron en la carne. Tenía la sensación de un taladro dentro de la cabeza. El rumor había vuelto y su intensidad había aumentado hasta convertirse en un ruido exasperante. Sin embargo, ya no tenía ninguna duda acerca de aquello que lo originaba. Era el sonido de millares de cascos retumbando contra la tierra en una carrera desenfrenada.
Se volvió hacia la niña, la rodeó con su brazo y esperó. Ya estaban muy cerca. De pronto sintió que todo se le escapaba -la niña, el cuarto, su propio cuerpo- como un puñado de arena que uno se empeña inútilmente en retener, y su cuerpo se tornó flojo y empezó a replegarse como una bola de papel arrugado. Fue entonces cuando los vio. Allí estaban las fauces furiosas, las orejas erectas y los belfos resoplantes, arremetiendo con un briIlo salvaje en el centro de los ojos, relampagueando con el esplendor helado de una manada de caballos blancos desbocados en las tinieblas de la noche.
-¿Cómo (¡tic no te gusta? -repuso él, mientras la sostenía al borde de la tina-. A las niñas buenas les gusta el agua y se bañan todos los días.
-Yo no soy una niña buena.
-¿Con que no eres una niña buena...? Entonces... ¿se puede saber qué clase de niña eres? Porque si no eres una niña buena tienes que ser una niña mala...
-Ah, no -alzó la voz-, eso sí que no. Yo no soy una niña mala. Yo no...
-Bueno -la interrumpió él-, si no eres una niña mala te vas a meter al agua de una vez. Y sin chistar.
-Está fría. No quiero.
-Caramba, no está fría. Ven, dame la mano.
Ella protestó pero finalmente dejó que él se la cogiera. Él sostuvo aquella mano pequeña y blanda como si se tratara de un pez de cristal v la posó suavemente sobre 1a superficie del agua; luego, la sumergió. Ella dio un ligero respingo e intentó retirar la mano, pero él la mantuvo dentro hasta que dejó de resistirse. -¿Ves? No está fría.
Ella comenzó a batir el agua y pronto deslizó la mano.
--Señorita -observó él-, no hemos venido aquí para hacer un baño de manos. Así que usted va a entrar a1 agua de una vez, (e guste o no le guste.
Ella dejó de remover el agua y lo miró con cierta hostilidad. --No me digas así -dijo.
-¿Cómo?
-Que no me digas señorita. No me gusta.
-A usted no le gusta nada. Nunca he visto una niña tan di-Es que no me gusta que me digan señorita. No soy, tan vieja. El hombre la miró divertido y empezó a reír; sin embargo, su
risa se apagó de repente, interrumpiéndose con un bufido sordo, e inclinó la cabeza y se llevó las manos a la frente.
-¿Qué te pasa, papi?
-Nada, nada. ¿Dónde dejé mi vaso?
-Ahí está -apuntó ella bajo el lavatorio. E1 hombre lo cogió y bebió lo que quedaba de un solo sorbo.
-Bueno -anunció-, o entras por las buenas o entras por las malas Escoge.
Ella lo miró durante varios segundos, midiendo la firmeza de SU resolución.
--Está bien -dijo, resignada, bajando la vista.
Él aprovechó para hacerle cosquillas y ella comenzó a reír convulsivamente. Entonces la levantó en vilo }_ (a metió dentro de la tina.
--Ay! ¡Está fría!
-Vamos, no seas teatrera. El agua está tibia. Ahora quédate quieta que voy a llenar mi Vaso.
Cuando é! regresó ella ya se había acostumbrado a la temperatura del agua. Tomó el jabón y empezó a jabonarle e1 cuerpo. -Qué chiquita para más cochina... E1 agua sale negra. Para que te arrastraras por el suelo todo el día.
-Estuve jugando a las escondidas con Tito -explicó ella. -¿Tito? ¿Quién es ese sujeto? Usted todavía está muy mocosa para andar con novios.
-Tiro no es mi novio. Es mi amigo, -¿Muy amigo?
Ella asintió
-Mmmm... eso suena algo sospechoso. Cierra los ojos que puede entrarte jabón.
-Listo --dijo él, envolviéndola con la toalla-. Ahora sí pareces una niña decente.
-Oye, no me limpies tan fuerte.
-Limpies no -corrigió é1-: frotes. A ver, levanta los brazos. Ya... voltéate... Hay que secar bien el potito. Date la vuelta. Ahora la cosita, siempre tan meoncita... Cuidado que te resbalas.
La llevó al dormitorio y le puso el piyama y la acostó.
-A dormir se ha dicho, jovencita --se inclinó sobre ella y 1a besó.
-Pica tu cara. ¿Por qué no te has cortado?
-¿Por qué no me he afeitado? -dijo él, palpándose la barba desordenada y copiosa de varios días.
-Pareces un oso feo --dijo ella.
-¿Sí? ¿Tan feo? -se levantó y dio unos pasos vacilantes por la habitación.
-¿Vas a salir, papi?
-¿Salir? No, no. ¿Dónde diablos he puesto mi vaso? -En el baño. Junto a la tina.
-Sí, claro. Qué memoria. No me acuerdo de nada. Fue a1 baño.
-Mejor será que duermas -dijo, regresando al cuarto. -No tengo sueño.
Levantó el vaso para beber.
-No me gusta eso que tomas ahí -dijo ella. --¿Lo has probado?
Ella asintió.
-Es amargo. Horrible. Casi vomito.
-Eso te pasa por meter las narices donde no debes. Ahora, señorita, quiero que usted se duerma.
-Ya pues, no me digas señorita.
-Como usted ordene; pero se me duerme de tina vez, si no quiere que me vuelva malo.
-¿Te duele la cabeza, papi?
El hombre había cerrado los ojos y se frotaba las sienes. ---No es nada -dijo él, haciendo un ademán de poca importancia-. Un dolorcito de cabeza común y corriente. Ya pasará. Hasta mañana.
-Papi. --¿ Qué? –No te vayas Él se acercó v se sentó en el borde de la cama.
--Es tarde -dijo, mientras le revolvía la suave madeja de su cabellera negra y lacia-. Todo el mundo duerme de noche. -;1' tú?
-Yo también. Ahora voy v me acuesto. La noche se ha hecho para dormir.
-Mentira.
—¿Le llamas mentiroso a tu padre?. -Anoche no te acostaste. -¿Anoche?
-Sí. No podía dormir porque quería agua y me levanté y te
vi despierto en la sala con tu vaso. Estabas parado junto a la ventana 1' en la mañana cuando me levanté para ir al colegio todavía estabas ahí.
--Seguramente me había levantado temprano
--No. porque estabas despeinado y cuando te besé no te habías lavado la boca porque olía feo.
-Caray por lo visto no se puede ganar contigo. Eres genial. --Le dio un beso en la mejilla y ella se colgó de su cuello y lo atrajo hacia sí.
--¿Me das un h eso como en las películas? -le susurró en el eso El hombre lanzó una carcajada
---Como en las películas, ja... -Y cómo es eso? Yo no sé... -No re hagas...
_-SI ¡lo me hago --Ya pues.
-Con una condición. --¿Cuál?
-Te duermes de una vez.
--Con una condición -dijo ella.
-¡Cómo! ¿Tú también quieres poner condiciones? Así no vale. -Intenté, deshacerse de su abrazo, pero ella lo retuvo y acercó sus labios y los oprimió sobre los de él.
-Hiciste trampa-dijo él, retirando la boca poco después. Ella se limitó a mirarlo en silencio durante un largo momento. -Papi -dijo.
-Papi -vaciló-. Papi, quiero dormir contigo. -¿Conmigo? -dijo él y se desprendió de su abrazo. Recogió el vaso que había dejado en la mesa de noche.
-Hace mucho tiempo que no dormimos juntos -dijo él, luego de beber un trago.
-Sí, pero esta noche quiero dormir contigo. -No. Esta noche no.
Ella desvió la vista.
-¿Y se puede saber por qué quieres dormir conmigo esta noche?
Ella no respondió.
-¿Por qué? -insistió él, buscando sus ojos. Ella se volvió de costado.
-Tu cana es grande -balbuceó. Él miró hacia la pared.
-Sí -dijo-. Mi cama es grande. Demasiado grande. Pero esa no es una razón muy convincente.
Ella hundió la cara en la almohada. Él le acarició la nuca. -Y bien -dijo.
Ella giró hacia él y dijo:
-Tengo miedo -y volvió a hundir la cara en la almohada. -,-Miedo? ¿Miedo? -repitió é1-. ¿Y por qué tienes miedo? -No sé -gimió ella-. Pero tengo miedo Mucho miedo. -Vamos, no hay que tener miedo. No hay, por qué tener miedo.
Ella volvió el rostro hacia él. Sus ojos brillaban como dos esferas ardientes.
-El miedo es lo más terrible que hay -dijo el hombre en voz baja, como si hablara para sí mismo.
de que ella naciera. Una mirada capaz, de atravesar las paredes, solía decirse. Pero, de cualquier manera, ya no había tiempo. Se incorporó, fue al bar y abrió una nueva botella. Luego se acercó a la ventana. La ciudad se escondía en la vasta penumbra de la noche, dejando como única huella un reguero de puntos luminosos. El departamento estaba ubicado en el penthouse de un edificio de diez pisos. Hacia la izquierda se extendía el acantilado y una leve brisa se elevó trayendo una correntada de aire marino. Aunque esta vez no era el aire fresco y vigoroso, sino más bien un aire rancio, pesado, con algo de pescado podrido), desechos de mar. El hombre miraba la .calle que se estiraba abajo, a treinta metros> como una lengua húmeda y brillante. Había llovido y el asfalto mojado reflejaba las luces del alumbrado público. Una densa cortina de neblina empezaba a cubrir las calles como una enredadera de algas.
Orinó larga v ruidosamente, su cuerpo se encogía en espasmos continuos a medida que vaciaba su vejiga. No tuvo cuidado y orinó fuera de la taza. Luego se abrochó y se apoyó un momento sobre el lavatorio. Desde el espejo un hombre le devolvió una mueca. Lo observó escrupulosamente. Era el rostro de un hombre desaliñado, que ostentaba una barba de varios días. Tenía los párpados hundidos y flojos; ambos ojos estaban inflamados y el izquierdo pestañeaba continuamente. La frente, antes amplia v enérgica, aparecía surcada por un bosque de líneas y cubierta a medias por el cabello abundante y revuelto. La boca asumía una actitud desdeñosa y los labios estaban hinchados y deformes. Súbitamente la palidez del rostro se acentuó y los pómulos y la frente enrojecieron vivamente, y las venas de las sienes se abultaron y marcaron bajo la piel. El hombre se aferró con fuerza al lavatorio para no caer, apretó los dientes y se lanzó contra ese rostro que se contorsionaba en el espejo y lo rompió en
mil pedazos.
Un hilo de sangre le bajaba por la frente. Se había dedicado a vaciar los cajones del escritorio, atropelladamente, arrojando a uno y otro lado papeles, fólders y sobres. A continuación revisó
el armario e1 clóset y, por último, el archivador de metal. Allí encontró finalmente lo que buscaba. Deshizo el paquete y corn
probó que contenía todas las cintas de papel engomado de dos pulgadas que había comprado esa tarde.
Con prisa, se dirigió a la puerta principal, desplegó el extremo de uno de los rollos, 1o presionó sobre la rendija que dejaba la puerta al unirse con el marco y tiró del rollo hacia abajo, de modo que quedara herméticamente cerrada. Repitió la operación en la puerta del balcón y luego prosiguió con las ventanas. En la cocina se le acabaron los rollos pero se las arregló para taponear 1a rendija inferior de la puerta falsa con unos trapos. Entonces abrió la llave del gas.
Se tendió exhausto al lado de la niña. Sudaba copiosamente y e1 sudor se mezclaba con la sangre que manaba de la herida de la frente. Apretó los puños hasta que las uñas se hundieron en la carne. Tenía la sensación de un taladro dentro de la cabeza. El rumor había vuelto y su intensidad había aumentado hasta convertirse en un ruido exasperante. Sin embargo, ya no tenía ninguna duda acerca de aquello que lo originaba. Era el sonido de millares de cascos retumbando contra la tierra en una carrera desenfrenada.
Se volvió hacia la niña, la rodeó con su brazo y esperó. Ya estaban muy cerca. De pronto sintió que todo se le escapaba -la niña, el cuarto, su propio cuerpo- como un puñado de arena que uno se empeña inútilmente en retener, y su cuerpo se tornó flojo y empezó a replegarse como una bola de papel arrugado. Fue entonces cuando los vio. Allí estaban las fauces furiosas, las orejas erectas y los belfos resoplantes, arremetiendo con un briIlo salvaje en el centro de los ojos, relampagueando con el esplendor helado de una manada de caballos blancos desbocados en las tinieblas de la noche.
Ancón, noviembre 1979-Lima, agosto 1980

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