Thursday, July 04, 2013

Porfirio Mamani Macedo

Porfirio Mamani Macedo ha nacido en Arequipa (Perú). Es doctor en Letras en la Universidad de la Sorbona. Se ha graduado también de abogado en la Universidad Católica de Santa María, y ha hecho estudios de Literatura en la Universidad de San Agustín (Arequipa). Ha publicado poemas y cuentos en varias revistas en Europa, Estados Unidos y Canada.
Entre sus principales publicaciones en francés y español,  tanto en Francia como en Perú,  hay que mencionar Ecos de la Memoria (poesía, 1988), Les Vigies (cuentos, 1997), Voz a orillas de un río/Voix sur les rives d'un fleuve  (poesía 2002),  Le jardin el l’oubli (novela2002), Más allá del día/Au-delà du jou (poemas en prosa, 2000), Flora Tristan, La paria et la femme Etrangère dans son œuvre (ensayo, 2003).  Un été à voix haute, France (poesía, 2004), Poème à une étrangère (poesía, 2005), Avant de dormir (cuentos, 2006), La sociedad peruana en la obra de José María Arguedas (El zorro de arriba y el zorro de abajo), (ensayo, 2007), Lluvia después de mi caída y un Requien para Darfur (poesía, 2008), Tres poética entre la guerra civil española y el exilio: Miguel Hernández, Rafael Alberti y Max Aub (ensayo, 2009), Antes del sueño (cuentos, 2009), La Luz del Camino (poesía, 2010), Eaux promises/aguas prometidas (poesía en prosa, 2011), L’homme du vent (cuentos, 2012), Deseamos ver la Luz (poesía en prosa, 2012).
Asimismo ha sido premiado  con la Medalla de Oro de la Cultura, otorgada por la Municipalidad Provincial de Arequipa, Diploma de Honor, otorgado  por la Alianza Francesa de Arequipa (Perú), Autor invitado al Festival Découvrir de Concèze (France), Autor invitado al Salón del Libro de Paris(France), Editions du Petit Pavé.


EL DUEÑO
Onel quedó callado, mirándose los pies desnudos llenos de polvo de tanto haber andado. Quizá no pensaba en nada, pero miró los pies del hombre que le franqueaba la puerta. Es posible que todo fuera un sueño o un error para el hombre de la puerta, no para Onel, él simplemente regresaba a su casa, aquella donde había plantado en su infancia un pino, como un juego y no como de un desafío.

       —A mí me la alquilaron —dijo el hombre—, sólo después pude comprarla. Tuve que vender todas las cosas que tenía y también las de mi mujer.

       Onel sólo miraba los rincones de la casa casi desierta. Imposible saber lo que pensaba ni lo que le hacía recordar cada sombra, cada trozo de pared, ni la puerta, ni las ventanas que en ese momento estaban abiertas.

       —A mí me la alquilaron —volvió a decir el hombre.

       Onel se quedó mirando la puerta de madera con una ternura indescifrable, parecía que se le iban a caer los ojos. No lloraba. No había rencor en su mirada, sólo miraba quizá recordando una imagen o un gesto de su madre. Tal vez le hubiese gustado ver a su padre entrando por la puerta, pero nada. Sólo escuchaba la voz de un desconocido que le estaba repitiendo la misma cosa desde que entró.

       —Tuve que vender mis cosas —dijo el hombre.

       Nada de lo que había le hacía recordar algo a Onel; sólo los muros, las ventanas y la puerta que no habían cambiado mucho. El rincón donde su padre se sentaba a leer el periódico, estaba allí; sin embargo él miraba un vacío inmenso, y en ese rincón parecía concentrarse la infinitud, el principio y el fin de todo.

       —No me regalaron nada —dijo el hombre.

       Onel quería levantarse y también echarle una mirada a la cocina, a la huerta, allí donde pasó gran parte de su infancia; subir al techo para ver si aún se veía todo lo que él veía antes, pero nada. Quedó con la vista pegada en una fisura de una de las paredes, fisura que llegaba hasta el techo ennegrecido por el excremento que habían dejado las moscas.

       —Esta es mi casa —dijo el hombre.

       La ranura se había ensanchado un poco. Del techo tal vez goteaba aún, como cuando llovía antes. Luego Onel cerró los ojos para intentar olvidar lo inolvidable. Quizá era preferible irse y no reclamar nada, tampoco volver a ver esos muros, ni la ranura que esta vez lo estaba viendo a él; como si quisiese devorarlo. La única resistencia de Onel era desviar la vista  hacia otro punto, hacia un vacío absoluto de donde no rebotase nada.

       —Estas son mis cosas —dijo el hombre—, todo lo he comprado con el sudor de mi frente. He tenido que trabajar como una mula para tener todo esto.

       Esa voz no llegaba a la conciencia de Onel. Tal vez ni siquiera se daba cuenta de la presencia de ese hombre que trataba de explicar su existencia. Se oía una voz, otra más lejana y más profunda, una voz que pesadamente arrastraba el viento. A ratos Onel miraba sus manos como se mira las piedras, como se mira el polvo que nadie ha tenido el cuidado de limpiarlo, de tiempo en tiempo, de los muebles de una casa abandonada.

       Estaba cayendo la tarde y todo se iba inundando de sombras apagadas, envejecidas, trashumantes. La mirada de Onel, sus ojos y sus manos parecían envejecer con la tarde. Sólo el hombre quedaba pegado a su silla como si ya fuera un objeto más en ese ambiente irrefutable. A veces llegaba por la ventana abierta un ruido extraño de afuera.

       —Yo la he comprado —dijo el hombre con una voz de vidrio.

       Y Onel nada. Su mundo estaba allí, pero también en otra parte, en un lugar indefinido. Tal vez sólo era su mirada lo que realmente existía de él. Ni siquiera esa sombra pesada le parecía pertenecer. Todo estaba allí, quieto y tumultuoso como un delirio inexplicable. No era el tiempo ni la sombra, tampoco el hombre que luchaba solitariamente; eran los muros, era la casa y también la memoria que lo mantenía como encerrado en un laberinto.

       —A mí no me dijeron nada —dijo el hombre—, sólo me alquilaron la casa, y la compré cuando reuní el dinero que me pedían por ella.

       Alguien hizo un ruido detrás de la puerta. Ni Onel ni el hombre se movieron. A ninguno de los dos les sorprendió el ruido, era como si los dos estuvieran acostumbrados a oírlo. Onel tenía las manos sucias y quemadas por el sol al igual que sus pómulos que le brillaban con el reflejo de la luz. El hombre tenía el rostro marcado por el cansancio, ese que sólo labra la vida en un hombre desgraciado.

       El silencio de Onel y la voz del hombre parecían fundirse en una extraña masa de aire que perforaba las paredes. Onel no dejaba de observar los rincones de la casa, donde tal vez aún quedaba algo de polvo del tiempo que le recordaban esas paredes. Nada era confuso en su memoria. Desde su sitio parecía vigilarlo todo.

       —A mí me la alquilaron —volvió a decir el hombre.

       Ninguno de los dos bebió el agua que puso el hombre sobre la mesa cuando entró Onel. Lo único que realmente se movió en la casa hasta ese instante, fueron las sombras, las sombras que giraban  y se agrandaban con lentitud.

       —Tengo el contrato, se lo voy a mostrar —dijo el hombre sin levantarse.

       Esta vez Onel le miró a la cara como quien busca una duda o una mentira en un rostro, pero no encontró nada, sólo vio el rostro de un hombre envejecido.

       —No le estoy mintiendo —dijo el hombre.

       El tiempo de la tarde se consumía irremediablemente por la ventana abierta. A veces el viento soplaba fuerte y hacía balancear el foco que estaba colgado del techo. Otra vez el ruido entraba como a perturbar el silencio que reinaba entre los dos y sus sombras respectivas. Esta vez Onel miró hacia la ventana abierta, tal vez no por el ruido; sino por el viento frío que comenzaba a entrar a la casa. El hombre no miraba a la ventana sino a Onel que se rascaba la barba crecida. Sólo en ese instante el hombre se dio cuenta que a Onel no le interesaba nada lo que le estaba diciendo. Era como si no estuviera allí, sentado, mirando de vez en cuando ciertas partes de la casa. En realidad lo único que hacía Onel era mirar, y tal vez recordar otro mundo, aquel mundo enterrado por el tiempo, que es el pasado. Cuando Onel dejó de mirar la ventana sorprendió al hombre que lo miraba, éste quedó impresionado, como si lo hubiesen cogido en flagrante delito. No se dijeron nada, apenas se cruzaron las miradas y continuó cayendo la tarde.

       —Esta es nuestra casa —dijo el hombre—, no estamos usurpando nada.

       Para Onel había cambiado algo, pero no sabía qué. Lo sentía cada vez que miraba por la ventana. No era el olor de la casa, porque desde que entró, entró también un extraño aroma que lo estaba esperando afuera desde siempre. Aunque para el hombre, Onel era un extranjero, no lo era para la casa. Quizá Onel era el único sobreviviente a quien esperaba la casa antes de derrumbarse.

       Otra vez el ruido extrañamente parecía entrar y salir de la casa. Súbitamente el hombre se puso a toser como si algo tratase de ahogarlo. Onel sin decirle nada miraba cómo se debatía el hombre con la tos. Sólo cuando el hombre se puso de pie, Onel estiró su brazo sobre el hombro del hombre, tal vez para que no cayera al suelo. Cuando dejó de toser el hombre, ninguno de los dos volvió a sentarse, quizá presintiendo una desgracia. El hombre se sirvió un vaso de agua y lo bebió de un golpe. Luego dejó el vaso en el filo de la mesa sin darse cuenta que al menor movimiento podría caerse. Onel se quedó parado con las manos en los bolsillos mirando la puerta por donde entraba el ruido.

       —No es posible —dijo el hombre.

       Para entonces ya las sombras eran inconmensurables, se habían integrado a la incipiente oscuridad. Onel permaneció con la mirada siempre perdida en algún rincón impreciso de la casa. Ya no eran las sombras ni los ruidos, eran los pasos de Onel los que se desplazaban hacia la puerta de la cocina. Parecía que ya no interesaba el ambiente estático de la sala, quería ver o recordar otras cosas, los otros muros, los otros muros que ocultaban los muros de la sala.

       —No es posible —volvió a decir el hombre.

       Onel regresó de la cocina con la frente fruncida como si hubiese viendo la muerte. Lo que vio fueron las cosas desordenadas de una cocina medio abandonada. Nada de lo que había en ella le recordaba el pasado o algo que él estaba buscando, algo que él, Onel, deseaba encontrar con urgencia, algo que podía estar confundido entre todo lo ajeno que llenaba la cocina o la casa.

       —Esta es mi casa —decía el hombre mientras Onel escrutaba todo.

       Cuando terminó de visitar la casa, Onel pareció encontrar lo que buscaba. Miró fijamente la puerta bajo la cual estaba incrustada la herradura. No hacía falta decir o inventar otra cosa. Todo estaba claro en su mente.

       —Yo no puedo irme —dijo el hombre retrocediendo un poco.


       Onel avanzó hacia el hombre, y éste, temeroso, siguió retrocediendo poco a poco hasta chocar con la pared cubierta de polvo negro. No le dijo nada, sólo alargó su mano huesuda para coger un fierro que estaba colgado al lado de la puerta y con él extrajo la herradura, y con ella se alejó precipitadamente de la casa, sin decirle nada al hombre, que espantado lo vio partir hacia el centro de la noche. 

Monday, July 01, 2013

Mario Bellatín

Mario Alfredo Bellatin Cavigiolo (1960) Escritor peruano- mexicano,  cuya novela Salón de belleza figura en el número 19 de la lista seleccionada en 2007 por 81 escritores y críticos latinoamericanos y españoles de los mejores 100 libros en lengua castellana de los últimos 25 años.  Su obra ha sido traducida a lenguas como el  inglés, alemán y francés.
Ha sido galardonado con premio importantes. Finalista del Premio Médicis en 2000 a la mejor novela extranjera publicada en Francia. También obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia  en 2000 por su novela Flores. Obtuvo la Beca Guggenheim en 2002 y el Premio Mazatlán de Literatura en 2008 por su novela El gran vidrio.
Considerado como un novelista experimental. Sus novelas plantean un juego lúdico entre realidad y ficción, con ninguna referencia biográfica, matizados con protocolos apócrifos, crónicas, biografías o documentos científicos, provocando así situaciones inverosímiles e incluso graciosas.
De entre su prolífica producción habría que mencionar Canon perpuetuo (1993), Salón de belleza (1994), Damas Chinas (2006) El jardín de la señora Murakami (2000), Jacobo el mutante (2002), Perros héroes (2003), Lecciones para un liebre muerta (2005), El gran vidrio (2007), Biografía ilustrada de Mishima (2009), La mirada de pájaro transparente (2011), El libro uruguayo de los muertos (2012), La jornada de la mona y el paciente (2013)

QUECHUA


Nota del autor: las posibles contradicciones presentes en el texto pueden ser consecuencia de que originalmente no fue concebido en el idioma en el que se encuentra plasmado.



Cierta mañana de invierno me encontré de pie junto a mi abuelo. Estábamos en el zoológico. Delante nuestro había una serie de camellos. Eran animales viejos. Tristes. Aburridos quizá. Tenían el típico color cenizo que se suele imaginar. Mi abuelo me sujetaba fuertemente de la mano. Nunca más volví a verlo. Murió seguramente al poco tiempo. En ese entonces no me enteré de lo que le sucedió. Sencillamente dejé de tenerlo a mi lado hasta que aquella ausencia se convirtió en una costumbre. Todo apareció años después. Durante una sesión en la que estaba sumergido en otro plano de la realidad -había hecho uso de algunas drogas-, vi nuevamente a mi abuelo enfrente de aquellos camellos. No sólo aprecié la escena, sino sentí también la carga emocional que aquella muerte seguramente trajo consigo. Caí en una tristeza profunda. Recordé además una historia: la de Macaca, mujer descendientes de rusos a la que mi abuelo, lo advertí en ese momento, aludía con frecuencia. Junto a la imagen del abuelo y la historia de Macaca aparecieron también una serie de palabras dichas en otro idioma, el quechua, lengua de mis antepasados. Nunca he comentado con nadie aquel trance de percepción tan particular. Tampoco tengo a ninguna persona a la que actualmente le pueda consultar la relación que puede existir entre la figura de mi abuelo y la historia de Macaca. ¿Se trata sólo de un cuento que mi abuelo solía relatar y quedó escondido en algún recodo de mi cerebro? ¿La historia de Macaca sucedió realmente y en la época en que mi abuelo me llevaba al zoológico pertenecía a una especie de imaginario social? ¿Qué debo pensar de las voces en quechua que suelen acompañarla? Según mi abuelo, Macaca en aquel tiempo acostumbraba a referirse incansablemente a un amante asesinado veinte años atrás por acción de la policía. Aquel hombre había sido un luchador oriental que al final de su vida se vio obligado a dedicarse al oficio de zapatero. Después del crimen Macaca se convirtió en una mujer sola. Comenzó a vender casas. Ahora –el término ahora se refiere a la época en que mi abuelo me llevaba a ver a los viejos camellos al zoológico-, cuida de los jardines y del parque que rodean las propiedades que comercializó en su momento. En este instante acaba de terminar de pintar un cartel para atraer nuevos jardineros. Macaca quiere que sea lo suficientemente llamativo como para conseguir aspirantes comprometidos con su trabajo. Ninguno de los hombres contratados hasta entonces ha soportado el puesto más de tres días seguidos. Lo más lógico es que el cartel esté escrito en castellano. Mi abuelo lo habría leído sin dificultad. Fue bilingüe toda su vida. Desde niño había visto casi totalmente reprimida su lengua materna. El quechua sólo podía ser utilizado dentro del núcleo familiar. Ni siquiera podían hablarlo entre sí dos familias vecinas que compartieran las mismas raíces. Cierta vez mi abuelo desobedeció aquel mandato y fue objeto de burlas entre sus compañeros de la primaria. Recuerda que huyó de la escuela y caminó desconcertado algunos kilómetros. Finalmente se arrojó a la mitad de un campo sembrado de maíz y le pidió a Dios que le concediera la muerte. A partir de entonces nunca más volvió a pronunciar ninguna palabra en su lengua de origen. Con el tiempo logró incluso hacerse amigo de un muchacho occidental que estudiaba en el mismo salón de clases. Sin embargo solía decir -y yo se lo creo aunque no tenga manera de saber si alguna vez expresó estos pensamientos- que las palabras en aquel idioma lo transportaban a dulces sensaciones de la infancia. A mí pareció sucederme algo parecido durante ese trance de lucidez tan particular que me produjeron las drogas. En mi cabeza Macaca continúa viviendo en la caseta donde logró vender las propiedades. La caseta es en realidad una casa rodante pintada de celeste, cuyas llantas están carcomidas por la humedad. Cuando la junta de vecinos tomó la decisión de que aquella fuera su vivienda definitiva, arrastraron el remolque hasta la zona oculta por los árboles que delimitan el parque. Se permitió además que la misma Macaca construyera al lado una cabaña de madera para que durmiera el jardinero que tenía como obligación contratar. Macaca cambió el interior de su vivienda sin pedirle permiso a nadie. Se deshizo del escritorio donde había concertado las ventas y en su lugar colocó un burdo colchón. Contaba también con una mesa de madera. Decoró el espacio con una serie de pequeños frascos en los que había metido frijoles envueltos en algodones humedecidos. La cabaña del jardinero era más modesta que la caseta donde vivía Macaca. Sólo tenía un colchón en el suelo y una palangana junto a una jarra de níquel. Sin embargo la incomodidad de la cabaña no parecía ser el motivo por el que los jardineros renunciaban uno tras otro al trabajo. Aquellos hombres casi nunca podían expresar en palabras sus razones. Se limitaban a dejar desperdigados los instrumentos alrededor del parque y desaparecían sin más. Al principio Macaca se sentía desconcertada con aquellas conductas. Con el tiempo terminó por acostumbrarse. Contaba con un sistema para probar a los aspirantes, que consistía en no separarse ni un centímetro de los hombres que acababa de contratar. No sólo escudriñaba el trabajo que iban realizando sino que los perseguía dándoles consejos sin parar. A veces intervenía arrebatándoles, sin ninguna explicación, las herramientas para ponerse ella misma a utilizarlas de la manera debida. Pero ahora, cuando siente una inusual nostalgia por el luchador muerto por acción de la policía, no quiere pensar demasiado en los problemas que diariamente tiene que soportar. Tal vez por eso ha decidido que es el momento adecuado para colgar el letrero que acaba de pintar: “Se necesita jardinero amoroso”, se lee en letras rojas. Hace diecinueve años que Macaca ha vendido la última casa de la zona, dijo mi abuelo mientras intentaba alejarme de los inmóviles camellos. Había sido desde el comienzo muy cuidadosa con las operaciones financieras. Consiguió que tanto los dueños como los clientes quedaran siempre satisfechos con su trabajo. Pero a pesar de sus logros nunca dejó de torturarla el recuerdo del fin trágico de su romance con el luchador oriental. El amante murió de un disparo durante el allanamiento al taller donde fabricaba los zapatos. Poco tiempo después Macaca consiguió el trabajo de vendedora de casas. Como sospecharán, decía mi abuelo muchas veces al vacío, no todo estaba en orden en su vida. Además del recuerdo de la muerte del amante oriental, padecía siempre el eterno problema de la renuncia de los jardineros. Los últimos meses habían sido realmente dramáticos. Hubo días en que la abandonaron hasta tres aspirantes en una misma jornada. Los vecinos le llamaban la atención una y otra vez. La mortificaban en forma constante. En parte porque los jardines se veían descuidados. También porque no querían tener todo el tiempo a extraños dentro de la vecindad. Macaca había intentado muchas soluciones para resolver el asunto. Finalmente se le ocurrió la estrategia del cartel. Trazó las palabras en una tabla de madera que luego colocó en el tronco de un roble algo añejo. El cartel se mantuvo al vaivén del viento durante un par de días. En las primeras jornadas aquel aviso, contra las expectativas de Macaca, pareció ahuyentar a los posibles jardineros. A diferencia de lo que ocurría en circunstancias normales no se presentó ningún candidato. Macaca estaba a punto de descolgarlo cuando sorpresivamente aparecieron dos hombres interesados en el trabajo. Ambos casi al mismo tiempo. Macaca los entrevistó por separado. Aceptó contratarlos a los dos. Al primero, el Maestro Espín, le ofreció a cambio de las labores de jardinería ayudarlo a desarrollar “la teoría mariótica” que había ido ideando mientras daba clases de matemáticas a los alumnos de una escuela del estado. Al segundo, el Hermano Francisco, le ofreció esconderlo de las gentes que supuestamente lo perseguían por un delito que decía no haber cometido. Macaca había pegado, en la pared interior del remolque, un viejo afiche de cine donde se hacía publicidad a una película del actor chino Bruce Lee. Se me hace sumamente curioso que mi abuelo se haya referido –la versión de la historia aquí ofrecida es absolutamente fiel a la que mi abuelo me relató- a Bruce Lee durante sus interminables discursos sobre Macaca, pues la imagen del abuelo, de pie frente a los camellos del zoológico, data de los primeros años sesenta. Cualquiera sabe que las películas de luchadores orientales surgieron tiempo después. Sin embargo cada vez me parece más nítida la voz que afirma que en la caseta de Macaca había un afiche de Bruce Lee pegado en la pared. La mención de un cine de esta naturaleza me hace recordar el éxito que obtuvo principalmente en la región quechua del país. Era impresionante la identificación que se establecía entre los que utilizaban el proscrito idioma de mis antepasados y las películas habladas en chino. Algunos asistentes incluso adaptaron ciertas acepciones asiáticas que sonaban como propias de su idioma natal. Pienso que haber asistido a una de esas sesiones cinematográficas hubiera sido de provecho para mi abuelo, aunque por su forma de ser dudo que se entregara a la catarsis en la que caían muchos de sus hermanos de lengua en aquellas salas de provincia. En mi recuerdo el abuelo apenas podía desplazarse del espacio reservado a los camellos a la poza destinada a las focas. El mar estaba cerca. Incluso a ratos era posible escuchar, claramente, el romper de las olas. En cierto momento mi abuelo habló de la noche en que una de las focas escapó e intentó llegar de nuevo al mar. Estaba a medio camino cuando un taxista se le cruzó en su destino. La foca debió volver a su poza y contentarse con oír a la lejanía el sonido de las olas. A los dos aspirantes a jardinero les llamó la atención la cara de Bruce Lee presidiendo la pared principal de la caseta. Hicieron algunas preguntas. Macaca contestó que el afiche era un homenaje a su amante muerto. Aquel actor había sido el preferido del luchador convertido en zapatero. Pensaba que el amante incluso había tenido que ver con la dirección del film que se anunciaba en el afiche pegado en la pared. Aquel luchador nunca le confirmó si había sido amigo personal de Bruce Lee o no. Sólo a veces lo dejaba entrever. En más de una ocasión le contó detalles de la vida del actor. De sus relaciones con la mafia china y de cómo esa misma mafia lo había condenado a muerte, no sólo a él sino a sus descendientes hasta la tercera generación. El luchador convertido en zapatero había estado muchos años viviendo en los Estados Unidos. Solía contarle a Macaca que en una época llegó a manejar varios millones de dólares. Todo acabó cuando de un momento a otro debió abandonar el país. Se llevó sólo lo puesto. Macaca creyó en sus palabras, pues cuando lo conoció lo vio sin el dinero necesario para pagar el plato de comida que había ordenado. Al final de sus relatos el luchador siempre decía lo mismo: que la perdición de Bruce Lee se había originado por estar demasiado comprometido con los objetos materiales que tenía a su alrededor. Macaca compró el afiche la misma mañana en que le avisaron que su amante había sido asesinado por la policía, regresando del depósito de cadáveres adonde había acudido a reconocer el cuerpo del luchador. En una de las aceras vio de pronto la cara de Bruce Lee. Un vendedor ambulante había colocado en el suelo una serie de carteles de películas pasadas. Bajo la perspectiva de la teoría mariótica que buscaba desarrollar, el maestro Espín encontró absolutamente lógicos los últimos años de Macaca. Dijo que incluso podría hacer un dibujo de toda esa época, con sus ramificaciones y demás. Era la única manera de explicar cómo una película de corte comercial, producida algunos años atrás, había hecho posible que un luchador extranjero muriera en manos de la policía. No sólo eso, sino que lograba además que su amante, una mujer de ascendencia rusa, diera la impresión de haberse enamorado tras el asesinato de las casas que había sido contratada para vender. En efecto, Macaca parecía haber llevado su pasión a tal punto que se le veía dispuesta a pasar el resto de su vida habitando la caseta donde había cerrado las ventas. Sentado bajo el afiche de Bruce Lee, el maestro Espín sacó un lápiz y un papel para trazarle a Macaca los movimientos de sus últimos años. Desde el estreno de la película hasta el despido del último jardinero. El maestro Espín usaba todo el tiempo un sombrero de fieltro negro. En mis recuerdos mi abuelo se refería a ese sombrero con insistencia. Solía describir su forma hasta en los mínimos detalles. Era curioso, pues mi abuelo llevaba siempre la cabeza descubierta. Por eso era visible una pelusa rubia que le crecía por encima de las orejas. Más de una vez dijo que había ido perdiendo los sombreros que quiso comenzar a usar desde que llegó a la ciudad capital. Parecía que la imposibilidad de llevar sombrero era una especie de venganza. Nunca lo pensó, por supuesto. O por lo menos nunca me lo dijo. Lo vi aparecer fugazmente. Un espíritu de venganza motivado quizá por no haber podido volver a pronunciar una palabra en su lengua materna. ¿Cómo habría sonado la historia completa de Macaca narrada en quechua?, me pregunto de vez en cuando. ¿Habría tenido las mismas aristas, una intensidad semejante? Entre otros asuntos me gustaría saber con qué palabras exactas fue hecha la petición que, tirado en un extenso campo de maíz, le hizo mi abuelo a su Dios para que lo ayudara a morir. Quizá esas palabras no existen y están sólo representadas simbólicamente en los sombreros que mi abuelo se negó a usar. Sin embargo, por más que llevó diariamente un sombrero de fieltro negro al Maestro Espín lo despidieron de improviso de la escuela primaria donde trabajaba. Se le acusó de no respetar el programa de estudios y de utilizar a los alumnos como conejillos de indias de la teoría que tenía en mente sistematizar. Los fines de mes el maestro Espín contestaba él mismo los exámenes de sus alumnos. Les hacía también diariamente las tareas. Entregaba luego los documentos a la dirección como reporte del avance del salón a su cargo. Fue descubierto cuando un padre de familia se presentó para quejarse de que su hijo no sabía resolver la más simple operación aritmética. Sin embargo ese mismo niño se pasaba el día haciendo mediante dibujos complicadas especulaciones matemáticas. Después de la primera conversación con Macaca, el maestro Espín comprendió que el despido de la escuela era lo mejor que le había podido suceder. El segundo hombre en responder al aviso fue el Hermano Francisco, quien había dedicado buena parte de su vida a arreglar jardines. Su intención no era conseguir en ese momento ningún trabajo. Deseaba tan sólo detenerse a comer y proseguir su camino de regreso a la selva, donde había nacido. Macaca lo convenció de quedarse. Al menos por un tiempo. Macaca en aquel entonces no podía conocer la historia completa del Hermano Francisco, sin embargo yo sí sabía una parte. Me la había contado mi abuelo no recuerdo en qué ocasión. Aunque estoy seguro de que no fue delante de los camellos. Me dijo que el desasosiego que sentía el Hermano Francisco cada vez que cortaba las rosas para las misas de los domingos,  tenía su origen en la mujer que cierto atardecer entró a casa de sus padres. Aquello sucedió cuando vivía en la amazonía. El Hermano Francisco había elegido desde siempre la religión católica. No soportaba el laberinto de cantos y la exaltación propia de los Evangelistas. Tampoco las extrañas contorsiones que practicaban los fieles del Séptimo Día. Solamente parecía disfrutar con los sermones del sacerdote de su parroquia. Lo satisfacía tanto la pulcritud de los hábitos como los cálices brillantes con los que se oficiaba. Al terminar la misa se ofrecía para limpiar el salón principal y a poner en orden las bancas. Se sabía el oficio de memoria pero nunca lo dejaron ayudar en las ceremonias. Aquella tarea estaba destinada a los alumnos del colegio de la parroquia. Sus amigos trataban de sacarlo de ese ambiente. Le sugerían que saliera a cazar o a hacer expediciones. El Hermano Francisco nunca les hizo caso. Lo único que todavía hoy lo lleva a pecar de vez en cuando es el recuerdo de la tarde en que una amiga de sus hermanas entró en casa de sus padres. El Hermano Francisco estaba solo. La muchacha se le acercó, se abrió la blusa y le dijo tócame aquí señalándose uno de los pechos. El Hermano Francisco se asustó. Salió corriendo de la casa. No le contó a nadie lo que había pasado. Tiempo después llegaron unos sacerdotes de la ciudad capital. Venían de visita a la parroquia del lugar. Antes de partir llamaron al Hermano Francisco y le propusieron irse con ellos. Habían observado lo devoto de sus actos y querían convertirlo en sacristán. Una vez que lo instalaron en la escuela que dirigían, sin embargo, los sacerdotes de la ciudad no se preocuparon más por su educación. Sus tareas se limitaron exclusivamente al jardín. Algunos años después consideró que era tiempo de regresar. Esa época coincidió con el asedio constante del recuerdo de la muchacha que se había abierto la blusa en casa de sus padres. La veía con frecuencia. Sobre todo mientras arreglaba el inmenso jardín. Aquel espacio contaba con múltiples escondites en donde acostumbraban jugar los niños de la escuela. Una tarde, cuando el Hermano Francisco podaba algunas plantas, sintió que alguien lo espiaba. Al menos así lo decía mi abuelo cuando contaba esta parte del relato. Afirmaba también que durante esos momentos el Hermano Francisco no parecía enteramente consciente de sus actos. Minutos después una niña, que se encontraba detrás de unos matorrales, lanzó un grito terrible. El Hermano Francisco salió huyendo. Despavorido. Con un miedo aún mayor al que sintió en casa de sus padres cuando entró la amiga de sus hermanas. Corrió por calles desconocidas. Sólo se detuvo al llegar al cartel donde se leía: “Se necesita jardinero amoroso”. Tras escuchar su historia, Macaca le ofreció al Hermano Francisco sentarse en el viejo sofá de su caseta, bajo el afiche que anunciaba la película Enter the dragon. Parece que aquella fue la película más exitosa de Bruce Lee. Macaca nunca la había visto. Por más que su amante se lo insistió una y otra vez. Macaca siempre dijo que no le gustaban las películas de violencia. En ese entonces vivía sola en una pensión del centro de la ciudad. En aquel alojamiento recibió la noticia de la muerte de su amante. Macaca salió a la calle de inmediato. El taller del zapatero estaba distante un par de cuadras. El cadáver ya había sido trasladado al depósito municipal. Algunos agentes se encontraban todavía presentes. Llevaban pañuelos amarrados a las narices. Era la primera vez que Macaca visitaba aquel lugar. El zapatero siempre se lo había prohibido. Macaca constató que tenía dos secciones techadas y un pequeño patio. La anterior servía para mostrar los zapatos. Se trataba de modelos pasados de moda, simples, que buscaban sin embargo respetar cierta línea clásica. Estaban expuestos sobre unos anaqueles de madera. En ese momento había seis pares alineados en pareja. En esa misma habitación se encontraban los útiles de trabajo: herramientas de talabartero, unas descomunales tijeras, hilos y materiales de costura. En el suelo, unas encima de otras, se arrumbaban una serie de suelas de distintos tamaños. La trastienda estaba acomodada como dormitorio. A un lado había una cama cubierta con un tul que caía del techo. Enfrente un cordel que pendía de un extremo al otro de la pared. Separados por una distancia de aproximadamente metro y medio colgaban de ese cordel algunos trozos de carne cruda. Debajo de cada pedazo había unas cajas de metal con una compuerta en la parte superior. Las ratas con cuya piel estaban hechos los zapatos trepaban en las noches para comer aquellos trozos y caían dentro de las cajas cerrando con su peso las compuertas. El luchador oriental conseguía cada noche de cuatro a cinco animales, que salían de los desagües del baño, que había dejado expresamente al descubierto. A la mañana siguiente los destazaba en el patio posterior. Llevaba hasta allí a sus presas y con un palo de madera les daba un ligero golpe en el hocico que las mataba al instante. Después las abría por el vientre con un cuchillo especial y con el dedo meñique, cuya uña mantenía larga únicamente con este propósito, les arrancaba de cuajo las entrañas. En aquel estado de percepción tan particular, motivado sin duda alguna por las drogas que consumí, pienso que mi abuelo no hubiera aceptado jamás un par de zapatos confeccionados por un luchador asiático. De las posibles reacciones que hubieran tenido el Maestro Espín y el Hermano Francisco ante un par de zapatos de piel de rata mi abuelo nunca me dijo nada. Lo que sí me informó fue que a los pocos meses ambos abandonaron el puesto. Antes de dejar el entorno de Macaca, preguntaron infinidad de veces detalles de la película protagonizada por Bruce Lee cuyo afiche estaba pegado en la pared principal de la caseta. A los dos aspirantes a jardinero, el maestro Espín y el Hermano Francisco, les llamó la atención desde el primer momento aquel afiche. Al principio hicieron tímidas preguntas que Macaca debió contestar. Decidió desde el comienzo decir la verdad. Que estaba pegado como homenaje a un amante muerto. Aquella había sido la película preferida de aquel luchador convertido en zapatero. Macaca creía que incluso estuvo bastante involucrado en la creación del film. En más de una ocasión se había referido a detalles sumamente personales de la vida del actor. De sus contactos con la mafia china, una de las más sanguinarias de las que se tenía conocimiento. Macaca repitió una y otra vez que su amante zapatero había vivido muchos años en los Estados Unidos. Que poco tiempo después de su instalación había logrado manejar millones de dólares. No todos eran suyos, pero había recibido la orden de administrarlos como si lo fueran. Las cosas empezaron a ir cada vez mejor hasta que de un momento a otro tuvo que huir llevándose sólo lo puesto. Aquel pasaje parecía cierto, pues cuando Macaca lo conoció no podía ni siquiera pagar el plato de comida que acababa de pedir. Más de una vez el amante le dijo a Macaca que no haber copiado su personal código de conducta había sido la perdición de Bruce Lee. El actor estaba tan comprometido con los objetos materiales que en el momento de peligro no tuvo el valor de huir del país. Macaca les dijo a los hombres sentados en su sofá que al final de cuentas de nada le había valido a su amante abandonar su vida de millonario. Hizo todo lo que hizo solamente para venir a morir, de la manera más absurda además, en manos de la policía. Mi abuelo tenía conocimiento de que en aquel tiempo Macaca vivía en una pensión del centro de la ciudad. Me contó varias veces que recibió allí la noticia de la incursión policial. Macaca salió de inmediato a la calle. Cuando llegó al taller ya se habían llevado el cadáver. Algunos agentes se encontraban todavía en el lugar. Como se sabe todos llevaban pañuelos amarrados a la narices. El olor que se percibía en el ambiente era realmente desagradable. Era la primera vez que Macaca visitaba aquel taller. Su amante se lo había prohibido de la manera más tajante. Sus encuentros se llevaban a cabo en un cuarto de hotel situado a medio camino entre la pensión y la zapatería. La policía estaba haciendo una inspección. Acababa de descubrir que el suelo del patio había sido picado para dejar los desagues al descubierto. Aparte de las cajas con compuertas, en una esquina del patio se halló una serie de trampas comunes. Encima de una mesa se mantenían algunas pieles a medio tratar. Macaca fue citada al depósito de cadáveres para reconocer al muerto. La acompañó uno de los agentes. Macaca les dijo, tanto al maestro Espín como al Hermano Francisco, que se trató de una experiencia penosa. Les describió cómo cuando iba de regreso encontró la cara de Bruce Lee en medio de la acera. El amante le había enseñado la foto del actor tan solo una vez. Pareció ser suficiente como para que lo reconociera al primer vistazo. Aquel rostro se encontraba encima de una pila de afiches de películas de lucha oriental. Macaca les dijo que tomó esa aparición como una especie de despedida de su amante. Un recuerdo de las noches en las que le narró las diferentes escenas de la película Enter the dragon. El maestro Espín, como está escrito, encontró absolutamente lógico el relato de Macaca. Dijo que todas las piezas encajaban: la mafia china, el restaurante de carretera, Bruce Lee, la pasión de Macaca por las casas que había vendido, el título de una película que ninguno de los presentes había visto jamás. Ejecutó incluso un dibujo de la historia completa, con sus distintas ramificaciones. Resaltó especialmente el enamoramiento de Macaca por las casas que había tenido a su cargo. También que los zapatos del luchador oriental hubiesen sido confeccionados con piel de rata. El Hermano Francisco, por su parte, no hizo ningún comentario y pidió instalarse lo más pronto posible en la cabaña que se  le tenía reservada. Al ver las paredes desnudas le pidió a Macaca que lo ayudara a conseguir algunas imágenes religiosas. Expresó que necesitaba especialmente la de San Jerónimo. Horas más tarde Macaca colocó en una esquina de la cabaña una pequeña mesa para que el maestro Espín pudiera desarrollar su “teoría mariótica” con tranquilidad. Estudiaría en las tardes, inmediatamente después de levantarse. Se había convenido que el Maestro Espín sería el jardinero nocturno. El Hermano Francisco trabajaría durante el día. A partir de ese momento se instaló una especie de rutina. Dos meses después ocurrió el incidente del pequeño pájaro caído en  el parque. Se trató de un gorrión. Lo primero que hizo el Hermano Francisco al verlo fue ir hasta la caseta de Macaca para mostrarle su hallazgo. No era que al Hermano Francisco le llamaran especialmente la atención los gorriones. Estaba acostumbrado a su presencia. En la escuela  abundaban los nidos. El gorrión era aún una especie de polluelo. Aunque ya tenía plumas e incluso podía volar pequeños tramos. Sin embargo se le podía atrapar con facilidad. El Hermano Francisco lo agarró una vez y lo soltó. Al notar que no se separaba de sus pies lo levantó y se lo llevó a Macaca, quien se encontraba en la caseta descifrando unos dibujos que el Maestro Espín le había pedido que intentara descifrar. En ese momento el Maestro Espín estaba durmiendo en la cabaña aledaña. La noche anterior había trabajado hasta tarde en los jardines. Es extraño ver a un jardinero trabajando de noche, me dijo. De alguna manera es como visitar un zoológico en horas de la madrugada. ¿Se tratará de alguna convención? ¿Habrán razones reales que impidan que las plantas sean tratadas en horas nocturnas o que los animales sean observados en la oscuridad? A mi abuelo nunca se le ocurrió ir a visitar de noche a los camellos. Eran animales viejos. Sus pieles estaban opacas. Casi no se movían. Sus noches debieron ser aún más tristes. De una tristeza particular. Parecida quizá a la que creía ver aparecer en  el rostro de mi abuelo cuando se hacía alusión a su proscrita lengua natal. El quechua. Cierta vez, en aquella ocasión no nos encontrábamos en el zoológico sino en una fiesta de cumpleaños que pasé en medio de una crisis asmática, organizaron la celebración en mi cuarto de enfermo. Mi familia llenó las paredes con globos y figuras de payasos. Cantaron el Happy Birthday con la preocupación reflejada en los rostros. En ese tiempo casi nunca podía respirar plenamente. Sólo ahora me doy cuenta de que en ese entonces no poder respirar era lo de menos. Lo verdaderamente torturante eran los efectos secundarios producidos por los medicamentos para el asma. Los síntomas principales eran nauseas y mareos constantes. Un estado extrañado de la realidad. De alguna manera adquiría un estado de conciencia similar al experimentado con las drogas que me trajeron la imagen del abuelo de pie frente a los camellos. Posiblemente y como resultado de la enfermedad, en los años de niñez el cuerpo ocupaba casi todo mi espacio. En este momento, frente a un abuelo calzado con pantuflas de piel de camello, la sensación corporal es casi nula. Delante de los globos y los payasos mi abuelo me habló, cuando los demás parientes salían del cuarto a respirar un poco de aire puro, mi abuelo me habló, de una danza antigua que se practicaba en la zona donde había nacido. La danza de las tijeras, señaló. Lo último que recuerdo, antes de caer dormido a causa de los efectos secundarios de los medicamentos para los bronquios, es que me dijo que esos danzantes eran preparados para una misión en la vida. Para ellos las tijeras debían haber tenido un significado descomunal. Parecido quizá al de las tijeras con las que el luchador chino intentó detener la incursión policial. Las últimas palabras -muchos de aquellos bailarines morían bailando como parte del ritual- dichas por un danzante de tijeras tenían que ser emitidas en quechua. Después de esta experiencia, que me permitió ver nuevamente la imagen de mi abuelo tomando mi mano frente a los camellos, más de una vez he sentido nostalgia cuando a lo lejos escucho el ritmo de alguna canción propia de la región andina. ¿Empezaré a sentir yo también, por una especie de memoria genética, la profunda tristeza de los pueblos de no pueden expresarse? Macaca llegó a la escena del crimen demasiado tarde. Sin embargo, pese a que casi no hubieron testigos, mi abuelo me señaló detalles bastante precisos de la muerte. También me contó, arrastrando los pies con dirección a la poza de las focas como era su costumbre, la reacción de Macaca ante el gorrión encontrado por el Hermano Francisco. Parece que se alegró mucho al descubrirlo. Lo acurrucó entre sus manos. Le pidió luego al Hermano Francisco que de inmediato construyera una caja de madera. El Hermano Francisco prefirió recoger pequeños montones de paja para hacer un nido. Horas después Macaca decidió bautizarlo. Kung-Fu fue el nombre que escogió. A partir de entonces cada mañana lo llamó apenas despertaba. Kung-Fu, Kung-Fu, decía. Una y otra vez. A  los pocos días el pájaro comenzó a piar al oír su nombre. Salía del nido dando saltos. Macaca le tenía preparado el desayuno desde la noche anterior. Consistía en una masa hecha a base de trigo, centeno y cebada. Por ese entonces Macaca comenzó a describir lo agradables que eran los canarios que abundaban en su lugar de origen. Los había en casi todas las casas de la ciudad. Buenos Aires. Muchas veces incluso ponían más de dos en una misma jaula. Al Hermano Francisco no le gustaba cuando Macaca contaba aquellas historias. Decía que mantener enjaulados a los pájaros era una práctica aborrecible. Defendía a Kung-Fu. Afirmaba que era un pájaro de compañía. Algo casi imposible de conseguir. Kung-Fu se fue convirtiendo en un verdadero pájaro de compañía. Era cierto, a pesar de haber madurado y de ser capaz de volar como cualquier otro gorrión, no se alejaba ni por un momento de la caseta. Macaca solía pasear con Kung-Fu posado sobre el hombro. No temía que se fuera volando. A lo más que llegaba era a alguna rama cercana. A lo largo de ese año el Maestro Espín fue desarrollando sin contratiempos su “teoría mariótica”. El Hermano Francisco, por su parte, fue olvidando poco a poco el engaño del que fue objeto cuando estuvo bajo la tutela de los sacerdotes de la capital. Durante ese tiempo Macaca en más de una ocasión volvió a contar pormenores de su relación con el luchador oriental. Repitió cómo lo había conocido y la manera en que reaccionó su esposo, el médico rural, cuando le informó por carta que jamás volvería al hogar familiar. Una noche en que se quedaron despiertos hasta más tarde de lo habitual, Macaca confesó que tenía las pruebas necesarias para demostrar que Bruce Lee no había fallecido de muerte natural. Sin embargo, para la policía de los Estados Unidos su caso se trataba de un expediente cerrado. Sólo podía volver a abrirse si hubiese alguien dispuesto a mirar con el cuidado necesario cada fotograma de la película Enter the Dragon, señaló. Del asesinato de su hijo, Sean Lee, Macaca prometió volver a hablar semanas después. Estaban sentados en la puerta de la caseta. Ninguno reparó en que la puerta del garaje de la casa más cercana se encontraba abierta. Atardecía. El Hermano Francisco acababa de terminar de trabajar. El Maestro Espín se preparaba para su relevo. Al lado se encontraba Kung-Fu escarbando con su pequeño pico en la maleza. De pronto Macaca se levantó aterrada. Por la puerta del garaje acababa de salir un pequeño perro que mientras corría en círculos mostraba en la boca a Kung-Fu. El Hermano Francisco sujetó a Macaca del brazo mientras el Maestro Espín se dirigía con rapidez hacia el perro. El animal parecía  tener sólo ganas de jugar. Encima del césped se comenzaron a elevar algunas plumas. Minutos después el perro dejó a Kung-Fu hecho un ovillo negro. El Maestro Espín estuvo a punto de recuperarlo, pero el perro lo esperaba agazapado. Nuevamente tomó a Kung-Fu con los dientes y lo sacudió esparciendo aún más las plumas. Mientras el perro daba brincos, Macaca trataba de apartarse del Hermano Francisco. Finalmente el Maestro Espín dejó de perseguir al perro. Junto al Hermano Francisco trató de tranquilizar a Macaca, quien por alguna razón comenzó de pronto a volver a describir el pequeño taller donde su amante oriental confeccionaba lo zapatos de piel de rata. Repitió una y otra vez que el luchador chino había instalado su taller poco después de conocerla. En ese momento Kung-Fu no era más que un guiñapo. Dejaba de tener importancia. Tampoco parecía tenerla el idioma en el que Macaca pronunciaba las palabras. Castellano, quechua o ruso. Daba igual. Lo único fundamental en ese momento parecía ser el taller de zapatos y el restaurante de carretera en el que había conocido al amante. Aquella fue la primera vez que Macaca escuchó algo sobre el cine que hacían los chinos. Entre otras cosas, se enteró en ese momento que la película Enter the Dragon fue producida por la compañía Paramount a finales de la década de los sesenta……. (continúa)

Saturday, June 29, 2013

Jorge Cuba Luque

Jorge Cuba Luque (Lima, 1960). Estudió Derecho en la Universidad de San Marcos, donde se graduó de abogado en 1988. 
En 2004 obtuvo en la Université de Toulouse-Le Mirail un doctorado en Estudios sobre América Latina tras sustentar su tesis La presse de Lima et la littérature urbaine au Pérou. 1948-1955. 
Ha publicado los libros de cuentos Colmena 624 (1995) y Ladrón de libros (2002); los breves recuerdos Yo me acuerdo (2008), a la manera de Georges Perec; la novela Tres cosas hay en la vida (2010). 
Actualmente reside en Francia.



PERSONAS DESAPARECIDAS

Una cosa es verlo en una película o leerlo en los diarios o en un libro, pero otra y muy distinta es cuando uno se levanta una mañana para ir a trabajar y no sólo no encuentra a su mujer en la cama, sino que tampoco encuentra ni sus vestidos ni sus cosméticos ni nada de ella, como si nunca hubiera vivido en la casa y lo único que a uno se le ocurre hacer es dar una sonrisita nerviosa diciéndose a sí mismo que se trata de una broma pesada y que en cualquier momento todo volverá a la normalidad. Fue exactamente lo que me ocurrió a mí hace ya un buen tiempo cuando, luego de una noche de un sueño muy pesado, desperté a día siguiente y mi mujer no estaba; primero creí que había tenido que salir de la casa por alguna urgencia extrema, pero inmediatamente pensé ofuscado que tenía un amante y había decidido irse con él dándome antes un somnífero pero ¿y sus cosas?, ¿cómo habría tenido tiempo para llevarse todas, lo que se dice todas sus cosas, desde los libros y discos que ella misma había comprado hasta sus vestidos, sus zapatos, su cepillo de dientes y, por supuesto, su ropa interior, incluidos unos calzoncito sexys que le había regalado en su último cumpleaños.
A pesar del desconcierto, la confusión y el enfado que sentía, tuve que apresurarme en salir a la oficina porque tenía una cantidad bárbara de trabajo acumulado que de ninguna manera podía aplazar. En el trayecto, en un taxi decrépito pero veloz, intentaba vanamente una explicación. Yo sabía muy bien que había habido muchos casos de gente que ha desaparecido sin dejar el menor rastro y jamás se ha vuelto a saber nada de ella; en algunos países vecinos esto ha ocurrido de manera sistemática e incluso, sin ir muy lejos, aquí en Lima, ha habido trabajadores y estudiantes que se esfumaron misteriosamente y de quienes nunca más se ha vuelto a tener la menor noticas. Pero estas desapariciones —en las que nunca me interesé— estaban de alguna manera relacionadas unas con otras, y además las personas desaparecidas habían sufrido previamente amenazas y persecuciones, pero no era este el caso de mi mujer (su nombre me lo callo para evitar posibles complicaciones a quienes la hubieran conocido); ella era una mujer que no se complicaba la vida con problemas que no le concernían personalmente, igual que yo, y es por esto que su desaparición me intrigaba aunque no descartaba del todo que, como ya lo he dicho, me hubiese abandonado.
Decidí mantener lo ocurrido en secreto, así que en la oficina me comportaba de la manera más natural posible, sin mostrar el menor signo de inquietud; nadie me preguntaba por mi mujer, es más, cuando charlaba con mis compañeros y hacíamos referencia a fiestas o reuniones del pasado, yo aparecía siempre solo, no obstante que yo recordaba perfectamente haber ido con mi mujer. Sin embargo, opté por tomar esta desaparición de la manera más favorable para mí sin que esto significara, por cierto, que olvidara que una persona había desaparecido. De esta manera, después de mucho tiempo, pude empezar a ahorrar cada mes algo de mi sueldo (mi mujer no trabajaba, era yo quien solventaba los gastos de la casa) y, también, a disfrutar de una inesperada soltería: a menudo bebía más de la cuenta y regresaba a casa embriagado, tuve algunas aventuras amorosas, me echaba a vagar sin ton ni son por la Colmena, sorteando una multitud de vendedores ambulantes y, a veces, en la plaza San Martín o en la Dos de Mayo, me detenía absorto a contemplar una manifestación de obreros quienes terminaban, por lo general, siendo perseguidos y apaleados por la policía y, al final, todos los que estábamos por ahí en ese momento nos íbamos corriendo empapados por los chorros de agua de los carros antidisturbios.
Las semanas se fueron pasando y yo no hacía nada por tratar de ver a mi mujer; verdad que ya no nos amábamos como antes, pero en cierta forma creo que con mi silencio y pasividad estaba aceptando el hecho de su desaparición, ya no sólo física, sino también la de su recuerdo, y quién sabe si era yo mismo, actuando así, el que la estaba haciendo desaparecer cada día más irremediablemente, como seguramente ocurría con que habían desaparecido antes, pero de los que nadie se atrevía a hablar.
Por motivos de trabajo últimamente había estado pasando muchas horas a solas con la gerente de ventas de la empresa y, aun cuando soy un simple empleado administrativo, noté que le agradaba y le resultaba interesante y que ella, a pesar de ser unos quince años mayor que yo, también me agradaba e interesaba. No voy a hablar aquí de nuestra relación (baste decir que fue apasionada), pero sí diré que fue la única persona en la que pude confiar luego de la desaparición de mi mujer, sobre todo a partir de una tarde húmeda y gris cuando, mientras recorríamos a pie la interminable avenida Arequipa, me contó que el abogado de la empresa había desaparecido hacía tiempo pero, aparentemente, nadie lo había notado o nadie quería hablar del tema. Le conté entonces lo de la desaparición de mi mujer y de pronto empezamos a recordar a personas a las que ya no veíamos más,  como el camarero del Cordano, ese viejo y silencioso bar casi oculto a espaldas del Palacio de de Gobierno, o el vendedor de diarios de la esquina de la oficina, o aquel periodista tan simpático que trabajaba en la televisión, y otros más, todos como si se hubiesen perdido para siempre en la bruma del invierno limeño.

Quizás fue cobardía, pero ni ella ni yo queríamos arriesgarnos a desaparecer de un momento al otro, así que cuando me propuso irnos del país acepté de inmediato. Ella compró los pasajes de avión y además llevaba un dinero con el que viviríamos unos meses, mientras encontrábamos trabajo. A modo de despedida decidimos tomarnos una copa en el Cordano; como yo salí primero de la oficina, me adelanté y fui a esperarla. Cuando pasó una hora y no llegó me inquieté por su tardanza, y cuando pasaron dos salí corriendo a buscarla, presintiendo lo peor. En la empresa, todos, incluida su secretaria, me dijeron que no la conocían ni sabían quién era ella; fui luego a su casa y encontré que ahora vivían dos ancianos con los que era imposible hablar. Desde ese día no se ha comunicado conmigo, y de mi parte no tengo cómo ubicarla.  Yo me quedé con mi boleto de avión, pero, la verdad, no sé qué es lo que debo hacer ni a quién acudir; no sé si embarcarme en el próximo vuelo o quedarme aquí y esperar a desaparecer en cualquier momento, mientras los demás siguen como si nada. 

Saturday, June 22, 2013

Juan Ochoa López


Es periodista y escritor nacido de Lima, editor de noticias del semanario “Minas y Petróleo”. Ha publicado diversos artículos en diarios y revistas del Perú y del extranjero. 
Algunos de premios literarios son el segundo lugar en ensayo sobre Gabriela Mistral otorgado por el Gobierno de Chile (1989), el Primer Premio de Cuentos por la Paz en Lima (1992), el Primer Premio en Concurso Iberoamericano de Ensayo por el Bicentenario de Independencia de Cartagena de Indias, Colombia (2011) y actualmente, el Premio de Novela Corta “Julio Ramón Ribeyro” 2013 por la obra “El amor empieza en la carne, a presentarse en Lima en julio.
Estudioso y viajero en el mundo amazónico,  Ochoa ha sido publicado en Madrid, España, con su cuento “Ewankaro Kashiri” (Niña Luna) sobre la cultura ashaninka en el 2009. Finalista en el concurso internacional por los derechos civiles. El cuento “Lupuna” es la historia original e inédita que inspiró su novela amazónica que hoy ha sido premiada con el premio J.R. Ribeyro. 2013

LUPUNA

“Mata a tu mujer con la maldición de la Lupuna, que no merece vivir la condenada”  fue el frío consejo del brujo de la aldea. “Déjala que, por ahora, se ría a tus espaldas. Llegará la noche en que, del tronco mágico de aquel árbol maldito, surja el demonio ‘Chullachaqui’, el de los pies torcidos, que la va a rastrear, encontrar y destruir. Tú espera nomás, cholo, la Lupuna es madre y es justicia. Y no te preocupes porque venganza de selva no es pecado”.
     La Lupuna es el árbol diabólico de la Amazonía peruana. Posee el ombligo abultado porque dicen que, cada año, gesta un hijo de Satanás, quien la embaraza religiosamente todos los Viernes Santo. Las  lupunas  preñadas procrean  bebés  deformes que ofenden la belleza de los crepúsculos. Los ataúdes de los brujos satánicos se hacen con la madera de sus troncos. Esos féretros ayudan a las almas oscuras a descender más rápido al infierno submarino donde les aguarda la Yacumama, la gigantesca madre serpiente, que devora a sus hijos demonios y que duerme el sueño eterno mientras, lenta y maquinalmente,  los digiere.
     La Lupuna es tronco misterioso y muerte en plena jungla, además de revancha.  En secreto, las lechuzas, las anacondas y los otorongos negros llegan a los pies de ese árbol siniestro para absorberle un poder milenario que los hace inmunes a la fiebre y a las balas.
    Y hoy que mi mujer se ha marchado con otro hombre, el brujo ‘ayahuasquero’ me sugiere que la “lupunee”. Debo hacerlo porque, según las leyes sagradas de la selva, toda perfidia conyugal se paga con la muerte. En la espesura, además, la piedad  no existe. La boa constriñe, la lluvia arrasa, el río ahoga, la piraña cercena, el sol afiebra, la hormiga devora, la flecha envenena, tú lo sabes, hermano: “Para que en la Amazonía haya orquídea y paraíso no puede existir perdón ni misericordia”.
      Pero, cristiano enamorado a fin de cuentas, dudo en cumplir tan macabro rito mágico - funerario: abrirle un orificio al tronco de la Lupuna, colocar dentro una fotografía pequeña de mi mujer y cubrirla con la misma madera del árbol maldito. Eso sería  suficiente. En la tercera noche posterior a ese hechizo, la pobre soñaría sangre, tarántula y estiércol y, unos días después, un sudor frío y mortuorio brotaría de sus pechos hermosos, donde tantas lunas estacioné mi lujuria. Su muerte sería irremediable.
    Miles de traidores han muerto por Lupuna en la Amazonía peruana. Y desde antes de los Incas y de los soldados españoles ¿O ya olvidaron que, hace tres siglos, los indios ashaninkas  le sustrajeron unos cabellos a un cura franciscano para embrujarlo en el árbol maldito? A la semana  siguiente, eliminaron al sacerdote en su propio altar y, para colmo, lo sacrificaron al estilo “cashacushillo” (“puercoespín”), no una sino muchas  flechas, hasta que el infeliz pastor de Dios quedó atravesado y petrificado como una bola de púas  junto a sus dos monaguillos. Cuando capturaron al asesino que encabezó tan sacrílego crimen confesó que  no supo bien qué le empujó a aplicar “cashacushillo” al fraile, pero para nadie era un misterio que el diablo vengador de la lupuna, el más perverso de todos los sortilegios del mundo, había poseído previamente al despiadado criminal.
      Indeciso, le consulté a mi Madre Selva si debía consumar mi venganza. Siempre busco la luz y las respuestas en ella cuando una sombra incierta me persigue, cuando la más mínima duda cruza y me enfría los hombros. Ella tiene la sabiduría de todos los jaguares  y habla siempre al centro mismo del alma, esclareciendo y allanando. Fui a la orilla del río poderoso y le conté a mi Madre Selva del amor traicionado por mi mujer, de toda la sinceridad que hubo en mis manos, de la inocente devoción que los ojos y el sexo de ella siempre me inspiraban. Porque mi amada ostentaba varias sublimes y suculentas puertas, hoy lejanas por una deslealtad que duele más que el aguijón de la raya cuando se incrusta en la pezuña del hombre de la jungla.
      “Lupuna entonces, hijo, muerte segura y todo acaba” sentenció mi Madre Selva, luego de escucharme. “Tienes mi licencia, no medites, limpia la hierba mala, véngate con Lupuna diablo, ya te dije que nunca pienses mucho, ritualiza su muerte y purifícate que lupuna es garrote, ley divina. Yo te lo ordeno”. 
 Una música delicada brotó de lo más negro del río Amazonas mientras las anguilas se quedaron quietas, también los delfines bufeos, las nutrias insaciables, los pájaros paucarillos, todos como estatuas coloridas de carne, petrificadas y humildes porque la Madre Selva había hablado desde su trono sagrado. Mientras tanto, en la tierra firme, en pleno bosque de Loreto, una Lupuna algo joven ya me estaba aguardando para cumplir la ceremonia letal de mi venganza.

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      Medité lo que iba a hacer y decidí, por fin, entregarme al acto de la muerte. El árbol maldito me recibió con su ancestral desconfianza (la Lupuna te observa cuando llegas, adivina tus odios, mide todas tus flaquezas y sabe que,  como las prostitutas, tarde o temprano terminarás cobijándote en ella). Mi cuchillo laceró su tronco satánico, le abrí una cavidad menuda, coloqué en ella una fotografía y cerré el encargo con el mismo engendro de su madera.
El diablo de la Lupuna, en las entrañas del árbol, observó la foto y  le oí reír grotescamente. Como respuesta, oriné sobre el tronco en señal de desprecio hacia esta depravada especie forestal, solitaria y tan macabra que, igual que los árboles “renaco”, ahorca cruelmente con sus ramas a todos los infelices troncos y arbustos que osan brotar a su lado. 
    Volví a  mi casa, a mi abandonado lecho marital, a aguardar, resignado, a que la magia de la selva surta efecto. Como es costumbre en la Amazonía, alisté una caja mortuoria de madera de capirona con una imagen del Santo Cristo de Bagazan para la fúnebre hora final cuando llegue la inevitable venganza.
     Efectivamente, tres días después, el diablo ‘chullachaqui’ de la Lupuna emergió violentamente del tronco, vio la imagen fotográfica que le dejé, la rastreó como un sabueso por la jungla y llegó a mi casa, extrañado, a cumplir con su macabro rito. Me miró sorprendido, atónito y con algo de admiración. Una hemorragia  brutal, interna, explosiva, pulverizó mis órganos vitales e  hizo  derramar ríos de sangre por mis uñas y mis ojos, como si alguien me hubiera inoculado el veneno de la serpiente shushupe.
                                       
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    En su trono sagrado,  mi Madre Selva lloraba inconsolablemente por mí, cobarde suicida. Y la Lupuna siguió de pie, gestando a su feto diablo, mientras las termitas profanaron su tronco, hallaron mi fotografía en un orificio y se la comieron.