Wednesday, April 03, 2013

Paul Asto Valdez



Nació en Lima el 23 de marzo del año de 1984. Es bachiller en la especialidad de Literatura  de la Universidad Nacional Federico Villarreal. Ha ganado el primer lugar de cuentos organizado por la biblioteca de la Facultad de Humanidades de su casa de estudios; asimismo, el tercer lugar de los primeros juegos florales organizados por la Universidad Nacional Agraria de la Molina, y el primer lugar del concurso nacional organizado por la CONAJU. Varios de sus cuentos han sido publicados en algunas revistas de Lima  y  en la Revista Al Margen, de Argentina. En el 2012 publicó su primer libro de cuentos: “La muerte se sueña sola”. Actualmente cursa la maestría de Estudios Culturales en la escuela de postgrado de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.


NUBE SILENCIOSA

            «Ves, te dije que no los golpearas» oyó, mientras jalaba del brazo el cuerpo de Roxana hacia el baño. «Además, te dije que todos los amantes de la paz  guardan un arma bajo el brazo, porque están convencidos  que  lo suyo no es más que una ilusión sin sentido».  Pero ya no pudo oír más; sus nervios y el terror por lo sucedido, le provocaron arcadas incesantes que lo llevaron a abrazar el escusado, mientras dejaba caerse en el piso frio del baño, con las manos cubriéndole el rostro, y la incesante  pregunta envuelta en lágrimas: ¿Dios mío, qué hice?
Juan López siempre se había considerado un tipo normal, un poco más listo que  el común de las personas, pero un chico común y corriente al fin y al cabo. Había tenido una niñez como la de cualquier otro niño, con resfriados y varicela, peleas provocadas por un juego de futbol, fugaces enamoramientos que él siempre creyó eternos. Y aunque nunca fue muy religioso, en realidad nadie en su familia lo era, siempre  creyó en Dios, al punto que todavía conservaba la vieja costumbre de rezar de vez en cuando, antes de dormir, sobre todo cuando tenía algún problema, que casi siempre eran problemas amorosos,  o una asignatura que estaba a punto de desaprobar; y en donde todos sus rezos se encontraban basados en pedidos para que aquella chica que lo acababa de abandonar  volviera a su lado o para que una combi no tan asesina se dignase en atropellar a su profesor de matemáticas. Nunca consideró que había algo extraño en ello, es más, estaba convencido de que todos a su alrededor lo hacían,  por lo que aquella mañana de julio, que oyó aquella voz aguardentosa  que le pedía que se despertara para el examen que tendría en algo más de una hora, no sospechó que sucedía algo sumamente extraño.
La noche anterior la había pasado en vela, intentando estudiar lo que no había estudiado en todo el ciclo, por lo que luego de varias tazas de café y varias páginas mal leídas se quedó completamente dormido. La voz había desaparecido, por lo que creyó que solo se había tratado del cansancio provocado por la mala noche que acababa de pasar. Se alistó torpemente intentado realizar varias cosas a la vez, como ponerse la camisa, al mismo tiempo en que intentaba guardar sus apuntes, o lavarse los dientes, mientras  revoloteaba su escritorio en búsqueda de su carnet universitario. Por un instante sopesó la posibilidad de tomar desayuno, pero el tiempo apremiaba, por lo que decidió que lo haría en la universidad luego de terminar el examen.
Su examen final era de la asignatura que más problemas le había causado durante el ciclo, y que irónicamente era el curso en el que más había holgazaneado; con sus repetidas faltas a clases y con sus incontables viajes mentales en los que solía embarcarse cada vez que se encontraba sentado en el salón. Por  ello, cuando llegó a la universidad, no prestó mucha atención a sus compañeros, que al verlo, le preguntaron si se animaría a ir a celebrar el final del ciclo al pequeño bar al que solían asistir de vez en cuando.
Cuando dio inicio el examen, se dio cuenta que apenas sabía de qué trataban las preguntas. Estadística siempre le había parecido un curso innecesario para lo que estaba estudiando, pero por alguna razón que no llegaba a entender, estaba dentro del plan de estudios de su carrera. Durante algunos instantes se vio tentando en copiar las respuestas de su compañero que se encontraba sentado delante suyo, pero desistió de hacerlo, en parte por su torpeza crónica de hacer trampa, y en parte también, porque aquel compañero estaba peor que él en el curso. Fue entonces que decidió mirar hacia la carpeta en donde se encontraba ella. Hacía días que no hablaban desde aquella noche, en que luego de salir del cine, ella lo atajara con un absurdo monólogo en donde le confesó sentirse agobiada por la vida misma, la universidad, sus problemas familiares, pero sobre todo, por su falta de entusiasmo para encarar la vida. No pudo evitar sentirse excitado al ver la armonía que existía en ese cuerpo, en su largo cabello negro que siempre le pidió no cortárselo, en sus incontables encuentros sexuales en un hostal cercano a la universidad. Se encontraba tan absorto en sus recuerdos, que solo salió de ellos, cuando oyó la voz de su profesor decir que quedaban solo 10 minutos para que finalizara el examen.
Fue entonces  que comenzó a oír un pequeño susurro, que no reconoció, pero que creyó que venía de las personas que se encontraban sentados detrás de él. En un inicio no entendió las palabras que le traían aquel susurro, como si en realidad aquellas palabras llegaran de un lugar lejano, que él atribuyó al miedo de ser descubierto,  por lo que  luego de unos instantes de estar aguzando el oído, aquellas palabras comenzaron a tener  la claridad suficiente como para saber que se trataban de las respuestas del examen, fue entonces, que dejando de lado aquellos  momentos de incertidumbre, decidió realizar aquel acto de fe.
Horas más tarde, cuando ya se encontraba celebrando en aquel bar junto a sus amigos más cercanos, recordaría aquellos susurros, por lo que decidió preguntar quién de ellos, le había dado las respuestas del examen, pero ninguno de ellos  supo de que se encontraba hablando, ni su compañero que se encontraba delante suyo, quien no oyó nada, ni el que se encontraba sentado detrás de él.
-       De qué hablas huevón-  dijo al fin Camilo, mientras prendía un cigarro - si yo estuve sentado detrás de ti.
No pudo evitar sentirse extrañado al ver aquella reacción, pues alguien le tuvo que haber dado las respuestas del examen, ya que fue precisamente por aquellas respuestas, que llegó a obtener aquel 15 que necesitaba, y por el cual se encontraba sentado con ellos bebiendo locamente de alegría. Sin embargo se olvidó rápidamente del asunto, para pasar a centrarse en otros dilemas, como lo que harían en las vacaciones de medio de año, el por qué Roxana no había ido a celebrar con ellos, o si finalmente decidiría ir al concierto de un amigo de la universidad, que tocaba esa  noche  con su banda, muy cerca de donde se encontraban.
Cuando despertó  y se vio echado sobre su cama, solo recordaba breves espacios de la noche anterior. Tenía una resaca que le impedía ponerse de pie y un ardor en el estómago, que con el tiempo, se le había hecho crónico después de alguna de sus celebraciones. Miró la hora en su reloj de pulsera, eran las 3 y 30 de la tarde. Era sábado por lo que no pudo evitar pensar en Roxana,  ya que precisamente eran los sábados los días que más tiempo pasaban juntos. Decidió sentarse en la cama, tomar el teléfono y marcar de memoria los números, que no llegó a marcar, pues fue en ese preciso momento que escuchó una voz que le hablaba sobre sus hombros. La  sorpresa que tuvo le provocó que callera al suelo. Miró pasmado que su cama y toda la habitación se encontraba vacía. Intentó tranquilizarse, pensando que se había imaginado aquella voz, por lo que decidió volver a marcar el teléfono, pero una vez más oyó aquella voz, que hiso que diera un grito de angustia y saltara sobre su cama, mientras tomaba el teléfono y lo blandía como si se tratara de un cuchillo.
«Que te digo que no está en su casa» oyó, una vez más, al momento en que soltaba el teléfono y corría en dirección a la cocina en búsqueda de su madre, pero no la halló. Fue entonces  que comenzó a llamar, no solo a ella, sino también a su hermana y su padre a pesar de que sabía que este último se encontraba en  el trabajo.
            «No están, tú hermana y tu mamá han salido a la casa de tu abuela» oyó, por lo que descalzo y en pijama salió corriendo de  casa.
              
Su madre y  hermana lo encontraron  en la puerta del pequeño jardín que tenían. Ambas se sorprendieron de verlo  de pie, descalzo y en pijama a vista y paciencia de todos los vecinos. Al instante percibieron que algo había sucedido, pero él las tranquilizo aludiendo que sin querer había salido y la puerta se le había cerrado. Cuando le preguntaron sobre cuánto tiempo llevaba esperándolas, él mintió, y le respondió; que tan solo llevaba media hora.
Ya dentro de su casa, no pudo dejar de sentirse pequeño, como cuando era niño y caminaba en las madrugadas a la habitación de sus padres para meterse a hurtadillas en la cama de ellos. Fue así, que decidió seguir a su madre por toda la casa intentando disimular el miedo y la turbación, en preguntas retóricas sobre la salud de la abuela, sobre lo que cocinaría al día siguiente, sobre la universidad. Todo ello, descalzo y a escasos centímetros de ella, al punto de quedarse en la puerta del baño, cuando ella tuvo que entrar.
Cuando su madre, ya un tanto fastidiada por su presencia, le mandó a ponerse zapatillas, haciéndole ver que aquellas medias las tendría que lavar él, se vio descubierto, dejándola partir, mientras  intentaba darse valor para subir las escaleras y entrar a su habitación. Se quedó en la entrada; la cama, la ventana abierta, la fotografía de Roxana en el portarretrato colocado en su mesa de noche. Todo aquello parecía estar en el orden adecuado de las cosas, por lo que un poco más calmado, decidió dar unos pasos, para después agacharse y comenzar a buscar debajo de la cama, como si aquella voz tuviera un lugar físico, un origen ubicable por donde poder enfrentarse a ella, pero luego de unos minutos de estar realizado aquella búsqueda absurda, se imaginó lo tonto que se debería de ver en aquellos momentos, por lo que finalmente desistió de  aquello convenciéndose a sí mismo, que lo sucedido horas atrás, se debió a la  mezcla de alcohol barato y marihuana de mala calidad.
Fue solo cuestión de minutos para que se quedara dormido en un sueño profundo y extraño, en donde se veía a sí mismo, en una calle  infinita rodeada por espejos. Caminaba descalzo buscando alguna salida en alguno de aquellos espejos. Tocándolos, golpeándolos, con una angustia que le crecía a cada momento, y con los reflejos de su imagen inerte a cualquier movimiento suyo, como si se tratara de la imagen de alguna otra persona. Sin embargo, el momento de terror llegó cuando de pronto, cada una de aquellas imágenes, comenzaron a hablar. Cada una decía una cosa diferente, pero todas ellas  dirigiéndose a él, diciéndole cosas, que en un principio no llegaba a entender, pero que luego, se dio cuenta que se trataba de varios idiomas. Fue así que reconoció, el inglés, el italiano, el francés, el portugués, y varios otros idiomas, que él no conocía. Fue en ese momento, que se dio cuenta de que estaba soñando, que tan solo se trataba de una pesadilla. Por lo que intentó tranquilizarse, para poder despertar de ella, pero como aquello no sucedía, comenzó a sentirse cada vez más ansioso, por lo que decidió  correr desesperadamente  buscando la salida por donde poder despertar, pero por más que intentaba correr, por más que intentaba utilizar todas sus fuerzas, no parecía avanzar, como si de pronto sus piernas se encontrasen sumergidas en un fango invisible que le impedía avanzar. Cuando cayó de bruces y se dio finalmente por vencido, escuchó aquella voz, ya familiar, que le decía:
            «Despiértate».
 Cuando abrió los ojos reconoció su habitación a oscuras. Se encontraba sudando y una ligera humedad que descendía por su rostro, le hiso darse cuenta que se encontraba llorando. Toda la casa estaba en silencio, por lo que supuso que  debía de ser de madrugada. Decidió permanecer por unos instantes más echado en su cama, tratando de pensar en aquel sueño, en el terror que le provocó no poder despertar, pero sobre todo en aquella voz que parecía perseguirlo incluso en los sueños. Cuando intentó ponerse de pie, para poder prender la lámpara de su mesa de noche, se dio cuenta que no se podía mover. Aquello solo le había sucedió en dos ocasiones, y ambas fueron, cuando tan solo era un niño,  pero su reacción fue la misma que tuvo en aquellos años. En la oscuridad, en el silencio, sentía cómo su corazón le comenzaba a latir más rápido, más fuerte, mientras sus ojos miraban hacia todos lados buscando algún alivio, algún escape, algo que finalmente le diera la tranquilidad que estaba buscando. Cuando intentó llamar a su madre, a su padre, a su hermana, se dio cuenta que no podía pronunciar palabra alguna.   No supo bien, en qué momento dejó  de luchar y se vio observando el techo de su habitación, las paredes con poster de grupos ingleses, la ventana abierta por donde  observaba el árbol de moras y por donde entraba un aire frio, que le indicaba que efectivamente se encontraba despierto.
            La mañana de domingo, lo encontró con un aire renovado, como si algo dentro de él hubiera cambiado. No quiso tomar desayuno, y mucho menos, tuvo tiempo para pensar en Roxana. Salió de casa, diciendo que iba a ver a un amigo, y que no lo esperaran para almorzar. Todavía recordaba cada uno de los detalles de aquella pesadilla, algo que muy pocas veces le ocurría, ya que casi siempre solía olvidar los sueños al día siguiente,  pero aquellos recuerdos eran distintos al igual que verse echado, inmóvil y aterrado sobre la cama. Tenía la certeza de que algo malo estaba sucediéndole, por lo que todas sus esperanzas, estaban puestas en aquel amigo, a quien esperaba encontrar en  casa.
            Aquel amigo había sido un compañero de colegio, a quien solía unirle los recuerdos de todas aquellas mañanas, en que se tiraron la pera buscando algún centro de videojuegos o un lugar apartado, en donde poder tomarse la botella de whisky robada de la casa de uno de ellos. Y aunque se habían perdido el rastro en los últimos años, tenía la esperanza, de que al verlo, podría remover aquel sentimiento de complicidad que alguna vez compartieron. Además, era el único amigo que tenía, que se encontraba estudiando psicología, y tal vez el único, a quien podría confesarle  el murmullo constante, que parecía perseguirlo desde hacía un par de días.
            Encontró a Rafael durmiendo. Pero por la confianza con su familia, le permitieron ir a su habitación para poder despertarlo. Su cuarto seguía siendo como lo recordaba, un total desorden, y aunque sus paredes ya no contenían los poster, que él aún conservaba, y sus cómics que solía tener en su escritorio, habían sido cambiados por una ruma de libros, tuvo  la certeza de que había hecho bien en ir a buscarlo.  Solo fue después de algunos minutos de haber llegado, cuando Rafael se percató de su presencia. No pudo ocultar la molestia que le había causado tener que despertarse luego de una noche de juerga por una visita inesperada, pero al reconocerlo, aquella molestia pareció esfumarse, para terminar fundiéndose en un abrazo.
            Tomó desayuno junto a Rafael y su familia, por lo que no pudo evitar sentirse involucrado, en aquel torbellino de preguntas que intentaban  reparar todos aquellos años de ausencia.  Y aunque intentaba disimular la impaciencia por quedarse a solas con Rafael, sabía que no lo estaba logrando. Lo supo bien, cuando luego de que levantaran la mesa, la madre de su amigo, les hiciera ver, que al parecer tenían que ponerse al día. Fue así, como se vio entrando en aquella habitación, que no solo se veía mal, sino que también olía mal.
-       Por lo visto sigues teniendo las mismas perras que en el colegio-  dijo, en un intento por romper el hielo.
-       ¿Qué se puede hacer?-   Preguntó Rafael,  - es algo hereditario- .
            Ambos rieron, mientras Rafael abría la ventana de su cuarto. Juan se quedó observándolo. Seguía siendo igual de flaco, y aunque parecía que seguía siendo el mismo chico desordenado de siempre, la voz que tenía dentro de él, le hizo darse cuenta, de que ya no era el mismo, y que las respuestas que buscaba, no las encontraría en aquel lugar.  
-       ¿Ahora sí, me dirás a que debo tu visita?-  le preguntó, a raja tabla.
            Juan intentó  esbozar una débil sonrisa, mientras intentaba explicarle que se encontraba realizando un trabajo en la universidad, sobre problemas mentales, por lo que pensó que él podría ayudarlo. Rafael, no pudo evitar mirarlo  sorprendido, mientras  le hacía ver lo raro del asunto, ya que en su universidad ya se encontraban de vacaciones de medio año, pero sobre todo, lo extraño que era que  un estudiante de administración, necesitara realizar un trabajo sobre problemas mentales.
            «Te dije que las respuestas no las encontrarías aquí» oyó una vez más, mientras intentaba disimular su turbación.
-       Es que se trata de un trabajo de estadística sobre enfermedades mentales- mintió.
-       ¿Sobre un sanatorio?-
-       Algo así, lo que quiero saber es un poco sobre todas aquellas personas que escuchan voces dentro de su cabeza- tomó aire - ¿acaso necesariamente están locas?-
Rafael se acercó a la ventana de la habitación. Parecía estar pensando en algo, pues la contracción de su rostro, era la misma que él reconoció de sus años de colegio.  Casi y al instante temió haberse puesto al descubierto ante sus ojos, por lo que estuvo tentado de salir corriendo del lugar.
-       Pues lo cierto, es que las personas que escuchan voces inexistentes, suelen tener algún problema mental. Ya sea por alguna experiencia traumática, una infancia difícil, un desbalance químico o daño físico en el cerebro. Puede que sean muchos los orígenes, pero de que se trata de un problema mental, lo es - .
           La expresión del rostro de Juan bastó para que Rafael se diera cuenta  que efectivamente sucedía algo raro. Por lo que casi al instante agregó, sin poder mirarle a los ojos y con cierto nerviosismo al hablar:
-       Pero hay investigaciones recientes, que muestran que hay  muchas personas que escuchan voces y  que no siguen un tratamiento clínico, y que además siguen con su vida normal. Es más, algunas de estas personas consideran que  es algo bueno en su vida, como si aquellas voces, de pronto le trajesen la tranquilidad o el conocimiento que necesitaban-.
-       ¿Y tú qué crees?- preguntó Juan, como quien se juega la vida en la respuesta.
-       Pues no sé – respondió, al momento en que se acercaba  a su escritorio y revoloteaba en el – si es así la cosa, tal vez lo que necesiten no es un psiquíatra, sino un cura-.

Regresó a  casa muchas horas después de haberse despedido de Rafael. « Sabes que no lo volverás a ver» oyó, pero no tuvo necesidad de responder. Sabía muy bien que sus caminos ya no volverían a cruzarse, menos aun con aquella expresión de temor y preocupación con la que se despidieron. Como si los años se hubieran encargado de pasarles la factura, pero sobre todo, con la terrible sensación de que aquella voz  parecía conocerlo mejor que él mismo.
            En su casa  solo halló a su hermana, pues sus padres se encontraban en misa.  Solo fue después de haber tomado un poco de agua desde el caño de la cocina, decidió subir a su habitación. Se  hallaba mentalmente agotado, con una extraña sensación de haber sido derrotado y con unas ganas terribles por llorar. Fue entonces cuando oyó nuevamente la voz, pero esta vez no provenía de su cabeza, sino  de un lugar concreto, real, ubicable. Provenía del segundo piso de la casa. Estaba convencido de ello, mientras esperaba que la voz, la otra, la que se hallaba en su cabeza se lo confirmase, pero no la encontró. De pronto se vio subiendo escalón por escalón, con el corazón agitado y con un lento sudor frio que le decencia por toda la espalda. Cuando finalmente llegó al segundo piso, trató de ubicar la voz. Parecía que cantaba algo, pero por los nervios, no podía entender muy bien de qué se trataba. Caminó lentamente por el pasadizo que llevaba a las habitaciones, hasta detenerse frente a la puerta de la habitación de su hermana. Cuando tocó, y esta abrió la misma, la empujó, como si ella también fuera parte de la conspiración  por la que en esos momentos se encontraba a punto de perder la razón, pero no halló nada. Solo la misma habitación ordenada, y un radio pequeño, desde donde provenía aquella voz tan familiar.
-       ¿Quién es ese que canta? – le preguntó tartamudeando, como si no encontrara las palabras.
-       Es Joaquín Sabina oye, ¿y qué es eso de estar empujándome en mi cuarto? A ti no te gusta ese tipo de música, no es para cualquiera. Además, Sabina es Dios.

La voz solo volvió dos días después. Durante esos días, en vez que la tranquilidad volviera a su vida, una ansiada creciente comenzó a invadirlo. Por primera vez, desde que empezó aquel murmullo constante, necesitaba que aquella voz volviera. Ya que aquel silencio, en vez de hacerle bien, parecía afectarlo a tal punto, de llamarlo constantemente, en voz baja, para que su familia no creyera que se había vuelto loco. Además, estaba lo dicho por su hermana. No entendía el por qué tenía a Sabina dentro de su cabeza. Lo primero que pensó, era que se trataba del alma de Sabina atormentándole. Pero, luego de investigar un poco por el internet, descubrió que todavía estaba vivo. Estaba convencido de que no se estaba volviendo loco, porque no había razón para que la voz, de alguien a quien nunca había escuchado, estuviera en su cabeza. También estaban las respuestas del examen, y cómo aquella voz parecía saber no solo lo que le ocurría a él, sino también lo que ocurría a su alrededor, como si se encontrara siempre un paso delante suyo.
            En el transcurso de aquellos días logró encontrarse con Roxana después de varios intentos infructuosos. Sin embargo aquel encuentro no fue lo que esperaba. Ya que, mientras él llegó con una rosa en la mano, Roxana llegó con el cabello mucho más corto y con una caja que contenía todos los regalos, que durante su relación de año y medio, le había hecho presente. Fue solo entonces que comprendió que su relación había finalizado. Con  aquel intento  absurdo por hacerla recapacitar, con el cuerpo de Roxana perdiéndose al doblar una esquina, con aquella caja sobre sus brazos, y con el regreso a casa más triste que creía recordar.
            Por eso cuando volvió aquella voz, no se le ocurrió otra cosa, que  salirle al frente  por haberlo abandonado en esos momentos difíciles.
            « ¿Acaso crees que eres el único que me necesita?» oyó, mientras pateaba aquella caja llena de recuerdos debajo de la cama.
            «Ahora entiendes por qué casi nunca respondo a las plegarias. Además ustedes, lo primero que hacen es preguntarse si están locos, para luego comenzar a llenarse de fármacos para que me marche ».
            Juan en un acto de reflejo construyó una disculpa, para luego pasar a contarle lo que le había pasado con Roxana, como tratando de ponerle al día, pero al instante fue acallado por aquella voz que le dijo; que ya lo sabía, que él,  lo sabía todo. Cuando al fin se animó a  preguntarle el por qué tenía la voz de Sabina, aquella voz le contestó, en un tono irónico:
            «Y por qué mejor no preguntas: ¿Por qué Joaquín Sabina tiene mi voz?».
            Ambos rieron, como si en aquella respuesta medio en serio, medio en broma, toda la angustia de Juan se disipase. Entonces  cayó en la cuenta  que si aquella voz  había llegado por sus plegarias, todavía le faltaba solucionarle una. Es así que quiso saber sobre Roxana, el por qué le había dejado y cómo haría para que volviera a su lado.
            «Ustedes solo ven lo que quieren ver, sin detenerse a preguntarse el por qué suceden las cosas. Es por eso, pese a lo que todo el mundo cree, estoy más cerca de los científicos y de los filósofos, antes que los curas, pastores, supuestos profetas y feligreses. Solo es una lástima que ellos nunca pidan mi ayuda, sino imagínate todo aquello  que sabrían».
            Sin embargo a Juan le importaba poco aquella clase de teología. Él solo quería saber el por qué Roxana se había marchado, el por qué le había devuelto todos aquellos regalos, que en esos momentos le parecían tan ajenos, y que su simple visión le causaba dolor.
            «La respuesta es simple» le oyó «simplemente te dejó por otro».
            Juan intentó hacerle ver que estaba equivocado, que ella no podía simplemente haberlo dejado por otro. Quiso recordarle todas aquellas tardes en que hacían el amor y ella le pedía que nunca la dejara, pero desistió en su intento. Algo, no muy dentro suyo, le hacía saber que él estaba en lo correcto.
            « ¿Quieres saber quién es verdad? Ustedes siempre quieren saber quién es, como si aquello cambiase la traición, como si aquello fuese la razón».
            No pudo evitar sentir que aquella voz aguardentosa estaba disfrutando con su dolor. « Es solo a través del dolor y el sufrimiento como se llega a la redención» le recordó, pero aquel dolor le era insoportable. Tenía que saber de quién se trataba. Sentía que si lo sabía, las cosas  podían cambiar. Al menos, comenzar a sentirse mejor. Sin embargo, no pudo evitar sentir un dolor punzante  en el estómago cuando oyó el nombre de su profesor de estadística.
           
Los días que siguieron a su revelación transcurrieron lentamente, como si  aquellas ansias desesperadas por volver a clases, fuera la causante de aquella lentitud de minutos y horas, que lo desquiciaban. Tenía que seguir el plan trazado por aquella voz,  ya que después de mucho discutirlo, comprendió que solo poniendo al descubierto aquellos detalles que se le habían estado pasando de largo, tendría el valor suficiente para lograr que Roxana volviera a lado suyo. Por lo que no tuvo más remedio que aceptar a regañadientes, sobre todo cuando descubrió que aquello de las plegarias, no era como frotar una lámpara de deseos. 
            Por aquellos días, los que vieron a Juan, notaron que había algo diferente en él; ya sea en su andar, en la manera de mirar, de responder. Nadie sabía con exactitud a qué se debía, pero notaron que era otro Juan en comparación, al otro que semanas atrás había estado dando lástima por todos los pasillos de la universidad. Inclusive su hermana, con la cual no se llevaba muy bien, se animó a felicitarlo por su cambio de humor.
-       Hasta que por fin hermanito te animaste a dejar de dar pena – le dijo, mientras aquella voz le ponía al corriente, sobre un intento de suicidio mal elaborado, un aborto provocado, y sobre el ciclo abandonado en la universidad en pos de la búsqueda de su arte interior.
Claro que todos en la mesa se quedaron boca abierta, sobre todo su hermana quien no estaba preparada para una respuesta de aquel tipo.  Y aunque en un inicio lo mandaron a callar, Juan supo, casi al instante  que se puso de pie para dirigirse a su habitación, que había ganado la pelea. Sin embargo no siempre la voz permanecía con él. Habían días en que simplemente aquella voz desaparecía de la misma manera en cómo había aparecido, como si se tratara de una llovizna inesperada, de una mala noticia, tan de pronto, que Juan creía desesperar en esos días en que se quedaba solo con su conciencia.  Sobre todo, porque solo en aquella ausencia, venían a él incesantes preguntas que creía necesarias ser respondías teniendo a la mano quien las responda; como el sentido de la vida, el origen del universo, lo que hay después de la vida. Pero lo cierto era que cada vez que volvía aquella voz, todas aquellas preguntas parecían esfumársele de la cabeza, para pasar a preocupaciones menos densas, como qué era lo que estaba haciendo Roxana en esos momentos, si aún pensaba en él, y cosas de ese tipo, que solo en la soledad absoluta, se lamentaba de haberlas realizado.
            Por ello, el día en que por fin daba inicio su ciclo en la universidad, se sintió renovado. Había dormido de largo, sin sueños ni sobresaltos. Inclusive tuvo tiempo para una ducha larga y sentarse a tomar desayuno con sus padres y su hermana, quien no le dirigía la palabra después de aquella tarde en que puso al descubierto sus secretos.  Cuando llegó a la universidad, lo primero que hizo, fue buscar a Roxana, mientras se cercioraba, una y otra vez, que aquella voz permaneciera consigo, a su lado, pero sobre todo, que no la abandonase en ese día tan importante. Cuando al fin la halló, tuvo un estremecimiento al verla tan desinhibida, tan feliz. Una vez más lamentó que se hubiera cortado el cabello, como si con aquel acto insignificante,  hubiera  querido demostrarle que lo suyo ya no tenía retorno.
            Por unos momentos creyó flaquear, sobre todo cuando se imaginó el cuerpo armónico de Roxana en los brazos de aquel profesor.  Cuantas veces habrían hecho el amor, si ya le había dicho que nunca la dejase, si ya había tenido aquel orgasmo que le provocaba una risa frenética, mientras su corazón parecía salírsele por la boca. 
            « ¿De verdad quieres saberlo? » oyó, mientras negaba con la cabeza e intentaba salir de la oscuridad en la que se encontraba.
            El curso de estadística II estaba fijado para las dos últimas horas, por lo que decidió no entrar a clases, en lo que esperaba que llegara,  el que en esos momentos se había convertido en el ser que más odiaba sobre la faz de la tierra. Aquellas horas se las pasó deambulando por toda la universidad, mientras recordaba que la primera vez que vio a aquel profesor, hubo algo que le cayó mal. Quizás se trataba de intuición, o como de pronto aquellas negativas de Roxana por saltarse aquellas clases, comenzaban a cobrar sentido. No pudo evitar sentirse un completo idiota con cada revelación, que solo en esas horas de espera maldita, comenzaban a abrirse ante sus ojos, como si se tratase de una eclosión de un bicho muerto.       
            Cuando al fin dio inicio la clase, pasó a sentarse en un rincón del salón desde donde podía observarla. Se encontraba sentada en la primera fila, con aquel vestido rojo que él tanto le rogaba que se pusiera y que ella siempre encontró más de una excusa para no ponérselo. Estaba convencido  de que había un lenguaje corporal entre ellos dos. Lo supo, ni bien vio entrar al profesor, con aquella sonrisa de oreja a oreja, con los jeans raidos y la casaca de cuero. Se notaba rejuvenecido, e incluso, hasta mucho más alegre a como lo recordaba del ciclo anterior. Al instante comprendió que Roxana se había convertido en la amante de un hombre casado, pero aquella voz le hizo saber que no era así. Que aquel profesor era soltero y que siempre había disfrutado de su soltería con alumnas dispuestas a jugárselas por él.
            Solo fue después de que finalizara la clase, que decidió que era momento de actuar. No tuvo necesidad de seguirlos. Gracias a aquella voz, sabía que se encontrarían en un café de la ciudad para que nadie de la universidad sospechara de su relación. Fue así que se vio sentado en una banca cercana a aquel café. Oyendo lo que aquella voz le transmitía de la conversación. Fueron dos horas que a él le parecieron eternas, y en donde en ningún momento afloró su nombre, sino los planes para ir a refugiarse lo que quedaba de la tarde en aquel departamento que quedaba a escasas cuatro cuadras de donde se encontraban.
            Tuvo ganas de acercarse a ellos ni bien los vio salir  del café, pero aquella voz lo detuvo, haciéndole ver que lo mejor sería encararlos horas más tarde, luego de que ellos hubieran disfrutado  de sus cuerpos.  Quiso oponerse ante aquella idea irresistible, pero finalmente se dio por vencido  cuando entendió  que  esa era la manera correcta en cómo ella volvería a su lado.
            Las horas que permaneció dando vueltas por las afueras del departamento, le parecieron las horas más horribles de su vida. Por más que intentaba no pensar en ello, no podía dejar de imaginarse el cuerpo desnudo de Roxana pisos arriba. En más de una ocasión intento preguntarle a aquella voz, la manera exacta en cómo ella volvería a él, pero por más que intentaba hallar una respuesta de aquella voz, terminaba conformándose con una respuesta escueta sobre que solo en el preciso momento sabría de que se trataba.
            Fue cerca de las seis de la tarde cuando oyó a aquella voz decirle que comenzara a subir las escaleras. El departamento se encontraba en el sexto piso, por lo que le pareció absurdo tener que usar las escaleras y no el ascensor del edificio. No se molestó en hacerle ver aquel detalle, pues supuso que aquello también era parte del plan trazado. Se encontraba  al límite de sus fuerzas cuando  llegó al departamento. En la parte superior de la puerta se hallaban  escrito: 666. Los dos primeros, claramente se trataban de la dirección del departamento, mientras que el último había sido pintado adrede, en una clara ironía profética. Juan no pudo evitar sentirse sorprendido ante aquella señal, pero a la vez se convenció que lo que estaba a punto de realizar, era lo correcto, sobre todo, teniendo aquella voz aguardentosa, que él mejor que nadie, sabía de quien se trataba.
            Tocó la puerta de manera pausada. No sabía qué iba a decir exactamente cuando apareciera su profesor de Estadística, pero estaba convencido  que él, aquella voz que lo había acompañado tanto tiempo y por el cual había comenzado a mirar de otra manera la vida, no lo abandonaría. Mucho menos con aquella ironía religiosa  que parecía indicarle el inicio del enfrentamiento. Cuando la puerta se abrió y vio a su profesor de estadística cerrándose la bata, notó la sorpresa en sus ojos y en su cuerpo agitado. Estaba despeinado y parecía recién bañado. Además, desde el departamento salía aquel olor a calabazas que le era tan familiar.   Fue entonces que comenzó a sentir  una rabia ciega inundándole el cuerpo.
-       ¿Qué se le ofrece López? – preguntó, recuperando la compostura, mientras intentaba abrir lo menos posible la puerta.
«Dile que has venido por una duda de la clase».
-       Vengo por una duda de la clase de hoy, es por la lista de libros- respondió, mientras clavaba sus uñas en las palmas de sus manos.
            «Trata de convencerlo de que te deje pasar».
-       Eso lo podemos ver mañana en la universidad – dijo, al momento en que daba por finalizada la conversación, y comenzaba a cerrar la puerta.
            «Trata de detenerlo antes de que te cierre la puerta».
-       Pues fíjese que quiero hablar de eso ahora mismo – gritó, mientras ponía su pie en la puerta y lo empujaba dentro del departamento.
            Cerró la puerta con violencia. Casi  al instante pudo notar cómo su profesor comenzaba retroceder, con los ojos recelosos y una pisca de temor que le hacía temblar la comisura de su labio inferior. No pudo evitar reír, como si en realidad no fuera él quien estuviera riendo, sino como si riese otro, aquel que había permanecido dentro de él en la oscuridad.
-       Podemos hablar de esto López – oyó, mientras desde uno de los cuartos reconocía la voz de Roxana preguntando qué pasaba. – Las cosas no tienen por qué salir de esta manera-.
            Solo fue después de que Roxana apareciera envuelta en una camisa larga, que decidió tomar un adorno de una repisa. No sabía muy bien por qué lo hacía, pero en esos momentos, ya no tenía control de lo que se encontraba realizando. Roxana al verlo, intentó cubrirse los pechos con los últimos botones que se encontraban sueltos, mientras le  increpaba qué mierda hacia ahí. Sin embargo  a Juan le pareció gracioso que una persona a la que había visto decenas de veces desnuda, se molestase en tratar de cubrir un poco de piel. Observó el adorno, se trataba de una miniatura de una cabeza clava de la cultura Chavín. Siempre le habían llamado la atención los colmillos, más que la cabeza en sí misma. Le parecían los colmillos de un vampiro. Fue entonces que decidió preguntarle a la voz que se encontraba en su cabeza, si aquellos colmillos eran los de un vampiro, sin importarle la expresión de miedo que tenía Roxana en esos momentos.
            « ¿Qué tienes pensado hacer con ese adorno?».
            Luego todo se volvió confuso, sobre todo cuando, sin darse cuenta, su profesor de estadística  se perdió en uno de los cuartos para después aparecer apuntándole con una pistola, mientras lo amenazaba con llamar a la policía.
            «Tranquilo, no tiene balas» oyó, al momento en que se ponía de pie y avanzaba hacia ellos con una tenue sonrisa dibujada en los labios, mientras observaba cómo Roxana pasaba a esconderse detrás de su profesor de estadísticas.

Tenía las nalgas mojadas por la cerámica  del baño. No pudo evitar ver el cuerpo dormido de Roxana. La camisa se le había abierto cuando le dio aquella bofetada que la tumbo al suelo. Pensó que tenía unos pechos enormes, mientras miraba en dirección a la sala. Había un gran charco de sangre sobre la alfombra. No entendía muy bien que era lo que había hecho, era como si de pronto se despertara de un largo sueño; con las manos y la ropa machada de sangre.  Intentó convencerse de que se trataba de una pesadilla, de una pesadilla de la cual en cualquier momento despertaría, pero fue entonces que oyó la voz de una mujer, que provenía de la puerta del departamento; preguntando por el profesor, que si se encontraba bien, que iba a llamar a la policía sino abría la puerta.
            «Qué, ¿qué hice? Lo mismo te pregunto » oyó, mientras Juan comenzaba  a ahogarse en un llanto que se tragaba las palabras.  Intentó decirle que se callara, que todo lo que había hecho, no lo había querido hacer, pero ahí se encontraban aquellas  otras voces y algunos intentos por abrir la cerradura. Fue entonces que supo que estaba perdido. Que no existía un lugar para escapar de aquel infierno en  el  que aquella voz lo había metido.
            «Sabes que todavía tienes una salida» oyó, al momento en que una fuerza inexplicable lo llamaba a cerrar la puerta del baño y acercarse al cuerpo de Roxana. «Sin testigos, no hay acusaciones». Observó una ventana pequeña por donde tranquilamente podría salir, pero casi y al instante se horrorizó de lo que estaba oyendo. Trató por última vez de tomar el control de sí mismo, mientras se ponía de pie, con la ayuda del lavadero. Intentó reconocerse en la imagen que reflejaba el espejo, pero le fue imposible. Volvió a oír lo que parecían patadas golpeando la puerta del departamento.
            -Sabes que todo esto es culpa tuya – gritó al fin, a la imagen inerte en el espejo, mientras luchaba para que sus piernas no cedieran. – Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me hiciste hacer esto?- comenzó a susurrar, una y otra vez, con el llanto atorándosele en la garganta.
            «Y yo, ¿qué culpa tengo?» escuchó, mientras se limpiaba las lágrimas con las mangas de su camisa, «si todo lo que hiciste, lo hiciste porque tú quisiste. Además, ¿en qué momento te dije que era Dios?»  Oyó, al momento  que aquella risa estruendosa comenzaba apagarse en su cabeza, como si estuviera marchándose lentamente sobre una nube silenciosa.
            Fue entonces cuando Juan volvió a mirar el cuerpo dormido de Roxana, al momento que la puerta era derribada y  el departamento comenzaba a ser inundado por gritos de horror, y esa vez  si supo, que lo que tenía que hacer, lo haría sin vacilar.

Thursday, March 21, 2013

Carolina Cisneros


Escritora y redactora creativa
Estudió Comunicaciones en la Universidad de Lima y Redacción (Creatividad) en la Escuela Superior de Creativos Publicitarios (Argentina). Publicó los microrrelatos “La sombra”, “Histeria” y “Limpieza mental” en revistas electrónicas de Perú y Argentina.
Participó en antologías con los microrrelatos “Números Naturales” y “Encuentro del Tercer Tipo” (Perú- Argentina).
Participó en Jornadas literarias peruanas e internacionales como “La Jornada Trinacional de Microficción Chile – Argentina – Perú” (Santiago de Chile).
Trabajó en editoriales, agencias de publicidad, de periodismo, animación y medios digitales.
Actualmente trabaja como Community Manager


Noches eléctricas

“Los movimientos eléctricos fueron más fuertes que yo... no tenía escapatoria. Necesitaba volar,… sentirme libre”
Ella bailaba desesperada, la música no era suficiente para llenar su alma.
Su cabello azabache no permitía verle el rostro por los movimientos que se salían de órbita, más potentes que una máquina excavadora.
Llevaba una minifalda blanca, botas blancas a la altura de las rodillas, gafas azules colgando en su pecho y una camisa metálica de mangas largas.
Las luces giraban en torno a ella. Era el centro de atención.
Pero a Leia no le importaba la gente; se concentraba con los sonidos que retumbaban en su mente.
La música electrónica ensombrecía el lugar al estilo de David Vendetta,“Dark Room”.
Por momentos danzaban bailarinas exuberantes, vestidas con minifaldas negras, ligas y politos escotados, tratando de amenizar la noche y subir al máximo las revoluciones.
Un grupo de chicas en fila se movía lo más sexy posible, a la espera del chico más guapo. Y las que tenían pareja no bajaban la guardia frente a una posible rival.
Leia bailaba sola, con los ojos cerrados, en un extremo de la pista. Agitaba las caderas y los brazos de manera sensual y rápida. Por momentos saltaba. Varios la contemplaban hipnotizados. Otros comentaban sobre sus movimientos intensos. Algunos chicos la abordaban tratando de seducirla, pero ella mostraba total desprecio. Algunas chicas se divertían observando los rechazos, mientras otras la miraban con envidia.
Las bailarinas, atentas a las escenas, se contorneaban con más fuerza.
Al no quedar tranquilos, un chico de pelo color verde, se acercó a Leia tratando de abrazarla. Ella, irritada, hincó sus ojos azules sobre él. Caminó intempestivamente hacia el centro de la pista y se quitó la camisa metálica con desesperación. Llevaba puesto un bibidí blanco y un rosario negro. Se colocó las gafas azules que tenía colgada y retomó sus movimientos.
Las descargas eran más potentes y rápidas. La gente se tornaba neurótica y salvaje. Las cuatro de la madrugada no era suficiente para nadie. Desde las bebidas más exóticas hasta los energizantes más poderosos rondaban. Las drogas corrían por doquier, haciendo más grande el placer de sentir y bailar.
Los comandos mixtos se alineaban en sus puestos. Todos los ojos estaban puestos en Leia.
Un grupo de chicas la rodearon y empezaron a bailar formando un círculo. No se podía saber si era un escudo, una trinchera o una barricada.
Leia, sin prestar atención a su alrededor y sumergida en los sonidos, se cogió la cabeza sacudiéndola de un lado a otro.
A los pocos minutos un chico se acercó al gran escudo y todas se agarraron de las manos. Jamás dejarían que alguno baile con Leia.
Él pidió una explicación.
-         Primero baila conmigo, luego podrás tenerla. – dijo Flavia, la comandante del plan.
Él aceptó y ella salió del escudo para bailar.
Luego de cinco minutos ella le guiñó el ojo y riéndose se dirigió al baño, mientras las otras se volvían a agarrar las manos.
Él, engañado y vencido, ante la mirada molesta del grupo de chicas burlándose, optó por regresar a su sitio.
Leia no tomaba alcohol ni iba al baño para meterse éxtasis. Solo danzaba.
Uno de ojos rasgados y camisa blanca se acercó al escudo para negociar. Flavia respondió señalando con el dedo:
-         Primero tráelo a él. El que tiene el pelo negro, ojos verdes y está vestido todo de negro. También al moreno con la camisa abierta. Y al rubio con pantalón de cuero.
-         Si quieres acceder a ella que primero bailen con las chicas.
-         Espero que no vengan con estupideces porque me voy a enfurecer – dijo él.
-         Esta vez es en serio- respondió ella tratándolo de convencer.
Los tres solicitados aparecieron y tres chicas salieron de sus lugares para el ritual.
Una empezó a besarlo, la otra lo manoseaba por todas partes y la tercera solo lo coqueteaba. Los chicos se dejaban manipular para no estropear el plan.
Luego, una de ellas le pidió el número y este no le quiso dar, otra propuso a su pareja ir a un hotel y no aceptó, y la tercera lo retenía porque él quería huir.
Las tres, histéricas, dejaron a sus parejas y regresaron otra vez a conformar el escudo, incumpliendo lo prometido. Ellos extremadamente irritados las siguieron pidiéndoles una explicación.
Flavia se rió descaradamente por haberlos hecho quedar en ridículo. Y uno de los chicos, el de ojos verdes, con toda la rabia contenida, se desahogó dándole una cachetada hasta derribarla.
-         ¿Acaso eres imbécil? – Gritó uno.
-         ¡Ella es mujer! – Dijo otro
-         ¡Eres un animal! – Continuó un tercero.
-         ¿No te das cuenta de que esta zorra estuvo burlándose de nosotros?– Él se defendió.
Flavia, enfurecida, corrió directo a él y le atacó a puñetazos. Uno de los observadores, la cogió del brazo y la levantó en vilo. Por descuido tenía la falda arriba. Todos se quedaron admirados, porque además de no llevar calzón, poseía unos glúteos prominentes. El chico de pelo verde le dio una palmada en una de las nalgas. Luego la llamó “puta”. Las demás chicas, irritadas, lo empujaron con todas sus fuerzas.
Las descargas llegaban a su máximo voltaje. Leia, con los brazos extendidos a los costados, daba vueltas como si estuviera perdida en el espacio.
Por el impacto, el de pelo verde chocó con Leia. Ella y sus gafas cayeron al piso. Las luces intermitentes botaban 15 destellos por segundo y los sonidos repetitivos explotaban.
Leia cogió la cruz que llevaba en el pecho y con una sonrisa empezó a mover los brazos y la cabeza de una manera desequilibrada, frenética. Convulsionaba. Sus ojos desorbitados y la espuma que salía de su boca manifestaban una sensación de libertad, de placer.
Al instante apareció un hombre de seguridad y llamó a la ambulancia.

La pelea entre los demás seguía. Las botellas volaban por la pista de baile, y los gritos, más aterradores que los de un torturado, eran similares a los de un centro psiquiátrico.

Friday, March 01, 2013

José Luis Torres Vitolas


José Luis Torres Vitolas (Lima, Perú, 1971). Escritor y editor. Vive en Madrid (España). Estudió Ingeniería Industrial en la Pontificia Universidad Católica del Perú y, después de ejercer su carrera algunos años, la abandonó para dedicarse a la literatura. Tiempo más tarde, estudió un Magister en Literatura Hispanoamericana en la misma universidad. Ha colaborado con diversas revistas literarias con cuentos y cómics. En el Perú ha obtenido más de diez premios y reconocimientos en relatos, ensayos y cómics. 
Entre los libros que ha publicado se encuentran: Albatros (Lengua de Trapo, España, 2013) Premio Alfonso el Magnánimo de Narrativa 2012; (Editorial Albatros, Suiza, 2010); El sapito (Ediciones Altazor, Perú, 2009), 5:37 (Algaida Ediciones, España, 2008) finalista del V Premio Iberoamericano Cortes de Cádiz y las quince novelas breves que componen la Colección Héroes y Personajes (El Comercio, Perú, 2003).

NEGRA

Del cementerio en el cerro, de las cruces hú­me­das, de las pequeñas casas en construcción, de los ambulantes desperdigados por el lugar, del chichódromo de la avenida, provenía aquel olor distinto, aquel hedor a tierra, a cemento, a fritura, a fruta guardada, a cerveza, a semen, a orines... a po­breza. ¡A Carmen Alto, no voy!, había objetado furibunda mamá Justa. No quería oír razones, no quería entenderlas. No, señor, a ese lugar solo va la mierda, los muertos de hambre nomás viven allí. Y, además, Justa ha trabajado toda su vida para no ser una miserable. Si no fuera porque ya no veo, porque ahora soy una inútil así, ciega ¿Para qué sirvo? Una torpe, eso es lo que soy, una vieja inservible que va ir a vivir con la mierda, por tu culpa grandísima idiota, si fueras aunque sea menos floja, Ana. ¡Ana!, gritó llorosa la anciana, pero Ana calló aquella vez. Jamás había oído hablar así a su madre. Siempre tan delicada, tan co­rrecta. Nunca supo explicarse por qué, pero desde aquel día cambió.
Dos semanas después, el último día de la mudanza, poco antes de entrar en la casa nueva, mamá Justa preguntó: ¿Hueles? Es el olor de la mierda, y sonriendo cruzó a tientas el umbral.
Desde los primeros días Ana hizo un gran esfuerzo. Trató de evitar a su madre que la hostigaba a cada instante. Procuró olvidar su presencia de pasos lentos, de gritos destemplados y ordenó la casa. Dispuso los sillones viejos en la sala de tal modo que esta se viera acogedora. Arregló el pequeño jardín, compró algunos cuadros y floreros para alegrar la vista. Sin embargo, a pesar de todo su empeño, aunque solo llevan allí cerca de un año, ella siente como si el tiempo se hubiese multiplicado eternamente, carcomiéndolo todo, confiriéndole a cada rincón, a cada estancia de aquella casa, la apariencia de décadas de añosa existencia.
Polvorienta, diminuta, triste, inundada de paquetes envueltos en papel periódico que desde la mudanza mamá Justa se niega a desempaquetar. Al principio Ana intentó llevarlos al cuarto de su madre. Esta se opuso. No, le dijo. ¡No, carajo! ¡Suelta mis cosas de una buena vez! ¡Son mías! Déjalas ahí nomás, yo luego las voy acomodar bonito para que no se malogren. Y ese “luego las voy acomodar”, nunca llegó, haciendo que, poco a poco, el polvo fuese cubriéndolo todo, dándole a esta casa que tanto costó comprar el vetusto aspecto que Ana temía. Porque, ¿cómo ignorar este ambiente raído y senil de risas perdidas, rabietas, lamentos, insultos y llantos? ¿Cómo? ¿Cómo ignorar a mamá que día a día se consume más, cada vez más ciega, más quejumbrosa, más histérica y grosera, cada día más vieja?
Y Ana también ha envejecido. Se siente sola. Por eso, cierto día de camino al mercado, recogió a una sucia cachorra que lloraba en medio de un basural cercano. Con el poco dinero que tenía la llevó al veterinario. Luego la bañó y la alimentó lo mejor que pudo. Sin embargo, todo fue inútil, porque a pesar de cuidarla tanto su madre, tras bautizarla como Negra, se la arrebató. Lo que más le dolió a Ana fue que la ingrata perra se encariñó con mamá Justa de inmediato.
Negra, pequeña y enclenque, con una enorme panza agusanada, siempre hambrienta, sigue a mamá por todas partes, jugando con ella, durmiendo a su lado. Mamá la llama su última hija, su bebita y suele acariciarle contándole cuentos que la perra echada en su regazo parece entender. Entre tanto, Ana, sola en su cuarto siempre oscuro, atiborrado de paquetes llenos de esperanzas muertas, sueña que ella es esa perra que se desliza bajo los brazos de mamá, robándole caricias que mamá Justa cree dárselos a la Negra, instándole a que le cuente aquellas historias de parientes lejanos, ya fallecidos, que esa perra carachosa jamás podría comprender. Ni nadie podría, solo ella. Solamente ella que conoció a la abuela que fue niña santa, a los tíos, tías, cuñados, cuyas vidas mamá Justa con su voz carcomida por el tiempo va narrando y mezclándolo todo, mientras Ana-Negra le lame la mano encogida, artrítica, callosa pero suave como toda piel de vieja. Mamá continúa hablando, a ratos sonriendo o llorando por algún recuerdo vívido, que ella, negrísima como nunca, escucha atenta, entendiendo, moviendo su cola, recostada sobre la falda de mamá que se va quedando dormida sobre el sillón de la sala.
Mas ella no quiere que este momento acabe y le aúlla con su voz  de  Ana-perra, le rasca, grita, pero solo salen ladridos de su boca. Entonces, mamá despierta, abre sus inútiles ojos murmurando, ¿qué quiere mi Negrita linda, caray?, ¿qué quiere, ah?, medita mientras le acaricia el lomo, seguro tiene hambre mi pequeña, y comienza a gritar: ¡Ana! ¡Ana!, pero Ana no baja. La perra comienza a moverse inquieta, gruñendo, gimiendo, ladrando, llamando a su modo a esa Ana que no viene; debido a que aquellas voces no llegan hasta ella. Se pierden absorbidas, engullidas por las escaleras sucias, las puertas viejas y apolilladas; y además, porque Ana no está allí. Ella está abajo, al lado de su madre que la llama, fingiendo que grita ¡Ana!, aullando.
--¡Qué  mierda  pasa  con  esta  Ana  que  no  baja de una buena vez, carajo!  --reniega la anciana.
Maldice, grita, se arrastra de un lado a otro del sillón, tanteándolo con sus débiles manos para no caerse. Entre tanto, Ana-Negra, a un costado, ladra fuerte, dándole ánimos a la vieja, como diciéndole mira qué mala es la Ana que no baja, esa es una inútil, eso es lo que es, no debería de permanecer más aquí con nosotras. Entonces, la vieja entre sus gritos y los ladridos, comienza a llorar maldiciéndose por no poder ver, por ser incapaz de atender por sí misma a su Negrita. ¡Ana!, ¡Ana!, grita impaciente, ¡Ana!, ¡Ana!, ¡Ana!, pero Ana no baja.
La perra se acerca a la anciana, le hace cariño, le lame pidiéndole a través de ese mudo idioma que solamente ambas entienden, que se olvide de esa Ana, que es muy malvada, caprichosa, egoísta, que para eso estaba ella, para acompañarla, para quererla; no como esa desconsiderada de la Ana que no baja. Eso es, eso es, le dice en silencio, abrázame, quiéreme, acaricia mi negro lomo mientras yo te lamo el rostro recordándote que no estás sola, que yo existo, que estoy aquí a tu lado y que tú me llamas Negra sin saber que soy Ana. Pero soy la Ana-perra, la Ana-Negra que vino de la mierda a la que detestas; no la Ana vieja y rezongona. No la Ana solitaria y olvidable. ¡No esa Ana! ¡No! Sino la otra. Esa que se hacía querer, que todavía soñaba, que ansiaba con todas sus fuerzas ser alguien. Esa Ana que existía, pero que murió para resucitar en este cuerpo de perra gusanienta y enclenque. Esa Ana soy, a la que tú y tu vejez fueron aniquilando lentamente hasta convertirme en la Ana a la que llamas desesperada y sin embargo aborreces. Esa que allá arriba en su cuarto oscuro intenta inútilmente ser yo, esa que finge dormir para no oírte, esa que recogió a la Negra para que yo pueda resurgir. Y ahora que estás sola e hipando llena de lágrimas, valiéndome de tu senil ineptitud, pueda huir hacia afuera, hacia la mierda, donde el mundo obscenamente me muestra con desparpajo la vitalidad que siempre me fue aje­na..., hasta ahora.
De pronto, la perra salta, se desprende de la anciana, se aleja de ella corriendo. Rápido, rápido, tratando de no oír sus desconsolados lamentos que una vez, cuando joven, la detuvieron atrapándola. Veloz, huye por el pasadizo sucio, traspasa la puerta de calle que sabe está solamente arrejuntada. Se detiene, duda. Mas no, solo fue un instante porque luego reemprende su carrera cruzando la cerca hasta llegar a la calle y la vida. Entre tanto, atrás... atrás la vieja clama angustiada, desesperada: ¡Ana! ¡Ana! ¡Ana!
Los gritos la despiertan y guiada por ellos baja las escaleras hasta llegar a la sala. Su madre llorosa sigue maldiciéndola.
--Mamá, ¿me llamabas?
--¡Grandísima idiota, mira pues a la hora que bajas! Holgazana de porquería, todo el día como cojuda en tu cuarto, sabe Dios haciendo qué. ¡Apúrate, dale su comidita a la Negra, carajo! Mírala a la pobre. Cómo ladra de hambre mi chiquita. Claro, cómo no se va a morir de hambre si tú, tremenda ociosa de mierda, bajas cuando te viene la maldita gana.
Ana se dirige hacia el sillón. Carga a la Negra y diciéndole en voz baja, vamos, ven conmigo, se aleja. Atrás su madre continúa gritando, blasfemando, llorando. Con la perra en los brazos se acerca a la puerta de calle que había dejado semiabierta para que la Ana-Negra huyese. Se detiene. La abre y observa absorta el cielo nublado, las casas vecinas, unos niños jugando, a una joven pareja que muy juntos pasean abrazados, a Christian sentado bajo el sauce del parque, a un grupo de muchachos bien peinados que van hacia alguna fiesta. Ve a don Andrés llegar temprano en su taxi azul y entrar en casa con su hijo. Observa el tumulto aglomerado en la puerta de doña Adelita a cuyo velorio no puede ir y cada instante de esas vidas, de ese mundo se desvanece cuando las luces amarillas de los postes se encienden. Respira hondo. Entonces, sin proponérselo, su mirada se cruza con la de la Negra, quien  con sus  negrísimos ojos la mira tratando de vislumbrar a la Negra-Ana de hace poco. Pero ese atisbo lejano finalmente muere cuando Ana cierra la puerta, murmurando un “No puedo” silencioso que solo la Negra en sus brazos escucha y entiende. 

Este cuento pertenece al libro titulado “5.37” (Editorial Algaida, España, 2008) 
Con permiso de José Torres, por supuesto.