Wednesday, January 12, 2011

Sandro Bossio Suárez

Nacido en Huancayo, Perú. Hizo la carrera de comunicaciones en la Universidad San Luis Gonzaga de Ica y optó por la especialidad de opinión. En Lima, trabajó en el diario "El Peruano" y, en Huancayo, fundó el diario "Primicia". Fue fundador, junto con el crítico Manuel J. Baquerizo, de la revista literaria "Ciudad Letrada". Actualmente tiene una columna en el diario "Correo". Desempeña una cátedra en la facultad de Comunicación Social de la Universidad Nacional del Centro.
En 1986, ganó el premio nacional de novela "Alfonso Bouroncle", de Arequipa, con su obra "Caminos de sangre", y al año siguiente un meritísimo lugar en el concurso internacional "Manuel Scorza", con la misma, pero desistió de publicar la novela por considerarla inmadura estilísticamente.
En 1992, su cuento "El hombre que habló con la muerte" obtuvo un importante galardón en el concurso "El cuento de las 1000 palabras", de la revista Caretas; en 1995, su relato "Réquiem por una pianista polaca" fue seleccionado entre los mejores en el concurso Juan Rulfo, en París, Francia; y en el 2000 fue finalista en el Premio Copé con "Kassandra". En 2002, ganó el premio Nacional de Novela Corta del Banco Central de Reserva, el más importante y mejor dotado del país, con su novela "El llanto en las tinieblas", que se convertiría en un éxito tanto entre los lectores y los críticos. Ha sido traducida al inglés.
En 2008 publicó su volumen de cuentos "Crónica de amores furtivos", actualmente en su tercera edición, y en 2009 el exitoso libro de crónicas "Sabatorio: reflexiones de un buen salvaje".
En 2008 y 2010 ganó sendos premios de crónica periodística a nivel latinoamericano por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, en Colombia.
Para 2011 se publicará su novela “La fauna de la noche” y un relato de horror en una masiva colección de libros. Tiene lista otra novela titulada “Mañana seremos felices” y está escribiendo dos novelas cortas.







EL CAPÍTULO DE LOS OBSESOS

CAPÍTULO LIII

Donde se cuenta la pendencia que don Quijote tuvo con un dragón quien era capaz de matar un batallón de soldados con sus regüeldos y del gusto que pasó su fiel escudero Sancho Panza comiendo bollos en fritura.




(Interrumpo mi lectura para aclarar que esta mañana, antes de abordar el tren en el que llevo más de una hora viajando, encontré estos folios en el buzón de mi correo, en veinte pliegos vitelados, sin un vestigio que revelara su procedencia. De primer impacto, me pareció una mala broma de mis indisciplinados alumnos, a quienes enseño neografía en una cátedra que todos califican de aburridísima. Pero basta comprobar la calidad de los folios y las peculiaridades de la escritura para no cerrar la posibilidad de que se trate de un documento histórico. Además, los rasgos de la letra, delineada a mano probablemente con negro de humo y cálamo de pluma, como era corriente a principios del siglo XVII en España, revelan un perfecto enlace con la grafía de la época cervantina. Este capítulo, de no ser uno de los tantos apócrifos que ruedan por el mundo, podría pertenecer a la cuarta parte del libro primero del Quijote de la Mancha, obra cumbre del alcalaíno Miguel de Cervantes Saavedra, dedicado al duque de Béjar, y publicado en 1605. Continúo con mi lectura).
Después del incidente del cabrero cuyas narices quedaron magulladas y de la pelotera contra los disciplinantes que iban en rogativa de lluvia, el audaz caballero don Quijote y su escudero Sancho Panza enrumbaron por otro camino en busca de nuevas aventuras. Era el caso que la comarca ardía en calor, y los canalones estaban secos y la tierra cuarteada, de manera que la gente no salía de sus aldeas, y no había marchantes, ni abaceros (es decir, comerciantes), ni mucho menos aguadores por los caminos. Don Quijote, subido a su extenuado caballo, y metido en sus latas de paladín, soportaba el infierno, pero el pobre de Sancho Panza no corría la misma suerte, porque su asno boqueaba de calor y apenas arrastraba las patas. Estando en esto, comenzó a dar voces don Quijote, diciendo:
—Mirad, mi generoso escudero, una vez más nuestros hados se muestran complacientes, porque allá al fondo nos descubren un dragón del tamaño de un otero, a quien pienso acometer en este instante con mi lanza y mi adarga, para dedicarle una victoria más a mi señora Dulcinea del Toboso, que mujer con más linaje y fermosura no existe en el mundo.
Pero Sancho Panza, cansado de arrastrarse al lado de su borrico para darle los alcances, sólo veía un grande montículo de tierra.
—Sólo veo un altozano —respondió— y una bocamina abandonada.
—Es claro que no has trajinado en lances de andantes caballeros —le dijo don Quijote—, pues allá veo claramente un gigantesco dragón de piel escamada y alas desplumadas, que yace durmiendo con toda pacedumbre. Tiene la cola del tamaño del tronco de una encina y las orejas como las fienestras (es decir, ventanas) de un alcázar.
—¡Válame Dios! —dijo Sancho Panza secándose el sudor con el sombrero—. Nuevamente con lo mismo. Si allá no hay ningún dragón, sino apenas una mina abandonada, con su entrada al venero, y eso que llama fienestras son sólo sopladeros por donde los excavadores extraían el mineral. Y no vaya a ser que otra vez la burra al trigo e insista su merced en combatir con un altozano como ocurrió con los molinos en una de nuestras primeras salidas.
(Es claro que Sancho Panza hace referencia al episodio de los molinos de viento, convertido en el más emblemático de la saga. Debemos detenernos otro momento para examinar el tipo de letra de los manuscritos. Por la estrechez de los caracteres, las ligaduras de la parte superior y la rapidez de su trazo, podría decirse que se trata de una letra procesal de modelos cortesanos. Pero si reparamos en las inclinaciones de los ejes hacia la siniestra y en los ojales plenos de tinta, también podríamos decir que se trata de una escritura bulática con rasgos carolinos. Me inclino por la segunda posibilidad. Recordemos que a partir de 1440, los escritores de manuscritos usaron un “littera formata” denominada “bastarda”, que a partir del siglo XVI derivó en la bulática, llamada así porque era la única utilizada para redactar las bulas papales. Considerando que esta escritura empezó a degenerarse hacia 1690, y que Cervantes fue calígrafo público antes de ser recaudador en Granada, aventuramos que esa fue la que empleó para sus escritos.)
Pero don Quijote tan recio estaba en que se trataba de un lagarto fabuloso, que no medraba ante las advertencias de Sancho Panza, diciéndole:
—A ti también te han tocado los encantamientos de mis fementidos enemigos, Sancho, para que veas las cosas a su antojo.
Y así se preparaba para el combate, enderezándose el peto de la coraza, arreglándose el yelmo, enristrando su lanza, y dando alaridos que espantaban a los pajarracos:
—Non refuyáis a mi aguijada (lo que quiere decir, más o menos, “no rehuyáis a mi lanza”) criatura de baja ralea, y recibid el escarmiento de un gentilhombre.
Y sin pérdida espoleó a Rocinante y se lanzó a galope contra el montículo de tierra para asaetearlo. (Aclaremos que el viejo hidalgo, a estas alturas, ha perdido las espuelas en dos oportunidades, mientras que las botas –llamadas grebas en el libro– le fueron robadas por los seguidores de Ginés de Pasamonte tras haberlos ayudado a liberarse de las guardas del monarca. Por el lado del texto, es conveniente observar que las enmendaduras e improntas del manuscrito pueden tomarse como las evidencias de un valiosísimo primer borrador. En aquella época, como sabemos, los manuscritos debían obtener primero la licencia monárquica para pasar luego a los amanuenses, después a los correctores, y, finalmente, al impresor licenciado. Como este capítulo se quedó en el borrador, colegimos que se trata de un original de Cervantes con su propia caligrafía. El monótono traqueteo del tren empieza a arrullarme). Una vez hecho esto, el montículo se remeció, y las maderas podridas de la entrada se derrumbaron, dejando abierta la galería de vetas. Y viendo esto don Quijote dijo:
—¡Por las barbas de Pedro el Botero! He malferido a tan luenga bestia y la he dejado con la fauce abierta.
Y cuando Sancho Panza estuvo a su lado, don Quijote volvió a vanagloriarse porque creía que en verdad su ofensa había lastimado de muerte al dragón y que por esa obra su gloria sería perpetua. Su escudero le dijo con voz haragana:
—Si eso le pone contento, así sea, mi señor, pero es momento de seguir nuestro camino que el calor redobla en estas provincias.
—Nada de eso, Sancho hermano —respondió don Quijote—. ¿Acaso tienes miedo de que la bestia se encumbre? He dicho que está agonizando y lo reafirmo. Y estando así se presenta una nueva oportunidad de aventura que solo un caballero como yo puede correr: entrar en los adentros del lagarto y quitarle el corazón para ofrecérselo a mi fermosísima señora Dulcinea, como lo hizo Perseo, el semidiós, con la no tan bella Andrómeda.
Sancho Panza se estremeció:
—Vea don Quijote —dijo con la febledad (es decir, con la debilidad extrema. El cansancio se apodera de mis párpados y es necesario que me los refriegue para aliviar el ardor. Debe ser el humo y la carbonilla del tren. Pero tan insignificante molestia, lo mismo que el viajar de espaldas a la marcha, algo que siempre aborrecí, no ha de detenerme en la lectura de este inquietante capítulo, negado al mundo por motivos que no alcanzo a entender) que la peripecia le causaba—, no es momento para nuevos lances. Bien puede vuestra merced, señor, hacer que sigamos nuestro camino para llegar al pueblo antes de la hora del almuerzo. Escuche cómo rechinan mis tripas recordando los frisuelos de alubias que comimos ayer anoche.
Respondió nuestro don Quijote:
—Déjame decirte, Sancho, que eres un majagranzas y un golimbrón que sólo piensa en comer, y perdóname, y basta, pero yo no desistiré de esta aventura.
(Con esto, el autor más o menos quiso decir: “Déjame decirte, Sancho, que eres un tonto y un glotón”. Respecto del tipo de letra, han surgido nuevas evidencias –como la disposición a la redondez de las formas, la disminución en la longitud de alzadas y caídas, y la tendencia a trazar bucles en las letras abiertas– que delatan una variante castellana de la bulática latina. Es una bella letra, además, dinámica y elegante. Continuemos).
Y así, apretadas las piernas contra el caballo, se lanzó a la entrada de la mina. Rocinante, tan hambriento y sudoroso como estaba, tuvo pavor de la oscuridad, y se negó a entrar. Don Quijote le instigó más todavía, pero el noble animal siguió negándose, y se negó tanto que el hidalgo tuvo que apearse y darle un ladazo en los belfos:
—No necesito de cobardes escuderos ni de irracionales cuadrúpedos para enfrentarme al enemigo —dijo dando respingos—. Con mis destrezas de fijodalgo tengo suficiente y más.
Y diciendo y haciendo esto, y armado solo con su adarga, se adentró en la galería de la mina entendiendo que se adentraba en el hocico del dragón. Como quiera que ello sea, mientras avanzaba trataba de divisar en la tenebrosidad y a cada paso creía reconocer los dientes del dragón, la lengua del dragón, la garganta del dragón, y como cada vez la oscuridad acrecía, se refrenaba y palpaba las paredes que estaban húmedas y que él pensaba eran las babas del monstruo animal. Maldiciendo no tener un hachón para alumbrarse, siguió en adelante. Pese a la oscuridad y las escarpaduras, y pese a los gritos de Sancho Panza, que seguía haciéndole advertencias desde la intemperie, don Quijote no desistía. Animábale la recordación de los bravos caballeros que para casarse con sus princesas presentaban al rey, su señor, el corazón de los dragones vencidos. Iba pensando en estas victorias, tan embebecido y trasladado en ellas, que ni otras glorias algunas asomaban a su memoria. Mas la adentrura de la mina pronto empezó a expeler feamientos (es decir, fealdades) convertidos en aires, y don Quijote dijo en altas voces para que escuchara su escudero:
—He confundido el camino, Sancho, porque en lugar de encontrar el corazón del coloso he encontrado los intestinos. Y vaya que este grosero animal debe estar emparentado contigo, o tú debes suceder de él, porque embucha lo mismo que tú, y es seguro que los rozos de garbanzuelo y el sanco de mitadenco y el pernil de cerdo son manjares para sus tragaderas, pero no así para sus botaderas, y al igual que tú sufre de vientos traseros tan devastadores como las montoneras de Ginesillo de Parapilla.
(Es claro anotar que Parapilla es un personaje ubicuo en la obra de Cervantes, aunque a lo largo del libro aparezca con diferentes nombres: Ginesillo de Parapilla y Ginés de Pasamonte, en la Primera Parte; y maese Pedro, el titiritero, en la Segunda. Por un momento se me ocurrió que este capítulo perteneciera no al Quijote de Cervantes, sino al Quijote apócrifo de Alonso Fernández de Avellaneda, publicado en 1614 en claro enfrentamiento con el autor original. Existe, no obstante, una razón poderosa para dejar por sentada, al menos hipotéticamente, la autoría cervantina: el estudioso Martín de Riquer abrió una pista a partir de varios indicios –modos de escritura, desbarros, torpezas de estilo– que denunciarían a Jerónimo de Pasamonte como el verdadero autor del libro apócrifo del Quijote. Y, si tomamos en cuenta que los tres personajes arriba anotados están inspirados precisamente en Jerónimo de Pasamonte, a quien Cervantes escarneció en extremo, deducimos que se trata de la obra de Cervantes y no de Avellaneda).
Y don Quijote lo decía sin darse cuenta que no eran las ventosidades del dragón, sino los vapores de los azófares, y aún así siguió en adelante, pero los vahos se hicieron tan insufribles, que el temerario andante tuvo que recular y salir a priesa dando alaridos:
—No más, fijo de las grandiosas putas, reputas, no más me quedo en tus internos —y diciendo esto iba escapando con el gaznate convertido en una febra—. Por ahora has ganado, pero volveré a facerte batalla, y a completarte, y a arrancarte las entretelas (es decir, entrañas) como lo hicieron los andantes de otros rumbos.
Cuando salió a la luz del sol, que seguía fiero, don Quijote se lanzó por el polvo, metido el cuello entrambas manos, y rodando por el suelo se puso a boquear con arrebato.
Momentos antes, mientras andaba perdido en la galería de los minerales, varios viandantes se habían acercado a Sancho Panza, atraídos por las voces de advertencia que le daba a su retobado señor, y entre estos algunos había un mayoral, un pastor, un joven de apuesto que había perdido un ojo en una guerra, y una vivandera que ofrecía magdalenas mantecosas. (Esta estructura narrativa es particularmente cervantina: finalizado el episodio principal, el narrador incorpora nuevos personajes para prolongar el capítulo con la historia personal de cada uno de ellos. Hablamos del famoso capítulo retornante, tan de moda en el “novecento” italiano, que vinieron a utilizar más adelante los escritores españoles del Renacimiento y del Barroco. El ardor de mis ojos ha progresado: por momentos veo brincar las letras sobre el papel, como saltamontes, y, en el esfuerzo de atraparlas, mis córneas se colman de lágrimas. Sin embargo, no debo parar, tengo la imperiosa necesidad de seguir adelante). Al ver a don Quijote por los suelos, dando toses y gargajos, la vivandera le entregó la cesta al escudero y fue en socorro del ferido, y ya a su lado le daba aires con el borde de su delantal. Los hombres, en cambio, sólo miraban. Por eso la mujer, alzando los ojos, les dijo:
—Capones espantadizos, por lo menos traigan agua para este pobre hombre, mejor si es vino. ¿No lo ven tan descarnado y enteco? Seguro son las toses sanguinolentas de los héticos (es decir, tuberculosos. Mi tren se detiene constantemente ante pueblos coloridos, rumbo a la sierra, y el vapor de los pistones se mete por las ventanas entreabiertas cada vez que reemprende la marcha con rudos tirones entre los coches).
Los hombres, avivados por las exclamaciones de la mujer, corrieron en busca de agua, que por esos lados no había mucha, y en tanto Sancho Panza se sentó con la cesta a la sombra de un carrasco que por ahí estaba. La mujer no se cansaba de echarle aires a don Quijote, y no se daba cuenta que el glotón del escudero iba dando término con todas las magdalenas, y que hablaba con la boca llena alabando la delicia de la fritura y del condimento, y que hasta le daba una al jumento que lo miraba con hambre. Al poco regresaron los hombres con una castaña de agua. Con ella la mujer lavó a don Quijote y le dio de beber, diciendo:
—Beba, buen hombre, que por lo menos agua tenemos para ofrecerle en esta aldea.
—Ni soy buen hombre, ni recibo el agua de mis enemigos —contestó don Quijote medio ahogado—. Soy fidalgo caballero y no he de beber las pócimas de mis rivales.
La mujer de las magdalenas se puso de pie, contrariada, y preguntó golpeándose las polleras:
—¿Es así como agradece la paciencia que hemos tenido con usted?
—Sí, y más —replicó don Quijote—. Porque no crean que disfrazándose de gentes de pueblo engañan a este caballero: en demasía sé que ustedes son los heraldos de los hechiceros que convierten en inanimados a gigantes y dragones para hacerme pasar por chiflado.
Como la mujer no sabía de lo que don Quijote hablaba, se apartó de él, mientras los otros hombres se acomedían a levantarlo, falándolo de ambos brazos. Una vez que todos estuvieron de pie, el caballero les preguntó a los tres gañanes:
—¿Y quiénes sois vosotros?
—Campesinos de estos andurriales —respondió el mayoral.
—Embustes —dijo don Quijote—. Sois nuncios del mal, de mis bergantes enemigos, de aquellos a quienes mi amada Dulcinea también ha robado el corazón, y escuchad lo que proponedles quiero.
Y así les propuso a cada uno contar su historia para demostrar que eran hombres pacíficos y no enviados de los taumaturgos, a lo que los hombres aceptaron. El primero en hablar fue, claro, el mayoral, que era alto y afilado, tanto como el mismo hidalgo, pero sin las barbas de éste:
—Me llamo Riobaldo y, como vuesa merced puede ver, soy carretero —inició—. No soy de este lugar, pues he nacido en Fregenal de la Sierra, y de pequeño vine desde la frontera como pasante de hilandería. Mi desventura empieza a la edad de los soldados (diecisiete años, aproximadamente, que era cuando los súbditos debían presentarse a las milicias. Si de soldados hablamos, es necesario recordar que Jerónimo de Pasamonte y Cervantes, formando tercios diferentes, coincidieron en varias batallas en el Mediterráneo, y de entonces databa su enemistad. He tenido que cerrar los ojos durante un buen rato, porque el ardor es insoportable, y ahora que he vuelto a la lectura, la visión empieza a nublárseme), a la muerte de mis patrones, que entregaron sus almas a consecuencia de una peste lanar, dejándome en el desamparo. Había hambre, elegante caballero, y un mozo de esa edad no tiene las seseras para enfrentarse a la vida. La necesidad hizo que me convirtiera en un pícaro ladronzuelo, y anduve de aquí para allá, hasta que me ocurrió algo grandioso, pues, acostumbrado como estaba a las tascas y a las perendecas, una buena noche entablé juego con un bravucón de Villaviciosa y quiso él que contrapunteáramos con el laúd, y yo que soy buen festero, y además coplero y decimista, acepté la apuesta con agrado y, como el contrincante era un carretero, le propuse que el premio fuera su carreta del negocio, y así empezó la velada, y nos pasamos, créalo usted, dos días con sus buenas noches coplando sin cansancio. Yo cantaba algo y algo me respondía el zamarro, que también era rapsoda y vividor, y cantamos tanto que se nos fue la voz. Ya cuando todos daban el evento por paridad, el zalamero me cantó de la siguiente manera: “En la piedra de la loma / estaba aplastada una iguana, / flaca, arrugada y buchona, / igualita a tu hermana”. Y entonces yo, que tengo las respuestas a yema de babas, siempre al compás del laúd, le contesté lo siguiente: “No hables tanto si quieres la verdad, / pues tan solo vives de un pobre jornal, / eres campesino y no hagas el mal, que la iguana es tu madre en realidad”. Fue así, amable señor, como me hice de la carreta, y desde entonces vivo conduciendo cargas por estas rondas.
—¡Ah! Curiosa historia, señor mayoral —dijo don Quijote atusándose los bigotes—. ¿Y ya perdió la costumbre de las coplas?
—Pues, no —respondió en mayoral—. De cuando en cuando lo hago en un figón.
(Figón significa taberna de baja monta. Hago otro paréntesis para repensar algo: en alguna parte leí que Cervantes, furioso contra Avellaneda luego de conocer su malintencionada empresa, decidió variar el plan de la novela, enviando a don Quijote a Barcelona y haciéndolo conocedor del libro maldito, al cual debía ridiculizar. Escribió además varios capítulos sueltos correspondientes a la primera parte del Quijote, rehaciendo algunos pasajes y aumentando otros para que el libro apócrifo entrara en contradicciones. Creo recordar también que destinó algunos episodios –conocidos como los “capítulos malditos” y escritos con una tinta que los diferenciaba– a la venganza de sus enemigos).
Pasó adelante don Quijote y preguntó al segundo hombre por su historia:
—Soy —le respondió éste con una arrogancia que no cabía en sus pellejos— aquel que apacienta y bastonea un rebaño de trescientas testuces. Me llaman Fredegundo y tengo también una historia que contar, pues según entiendo, soy en verdad el hijo perdido del monarca, al cual la impostora reina mandó matar entregando numerarios a un pastor que pasaba por el castillo. Mire, hombre, el pastor me llevó consigo cuando yo apenas berreaba, y en el bosque sacó su tajadera para abrirme el bandullo (es decir, el vientre), pero tuvo compasión de estos ojitos verde oliva, como los del monarca, nuestro señor, y también de esta piel sonrosada, mire, y seguro también de este cabello rubio y ensortijado, muestra clara de la alcurnia de mi cuna, y engañó a la malvada reina con las andorgas (es decir, los intestinos) de un cervatillo. Así me convertí en uno más de los hijos del pastor, y cuando todos marcharon, yo me quedé con él y con mi madre adoptiva para cuidarlos, que es lo que hago ahora, y sólo espero que les llegue la postrimería para vender el rebaño y marchar a recuperar mi reino.
Don Quijote se puso de buen talante al oír la historia del pastor:
—Marche —dijo—. Es en verdad interesante su historia y si no tuviera yo otros quehaceres en estas tierras, incluso me atrevería a ofrecerle mi ayuda de caballero para desfacer este entuerto y recuperar su trono.
—No me hace falta socorro de nadie —rebatió el pastor, sonriendo burlonamente, puesto que todo lo que había dicho era una grande mentira para burlarse de don Quijote—. Yo puedo hacerlo solo.
Volviose don Quijote al tercer hombre, el mozo, de edad de veinte años, el cual había perdido un ojo, y curioseó:
—¿Y tú, mancebo de mal mirar, qué historia nos has reservado?
—Soy soldado, señor patrono —contestó el joven— y he vivido un drama que no se cansa de continuar.
—¿Un drama? —preguntó don Quijote.
—Un drama, sí, y es que desde imberbe este mozalbete que responde al nombre de Alicinio ha servido al ejército del rey, y ha sido tropero, y ha sido legionario, y ha sido arcabucero, y ha sido áscar, y en una batalla contra los berberiscos ha tenido la mala fortuna de perder su ojo derecho, y después de ello todos se olvidaron de él, y de sus otros compañeros que ya no servían para seguir debatiendo. (El verbo “debatir”, en ese entonces, no tenía la acepción de hoy; significaba pelear con armas de por medio. He pensado mucho en Jerónimo de Pasamonte y, mientras vuelvo a cerrar los ojos para aplacar el dolor, recuerdo su procedencia aragonesa y su oficio de escritor, pues antes había compuesto su biografía, de cuyos episodios militares se sirvió Cervantes para ilustrar pasajes de El Quijote. Ciertas expresiones y giros de esta biografía pasamontina, precisamente, sirvieron a los investigadores para relacionar a Alonso Fernández de Avellaneda con Jerónimo de Pasamonte. Algunos incluso vieron en el Quijote apócrifo una intervención directa del Santo Oficio, que buscaba sustituir el Quijote liberal de Cervantes por un Quijote más apegado a los preceptos ortodoxos de la iglesia. Esta última, sin embargo, me parece una hipótesis poco fiable. Creo más bien que Pasamonte, viéndose reconocido en la primera parte del Quijote, donde es descrito con crueldad, y notando que Cervantes utilizó pasajes de su biografía sin su consentimiento, decidió darle réplica escribiendo una segunda parte del libro bajo un nombre falso, soflamando así los odios del Manco de Lepanto). Así es la monarquía, mi distinguido señor, usa a sus súbditos para las guerras y los alimenta y paga solo cuando pueden debatir, pero cuando a causa de defender el blasón uno pierde un ojo, o pierde una pierna, o pierde un brazo, es echado de las tropas como un perro corrompido. (Este acápite nos confirma que el manuscrito aún no ha pasado por la corte real, pues, de haberlo hecho, de todas formas hubiera sido purgado por la acerba crítica política que entraña. Hace un momento he detenido nuevamente la lectura para acudir al lavabo del tren, y frente al espejo resquebrajado, he descubierto algo atroz: mis ojos han empezado a sangrar). Y eso ocurrió conmigo, valiente señor, y de tanto andar con las tripas vacías y con las vendas ensangrentadas en la cabeza, di en el pueblo vecino con esta señora, con quien me empleé para ayudarle a preparar las magdalenas y salir a venderlas con ella.
Así terminó el mozo su historia. Don Quijote le dijo:
—Entiendo que el señorío a veces es injusto, joven quinto, y heme aquí sometiendo gigantes, y follones, y truhanes, y dragones con espantoso aliento, porque precisamente derrotar la injusticia quiero. Pero, habiendo escuchado su lamento, no creo que sea del todo dramático, puesto que esta mujer que aquí veo le ha dado empleo y de seguro casa y pitanza.
—Es cierto, señor caballero, pero el drama peor que el vivido en las guerras lo he encontrado aquí, con esta señora, pues nunca nadie me había agarrado a porrazos con tanta fiereza, y hasta pareciera que Agotónica, que es como se llama la condenada, pertenece a las falanges enemigas a quienes he vencido en innumerables batallas. Es lo triste, amable señor, porque por el hambre y la necesidad debo seguir al lado de esta mujer malvada que me muele a golpes a diario, y me llama a su lecho cuantas veces quiere, y si no la complazco como espera, pues de nuevo las trujes al trigo, y la lluvia de golpes sobre estos pobres huesos. Dígame si no es un drama. Ahora, si usted tuviera un centavo para poder irme a otro pueblo, quizás termine mi mala racha.
Sintiendo compasión por los lloros del joven soldado, don Quijote sacó un real de a cinco de su faltriquera y se lo alcanzó como propina para calmar sus ánimos. El mozalbete recibió la perra (argot de la época que aludía a la moneda suelta. Sé que Jerónimo de Pasamonte pasó los últimos años de su vida con una descomunal manía persecutoria, creyéndose constantemente amenazado por seres infernales que trataban de envenenarlo, y culpando a Cervantes de sus males. Sé también que, a causa de una ceguera prematura, obtuvo una residencia en Nápoles, lo que le supuso una retribución económica y le dispensó para siempre de la milicia activa) y la guardó en el seno para que su patrona no se la viera. Y en eso hubo voces del otro lado, donde Sancho Panza y el jumento posaban debajo del carrasco, y cuando todos se volvieron, encontraron a Agotónica dando gritos y levantando los brazos como si demandara una borrasca. Todos fueron hacia ella, y cuando estuvieron cerca, escucharon que la mujer le decía al escudero:
—Miserable, rapaz, robador —y se levantaba las mangas de la sayuela—. ¡Si te has zampado todos los bollos! ¡Y encima de compartirlos con tu sucio borrico te niegas a pagármelos!
Sancho Panza se defendía diciendo que, al momento de recibir la cesta con los panes fritos, había dado por sentado que ella se los obsequiaba viéndolo tan hambriento. Le decía, además, que no tenía dinero para pagarlas. Sus palabras hacían que Agotónica montara más en cólera y que aprestara sus rudas manos para el ataque:
—¡Habráse visto, comer sin pagar, y tirarse a dormir la siesta con el mayor desparpajo! —clamaba—. Pero esto no se queda así, claro que no, ahora me cobro las magdalenas a golpe de porro.
Y diciendo esto, Agotónica, grande como una bestia, se lanzó sobre el escudero y lo acabó a batacazos. Y el pobre escudero gritaba de dolor y se cubría con los brazos de la lluvia de coces, y de los salivazos de Agotónica, y cuando don Quijote juzgó suficiente castigo, intervino para aplacar los sobreánimos de la mujer, diciendo:
—Tenga usted la afabilidad, señora y dama, de dejar de golpear a mi escudero, que me lo va a dejar todo quebrado y sin aliento para guardarme los espinazos.
Al escuchar esto, Agotónica volviose hacia el gentil don Quijote, que allí parado mostraba su larga figura, y sin mediar palabras recogió la cesta del suelo y con ella se le fue encima:
—Si es usted el culpable de esto, famélico miserando, así que tome, y tome, y tome.
Después de la somantina (es decir, paliza. Mis ojos aparecen cada vez más heridos, pero no he de desfallecer; continuaré hasta el final) durante la cual los tres hombres reían a más no poder, y no sólo por los golpes, sino también por haberse burlado malamente de don Quijote, caballero y escudero quedaron malparados y avergonzados. Cuando Agotónica se fue, seguida por los tres hombres, que en realidad eran sus vecinos, el adolorido don Quijote le dijo a Sancho Panza mientras se quitaba las pajas que habían quedado sobre sus hombros:
—Espero que con estos golpes escarmientes, amigo Sancho, y abandones para siempre el pecado de la gula, que en un cristiano como tú es imperdonable.
—El que debe escarmentar con esto es vuestra merced —le contestó Sancho—. Espero que no más batallas con molinos de viento, ni más intentos de liberación a los galeotes, ni más ataques a los procesionantes, ni más escaramuzas con falsos dragones.
—Realmente eres cobarde, Sancho —dijo don Quijote—, pero te reconozco como mi amigo, y porque no digas que soy cabezudo y que tengo contumacia, haré oídos de lo que propones, y me apartaré de las contingencias y de las refriegas. Creo que mis aventuras en los prados han tocado a su fin.
Sancho se entusiasmó con las palabras de don Quijote, pero no dijo nada, dejando que el caballero continuara:
—Pues, sí, compañero Sancho, he de relegarme de las aventuras que tanto recelas, pero déjame decirte que no por miedo, como tú, sino por precaución, pues deseo apartar a Rocinante y a ti de los peligros que me acechan, y si otra cosa pensaras, o si otra cosa dijeras, te equivocarías de cabo a rabo.
Oyendo lo cual, Sancho Panza sonrió, y por fin habló:
—Entonces no más aventuras, valiente señor.
—No más aventuras en las veredas, escudero —respondió don Quijote—. Tengo otros planes para seguir corriendo lances.
—¿Y qué planes son esos?
Don Quijote fue hacia Rocinante, trepó en él, destacando su fina silueta contra el reverbero del horizonte, y explicó:
—Me enclaustraré en una abadía, y pediré pliegos y pluma de fusca, y escribiré una interminable historia fingida, un romance de muchos episodios.
—Un romance —dijo Sancho, montando también en su jumento, interesado en lo que acababa de revelar don Quijote—. Quisiera ya saber leer para disfrutarlo, señor mío, quisiera ya. ¿Y de qué tratará su historia?
Don Quijote estimuló al caballo para que diese la vuelta:
—Muy simple —respondió—. Será la historia de un soldado, un pobre loco de nombre Cervantes Saavedra, preso del bey Azán Bajá, peleador de Lepanto, que cree escribir las aventuras de un gentil caballero de la Mancha.
(He quedado convencido: ahora que ya nada puedo ver y que, atónita, la gente del tren me rodea para cerciorarse de que mis ojos sangran sin cesar, entiendo que he estado contemplando todo este tiempo el manuscrito maldito de Cervantes, aquel que, con el sabio conocimiento que poseía por su oficio de calígrafo, escribió con tinta tóxica para pervertir los ojos de sus enemigos, principalmente los de Jerónimo de Pasamonte, y también, ahora, los de algunos curiosos que rodamos por el mundo).

Tuesday, January 11, 2011

Pedro José Llosa

Lima, 1975. Siguió estudios de Economía y Filosofía en el Perú y posteriormente en Holanda. Culminó, también, una maestría en Literatura Peruana y Latinoamericana en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Desde hace diez años se ha dedicado, principalmente, a la docencia de cursos de humanidades y ciencias sociales en el Perú (Markham, UPC, UCSUR) como en el Holanda (British School in the Netherlands). En la actualidad reside en la ciudad de Madrid.

Ha publicado los libros de cuentos "Viento en Proa" (Dedo Crítico, Lima 2002) y "Protocolo Rorschach" (PUCP, Lima 2005) y ha participado en una serie de antologías que han ido ratificando su calidad narrativa y dramatúrgica, como por ejemplo: "Los Garfios de Carrero" en Pequeñas Resistencias 3 – antología del cuento sudamericano (Páginas de Espuma, Madrid 2004); también en Páginas al Margen (San Marcos, Lima 2002) y en Nacimos para perder (Casatomada, Lima 2007. Así como en “Te espero en el olivar” obra de teatro que apareció en Dramaturgia Nacional 2000 (BCR-INC, Lima 2001).


LOS GARFIOS DE CARRERO


Cuando abrió la puerta estaba más desgastado que nunca.

El Altamirano Carrero que yo conocí, ese verano del ochenta en casa de Adriana, era una mueca despoblada, un mediocre integral: indefinido de estatura, de rasgos, de idea; un híbrido consumado, ni mucho ni poco de nada. Era el transeúnte vulgar, casi el cholo común de no ser por esa piel membranosa, epidérmica, tan delgada que le dejaba a trasluz unos músculos compungidos y unas venas hinchadas. Esa tarde, sin embargo, estaba como nunca antes lo había visto: sucio, fruncido, barbón. El tiempo lo había sacado de la medianía estética, ahora parecía un mendigo.

- ¿Puedo pasar? – tuve que preguntarle, sin olvidar la impertinencia que estaba cometiendo al ir a buscarlo.

- ¿Para qué? – dijo -¿Qué quieres?

- Hablar contigo.

- ¿Hablar? ¿Qué vamos a hablar tú y yo?

- ¿Puedo pasar?

Sobre una mesa de madera tornillo esquinada en la soledad de un patio, de esos patios que hacen las veces de vestíbulo comunitario en los callejones del Cercado, se sentó con un gesto ágil y recostó la espalda en la pared de adobe.

- ¿Qué quieres? – me preguntó sonriente, burlón, como si quisiera provocarme.

- Proponerte un negocio.

De pronto comenzó a rebotar sobre la madera picada sin hacer sonora la carcajada escondida que lo estaba convulsionando por dentro.

- ¿Y cuál es el negocio?

Intenté recostarme yo también en el adobe, pensando con ingenuidad que al raspar el hombro de mi camisa contra esa pared de tierra, suavizaría mi tensión, y podría devolverle el mismo tono trivial, y sobretodo, la misma sonrisa inmóvil que contaminaba todo de incredulidad.

- Quiero que busques a Adriana.

No era fácil hablarle. Estaba dispuesto a proponerle lo que para mí era la única solución a un problema insoportable. Quería que la buscara, que se revolcara con ella como alguna vez lo había hecho antes de que Adriana estuviera conmigo, y que finalmente se dejara desechar por ella. Altamirano la había tenido en su poder durante dos años, había ejercido su derecho de propiedad como con cualquier objeto, sentando desde el comienzo grilletes invisibles para asegurarse una fidelidad perruna; luego la había desembarcado de su vida. Sin esto último, a ella no le quedaría esa avidez mutilada y subconsciente que sentía por él.

- ¿Buscarla para qué?

- Buscarla pues, no te hagas el huevón, tirártela, volver a ilusionarla.

Al principio, la despojó de toda la inocencia que podía haber en una muchacha de diez y siete años. En un mes agotó todas las dimensiones ortodoxas del sexo natural. Después, comenzó con innovaciones que le diluyeron su barrera de lo permisible. Cuando ella perdió su capacidad de renuencia, empezó a soportar delirios sadomasoquistas, nauseabundas madrugadas con la acidez de improvisados ungüentos y el olor empalagoso de inciensos caseros, para terminar sucumbiendo a violentas y anárquicas sesiones, en donde Carrero le infligiría garfios invisibles de dependencia y sumisión.

¿No se supone que esa chamba la haces ahora tú? – preguntó, esta vez más desconcertado y menos atrevido

- No se supone, la hago. Pero tú sabes perfectamente que tus excesos la arruinaron. Ella piensa que es porque tú fuiste el primero en su vida, o porque agotaste tu imaginación con su inocencia. Pero yo no creo que fuera por nada de eso: simplemente fue porque un día, así como la convenciste, la dejaste.

Ella me contó toda la historia. Cuando recién intentaba acercarme, tenía que pasar por el espantoso calvario de verla llorar de buenas a primeras cuando le rozaba la mano, cuando nos quedábamos solos, cuando le miraba los labios en silencio. Cerraba los ojos y con la cabeza derrotada empezaba a lagrimear por esa historia que llevaba adentro. Fue inevitable que me contara toda la humillación a la que había sucumbido por alguna especie de amor mal entendido hacia Carrero, pues sólo así, ella podría sentir que el demonio del recuerdo estaba siendo enfrentado.

- Tú sabes que no hay nada fuera de lo normal – dijo, ahora sí completamente serio –. Me cansé y terminé la relación. El problema es que es una mocosa y por eso ha quedado así. Pero no entiendo para qué quieres que ahora me la tire ¿A qué viene todo eso de que sigue contaminada conmigo? Si has venido a rendirme algún tipo de cuentas tardías o a joderme…

- No te estoy jodiendo. Estoy hablando en serio. Quiero que la busques y que vuelvan a sus andanzas. Tres mil dólares por la payasada que tienes que hacer. Mil ahorita y el resto al final. Sólo búscala y estoy seguro de que ella va a acceder. Después simplemente espera. En menos de dos meses va a ser ella la que te mande a la mierda. Entonces te pago el saldo y listo.

- Estás loco – me dijo, un poco menos tenso.

- Yo estoy loco y tú necesitado, así que coge nomás la plata y comienza. Tienes que rondarla, convencerla de nuevo, comenzar a tirártela y esperar. A nadie le pagan por eso, así que aprovecha.

Ante su mutismo, dejé el dinero sobre algún residuo de aserrín, sobre esa mesa de tornillo tan podrida como él.

Frente a su familia, en la calle, con sus amigas, en las miles de reuniones a las que íbamos con Adriana, yo sabía que ella se sentía mejor con un empresario como yo, que con el anónimo y mediocre Altamirano, que le sirvió sólo en la contienda física. Carrero era un mecánico que vivía en los quintos infiernos y cuya educación, costumbres y mundo, chocaban con los de Adriana en modos y veces infinitas. Pero algo debía tener, ya que con manos callosas y modales primitivos, la conquistó por completo y logró incluso, que ella postergara todas sus incompatibilidades con tal de tener el disfrute ininterrumpido de su intimidad.

Yo la conocía desde siempre, antes, durante y después de Carrero, pero fue recién cuando esa relación se fue a pique, que comencé a descubrirla y a tenerla para mí.

Adriana no impactaba por su belleza pero sí por su inteligencia. Impresionaba en sus discusiones por la lucidez de sus ideas, enmarcadas en una sonrisa disforzada, residuo pueril de años recientes; pero apagaba todos sus gestos y se inmovilizaba por completo cuando aparecía el tema Carrero. La amistad que tuvimos al principio me permitió conocer los pormenores de esa tortuosa historia. El tema escapaba de su coherencia, la anulaba, la hacía reconocer que era tan humana como cualquiera, y que Carrero, había sido la única tentación ininteligible de su corta vida.

Cuando a veces el trago y la ansiedad de la noche nos dejaban a los pies de su cama, y por fin podía emprender el cauce rítmico y ascendente del placer, de pronto, sin ninguna razón más clara que la que yo podía intuir, liberaba la palma de su mano en el aire y con los gestos menos indispensables, me daba a entender que me detuviera. Perdóname, me decía a veces, otras ni siquiera eso. Se liberaba de mi peso, enterraba la cara en la almohada y yo sabía que ya estaba llorando.

Pero a pesar de todo eso, siempre tuve la convicción de que Adriana no había quedado encadenada a Carrero por toda la historia vivida, sino simplemente por el orgullo natural de haber sido desechada y por la frustración lógica a la que ese tipo de rompimientos lleva. Por eso, si es que el tiempo se pudiera retroceder, y entonces ella lo dejaba a él, todos los demonios morirían. La propuesta hecha a Carrero, por ende, era una manera de enmendar el pasado.

Ella debía acceder porque su pasión todavía la dominaba, pero como sería consciente de lo que ahora arriesgaba, no tendría alternativa a tener que caer en la clandestinidad. Así, jugando a dos manos, en algún momento yo debía hacer un amague de retiro y ella, guiada esta vez por algún instinto racional y consciente de que ahora podía resolver el caso a su manera, debía deshacerse de él.

La primera vez que Carrero la llamó, yo estaba detrás de todo. Me incomodó haber tenido tanta razón en confirmar que Adriana fácilmente aceptó ese encuentro y asumí que al menos en ese primer momento, se limitarían a las paredes de un café tan clandestino como ellos. Pero asumí mal, pues no pasó media hora cuando se pararon y Altamirano la hizo subir a un taxi. Desde el lugar oculto de donde podía verlos, salí desbocado a seguirlos.

Terminé en un hotel en Santa Anita, a muchos kilómetros de ese café, y, medio descompuesto por el impacto, emprendí el regreso hacia mi casa.

Al día siguiente, amanecí con la estúpida curiosidad de querer saber cuánto rato había delirado en ese hotel de mala muerte, y me fui por la mañana, dispuesto a sobornar al recepcionista por información:

- Se apellida Carrero, busque en la lista de anoche.

- Ah, sí – dijo sin buscar mucho – Altamirano Carrero. Estuvo hasta las dos, como cinco horas.

De pronto me siguió otra curiosidad absurda. Quería saber si Adriana se había registrado con otro nombre.

- La señorita Adriana Rosas – me dijo.

Ni siquiera se había preocupado en dar otro apellido la muy pendeja, pensé.

- ¿Por qué, algún problema? – el tipo me regresó a la realidad.

- No, no, solo quería saber con quién había venido Carrero – respondí, tratando de decir cualquier cosa para no parecer sorprendido.

- No se preocupe, maestro – me dijo con una complicidad sumisa que acababa de comprarle con unos dólares- no ha venido con mujer ajena, esa señorita es su pareja, ellos vienen aquí todos los viernes desde hace tiempo.


Monday, October 11, 2010

FERNANDO MOROTE

Nació en Piura, Perú en 1962. Se graduó como abogado en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Federico Villarreal y siguió estudios de literatura en la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Participó en el taller de creación literaria del Museo de Arte de Lima. A principios de la década de los 90 colaboró ocasionalmente en las revistas “Sí”, “Monos y Monadas” y el diario “El Comercio”. En 1994 publicó un libro de poemas titulado “Poesía Metal-Mecánica” y en 2009 la novela “Los quehaceres de un zángano”.

Actualmente vive en New York con su esposa y dos hijos, y está escribiendo su segunda novela.



PODER

-Tenemos que inscribirlo como sea –insiste Nelson.

Le explico las dificultades del caso. El documento no reúne un solo requisito legal. Los registros públicos dejaron de ser hace tiempo lo que fueron en otras épocas. Verdaderas ollas de grillos, festines de coimas para incompetentes. El mundo fácil se acabó con las reformas del nuevo gobierno. Todo es ahora más serio, irracionalmente formal. Los funcionarios y empleados están sometidos a una serie de controles y trabajan bajo mayor vigilancia. Su ética personal y profesional, además, ha sido transformada desde las aulas universitarias. Increíble. Y los que mantienen el espíritu torcido, no se atreven a meter la mano por miedo a perder el sustento. No hay forma.

-Habla con tus amigos –prosigue Nelson- Tal vez puedas convencer a uno de ellos que se haga de la vista gorda.

No existen tales amigos. Aquellos que lo eran, fueron oportunamente despedidos. Y tampoco eran amigos; sólo recursos disponibles.

-¿No conoces a alguien que pueda echarnos una mano? –inquiere Nelson.

Los notarios, por supuesto. Sin duda ellos tienen más influencia que yo. Ellos sí que tienen amigos entre los nuevos registradores, los de la nueva clase con filosofía último modelo.

-El documento no ayuda –dice uno de ellos.

-¿Tienes certificado de vigencia? –pregunta otro.

-¿Puedes conseguirlo? –indaga un tercero.

No lo creo. El poder está extendido en Bahamas. Habría que ir hasta allá para obtenerlo.

-¿Algún contacto? –es la curiosidad de otro notario.

Ninguno que yo conozca. O, mejor dicho, ninguno del que se pueda echar mano. Nadie quiere molestar a nadie. Pero todos quieren el resultado. Y rápido. Porque es urgente. El directorio del banco lo exige.

-Tenemos que inscribir el poder como sea, Fernando –repite Nelson.

Qué puedo hacer.

-Confiamos en ti, Fernando –muy cariñoso Nelson- El asunto está en tus manos.

Mis visitas a los notarios no terminan. Busco por dónde entrarle a la pelota. Veo el arco muy lejos. El balón se desinfla. La única solución es rogar. O hacer trampa.

-Lo siento –dice el consultor del registro público- Un documento como éste va a ser inevitablemente observado por el registrador.

-¿Y si traigo una declaración del directorio del banco?

-No es suficiente. La ley es clara. Se necesita por lo menos un certificado de vigencia o una legalización consular.

Imposible. El poder es lo único que tengo. Irónico asunto. Un poder que no sirve para nada. Un poder inútil, estéril, impotente. Cosas de abogados.

-Ingrésalo de todos modos –dice Nelson- Vamos a ver qué pasa. De repente cae en manos de un registrador comprensivo.

-Eso es lo que espero. Quizás uno de los notarios amigos del banco lo conozca y eso allane el camino.

El documento es ingresado a los registros públicos para su calificación. Cinco días después el resultado es “OBSERVADO”. La esquela dice que se necesita adjuntar un certificado de vigencia para poder inscribirlo. ¿Quién firma? ¿García Márquez? No, pero igual es la crónica de una muerte anunciada.

-¿Puedes hablar con el registrador? –exhorta Nelson- ¿Ofrecerle algo?

Nelson se niega a aceptar la realidad. Es obvio que no quiere ceder a su obsesión ni perder su puesto de gerente legal del banco. Está decidido a complacer al directorio a como dé lugar. Sin mucha esperanza, pido una cita y me entrevisto con el registrador. La expresión en su rostro explica con claridad que estamos ante un caso de metástasis legal.

-Sin el certificado de vigencia, no puedo registrar el poder.

-Pero doctor, es un poder bancario.

-Es un poder como cualquier otro.

-El banco puede recompensar su apoyo.

-¿Qué quiere decir?

-El banco necesita su ayuda.

-Exigiendo los requisitos legales, estoy ayudando al banco. Le estoy evitando muchos problemas en el futuro.

-El banco tiene urgencia de inscribir ese poder, doctor.

-Todos los bancos tienen la misma urgencia. Por eso mismo traen los anexos necesarios. Así inscriben sus poderes en 2 días. Ya sabe que la ley concede cierta preferencia a las instituciones del sistema financiero, precisamente para fomentar el movimiento de la economía.

-Este banco por ahora no está en condiciones de presentar los otros documentos, doctor.

-En ese caso…

-Doctor…

Mi cara de súplica le dice que estoy dispuesto a ofrecerle una considerable suma en retribución por sus servicios.

-Buenos días.

El registrador se levanta, abandona la sala y se pierde tras una puerta de madera con una ventanita en el medio. Desde mi silla sólo alcanzo a ver por el vidrio su cabeza reduciéndose de tamaño hasta desaparecer. Es todo por hoy.

-No tengo buenas noticias –es mi primera frase al entrar a la oficina de Nelson.

-Se nos acaba el tiempo, Fernando.

-Lo único que puedo hacer es pedir su desistimiento y volverlo a presentar. Tal vez llegue a manos de otro registrador.

-¿Y si le llega al mismo?

-Tenemos que arriesgarnos. ¿O podemos conseguir el certificado de vigencia en Bahamas?

-¿No te caería mal un viaje por allá, verdad?

-Gastaríamos un poco más, es cierto, pero nos ahorraríamos un montón de problemas. Vamos sobre seguro y lo inscribimos como por un tubo.

-No estoy autorizado a hacer eso. Necesito ese poder inscrito, ¡ya!

-¿Lo presento de nuevo, entonces?

Nunca voy a entender a ciertos ejecutivos. Muchos se parecen a los choferes de micro cuando se topan con un atolladero en el tráfico. Se desvían de la ruta en su afán de encontrar un atajo y ganar tiempo, pero lo único que consiguen es dar más vueltas y extender el recorrido. No pocas veces se pierden en el camino por hollar terrenos desconocidos. Creen que hacen una gran cosa mientras la verdad es que sólo demuestran su monumental estupidez. Hacerlo simple no es lo mismo que hacerlo fácil. Lo primero denota inteligencia, aunque toma más tiempo, porque implica completar el proceso correcto. En cambio lo segundo reporta un resultado inmediato pero frágil, inconsistente, precario; señala, sin duda, una gigantesca imbecilidad.

Firmo la solicitud para obtener el desistimiento y éste llega en cuestión de 48 horas. De una ventanilla paso a otra. Sobre la marcha vuelvo a presentar el poder para su estudio. Cuatro días después la esquela de observación es la misma; el nombre del registrador, distinto. Una nueva cita para un mismo diálogo y una misma respuesta. Los registradores de hoy en día no son más los antiguos delincuentes obesos, viejos y pelados de cuellos mugrosos y corbatas grasosas que, de frente, preguntaban:

-¿Cuánto puedes pagar?

Si les parecía poco, hacían una contraoferta y por más que uno regateara terminaba aceptando sus términos. Caso contrario, se iba a su casa sin documentos inscritos y, por lo tanto, sin dinero por cobrar. Antes todo era más fácil. Ahora, con estos registradores jóvenes de cuello duro y buen olor, ninguno de esos tratos de antaño es posible. Todo acuerdo está basado en el respeto la ley.

-Tenemos que inscribir ese poder como sea.

La orden de Nelson resuena en mis oídos, en mi cerebro, en mi corazón día tras día, noche tras noche. Sólo vivo para eso. De ese resultado, además, depende que el banco me siga dando trabajo. Por ende, de ese poder depende que siga alimentando a mi familia.

-Confiamos en ti, Fernando.

Es un truco infalible. Lo sé. Alimentar mi ego nunca le ha fallado a nadie. Sólo a mí mismo. Estoy en sus manos. El banco es mi principal –y casi exclusivo- cliente, y los trabajos que me encarga constituyen el 90% de mis ingresos mensuales. No puedo darme el lujo de defraudarlo. Si hago este gol, puedo jugar el resto de la temporada sin ningún apremio económico. Y quizás conseguir nuevos contratos. Entonces reviso mi agenda. Conservo diversos números telefónicos. Por el lado formal las gestiones están agotadas. Necesito conseguir algo un poco más oscuro, sin llegar a ser del todo promiscuo. Encuentro que mi agenda también ha cambiado. En la lista no figuran ya nombres del otrora bajo mundo registral. Lamentablemente sólo sobreviven peleles y don nadies sin mayores influencias, apenas elementos que pueden ser útiles en asuntos menores. Paso página tras página. Muchos nombres y números han sido tachados con lapiceros de diferentes colores. Algunos se mantienen encerrados en círculos, como para resaltar que aún pueden servir en determinada ocasión. Mi letra es irregular, nerviosa, apurada.

-¿Qué será de su vida? -me pregunto.

Varios nombres no me dicen ya nada, sólo conservo un vago recuerdo de la persona que lo llevaba. A veces ni me acuerdo en qué me ayudó, o si de hecho me ayudó en algo. De improviso, oculto en medio de enérgicos borrones, surge un rasgo inesperado.

-Sipán.

El hombre lleva el mismo nombre que el ilustre guerrero moche. Pero es en verdad su apellido. Por poco se queda enano. Nunca le pregunté cuál fue el motivo de su contrahechez. Era demasiado embarazoso averiguar algo así. Y nunca tuve suficiente confianza como para investigar esa parte de su pasado. Lo conocí cuando era empleado de los registros públicos en las mazmorras del Palacio de Justicia. En aquella época yo era apenas un tramitador novato y él atendía la mesa de partes. Pronto reconocí que era muy popular entre los empleados de las notarías, más conocidos como presentantes de títulos. Sipán andaba siempre risueño, a pesar de su notoria tullidez y excesiva carga de trabajo. Salía a tomar café con los usuarios, incluyendo abogados de importantes estudios jurídicos. Gozaba de extrema popularidad. Se saludaba y codeaba con la aristocracia del foro limeño. Tenía un brazo más chico que otro (o más largo, dependiendo del ángulo que uno lo mirase), semi-paralizado además, rengueaba al caminar y era casi del tamaño de un niño de 12 años, su cabeza plana como un televisor. Sin embargo iba siempre muy bien vestido y perfumado. Relaciones públicas no le faltaban. Pero, a causa de la reforma legal impuesta por el nuevo gobierno, perdió su puesto –no calificó en el examen para conservarlo- y quedó fuera de los insignes registros públicos. Pero no se desligó. Debido a su experiencia y dotes de comunicador social, consiguió empleo en una notaría. Presentaba títulos, absolvía observaciones y obtenía inscripciones. Muy eficaz. Lleno de contactos por todos lados.

Éste era el hombre que estaba buscando. Lo que me dijo en nuestra primera conversación para explicarle la situación no fue muy diferente a lo expresado por notarios y registradores. Se necesitaba el famoso certificado de vigencia.

-Sipán, no podemos esperar. Además no hay forma de conseguirlo, ya te lo he dicho. El banco quiere el poder inscrito, pero no está dispuesto a mover un dedo para conseguir un documento extra. Esta escritura pública es todo lo que tenemos. Y con esto tenemos que inscribir el poder.

-Honestamente no creo que nadie adentro se quiera arriesgar por un caso perdido como éste.

-¿No conoces a nadie en la sección de mandatos con quien puedas hablar y ofrecerle de frente un estímulo?

-Ya no quedan de ésos, tú lo sabes bien.

-Estoy seguro de que tú lo puedes conseguir. Hasta los registradores más jóvenes te conocen. Muchos de ellos son tus amigos, ¿no es cierto?

-Sí, pero no estoy seguro que quieran hacer algo como esto.

-Sólo inténtalo. Habla con algunos de ellos y ve qué puedes lograr.

Sipán se quedó con la hoja de presentación. Quedamos en reunirnos de nuevo en un par de días.

-¿Alguna novedad?

-Conozco al registrador. Me dijo que es la segunda vez que presentan ese poder.

-Es cierto. ¿Y qué dice? ¿Lo va a inscribir?

-Sí.

-¿Cuánto quiere?

-Dos mil dólares.

-¿Para cuándo lo tiene inscrito?

-Al día siguiente que le paguemos.

-¿Estás seguro?

-Seguro.

-¿Y tú cuánto me vas a cobrar?

-Después arreglamos eso. Cuando tenga el poder inscrito te digo.

-No me vayas a cobrar muy caro. Mira lo que le vamos a pagar al registrador.

-Tranquilo.

-Entonces, ¿te quedas con la hoja de presentación?

-Te la devuelvo con el poder inscrito.

Nelson no podía creerlo. No era poca plata, pero en todo caso valía la pena entregar una suma como ésa para anotarse tremendo punto con la directiva del banco. Especialmente en estas circunstancias, que la junta de accionistas en reunión extraordinaria decidió recientemente cambiar la razón social de “Banco de los Pobres” a “Banco Señor de los Milagros” con la esperanza de que el Cristo Morado los salvara de la ruina en una época tan incierta para la economía del país. Firmó un vale inventando un concepto cualquiera y ordenó que me desembolsaran el dinero. Esa misma tarde me reuní otra vez con Sipán. Dos días más tarde el poder debía estar inscrito. La verificación que hice por internet decía lo contrario. Había salido una nueva observación. “SE HA DETECTADO EL INGRESO DE UN DOCUMENTO FRAUDULENTO”.

¿Fraudulento? ¿Qué cosa? ¿Cómo? ¡Sipán! El celular se viene abajo y Sipán no aparece ni por casualidad. Necesito una explicación antes de ir donde Nelson con la noticia. No estás en aguas mansas, Fernando. Éste no es un lugar seguro, mi querido amigo. Busco a Sipán en el mismo escenario de los hechos. Nadie lo ha visto. Totalmente desconocido su paradero. Sigue sin contestar el celular. Empieza una obra de misterio, una intriga que me mantiene atado a la silla. ¿Qué has hecho, Sipán? Sospecho lo peor. Y lo peor es que acierto.

-Pensé que no se iban a dar cuenta –es la estúpida justificación del antepasado del rey moche.

Nelson es tajante.

-Tienes que recuperar el dinero.

Sipán vuelve a desaparecer. Leo mejor, con más calma, la nueva esquela de observación. “EL CERTIFICADO DE VIGENCIA ADJUNTO PRESENTA CLAROS SIGNOS DE FALSIFICACIÓN. EL PROCESO DE CALIFICACIÓN DEL PRESENTE TÍTULO QUEDA SUSPENDIDO HASTA QUE LA OFICINA DE INSPECTORÍA RESUELVA LA INVESTIGACIÓN”. Nelson suelta la pelota y me la tira con todo.

-Tú nos metiste en esto. Tú nos tienes que sacar ahora.

Me conmueve la fidelidad de los amigos. Especialmente cuando son abogados. ¿No fue él quien estuvo insistiendo todo el tiempo con que se inscribiera el poder a como diera lugar? No hay justificación que valga. No escondo mi responsabilidad de contactar a la persona equivocada. De hecho mi error fue de origen. Nunca debí aceptar un encargo de esa naturaleza. Fue muy estúpido de mi parte. ¿Cuándo voy a aprender que soy una estrella sólo si logro los resultados que ellos esperan y si fallo soy culpable de todo? Si yo acepto mi parte de responsabilidad, al menos espero que Nelson haga lo mismo. Pero esta reacción suya me demostró exactamente el tipo de persona que es.

-Maricón.

Muy estudioso, dedicado a su trabajo, casado con una linda mujer y padre de una preciosa niña, profesor en 2 universidades, miembro del directorio de otras empresas, master en esto, diplomado en lo otro, especializado en aquello, con estudios de post-grado aquí, premios y reconocimientos allá, un lujoso auto, un bello departamento y muchos viajes al Caribe, pero a la hora de la verdad, cuando las papas queman, queda todo sintetizado en una palabra:

-Maricón.

La pelota está en mi cancha. Una solución acorde con la situación es amenazar. Sipán, en un momento de descuido y aparición inevitable por los salones de los registros públicos, es puesto contra las cuerdas.

-Necesito que me consigas el dinero de vuelta. Si no, el banco te va a tirar toda la mierda encima.

Sipán no tiene ninguna posibilidad de saber que todo es mentira. Pero por la forma como hablo se lo traga íntegro.

-Ya sabes la cantidad de abogados penalistas que asesoran al banco y el poder que éste tiene –refuerzo la idea para asegurarme de que Sipán empiece a orinarse los pantalones-. No creo que puedas esconderte mucho tiempo antes de que la policía te encuentre. Te conviene más que me devuelvas el dinero.

Sipán no es ningún idiota. Comete errores idiotas, nadie lo puede negar después de esto, pero no es un idiota por sí mismo. En una semana, a través de una entrega en cuatro armadas, me trajo de regreso los dos mil dólares completitos.

Lo cual resuelve el problema del dinero. Pero mantiene el poder sin inscribir. Nelson me echa la culpa del fracaso. Por un lado se siente aliviado de que haya podido recuperar el billete. Pero por otro se siente decepcionado de que yo no haya logrado el objetivo. Ni me habla. Me mira enojado. Empieza a buscar otra manera de obtener lo que necesita. Consigue otra persona. Yo me voy. No aguanto trabajar con gente así. Esta experiencia es la gota que rebalsa el vaso. Es un asco. Pura apariencia. Todo falso. Renuncio. Vendo mi departamento y vivo un tiempo con el producto de la venta. El asunto parece olvidado. No me interesa saber si lo terminaron o no. Si consiguieron inscribir el poder. Y qué métodos utilizaron. Estoy fuera.

Tiempo después me llega una citación del poder judicial. Estoy involucrado en un delito contra la fe pública. Falsificación de documentos, para ser más exactos. Mi nombre aparece en el encabezado de la hoja de presentación del título. No hay forma de negarlo. La misma citación llega al representante legal del banco.

-Tienes que ayudarnos –dice Nelson- El banco no puede verse envuelto en un asunto de este tipo. Si la Superintendencia de Bancos se entera, se crea un escándalo de la puta madre y todos tendremos que irnos a nuestra casa. Quizás alguien pueda terminar preso.

-Qué quieres que haga.

-Sólo no digas que el banco intentó inscribir el poder por otros medios que no fueran los legales.

-Qué digo entonces.

-Que alguien intervino sin tu consentimiento y te timó.

-No tiene sentido decir algo como eso.

-No te preocupes. Te pondremos un abogado que enredará las cosas de tal modo, hasta lograr que remitan el expediente al archivo.

-Como tú digas.

Nelson, a quien conozco desde que era un practicante del departamento legal y me caía tan simpático por ser educado y atento, se había convertido ahora en una apestosa rata más del desagüe. Ya no me importa lo que diga o lo que haga. Es un farsante. Maricón, es la palabra correcta. Sólo quiero salir y olvidarme de esto para siempre.

-Es mi oportunidad -me digo.

Es mi única y maravillosa oportunidad para hacer algo bueno a favor de la honestidad y la lealtad. Cuando el juez me llama a declaración dejo que la voz de mi conciencia hable sin restricciones:

-Fue él quien me dio la orden de inscribir ese poder a como diera lugar. Sin importar los medios y lo que costara. Yo cometí el error de contactar a una persona de dudosa reputación, es verdad. Pero no le di ninguna indicación de falsificar documento alguno. Acepto y asumo mi parte de responsabilidad en el asunto. Pero no soy el único que la tiene.

El juez pidió nombres y se los di. Buscaron a Sipán y lo detuvieron. Buscaron a Nelson y no lo encontraron. Lo siguieron y persiguieron. Me amenazó un par de veces por teléfono y correo electrónico. Le dije que actuara como hombre. Me mandó a la mierda. Prometió acorralarme y meterme preso valiéndose de sus influencias. Las autoridades tardaron un poco en dar con él, pero finalmente lo encontraron. Estaba dando su informe mensual al directorio cuando los oficiales encubiertos interrumpieron la sesión. El escándalo fue inevitable. La foto de un compungido Nelson salió en los periódicos, su voz hipócrita exponiendo plausibles pero falsos argumentos se escuchó en la radio y su imagen con las manos esposadas atrás de la espalda circuló en la televisión a nivel nacional. El banco fue clausurado por orden de la superintendencia. Todos nos quedamos sin trabajo. Sipán pasó también una temporada a la sombra. Yo tuve que pagar una buena multa. Pero me queda la satisfacción de haber dado lo que se merecía a un auténtico maricón.

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Saturday, September 04, 2010

Alejandro Neyra

Tuve el agrado de conocer a Alejandro Neyra gracias a la mediación de un amigo mutuo, Jorge Eduardo Benavides. Al día siguiente, después de haber leído algunos cuentos de Alejandro, entendí que estaba ante un importante escritor peruano de estos tiempos y que era imprescindible incluir uno de sus cuentos en esta antología que se va armando de a poquitos.

Alejandro Neyra lleva su vida entre su carrera diplomática y la literatura. Es bachiller en Derecho por la Pontificia Universidad Católica del Perú y Maestría en Diplomacia por la Academia Diplomática del Perú. Se desempeñó como delegado en la Representación Permanente del Perú ante los organismos internacionales con sede en Ginebra y ahora trabaja en el Gabinete del Ministro de Relaciones Exteriores.

Mientras, en el otro lado de su vida, como me explica. es bachiller en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Autor de los libros de cuentos “Peruanos Ilustres” (Solar, 2005), “Peruvians do it better” (Sarita Cartonera, 2007) y “Peruanas Ilustres” (Solar, 2009) así como de diversos artículos literarios y cuentos publicados en revistas especializadas. Actualmente prepara otro libro de cuentos: “Desastres naturales”.


CENICIENTA


Recoge sobre todo plásticos, papeles, pedazos y piezas de lo que sea. Y Hyde Park es un parque inmenso. A veces incluso come algunas sobras que encuentra entre el pasto y los arbustos y lo que alguna gente le deja al pasar, pensando que es una indigente. Caza a veces las pequeñas ardillas que se alejan de alguno de los cuatro mil árboles del parque. No las come. Solo las atrapa y juega con ellas, las alimenta, las abraza y las devuelve a sus ramas favoritas. Y bueno, no siempre está en Hyde Park. Hay tantos parques y la ciudad es tan grande.

Síganla por Londres y se darán cuenta de que está sola. No es como aquellos vagabundos que se reconocen y duermen juntos, se abrazan y se refocilan en los lugares más inmundos. Por el contrario, todo en ella es prístino.

Regresa muy tarde a una casa en Chelsea. Sube las escaleras. Y apenas abre la puerta, sea la hora que sea, se verá que del interior brota una luz tenue pero límpida. Un halo de pulcritud y un olor a limpieza, que hace pensar en una casa llena de muebles relucientes y suelos pulidos. Y es cierto. Puede que en este momento no haya casa más limpia en Londres. Puede que no la haya en todo el mundo.

El recorrido de la distancia que separa la casa en la que se encuentra Gumersinda y Amantaní, su isla, es de exactamente treinta y nueve horas. Veinte minutos a pie desde la casa hasta la estación de Paddington, y luego quince desde allí al aeropuerto de Heathrow. Dos horas de espera debido a las nuevas restricciones y controles de seguridad aérea antes de partir. Vuelo directo a Madrid –pues será siempre mejor viajar en una línea aérea en la que hablen español– que dura una hora y veinte minutos. Allí, espera tres horas antes de volar para Lima por once horas y cuarenta minutos (con las escalas y esperas es lo mismo que viajar por Ámsterdam o Nueva York, sus otras alternativas). Cuando sale del aeropuerto Jorge Chávez no puede partir sino en el primer vuelo del día siguiente, así que pernocta en Lima –más precisamente en Cieneguilla, en casa de su hermano, quien llegó a Lima mucho después que ella–. Tres horas de ida y tres de vuelta hasta Cieneguilla le permitirían descansar únicamente cuatro horas, pero en ese tiempo no podrá dormir pues su hermano le invitará una cerveza, choclo con queso, lawita de chuño, habas, chicharrón de cuy al estilo amantaní, y la ametralla con preguntas sobre Inglaterra. En realidad son medias preguntas que obtienen medias respuestas, pues Gumersinda sabe poco de Nolberto Solano, y sí, vive en Chelsea, pero no sabe nada de un equipo de fútbol con ese nombre ni conoce a ningún Pizarro. Gumersinda toma el vuelo de las seis de la mañana y pone sus pies en Juliaca alrededor de las ocho. Espera unos minutos en los que pelea para conseguir un buen espacio en el taxi que por diez soles la llevará a Capachica (San Salvador de). Allí encontrará la lancha para la isla, a la cual llegará alrededor de las once de la mañana. Pero sus familiares (especialmente sus hermanas) no la dejarán descansar por un buen rato. Luego de casi dos días y veinte horas de vuelo con diversas interrupciones, Gumersinda dormirá, esta vez no en una hermosa cama estilo victoriano sino en un colchón relleno de paja.

Bueno, en realidad esto es lo que sucedería en caso de que Gumersinda volviera. Pero esto no sucede desde 1968. Ahora Gumersinda tiene una tarea demasiado importante por hacer.

-¿Has leído Idiota del Apocalipsis? –me preguntó a quemarropa Natalia, apenas nos sentamos.

Es común que ella me haga ese tipo de preguntas, para mostrarme que su panorama intelectual es más amplio que mi pobre, triste, rígida y limitada visión de ingeniero sobre las cosas. Su objetivo es recordarme que ella sabe más, mucho más que yo, y que su mundo es más rico. Y a mí, la verdad, no me importa como sí lo hace verla a ella rica, panorámicamente inteligente y hermosa, escucharla contarme por horas acerca de sus nuevas investigaciones literarias mientras yo babeo mentalmente pensando en lo lindo que sería besarla, acariciarla, despertar junto a ella en un departamento construido por mí.

Ahora, por estar distraído, para variar, no había entendido qué quería preguntarme. ¿Me había preguntado por el Apocalipsis? ¿O por un idiota? Siempre lo mismo, siempre perdido en mis ensoñaciones. Mi ex tenía razón. Soy un romántico absurdo, un ser de otra época, alguien que se enamora de una sensación y de una misma historia mental. Según ella me enamoro como suele hacerlo una chiquilla. Ese es mi lado femenino. Debe serlo Después de todo, me decía mi ex (psicóloga) soy un hombre vaginal. Un hombre que sabe escuchar…

-¿Me escuchaste? Oye, ¿me escuchaste? Estás en la luna, para variar…

-¿Ah? No, sorry. El Idiota. ¿De quién? De Tolstoi, ¿no?

-Ayayay. No, no. El Idiota del Apocalipsis. Es un poemario de Guillermo Chirinos Cúneo.

-¿Quién?

-Guillermo Chirinos Cúneo. Es un poeta extraño. Un poeta chalaco de la década de los sesenta. Publicó solo un poemario…

-Idiota del Apocalipsis.

-Ese. ¿Lo conoces?

-No, no me suena. ¿Pero yo por qué tendría que saber de él? ¿Por lo chalaco?

-Pues sí, claro. Resulta que vivía por tu casa. En San José.

-¿En San José?

San José, mi barrio. Por donde salía a pasear en bicicleta de niño. Frontera entre Lima y el Callao de verdad, barrio clasemediero incapaz de decidir, como sus habitantes, si era más Lima o Callao, más urbe tensa o puerto audaz. Yo crecí ahí, sí, con vergüenza de decir que habitaba en ese barrio que pertenecía, por esos caprichos de las ciudades, al puerto, estando más cerca del centro de la ciudad que del mar. Yo vivía ahí. ¿Pero ese barrio podía hacer que surgiera un poeta? ¿Un poeta de verdad?

-Sí. Un poeta en San José. En eso pensabas, ¿no? ¿Qué crees, que un poeta tiene que nacer en cuna de oro? ¿O morir en la miseria? ¿O vivir en París, Londres o Nueva York? ¿O qué?

-No, no. Si no que…bueno, sí. Me parece raro. ¿Y sabes dónde exactamente?

-Bueno, tengo una dirección, sí. Debe ser cerca de tu casa…

Gumersinda no limpia. Asear, sacar la mugre, eso lo puede hacer casi cualquiera. Gumersinda tampoco deja las cosas como nuevas: para eso están los detergentes y los líquidos lavavajillas de las propagandas. Ella deja todo verdaderamente inmaculado, intacto, recién creado. Eso no lo hace cualquiera. Y eso era lo que la hacía diferente. Eso lo que le permitió quedarse en Londres cuando no hablaba inglés. En cierto modo fue también lo que la obligó a partir después de haber estado con la familia de Guillermo.

El viaje de Amantaní a Lima fue real. Su hermana fue la primera en llegar a la capital y gracias a una prima se colocó con una familia de la recién creada urbanización San José, Bellavista, Callao. En aquel lugar vivían ya algunas familias provincianas, llegadas años atrás con mucho esfuerzo. Pero también había familias que debieron salir del centro de Lima y sin embargo no tenían dinero para comprar casas en Miraflores o San Isidro, donde se estaba yendo toda la gente bien de aquellos años. Ir al Callao era autocondenarse al ostracismo. Lo mismo le sucedía a la gente que tenía casas en La Punta, reducto de una oligarquía chalaca en vías de extinción que deseaba salir de ese antiguo balneario en desuso, pero que no tenía plata para salir del puerto y que a lo suma llegaba a establecerse en esa nueva urbanización, en las que residían los verdaderos sin tierra y sin historia.

No había quedado otra posibilidad para una viuda reciente que no tenía nada más que un hijo adolescente que escribía poemas y que no parecía querer una profesión decente, como la gente. A esa familia de madre viuda e hijo poeta llegó Gumersinda, gracias a la recomendación de una prima: fines de 1967.

Limpiaba todo en esa casa grande y vacía, sobre todo el jardín inmenso y triste, y el cuarto del joven, siempre desordenado y mugroso.

Gumersinda dejaba todo nuevo. Era un don, una de esas maravillas inexplicables. Aun en el cuarto del joven, que se empecinaba por sumar artículos extraños y escribir en cuadernos que nadie podía ver. Ella no entendía nada pero él sí. Él se dio cuenta de que aquella mujercita de piel oscura, su muchacha (¡qué lujo de propiedad privada!) tenía el don de crear, de inventar. Como el poeta primero, aquel que hizo el mundo con un verbo, o quizá con un poema. Ella hacia lo que él no podía por más que garabateara papeles y rasguñara libros y se empecinara en escuchar la voz del creador. El no podía. Ella sí.

Estábamos en el parque de mi casa. Tenía que ser una señal. Un guiño del destino. Natalia y yo sentados en la banca, en silencio. Ella pensando en aquel poeta y yo apenas observándola hermosa en su duda, en su silencio.

-Curioso que aquel poeta haya vivido ahí, frente a tu casa y tú ni cuenta.

-¿Ah?

-Que qué raro que Guillermo Chirinos haya vivido aquí, en tu mismo parque, y tú no te hayas enterado.

-Bueno, ya te dije. Si es ese viejo loco que se sentaba a fumar en esta misma banca, de hecho sí lo conocí. Bueno, no lo conocí, pero sí lo vi. A mí no me dejaban salir mucho de mi casa y tenía que montar bicicleta alrededor del parque, nunca mucho más lejos. En las tardes, antes que me tocara regresar a casa, él venía a sentarse acá. Mi mamá decía que no me acercara, que era un fumón. A mí me parecía simplemente que estaba un poco loco.

-Un incomprendido, otro poeta incomprendido.

-No sé si incomprendido. Parecía loco, ya te dije. Claro, si era él…

-Sí, era. Coincide con tu descripción. Poco antes de morir, en 1997, un par de poetas le hicieron una entrevista que no salió publicada.

No salió publicada pero lo sabe. Lo sabe todo. Ella lo sabe todo. La vida de los mejores escritores, de los novelistas famosos, de los incomprendidos bohemios, de los poetas jipis. Yo solo sé un poco de resistencia de materiales, cuánto se necesita para que no se caiga una casa, para que si hubiera un terremoto un edificio se mantenga en pie y no colapse. Ella, hermosa, inteligente. Yo lleno de números en la cabeza. Yo como un ensayo aburrido; ella, un poema.

-…poema.

-¿Ah?

-¿Me escuchaste? Nunca me escuchas.

-No, sí. Sí. Pero no sé. ¿Un poema?

-No me escuchaste, idiota del Apocalipsis.

-Sí, el poemario.

-No, idiota del Apocalipsis eres tú, pavo… dijo ella, riendo a carcajadas. Burlándose de mí, pero tan hermosa y con tanta confianza que me hacía feliz. Allí, en mi parque, los dos riendo. Sentados en la banca del poeta.

Ella le gustaba por eso. Porque podía hacer lo que él no. Crear. Así se enamoraron. Ella atraída por aquel jovencito extraño, tan blanco y diferente, que casi nunca salía de su cuarto. Él porque sabía que ella era la verdadera poeta. Entre 1966 y 1967 él escribió – gracias a Gumersinda, sin duda– aquellos ocho poemas: “Rojo en la ciudad”, “Muñecos”, “Gatos nocturnos”, “Otoño”, “El sismo”, “El derrumbe”, “Cenicienta”, e “Idiota del Apocalipsis”. Desde que estuvo en su casa, desde que ambos se amaron con la simpleza del desconocimiento, Guillermo pudo escribir. Crear como ella. Y sin embargo él escribió “Cenicienta” porque pensaba que después de todo la había poseído aprovechándose de su ingenuidad de muchacha provinciana.

-¿Cenicienta?

-Tú fuiste la sirvienta de mi casa / Tenías un cuarto de terrazas y escaleras/ Y tus pechos derrumbados por mis ojos, / cayeron a mis ojos, derrumbados:/ Una cascada desflorada: / Ano y sangre, Cenicienta –recitó de memoria Natalia.

-Pucha, un poco fuerte. O sea que este pata escribió el poema luego de violar a su empleada… y encima le puso “Cenicienta”… eso pasó, ¿verdad?

-No sé.

-Un ratito. Tú sabes todo, Natalia. Este pata abusó de su muchacha y luego le dedicó un poema. Era un maldito…

-Eso suena horrible.

-Disculpa… pero el poema dice cosas peores.

-No sé. Es poesía. Pero sí, en todo caso es curioso lo que dijiste. Muchos consideran a Chirinos como un poeta maldito. Pero no se puede decir nada de la poesía…

-¿Poesía? Es que suena demasiado real. No entiendo cómo alguien puede escribir poesía luego de violar a su empleada. Está mal, ¿no?

-La poesía no está ni bien ni mal. La poesía es.

-¿Es? Es una cochinada si es así. O sea que yo te puedo violar ahora, pero si luego lo escribo y suena a poesía ¿está bien?

-No sé. No. No creo. La poesía viene de las entrañas.

-Y va a las entrañas si te violo también, Natalia. Sorry. Pero si este pata violó a la empleada era, te guste o no, un salvaje. Un imbécil.

-No creo que la haya violado.

-El poema parece un poco real, ¿no?

-Sí, es cierto. Pero no es realidad. La poesía simplemente es. La literatura simplemente es. No puede juzgarse como cualquier hecho de la realidad. Además, tú nunca me violarías.

-Nunca se sabe, Natalia. Nunca se sabe.

Ella se queda en silencio, hermosa. Jamás te violaría, Natalia. Lo siento. Jamás. Nadie que ame de verdad puede violar a alguien. No. No se puede.

Eres mi Cenicienta le decía el poeta. Y le recitaba cosas que ella no entendía. Gumersinda apenas entendía el español. Pero le gustaba dormir con el joven. Le gustaba porque después de acostarse él le hablaba, y aunque ella no entendiese nada, sabía que eran cosas hermosas. Sabía que él la quería. Entendía esa palabra

Él le decía cosas y le gustaba verla sonreír. Apenas si hablaba. Las palabras apenas le salían, pero él sentía que cada una era posible gracias a ella. A esa mujer. Poma, fámula, apio, ámbar, nalgas de ceniza. Ella era quien daba vida a las palabras. Ella era su verbo y su poesía. Y él nada más que un estúpido lector del fin del mundo, un idiota del Apocalipsis.

Esa banca en la que estábamos Natalia y yo, la banca del poeta, sería nuestra banca. Ella se quedó pensando luego de aquella larga conversación y se dejó abrazar, acariciar. Dejó que le diera un beso en la frente, otro en la nariz, más en sus ojos, en su cuello, en su boca. Había quedado desarmada. Ella siempre tan segura de sí, dejaba que yo hiciera lo que quisiera. Besándola fui acariciando sus senos pequeños y firmes, sus muslos estrechos bajo los jeans raídos. Natalia simplemente me dejaba. Y cuando yo ya no sabía qué más hacer, inexperto enamorado sin armas reales para atacar salvo aquel bulto inocultable en el pantalón, me detuvo.

-What a wicked game I play.

-What?! –dije, despertando apenas de mis arrebatos. Nos conocimos en las clases de inglés y era normal que a veces me interrumpiera con alguna frase gringota. Pero esta vez era distinto.

-Sorry, Chicho. No podemos seguir así. Disculpa. Pensé que podría sentir lo que sintió la Cenicienta. Pero no quiero que me violes…

-¡¿Violarte?! Yo jamás te violaría, Natalia. Jamás.

-¿Por qué no?

-Porque estoy enamorado. Es claro, ¿no? Te quiero. Más que a nadie. No sé qué pasó. Era como si…

-Como si quisieras violarme.

-No, no.

-Admítelo.

-Bueno, la verdad no sé… ¿Hiciste eso solo para demostrarme que la violación de tu poeta no fue violación?

-Casi. La verdad no sé bien. Pensé que podría sentir algo… Sorry, Chicho. No quería que esto pasara.

-¿¡No querías que esto pasara?! ¿¡No querías que me enamorara de ti?! ¡Estás loca!

-Puede ser, sí. Bueno, sorry de nuevo. Me tengo que ir…nos vemos en clase mañana.

Se fue caminando deprisa hacia su carro, estacionado apenas a unos metros de nuestra banca. Eran casi las once. Habíamos estado toda la noche ahí. Y del Callao hasta su hermoso barrio era más de una hora manejando. En otra ocasión me hubiera parado, la hubiera seguido y me hubiera ido con ella para después regresar en combi solo, luego de permanecer conversando una hora frente a su casa. Hubiera demorado más de dos entre que caminaba al paradero más cercano, esperaba una Custer que me llevara el centro de Lima, y luego tomaba mi combi Lima-La Punta, cuidando que no me robaran en la esquina de Tacna y Colmena, hasta llegar finalmente a mi casa. Pero esta vez no me moví. Era como si estuviera pegado a la banca. Y sin embargo, después de un instante, de verla partir, me di cuenta de que era cierto. El suyo era un juego malicioso. Y yo un imbécil que seguía enamorado. Esta vez al menos la había besado, que era lo que había soñado todos los días, despierto y dormido, por más de un año. Y nadie me quitaría lo bailado.

Cenicienta tuvo que irse cuando la madre de Guillermo se dio cuenta de que su hijo estaba enamorado. No hubiera pasado nada si simplemente hubiera abusado de o acostado con ella. Pero Guillermo se había enamorado. Estaba loco por ella. Y lo peor era que en cierto modo lo entendía. Gumersinda no era hermosa, pero hacía bien lo que se le pedía, era simple, silenciosa y delicada. Pero no. No podía permitir que Guillermo siguiera así. Ya era suficiente con que se dedicara a la poesía y no tuviera un oficio fijo. O quizá sí. Quizá ella lo pudiera cambiar. ¿Pero no podía conseguir alguien mejor? ¿Tenía que ser una cholita de una isla perdida del Titicaca?

Gumersinda tuvo que coger sus bártulos e irse una madrugada. Y se fue silenciosa, sin despedirse de Guillermo. Se fue caminando sin rumbo conocido hacia el único lugar que conocía. Se fue hacia el centro de Lima.

¿Por qué la seguía queriendo si había jugado conmigo? ¿Si sus besos no eran más que una broma para ponerme a prueba y comprobar su teoría sobre la violación? No lo entendía. A lo mejor era mi estrechez de mente. O mi falta de experiencia. Yo imaginaba que con Natalia había comenzado a poner los cimientos de una futura relación. Había ya estructuras y un poco de cemento, las columnas iban creciendo, y cuando nos besamos (siguiendo con las metáforas – yo también puedo), pensé que era el tiempo de comenzar el vaciado. De llenar los techos y colocar el hormigón, armado como estaba. Y de repente, cuando parecía completo el andamiaje, todo se derrumbó. Dentro de mí, sin embargo, seguían las ganas de verla en las clases, donde su pelo rubio y su olor me distraían siempre. Continué sentándome a su lado para compartir cada ejercicio de inglés, para que me siguiera humillando con su excelente pronunciación, su sonrisa sarcástica cada vez que cometía un error estúpido. Vivía sin dignidad.

Salvo nuestro contacto en el inglés, estuve varios días sin llamarla. No sabía qué decirle, ni tampoco cómo convencerla de vernos a solas nuevamente. Tenía que averiguar algo más del enigmático poeta. Comencé a preguntarle a mi familia y a mis vecinos, y decidí finalmente ir a su casa, hablar con la viejita que vivía ahí, la madre del idiota apocalíptico. Era efectivamente ella.

Apenas le pregunté por Guillermo, su hijo, el poeta, sus ojos se abrieron y sin decir palabra me hizo pasar. Conversamos en una sala grande, ocupada apenas por un
sillón desvencijado y un banquito de madera en el que me senté. El otro mueble era una radiola inmensa y antiquísima en la que se escuchaba una estación de esas que pasan canciones románticas de otras épocas. Ahí la madre del poeta me contó parte de la historia, aquel pretexto que me faltaba para llamar a Natalia e invitarla de nuevo a sentarse conmigo en la banca del parque, nuestra banca.

La vieja recordaba perfectamente a Gumersinda.

-Bueno. Sabes que es un rito de iniciación casi admitido en nuestra sociedad. El derecho del señor sobre su sierva. Un derecho de pernada velado, trasladado al siglo XXI; bueno, al siglo XX en el caso del poeta.

-¿Perdón? No puedo creer que me digas eso.

-Pero ¿me entiendes?

-Por supuesto que te entiendo. Entiendo toda tu teorización sobre el derecho de pernada moderno. Lo que no entiendo es otra cosa: que tú, tú que siempre dices que no hay que confundir al autor real con la voz poética o algo así, ahora aceptes que el poeta puede haber escrito esto luego de haber violado a Gumersinda.

-Bueno, sí. Uno no puede…no, no debe confundir a la persona de carne y hueso con el autor de una obra. Pero en este caso si lo que te dijo la vieja esa es cierto...

-Lo que dijo la vieja es otra cosa. Ella cree que estaban enamorados. Y por eso echó de la casa a la chica.

-Lo cual, además, es normal.

-¿Normal?

-Bueno, imagino que tendría miedo de que la cholita tuviera un hijo, o sea, un nieto de ella, ¿no?

-¿Y eso te parece normal?

-Normalazo. Alucina que a mí me embarace el chofer de mi viejo.

-Te botarían de la jato.

-Bueno, nunca pasaría. Pero los hombres son más débiles con la carne, ¿no?

Sabía que esto me lo decía por lo que pasó la última vez. Poco a poco la conversación fue invadida por un sentimiento muy distinto al amor que sentía hasta entonces por ella. No podría decir que de repente la odiara, tampoco. Pero sus palabras, sus justificaciones eran para mí inaceptables. «Tener un hijo de la chola», «derecho de pernada moderno». Aquella teorización ocultaba algo que me parecía despreciable.

Caminó sin destino. Era muy temprano y cuando se acercó al centro le extrañó escuchar esos ruidos atronadores. La tierra misma temblaba. Siguió caminando hacia la Plaza de Armas. Pensaba llegar y sentarse en una de las bancas para descansar los pies. Pero no iba a llegar. Los tanques seguían acercándose (habían estado arribando durante toda la madrugada). Ella no sabía quién era el general Velasco ni se hubiera imaginado que sería el nuevo presidente. Era el 3 de octubre.

Un soldado la vio, bajó de uno de los tanques que iba a la Plaza de Armas e intentó forzarla ahí mismo. La arrinconó contra una de las columnas de la iglesia de La Merced y empezó a jalonearla. Sus gritos llamaron la atención de un auto que pasaba. Un hombre rubio e inmenso bajó se bajó para acercarse por la espalda al soldadito. Apenas si lo empujó y le dijo que era el Embajador del Reino Unido en el Perú. Aquella chica era su muchacha y cualquier cosa que hiciera generaría un incidente diplomático. El soldado no atinó a nada más que acomodarse los pantalones que había empezado a bajarse y cuadrarse frente a ese gringo inmenso al que a duras penas entendió, pero que estaba vestido como un general, y debía serlo seguramente. Musitó unas disculpas y los escoltó hasta el auto, donde aguardaban una mujer rubia y muy gorda y dos niñas de unos tres años, blancas como nunca antes había visto.

El auto arrancó de inmediato. El Embajador White iba camino al aeropuerto para salir en el primer vuelo de Braniff rumbo a los Estados Unidos, destino final Londres. Gumersinda iría con ellos. Nadie haría preguntas, el país había sufrido el vigésimo séptimo golpe de Estado de su historia. Nadie estaba para preguntas en ese momento.

-Tenía miedo de que embarazara a la chica. Se estaba enamorando de Gumersinda.

-Y usted la echó.

-¡Era la empleada de la casa!

-Por más que Guillermo estuviese enamorado. Y ella seguramente también.

-¡La empleada! ¿Entiendes? ¿Tú crees que a tu madre le gustaría que tú te enamoraras de tu empleada?

-No, supongo que no.

-A mí tampoco.

-Pero por lo que me dijo antes, Guillermo estaba enamorado.

-¡Claro que estaba enamorado! ¡Era una chica linda! ¡Distinta! Yo sabía que él la iba a buscar en las noches, y que a veces ella también iba a su cuarto. Alguna vez los espié. Me quedaba escuchándolos. Guillermo le decía cosas lindas. Y ella aprendió a leer con él. ¿Entiendes? Se estaban enamorando, pero yo no podía dejarlos.

-Sí, lo entiendo más o menos. Tranquilícese, señora. Tranquila.

-Al final fue mi culpa. Si no la hubiera echado quizá Guillermo no hubiera terminado así.

-Tranquila, señora, tranquila.

La vieja estaba agitada. Sus ojos brillaban bajo el único foco de la sala. Ahora se arrepentía. Sabía que había metido la pata. Guillermo, me contaría después, la buscó por días, por semanas, por todos lados. Pero era octubre de 1968. Justo en medio del golpe del Chino Velasco. Todo se complicó. Nunca la volvieron a ver.

Guillermo había cambiado durante el tiempo que estuvo enamorado de Gumersinda. Pero cuando ella se fue volvió a sus depresiones y sus cosas. Salía todo el día a caminar, a buscarla. Su salud se fue al traste. Trago. Droga. Estuvo internado primero, hizo rehabilitación en su propia casa después. Comenzó así su largo camino a la muerte, y con ella el mayor sufrimiento de la madre. Aquella viejita que se había quedado dormida en su sillón luego de haber llorado frente a mí. Conmigo.

Gumersinda se instaló en casa de los White en Londres, y trabajó con ellos durante cinco años. Seguía teniendo sus dotes mágicas para dejar las cosas como nuevas. La gente que iba a la casa de los embajadores White se quedaba impresionada con ella y cuando al matrimonio le tocó viajar nuevamente a fuera de su país, Gumersinda se quedó en Londres. Se dio cuenta de que podía trabajar en diversas casas y ganar más dinero. Los White le dejaron ocupar la casa de Chelsea mientras ellos iban a su misión en Sudáfrica, donde fueron brutalmente masacrados en una de tantas desgracias racistas.

Gumersinda se quedó nuevamente sola, esta vez en Londres, con la residencia que aquellos blancos salvadores le habían dejado a cuidar y que nadie reclamaría nunca. Allí se quedaría a vivir. Fue allí donde un día de 1999, más de veinte años después, ella recibió una carta que había dado la vuelta al mundo. La carta de Guillermo, su querido Guillermo. Un poema que Gumersinda leyó pero apenas entendió, pero que aún así contestó.

-Entonces te parece normal que el poeta haya violado a la chica.

-Bueno, según tú estaban enamorados.

-Es lo que cree la madre.

-Da igual.

-¡Da igual que haya violado o no a la chica!

-Si después de la violación escribió ese poema, no importa.

-¿¡No importa?!

-A veces el sufrimiento puede crear la más hermosa expresión artística.

-¿¡Qué?!

-Miles de artistas se han inspirado en el sufrimiento.

-Un toque. Supongo que hablas de la guerra, de la muerte. Del sufrimiento propio. No de violar a alguien. No de haber matado a alguien.

-Ya te dije. Si después ha surgido arte vale la pena.

-Pucha que estás mal, ah.

-No sé qué tanto problema te haces… si además era su empleada. Seguro que era una de esas cholitas pendejas que buscan asegurarse con el patrón. Una Natacha.

-¡Puta, qué cojuda eres!

-¿¡Qué me has dicho?!

-Que eres una cojuda. ¡Una co-ju-da!

Esas fueron las últimas palabras que dirigí a Natalia, que, ofendida, se paró de la banca que pensé sería nuestra. No sé cuántos insultos me lanzó. No me interesó. Me di cuenta de lo que había pasado. No la quería. Me había enamorado de una hermosa chica que piensa que el arte está por encima de todo, de las vidas, de la muerte, del amor. Absolutamente de todo. Me di cuenta de que no lo podía tolerar. Desde entonces nunca más se apareció en las clases de inglés. Yo seguí yendo. Seguí también visitando a la viejita, a la madre de Guillermo Chirinos Cúneo. Y desde entonces he comenzado a leer más poesía. Pero no me he vuelto a enamorar.

La contestación de Gumersinda llegó cuando Guillermo Chirinos estaba ya muy grave. Fue un milagro que la primera carta llegara. Un milagro mayor que la respuesta lo hiciera. El poeta murió pocos meses después, en diciembre de 1999. Pero antes de morir, en una de sus alucinadas ensoñaciones, embaló todos sus poemas y cartas regresadas y los mandó a la dirección de Chelsea que estaba en el destinatario de la carta de Gumersinda.

Desde entonces ella sale a recorrer Londres a buscar pequeñas cosas que recoge y lleva a su reluciente casa. Solo hay un cuarto desordenado en la casa. Un cuarto del sótano que es muy parecido –en realidad es idéntico– al que en el que cuarenta años antes ella y Guillermo habían comenzado a reconocer las palabras y los objetos. Recoge sobre todo plásticos, papeles, pedazos, partes y piezas de lo que sea. Con ellos va a su casa y se encierra en aquella habitación en la que quizá, a veces, aparezca Guillermo Chirinos Cúneo, y en la que si ustedes pudieran entrar, entenderían lo que es la verdadera Poesía.