Thursday, August 26, 2010

Enrique Vásquez Valladares

Nació en Lima en 1959. Dedicado a los negocios en el sector eléctrico-industrial, empieza sus actividades literarias en el año 2002, con la publicación en portales electrónicos de literatura de sus primeros relatos "Todo por culpa de Muriel" , "Dudas de un aficionado a la fotografía" y "La vida imperfecta de un escritor" (Editor Literario Badosa-España). Posteriormente publica su primer libro de relatos titulado "El narrador y la mujer más feliz del mundo" (Ed. San Marcos, 2003) y un año después su primera novela "De atardeceres perros y veranos sin ti" (Ed. San Marcos, 2004). Otros relatos suyos, como "Psicotropismo" y "Extenuado" han sido recogidos en revistas especializadas de literatura en España (Cuadernos del Minotauro – Madrid 2004 y Pnemósyne – Tenerife 2004 respectivamente).
Este año fue galardonado con el premio Las Mil Palabras de la revista Caretas. Definitivamente, estamos frente a un escritor cuyo talento se va acentuando disciplinadamente.


TODO POR CULPA DE MURIEL

I
Fue por eso que estaba allí. De otra manera nunca hubiera sucedido. Sin embargo, ahora, frente a esas mujeres de escandalosos labios humedecidos por alcohol barato, cubiertos de ese acre olor a tabaco, no estoy seguro de poder seguir con esto. ¿Que nunca debí venir? Quizás, es probable. Sin embargo estoy aquí, enfrentado a mis debilidades, disfrutando mi miseria, y es entonces cuando me siento apabullado, humillado, insignificante ante una realidad que me aplasta, me enmudece y me atrapa. Y todo por culpa de Muriel. Si no hubiese sido por ella, su estúpido interés en casarse, en verse a mi lado, de blanco, entrando a una iglesia, quizás ahora en vez de estar acá, estaría a su lado, tomando una cerveza en alguna taberna barranquina o mejor aún en algún hotelito de esos en los que solíamos esperar las primeras horas de un domingo, reposando aquellas copas de vino que habían encendido nuestras pasiones y encandilado nuestras miradas. Pero la realidad es sólida y fría como un hielo. Estoy aquí, sintiéndome un tonto irremediable, por culpa de esa estúpida pelea con Muriel, por culpa de esa vida al lado de Muriel, por culpa de esa boda con Muriel. Sí, porque aunque para muchos resultara una sorpresa (para mí también lo fue), una tarde de febrero, caliente y sudorosa, en la iglesia de Fátima, frente a un puñado de incrédulos invitados y vestido con aquel terno que aún llevaba la etiqueta de la lavandería, me casé con esa muchacha, con Muriel.

Muriel Martínez Melgar, así se llamaba. Dueña de unos imperturbables ojos grises y salpicada con miles de pecas en su cara, era con su alargada figura, su cabello desordenado y sus gestos nerviosos, lo que cualquiera llamaría «una extraña mujer»; sin embargo, para mí, desde aquella noche en que me vio llorar, lo único extraño que percibí en ella, era ese afán descontrolado por casarse conmigo. Muriel, desde que la conocí, se convirtió en la artesana de mis noches, y fue tan diestra en su labor, tan amplia y minuciosa en su entrega, que luego de un amanecer saturado de tabaco, alcohol y un aroma escondido de Givenchi, la mañana del domingo nos encontró acurrucados en un viejo hotel, hablando distraídamente sobre sexo y matrimonio. Y a mí lo primero me terminó llevando irremediablemente a lo segundo. Sucedió algunas semanas después de romper con Malena; entonces resultó fácil, muy fácil, que luego de aquel descalabro sentimental, tomara la decisión (o acatara la de ella) de casarnos. Ahora, luego de algunos años, lo puedo decir sin remordimientos; arrepentido sí, pero sin remordimientos: me casé con Muriel para olvidar a Malena.

El resultado de aquel matrimonio ahora saltaba a la vista con facilidad. Asunto muy simple, nada complicado, previsible además por quienes me conocían y que solían decirme, casi a diario, desde los días en que la boda se me venía encima como una ola a punto de reventar, que mi futuro de hombre casado era, por decir lo menos, muy incierto y acompañado de cierta tonalidad gris, típica del fracaso. Aún así decidí embarcarme, más empujado por la obsesión nupcial de Muriel, que por propia convicción, en tan absurda empresa, «lo que sea total de olvidar a esa infeliz» me dije más de una vez, trasluciendo en cada componente abstracto y volátil de mi pensamiento, ese sentimiento de amor-odio que Malena había sembrado en mí. Malena era parte de mi historia. No se trataba de un amor platónico o idealizado por alguna extraña circunstancia; no, nada de eso, la relación con ella databa desde hace algunos años, cuando vivíamos en aquella quinta, cerca al malecón de Miraflores.

La primera vez que la vi, Malena tenía catorce años. Paseaba bronceadísima por el malecón en su bicicleta Monark, de esas que llevaban timbre, espejo y mangos rosados de los que colgaban unas finas tiras de plástico multicolores. Todos la vimos pasar pero nadie se sintió capaz de acercarse, debido quizás a aquella timidez que los muchachos de la cuadra descubrimos tener frente a su figura o simplemente porque a nuestros quince años, nos sentíamos abrumados por la precoz madurez de sus pechos. Por lo que fuera, mi idea sobre cómo disfrutar ese verano quedó supeditada a la cantidad de veces al día, en que mi bicicleta, sin timbre, espejos ni mangos de colores, se cruzaba en el malecón con la suya, y aunque en ese momento, mi mirada que venía clavada en su figura desde una cuadra antes, perdía su coraje desviándose hacia cualquier punto vano del horizonte, la simple realidad de haber pasado a su lado, de mirar tan sólo por un instante aquellos dos lunares pequeños, uno al lado del otro, sobre sus labios, era motivo más que suficiente para provocar en mí algunas horas de desvelo. Y me desvelé todo ese verano imaginando las mil maneras en que pedaleando mi bicicleta la alcanzaría a la altura del faro para preguntarle su nombre que ya lo sabía, para preguntarle en qué colegio estaba, que también ya lo sabía y para decirle que esos dos lunares que tenía eran los más bonitos del mundo; luego le arrancaría alguna sonrisa y luego... y luego, luego no sucedería nada, porque nunca tendría el valor de preguntarle su nombre, ni en qué colegio estudiaba, ni nada. Porque ese verano, ni el siguiente, ni el subsiguiente le diría nada. Tan sólo me conformaría con verla con su short crema, sus zapatillas blancas, sin pasadores, contrastando con ese color zanahoria que su piel reservaba para esos meses de calor. Fue así que en el barrio, todos nos acostumbramos a verla desde lejos, siempre sola, siempre rechazando los piropos de aquellos muchachos que por conducir un auto creían tener alguna opción sobre los demás. Nada más lejano que eso. Ni siquiera Rafael, el más atrevido y simpático del barrio le pudo arrancar una sonrisa. Su intento, meritorio y reconocido por todos, terminó con esa mirada de desplante que tenía Malena y que lo hundió en el silencio por varios días. Malena era pues, tan inconquistable como hermosa.
O por lo menos lo fue durante esos tres veranos, porque al empezar el cuarto, en una de esas tardes de enero, la vimos regresar de su academia de secretariado en ese Mercedes deportivo. El hecho, debo aceptarlo, llegó a remecerme en lo más profundo, pues quiera o no aceptarlo, siempre había tenido un plan, que nunca puse en práctica, para conquistar a Malena. Así pues, en el barrio, nos acostumbramos a la presencia de Pancho —así se llamaba el advenedizo del Mercedes— a quien de una u otra manera todos envidiábamos con justificadas razones.

Las semanas y los meses transcurrieron y luego de un par de años (ya Malena tenía diecinueve y su madurez se anunciaba promisoria), se empezó a murmurar que Pancho había pedido su mano y, que es más, su madre, orgullosa de aquel ingeniero que trabajaba en Petroperú con un alto puesto acorde con sus apreciables ingresos, no había objetado en modo alguna aquella solicitud. Así pues, nuestra «Miss malecón de Miraflores», ejemplo de recato y belleza para vecinos e intrusos de otros barrios, se nos casaría, dejando, además de sorprendidos, a más de uno con el corazón destrozado, entre ellos y sin falsos pudores, a mí. Sin embargo, el destino a veces se encarga de trastocarnos los planes, y en el caso de Malena, sus planes se vinieron abajo junto con el helicóptero que trasladaba a Pancho, allá en la selva amazónica, desde el pozo petrolero A-IV hacia la base de operaciones en Trompeteros. Como resultado de aquel fatal accidente, del que debo decir, no sin vergüenza, causó en mí una extraña satisfacción que supe ocultar ante los vecinos, Malena guardó un luto de viuda virgen, evidenciado primero, en el uso de faldas oscuras, para luego, con el pasar de los días, pasar a un pañuelo negro que enroscó graciosamente su cuello durante aquellas dominicales visitas a la iglesia de Fátima. Como es obvio, el tiempo había pasado para Malena, pero también para mí, que a esas alturas del partido ya frisaba los veintiún años, y que había despercudido de mi cuerpo todo vestigio de timidez quinceañera. Así que un día me decidí. Fue un domingo el que me encontró yendo a la iglesia, bajo el pretexto de reafirmar mis convicciones cristianas, para encontrarme con Malena, a quien hasta ese día, sólo le había podido arrancar un modesto movimiento de rostro, cada vez que de lejos la saludaba. Ubicado estratégicamente en una banca de la iglesia, tuve la oportunidad de «darle fraternalmente la paz», para luego, llamémosle sorpresa, llamémosle casualidad, tropezarnos a la salida, razón por la cual tuve la oportunidad de expresarle cuanto me había afectado aquel suceso que enturbió su vida y frustró sus anhelados planes nupciales. Ella recibió mis palabras con una sonrisa recatada y de allí para adelante, todo caminó como en el mejor de mis sueños. Empecé yendo los domingos a misa (ya sabía el nombre del cura, Pablo se llamaba), para de allí salir acompañado de Malena, a quien mi nueva amistad no le era del todo indiferente. Luego la visité un sábado en su casa, una misa por ahí, otra visita por allá y al cabo de un par de meses, ya caminábamos juntos por el malecón de Miraflores, contándonos nuestras cosas y riéndonos de cualquier tontería que ocurriera a nuestro alrededor.

Malena, de a pocos fue olvidando aquel acontecimiento de la muerte de Pancho, y con el transcurrir del tiempo, todos la empezamos a notar algo más desenfadada. Ya salía por las noches y las malas lenguas comentaban haberla visto bailando con cierta desfachatez en alguna discoteca, siempre en compañía de un hombre maduro y de dinero. Yo por supuesto no hacía caso a aquellos chismes malintencionados, los que atribuía a la envidia de algunos despechados que no soportaban la idea de verme a su lado. Para mí, ella seguía siendo la misma criatura de catorce años que había visto transitar en aquella bicicleta, tan dulce e inocente como siempre lo había sido, y si bien, años atrás había estado inútilmente enamorado de ella, ahora las cosas eran diferentes, ahora Malena estaba a mi alcance. Unos meses después, mientras el sol se derretía en las playas de Miraflores, le declaré mi amor. Había valido la pena esperar, Malena me había aceptado y aunque aquel beso no tuvo un solo testigo a mi alrededor, siempre imaginé que en ese momento era el hombre más envidiado de la tierra. Fue tan sólo por unos segundos que su lengua se enredó con la mía. Recuerdo mi mano paseando por sus mejillas, por aquellos dos lunares sobre sus labios que siempre vi lejanos, por aquella tersa piel matizada por el sol de febrero. Sólo algunos segundos me bastaron para coronar mil años de paciencia y frustraciones. Me enamoré de aquella mujer, y no tuve reparo en pensar en un futuro a su lado.

II
No sé por qué recuerdo aquellas cosas, justo ahora, en medio de este ambiente tan sórdido. Es gracioso. Ahora me parece sórdido, ahora que estoy acá. Hace una hora sólo pensaba en llegar y ahora preguntándome «¿Qué hago frente a estas mujeres de cuyos labios enrojecidos brotan esas metálicas palabras de amor?» Torpes palabras que seguramente algún día tuvieron un sentido para ella y que ahora se han convertido en la antesala de la negociación. «¿Vienes conmigo, mi amor?», «¿Adónde vas mi vida?», suena hueco, suena vacío, «¿Cuarenta, treinta soles, servicio completo?», esas palabras suenan más adecuadas, más justas, encajan en ese ambiente bañado en rojo, repleto de música, de alcohol. Y las miro extrañado de encontrarme frente a ellas. Y pienso, casi de inmediato que todo lo que me estaba sucediendo era por culpa de Muriel, por esa obsesión estúpida con el matrimonio.

Cuando la constructora me encargó aquel proyecto de un conjunto habitacional en el Cuzco, Malena y yo habíamos tomado la decisión de casarnos; sin embargo, en su casa, aunque ya me aceptaban como «el novio de la niña», eso hubiese resultado un golpe para su madre, tan amante de las formas y tan convencional ante instituciones tan «respetables y sagradas» como el matrimonio. Así que, incapaz de desaprovechar la oportunidad que me brindaba la constructora, decidimos postergar nuestros planes matrimoniales hasta mi regreso del Cuzco, un año después. Mientras tanto, aquella forzada separación, bien remunerada por cierto, serviría para conseguir los fondos necesarios para organizar una buena boda y una mejor luna de miel.

Los primeros meses fueron bastante duros, sin embargo el internet y el teléfono, se encargaron de amenguar mi melancolía a través de innumerables horas frente a la computadora o en la cabina telefónica. Y fue también a través del internet (correos electrónicos le dicen) que me empezaron a llegar esos anónimos mensajes. Los primeros de este tipo que recibí tenían cierto elegante toque de misterio, uno de ellos decía más o menos así:

Cuando el gato no está, los ratones pasean, y la verdad esa ratoncita cada vez está más paseandera.

Conociendo lo malintencionada que puede ser cierto tipo de personas, no dudé en atribuir este tipo de mensajes a algún rechazado pretendiente de Malena, algún modesto ser despechado por esos desplantes con los que ella se defendía ante las arremetidas de aquellos torpes galancillos. En fin, tratando de no ofender a Malena, ni siquiera con la más imperceptible presunción sobre algún acto que desdijera de su persona, jamás le comenté aquellos correos anónimos que recibía, por cierto además, cada vez con mayor frecuencia y de mayor calibre. Fue tanto la insistencia de quien o quienes pretendían desacreditarla ante mí, que cuando los últimos correos llegaron, éstos eran portadores de groseros mensajes que acusaban sin recato alguno a Malena, como por ejemplo aquel que recibí un viernes, ya cuando estaba seis meses en aquella ciudad:

Malena está hecha una puta de mierda

O este otro:

Habla con Malena para que cobre más barato.

Recuerdo que luego de leer el primer mensaje había quedado algo inquieto con el contenido, pues pensándolo fríamente, esa figura de los gatos y los ratones, bien podía haberse dado con Malena. Era sin duda probable que encontrándose sola, hubiera aprovechado de esa libertad para algunas salidas nocturnas o paseos antes no acostumbrados, nada reprochables por cierto; sin embargo, los últimos correos, eliminaron cualquier vestigio de duda que inicialmente pude tener. Era obvio que Malena jamás se comportaría como una puta. Todo era, sin duda, una insana invención de algún envidioso.

La ejecución del proyecto acabó en menos tiempo de lo previsto y un par de meses antes de que se cumpliera el año estuve repentinamente de regreso en Lima. No le había mencionado mi regreso a Malena y quise que fuera una sorpresa. Traía conmigo las alforjas llenas de dinero y de ilusiones, listo para el matrimonio. Pero eso no sucedió. Jamás me casé con ella. Eso que decían los correos era cierto. Aquella noche que regresé del Cuzco, visité inesperadamente a Malena y no la encontré. La esperé en la esquina, con un ramo de rosas en la mano, hasta su llegada. Lo hizo cerca del amanecer en un auto deportivo del que bajó entre un barullo desordenado de risas y besos. Una desabotonada blusa, una desconocida cabellera rubia y una diminuta falda de cuero negro completaban la escena. Si no fuera por esos dos lunares sobre sus labios, hubiese dudado que se tratase de ella, de mi Malena. No dije nada, tan sólo me fui. Al día siguiente salí en búsqueda de Rafael, esperaba que me comentara algo sobre Malena, sobre aquel tipo del auto deportivo, sobre esa minifalda de cuero, sobre cualquier cosa que me hiciera entender que era lo que estaba ocurriendo. Fue entonces que me enteré. Todos en el barrio lo comentaban. Llegaba cada noche en un auto diferente y siempre escandalosamente vestida. Cada vez llevaba más joyas, se había pintado el pelo y por supuesto ya no iba a misa los domingos.

—Disculpa que te lo diga, pero para mí, Malena ha emputecido —me dijo Rafael.
—¿Emputecido? —le pregunté algo extrañado por la palabrita esa.
—Ha emputecido. Pero eso sí, lo ha hecho dentro de un estrato social superior. Solo tíos con plata. Nada con el barrio ni con misios. La podrás ver llegar todas las madrugadas, con su pelo teñido de rubio, su faldita de cuero negra y su pañuelo al cuello. Lo lamento por ti, pero es mejor que lo sepas. Amigo, olvida a Malena.

Y eso fue lo que hice, o mejor dicho lo que quise hacer. Luego de comprobar aquellas palabras de Rafael, para lo que me bastó tan sólo un par de amanecidas en la esquina de la casa de Malena, me convertí en un noctámbulo que se resignó a aceptar, entre tragos y cigarrillos, entre tabernas y prostíbulos, que su imagen, despreciada y odiada, se había adherido para siempre en mí; que desde ese momento viviría, para siempre, con el recuerdo ineludible de Malena.

III
—Entonces cayó enferma de un extraño virus que contrajo en su viaje a la selva del Congo. Días después, a punto de casarnos, murió.
—Me habías dicho que había muerto cuando hacía puenting durante sus vacaciones en Sydney...
—¿Sí? Esa vez estaba borracho... por eso lloraba.
—Ahora también lo estás... y también estás llorando.

Así era Muriel. Siempre dispuesta a recoger mis lágrimas y escuchar mil versiones sobre la muerte de Malena. Había muerto montando elefantes en Ceilán, electrocutada en la torre Eiffel, ahogada en el Nilo, asesinada por un comando terrorista palestino y devorada por pirañas en el Amazonas. Me escuchó primero en el bar, ante una ruma de botellas de cerveza, luego en mi cuarto de Barranco, bajo unas frazadas que disimulaban mi invierno, hasta que, por fin, obsesionada con esa idea de cuidar para siempre de mí, maquinó un sofisticado plan que terminó por encontrarme una tarde, con mi terno recién recogido de la lavandería, parado frente a las paredes amarillas de la iglesia de Fátima. No le importó que viviéramos los tres juntos, Muriel, yo y el recuerdo de Malena. Estaba sobreentendido, así debíamos vivir y así vivimos por algunos años. Retomé mis actividades de ingeniero civil, arrendamos un departamento en Miraflores y me alejé de aquellos bares y tabernas que cobijaron mis historias sobre la muerte de Malena. Pero eso no podía funcionar para siempre. Muriel era después de todo una mujer y a la única mujer que se puede soportar por algún tiempo es a la que amas. Y yo (y Muriel lo sabía), yo no la amaba. Fue por eso que estaba allí. De otra manera nunca hubiera sucedido. No recuerdo si la discusión empezó por que le pedí que me dejara de acariciar o porque me había recriminado por salir desabrigado. No lo recuerdo. Lo cierto es que antes de seguir en aquella estúpida discusión bañada por sus lágrimas y por mis «carajos y mierdas», decidí largarme hacia uno de esos bares del centro de Lima, en el que pululan prostitutas baratas y travestis aserranados.

Y allí estoy ahora, sentado en la barra de un bar que destila humedad, respirando a guardado, a putas, mientras hago un recuento de mis últimos quince años, recordando aquella tarde que vi pasear a Malena en su bicicleta, recordando aquella noche en que aprendí que para ser puta hay que ser mujer y que ser mujer es algo que le sucede a cualquiera. A cualquiera, sí claro, a cualquiera, menos por supuesto a Muriel. Ella era demasiado buena. La odiaba por eso, por buena. No soportaba más esa obsesión por mí, por protegerme, por recoger mis lágrimas. Tenía que escapar de ella, estar en un lugar como éste, revolcarme en esta sordidez, en este mar de putas, alcohol, labios pintados... Sí, necesito disfrutar de este sexo vulgar, gozar en esta miseria, olvidar a Muriel entre las piernas de una de esas mujerzuelas de treinta soles. Lo haré, quizás con la morena, la de las uñas color rosa o quizás con esa otra, la chinita de ojos café o quizás... No, no, con ninguna de ellas. Ahora sé con quién lo haré. Sí, estoy seguro que lo haré con aquella otra, aquella de pelo rubio teñido, la de faldita de cuero negra y el pañuelito al cuello, la que tiene dos lunares pequeños, uno al lado del otro, allí justo sobre sus labios...

Thursday, August 13, 2009

MATEO SAN MARTÍN

Lima 1993. Artista plástico y diseñador gráfico que se ha dedicado a la elaboración de historias (textuales y gráficas) durante los últimos años. Lleno de proyectos personales las publicaciones de Mateo son pocas. Se espera ver mucho más de el año siguiente (2010). Hasta el momento Mateo San Martín ha trabajado en la realización de un dibujo animado sobre los derechos de autor (2009), ganado juegos florales por varios años en categorías de dibujo y cuento corto. Ha sido locutor en un programa de radio por Internet (2008) y ya se ha aventurado en el mundo de la edición y diagramación de revistas, así como en la ilustración de sus contenidos. También participó en el concurso del Museo de Arte de Lima para escolares (encontrándose en esos tiempos estudiando en el colegio), ganando así un segundo puesto para la institución con el guión escrito por él.
Actualmente reside en Lima y se gana la vida haciendo caricaturas, diseñando y haciendo pinturas de estilos fauvistas, pop y otras ramas vanguardistas.



DIÁLOGO MÁS MALCRIADO


-¿Qué?
-No.
-¿Pero por qué?
- Ya te dije que no.
-Ya pues.
-Ya basta.
-¡No te cuesta nada!
-YA DEJA DE JODER.
-Por favor no me pegues.
-¿Quién dice que te voy a pegar?
-Por favor no me pegues.
-Ven, vamos a comer un helado.
-Por favor no me pegues.
-Creo que lo que necesitas es una buena cachetada.
-¿Vamos a comer helado?
- Creo que lo que necesitas es una buena cachetada.
- El miércoles tenemos que ir a ese lugar.
- Creo que lo que necesitas es una buena cachetada.
- Quizás luego podemos ver unas películas.
- Creo que lo que necesitas es una buena cachetada.
-Quítate la falda.
-No.
-¿Pero por qué?
- Ya te dije que no.
-Ya pues.
-Ya basta.
-¡No te cuesta nada!
-YA DEJA DE JODER.
- Quizás si te traigo un matecito.
-YA DEJA DE JODER.
-Ahora solo tienes que dejarte llevar por el mate.
-YA DEJA DE JODER.
-Siente mi mano en tu cuello.
-YA DEJA DE JODER.
-Siente mi mano es tu pecho.
-YA DEJA DE JODER.
-Siente mi mano en tu vientre.
-YA DEJA DE JODER.
-Siente mi mano en tu ingle.
-No dejes de joder…
-Siente mi mano en tus entrañas.
- Por favor no dejes de joder.
-Siénteme a mí.
-Comamos algo de helado.
-¡YA PUES!
-Te dije que no.
-¿Qué te cuesta?
-DEJA DE JODER
-Siente mi mano en tu cuello.
-DEJA DE JODER.
-¿En tu barriga?
-DEJA DE JODER.
-¿Ni en tu ingle?
-Vamos a comer helado.
- Pero estábamos tan bien con esta rutina.
-Cállate. No me gusta tu pene, ya te lo he dicho.
-Entonces vamos a comer helado.
-No te hagas el resentidito.
-Vamos a comer helado.
-Tú y tu manía de estar manipulando a la gente. No te lo había dicho, pero te odio mucho.
-Vamos a comer helado.
-El amor es un sentimiento que nunca pude comprender y que contigo no hace más que perderse en la ambigüedad de la abstracción de tu alma.
-Vamos a comer helado.
-…ya, pero solo si tu invitas.
-No seas puta tampoco.


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Monday, July 13, 2009

ANA MARIA GARCÍA

Licenciada en Educación por la Pontificia Universidad Católica del Perú y Licenciada en Humanidades y Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca (España). Máster en Educación de Adultos, Universidad de Mississippi (Estados Unidos de Norteamérica), Diplomada en Proyectos Educativos y Cultura de Paz por la Universidad Católica. Posee un doctorado en Psicología con especialidad en temas de parejas.  Ha publicado prosa y poesía en diferentes diarios y revistas del Perú y España. Es autora de dos libros de poesía: Hormas & amp; Averías, editado por Caballo Rojo 1995 y el segundo, “Juegos de mano” editado también por Caballo Rojo en 1999. Ejerce la docencia universitaria y secundaria; es coordinadora del Centro UNED LIMA de la Universidad Nacional de Educación a Distancia de Madrid (España). Y miembro de la Comisión de escritoras del Pen Club Internacional.


EJERCICIO PARA DOS

A pesar de la dosis sedante y el vaso de cogñac tibio, el cuerpo, completamente lúcido, continúa vibrando. Ligeramente tenso y deseoso; mientras tanto, tú duermes.
No sólo el vientre inmóvil, la piel acartonada, los poros hormigueando como cristales interiores puntiformes y el deseo abierto, sino también y aún más, la casi urgencia de haberme arrimado en la oscuridad y haber topado un cuerpo, haberme cobijado en axilas profundas. Pero tú, duermes.
Duermes, mientras alguien me golpea por dentro. Puedo sentir sus pequeños manotazos dulces y sin embargo, tendré que encontrar la forma de contenerme, de evitar cualquier movimiento que pueda evocarme tu antigua calidez: ahora, soy tu esposa.
Habré de negarme. Negar necesariamente tu imagen próxima pero impalpable. Resignarme a esta semejanza. No como antes, como cuando no tenías siquiera que tocarme: bastaba que el aire despejara el olor de la estancia y ya no quedara ni la humedad de los libros ni el agua fermentada de las flores en los jarrones, sino tu aroma, eso bastaba para que yo quisiera ser tocada, porque había sentido ya el apremio de tus músculos. (Nadie los conocía como yo…)
No quiero abrir los ojos, quiero más bien retozar buenamente con la imagen dislocada que acabo de desprender e inventar a través del tacto. Ya no duermes. (Tampoco escribes). Has apartado las cobijas y has deslizado los dedos buscándome… es la misma madrugada de antes, cuando apenas podía despertar, “No importa” me contestabas, “después dormirás cuánto quieras” y era así porque tampoco importaba que estuvieras doblado sobre tus papeles, repleto de tazas de café y sin levantar la vista, no importaba que yo hubiera estado la noche entera mirando fijamente tu nuca estática, sin poder evitar las ganas de tu tacto, porque entonces corría a sentarme en tus rodillas y podía decirte con descaro: “tócame, quiero que me toques ahora” y tus manos temblaban, se hundían… sin dejar de mirarme mientras yo me llenaba completamente de amor y me desvestía allí mismo, sobre tus rodillas. Sabía que en un instante indispensable harías a un lado las tazas y los vasos y me sentarías sobre el escritorio para besarme. Ibas a palparme, a frotar mi piel hasta vencerme. Y yo iba a sentir estas mismas ganas que ahora siento de rendirme, de desviarme, de disolverme, hacerme polvo, estrellarme. Yo… iba a inclinarme sobre tus espaldas. Pero ahora, duermes. Un hilo salivoso resbala por tu mejilla y permaneces al otro extremo de la cama, como un cadáver, indiferente a toda ansia, pero eso sí, dinero, suficiente dinero para nunca tener que revolcarte de deseo y leer a duras penas los diarios y dormir eternamente al lado de tu esposa, por eso no has levantado las cobijas en ningún momento, ni has deslizado los dedos por debajo de la sábana…
Por eso, mañana en el análisis, bajaré la cabeza y aceptaré que fue sólo el roce de mi piel contra mi piel preparándose para ti (como si no entendiera que el tiempo nos ha debilitado y continuara creyendo que vas a desearme). Te veo avanzar lentamente hacía mí…empiezo a humedecerme…te veo crecer…entrar, tus labios rebalsándome completamente, y yo un grito que se abre en medio de la noche, una obsesión, un vacío… la garganta seca, los párpados apenas contraídos, como si verdaderamente hubiera sido acariciada…
Después supe que aquel gemido había salido incontrolable de mí misma, que estallaba sola en aquel instante, hundida en el extremo blandengue del sommier, mientras tú dormías…
A un lado, sobre la mesilla, los libros empolvados y la puntita sobada del algodón asomando por la boca del frasco de pastillas…
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Monday, June 01, 2009

Juan José Sandoval Zapata

Juan José no sonríe. Me mira a los ojos todo el tiempo y habla tan libre como si pensara en voz alta. Dice que sus respuestas siempre serán las mismas, le digo entonces que le haré preguntas nuevas. Me río. Ni se inmuta. Parece como si la tierra se hubiera tragado su alegría, pero no la satisfacción. Actualmente es el editor de la revista cultural Urbania y autor de libros como Barrunto y Las ratas de mi casa. Dice estar orgulloso de sus logros. Dice que me responderá con la verdad. Yo le creo.
¿Quién eres?Soy la reencarnación de los rencores de mi madre. Ya hace 30 años que salí expulsado de su útero por indisciplina.
LA LITERATURA COMBI DEL PERÚ
(Grace Gálvez / Casa de Asterión)

Juan José Sandoval Zapata (Lima, 76) ha publicado los libros de cuentos Barrunto y Las ratas de mi casa. Ejerce el periodismo y la docencia universitaria. En 2009 fue invitado al Salón del libro de Luxemburgo.


LA HIJA DEL PRESIDENTE


Ta que mi hermano es un huevón. Un so-huevón. No tiene ni doce años y ya se le nota lo baboso. De seguro que va terminar mal, ya parece un fracasado. El estúpido lee historietas todo el día. Mi ma se las para botando a la basura, pero el idiotón consigue más. El tío Felipe ayuda en eso. Otro so-huevón, profesor tenía que ser. Par de idiotas. Por culpa de él es que el tarado no le gusta ir a la oficina de mi papá, a trabajar de verdad.
Una vez, mi pa me pidió que lo llevara en bus al colegio. Llegamos al paradero y como el tráfico estaba pesado el micro llegó embalado. Apenas subí, no pude avanzar más, estaba repleto. Entonces el sonsonazo se quedó parado en la pista. Nunca subió el imbécil. Tuve que gritar « ¡Bajan, bajan!», pero había tanta gente, y como yo también era chiquito —pero pendejo— no me escuchó el chofer y siguió avanzando. Me desesperé y salí por la ventana. Mientras sacaba el billete que mi pa me había dado para el pasaje y se lo aventaba a la calle, el huevonazo movía su mano despidiéndose. Poniendo cara de triste todavía, sonso de mierda. El billete bailó con el viento hasta que cayó y el mongolito fue a recogerlo. A mí me dejaron tres cuadras más allá y tuvimos que volver porque al estúpido, además del susto, le había dado el asma y su salbutamol estaba en casa. Al menos, gracias al infeliz, no fuimos al colegio ese día.
Pero lo tarado no lo digo yo. Lo dice mi ma. Yo le oí decir eso anoche mientras hablaba por teléfono con la Mamalicia. Un taradito mijo, decía. Un taradito, un taradito… tremendo so-huevón. Algo tenía que hacer ese huevón en la fiesta. Bien sabía yo que se iba a poner nervioso. Siempre se pone así frente a las niñas, yo lo he visto temblar de miedo. Y eso que ayer fue su primera fiesta solo. Algo tenía que hacer mal, Cuasimodo.
Bien hecho. Sobre todo porque a mí también me jodió mi primera fiesta. Nunca fui, por su culpa. Mi mamá se había ido a Europa y nos había dejado solos con mi papá, que era lo mismo que estar solos porque apenas se fue mi ma, mi pa también se mandó a mudar.
El día de la fiesta, mi papá no llegaba. En la oficina nadie contestaba y el idiota siempre le había tenido pánico a la oscuridad. Era un maricón, nunca podía dormir con la luz apagada. Le daba mucho miedo, hasta ahora le da.
Me vinieron a recoger y le dije que se iba a quedar solo. Se puso a llorar. Le dije que iba a volver a la medianoche, le vino el asma. Intenté justificar mi salida diciéndole que todos teníamos derecho a crecer. Entonces, le tuve que poner algodón con alcohol en la nariz porque comenzó a colapsar. Se moría el marica.
En el auto me estaba esperando mi mancha. Mi primer tono, tenía puesto una camisa hawaiana fosforescente, jeans y zapatillas botines traídas de gringolandia. Una niña rica me esperaba en la fiesta que nunca fui por culpa del mongolito. Pasó media hora y no bajaba, el claxon repetía la llamada: ¡ta-ta-ta ta-ta-ta! Y el infeliz no despertaba con el algodón remojado de alcohol. O a pique se estaba haciendo el moribundo pero no había tiempo para dudar.
Bajé a la puerta y les dije que se vayan, que no podía ir. Maricón de mierda, le grité y se hizo el dormido. Le metí una cachetada y le comenzó a salir sangre. Lo peor es que ni por eso despertó. Me hizo recordar que mi ma siempre decía que el idiota había nacido durmiendo. Nunca recibió su palmazo de honor, nunca lloró. Apenas salió, pensaron que había nacido muerto, pero latía como un globito a punto de estallar. El partero dijo: «Pero miren a esa bolita, para qué lo vamos a despertar, si está durmiendo tranquilo». Baboso de mierda, carajo. Lo eché en su cama y me fui a dormir odiando mi primera fiesta.
Por eso es que no me afecta lo que le pasó anoche en su fiesta. Bien hecho se lo tenía, por miedoso y atarantado. Yo le escuché a mi ma que decía que le daba mucha pena su hijo. Recién está muchacho y ya anda triste. Lo llevarán al psicólogo, dijo. Tienen miedo de que sea maricón. Pobrecito el maricón, ahora nomás falta que sea chivo. Ahí sí, mi papá lo bota de la casa. Yo no sé.

La Mamalicia había llamado porque ayer no podía dormir. Hubo una fiesta de niños, le dijo. Ella siempre descansa los fines de semana, no sale ni a la esquina, la pasa en bata y sandalias y compra comida por teléfono. Si alguien la va a visitar, no lo deja entrar. Ni siquiera al infeliz, que estaba en la fiesta que no la dejaba dormir. Pero la bulla no era lo que la estuvo molestando. Eran los patrulleros que habían llegado. Ella pensó que se trataba de algún asesinato porque había como treinta policías. La Mamalicia estaba observando el despelote desde su ventana, enrollada en la cortina. Así anduvo como una hora hasta que sonó el teléfono y le vino la taquicardia. Era la vecina que tuvo que ir corriendo a la casa porque mi abuelita se había puesto mal con el timbrazo. La vecina era una vieja recontra chismosa; siempre le había gustado husmear entre las familias de la zona. De nosotros sabía que mis papás se agarran a patadas. De los Bocanegra, que el doctor es abortero. Del guachimán que cuidaba la zona, estuvo preso porque también cuidaba la casa de «El Padrino», estuvo cuando explotó su laboratorio clandestino y descubrieron que era narco. Lo acusaron de ser el químico.
La vieja, mientras ayudaba a mi Mamalicia a reponerse, le iba contando que quien estaba por ahí era la hija del Presidente del Perú. Ella había llegado con su escolta oficial a la fiestita de donde venía la bulla. Pero, por lo que había llamado la vecina era porque también había visto llegar al estúpido. Mi ma lo había llevado en el auto y eso había visto la vieja chismosa. Ella quería saber si ambos se conocían, si es que iban al mismo colegio, o de dónde era la fiesta. La abuela no sabía ni siquiera cómo se llamaba el colegio donde estudiábamos, y llamó a la casa para preguntarle a mi ma si sabía que la hija del Presidente había ido a la fiesta. Mamá le dijo que no. Entonces, comenzó a decirle la cantidad de autos que había alrededor y de los policías que hablaban con pitazos. Había perros amaestrados y sirenas prendidas. La Mamalicia siguió haciendo preguntas pero mi ma le tuvo que colgar porque mi pa había llegado borracho y había que desvestirlo para acostarlo rápido.

Como yo había escuchado toda la conversación, supe que había problemas con el idiotón. No dormí hasta la medianoche y cuando mi mamá prendía el auto, pedí acompañarla. Fuimos. Llegamos y ya los patrulleros no estaban, no había pitazos ni perros. El parque era un cementerio. La casa de la Mamalicia estaba a oscuras, la de la vecina también. Yo fui por el mongo, quedaba poca gente pero eso ya es costumbre en nosotros. Siempre que mi pa me recoge de las fiestas llega una o dos horas tarde. Al comienzo se quisieron acollerar mis amigos en el carro, pero mi pa llegaba demasiado tarde y ya sus viejos se preocupaban demasiado. Hace poco, el papá del chico que había organizado la fiesta me dijo que, si quería, me llevaba a mi casa. Ya no había nadie en la sala y todos querían dormir. Yo le dije que no, que esperaría. Entonces llegó mi padre, con las justas avanzaba, tocó el claxon y gritó: ¡Ta que se me volteó el mapa!

Cuando salió el estúpido de la fiesta lo abracé y le dije al oído:
—Ya te cagaste. Mi mamá ya sabe que vino la hija del Presidente.
Yendo en el auto, mi ma comenzó el interrogatorio:
—¿Cómo se llama?
—Josefina.—¿Tiene tu edad?
—Sí.—¿Va a tu colegio?
—No.
—¿Amiga de quién es?
—De Frida Meier. Siempre andan juntas.
—Qué tan amigas.
—No sé, pues ma.
—¡Niño! —reaccionó mi ma—. ¿Conoce su casa?
—Bueno, sí, la invitó a Palacio de Gobierno un fin de semana.
—Estás mintiendo —le dije—. Cuasimodo no mientas.
—No, a Frida la hicieron hablar frente de todo el salón sobre su fin de semana en Palacio.
—¿Y?
—Y entonces contó que hubo una manifestación que llegó hasta la puerta a insultar. Ellas miraban maravilladas desde el balcón y se tomaban fotos con los Úsares de Junín mientras desde afuera se escuchaba ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad! Contó también que fue la primera vez que había visto un «rochabús».
—¿Es bonita?
—No lo sé.
—¿Y eso?
— …
—Juanito…
—No la vi, ma. Me dio miedo y no pude saludarla.
El auto paró en una luz roja y pude ver que mi mamá se había puesto a llorar. Bajó el volumen de la radio y dijo:
—Hijito, no puedes ser tan tímido.

El imbécil se puso a llorar con mi mamá. Sacó papel higiénico de la guantera y ambos se comenzaron a sonar los mocos. Entonces, el sonso contó lo que había pasado:
Cuando llegó a la fiesta, había un grupo de niños que conversaban en el hall, donde estaba la hija del Presidente. Pero unos chicos pasaron gritando ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!, una arenga que salía en la televisión, con el puño en alto. Josefina intentaba ignorarlos pero los gritos cada vez eran más numerosos. El imbécil avanzó un poco más, divisando a la niña más observada de la fiesta, quien estaba acompañada de los mejores muchachos del salón. Fue acercándose hacia ella. Le quería dar un beso. No me lo contó, pero lo conozco tanto al cuasimodo…
Iba cumplir su cometido pero se le cruzó uno de los protestantes, que le dijo:
—Plomito, o gritas con nosotros, o eres un cabrón.
Y el maricón éste se fue a arengar con los demás ¡Liberta! ¡Libertad! ¡Liberta! ¡Libertad!
A mi mamá cuando el estúpido le mostró la arenga, con el puño en alto, le vino la llorona de nuevo. Llegamos a casa. Mi papá dormía hecho un bulto. El idiota se fue a derechito a la cama. Yo también, pero quedé atento a lo que mi mamá hacía, seguía llorando. Volvió a sonar el teléfono, era la Mamalicia. Discutieron un rato más, le dijo que en vez de darle un besito bonito, como hace la gente bien, le comenzó a gritar ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad! en su cara. Todo por culpa del escritor porno ese que hace la propaganda por televisión. Que si se hubiera presentado como alguien decente, quien sabe, hasta un buen trabajo le podría conseguir.

Pobrecito el mongolito, si bien dormía yo sé que también lloraba por no haber cumplido con su beso a la hija del Presidente. El tarado siempre se arrepiente de lo que hace. Yo hubiera ido donde la Hija y le zampaba un lenguaso, como para que no se olvide de mí. Pobre cuasimodito.

—Ahora nomás falta que mijo se me ponga rebelde como el escritor de «Libertad»
—le dijo a la Mamalicia, preocupada—. Ahora nomás, que comience vestirse de negro como los artistas. Ahora nomás falta que se ponga intelectual como Felipe. Ahora nomás falta que le comience a gustar la música y la poesía, la ideología y las marchas, nomás falta que quiera ser profesor de universidad… Ojalá no me salga terrorista… ese es el camino seguro a ser maricón.

Monday, January 19, 2009

DIEGO TRELLES PAZ

Lima, 1977. Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Lima, con especialización en cine y periodismo. Es doctor en literatura hispanoamericana por la Universidad de Austin, Texas. Es autor del libro de relatos Hudson el redentor (y otros relatos edificantes sobre el fracaso) (2001), de la plaquette Borges en Austin (2004), y de la novela El círculo de los escritores asesinos (Barcelona, 2005) que será traducida al italiano en 2009. Relatos suyos han aparecido en las antologías Destellos digitales. Escritores peruanos en los Estados Unidos (New York, 2005), Pequeñas resistencias 4. Antología del nuevo cuento norteamericano y caribeño (Madrid, 2005) y Nacimos para perder (2008). Un prólogo de su autoría apareció en la antología El arca. Bestiario y ficciones de treintaiún narradores hispanoamericanos (Santiago de Chile, 2008). Como antólogo, es el responsable del proyecto El futuro no es nuestro. Narradores de Latinoamérica, muestra electrónica (63 autores; 2008) y en papel (20 autores; 2009) que reúne relatos de narradores de la región nacidos entre 1970 y 1980. Actualmente se desempeña como profesor en el Departamento de Romance, Languages & Literatures de la Universidad de Binghamton en New York.


Sección surrealista en el Harry Ransom Center

A Enrique Fierro e Ida Vitale


Así como ustedes, muchachos, yo tampoco creía en fantasmas y si hubiera escuchado alguna de las historias que ahora le cuento a Mario, mi psicólogo, sin duda alguna habría dicho pobre tipo y luego, convencidísimo, habría agregado: se volvió loco o se hace el loco, o mejor aún, acaba de enloquecer, o bien ya de plano se alocó, y el mundo, muchachos, escúchenme bien esto, el mundo es una interminable broma negra pero al menos yo, no sé si ustedes pero yo, el oficial Warren Supten, ex vigilante nocturno del glorioso Harry Ransom Center de la Universidad de Austin, aquí, a mis cuarenta y pico de años y siempre listo al llamado del orden, aún me encuentro a salvo.

¿A salvo de quién o de qué? Ah pues qué chinga eso ahorita mismo no lo entiendo bien. Ni ahora ni antes. Y es que, antes, lo que se dice hace un chingo de años, yo no hablaba así. Por ejemplo, hará seis meses nomás, broma era para mí sinónimo de chiste o de burla o de chanza, y negro era una palabrita prohibida que yo no hubiera podido usar nunca de los nuncas para hablar, por ejemplo, de los pinches negros. (Mario mi psicólogo —se los digo así en voz baja— los llama ‘afro americanos’ y si son chinos los llama ‘asiáticos’ y si son latinos los llama ‘hispánicos’ y si son indios los llama ‘hindúes’, y así le va muy bien en esto del networking porque lo dice de una manera tan correcta y musical que me cuesta imitarlo cuando me corrige con el acento y la cordialidad del blanco-texano que en realidad no es).

Dice, además, dos cosas estupendas sobre los fantasmas. La primera, Warren —me mira, lo escucho— es que parecen muy reales pero en realidad son el producto de un delirio, de una anomalía mental que es perfectamente controlable si uno la acepta y, claro, Mario, faltaba más, yo la acepto y eso se los he dejado bien clarito a todos los pinches fantasmas. La segunda es que hablar con ellos no debe entenderse necesariamente como un comportamiento sicótico porque hay una serie de ciencias oscurantistas con teorías no del todo descabelladas sobre el tema. Esto, desde luego, me tranquiliza. No he podido estar tranquilo desde que me corrieron del museo. A veces me entran ataques de pánico. A veces me pongo a llorar largo y tendido hasta que me duermo. Los días que no pasa ni lo uno ni lo otro, tengo unas ganas enfermas de ponerme el uniforme azul y volver al Harry Ransom Center a despertar a André y a Antonin y a Louis y a Paul para hablar más.

Si no fuera por mi pobre vieja, que sufre como nadie cuando digo estas cosas, ya lo habría hecho. Digo vieja y ustedes seguro piensan que hablo de mi mamá pero se equivocan. Mi vieja es mi mujer, Leonora Eulalia Campos Santos, señora y madre de mi guacho, el gran Miguelito Thomas Sutpen Campos. Esta es mi familia y yo soy Warren Sutpen y declaro ya mismo que me debo en corazón, cuerpo y alma a ella y a Trilce, nuestro hermoso perro labrador, un pastor alemán al que Miguelito llama Spooky con una terquedad que deberá acabársele pronto si quiere triunfar en la vida. Claro, lo gacho es que cuando no estoy presente, Leonora también lo llama Spooky porque, según dice, Trilce no es un nombre sano para una mascota. Mi pobre vieja. Ni siquiera sabe lo que significa y ya está chingando. Le he dicho una y mil veces que Spooky es nombre para perros gringos y jotos y el nuestro es bien mexicano y, si no le hubieran cortado las bolas, las tendría grandotas como los toros.

Por supuesto, a mí no se me ocurrió ponerle Trilce porque yo tampoco sé qué chingados significa eso y nunca se me da por hacerme el complicado. El de la idea fue el peruano. Mi amigo, el pinche peruano mala leche que me trajo toditita la noche encima. La cosa, Mario, va más o menos así: llega un día el muy cerdo y me pregunta por el perro y yo le contesto si se refiere a Spooky y él me dice que de qué color es Spooky y sin darme tiempo a responder agrega que si es negro, Warren, negro así como la muerte, no puede llamarse Spooky. Ah qué peruano matarife, pienso, tiene vocación de brujo. Spooky es negro como Cujo el de la película. El peruano se ríe y me ordena (porque yo lo sentí como una orden amable) a honrar al valiente afgano de Miguelito con el nombre de Trilce y cuando le pregunto por qué, habla del gran César y yo imagino a un indio piel roja igualito a los que exterminamos hace un chingo de años en este pinche y odioso país.

Pero me equivoco, claro: el gran César no es indio ni tiene rayitas de sangre en los pómulos. Era un señor poeta pobre y escribió un libro muy culto que nadie entiende. Yo aquí les digo culto ¿no? y el pinche peruano loco viene y me sale con que doloroso, Warren, poniéndome cara de estreñido, así como si al leerlo alguien le estuviera partiendo la madre al mismo tiempo. El día que aparece, yo me levanto tempranito, le doy un beso en la frente a Miguelito y, luego de echarme los tacos de chorizo con huevo que me prepara mi vieja, me voy con mi lonchera a tomar el bus. Los días regulares son eso: cama-beso-bus-museo y, luego, de vuelta, museo-bus-beso-cama. Yo soy feliz. Leonora es feliz. Miguelito es feliz. ¿Qué más hacemos para ser felices? No mucho. Los fines de semana nos vamos al cine o nos echamos unos tacos de pierna y un pozole gigante en el Arandas o nos vamos al lago y hacemos una BBQ escuchando el CD en vivo de los Tigres del Norte. Si mi vieja se anima en la noche, cuando Miguelito ya está jetón, cerramos la puerta y me le echo encima con cuidado y cierro los ojos para que mi Leonora se convierta por un ratito en una de esas chavitas que limpian el museo en el turno de noche. Desde luego, a Leonora no le gusta nada que trabaje de noche, taruga no es. Ya sabes Mario, más allá de todo y de todos, yo soy bolillo y en la chamba sólo hablo inglés y ahí mismito están las chavitas que ni bien ven gringo-amable ya están pensando en la green card que yo les daría encantado sólo por un pinche beso. Eso te lo digo a ti y me lo repito a mí mismo sabiendo que nunca voy a hacerlo porque soy un pobre pendejo.

Te hablo, entonces, de ahora; sólo de ahora porque antes yo era feliz y Leonora era feliz y Miguelito era feliz y no era nada complicado ir de la casa al museo y del museo a la casa. Pero, entonces, llega el peruano hijo de la chingada enano hocicón de mierda, y se me planta ahí delante como si yo le debiera lana. “¿Usted sabe quiénes fueron los Sutpen, señor?” me dice en español, como si me estuviera probando. “¿Usted se refiere a mi familia?” le respondo encabronado, poniendo sin sutileza mis manos en el estuche de la 45. “Los Sutpen son una familia, cierto…” agrega de pronto, mirando al techo del museo con aire de filósofo ausente, y ya estoy a punto de terminarle a la fea toda la chingadera, cuando escucho que me pregunta: “Thomas Sutpen, ¿es pariente suyo?” Ah no chingados, me digo, este pendejo me conoce y así sin pensarlo, le respondo que es mi padre y por un segundo, Mario, no, por cinco segundos, lo veo al viejo cabrón tirado en el porche de mi casa allá en El Paso, completamente ebrio, con toda la ropa vomitada y la cara sucia de grasa, y a mi madre pidiéndome, Warren, lleva a tu padre al cuarto que está enfermo y yo que lo recojo y él que desde el suelo me dice “tú no me toques, puto” pero así en inglés: “Warren, you son of a bitch, you’re a disgrace to this family! Do you understand…? Don’t dare put your nasty-faggot-hands on me!”, me decía y se reía y yo sabía, Mario, que tanta maldad suya era por mis amigos de la frontera: mexicanos como yo aunque yo fuera gringo y Thomas Sutpen, mi padre, sintiera todo el desprecio y la ira de esta tierra por ellos y por sus padres y por los padres de sus padres y por México entero.

“Thomas Sutpen existe” dice, entonces el peruano, sonriente y yo no entiendo nada pero ya siento unas ganas enfermas de partirle la madre. No lo hago. De hecho, hago todo lo contrario: me siento, cruzo mis manos y lo escucho con atención. “No se moleste, por favor: el otro día vine al museo y, mientras usted guardaba mi mochila, vi su apellido en el uniforme y recordé” No dije nada. “Sutpen, ¿me entiende?, el general Thomas Supten, llega a Mississippi después de la guerra civil y establece una dinastía maldita; una casta incestuosa y bastarda, mitad blanca mitad negra, ¿sabe de lo que estoy hablando?... Absalom, Absalom!, señor, su padre… su padre tiene el nombre de un personaje de Faulkner, y yo lo he descubierto”. Ah, pero qué peruano matarife. Mira nomás al muy ojete, venirme con sus historias de gente miserable y alborotarme la vida con sus pinches coincidencias que valen dick. Ese precisamente es el día en que todo se acaba, Mario. La noche me cae de golpe y no me doy cuenta de nada hasta que el muy mamón regresa sonriente con la novela dizque para prestármela. ¿Y qué hace el pinche Warren? Nada, no hace nada, dice “gracias, la leeré” y, en vez de cerrar el hocico, empieza a hablarle del hijo de la chingada de su padre que debe haberse muerto en la calle porque hace un chingo de años que no sabe nada de él.

¿Y entonces qué muchachos?, a ver, adivinen. Warren que abre el libro del señor Faulkner y lee y lee y se pasa dos noches enteritas leyendo en el museo como un poseso. Mi vieja no entiende qué pasa. A Miguelito le vale madres, él sigue pegado como un menso a la tele. Yo le digo a Leonora que me estoy informando sobre nuestros antepasados y también le hablo de nuestros orígenes sangrientos y, por primera vez en nuestros quince años de casados, llamo a mi padre por su nombre y ella que me mira con los ojos de alguien que ya tiene miedo. Mi pobre vieja, no entiende nada. Quiere leer la novela pero no sabe inglés y cada vez que le hablo del general Supten y de cómo sus hijos se matan por culpa de un amor incestuoso del que no saben nada, ella empieza a balbucear algo del demonio y de la virgencita de no sé qué pinche pueblo, y se echa a llorar y me pide de rodillas que vayamos a la iglesia, Warren, a rezar por tu alma. Y, claro, Mario, yo voy y me arrodillo y me persigno y le hago toditita la mímica a Leonora pero no rezo ni madres porque no puedo.

En adelante, los días parecen distintos, los viajes en bus son más largos y tediosos, la gente me observa, y el pinche calor de Texas me pone idiota. ¿Sabes qué es lo que hago? No sólo me leo de nuevo toda la novela del señor Faulkner, sino que voy como con sed a la biblioteca, por más. The Sound and the Fury, As I lay dying, Sanctuary, Light in August, todas, me las leo todas buscando más claves y el pinche peruano que no aparece ni por error. Un día en que estoy convencido de que me lo he imaginado todo, veo su pinche sonrisa en mi cara y su voz que me dice “Warren, ¿te gustó el libro?” y yo que estoy de nuevo a punto de madrearlo, respondo sin embargo que sí. Desde ese día, él dice que somos amigos y yo no le digo nada. No tengo valor para sacarlo a patadas del museo. La cosa empeora cuando me pregunta por los poetas del Harry Ransom y ahí mismo caigo en la cuenta de que desde hace tres años Warren Supten es el vigilante nocturno de un museo que nunca ha visto.

En eso estoy pensando cuando de pronto, sin que venga a cuento, el peruano empieza con las historias de esa gente muerta: “los surrealistas”, dice, con un misterioso furor, y yo pienso automáticamente en una de esas bandas chingonas de corridos mexicanos que tanto me gustan. Pero no. Me equivoco, Mario. ¿Qué chingados son los surrealistas? No lo sé, nunca entendí. El peruano dice que están aquí, en el Harry Ransom, como si estuvieran durmiendo en el segundo piso los muy cabrones. Mi silencio lo anima y, por eso, empieza a traerme libros de poemas raros que deja sobre la mesa. Durante la noche los leo buscando más claves, pero ahora no entiendo ni madres y, por primera vez, siento que el pinche peruano me está engañando. No le digo nada. Sigo leyendo, creo que por inercia. Una noche llego a casa desde el trabajo y, cuando intento dormir, me sucede algo muy curioso, Mario: no puedo. Tengo un chingo de palabras que me dan vueltas en la cabeza. Palabras que son como voces de mujeres y de niños al unísono. Palabras que hacen una frase que no dice nada pero que yo sé que he escuchado antes. “Es como una pesadilla pero estoy despierto”, le digo en la mañana a Leonora y ella enseguida, sin contener las lágrimas, acerca un rosario a mis manos y empieza a rezar.

Entonces me ruega desesperada que deje de leer. Me dice que la lectura es blasfema y que sólo trae dolor. Me pide que lo haga por Miguelito y yo le digo “no te preocupes, viejita, por Miguelito y por ti” aunque juraría que el cabrón de Miguelito no se entera de nada y sigue como menso frente a la tele. Esa misma noche, cuando todos los empleados del museo se han ido, me quedo mirando el lomo de los libros y descubro, con sorpresa, que hay uno nuevo. Nadja es el título y el autor es André Breton y recuerdo con nitidez que ese pendejo es uno de los poetas muertos de los que hablaba el peruano. Me imagino, entonces, que es otro libro indescifrable pero, luego, al abrirlo, me doy con que hay una historia como las del señor Faulkner pero esta vez con fotos y con dibujitos y, otra vez sediento, devoro el librito con impaciencia y buscando más claves. Nadja es una mujer escurridiza y parece estar loca. Es pobre, hermosa, se prostituye y el narrador quiere salvarla. Eso es lo que entiendo. Sin embargo, Mario, lo que me hace levantarme de pronto no son los ruidos extraños que empiezan a retumbar en los salones del museo, sino la frase subrayada que aparece al final del texto.

“La belleza será convulsiva o no será”.

No puedo creerlo. Me cae con violencia el veinte: ¡ésa era la frase que repetían las voces en mi sueño, Mario! Lo supe entonces y en ese mismo momento, cuando entro tropezándome al salón principal, los veo a los cuatro de pie, mirándome de frente y con la misma pinche sonrisa que yo ya le había visto antes al peruano mala leche. André y Louis y Paul y Antonin. Los poetas muertos. Se presentan con delicadeza. Me acerco a ellos sin miedo y charlamos y charlamos y charlamos, y eso es todo lo que hacemos hasta que amanece. El resto ya lo sabes. Sé lo que me vas a decir ahora porque ya me lo has dicho antes. He visto ese video de vigilancia muchas veces y entiendo que ese hombre sin camisa que habla y gesticula con las paredes del museo, soy yo.

Lo que me dijeron los fantasmas no se lo he dicho a casi nadie. Una vez se lo conté a mi pobre vieja y empezó con una desmayadera que era de nunca acabarse. La cosa va, más o menos, así: el día que salgo del hospital, tomo el teléfono y llamo a mi hermano el joto (porque yo tengo un hermano que sí es puto en serio) y, luego de echarle unas cuantas mentiras, consigo unas señas vagas del lugar en donde puedo encontrarlo. Me llevo la troca de mi vieja y le digo a Miguelito que nos vamos a dar una vuelta. Cuando Miguelito me pregunta si vamos a tardar no le digo nada, el lugar está a una hora, cerca de San Antonio, y sé que Miguelito va a quedarse jetón sobre el lomo del perro en menos de cinco minutos.

Cuando pongo mi mano en la boca babeada de mi pobre guacho, Thomas Supten está a menos de veinte metros de nosotros, con un letrero de cartón en el regazo y avanzando entre los carros sobre su silla de ruedas. Miguelito me pregunta si ya llegamos, y yo le respondo que sí y le señalo en silencio a ese señor enfermo que pide limosna en la pista. Saco un fajo de billetes del bolsillo y se lo pongo a Miguelito en la mano. “Dáselo y vuelve. Llévate a Trilce contigo” le digo y mi guacho asiente. Y es, entonces, muchachos, justo cuando veo a mi guachito caminando hacia el anciano, que comprendo todo lo que me ha pasado y sé que ya estoy a salvo. No me importa que Thomas Supten se beba esos billetes en menos de un día. No me importa que mi hijo le esté dando mi dinero a su abuelo sin ambos saberlo. Cuando Miguelito regresa y me pregunta por qué estoy llorando, le digo que no sé y trato sin fortuna de sonreírle.

Me gustaría ver la tele contigo, dice entonces Warren Supten, antes de encender el auto y emprender el regreso.


*

Saturday, January 17, 2009

ISAAC GOLDEMBERG

Nació en Chepén, Perú, 1945, y reside en Nueva York desde 1964. Ha publicado tres novelas, dos libros de relatos, trece de poesía y tres de teatro, entre los que destacan De Chepén a La Habana (1973), La vida a plazos de don Jacobo Lerner (1978), Hombre de paso (1981), Tiempo al tiempo (1984), El Libro de la Escritura (1989), La vida al contado (1991), Misterios (1996), El gran libro de América judía (1998), Hotel AmériKKa (2000), Peruvian blues (2001), El nombre del padre (2001), Golpe de gracia (2003), Los Cementerios Reales (2004), La vida son los ríos (2005), Tierra de nadie (2006), Libro de las transformaciones (2007) y Monos azules en Times Square (2008). Ha completado una nueva novela, Acuérdate del escorpión, y un libro para niños, Adivina cuál letra, escrito al alimón con su nieto de doce años, Sasha Reiter. Su obra ha sido traducida a varios idiomas y publicada en numerosas revistas y antologías de América Latina, Europa y los Estados Unidos. Ha recibido varios premios y distinciones. En el 2001 su novela La vida a plazos de don Jacobo Lerner fue seleccionada por un distinguido grupo de críticos y escritores internacionales, convocado por el National Yiddish Book Center de Estados Unidos, como una de las 100 obras más importantes de la literatura judía mundial de los últimos 150 años. Actualmente, Isaac Goldemberg es Profesor Distinguido de Hostos Community College de The City University of New York, donde dirige el Instituto de Escritores Latinoamericanos y la revista internacional de cultura Hostos Review.


MISA DE SEMANA SANTA

Por ese entonces yo tenía seis años y la única comida que me gustaba era la de mi abuela Jesús, una verdadera artista de la cocina. Mano prodigiosa. De bruja. Mi mamá y yo vivíamos en su casa, junto con el abuelo, más mis doce tíos, todos hermanos y hermanas de mi mamá. Así que con tantas bocas que alimentar, más la casi patológica tacañería de mi abuelo, mi abuela tenía que hacer malabares para que no faltara comida en esa casa. Por eso tenía su corral donde criaba gallinas, cuyes, conejos. Yo la ayudaba en la cocina: le molía el ají y el culantro, le espulgaba el arroz, le avivaba el fogón, le traía agua de la tinaja y le hacía los mandados. Y más de una vez la vi degollar, con mano certera y una amplia sonrisa, a una gallina o a un conejo, como si Dios los hubiese puesto en su corral para nuestro sustento. De cualquier cosa hacía un manjar, pero su especialidad era el estofado de pollo. Una verdadera delicia. Embriagador. Lo preparaba sencillo, su arroz y su papa, pero con una sazón que todos en casa atribuían a sus artes de bruja. Todavía recuerdo, al cabo de casi cincuenta años, lo que fue, para mí, su último estofado.
Fue un día cualquiera de Semana Santa. A eso de las once de la mañana, mi abuela anunció que iba a preparar estofado para el almuerzo. Yo me apresté a ayudarla, pero ella me ordenó que me fuera a la iglesia y que no regresara, por nada del mundo, hasta la hora de almuerzo. El par de horas que duró la misa yo tenía la boca hecha agua. Toda la iglesia olía a ají, a culantro. Empecé a sentir algo extraño, la cabeza me daba vueltas. Me pareció que al Cristo de la cruz le salían alas y escuché el chillido de un gallo. Me salí corriendo de la iglesia y me regresé a la casa. Todos ya estaban sentados a la mesa. Comían extasiados, como transportados a una especie de paraíso. Yo comí despacio, apachurrando el arroz con la papa, saboreando cada bocado, rezando en mis adentros para que no se vaciara mi plato.
En eso oí un chasquido. Era el abuelo, que, relamiéndose los labios, exclamó suspirando: “¡Carajo, qué bueno que había estado el cojo!”
La comida regresó desde mi estómago al plato. Clavé mis ojos en los de mi abuela y ella me devolvió una mirada de piedra, ordenándome que contuviera las lágrimas. El cojo era mi pollo. Mi mascota. Mi pata del alma. Casi mi hermano. Todos le decían el cojo porque rengueaba de la pata derecha, pero se llamaba Jesús. El nombre se lo puse yo, en honor a mi abuela. Y justo, por pura coincidencia, nos lo comimos en Semana Santa. Años más tarde, a mi abuela Jesús le amputaron la pierna derecha.


*

Monday, January 05, 2009

VICTOR CORAL

Estudié Ciencias Administrativas y Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. En 1998 fundé la revista literaria Ajos & Zafiros. He publicado los poemarios Luz de limbo (2001), Cielo estrellado (Santo Oficio, 2004) y Parabellum (2008), y la novela Rito de paso (Norma, 2006). He hecho crítica literaria y periodismo cultural en los diarios La República y El Comercio. He publicado poemas, artículos y ensayos en Letras Libres, Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, Hueso Húmero, Periódico de Poesía (UNAM), Quehacer, Letras S5, La Siega, y más.
Tengamos en cuenta también que el autor es un importante poeta en Perú, y paradójicamente, el hálito poético brilla en esta novela por su ausencia, demostrando así el claro dominio que el autor tiene de ambas vertientes creativas.Rito de paso, una novela para verdaderos letraheridos.


PRECUELA

La primera vez despertó en una vía abandonada del viejo tranvía. Era invierno, la madrugada apenas se había ido. Nadie lo vio. Se levantó consternado. De inmediato, pensó en hacer una denuncia, pero más pudo la inquietud de regresar a su cuarto y ver qué había pasado. Lo encontró intacto, suyo.

Un día después despertó a orillas del bosquecillo que rodeaba la parte este de la ciudad. La noche terminaba de irse: miles de pájaros gritaban encima de su cabeza. Ofuscado, se internó en el bosque esperando hallar a los culpables. Se perdió; volvió a encontrarse. Nada. Regresó a su cuarto; estaba como lo dejó.

Hacía frío, el sol apenas incendiaba los bordes superiores de una montaña, el tercer día. Apareció en una playa desolada del río. Se irguió, lloroso, y miró a su alrededor. Nadie. Asustado, regresó a la ciudad y quiso contarle todo a la gente; lo tomaron por loco. Acudió a su familia. La tía Sofía lo devolvió a casa con unas pastillas. Por un momento, pensó que tenía una enfermedad mental.

Es que nadie podía explicarle por qué se acostaba tranquilo en su cama y se despertaba, en zozobra, en otro lado.

En los días posteriores despertó dentro de una fábrica de papel abandonada, en una colectora de desechos industriales, en la cima de un cerro de carbón recién extraído. Siempre entre la madrugada y el día, aterido, alarmado.
Hasta que el sétimo día despertó en su pequeña y fría habitación de Praga. Nunca más volvió a pasarle cosas como esa. Semanas después, estaba pensando en su próximo libro. Haré una historia –se dijo–, absurda y cruel como lo que me pasó. La historia de un hombre que despierta convertido en un monstruoso insecto. Se puso a escribir.

Saturday, December 27, 2008

FERNANDO IWASAKI CAUTI

Fernando Iwasaki Cauti (Lima, 1961) Es autor de  las novelas Neguijón(Alfaguara, 2005) y Libro de mal amor (RBA, 2001), y de los libros de cuentos España, aparta de mí estos premios (Páginas de Espuma, 2009),Helarte de amar (Páginas de Espuma, 2006), Ajuar funerario (Páginas de Espuma, 2004), Un milagro informal(Alfaguara, 2003), Inquisiciones Peruanas (Páginas de Espuma, 2007),A Troya, Helena (Los Libros de Hermes, 1993) y Tres noches de corbata (AVE, 1987). Papel Carbón (Páginas de Espuma, 2012) reúne sus dos primeros libros de relatos. Como ensayista es autor de Nabokobia Peruviana (La Isla de Siltolá, 2011), Arte de introducir (Renacimiento, 2011),rePUBLICANOS (Premio Algaba de Ensayo, 2008), Mi poncho es un kimono flamenco (Sarita Cartonera, 2005) y El Descubrimiento de España (Nobel, 1996), y sus crónicas han sido reunidas en Una declaración de humor (Premio Bodegas Olarra & Café Bretón, 2011),Sevilla, sin mapa (Paréntesis, 2010), La caja de pan duro(Signatura, 2000) y El sentimiento trágico de la Liga (Premio Fundación del Fútbol Profesional, 1995).



LOS NAIPES DEL TAHÚR

«En España escribí dos libros. Uno era una colección de ensayos que había titulado, ahora me pregunto por qué, Los naipes del tahúr. Eran ensayos literarios y políticos... Al no encontrar editor, destruí el manuscrito tan pronto regresé a Buenos Aires»
Jorge Luis Borges, Un ensayo autobiográfico

ABELARDO LINARES arrellanó su enteca humanidad frente a un ordenador donde parpadeaba fosforescente un mensaje turbador: «La flota invasora se acerca. Presione intro para destruir la Tierra». Después de someter imperios, conquistar el Nuevo Mundo y desembarcar en Normandía, a nadie le sorprendió que Abelardo explorara el espacio en busca de emociones más fuertes. “Hay que ver lo listos que son los puñeteros marcianos”, se lamentaba sonriendo.
La librería tenía una animación especial aquella noche, pues todos habíamos salido hechizados de la conferencia que Abelardo leyó en la Diputación de Sevilla por el Centenario de Borges. En realidad la charla fue más bien breve. Abelardo habló de un olvidado escritor argentino, Manuel Forcada Cabanellas, quien había vivido en Sevilla entre 1919 y 1920, donde asistió al nacimiento del Ultraísmo y trabó amistad con el joven Borges. Si no recuerdo mal estábamos José María Conget, Vicente Tortajada, Pepe Serrallé, Alfredo Valenzuela y yo. Todos queríamos seguir hablando de Forcada Cabanellas, pero Abelardo nos entretuvo en un bar hasta que García Martín se marchó a su hotel. Era una madrugada de enero y en la librería hacía tanto frío como en la calle.
Mientras hojeábamos curiosos el libro de Forcada Cabanellas –De la vida literaria. Editorial Ciencia (Rosario, 1941)-, Abelardo se concentró una vez más en repeler la inminente invasión alienígena. No fue difícil encontrar los capítulos dedicados a las tertulias sevillanas de principios de siglo, las veladas literarias de los Jardines de Murillo y la jocosa anécdota en la que un Borges adolescente y gamberro apedreó la casa del poeta Luis Montoto -Cronista Oficial de Sevilla y pregonero de su Semana Santa- en compañía de Isaac del Vando Villar y Adriano del Valle. Pero el pasaje que más nos interesaba era el que Forcada Cabanellas dedicaba al baúl que perdió cuando huyó de España al estallar la guerra civil.
Ahí estaban las citas leídas por Abelardo: “Entre las revistas literarias –mis inseparables camaradas y también mi mejor archivo, mi más caro tesoro- que perdí en Madrid juntamente con mi biblioteca volante con motivo de la fraticida guerra española, se contaban entre otras, la colección completa de Grecia, encuadernada en dos tomos con pastas españolas y lomos con rótulos dorados”. Creo que fue José María Conget quien leyó en alta voz los ruegos de Forcada Cabanellas a quien hallara las revistas de su entrañable baúl: “Hay que conservarlas con la ternura que requieren las cosas amadas y los objetos que participan de nuestra propia existencia”. Cuando José María cerró el libro, todos recordamos el momento en que Abelardo confesó con cuánta ternura había respetado la voluntad de Forcada Cabanellas, mientras levantaba ante el perplejo auditorio un tomo de Grecia encuadernado en pastas españolas y rótulos dorados en el lomo.
“Copón, y tú matando marcianitos”, le reprochaba conmovido Valenzuela. “Abelardo, haz favor y cuéntanos cómo encostraste las revistas”, le urgió Pepe Serrallé. Abelardo seguía pulsando botones y disparando en vano misiles que apenas rasguñaban a los extraterrestres. Sin apartar la mirada del monitor, Abelardo deploró la aniquilación del ejército americano y el pobre fuego del armamento ruso. “Ya sólo me quedan las tropas de la OTAN” -farfulló fastidiado- “Otra vez voy a perder”. De pronto descubrió que todavía le quedaba un par de submarinos nucleares en el ártico y lanzó una andanada de cohetes contra la nave nodriza, revelándonos a la vez cómo un anticuario de Madrid le ofreció el baúl con todo su contenido por apenas diez mil pesetas.
- ¿Y se puede saber dónde tienes el baúl ése? –quiso saber Vicente.
- Ahí, debajo del equipo de música –señaló Abelardo, que acababa de perder sus dos submarinos.
Los cinco nos precipitamos sobre el baúl. Toda la vida había estado allí, ante nuestras propias narices y debajo de las rumas de poemarios inéditos que Abelardo recibe y que tira a la basura generalmente sin abrir. Dentro encontramos, en efecto, los volúmenes encuadernados de Tableros, Proa, Ultra y otras revistas de aquellos años, junto a postales, billetes de teatro, fajos de cartas y algunos sobres amarillentos que decidimos abrir ante la galáctica indiferencia de Abelardo. Así fue como apareció el manuscrito, mecanografiado en papeles de un color crudo cuyos membretes rezaban «Cécil Hotel. Plaza de San Fernando, 15. Sevilla». Serían unas setenta o setenticinco cuartillas, todas anotadas con la caligrafía inglesa y minúscula de Borges. El título nos dejó mudos de estupor: Los naipes del tahúr.
Vicente soltó las muletas y se dejó caer en la primera silla que encontró. José María Conget aseguraba que aquél era el descubrimiento literario del siglo y que sabía de al menos tres universidades americanas que podrían pagar cientos de miles de dólares por la primera obra de Borges. Alfredo Valenzuela no entendía por qué Abelardo no había subastado o publicado ya ese libro, saneando así las terribles pérdidas de la editorial. Y Pepe Serrallé, organizador del homenaje del Centenario, le preguntó en un hilo de voz si no había considerado la posibilidad de ponerlo en manos de María Kodama. Yo, mientras tanto, leía uno de los ensayos del manuscrito, dedicado –creo- a Baroja.
Abelardo, que para entonces combatía a las naves enemigas con la aviación ecuatoriana, murmuró que en realidad el libro era muy malo, que Borges hizo bien en destruirlo y que por supuesto él no sería quien lo diera a conocer. “¿Pero tú sabías que estaba aquí, copón?”, le preguntó exasperado Valenzuela. “Sí” -respondió lacónico- “Borges apreciaba el criterio de Forcada Cabanellas y le entregó ese manuscrito que copió a máquina del original que guardaba en un cuaderno. El puñetero siempre escribía en cuadernos”. Los extraterrestres habían aplastado ya cualquier manifestación de resistencia y Abelardo dirigió el cursor hacia el desierto de Arizona, donde un búnker secreto esperaba la orden de pulverizar la Tierra.
“Creo que voy a tener que destruir el mundo”, se lamentó Abelardo, acariciando pensativo Los naipes del tahúr. “Es la única manera de preservarlo de sus enemigos”, sentenció sonriente. Un ruido seco rasgó el silencio de la librería y la explosión arrasó a los invasores, mientras las trizas de Borges caían en la papelera como una baraja rota.
«La Vereda», verano del 2000

Thursday, November 20, 2008

PEDRO CASTILLEJO ARRIETA


Nacido en Lima ( 1964). Graduado en Derecho por la Universidad Católica del Perú, Pedro Castillejo obtuvo una mención importante en el concurso de cuento Gabriel Miró, España. También ganó el Concurso Cuento "Libro Abierto". Miembro del directorio de la mítica revista Imaginario del Arte. Muchos de sus relatos aparecieron en revistas culturales y en la antología denominada "10 escritores para el 90". Aun cuando se declara alejado de la actividad literaria, de tanto en tanto, Castillejo nos sorprende con relatos interesantes que dejan entrever su talento narrativo así como los escritores y los temas que lo obsesionan.

COMO AVE DE RAPIÑA


Te depositaste sin contenido, blando, sin fuerzas, sobre el antiguo sillón de la vieja sala. Habías cruzado el zaguán y llegado hasta ese lugar. Acaso esta vez los rodeos y las falsas respuestas no son suficientes. Te sientes mal, te cuentas la historia mil veces y desesperas. ¨ ¿Cómo, por qué? -preguntas, y te respondes pesadamente, con el cansancio de la búsqueda estéril, del eterno desengaño. "Señor Saldaña, su obra está realmente mejor, pero aún le falta algo, quizá esa dosis de vehemencia con la que usted parece no afrontar su creación...es demasiado frío, no sé ... tal vez la próxima" y entonces -al salir- el murmullo socarrón de las secretarias detrás de ti, presentir que se trata de los mismos comentarios y sorna de tantas otras veces; y luego, el buen editor, acallando aquella asolapada burla que tú te esfuerzas en no escuchar, y te apresuras y escapas, con tus manuscritos arrugados, cabizbajo.

Entonces, te llegó de pronto aquella sensación repugnante y única apoderándose de ti. Ese sudor maloliente impregnándose como una fiebre aftosa que se adhiere a todo; como un ave de rapiña que se presenta a devorarte la vida cuando ésta se asemeja más a la carroña. Tus fracasos son la carroña, que de tanto repetirse se han hecho tú mismo. En el fondo, intuías que era inevitable esa aparición asquerosa, porque jamás te habías sentido tan mal. Hoy, no tenías ímpetu ni siquiera para preguntarte por el misterio que su existencia contenía, el porqué ese olor en especial, o el porqué te había elegido justo a ti. Tan sólo alcanzas a recordar que siempre te impulsa hacia la muerte, contestando tus preguntas más íntimas con respuestas, que aparecen y se congregan alrededor del vacío al que has convenido en llamar "tu vida", para que termines concluyendo que debes eliminarla, porque lo que no vale no existe -te repites, casi saboreando la frase.

Antes, pudiste vencer a ese sudor infecto tiñendo tus derrotas, porque tenías algunas ilusiones en la vida que te daban fuerzas para defenderla, pero hoy -temprano- el editor y las risas burlonas las han sepultado definitivamente, dejándote vulnerable y perdido. Sentiste, entonces, ese escozor húmedo revoloteando, caliente, desde la boca del estómago, subiendo arbitrariamente hacia tu cabeza, donde el suicidio sería el resultado final y contundente. Porque estabas seguro: esta vez no tenías atenuantes, el fracaso te había acaparado.

Sin embargo, y como nunca antes, esa humedad extraña duró poco y, por el contrario, pareció concederte la salida a toda esa secuencia de frustración en la que habías sobrevivido, a esa inacabable cadena de deméritos y vacío. Y te alegraste, aún cuando -como otras veces- el sabor a moho te quedó indeleble en la lengua. Recién, luego de unos momentos percibiste aquella luminosa y nueva convicción, aquel bochorno acuoso te había entregado la llave para escapar de toda tu mediocridad: estabas a punto de escribir la gran obra de tu vida. Por fin, veías la luz al final del túnel: el éxito.

Con la respiración aún acelerada, no alcanzaste a alegrarte, ni te preguntaste por la excepcionalidad del hecho y, sin que te alcanzara el tiempo para cuestionar absolutamente nada, corriste lo más rápido que tu vejez permitía, tomaste un lápiz, un cuaderno y regresaste a la vieja sala, sentándote frente a la pequeña mesita de centro que atrajiste hacia ti, para emprender la escritura. Como siempre, olvidaste cerrar la puerta que daba a la calle y permitía el ingreso de ese hilillo de aire tan molesto al inicio, y totalmente olvidado ante tu ahora absorbente dedicación.

Tomaste un lápiz entre las manos y te acomodaste sobre el mullido mueble. La sensación de placidez te recordó las inesperadas visitas de Carlos, ese entrañable amigo al que le agradaba tanto sentarse en el sillón que habías elegido y que daba la espalda a la puerta.

Hubieras podido cuestionar el hecho, pero lo cierto es que con el lápiz en la mano, sentiste que todo era como escribir un comienzo de cuento ya escrito en tu mente. No bosquejaste demasiado al personaje, al ambiente, ni escogiste un tono, así como tampoco a ningún otro elemento. Simplemente empezaste a escribir.

"Allí está él -Borges se llama- viejo, terco y solitario. Su magra figura se perfila frente a la tenue luz de un candil, que en la esquina de la pequeña habitación refulge torpe y ambicioso. Su rostro seco rechaza ese haz de luz que sin éxito se esfuerza por alcanzar la profundidad de sus arrugas, ahogadas para siempre en una oscuridad sin tiempo. Bajo la luz del candil y sobre la vieja mesa, unos polvosos cerros de papel son la animografía del fracaso, de las tantas horas de creación perdidas. Borges los contempla y ríe sin ganas "todo ese fracaso quedó atrás, hoy siento que haré el mejor cuento que nunca antes se haya escrito".

Sumido en un esfuerzo total Borges, se dispone a resolver los destinos de un cuento, a construir su delirio de papel. En la penumbra, las ideas se arremolinan; sin saber exactamente como, su talento empieza a dibujar los perfiles de un rostro: había nacido Ramón Arenas. Lo gestó y lo hizo materializarse en la calle Maldonado, respirar hondo y emprender viaje. Tenía ojos sanguinolentos, un cuerpo descomunal y una recurrente cualidad maldita. El mismo Borges sonrió fascinado por su obra.

Ramón Arenas apenas hizo un gesto antes de caminar sinceramente familiar por esas calles recién inventadas para él. Luego avanzó, sin jadear, con el rumor del sol en sus enormes espaldas. Ni siquiera el ruido asfixiante del tráfico a su alrededor lo hizo dudar. Creado perfecto, sin fallas, tenía una clara intensión programada: interceptar el cortejo fúnebre del embajador noruego, justo cuando éste atraviese la calle Anteras, en el Barrio reputado como "de los intelectuales", San Alfonso de Parné. Al tenerlo cerca, ubicar a la esposa del embajador y asesinarla para que una ofensa que no lograba recordar, pero de cuya existencia estaba extrañamente seguro, quedara saldada. Después, huir sin rumbo fijo.

Caminó sigiloso hacia el centro de la ciudad, esquivó a unos policías que venían en sentido contrario, haciendo uso de un raro instinto que no nacía de la experiencia, pues prácticamente no tenía pasado. Subió a un ómnibus, con el que atravesó la ciudad entera. Cuando debió pagar el viaje, la yugular siempre a punto de estallar y su agresiva sonrisa -repleta de dientes podridos- pareció atemorizar al cobrador; bajando sin problema alguno, sin siquiera una llamada de atención. Estaba en un barrio pobre, cerca de un gran mercado. Se internó por un angosto callejón y tocó una destartalada puerta. El rostro vago de un conocido de nunca lo invitó a pasar. Minutos más tarde salió con un pequeño pero pesado bulto en la mano derecha, envuelto en un sobre de manila. Entonces, Ramón Arenas volvió a emprender viaje, a cumplir sus cadenas de papel.

Anduvo mucho tiempo por las calles de una gran avenida, saturado por los colores que debía reconocer a pesar de su novedad. El bulto en la mano aumentaba su peso conforme pasaba el tiempo. Cuando se descubrió en la esquina correcta, pensó en la mujer del embajador y en algo más. A Borges se le generó allí la primera incógnita; pero pretendiendo no perder la concertación, continuó, se acomodó mejor en el mueble y acercó el candil para ver mejor y seguir escribiendo.

Ramón Arenas hizo una horrible mueca, dio media vuelta y empezó a caminar hacia el Este. Borges esta vez no pudo pasar por alto aquella reiterada desobediencia; antes quiso que pensara en la mujer del embajador pero no en ese "algo más", así como tampoco que diera media vuelta y abandonara el lugar donde debía ejecutar el asesinato. Entonces, detuvo la escritura y volvió a emprenderla recién cuando acudieron en auxilio de su desconcierto las palabras de su difunto profesor de literatura: "En las obras de arte, en las verdaderas, el autor es excedido y reducido al rol de un simple moderador". Con el sonido de ese recuerdo reemprendió el escrito, aún más emocionado que antes.


Las baldosas de la acera pasaban bajo los pies de Ramón Arenas rápidamente. A pesar de su voluminoso cuerpo, casi no hacía ruido al pisar, y eso aparentemente lo complacía mucho. Cambió de dirección múltiples veces, como si intentara despistar a alguien. El papel que envolvía el bulto estaba ya humedecido y los contornos del revolver empezaban a notarse; no obstante, la noche y la repugnancia que trasuntaba impedían que los transeúntes le fijaran la mirada. Vuelta a la derecha, dos cuadras de frente, una a la izquierda. En un instante macabro, Borges contempló caer su pluma, como en cámara lenta, golpeando contra el piso como un bombo destemplado. Pensó que lo peor de todo había sido esa última mueca retorcida, con ello lo supo todo, Borges ya no tenía duda. Por fin había reconocido en qué sitio se hallaba Ramón Arenas; Borges supo que inexplicablemente estaba a sólo a unas cuadras de su casa. Lo atacaron infinidad de sentimientos, miedo, curiosidad "¿Será posible?"; racionalidad, frialdad, "las creaciones siempre pueden ser dominadas; y en última instancia destruidas, si, eso, destruidas".

Una intriga absoluta se construyó en sus ojos sumamente viejos, que se preguntaban mil cosas. Su mano temblorosa recogió la pluma y agitándola violentamente, le reprochó el infinito de miedos que lo monopolizaban. "Oiga Borges, le dije que su trabajo es en la página "provincias", que jamás va a ser usted un intelectual, que sus escritos sobre arte no le interesan a nadie, que no tiene talento, creatividad...¨No esperará que el periódico diga que es usted literato, ¿no es cierto?".

Nunca, nunca más, se dijo. Sus ojos profundamente viejos capturaron todo el resentimiento de años y Borges reemprendió su obra, queriendo retomar el mando y demostrarse muchas, muchas cosas. Ya no le importaba que esa última mueca le revelara que su creación venía a matarlo, sabía que hoy era capaz de dominarla y de no permitirle más insubordinación. Borges fijó su vista en el papel, sus ojos se llenaron de empuje y lo decidieron a guerrear contra ese monstruoso personaje que deseaba matarlo. Así, volvió a estampar palabras en la cuartilla. Le ordenó que regresara, que tirara el revolver, que se detuviera, que sonriera bondadoso. No consiguió nada. Por primera vez sintió realmente pánico; era como si ya no pudiese romper la dinámica de su propio cuento, como si de alguna forma éste empezara a escribir su propia muerte. Si continuaba sometía su vida a una macabra curiosidad, a su enfermizo deseo de venganza social. Borges lo sometió todo y se aferró a un nuevo intento. Asentó la pluma hasta casi romper el papel, apretó los dientes haciéndolos crujir agudamente, llevó su obsesión hasta límites oscuros, que de improviso terminaron por relajarse. De pronto dejó de luchar, tiró su cuerpo apenas hacia atrás, y con un aparente toque de resignación permitió a Ramón Arenas llegar hasta la puerta de su casa, subir las escaleras lenta, largamente, situarse frente a su encorvada espalda y encañonarlo directo a la nuca. En ese preciso instante, Borges con mucha calma deja la pluma sobre la mesa y empieza a reír, pensando que nunca más sería un fracasado y que no se prestaría a perpetrar su propia muerte.

La escena se te reproduce espiritual y gélida. Tu final también era otro, patético, un Borges dejándose matar por sus complejos y sus traumas. Pero Borges no quería escribirlo, no quería plasmar sus últimas palabras mortuorias. Quisiste consolarte pensando que el mal momento frente al editor en la mañana y el esfuerzo de escribir la novela, te había resultado agotador; que te había apresado en una cárcel en donde los barrotes horizontales son tus fantasías y los verticales, el cansancio. Casi no entendías lo que pasaba. Y te esforzaste, quisiste ir contra el instinto de conservación y conseguiste que Borges viviera nuevamente, "casi lo logro", te dijiste, y él toma la pluma otra vez, la atenaza entre sus dedos, apunta sobre la última línea, va a escribir, con la mano izquierda cubre la hoja, tú no ves, no te lo permite, "¿que‚ hace?", escribe y no sabes qué, quedas curioso y aterrado... exhausto, pero tú tampoco te detienes.

Los ojos antes tercos de Borges aparecen ahora burlones. Y tú: piensas en tantas cosas. Borges siente unos pasos alejándose, el ruido de la puerta a sus espaldas, y vuelve a sonreír sin que puedas evitarlo. Piensas otra vez en tantas cosas. Borges ríe por última vez. Luego, sientes que el hilillo de aire a tus espaldas se hace inmenso, porque tu puerta ha sido abierta, estás casi seguro de eso. Tienes miedo. Ves una sombra humana proyectándose enorme sobre los polvosos cerros de papel en tu mesita. El miedo aumenta, el sabor a moho toma tu garganta; aún así te decides y volteas.


Finalmente, publicaron tu novela acompañada de la siguiente nota del editor:

“Los escritos de la obra que tenemos el gusto de entregar a usted en esta oportunidad, señor lector, fueron hallados por Carlos Bustamante, entrañable amigo del autor, en circunstancias que hacen más apasionante su lectura.

A continuación reproducimos una nota periodística que ilustra de alguna manera la muerte de tan hábil literato:

"El cadáver del oscuro escritor Pedro Saldaña, de 65 años de edad, presenta una herida de bala en la espalda. Se le encontró de cúbito sobre una pequeña mesa, cubriendo con sus manos y su cabeza algunas cuartillas de papel manuscritas y en desorden; presumiblemente a causa del violento impacto provocado por el proyectil.
Se desconoce aún la identidad del asesino.
Un hecho que ha intrigado mucho a los investigadores de la división de homicidios, es la maloliente humedad impregnada sobre el cadáver y las hojas manuscritas halladas en el lugar. Las autoridades especulan que el occiso habría sufrido de una extraña enfermedad causante de ese aparente y profuso sudor febril.
Se desconocen los móviles del crimen."
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