Monday, June 01, 2009

Juan José Sandoval Zapata

Juan José no sonríe. Me mira a los ojos todo el tiempo y habla tan libre como si pensara en voz alta. Dice que sus respuestas siempre serán las mismas, le digo entonces que le haré preguntas nuevas. Me río. Ni se inmuta. Parece como si la tierra se hubiera tragado su alegría, pero no la satisfacción. Actualmente es el editor de la revista cultural Urbania y autor de libros como Barrunto y Las ratas de mi casa. Dice estar orgulloso de sus logros. Dice que me responderá con la verdad. Yo le creo.
¿Quién eres?Soy la reencarnación de los rencores de mi madre. Ya hace 30 años que salí expulsado de su útero por indisciplina.
LA LITERATURA COMBI DEL PERÚ
(Grace Gálvez / Casa de Asterión)

Juan José Sandoval Zapata (Lima, 76) ha publicado los libros de cuentos Barrunto y Las ratas de mi casa. Ejerce el periodismo y la docencia universitaria. En 2009 fue invitado al Salón del libro de Luxemburgo.


LA HIJA DEL PRESIDENTE


Ta que mi hermano es un huevón. Un so-huevón. No tiene ni doce años y ya se le nota lo baboso. De seguro que va terminar mal, ya parece un fracasado. El estúpido lee historietas todo el día. Mi ma se las para botando a la basura, pero el idiotón consigue más. El tío Felipe ayuda en eso. Otro so-huevón, profesor tenía que ser. Par de idiotas. Por culpa de él es que el tarado no le gusta ir a la oficina de mi papá, a trabajar de verdad.
Una vez, mi pa me pidió que lo llevara en bus al colegio. Llegamos al paradero y como el tráfico estaba pesado el micro llegó embalado. Apenas subí, no pude avanzar más, estaba repleto. Entonces el sonsonazo se quedó parado en la pista. Nunca subió el imbécil. Tuve que gritar « ¡Bajan, bajan!», pero había tanta gente, y como yo también era chiquito —pero pendejo— no me escuchó el chofer y siguió avanzando. Me desesperé y salí por la ventana. Mientras sacaba el billete que mi pa me había dado para el pasaje y se lo aventaba a la calle, el huevonazo movía su mano despidiéndose. Poniendo cara de triste todavía, sonso de mierda. El billete bailó con el viento hasta que cayó y el mongolito fue a recogerlo. A mí me dejaron tres cuadras más allá y tuvimos que volver porque al estúpido, además del susto, le había dado el asma y su salbutamol estaba en casa. Al menos, gracias al infeliz, no fuimos al colegio ese día.
Pero lo tarado no lo digo yo. Lo dice mi ma. Yo le oí decir eso anoche mientras hablaba por teléfono con la Mamalicia. Un taradito mijo, decía. Un taradito, un taradito… tremendo so-huevón. Algo tenía que hacer ese huevón en la fiesta. Bien sabía yo que se iba a poner nervioso. Siempre se pone así frente a las niñas, yo lo he visto temblar de miedo. Y eso que ayer fue su primera fiesta solo. Algo tenía que hacer mal, Cuasimodo.
Bien hecho. Sobre todo porque a mí también me jodió mi primera fiesta. Nunca fui, por su culpa. Mi mamá se había ido a Europa y nos había dejado solos con mi papá, que era lo mismo que estar solos porque apenas se fue mi ma, mi pa también se mandó a mudar.
El día de la fiesta, mi papá no llegaba. En la oficina nadie contestaba y el idiota siempre le había tenido pánico a la oscuridad. Era un maricón, nunca podía dormir con la luz apagada. Le daba mucho miedo, hasta ahora le da.
Me vinieron a recoger y le dije que se iba a quedar solo. Se puso a llorar. Le dije que iba a volver a la medianoche, le vino el asma. Intenté justificar mi salida diciéndole que todos teníamos derecho a crecer. Entonces, le tuve que poner algodón con alcohol en la nariz porque comenzó a colapsar. Se moría el marica.
En el auto me estaba esperando mi mancha. Mi primer tono, tenía puesto una camisa hawaiana fosforescente, jeans y zapatillas botines traídas de gringolandia. Una niña rica me esperaba en la fiesta que nunca fui por culpa del mongolito. Pasó media hora y no bajaba, el claxon repetía la llamada: ¡ta-ta-ta ta-ta-ta! Y el infeliz no despertaba con el algodón remojado de alcohol. O a pique se estaba haciendo el moribundo pero no había tiempo para dudar.
Bajé a la puerta y les dije que se vayan, que no podía ir. Maricón de mierda, le grité y se hizo el dormido. Le metí una cachetada y le comenzó a salir sangre. Lo peor es que ni por eso despertó. Me hizo recordar que mi ma siempre decía que el idiota había nacido durmiendo. Nunca recibió su palmazo de honor, nunca lloró. Apenas salió, pensaron que había nacido muerto, pero latía como un globito a punto de estallar. El partero dijo: «Pero miren a esa bolita, para qué lo vamos a despertar, si está durmiendo tranquilo». Baboso de mierda, carajo. Lo eché en su cama y me fui a dormir odiando mi primera fiesta.
Por eso es que no me afecta lo que le pasó anoche en su fiesta. Bien hecho se lo tenía, por miedoso y atarantado. Yo le escuché a mi ma que decía que le daba mucha pena su hijo. Recién está muchacho y ya anda triste. Lo llevarán al psicólogo, dijo. Tienen miedo de que sea maricón. Pobrecito el maricón, ahora nomás falta que sea chivo. Ahí sí, mi papá lo bota de la casa. Yo no sé.

La Mamalicia había llamado porque ayer no podía dormir. Hubo una fiesta de niños, le dijo. Ella siempre descansa los fines de semana, no sale ni a la esquina, la pasa en bata y sandalias y compra comida por teléfono. Si alguien la va a visitar, no lo deja entrar. Ni siquiera al infeliz, que estaba en la fiesta que no la dejaba dormir. Pero la bulla no era lo que la estuvo molestando. Eran los patrulleros que habían llegado. Ella pensó que se trataba de algún asesinato porque había como treinta policías. La Mamalicia estaba observando el despelote desde su ventana, enrollada en la cortina. Así anduvo como una hora hasta que sonó el teléfono y le vino la taquicardia. Era la vecina que tuvo que ir corriendo a la casa porque mi abuelita se había puesto mal con el timbrazo. La vecina era una vieja recontra chismosa; siempre le había gustado husmear entre las familias de la zona. De nosotros sabía que mis papás se agarran a patadas. De los Bocanegra, que el doctor es abortero. Del guachimán que cuidaba la zona, estuvo preso porque también cuidaba la casa de «El Padrino», estuvo cuando explotó su laboratorio clandestino y descubrieron que era narco. Lo acusaron de ser el químico.
La vieja, mientras ayudaba a mi Mamalicia a reponerse, le iba contando que quien estaba por ahí era la hija del Presidente del Perú. Ella había llegado con su escolta oficial a la fiestita de donde venía la bulla. Pero, por lo que había llamado la vecina era porque también había visto llegar al estúpido. Mi ma lo había llevado en el auto y eso había visto la vieja chismosa. Ella quería saber si ambos se conocían, si es que iban al mismo colegio, o de dónde era la fiesta. La abuela no sabía ni siquiera cómo se llamaba el colegio donde estudiábamos, y llamó a la casa para preguntarle a mi ma si sabía que la hija del Presidente había ido a la fiesta. Mamá le dijo que no. Entonces, comenzó a decirle la cantidad de autos que había alrededor y de los policías que hablaban con pitazos. Había perros amaestrados y sirenas prendidas. La Mamalicia siguió haciendo preguntas pero mi ma le tuvo que colgar porque mi pa había llegado borracho y había que desvestirlo para acostarlo rápido.

Como yo había escuchado toda la conversación, supe que había problemas con el idiotón. No dormí hasta la medianoche y cuando mi mamá prendía el auto, pedí acompañarla. Fuimos. Llegamos y ya los patrulleros no estaban, no había pitazos ni perros. El parque era un cementerio. La casa de la Mamalicia estaba a oscuras, la de la vecina también. Yo fui por el mongo, quedaba poca gente pero eso ya es costumbre en nosotros. Siempre que mi pa me recoge de las fiestas llega una o dos horas tarde. Al comienzo se quisieron acollerar mis amigos en el carro, pero mi pa llegaba demasiado tarde y ya sus viejos se preocupaban demasiado. Hace poco, el papá del chico que había organizado la fiesta me dijo que, si quería, me llevaba a mi casa. Ya no había nadie en la sala y todos querían dormir. Yo le dije que no, que esperaría. Entonces llegó mi padre, con las justas avanzaba, tocó el claxon y gritó: ¡Ta que se me volteó el mapa!

Cuando salió el estúpido de la fiesta lo abracé y le dije al oído:
—Ya te cagaste. Mi mamá ya sabe que vino la hija del Presidente.
Yendo en el auto, mi ma comenzó el interrogatorio:
—¿Cómo se llama?
—Josefina.—¿Tiene tu edad?
—Sí.—¿Va a tu colegio?
—No.
—¿Amiga de quién es?
—De Frida Meier. Siempre andan juntas.
—Qué tan amigas.
—No sé, pues ma.
—¡Niño! —reaccionó mi ma—. ¿Conoce su casa?
—Bueno, sí, la invitó a Palacio de Gobierno un fin de semana.
—Estás mintiendo —le dije—. Cuasimodo no mientas.
—No, a Frida la hicieron hablar frente de todo el salón sobre su fin de semana en Palacio.
—¿Y?
—Y entonces contó que hubo una manifestación que llegó hasta la puerta a insultar. Ellas miraban maravilladas desde el balcón y se tomaban fotos con los Úsares de Junín mientras desde afuera se escuchaba ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad! Contó también que fue la primera vez que había visto un «rochabús».
—¿Es bonita?
—No lo sé.
—¿Y eso?
— …
—Juanito…
—No la vi, ma. Me dio miedo y no pude saludarla.
El auto paró en una luz roja y pude ver que mi mamá se había puesto a llorar. Bajó el volumen de la radio y dijo:
—Hijito, no puedes ser tan tímido.

El imbécil se puso a llorar con mi mamá. Sacó papel higiénico de la guantera y ambos se comenzaron a sonar los mocos. Entonces, el sonso contó lo que había pasado:
Cuando llegó a la fiesta, había un grupo de niños que conversaban en el hall, donde estaba la hija del Presidente. Pero unos chicos pasaron gritando ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!, una arenga que salía en la televisión, con el puño en alto. Josefina intentaba ignorarlos pero los gritos cada vez eran más numerosos. El imbécil avanzó un poco más, divisando a la niña más observada de la fiesta, quien estaba acompañada de los mejores muchachos del salón. Fue acercándose hacia ella. Le quería dar un beso. No me lo contó, pero lo conozco tanto al cuasimodo…
Iba cumplir su cometido pero se le cruzó uno de los protestantes, que le dijo:
—Plomito, o gritas con nosotros, o eres un cabrón.
Y el maricón éste se fue a arengar con los demás ¡Liberta! ¡Libertad! ¡Liberta! ¡Libertad!
A mi mamá cuando el estúpido le mostró la arenga, con el puño en alto, le vino la llorona de nuevo. Llegamos a casa. Mi papá dormía hecho un bulto. El idiota se fue a derechito a la cama. Yo también, pero quedé atento a lo que mi mamá hacía, seguía llorando. Volvió a sonar el teléfono, era la Mamalicia. Discutieron un rato más, le dijo que en vez de darle un besito bonito, como hace la gente bien, le comenzó a gritar ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad! en su cara. Todo por culpa del escritor porno ese que hace la propaganda por televisión. Que si se hubiera presentado como alguien decente, quien sabe, hasta un buen trabajo le podría conseguir.

Pobrecito el mongolito, si bien dormía yo sé que también lloraba por no haber cumplido con su beso a la hija del Presidente. El tarado siempre se arrepiente de lo que hace. Yo hubiera ido donde la Hija y le zampaba un lenguaso, como para que no se olvide de mí. Pobre cuasimodito.

—Ahora nomás falta que mijo se me ponga rebelde como el escritor de «Libertad»
—le dijo a la Mamalicia, preocupada—. Ahora nomás, que comience vestirse de negro como los artistas. Ahora nomás falta que se ponga intelectual como Felipe. Ahora nomás falta que le comience a gustar la música y la poesía, la ideología y las marchas, nomás falta que quiera ser profesor de universidad… Ojalá no me salga terrorista… ese es el camino seguro a ser maricón.

Monday, January 19, 2009

DIEGO TRELLES PAZ

Lima, 1977. Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Lima, con especialización en cine y periodismo. Es doctor en literatura hispanoamericana por la Universidad de Austin, Texas. Es autor del libro de relatos Hudson el redentor (y otros relatos edificantes sobre el fracaso) (2001), de la plaquette Borges en Austin (2004), y de la novela El círculo de los escritores asesinos (Barcelona, 2005) que será traducida al italiano en 2009. Relatos suyos han aparecido en las antologías Destellos digitales. Escritores peruanos en los Estados Unidos (New York, 2005), Pequeñas resistencias 4. Antología del nuevo cuento norteamericano y caribeño (Madrid, 2005) y Nacimos para perder (2008). Un prólogo de su autoría apareció en la antología El arca. Bestiario y ficciones de treintaiún narradores hispanoamericanos (Santiago de Chile, 2008). Como antólogo, es el responsable del proyecto El futuro no es nuestro. Narradores de Latinoamérica, muestra electrónica (63 autores; 2008) y en papel (20 autores; 2009) que reúne relatos de narradores de la región nacidos entre 1970 y 1980. Actualmente se desempeña como profesor en el Departamento de Romance, Languages & Literatures de la Universidad de Binghamton en New York.


Sección surrealista en el Harry Ransom Center

A Enrique Fierro e Ida Vitale


Así como ustedes, muchachos, yo tampoco creía en fantasmas y si hubiera escuchado alguna de las historias que ahora le cuento a Mario, mi psicólogo, sin duda alguna habría dicho pobre tipo y luego, convencidísimo, habría agregado: se volvió loco o se hace el loco, o mejor aún, acaba de enloquecer, o bien ya de plano se alocó, y el mundo, muchachos, escúchenme bien esto, el mundo es una interminable broma negra pero al menos yo, no sé si ustedes pero yo, el oficial Warren Supten, ex vigilante nocturno del glorioso Harry Ransom Center de la Universidad de Austin, aquí, a mis cuarenta y pico de años y siempre listo al llamado del orden, aún me encuentro a salvo.

¿A salvo de quién o de qué? Ah pues qué chinga eso ahorita mismo no lo entiendo bien. Ni ahora ni antes. Y es que, antes, lo que se dice hace un chingo de años, yo no hablaba así. Por ejemplo, hará seis meses nomás, broma era para mí sinónimo de chiste o de burla o de chanza, y negro era una palabrita prohibida que yo no hubiera podido usar nunca de los nuncas para hablar, por ejemplo, de los pinches negros. (Mario mi psicólogo —se los digo así en voz baja— los llama ‘afro americanos’ y si son chinos los llama ‘asiáticos’ y si son latinos los llama ‘hispánicos’ y si son indios los llama ‘hindúes’, y así le va muy bien en esto del networking porque lo dice de una manera tan correcta y musical que me cuesta imitarlo cuando me corrige con el acento y la cordialidad del blanco-texano que en realidad no es).

Dice, además, dos cosas estupendas sobre los fantasmas. La primera, Warren —me mira, lo escucho— es que parecen muy reales pero en realidad son el producto de un delirio, de una anomalía mental que es perfectamente controlable si uno la acepta y, claro, Mario, faltaba más, yo la acepto y eso se los he dejado bien clarito a todos los pinches fantasmas. La segunda es que hablar con ellos no debe entenderse necesariamente como un comportamiento sicótico porque hay una serie de ciencias oscurantistas con teorías no del todo descabelladas sobre el tema. Esto, desde luego, me tranquiliza. No he podido estar tranquilo desde que me corrieron del museo. A veces me entran ataques de pánico. A veces me pongo a llorar largo y tendido hasta que me duermo. Los días que no pasa ni lo uno ni lo otro, tengo unas ganas enfermas de ponerme el uniforme azul y volver al Harry Ransom Center a despertar a André y a Antonin y a Louis y a Paul para hablar más.

Si no fuera por mi pobre vieja, que sufre como nadie cuando digo estas cosas, ya lo habría hecho. Digo vieja y ustedes seguro piensan que hablo de mi mamá pero se equivocan. Mi vieja es mi mujer, Leonora Eulalia Campos Santos, señora y madre de mi guacho, el gran Miguelito Thomas Sutpen Campos. Esta es mi familia y yo soy Warren Sutpen y declaro ya mismo que me debo en corazón, cuerpo y alma a ella y a Trilce, nuestro hermoso perro labrador, un pastor alemán al que Miguelito llama Spooky con una terquedad que deberá acabársele pronto si quiere triunfar en la vida. Claro, lo gacho es que cuando no estoy presente, Leonora también lo llama Spooky porque, según dice, Trilce no es un nombre sano para una mascota. Mi pobre vieja. Ni siquiera sabe lo que significa y ya está chingando. Le he dicho una y mil veces que Spooky es nombre para perros gringos y jotos y el nuestro es bien mexicano y, si no le hubieran cortado las bolas, las tendría grandotas como los toros.

Por supuesto, a mí no se me ocurrió ponerle Trilce porque yo tampoco sé qué chingados significa eso y nunca se me da por hacerme el complicado. El de la idea fue el peruano. Mi amigo, el pinche peruano mala leche que me trajo toditita la noche encima. La cosa, Mario, va más o menos así: llega un día el muy cerdo y me pregunta por el perro y yo le contesto si se refiere a Spooky y él me dice que de qué color es Spooky y sin darme tiempo a responder agrega que si es negro, Warren, negro así como la muerte, no puede llamarse Spooky. Ah qué peruano matarife, pienso, tiene vocación de brujo. Spooky es negro como Cujo el de la película. El peruano se ríe y me ordena (porque yo lo sentí como una orden amable) a honrar al valiente afgano de Miguelito con el nombre de Trilce y cuando le pregunto por qué, habla del gran César y yo imagino a un indio piel roja igualito a los que exterminamos hace un chingo de años en este pinche y odioso país.

Pero me equivoco, claro: el gran César no es indio ni tiene rayitas de sangre en los pómulos. Era un señor poeta pobre y escribió un libro muy culto que nadie entiende. Yo aquí les digo culto ¿no? y el pinche peruano loco viene y me sale con que doloroso, Warren, poniéndome cara de estreñido, así como si al leerlo alguien le estuviera partiendo la madre al mismo tiempo. El día que aparece, yo me levanto tempranito, le doy un beso en la frente a Miguelito y, luego de echarme los tacos de chorizo con huevo que me prepara mi vieja, me voy con mi lonchera a tomar el bus. Los días regulares son eso: cama-beso-bus-museo y, luego, de vuelta, museo-bus-beso-cama. Yo soy feliz. Leonora es feliz. Miguelito es feliz. ¿Qué más hacemos para ser felices? No mucho. Los fines de semana nos vamos al cine o nos echamos unos tacos de pierna y un pozole gigante en el Arandas o nos vamos al lago y hacemos una BBQ escuchando el CD en vivo de los Tigres del Norte. Si mi vieja se anima en la noche, cuando Miguelito ya está jetón, cerramos la puerta y me le echo encima con cuidado y cierro los ojos para que mi Leonora se convierta por un ratito en una de esas chavitas que limpian el museo en el turno de noche. Desde luego, a Leonora no le gusta nada que trabaje de noche, taruga no es. Ya sabes Mario, más allá de todo y de todos, yo soy bolillo y en la chamba sólo hablo inglés y ahí mismito están las chavitas que ni bien ven gringo-amable ya están pensando en la green card que yo les daría encantado sólo por un pinche beso. Eso te lo digo a ti y me lo repito a mí mismo sabiendo que nunca voy a hacerlo porque soy un pobre pendejo.

Te hablo, entonces, de ahora; sólo de ahora porque antes yo era feliz y Leonora era feliz y Miguelito era feliz y no era nada complicado ir de la casa al museo y del museo a la casa. Pero, entonces, llega el peruano hijo de la chingada enano hocicón de mierda, y se me planta ahí delante como si yo le debiera lana. “¿Usted sabe quiénes fueron los Sutpen, señor?” me dice en español, como si me estuviera probando. “¿Usted se refiere a mi familia?” le respondo encabronado, poniendo sin sutileza mis manos en el estuche de la 45. “Los Sutpen son una familia, cierto…” agrega de pronto, mirando al techo del museo con aire de filósofo ausente, y ya estoy a punto de terminarle a la fea toda la chingadera, cuando escucho que me pregunta: “Thomas Sutpen, ¿es pariente suyo?” Ah no chingados, me digo, este pendejo me conoce y así sin pensarlo, le respondo que es mi padre y por un segundo, Mario, no, por cinco segundos, lo veo al viejo cabrón tirado en el porche de mi casa allá en El Paso, completamente ebrio, con toda la ropa vomitada y la cara sucia de grasa, y a mi madre pidiéndome, Warren, lleva a tu padre al cuarto que está enfermo y yo que lo recojo y él que desde el suelo me dice “tú no me toques, puto” pero así en inglés: “Warren, you son of a bitch, you’re a disgrace to this family! Do you understand…? Don’t dare put your nasty-faggot-hands on me!”, me decía y se reía y yo sabía, Mario, que tanta maldad suya era por mis amigos de la frontera: mexicanos como yo aunque yo fuera gringo y Thomas Sutpen, mi padre, sintiera todo el desprecio y la ira de esta tierra por ellos y por sus padres y por los padres de sus padres y por México entero.

“Thomas Sutpen existe” dice, entonces el peruano, sonriente y yo no entiendo nada pero ya siento unas ganas enfermas de partirle la madre. No lo hago. De hecho, hago todo lo contrario: me siento, cruzo mis manos y lo escucho con atención. “No se moleste, por favor: el otro día vine al museo y, mientras usted guardaba mi mochila, vi su apellido en el uniforme y recordé” No dije nada. “Sutpen, ¿me entiende?, el general Thomas Supten, llega a Mississippi después de la guerra civil y establece una dinastía maldita; una casta incestuosa y bastarda, mitad blanca mitad negra, ¿sabe de lo que estoy hablando?... Absalom, Absalom!, señor, su padre… su padre tiene el nombre de un personaje de Faulkner, y yo lo he descubierto”. Ah, pero qué peruano matarife. Mira nomás al muy ojete, venirme con sus historias de gente miserable y alborotarme la vida con sus pinches coincidencias que valen dick. Ese precisamente es el día en que todo se acaba, Mario. La noche me cae de golpe y no me doy cuenta de nada hasta que el muy mamón regresa sonriente con la novela dizque para prestármela. ¿Y qué hace el pinche Warren? Nada, no hace nada, dice “gracias, la leeré” y, en vez de cerrar el hocico, empieza a hablarle del hijo de la chingada de su padre que debe haberse muerto en la calle porque hace un chingo de años que no sabe nada de él.

¿Y entonces qué muchachos?, a ver, adivinen. Warren que abre el libro del señor Faulkner y lee y lee y se pasa dos noches enteritas leyendo en el museo como un poseso. Mi vieja no entiende qué pasa. A Miguelito le vale madres, él sigue pegado como un menso a la tele. Yo le digo a Leonora que me estoy informando sobre nuestros antepasados y también le hablo de nuestros orígenes sangrientos y, por primera vez en nuestros quince años de casados, llamo a mi padre por su nombre y ella que me mira con los ojos de alguien que ya tiene miedo. Mi pobre vieja, no entiende nada. Quiere leer la novela pero no sabe inglés y cada vez que le hablo del general Supten y de cómo sus hijos se matan por culpa de un amor incestuoso del que no saben nada, ella empieza a balbucear algo del demonio y de la virgencita de no sé qué pinche pueblo, y se echa a llorar y me pide de rodillas que vayamos a la iglesia, Warren, a rezar por tu alma. Y, claro, Mario, yo voy y me arrodillo y me persigno y le hago toditita la mímica a Leonora pero no rezo ni madres porque no puedo.

En adelante, los días parecen distintos, los viajes en bus son más largos y tediosos, la gente me observa, y el pinche calor de Texas me pone idiota. ¿Sabes qué es lo que hago? No sólo me leo de nuevo toda la novela del señor Faulkner, sino que voy como con sed a la biblioteca, por más. The Sound and the Fury, As I lay dying, Sanctuary, Light in August, todas, me las leo todas buscando más claves y el pinche peruano que no aparece ni por error. Un día en que estoy convencido de que me lo he imaginado todo, veo su pinche sonrisa en mi cara y su voz que me dice “Warren, ¿te gustó el libro?” y yo que estoy de nuevo a punto de madrearlo, respondo sin embargo que sí. Desde ese día, él dice que somos amigos y yo no le digo nada. No tengo valor para sacarlo a patadas del museo. La cosa empeora cuando me pregunta por los poetas del Harry Ransom y ahí mismo caigo en la cuenta de que desde hace tres años Warren Supten es el vigilante nocturno de un museo que nunca ha visto.

En eso estoy pensando cuando de pronto, sin que venga a cuento, el peruano empieza con las historias de esa gente muerta: “los surrealistas”, dice, con un misterioso furor, y yo pienso automáticamente en una de esas bandas chingonas de corridos mexicanos que tanto me gustan. Pero no. Me equivoco, Mario. ¿Qué chingados son los surrealistas? No lo sé, nunca entendí. El peruano dice que están aquí, en el Harry Ransom, como si estuvieran durmiendo en el segundo piso los muy cabrones. Mi silencio lo anima y, por eso, empieza a traerme libros de poemas raros que deja sobre la mesa. Durante la noche los leo buscando más claves, pero ahora no entiendo ni madres y, por primera vez, siento que el pinche peruano me está engañando. No le digo nada. Sigo leyendo, creo que por inercia. Una noche llego a casa desde el trabajo y, cuando intento dormir, me sucede algo muy curioso, Mario: no puedo. Tengo un chingo de palabras que me dan vueltas en la cabeza. Palabras que son como voces de mujeres y de niños al unísono. Palabras que hacen una frase que no dice nada pero que yo sé que he escuchado antes. “Es como una pesadilla pero estoy despierto”, le digo en la mañana a Leonora y ella enseguida, sin contener las lágrimas, acerca un rosario a mis manos y empieza a rezar.

Entonces me ruega desesperada que deje de leer. Me dice que la lectura es blasfema y que sólo trae dolor. Me pide que lo haga por Miguelito y yo le digo “no te preocupes, viejita, por Miguelito y por ti” aunque juraría que el cabrón de Miguelito no se entera de nada y sigue como menso frente a la tele. Esa misma noche, cuando todos los empleados del museo se han ido, me quedo mirando el lomo de los libros y descubro, con sorpresa, que hay uno nuevo. Nadja es el título y el autor es André Breton y recuerdo con nitidez que ese pendejo es uno de los poetas muertos de los que hablaba el peruano. Me imagino, entonces, que es otro libro indescifrable pero, luego, al abrirlo, me doy con que hay una historia como las del señor Faulkner pero esta vez con fotos y con dibujitos y, otra vez sediento, devoro el librito con impaciencia y buscando más claves. Nadja es una mujer escurridiza y parece estar loca. Es pobre, hermosa, se prostituye y el narrador quiere salvarla. Eso es lo que entiendo. Sin embargo, Mario, lo que me hace levantarme de pronto no son los ruidos extraños que empiezan a retumbar en los salones del museo, sino la frase subrayada que aparece al final del texto.

“La belleza será convulsiva o no será”.

No puedo creerlo. Me cae con violencia el veinte: ¡ésa era la frase que repetían las voces en mi sueño, Mario! Lo supe entonces y en ese mismo momento, cuando entro tropezándome al salón principal, los veo a los cuatro de pie, mirándome de frente y con la misma pinche sonrisa que yo ya le había visto antes al peruano mala leche. André y Louis y Paul y Antonin. Los poetas muertos. Se presentan con delicadeza. Me acerco a ellos sin miedo y charlamos y charlamos y charlamos, y eso es todo lo que hacemos hasta que amanece. El resto ya lo sabes. Sé lo que me vas a decir ahora porque ya me lo has dicho antes. He visto ese video de vigilancia muchas veces y entiendo que ese hombre sin camisa que habla y gesticula con las paredes del museo, soy yo.

Lo que me dijeron los fantasmas no se lo he dicho a casi nadie. Una vez se lo conté a mi pobre vieja y empezó con una desmayadera que era de nunca acabarse. La cosa va, más o menos, así: el día que salgo del hospital, tomo el teléfono y llamo a mi hermano el joto (porque yo tengo un hermano que sí es puto en serio) y, luego de echarle unas cuantas mentiras, consigo unas señas vagas del lugar en donde puedo encontrarlo. Me llevo la troca de mi vieja y le digo a Miguelito que nos vamos a dar una vuelta. Cuando Miguelito me pregunta si vamos a tardar no le digo nada, el lugar está a una hora, cerca de San Antonio, y sé que Miguelito va a quedarse jetón sobre el lomo del perro en menos de cinco minutos.

Cuando pongo mi mano en la boca babeada de mi pobre guacho, Thomas Supten está a menos de veinte metros de nosotros, con un letrero de cartón en el regazo y avanzando entre los carros sobre su silla de ruedas. Miguelito me pregunta si ya llegamos, y yo le respondo que sí y le señalo en silencio a ese señor enfermo que pide limosna en la pista. Saco un fajo de billetes del bolsillo y se lo pongo a Miguelito en la mano. “Dáselo y vuelve. Llévate a Trilce contigo” le digo y mi guacho asiente. Y es, entonces, muchachos, justo cuando veo a mi guachito caminando hacia el anciano, que comprendo todo lo que me ha pasado y sé que ya estoy a salvo. No me importa que Thomas Supten se beba esos billetes en menos de un día. No me importa que mi hijo le esté dando mi dinero a su abuelo sin ambos saberlo. Cuando Miguelito regresa y me pregunta por qué estoy llorando, le digo que no sé y trato sin fortuna de sonreírle.

Me gustaría ver la tele contigo, dice entonces Warren Supten, antes de encender el auto y emprender el regreso.


*

Saturday, January 17, 2009

ISAAC GOLDEMBERG

Nació en Chepén, Perú, 1945, y reside en Nueva York desde 1964. Ha publicado tres novelas, dos libros de relatos, trece de poesía y tres de teatro, entre los que destacan De Chepén a La Habana (1973), La vida a plazos de don Jacobo Lerner (1978), Hombre de paso (1981), Tiempo al tiempo (1984), El Libro de la Escritura (1989), La vida al contado (1991), Misterios (1996), El gran libro de América judía (1998), Hotel AmériKKa (2000), Peruvian blues (2001), El nombre del padre (2001), Golpe de gracia (2003), Los Cementerios Reales (2004), La vida son los ríos (2005), Tierra de nadie (2006), Libro de las transformaciones (2007) y Monos azules en Times Square (2008). Ha completado una nueva novela, Acuérdate del escorpión, y un libro para niños, Adivina cuál letra, escrito al alimón con su nieto de doce años, Sasha Reiter. Su obra ha sido traducida a varios idiomas y publicada en numerosas revistas y antologías de América Latina, Europa y los Estados Unidos. Ha recibido varios premios y distinciones. En el 2001 su novela La vida a plazos de don Jacobo Lerner fue seleccionada por un distinguido grupo de críticos y escritores internacionales, convocado por el National Yiddish Book Center de Estados Unidos, como una de las 100 obras más importantes de la literatura judía mundial de los últimos 150 años. Actualmente, Isaac Goldemberg es Profesor Distinguido de Hostos Community College de The City University of New York, donde dirige el Instituto de Escritores Latinoamericanos y la revista internacional de cultura Hostos Review.


MISA DE SEMANA SANTA

Por ese entonces yo tenía seis años y la única comida que me gustaba era la de mi abuela Jesús, una verdadera artista de la cocina. Mano prodigiosa. De bruja. Mi mamá y yo vivíamos en su casa, junto con el abuelo, más mis doce tíos, todos hermanos y hermanas de mi mamá. Así que con tantas bocas que alimentar, más la casi patológica tacañería de mi abuelo, mi abuela tenía que hacer malabares para que no faltara comida en esa casa. Por eso tenía su corral donde criaba gallinas, cuyes, conejos. Yo la ayudaba en la cocina: le molía el ají y el culantro, le espulgaba el arroz, le avivaba el fogón, le traía agua de la tinaja y le hacía los mandados. Y más de una vez la vi degollar, con mano certera y una amplia sonrisa, a una gallina o a un conejo, como si Dios los hubiese puesto en su corral para nuestro sustento. De cualquier cosa hacía un manjar, pero su especialidad era el estofado de pollo. Una verdadera delicia. Embriagador. Lo preparaba sencillo, su arroz y su papa, pero con una sazón que todos en casa atribuían a sus artes de bruja. Todavía recuerdo, al cabo de casi cincuenta años, lo que fue, para mí, su último estofado.
Fue un día cualquiera de Semana Santa. A eso de las once de la mañana, mi abuela anunció que iba a preparar estofado para el almuerzo. Yo me apresté a ayudarla, pero ella me ordenó que me fuera a la iglesia y que no regresara, por nada del mundo, hasta la hora de almuerzo. El par de horas que duró la misa yo tenía la boca hecha agua. Toda la iglesia olía a ají, a culantro. Empecé a sentir algo extraño, la cabeza me daba vueltas. Me pareció que al Cristo de la cruz le salían alas y escuché el chillido de un gallo. Me salí corriendo de la iglesia y me regresé a la casa. Todos ya estaban sentados a la mesa. Comían extasiados, como transportados a una especie de paraíso. Yo comí despacio, apachurrando el arroz con la papa, saboreando cada bocado, rezando en mis adentros para que no se vaciara mi plato.
En eso oí un chasquido. Era el abuelo, que, relamiéndose los labios, exclamó suspirando: “¡Carajo, qué bueno que había estado el cojo!”
La comida regresó desde mi estómago al plato. Clavé mis ojos en los de mi abuela y ella me devolvió una mirada de piedra, ordenándome que contuviera las lágrimas. El cojo era mi pollo. Mi mascota. Mi pata del alma. Casi mi hermano. Todos le decían el cojo porque rengueaba de la pata derecha, pero se llamaba Jesús. El nombre se lo puse yo, en honor a mi abuela. Y justo, por pura coincidencia, nos lo comimos en Semana Santa. Años más tarde, a mi abuela Jesús le amputaron la pierna derecha.


*

Monday, January 05, 2009

VICTOR CORAL

Estudié Ciencias Administrativas y Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. En 1998 fundé la revista literaria Ajos & Zafiros. He publicado los poemarios Luz de limbo (2001), Cielo estrellado (Santo Oficio, 2004) y Parabellum (2008), y la novela Rito de paso (Norma, 2006). He hecho crítica literaria y periodismo cultural en los diarios La República y El Comercio. He publicado poemas, artículos y ensayos en Letras Libres, Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, Hueso Húmero, Periódico de Poesía (UNAM), Quehacer, Letras S5, La Siega, y más.
Tengamos en cuenta también que el autor es un importante poeta en Perú, y paradójicamente, el hálito poético brilla en esta novela por su ausencia, demostrando así el claro dominio que el autor tiene de ambas vertientes creativas.Rito de paso, una novela para verdaderos letraheridos.


PRECUELA

La primera vez despertó en una vía abandonada del viejo tranvía. Era invierno, la madrugada apenas se había ido. Nadie lo vio. Se levantó consternado. De inmediato, pensó en hacer una denuncia, pero más pudo la inquietud de regresar a su cuarto y ver qué había pasado. Lo encontró intacto, suyo.

Un día después despertó a orillas del bosquecillo que rodeaba la parte este de la ciudad. La noche terminaba de irse: miles de pájaros gritaban encima de su cabeza. Ofuscado, se internó en el bosque esperando hallar a los culpables. Se perdió; volvió a encontrarse. Nada. Regresó a su cuarto; estaba como lo dejó.

Hacía frío, el sol apenas incendiaba los bordes superiores de una montaña, el tercer día. Apareció en una playa desolada del río. Se irguió, lloroso, y miró a su alrededor. Nadie. Asustado, regresó a la ciudad y quiso contarle todo a la gente; lo tomaron por loco. Acudió a su familia. La tía Sofía lo devolvió a casa con unas pastillas. Por un momento, pensó que tenía una enfermedad mental.

Es que nadie podía explicarle por qué se acostaba tranquilo en su cama y se despertaba, en zozobra, en otro lado.

En los días posteriores despertó dentro de una fábrica de papel abandonada, en una colectora de desechos industriales, en la cima de un cerro de carbón recién extraído. Siempre entre la madrugada y el día, aterido, alarmado.
Hasta que el sétimo día despertó en su pequeña y fría habitación de Praga. Nunca más volvió a pasarle cosas como esa. Semanas después, estaba pensando en su próximo libro. Haré una historia –se dijo–, absurda y cruel como lo que me pasó. La historia de un hombre que despierta convertido en un monstruoso insecto. Se puso a escribir.

Saturday, December 27, 2008

FERNANDO IWASAKI CAUTI

Fernando Iwasaki Cauti (Lima, 1961) Es autor de  las novelas Neguijón(Alfaguara, 2005) y Libro de mal amor (RBA, 2001), y de los libros de cuentos España, aparta de mí estos premios (Páginas de Espuma, 2009),Helarte de amar (Páginas de Espuma, 2006), Ajuar funerario (Páginas de Espuma, 2004), Un milagro informal(Alfaguara, 2003), Inquisiciones Peruanas (Páginas de Espuma, 2007),A Troya, Helena (Los Libros de Hermes, 1993) y Tres noches de corbata (AVE, 1987). Papel Carbón (Páginas de Espuma, 2012) reúne sus dos primeros libros de relatos. Como ensayista es autor de Nabokobia Peruviana (La Isla de Siltolá, 2011), Arte de introducir (Renacimiento, 2011),rePUBLICANOS (Premio Algaba de Ensayo, 2008), Mi poncho es un kimono flamenco (Sarita Cartonera, 2005) y El Descubrimiento de España (Nobel, 1996), y sus crónicas han sido reunidas en Una declaración de humor (Premio Bodegas Olarra & Café Bretón, 2011),Sevilla, sin mapa (Paréntesis, 2010), La caja de pan duro(Signatura, 2000) y El sentimiento trágico de la Liga (Premio Fundación del Fútbol Profesional, 1995).



LOS NAIPES DEL TAHÚR

«En España escribí dos libros. Uno era una colección de ensayos que había titulado, ahora me pregunto por qué, Los naipes del tahúr. Eran ensayos literarios y políticos... Al no encontrar editor, destruí el manuscrito tan pronto regresé a Buenos Aires»
Jorge Luis Borges, Un ensayo autobiográfico

ABELARDO LINARES arrellanó su enteca humanidad frente a un ordenador donde parpadeaba fosforescente un mensaje turbador: «La flota invasora se acerca. Presione intro para destruir la Tierra». Después de someter imperios, conquistar el Nuevo Mundo y desembarcar en Normandía, a nadie le sorprendió que Abelardo explorara el espacio en busca de emociones más fuertes. “Hay que ver lo listos que son los puñeteros marcianos”, se lamentaba sonriendo.
La librería tenía una animación especial aquella noche, pues todos habíamos salido hechizados de la conferencia que Abelardo leyó en la Diputación de Sevilla por el Centenario de Borges. En realidad la charla fue más bien breve. Abelardo habló de un olvidado escritor argentino, Manuel Forcada Cabanellas, quien había vivido en Sevilla entre 1919 y 1920, donde asistió al nacimiento del Ultraísmo y trabó amistad con el joven Borges. Si no recuerdo mal estábamos José María Conget, Vicente Tortajada, Pepe Serrallé, Alfredo Valenzuela y yo. Todos queríamos seguir hablando de Forcada Cabanellas, pero Abelardo nos entretuvo en un bar hasta que García Martín se marchó a su hotel. Era una madrugada de enero y en la librería hacía tanto frío como en la calle.
Mientras hojeábamos curiosos el libro de Forcada Cabanellas –De la vida literaria. Editorial Ciencia (Rosario, 1941)-, Abelardo se concentró una vez más en repeler la inminente invasión alienígena. No fue difícil encontrar los capítulos dedicados a las tertulias sevillanas de principios de siglo, las veladas literarias de los Jardines de Murillo y la jocosa anécdota en la que un Borges adolescente y gamberro apedreó la casa del poeta Luis Montoto -Cronista Oficial de Sevilla y pregonero de su Semana Santa- en compañía de Isaac del Vando Villar y Adriano del Valle. Pero el pasaje que más nos interesaba era el que Forcada Cabanellas dedicaba al baúl que perdió cuando huyó de España al estallar la guerra civil.
Ahí estaban las citas leídas por Abelardo: “Entre las revistas literarias –mis inseparables camaradas y también mi mejor archivo, mi más caro tesoro- que perdí en Madrid juntamente con mi biblioteca volante con motivo de la fraticida guerra española, se contaban entre otras, la colección completa de Grecia, encuadernada en dos tomos con pastas españolas y lomos con rótulos dorados”. Creo que fue José María Conget quien leyó en alta voz los ruegos de Forcada Cabanellas a quien hallara las revistas de su entrañable baúl: “Hay que conservarlas con la ternura que requieren las cosas amadas y los objetos que participan de nuestra propia existencia”. Cuando José María cerró el libro, todos recordamos el momento en que Abelardo confesó con cuánta ternura había respetado la voluntad de Forcada Cabanellas, mientras levantaba ante el perplejo auditorio un tomo de Grecia encuadernado en pastas españolas y rótulos dorados en el lomo.
“Copón, y tú matando marcianitos”, le reprochaba conmovido Valenzuela. “Abelardo, haz favor y cuéntanos cómo encostraste las revistas”, le urgió Pepe Serrallé. Abelardo seguía pulsando botones y disparando en vano misiles que apenas rasguñaban a los extraterrestres. Sin apartar la mirada del monitor, Abelardo deploró la aniquilación del ejército americano y el pobre fuego del armamento ruso. “Ya sólo me quedan las tropas de la OTAN” -farfulló fastidiado- “Otra vez voy a perder”. De pronto descubrió que todavía le quedaba un par de submarinos nucleares en el ártico y lanzó una andanada de cohetes contra la nave nodriza, revelándonos a la vez cómo un anticuario de Madrid le ofreció el baúl con todo su contenido por apenas diez mil pesetas.
- ¿Y se puede saber dónde tienes el baúl ése? –quiso saber Vicente.
- Ahí, debajo del equipo de música –señaló Abelardo, que acababa de perder sus dos submarinos.
Los cinco nos precipitamos sobre el baúl. Toda la vida había estado allí, ante nuestras propias narices y debajo de las rumas de poemarios inéditos que Abelardo recibe y que tira a la basura generalmente sin abrir. Dentro encontramos, en efecto, los volúmenes encuadernados de Tableros, Proa, Ultra y otras revistas de aquellos años, junto a postales, billetes de teatro, fajos de cartas y algunos sobres amarillentos que decidimos abrir ante la galáctica indiferencia de Abelardo. Así fue como apareció el manuscrito, mecanografiado en papeles de un color crudo cuyos membretes rezaban «Cécil Hotel. Plaza de San Fernando, 15. Sevilla». Serían unas setenta o setenticinco cuartillas, todas anotadas con la caligrafía inglesa y minúscula de Borges. El título nos dejó mudos de estupor: Los naipes del tahúr.
Vicente soltó las muletas y se dejó caer en la primera silla que encontró. José María Conget aseguraba que aquél era el descubrimiento literario del siglo y que sabía de al menos tres universidades americanas que podrían pagar cientos de miles de dólares por la primera obra de Borges. Alfredo Valenzuela no entendía por qué Abelardo no había subastado o publicado ya ese libro, saneando así las terribles pérdidas de la editorial. Y Pepe Serrallé, organizador del homenaje del Centenario, le preguntó en un hilo de voz si no había considerado la posibilidad de ponerlo en manos de María Kodama. Yo, mientras tanto, leía uno de los ensayos del manuscrito, dedicado –creo- a Baroja.
Abelardo, que para entonces combatía a las naves enemigas con la aviación ecuatoriana, murmuró que en realidad el libro era muy malo, que Borges hizo bien en destruirlo y que por supuesto él no sería quien lo diera a conocer. “¿Pero tú sabías que estaba aquí, copón?”, le preguntó exasperado Valenzuela. “Sí” -respondió lacónico- “Borges apreciaba el criterio de Forcada Cabanellas y le entregó ese manuscrito que copió a máquina del original que guardaba en un cuaderno. El puñetero siempre escribía en cuadernos”. Los extraterrestres habían aplastado ya cualquier manifestación de resistencia y Abelardo dirigió el cursor hacia el desierto de Arizona, donde un búnker secreto esperaba la orden de pulverizar la Tierra.
“Creo que voy a tener que destruir el mundo”, se lamentó Abelardo, acariciando pensativo Los naipes del tahúr. “Es la única manera de preservarlo de sus enemigos”, sentenció sonriente. Un ruido seco rasgó el silencio de la librería y la explosión arrasó a los invasores, mientras las trizas de Borges caían en la papelera como una baraja rota.
«La Vereda», verano del 2000

Thursday, November 20, 2008

PEDRO CASTILLEJO ARRIETA


Nacido en Lima ( 1964). Graduado en Derecho por la Universidad Católica del Perú, Pedro Castillejo obtuvo una mención importante en el concurso de cuento Gabriel Miró, España. También ganó el Concurso Cuento "Libro Abierto". Miembro del directorio de la mítica revista Imaginario del Arte. Muchos de sus relatos aparecieron en revistas culturales y en la antología denominada "10 escritores para el 90". Aun cuando se declara alejado de la actividad literaria, de tanto en tanto, Castillejo nos sorprende con relatos interesantes que dejan entrever su talento narrativo así como los escritores y los temas que lo obsesionan.

COMO AVE DE RAPIÑA


Te depositaste sin contenido, blando, sin fuerzas, sobre el antiguo sillón de la vieja sala. Habías cruzado el zaguán y llegado hasta ese lugar. Acaso esta vez los rodeos y las falsas respuestas no son suficientes. Te sientes mal, te cuentas la historia mil veces y desesperas. ¨ ¿Cómo, por qué? -preguntas, y te respondes pesadamente, con el cansancio de la búsqueda estéril, del eterno desengaño. "Señor Saldaña, su obra está realmente mejor, pero aún le falta algo, quizá esa dosis de vehemencia con la que usted parece no afrontar su creación...es demasiado frío, no sé ... tal vez la próxima" y entonces -al salir- el murmullo socarrón de las secretarias detrás de ti, presentir que se trata de los mismos comentarios y sorna de tantas otras veces; y luego, el buen editor, acallando aquella asolapada burla que tú te esfuerzas en no escuchar, y te apresuras y escapas, con tus manuscritos arrugados, cabizbajo.

Entonces, te llegó de pronto aquella sensación repugnante y única apoderándose de ti. Ese sudor maloliente impregnándose como una fiebre aftosa que se adhiere a todo; como un ave de rapiña que se presenta a devorarte la vida cuando ésta se asemeja más a la carroña. Tus fracasos son la carroña, que de tanto repetirse se han hecho tú mismo. En el fondo, intuías que era inevitable esa aparición asquerosa, porque jamás te habías sentido tan mal. Hoy, no tenías ímpetu ni siquiera para preguntarte por el misterio que su existencia contenía, el porqué ese olor en especial, o el porqué te había elegido justo a ti. Tan sólo alcanzas a recordar que siempre te impulsa hacia la muerte, contestando tus preguntas más íntimas con respuestas, que aparecen y se congregan alrededor del vacío al que has convenido en llamar "tu vida", para que termines concluyendo que debes eliminarla, porque lo que no vale no existe -te repites, casi saboreando la frase.

Antes, pudiste vencer a ese sudor infecto tiñendo tus derrotas, porque tenías algunas ilusiones en la vida que te daban fuerzas para defenderla, pero hoy -temprano- el editor y las risas burlonas las han sepultado definitivamente, dejándote vulnerable y perdido. Sentiste, entonces, ese escozor húmedo revoloteando, caliente, desde la boca del estómago, subiendo arbitrariamente hacia tu cabeza, donde el suicidio sería el resultado final y contundente. Porque estabas seguro: esta vez no tenías atenuantes, el fracaso te había acaparado.

Sin embargo, y como nunca antes, esa humedad extraña duró poco y, por el contrario, pareció concederte la salida a toda esa secuencia de frustración en la que habías sobrevivido, a esa inacabable cadena de deméritos y vacío. Y te alegraste, aún cuando -como otras veces- el sabor a moho te quedó indeleble en la lengua. Recién, luego de unos momentos percibiste aquella luminosa y nueva convicción, aquel bochorno acuoso te había entregado la llave para escapar de toda tu mediocridad: estabas a punto de escribir la gran obra de tu vida. Por fin, veías la luz al final del túnel: el éxito.

Con la respiración aún acelerada, no alcanzaste a alegrarte, ni te preguntaste por la excepcionalidad del hecho y, sin que te alcanzara el tiempo para cuestionar absolutamente nada, corriste lo más rápido que tu vejez permitía, tomaste un lápiz, un cuaderno y regresaste a la vieja sala, sentándote frente a la pequeña mesita de centro que atrajiste hacia ti, para emprender la escritura. Como siempre, olvidaste cerrar la puerta que daba a la calle y permitía el ingreso de ese hilillo de aire tan molesto al inicio, y totalmente olvidado ante tu ahora absorbente dedicación.

Tomaste un lápiz entre las manos y te acomodaste sobre el mullido mueble. La sensación de placidez te recordó las inesperadas visitas de Carlos, ese entrañable amigo al que le agradaba tanto sentarse en el sillón que habías elegido y que daba la espalda a la puerta.

Hubieras podido cuestionar el hecho, pero lo cierto es que con el lápiz en la mano, sentiste que todo era como escribir un comienzo de cuento ya escrito en tu mente. No bosquejaste demasiado al personaje, al ambiente, ni escogiste un tono, así como tampoco a ningún otro elemento. Simplemente empezaste a escribir.

"Allí está él -Borges se llama- viejo, terco y solitario. Su magra figura se perfila frente a la tenue luz de un candil, que en la esquina de la pequeña habitación refulge torpe y ambicioso. Su rostro seco rechaza ese haz de luz que sin éxito se esfuerza por alcanzar la profundidad de sus arrugas, ahogadas para siempre en una oscuridad sin tiempo. Bajo la luz del candil y sobre la vieja mesa, unos polvosos cerros de papel son la animografía del fracaso, de las tantas horas de creación perdidas. Borges los contempla y ríe sin ganas "todo ese fracaso quedó atrás, hoy siento que haré el mejor cuento que nunca antes se haya escrito".

Sumido en un esfuerzo total Borges, se dispone a resolver los destinos de un cuento, a construir su delirio de papel. En la penumbra, las ideas se arremolinan; sin saber exactamente como, su talento empieza a dibujar los perfiles de un rostro: había nacido Ramón Arenas. Lo gestó y lo hizo materializarse en la calle Maldonado, respirar hondo y emprender viaje. Tenía ojos sanguinolentos, un cuerpo descomunal y una recurrente cualidad maldita. El mismo Borges sonrió fascinado por su obra.

Ramón Arenas apenas hizo un gesto antes de caminar sinceramente familiar por esas calles recién inventadas para él. Luego avanzó, sin jadear, con el rumor del sol en sus enormes espaldas. Ni siquiera el ruido asfixiante del tráfico a su alrededor lo hizo dudar. Creado perfecto, sin fallas, tenía una clara intensión programada: interceptar el cortejo fúnebre del embajador noruego, justo cuando éste atraviese la calle Anteras, en el Barrio reputado como "de los intelectuales", San Alfonso de Parné. Al tenerlo cerca, ubicar a la esposa del embajador y asesinarla para que una ofensa que no lograba recordar, pero de cuya existencia estaba extrañamente seguro, quedara saldada. Después, huir sin rumbo fijo.

Caminó sigiloso hacia el centro de la ciudad, esquivó a unos policías que venían en sentido contrario, haciendo uso de un raro instinto que no nacía de la experiencia, pues prácticamente no tenía pasado. Subió a un ómnibus, con el que atravesó la ciudad entera. Cuando debió pagar el viaje, la yugular siempre a punto de estallar y su agresiva sonrisa -repleta de dientes podridos- pareció atemorizar al cobrador; bajando sin problema alguno, sin siquiera una llamada de atención. Estaba en un barrio pobre, cerca de un gran mercado. Se internó por un angosto callejón y tocó una destartalada puerta. El rostro vago de un conocido de nunca lo invitó a pasar. Minutos más tarde salió con un pequeño pero pesado bulto en la mano derecha, envuelto en un sobre de manila. Entonces, Ramón Arenas volvió a emprender viaje, a cumplir sus cadenas de papel.

Anduvo mucho tiempo por las calles de una gran avenida, saturado por los colores que debía reconocer a pesar de su novedad. El bulto en la mano aumentaba su peso conforme pasaba el tiempo. Cuando se descubrió en la esquina correcta, pensó en la mujer del embajador y en algo más. A Borges se le generó allí la primera incógnita; pero pretendiendo no perder la concertación, continuó, se acomodó mejor en el mueble y acercó el candil para ver mejor y seguir escribiendo.

Ramón Arenas hizo una horrible mueca, dio media vuelta y empezó a caminar hacia el Este. Borges esta vez no pudo pasar por alto aquella reiterada desobediencia; antes quiso que pensara en la mujer del embajador pero no en ese "algo más", así como tampoco que diera media vuelta y abandonara el lugar donde debía ejecutar el asesinato. Entonces, detuvo la escritura y volvió a emprenderla recién cuando acudieron en auxilio de su desconcierto las palabras de su difunto profesor de literatura: "En las obras de arte, en las verdaderas, el autor es excedido y reducido al rol de un simple moderador". Con el sonido de ese recuerdo reemprendió el escrito, aún más emocionado que antes.


Las baldosas de la acera pasaban bajo los pies de Ramón Arenas rápidamente. A pesar de su voluminoso cuerpo, casi no hacía ruido al pisar, y eso aparentemente lo complacía mucho. Cambió de dirección múltiples veces, como si intentara despistar a alguien. El papel que envolvía el bulto estaba ya humedecido y los contornos del revolver empezaban a notarse; no obstante, la noche y la repugnancia que trasuntaba impedían que los transeúntes le fijaran la mirada. Vuelta a la derecha, dos cuadras de frente, una a la izquierda. En un instante macabro, Borges contempló caer su pluma, como en cámara lenta, golpeando contra el piso como un bombo destemplado. Pensó que lo peor de todo había sido esa última mueca retorcida, con ello lo supo todo, Borges ya no tenía duda. Por fin había reconocido en qué sitio se hallaba Ramón Arenas; Borges supo que inexplicablemente estaba a sólo a unas cuadras de su casa. Lo atacaron infinidad de sentimientos, miedo, curiosidad "¿Será posible?"; racionalidad, frialdad, "las creaciones siempre pueden ser dominadas; y en última instancia destruidas, si, eso, destruidas".

Una intriga absoluta se construyó en sus ojos sumamente viejos, que se preguntaban mil cosas. Su mano temblorosa recogió la pluma y agitándola violentamente, le reprochó el infinito de miedos que lo monopolizaban. "Oiga Borges, le dije que su trabajo es en la página "provincias", que jamás va a ser usted un intelectual, que sus escritos sobre arte no le interesan a nadie, que no tiene talento, creatividad...¨No esperará que el periódico diga que es usted literato, ¿no es cierto?".

Nunca, nunca más, se dijo. Sus ojos profundamente viejos capturaron todo el resentimiento de años y Borges reemprendió su obra, queriendo retomar el mando y demostrarse muchas, muchas cosas. Ya no le importaba que esa última mueca le revelara que su creación venía a matarlo, sabía que hoy era capaz de dominarla y de no permitirle más insubordinación. Borges fijó su vista en el papel, sus ojos se llenaron de empuje y lo decidieron a guerrear contra ese monstruoso personaje que deseaba matarlo. Así, volvió a estampar palabras en la cuartilla. Le ordenó que regresara, que tirara el revolver, que se detuviera, que sonriera bondadoso. No consiguió nada. Por primera vez sintió realmente pánico; era como si ya no pudiese romper la dinámica de su propio cuento, como si de alguna forma éste empezara a escribir su propia muerte. Si continuaba sometía su vida a una macabra curiosidad, a su enfermizo deseo de venganza social. Borges lo sometió todo y se aferró a un nuevo intento. Asentó la pluma hasta casi romper el papel, apretó los dientes haciéndolos crujir agudamente, llevó su obsesión hasta límites oscuros, que de improviso terminaron por relajarse. De pronto dejó de luchar, tiró su cuerpo apenas hacia atrás, y con un aparente toque de resignación permitió a Ramón Arenas llegar hasta la puerta de su casa, subir las escaleras lenta, largamente, situarse frente a su encorvada espalda y encañonarlo directo a la nuca. En ese preciso instante, Borges con mucha calma deja la pluma sobre la mesa y empieza a reír, pensando que nunca más sería un fracasado y que no se prestaría a perpetrar su propia muerte.

La escena se te reproduce espiritual y gélida. Tu final también era otro, patético, un Borges dejándose matar por sus complejos y sus traumas. Pero Borges no quería escribirlo, no quería plasmar sus últimas palabras mortuorias. Quisiste consolarte pensando que el mal momento frente al editor en la mañana y el esfuerzo de escribir la novela, te había resultado agotador; que te había apresado en una cárcel en donde los barrotes horizontales son tus fantasías y los verticales, el cansancio. Casi no entendías lo que pasaba. Y te esforzaste, quisiste ir contra el instinto de conservación y conseguiste que Borges viviera nuevamente, "casi lo logro", te dijiste, y él toma la pluma otra vez, la atenaza entre sus dedos, apunta sobre la última línea, va a escribir, con la mano izquierda cubre la hoja, tú no ves, no te lo permite, "¿que‚ hace?", escribe y no sabes qué, quedas curioso y aterrado... exhausto, pero tú tampoco te detienes.

Los ojos antes tercos de Borges aparecen ahora burlones. Y tú: piensas en tantas cosas. Borges siente unos pasos alejándose, el ruido de la puerta a sus espaldas, y vuelve a sonreír sin que puedas evitarlo. Piensas otra vez en tantas cosas. Borges ríe por última vez. Luego, sientes que el hilillo de aire a tus espaldas se hace inmenso, porque tu puerta ha sido abierta, estás casi seguro de eso. Tienes miedo. Ves una sombra humana proyectándose enorme sobre los polvosos cerros de papel en tu mesita. El miedo aumenta, el sabor a moho toma tu garganta; aún así te decides y volteas.


Finalmente, publicaron tu novela acompañada de la siguiente nota del editor:

“Los escritos de la obra que tenemos el gusto de entregar a usted en esta oportunidad, señor lector, fueron hallados por Carlos Bustamante, entrañable amigo del autor, en circunstancias que hacen más apasionante su lectura.

A continuación reproducimos una nota periodística que ilustra de alguna manera la muerte de tan hábil literato:

"El cadáver del oscuro escritor Pedro Saldaña, de 65 años de edad, presenta una herida de bala en la espalda. Se le encontró de cúbito sobre una pequeña mesa, cubriendo con sus manos y su cabeza algunas cuartillas de papel manuscritas y en desorden; presumiblemente a causa del violento impacto provocado por el proyectil.
Se desconoce aún la identidad del asesino.
Un hecho que ha intrigado mucho a los investigadores de la división de homicidios, es la maloliente humedad impregnada sobre el cadáver y las hojas manuscritas halladas en el lugar. Las autoridades especulan que el occiso habría sufrido de una extraña enfermedad causante de ese aparente y profuso sudor febril.
Se desconocen los móviles del crimen."
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Tuesday, November 18, 2008

JOSE ANTONIO GALLOSO

José Antonio Galloso. Nació en Lima, el 4 de febrero de 1972. Es escritor, fotógrafo y profesor. Ha publicado el libro de poemas Si huyes hacia adentro, (Editorial Colmillo Blanco, 1998) por el que recibió una distinción en el concurso nacional “El Poeta Joven del Perú” (1995). En el 2000 publicó la novela juvenil Tres días para Mateo, (Alfaguara). En colaboración con el artista chileno Franz Fischer, publicó el libro experimental de poesía Recortes de la memoria o el libro de la sombra, (Bizarro Ediciones, 2007). El mismo año publicó la novela El mal viaje (Alfaguara). Algunos textos suyos aparecen en la antología Abofeteando a un cadáver (Bizarro Ediciones, 2007), y en La mala nota, el colegio en el cuento peruano (Alfaguara, 2008). En mayo de 2009 aparecerá su tercera novela bajo el sello editorial Alfaguara. Varios de sus cuentos, poemas, textos periodísticos y fotografías han sido publicados en el periódico Milenio de México, en otros medios impresos, y en la red. Desde Marzo del 2002, José Antonio radica en San Francisco, California. Este cuento es parte del libro inédito Lima-Mala. En la siguiente línea aparece tanto el blog del escritor como la página en donde se pone de manifiesto otra de las pasiones de José Antonio, la fotografía.
Blog: http://joseantoniogalloso.blogspot.com/
Fotos: http://www.flickr.com/photos/jag72/


COMO UNA REINA

Bajó del autobús y se puso a caminar a través de las polvorientas calles de su barrio. La tarde se posaba sobre la urbe. El cielo gris se oscurecía sobre la línea de los cerros próximos. Llevaba una bolsa de papel entre los brazos. Avanzaba a paso lento, como si su mente se encontrara atrapada en espacios lejanos. Se detuvo frente a un teléfono público, colocó la bolsa entre los pies, sacó una moneda del bolsillo trasero del pantalón, la metió en la ranura metálica y marcó un número.
-¿Aló? -Reconoció la voz fingida a través del auricular.
-¿Shirley? -Preguntó y no pudo evitar fingir la propia. Era ya casi un acto natural.
-Sí, ¿quién habla?
-La Reina.
-¡Ay! Mírala a esta loca, ¿dónde has estado metida, oye?
-No sé, me dio la locura.
-¡Por eso te mandaste a mudar sin avisar!, ¡malagradecida!
-Discúlpame Shirley, no fue a propósito.
-¡Perra loca! Me tenías súper preocupada. Pensaba que te había pasado algo.
-Lo siento.
-Pero, ¿cómo estás?, ¡cuéntame!, ¡cuéntame!
-Estuve un poco mal, pero ya estoy mejor.
-¿Tienes algo?
-No -dijo después de un segundo de silencio.
-¿De verdad?, ¿estás segura?
-Ay, querida -dijo tratando de fingir buen ánimo-, ¿quién está segura de nada en estos tiempos?
-¿Y, a dónde te fuiste?
-No muy lejos de tu casa, ¿por qué no apuntas la dirección?
-¿Ahora sí, no, ingrata?
-Ya te dije que lo siento.
-Un ratito, voy por un lapicero.
-Rápido que se me acaba la moneda.
-Ya, listo. A ver, dime.
Le dio la dirección.
-Pero, ¿de verdad estás bien?
-Sí, te lo juro.
-No sé por qué no te creo, Tienes una voz de muerta.
-De verdad, Shirley, todo está bien.
-¿No quieres que vaya a tú casa ahora mismo?, Mira que salgo al toque.
-No -le dijo-, esta noche no puedo, ya tengo planes; pero por qué no te vienes mañana.
-Mañana, ¿cómo a qué hora?
-Como a las seis de la tarde estaría bien.
-¿Estás segura de que estás bien?
-Si amiguita, no te preocupes.
-Te quiero mucho.
La comunicación se cortó. Colgó el auricular. Una lágrima se descolgó lenta, resbaló por la mejilla hasta el mentón y cayó sobre la tierra. Se limpió el rostro con una mano, recogió la bolsa de papel y retomó el paso a través de las calles del barrio. Las casas se sucedían en silencio. No había gente transitando por las pistas sin asfaltar. De vez en cuando se cruzaba con uno que otro transeúnte que, como todo el mundo, no podía evitar mirarlo de reojo. Siempre había sido así, todo el mundo tenía que mirarlo. Las luces de los postes se encendieron. Se detuvo frente a una puerta, sacó un manojo de llaves del bolsillo y entró a una casa muy pequeña. Las pesadas cortinas de lona estaban cerradas. Una gruesa biga de madera sostenía el techo de calaminas. El lugar se encontraba sumergido en la penumbra pero no encendió la luz. Olía a humo de cigarro y a polvo pegado en los muebles, en la ropa, en las paredes. Colocó la bolsa sobre la mesa y se dejó caer sobre el único sillón. Estaba sumamente flaco. Las extremidades largas y huesudas se estiraban como patas de araña. El pelo largo y negro le cubría la mitad del rostro e intensificaba las facciones de la parte descubierta. El pómulo salido, la piel oscura, la ceja depilada hasta quedar convertida en una línea negra que todos los días tenía que volver a pintar sobre los huesos toscos de la frente. Metió la mano al bolsillo del pantalón, extrajo una cajetilla de cigarros, la abrió, sacó uno y lo encendió. La flama del encendedor reveló la profunda oscuridad contenida en su mirada. El vacío y la tristeza parecían habitar en cada uno de sus movimientos. La flama reveló también, esas manos de dedos largos y chuecos. Fumaba con mucha paciencia, con la mirada perdida en el cielo raso.



* * *


Crecer había sido duro. Cada año había sido un siglo de dolor constante y de reparo, de descubrimiento paulatino de esa verdad atroz que sería su felicidad única y también su cruz. Cada año interminable en esa casa, en esa escuela, como si hubiera nacido para no ver jamás la luz del día. Nunca supo otra cosa que no fuese eso de saberse diferente, de esperar desde chiquito el momento de quedarse a solas para vestirse apurado con la ropa de su madre. Rápido y con miedo, pero ansioso por mirarse al espejo y sentirse feliz por un segundo, porque después, venía el miedo enorme que lo obligaba a sacarse la ropa y dejar todo tal y como estaba. El miedo enorme que era su padre en la casa, una sombra oscura con olor a alcohol y a gritos y a golpes. Porque el hombre tenía la obligación de corregir y para corregir había que dar golpes. Pero con Ernesto su padre no pudo, a pesar de que lo había golpeado duro y hasta cansarse, nunca pudo arreglarlo. Ernesto había nacido estropeado, torcido. Simplemente había sucedido así, chueco desde el principio, sufrido para siempre. Por más que lo intentaba no podía ocultarlo; saltaba a la luz cuando corría por las calles con sus hermanos, cuando no le salía ni una miserable jugada en la cancha de fútbol, cuando prefería mil veces jugar al vóley con las chicas o sentarse en la vereda con las rodillas juntas, juntísimas.



* * *


Se adelantó un poco hasta quedar sentado al borde del sillón, dejó el cigarro colgando entre los labios, tomó la bolsa de papel, extrajo una caja, la apoyó sobre los muslos, la abrió y sacó una botella de güisqui Swing. La observó un rato entre sus manos, la colocó sobre la mesita y con un leve golpe activó el movimiento pendular. Le había costado un ojo de la cara pero no era para menos, la ocasión así lo ameritaba. Se quedó mirando la botella y por unos instantes todo fue el sonido de ese vaivén de vidrio rebotando en las paredes. Se levantó, tomó la botella por el pico, se fue a la cocina, echó unos cubos de hielo en un vaso y la llenó hasta el borde. La cocina estaba inmunda. Los platos con comida seca y pegoteada desbordaban el lavabo. Los vasos usados y las ollas ocupaban las repisas. Bebió un sorbo largo y seco. Se concentró en el sabor a madera, en el olor antiguo del güisqui. Con el vaso en la mano se dirigió hacía el cuarto de baño. El piso de la ducha estaba cubierto de moho. Tiró lo que quedaba del cigarro en la taza del excusado y tomó otro trago antes de empezar a desvestirse. Su cuerpo flaquísimo y desnudo dejó expuesta la fealdad imposible de su cuerpo. Volvió a beber. El espejo sobre el lavabo estaba roto. Evitó encontrarse con su reflejo fragmentado. Entró a la ducha y, con los brazos caídos y los ojos cerrados, dejó que el agua fría recorriera el cuerpo.



* * *


Las primeras explosiones se escucharon a las diez de la mañana. Sus hermanos y sus padres se estaban terminando de arreglar para ir a la plaza. Ernesto estaba echado en la cama, tapado con las frazadas hasta la cabeza. ¡Tú no vas!, le había dicho su padre durante el desayuno, ¡no quiero pasar vergüenzas, esta es una fiesta decente! Pero viejo, quiso intervenir su madre. ¡Pero nada!, él se queda a cuidar la casa y punto. Escuchó la puerta al cerrarse. Era la primera vez que le prohibía ir con ellos a la fiesta del patrono San José. Con seguridad su padre no se había podido olvidar de la fiesta del año anterior, cuando, después de haberse bebido unas cervezas de más, Enrique, con sus catorce años confusos, se había puesto a bailar como loco, como si nadie lo estuviera viendo, había perdido la compostura que siempre había tratado de mantener, y su padre, que estaba más borracho que todos, lo jaló con fuerza por el brazo, le dio una cachetada tremenda y lo mandó a su casa para siempre. Esperó unos minutos para asegurarse de que ya no regresarían, se secó las lágrimas, se destapó, se puso de pie, fue a la sala y encendió el viejo televisor blanco y negro. Se pasó toda la tarde viendo telenovelas mejicanas mientras sufría al escuchar la música, la risa, las explosiones de los cohetes en la plaza. Y, como siempre, se sintió sólo, lejos de todos, desplazado. Cuántas veces había tratado de cambiar, de arrancar de su corazón aquella verdad que significaba vergüenza, pecado, oscuridad. Cuántas veces se había jurado que se iba a portar como todo un hombre, que iba a conseguir una enamorada y que iba a dejar de ser aquello que inevitablemente era. Pero siempre había sido inútil, a pesar de las interminables horas de rezo, de súplica desesperada: Por favor Diosito, por favor, haz que me despierte siendo como mis hermanos, como mi padre, haz que no vuelva a mirar a los hombres con estos ojos que me duelen en el alma. Pero nada pasaba. Cada día se levantaba siendo más que nunca aquello que nadie quería que fuese, ni siquiera él. Se quedó dormido frente al televisor, enroscado sobre si mismo.
El sonido del timbre, seguido por una serie de golpes insistentes en la puerta lo despertaron. Abrió los ojos y se levantó. Ya era de noche. Se acercó a la puerta y miró por el ojo de buey. Era su primo Edson.
-¿Qué pasa? -Le preguntó al abrir la puerta.
-Nada, nada.
-¿Todo está bien?
-Sí.
Entró tambaleándose hasta dejarse caer en el sofá. Tenía los ojos muy rojos y le costaba fijar la vista. Edson tenía 19 años y era el sobrino favorito de su padre. Jugaba fútbol en el equipo del barrio como centrodelantero y ya llevaba dos años siendo el goleador del equipo. Era alto, de rasgos fuertes, con la cara cortada en ángulos definidos, con los ojos marrones y almendrados, con el pelo negro, lacio y largo hasta los hombros, con el cuerpo estilizado y atlético de los jóvenes deportistas. Todas las chicas del barrio se morían por él.
-¿Tienes hambre? -Le preguntó.
-Sí.
Enrique se levantó y fue a la cocina a prepararle algo de comer. Encontró una hogaza de pan y un par de huevos. Sacó la sartén, la colocó sobre la hornilla, la encendió y le echó un chorrito de aceite. Edson cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás. Enrique no podía sacarle los ojos de encima mientras freía los huevos. Siempre le había gustado. Cada vez que había un juego, él era el primero en estar listo para ir a la cancha. Su padre y sus hermanos pensaban que era porque le gustaba el fútbol, pero eso no era cierto, él iba para ver a Edson, para verlo correr sobre la cancha de tierra, sudado, con el pelo mojado, con ese short azul que dejaba expuestos esos muslos poderosos contrayéndose tras cada zancada. Tomó una espátula, sacó los huevos de la sartén y los colocó en un plato junto con la hogaza de pan. Apagó la hornilla y retiro la sartén del fuego.
-Toma, es lo único que había.
Edson abrió los ojos, se enderezó con esfuerzo y tomo el plato.
-Espero que te guste.
Se sentó junto a él y lo observó en silencio mientras devoraba la comida como un animal salvaje. La yema líquida, amarilla y tibia, se le chorreaba entre los dedos que lamía con fruición. Masticaba con la boca abierta produciendo una serie de sonidos que, en cualquiera de sus hermanos le habría producido asco, pero en su primo no, ante él, todo era diferente. Al terminar de comer, Edson dejó el plato sobre la mesita de centro y volvió a recostarse en el sofá. Olía a cerveza, a sudor de baile tupido en la plaza. La camisa estaba mojada, pegada a los pectorales, la respiración se escuchaba muy fuerte, el pecho subía y bajaba. De pronto, una arcada le hizo convulsionar el cuerpo, se paro de un solo impulso y salió corriendo hacia el baño. Ernesto fue tras él.
-¿Necesitas ayuda? -Le preguntó pero no obtuvo respuesta. Estaba arrodillado con la cabeza sobre el excusado. Ernesto se acercó para ayudarlo. Se agachó, con una mano le sujetó la frente y con la otra lo tomó por el estómago-. Tranquilo, tranquilo -le decía-, tienes que botar todo el alcohol, después te vas a sentir mejor -La mano que sujetaba la frente lo empezó a acariciar poseída por una fuerza superior a cualquier voluntad.



* * *


Como una reina y al diablo todo, se dijo y abrió los ojos. Tomó una esponja, le echó un champú especial para la piel y empezó a frotarse el cuerpo, con ambas manos, despacio, el pecho, las piernas, con los ojos cerrados, lentamente, el cuello, la nuca, muy despacio; se imaginó que estaba en un baño muy elegante, blanco, era una visión muy clara, un baño blanco, una gran tina blanca, una gran ducha blanca, blanquísima; se imaginó lejos de ese lugar decadente y apestoso en el que se encontraba atrapado; era gratificante sentir el agua corriendo, el agua que todo lo limpia, la esponja que todo lo limpia, los ojos cerrados que todo lo limpian; y las manos, las dos manos, sobre el pecho, sobre las piernas, sobre el sexo, despacio, una y otra vez, lentamente, sobre el sexo, de nuevo, otra vez; y los cuerpos de fuego empezaron a surgir caprichosos en la mente, y el agua, y la esponja, y las lenguas de fuego, y las manos de fuego, y ese hombre de fuego imposible de olvidar; todo era sólo el hombre en ese instante, todo era sólo el hombre, los ojos cerrados, la mente, la esponja, las visiones de esos cuerpos sudorosos, y el agua, y las manos, y el sexo, todo era el sexo, todo era el sexo blanco hasta el final, todo era sólo Edson en la memoria, todo era sólo el fuego. Abrió los ojos y se encontró consigo mismo, horrible y olvidado, lejos del mundo. Tomó un frasco de crema de afeitar, lo agitó y lo untó a lo largo de su piel grisácea, enferma. Tomó luego una máquina de afeitar y empezó el proceso mil veces repetido de rasurar todo su cuerpo.



* * *


Edson terminó de vomitar. Su camisa y sus pantalones estaban manchados, con olor a bilis, a fermentos etílicos. Ernesto sabía que estaban solos, acompañados por las voces que llegaban desde la sala en blanco y negro, por las explosiones de los cohetes, por la música débil de la plaza que le decía como un susurro oscuro que nadie llegaría pronto. Recostó a Edson contra la tina.
-Tranquilo -le dijo, jaló la cadena del excusado y limpió el piso con papel higiénico. Luego se dejó llevar por los impulsos. Trataba de que cada movimiento surja natural desde el centro de su corazón acelerado-. Mira cómo estás -le dijo-, qué vergüenza, pareces un borracho cualquiera, no quiero que mi madre te encuentre así. Será mejor que te bañes y te cambies.
-No, déjame -le dijo Edson.
-Tranquilo, tranquilo -insistió Ernesto-, no va a pasar nada. Déjame ayudarte, yo te puedo prestar ropa. A ver, párate, párate. Asu macho, estás bien pesado. A ver, ayúdame un poco. Así, eso es -empezó a desabrocharle la camisa, botón por botón, muy despacio. El pecho fue quedando al descubierto, la piel morena, los músculos jóvenes y definidos. Tenía un poco de reparo antes de ejecutar cada movimiento, pensaba que Edson podría reaccionar mal, largarlo de un solo manotazo violento y ofendido, pero nada de eso pasó. Su primo se quedó muy tranquilo, con los ojos cerrados se dejó sacar la camisa. No dijo nada cuando Ernesto se agachó y después de desabrochar el botón del jean empezó a bajarlo lentamente. El corazón se le salía del pecho, nunca antes había estado tan cerca a un hombre, nunca antes el deseo lo había tomado con tanta fuerza desmedida.
-¿Qué haces? -Murmuro Edson.
-Tranquilo, primo, un baño te va a caer muy bien. Ven siéntate aquí.
Obedeció y se sentó sobre la taza del excusado. Ernesto colocó el tapón en la tina, abrió el grifo del agua caliente y fue al cuarto de sus hermanos a buscar algo de ropa que le pudiera prestar. Estaba ansioso, dominado por una serie de emociones extrañas, intensas, desorbitadas. Regresó al cuarto de baño, dejó caer la ropa al piso, cerró el grifo y probó con la mano que el agua no estuviera demasiado caliente.
-Listo, primo, ahora, sácate la ropa interior y métete al agua.
Todo se salió de proporciones al ver el cuerpo desnudo tendido bajo el agua. Sin poder controlarse, tomó una esponja y empezó a frotar la piel de cobre.
-¿Qué estás haciendo? -Le preguntó Edson-, ¿estás loco?
Ernesto se detuvo por unos instantes, esperaba que Edson le pidiera que se fuera, que lo dejara en paz, pero no lo hizo. Por el contrario, cerró los ojos y se relajó por completo. Muy despacio, volvió a colocar la esponja sobre el pecho desnudo, casi no rozaba la piel. El presentimiento de algo oscuro a la vez que luminoso bullía en su interior. No podía dominar el instinto, no podía detenerse. Después de todo, Edson no se estaba rehusando a las caricias, después de todo, él seguía con los ojos cerrados, como no queriendo ver, o quizá, como queriendo imaginar escenas lejanas. Nada existía en el mundo, solo Edson dejándose tocar, solo la certeza de saberse pleno, más cerca que nunca de sí mismo, con unas ganas terribles de mirarse al espejo y estallar en carcajadas de alegría plena. Luego, después de que todo hubiese terminado, mientras su primo dormía muy tranquilo en la cama de su hermano y él lo contemplaba desde el vano de la puerta, Ernesto tuvo la clara certeza de que no habría vuelta atrás. El viaje más oscuro y radiante de su vida, el único, había comenzado.



* * *


Se terminó de bañar, cerró el grifo, se envolvió en una bata de felpa blanca, tomó el vaso de güisqui y lo secó de un solo trago. Fue a la cocina, tomó la botella y se dirigió a su habitación. Encendió la luz, colocó la botella y el vaso sobre la mesa de noche, se sentó al filo de la cama, abrió un cajón y sacó un maletín rectangular en la que guardaba todo su maquillaje. Volvió a llenar el vaso. Encendió otro cigarro. Luego de la primera calada, una tos seca y metálica lo obligó a agarrarse el pecho con ambas manos para intentar aplacar el dolor. Dejó el cigarro sobre el cenicero que descansaba sobre la mesa de noche, abrió la caja, sacó un frasco de crema y la aplicó con mucha paciencia en los brazos y en las piernas. Después, sacó un frasquito de esmalte para uñas y una bolsa de algodón. Colocó sendas bolitas blancas entre los dedos de los pies flacos y torcidos, agitó con fuerza el pomito, lo abrió y, muy despacio, empezó a cubrir las uñas con ese esmalte rojo fuego que tanto le gustaba.


* * *


Durante dos años Edson fue su amante. El primer hombre de su vida. Lo único que a Ernesto le molestaba era que sólo iba hacia él cada vez que estaba borracho. No había manera de que sucediera algo en el campo de la sobriedad, ni siquiera lo miraba directo a los ojos, es más, lo trataba con cierta indiferencia, o peor aún, como si nada de lo otro estuviera ocurriendo entre ellos. Pero cuando se emborrachaba todo cambiaba. Ernesto había establecido ya esa relación directa entre el alcohol y el sexo, y ni bien lo veía destapando las primeras botellas, su corazón empezaba a segregar las sustancias celestes del deseo. Sabía que entonces sería posible acariciar ese cuerpo atlético con el que tanto soñaba. Estaba enamorado, loco por completo. Escribía su nombre en las páginas finales de sus cuadernos y lo decoraba con corazones y flores. Escribía largas cartas de amor que guardaba celosamente bajo el colchón de la cama. Qué feliz se sentía. No importaba nada más que ese amor desmedido que, en el fondo, sabía jamás sería correspondido. Se acostumbró a las migajas que Edson le daba cuando estaba lo suficientemente ebrio como para fingir no darse cuenta de lo que estaba haciendo. Y sus encuentros secretos y furtivos, fueron ganando en osadía hasta que llegó esa tarde oscura de julio. Ernesto entró a la casa luego de un día de colegio y encontró a sus padres sentados en la sala. Ella lloraba desconsolada y él sostenía entre las manos las cartas de amor que él le había escrito a Edson. Lo botó como a un perro. Le dijo que agarrara sus cosas y se largara. Lo borró por completo de su memoria. Nada pudo hacer su madre si no llorar y llorar. Le dijo que se avergonzaba de él, que si pudiera lo mataría pero que no quería terminar en la cárcel. Lo golpeó hasta cansarse. Ernesto no dijo nada. Ni siquiera lloró. Metió su ropa en una mochila y se fue.


* * *

Terminó de pintarse la uñas de los pies y las de la manos. Bebió y volvió a llenar el vaso. Se echó en la cama para esperar que el esmalte se seque. El efecto del alcohol empezaba a tomar el cuerpo con esa calma inexplicable. Encendió otro cigarro. El silencio de la noche próxima se acrecentaba en la mente. Tosió. Tomó el cenicero y lo puso sobre su vientre. Pensó en su familia, hacía ya diez años que no había vuelto a hablar con ellos o a verlos, salvo por esos días en los que la nostalgia lo llevaba de regreso al barrio. Entonces, observaba su casa desde la esquina, nervioso, escondido tras el maquillaje, la peluca y los enormes lentes de sol. A veces se quedaba mucho rato de pie, esperando ansioso a que su madre saliera rumbo al mercado. Qué ganas le daban entonces de correr hacia ella, de abrazarla, pero nunca lo hizo. Dio una calada larga y el dolor arremetió de nuevo. Se preguntó, así como lo había hecho muchas veces, si su padre se habría arrepentido de haberlo echado de la casa con tan sólo quince años. Sabía que lo más probable era que no, pero le gustaba pensar que sí, que se arrepentía, que cuando se quedaba sólo le asaltaban los remordimientos. Bebió. Se volvió a preguntar también, cómo diablos habrían explicado su repentina desaparición. Su padre era demasiado macho como para aceptar ante el resto de la familia que tenía un hijo maricón. ¿Me habrán matado?, ¿me habrán enviado a un país lejano?, ¿qué mentira habrán inventado? ¿Y, mis hermanos?, ¿cómo habrán sobrellevado todo lo ocurrido?, ¿me recordarán siquiera?, ¿o ya me habrán borrado por completo de sus memorias? ¿Y Edson?, ¿como le habrá ido a Edson?, ¿mi padre habrá hecho algo en su contra o lo habrá perdonado por ser el goleador del equipo del barrio? Fumó. Ya que importa, se dijo, ya nada importa, mi única familia es Shirley. Ella se encargará de todo, como siempre.


* * *


¡Te maldigo!, ¡para mí estás muerto! Fueron las últimas palabras que le escuchó decir a su padre antes de que la puerta de su casa se cerrara para siempre. Solo, desesperado y sin saber que hacer, deambuló por las calles del barrio. Pensó en tirarse bajo las ruedas del primer autobús que pasara por la carretera. Pensó en caminar hasta el primer edificio alto que encontrara en su camino para subir al último piso y saltar al vacío. Pasó varias veces por la puerta de su casa. Tenía unas ganas locas de tocar la puerta y suplicar arrepentido, pero no tuvo el coraje para hacerlo, el miedo que le tenía a su padre era superior a todo. Terminó sentado en un parque muy cerca de su casa. Lloraba, esperaba en vano a que su madre apareciera en la penumbra a decirle que regresara, que su padre estaba arrepentido. Sacó una casaca de su mochila, se la puso, se recostó encogido al costado de un árbol y siguió llorando.
Lo despertó el duro frío del amanecer limeño. Recogió su mochila y empezó a caminar sin rumbo. Fue entonces que, al doblar una esquina, vio a la mitad de la cuadra a Shirley barriendo la puerta de su casa:
-¿Qué te pasa? -le preguntó al verlo tan triste.
-Me han botado de mi casa -respondió.
-¿Qué?, no puede ser. Ven, pasa, pasa. Cuéntame, ¿qué ha pasado? Shirley era alto, de piel trigueña y pelo rubio hasta los hombros. Tenía una peluquería en la salita de su casa en la que atendía a todas las chicas del barrio. Lo recibió con mucho cariño desde un principio. Sin dudarlo siquiera, le ofreció un espacio donde quedarse, una cama, un plato de comida. Nunca antes lo habían tratado de esa manera. Nunca antes lo habían hecho sentirse tan bien consigo mismo.
-Uno es lo que es y hay que aceptarlo. No hay más vuelta que darle. El problema no eres tú, Ernesto, el problema son tus padres.
Shirley fue más que un amigo, una madre. Le enseñó con mucho gusto el oficio de la belleza y el arte de sobrevivir siendo uno mismo. Fue él también quien le puso La Reina mientras le teñía el pelo de rubio.
Y despertar cada mañana con una sonrisa, y vivir contagiado por las tremendas ganas de vivir de Shirley, así como conocer a sus amigas, escuchar sus historias entre música y cervezas, todas semejantes o peores que la suya, lo ayudaron muchísimo en el proceso de superar la crisis emocional y la depresión provocada por el rechazo. Sin embargo, la felicidad no duró mucho.



* * *

Apagó el cigarro y se levantó. De un cajón de la cómoda sacó toda su ropa interior y la tiró sobre la cama. Escogió un conjunto de encaje negro y se lo puso. Acomodó el pene como sólo un travesti experto puede hacerlo. Se puso el sostén y colocó los rellenos de esponja para las nalgas y el pecho. Cada vez que empezaba a realizar aquella transformación, algo en su cuerpo reaccionaba con un placer sutil e intenso. Así como lo que dijo Agrado en “Todo sobre mi madre”: Uno es auténtico en la medida en la que se parezca lo más posible a como se ha soñado. Cuanta verdad en esas palabras. Como disfrutaron Shirley y ella cuando vieron la película en un cine del centro. Se rieron y lloraron con locura. Desde esa película se volvieron adictas al cine de Almodóvar. Se miró en el espejo y se sintió como uno de sus personajes, como una Rosi de Palma, sí, así como ella, fea pero bonita al mismo tiempo. Secó el vaso de güisqui y lo volvió a llenar. El alcohol suavizaba su reflejo, lo hacía más tolerable en su fealdad y en su decadencia. Se sentó al filo de la cama, tomó un par de medias negras de nylon y se las puso. Su vida había sido un drama al mejor estilo de Almodóvar, por eso mismo no podía hacer otra cosa que comportarse como una reina y punto. Se recostó en la cama y pensó en Shirley, en que vendría al día siguiente. Sintió una breve ráfaga de pena recorriendo la piel. Se preguntó si su padre o sus hermanos habrían tenido que ver con la desgracia aquella que los obligó a dejar del barrio.
Pobre Shirley, se dijo.
Ernesto sentía que él la había tocado con su maldita mala suerte, la que llevaba encima por culpa de su padre.
De eso estaba seguro.


* * *


Era sábado. Habían estado tomando cerveza y escuchando música toda la tarde. A la media noche decidieron acostarse, pero ni bien empezaban a conciliar el sueño un estruendo de cristales rotos las levantó en vilo. Luego escucharon una serie de voces de hombres que venían desde la sala. Shirley se levantó y Ernesto salió tras ella. Al llegar a la sala encontraron a cuatro hombres con pasamontañas y patas de cabra que estaban destrozando todo lo que encontraban a su paso. ¡Maricones de mierda!, gritaban, ¡sidosos del diablo!, ¡nadie los quiere en este barrio!, ¡váyanse de acá cabros salados! Shirley corrió a la cocina en busca de un cuchillo para defender lo que con tanto trabajo había logrado, pero uno de los tipos la vio y le atestó un golpe fortísimo en la cabeza que la dejó sangrando y tendida en el suelo. Ernesto sólo atinó a correr hacia ella y observarlo todo mientras le sujetaba la cabeza aterrado. No podía creer lo que sus ojos estaban viendo, el odio desplegado por esos hombres, los espejos explotando en mil pedazos y esa galonera anaranjada con la que uno de ellos empezó a rociarlo todo. A Ernesto no le hicieron nada más allá de las infinitas amenazas. Después, vino el incendio, las lenguas de fuego devorando la vida de Shirley por completo, y la culpa que se quedó enquistada en el corazón de Ernesto, a pesar de que, Shirley, le dijo después, que le iba a estar eternamente agradecida por haberle salvado la vida.
Cuando los bomberos terminaron de apagar las llamas, ya no quedaba nada del salón de belleza, sólo una serie de fragmentos negros cayéndose a pedazos.


* * *


Se puso el vestido de lycra rojo, el que mejor le quedaba. Sacó sus botas de charol negro y, mientras se las ponía, las lágrimas empezaron a resbalar por el rostro sin expresión. El alcohol confundía las emociones contenidas. Se secó las lágrimas, agarró la caja del maquillaje y empezó el proceso final de la transformación. Untó el rostro entero con base oscura a través de la cual se percibía el color cenizo de la piel. Dibujó las cejas sobre los huesos de la frente. Pegó las pestañas postizas con delicadeza. Pintó los labios de un rojo incendiado. Delineó la boca de la Reina más allá de los labios. Aplicó chapas sobre los pómulos salidos y cerró la caja. Se puso de pie y se miró frente al espejo. Esa era ella, La Reina, la única, la verdadera. Ernesto era alguien que ya no conocía, una historia oscura del pasado, un error terrible que la había llevado por laberintos nefastos. El único culpable.


* * *


Se refugiaron en la casa de La Diabla, una de las amigas de Shirley. Entonces Ernesto conoció el verdadero rostro de la noche, ahí donde Shirley había comenzado su sueño del salón de belleza. Las esquinas tristes de la avenida Arequipa, de la Javier Prado, de la Canadá. Esas largas noches esperando a los clientes que, pronto descubrió, eran de todo tipo. Jóvenes, viejos, borrachos, fumones, ricos, pobres. Se dio cuenta entonces que no era un bicho raro, que había mucho hombres llevando la doble vida de la urbe. Casados respetables, hombres de familia que esperaban las altas horas de la madrugada para dejarse llevar por el lado oscuro del deseo. Al principio fue muy raro, un acto extraño de intercambio, sexo por dinero, dolor, asco. Rara vez el placer de un hombre guapo, pero el dinero llegaba y, según Shirley, pronto podrían independizarse y salir de eso. Sin embargo, Ernesto nunca pudo dejar de sentir culpa, la maldita culpa, y ni bien hubieron reunido el dinero para alquilar una casita en el Cono Norte y empezar de nuevo el negocio del salón de belleza, Ernesto, desapareció. Tomó sus cosas y se fue arrastrando su mala suerte a cuestas.


* * *


Sacó toda la ropa de sus cajones, la llevó a la sala y la tiró sobre la mesa de centro. Se sentó en el sillón y ató todas las medias de nylon con nudos fuertes cuya resistencia comprobaba con las manos. Tomó la botella de güisqui y bebió directamente del pico. Se subió al sillón y amarró la tira de medias a la biga de madera que sostenía las calaminas del techo. Shirley vendría al día siguiente. Tomó el encendedor, encendió un cigarro y le prendió fuego a su ropa. Shirley se encargaría de todo. Ella sabría comprender. Ella era la única capaz de comprender. Terminó de fumar frente al fuego que empezaba a correr sobre la alfombra, se subió al sillón, ató el extremo de las medias alrededor del cuello, con una sonrisa desmedida en el rostro se despidió de Ernesto y, como una Reina, saltó.