Friday, September 12, 2008

SERGIO GALARZA



SERGIO GALARZA PUENTE ( Lima, 1976) ha publicado los libros de cuentos Matacabros (1996), El infierno en un buen lugar (1997), Todas las mujeres son galgos (1999) y La soledad de los aviones (2005), así como la crónica Los Rolling Stones en Perú (2004). Es colaborador de la revista Etiqueta Negra y de varias publicaciones extranjeras. Sus cuentos figuran en las antologías El cuento peruano –Ricardo Gonzáles Vigil-, se habla español- Alberto Fuguet y Edmundo Paz Soldán- y selección Peruana 1990-2005 (Estruendo mudo). Abogado de profesión. Hace algunos años, partió rumbo a Madrid con una beca de estudio a buscarse un mejor futuro como escritor. En 2006, obtuvo el segundo lugar en la Bienal de Cuento Copé. El siguiente cuento ha sido transcrito del libro pubicado por la Bienal de COPE 2006.


EL MAPACHE


Para Tito y Simona, por cuidar del mapache

Lavaplatos, ayudante de entrega de artículos informáticos, cuidador de una piscina, dependiente de la sección de comida en un supermercado, teleoperador por tres días y paseador de perros, son algunos de los trabajos que he realizado desde que iniciara este peregrinaje por la ruta incierta de los anhelos. Antes fui empleado en una oficina. ¿Oficina de qué? No importa (pero parecía una nave espacial Alucinada en los años cincuenta). Los empleados son sólo empleados en cualquier parte del mundo. He viajado por Chile, Bolivia, Paraguay, Argentina y Uruguay, Florida, Alabama, Mississipi, Louisiana, Washington, Chicago, Ohio, Nueva York y ahora escribo estas señales de viajero desde Barcelona, aunque mi hogar en España está en Madrid. Han pasado unos meses desde que partiera una mañana de forma definitiva de Lima, luego de varios regresos obligados. Lima es la ciudad donde aprendí a odiar, verbo que conjugo muy bien si de pelear se trata, donde, como una carta de despedida en cada lugar al que llegara. Sin embargo, mis odios persisten y se renuevan, mientras extraño aquella primera carta de despedida. Quien me reveló esta verdad fue un mapache.
Madrid es como una maternidad para los viajeros. Aquí todo empieza y yo tenia ganas de borrar el lado A de un disco sin éxitos. El lado B es éste, que empieza como todo aquí en Madrid.
Trabajo paseando perros. Es un trabajo que me aleja de la gente y sus tareas. Cuando era lavaplatos ahuyentaba a las ratas del Deep South para tirar la basura y cuando fui teleoperador tuve que soportar los discursos motivadores de un colombiano que me preguntaba a cada rato cómo me sentía. Ésta es una de las cosas que más odio, que alguien me interrumpa para preguntar cómo me siento. He llagado a creer que mi rostro refleja a un tipo huraño. ¿Acaso soy un tipo que necesita ayuda? ¿Será por eso que los amigos de mis amigos me miran raro y me hablan con timidez como si acabara de salirn de un centro de desintoxicación? A veces no me interesa hablar en las reuniones; sólo me da la gana de escuchar y quedarme ciego de fiesta. Si llego de trabajar, lo único que necesito es el descanso en una cama tendida a la perfección. Que por dentro me carcoma una calamidad, es lo de menos. Lo que importará siempre es que la cama esté bien hecha y limpia como la jaula del mapache que conocí.
Llegué a Madrid en compañía de Laura, mi novia. La convencí de que no valía la pena quedarse estacionado en una misma ciudad, le dije que siempre tendría a su familia como un mapa de afectos que podría visitar cuando quisiera, y me creyó. Evitare caer en el recuento amoroso de nuestra relación. Basta con confesar que el dia que todo empezó ha sido el más feliz que he tenido hasta ahora. Sucumbí, hay que reconocerlo, a los temblores que ocasiona una chica frágil escondida bajo el caparazón de la indiferencia. Esa madrugada nos quedamos dormidos en el sofá de su salón con el televisor prendido. La dejé desayunando y en la calle una 4x4 pasó por mi cara a toda velocidad. Adiviné que unas cuadras más allá una patrulla de la policía los detendría. Subí a una combina y en un momento pasamos al lado de la 4x4. Sus ocupantes eran interrogados por unos policías. Quería contarles a los noctámbulos que viajaban en la combi que había dormido en un sofá junto a mi nueva chica. No me atreví. Y le dije a la cobradora de la combi que yo había adivinado que esos policías pararian a la 4x4. La señora me miró desconfiada y exigió que le pagara el pasaje de inmediato. Tenía la mirada de un mapache aquella mujer.
Vivo el La Latina, el barrio al que llegué con Laura hace unos meses. Unos parientes tan lejanos que sólo conocí aquí me alojan por estos días a unas calles de la habitación que alquilamos. La habitación quedaba en un sótano, lo que nos emparentaba con los topos. En invierno el sol apenas si se asomaba por las ventanas a ras del suelo, y para saber si era de día o de noche había que mirar el reloj, aunque la hora nos tenía sin cuidado porque entonces éramos dos jóvenes desempleados y deslumbrados por el bullicio de una ciudad que respiraba el polvo de las construcciones y el humo de la fiesta perpetua. La ruptura sucedió al comienzo de esta primavera. Yo ya había conocido a Odo, el mapache, por medio de un amigo que pensó que si perros y mapaches tienen cuatro patas, entonces daba lo mismo cuidar a unos que otros. Llevaba dos semanas visitándolo en su casa de Pozuelo, una zona de gente adinerada, con residencias que me recordaban a la Planicie en Lima. Por las mañanas me iba a la Moraleja, otra zona residencial, donde dos labradores me recibían entre arañazos y lamidas; luego paseaba a los perros que fueran apareciendo en la semana, y por la tarde Odo me bufaba desde un rincón de su jaula amenazando atacarme.
El mapache es una rata, aunque haya quienes lo emparenten más con un gato. Es más grande que una rata, quizá como aquella que una tarde de fútbol hizo lo que la policía no podía: dispensar a una horda de barristas del Alianza Lima que amenazaba vengar la derrota de su equipo por las calles aledañas al Estadio Nacional. Los barristas portaban varas de fierro y piedras, asaltaban a los vendedores ambulantes que aceptaban resignados su prudencia, desquitaban su furia contra cualquier desprevenido que cruzaba por su camino, abollaban los carros que quedaban atrapados en esa telaraña de frustración y robaban lo que hubiera en su interior, destrozaban a pedradas los vidrios de casas y edificios en un concierto de violencia. El odio arrasaba las calles. Hasta que la rata saltó de u desagüe sin tapa. Empezó a correr entre los barristas se dividieron y yo aproveché para irme a casa porque ya habían empezado a asaltar a cualquiera de la horda que no reconocieran.
Los mapaches son animales que uno recuerda gratamente sin haberlos conocido. Las películas de dibujos animados han de haber dejado en toda una imagen inofensiva y de bicho hábil del mapache. La última parte es cierta: se trata de un animal que tiene cinco dedos en cada mano y las utiliza con la destreza que una gran parte de la gente desearía poseer. La primera es mentira. Consideran a los extraños como enemigos. El dueño de Odo era, por una herencia no bienvenida, un anciano que mataba las horas leyendo el diario encerrado en su habitación. Quien llevó a Odo a la casa fue su hijo, un chico que vive en Londres. El anciano, que apenas hablaba, ahuyentó a su hijo con su intransigencia. Quería que tomara las riendas de la imprenta que les había permitido vivir en la monarquía periférica de Madrid. El chico se espantó por la insistencia del padre y voló donde la hermana de su madre fallecida hacía pocos años, dejando al mapache enjaulado. Más allá de estos trazos gruesos, aquella historia familiar terminaba cuando el anciano tiraba las puertas de la casa cada tarde que yo limpiaba la jaula del mapache.
Irene, la empleada de la casa, tampoco quería al mapache. Ni siquiera se atrevía a pasar por delante de la jaula. Irene trataba de evitar también al anciano y sus quejas por la suciedad y el desorden que según él imperaban en la casa. Era obvio que el hombre estaba desquiciado. Además del salón, la cocina y el baño, la única habitación con rastros de vida era la suya. La de su hijo permanecía clausurada y el resto de cuartos guardaban nada más que ausencias. Las marcas del pasado, como fotos y adornos, estaban en unas cajas que ocupaban la mitad de la cochera, donde se oxidaba un carro que parecía una cápsula del tiempo de ésas que ya no salen en las películas de ciencia ficción. Irene limpiaba las cajas todas las semanas mientras al otro lado de la casa yo le hablaba con cariño a Odo y baria su mierda, rogando por que no me mordiera.
Por las mañanas el trabajo era más relajado. Recogía a los dos ladrones y caminábamos hasta un parque cercado detrás de su casa. No causaban problemas, y cuando no tenían ganas de jugar se dedicaban a arrancar las ramas de los árboles. Esos ratos los aprovechaba para lee, escuchar música o concentrarme en el rostro de una chica que pudiera transportarme a una escena de felicidad. A veces me distraía mirando a los adolescentes que se escapaban del colegio y perdían el tiempo en el parque infantil de al lado, cantando los éxitos de moda en la radio y hojeando revistas del corazón. Los chicos buscaban entonaban las mismas canciones y fumaban hachis. ¿Contra qué se rebelaba esa banda adolescentes bronceados en incubadoras y barnizados con gel? ¿Contra el aburrimiento cultivada por la cuenta bancaria de sus padres? ¿Contra la velocidad de las motos que volaban por las calles se sus hogares de piedra? La adolescencia: época de fracasos y victorias mínimas que uno engrandece para empapelar las paredes de la memoria. Mis recuerdos de esos años son gigantografías de detalles borrosos.
Veo que no me falta nada para alcanzar los treinta años. Mi hermana tenía ya dos hijos a los veinticinco. A mí no me atrae la idea de ser padre, no si la paternidad me obliga a trabajar más de ocho horas diarias y callarme la boca si el jefe me grita porque mi deber es mantener el empleo sobre todas las cosas. Si encontrara una mujer que me delegara las tareas del hogar y saliera a trabajar cada mañana, entonces sí que me agradaría criar a un niño. Le cambiaría los pañales y no había que tragarse el miedo a que me mordiera. Sería como cuidar a un mapache recién nacido. Trataría de que no se convirtiera en un animal huraño al crecer y no alimentara el odio natural que todos llevamos dentro. Me gustaría que no copiara mis manías, que soportara una cama destendida al llegar del trabajo y que no menospreciara los gustos musicales de otros sin claudicar de los suyos, es decir, los que aprenderá de mi colección de discos. Me costaría trabajo entender que asuma a Jim Morrison como su héroe. Para mí Morrison es el héroe de los poetas borrachos que ahogan su escaso talento entre el tráfico de las ciudades. A pie, por supuesto. Porque un poeta, bueno malo, siempre anda a pie.
Pregunta: ¿terminaré ahuyentando a mi hijo hipotético como el anciano de pozuelo?
El placer del paseador de perros: husmear en pisos y casas extrañas, establecer el perfil del dueño mirando su estantería de libros, si la hay, los platos sucios en la cocina, que siempre los hay, y los medicamentos y los envases del baño. Las ventajas: esos paseos impagables por el parque Retiro, las horas de lectura en compañía de un perro exhausto por el calor, el disfraz de dueño que el paseador aprovecha para conversar con las chicas guapas que se acercan a acariciar a la mascota adoptiva. La comida: bocatas de calamares, de chorizo ibérico y agua. La música: cualquier grupo con reminiscencias Fol o country. La fantasía: tirarse a una dueña. La calamidad: observar a las parejas sudando amor tiradas bajo los árboles y esas familias en bicicleta o paseando como un ejército victorioso. La realidad: eres el empleado de un perro.
Después de un mes limpiando la jaula de Odo, estaba al borde de un colapso nervioso. Temía por mi vida cada tarde en Pozuelo cuando Odo mostraba esos dientes que podían atravesarme la mano como a un crucificado. A esto había que sumarle el calor que inundaba los vagones del metro y convertía a los pasajeros en muñecos de plástico dentro de un microondas, mientras en la calle el sol caía como una plancha sobre los turistas que exhibían la palidez de sus afectos por el centro de Madrid. Mis amigos veraneaban en otras ciudades, y cada mañana al bajar por las escaleras mecánicas del metro me sentía como una sardina a punto de ser triturada y enlatada. Para legar a La Moraleja tomaba un bus en la Plaza Castilla. El bus se llenaba de rumanos, latinos, árabes y algunas excepciones españolas. La gente rompía la fila por subir y el chofer nos castigaba manteniendo apagado el aire acondicionado. El bus era un container de olores que invitaban al desmayo. Odiaba que me antepusieran un brazo en la cara, que alguien renegara en voz alta cuando el día apenas empezaba, que todos tuvieran como timbre de sus móviles las horribles canciones de moda que sonaban como música metálica, que ese árabe siempre cargara con una radio portátil donde difundía la música pop de su país. Odiaba estar en una jaula, pero todos viajábamos por el mismo camino.
Una tarde en Pozuelo, mientras esperaba que Odo se alejara de la puerta de su jaula para limpiar el anciano me sorprendió al hablarme por la espalda.
- ¿Cómo está ese bicho?
- ¿No sé, yo lo veo igual.
El anciano me hizo e un lado y miró por la única reja durante unos minutos al mapache. Luego no entendí lo que dijo y desapareció. Esa noche tuve un paseo de urgencia para una bóxer. Su dueña era una chica que vivía sola en un piso del barrio de Salamanca y viajaba a menudo por asuntos de negocios. La bóxer dormía en el sofá de un salón donde abundaban los folletos de ropa y las revistas de economía. En la cocina nunca había rastros de comida y en el baño sobraban las maquinas de afeitar. La habitación de Paula, la dueña, siempre estaba cerrada.
La bóxer estaba obesa y se desplomó al pie de un semáforo a pocas calles de su hogar. Allí nos quedamos el resto de la hora que debía durar al paseo. Los carros cruzaban a toda velocidad, la gente corría a sus citas nocturnas sofocada por el viento que parecía salir de un motor recalentado, unos policías me dijeron que el perro debía llevar un bozal porque parecía peligroso, y un padre que iba con su familia me ordenó creyendo que eran de la bóxer, que recogiera unas morcillas de mierda que uno de sus hijos estuvo a punto de pisar. Deseé que la perra se transformara en un mapache gigante y los aplastara a todos con la cola. Después el mapache huiría de la policía corriendo por la Gran Vía y se quedaría ciego por los flashes de los turistas. Se colgaría del aviso de Schweppes como King Kong, pero la faltarle Jessica Lange como prisionera le dispararían con una bazuca. Su muerte sería aprovechada por los chinos, que venderían camisetas con la cara del mapache en la Plaza Mayor. El Garaje Sonico de Malasaña sería rebautizado en su honor. Unos vándalos reemplazarían al Oso y el Madroño por una estatua del mapache. Los niños pedirían un mapache de peluche como regalo de Navidad y yo me convertiría en el Paseador Anónimo.
El barrio de Salamanca es una zona aséptica si uno levanta la mirada hacia sus edificios y visita sus bares y discotecas, pero si la entierra ( lo cual es una recomendación ), apreciará la consistencia y los colores de la mierda perruna que los dueños de sus depositarios esperan que otros recojan. Definición general de Madrid: ciudad de jorobas forzosas por el asco a pisar mierda. Para quien desee saberlo, la mierda del mapache es como la de un labrador. Sólo cuando el hedor era insoportable e su jaula, Odo me dejaba limpiar tranquilo, brindaba una tregua a su empleado y bufaba si me demoraba en hacer mi trabajo. Busqué cebarlo para ver si así le provocaba una depresión por sobrepeso. Le picaba la fruta en pedazos grandes esperando que uno se le atorase en el esófago. Estuvo sin agua unos cuantos días porque n me dejó sacar su plato. Qué diferencia con la bóxer y su dueña invisible, a quien encontré encerrada en su habitación una noche que volví a pasear a su mascota.
Paula siempre solicitaba el servicio de paseo a última hora, por las mañanas o por las noches. Fue una de esas mañanas que tuve que regresar con el perro unos minutos después de salir tras darme cuenta de que había olvidado mi móvil en su baño. Mientras abría la puerta del departamento escuché un portazo en el dormitorio y una ráfaga de aire esparció por el suelo unas hojas de papel que estaban amontonadas en una mesa. Recogí el móvil y me acerqué a su puerta. Seguro ella escuchaba mi respiración agazapada en la cama. Había llamado a última hora diciendo que tenía que viajar de improviso. ¿Acaso había perdido el vuelo y le avergonzaba admitirlo? ¿Por qué su dormitorio estaba siempre cerrado? En ese momento me parecieron tonterías propias de quien no tiene otra cosa en qué pensar a las ocho de la mañana. ¿Estaría en ropa interior? Permanecí detrás de su puerta esperando que algo la delatara: un estornudo, un lloriqueo, la respiración agitada de una niña descubierta en su travesura. Luego arrastré al perro fuera del piso y desaparecimos por el asesor.
Fatigado por el trabajo y las preocupaciones de mi supervivencia, llamé a mi amigo- jefe una mañana para avisarle que estaba mal del estómago y que él tendría que hacerse cargo de Odo y de cuanto perro hubiera que pasear ese día. Pretendía quedarme en la cama, pero el calor me expulsó a la calle. Caminé buscando refugio bajo los árboles. Tomé unas cervezas y compré unos discos que necesitaba para soportar la dejadez y la soledad que me invadían por la noche. Para regresar a casa me sumergí en el metro. Revisaba mis discos cuando una chica empezó a gritar mi nombre desde el andén de en frente. ¿Paula?
No la reconocí, porque su cabello se había oscurecido y llevaba un corte horrible, como si la peluquera le hubiera colocado un wok en la cabeza para perpetrar ese esperpento. Pauline, mi ex compañera de piso, me sonreía dibujando esos hoyuelos con los cuales me había alegrado varias noches en las que nos burlamos frente al televisor. La había olvidado. ¿Por qué recordamos a alguien? Siempre tengo presentes a mis padres porque incumplo todas sus advertencias y mis aventuras acaban como profecías que para otros sólo suponen tropiezos. ¿Será por esa manía de tomarme hasta los fracasos mínimos como tragedias? Quizá no haya nada más importante para fijarme en esa ruta, como un camionero que cree que su vida está escrita en los avisos publicitarios que palidecen a lo largo de cualquier desierto. Las risas de Pauline no había marcado un territorio en mi memoria, donde dominaba la derrota de mi relación con Laura, una lista interminable de historias inconclusas y los colmillos del mapache.
Saludé a Pauline fingiendo esa emoción de los encuentros casuales que detesto por sus chirridos adolescentes, sobre todo si se trata de alguien a quien te da lo mismo ver de nuevo. Ella me hizo una seña para que la esperara en mi andén. Perdí el tren y cuando llegó corriendo mientras se quitaba aquella peluca en forma de casco que me había engañado, no supe ni putearla porque el siguiente tren tardaría más de cinco minutos o decirle que se veía linda. Nos abrazamos y salimos de la estación rumbo a un bar. Si le hubiera puteado no habría podido disfrutar de esos hoyuelos.
Pauline vivía en un piso con un estudiante peruano y una modelo rusa. Se ofreció a presentarme a mi compatriota y la corté diciéndole que ya conocía a varios. Pauline me contó que acababa de terminar con un novio argentino que la estresaba con su manía por construir frases trascendentales. Pero el detonante de la ruptura no fue eso, sino la exasperación que le causaban sus gemidos en la cama. El argentino, bruto y dócil de apariencia según Pauline, se portaba como una niña que asume su primer polvo como la comunión entre sexo y amor. Esta situación tuvo su capitulo final cuando ella le exigió una tarde, con la ropa esparcida en la cocina, que la penetrara con fuerza y le jalara los pelos. Él se negó porque temía hacerle daño y, además, la cocina no le parecía un lugar adecuado para tirar.
- Pobre huevón, yo te la hubiera metido y punto.
Mi comentario me sorprendió a mí mismo. Pauline enmudeció y secó de un trago su cerveza. Luego pidió la cuenta. La había cagado. Estaba por disculparme cuando ella me clavó la mirada. ¿Tenía que pegarme para sentirse desagraviada?
¿Entonces? ¿Vamos a mi piso o al tuyo?


Odo se enredó en mi brazo un día. Aprovechó que se me cayó el plato de agua dentro de la jaula para dar un brinco y prenderse como un alfiler. Bufaba en mi oreja mostrando el filo de sus colmillos. Traté de esconder la cabeza para que por lo menos no me desfigurara. Para qué tanto viaje si me va a matar un mapache, me lamenté. En momentos así uno se sumerge en el recuerdo de cosas que aún le faltan por hacer, en el de aquéllas que le producen un arrepentimiento sutil o brutal que, da igual, son el síntoma de la fragilidad humana que necesitaba el mapache para perdonarme la vida. Sus bufidos bajaron de tono y empecé a girar la cabeza hacia él. Un leve movimiento bastó para que el animal retomara su posición hostil. Tardó un rato en calmarse y luego saltó al suelo. Se quedó sentado a mis pies. ¿Cuántos días llevaba esa jaula? ¿Quién y dónde lo habría capturado? ¿Cual era su edad? ¿Le gustaba viajar? ¿Qué lugares había conocido? ¿Tenía una familia esperándolo?
Los días siguientes el mapache se deprimió y el trabajo dejó de ser un riesgo. Se la pasaba acostado en cualquier rincón y su pelaje comenzó a parecer la melena de un vagabundo. Un mapache resignado a su suerte. Por las noches me preguntaba qué contradicción existía entre considerarme un viajero y trabajar como empleado. Para viajar había que caer en la despreocupación, dejar que los mapas se dijeran con los obstáculos que aparecían en el horizonte, creer que la única responsabilidad era no prolongar las responsabilidades ineludibles que a veces asaltan a cualquiera. Todos aquellos que piensen así son unos ilusos. Siempre hay responsabilidades que cumplir; si no, pregúntenle a un empleado: él también quisiera viajar en avión o durmiendo frente al televisor. ¿Debía marcharme una vez más sin mirar atrás, para quedarme botado en otra ciudad en la cual tendría que trabajar quizá en un ofiuco duro para escapar de ahí? La idea no me agradaba. Pauline me dijo, una de las últimas veces que nos vimos, que a mi edad ya quería tenerlo todo arreglado en su vida. Había marcado una frontera clara para la siguiente etapa. Suspiraba antes de empezar una frase y le disgustaba que le dieran la contra. Quería hartarse de su juventud para adoptar el próximo personaje.
Paula solicitó un servicio un domingo por la noche. El piso estaba con la luz del salón encendida. Era la regla. Cuando la bóxer se quedaba sola esa luz no podía apagar. Por un reflejo involuntario la apagué al salir con la perra y, al volver la miraba hacia el interior, vi. Una línea de luz blanca y tenue que parpadeaba bajo la puerta de la habitación de Paula. Estaba ahí. ¿Por qué no paseaba a su perro ella misma? Es cierto que eso me hubiera restado ingresos. Me lo preguntaba porque molesta que alguien te espíe. Había llegado a esta conclusión sobre la chica que se ocultaba detrás de una puerta para vigilarme unos minutos de vez en cuando. Al retornar del paseo con la bóxer apagué la luz del salón a propósito y me largué.
El anciano de Pozuelo se asomaba más a menudo a la cocina, desde donde podía verme limpiar la jaula del mapache y yo a él. Irene ya no se quejaba de su malhumor, reemplazado por un mutismo misterioso. Los empleados que habían tomado sus vacaciones antes que todos retornaban a Madrid. Pauline se marchó a su pueblo en Francia. Ella aseguraba que era una ciudad porque tenía varios sitios históricos y un centro comercial que se llenaba los fines de semana de jóvenes que llegaban de pueblos cercanos. Para no hacerme problemas aceptaba que era una ciudad. Me dijo que la visitara y recibí la invitación con el gesto afirmativo de quien nunca paseará su sombra por allí. Aumentaron los paseos de perros y hasta cuidé a un par de gatos. El aire acondicionado no funcionaba en los vagones del metro. La ciudad era como un resto arqueológico: calles cerradas, huecos y tierra, maquinaria ociosa por todos lados.
El amigo que me daba el trabajo llamó una mañana para contarme que Paula se había suicidado. Después me indicó cuáles serían los servicios de la semana. Copié sus instrucciones y al terminar la llamada pensé en quién pasearía a la bóxer. La chica que yo creía que me espiaba se había matado encerrada en su habitación. Que mi amigo no me lo hubiera dicho no me impedía llenar el vacío de la noticia. ¡En qué otro lugar se habría podido atiborrar de pastillas con tranquilidad! Tuvo que ser con pastillas, lo apuesto. Nunca había estado a una puerta de alguien que terminara suicidándose. Todos piensan alguna vez en la posibilidad de hacerlo. En la mayoría de los casos son arrebatos de desesperación porque las cosas no son como queremos que sean. Al cabo de un rato la vergüenza invade al aspirante a escapista, puede que hasta la burla. Es una sensación desoladora, o extraviarse en un desierto sin una brújula. ¿Adónde ir? ¿Hacia qué patria corre? ¿La familia, un amor olvidado, un consejero del trabajo, la letra de una canción que uno supone con empeño que contiene la verdad absoluta, un paraíso artificial de alucinógenos, el ocio liberador si no se es un empleado, la resignación inútil porque la única posibilidad en semejante situación es desaparecer?
Durante los paseos de ese día me dediqué a buscarle un rostro a Paula entre las chicas que me cruzaba. Uno que le sirviera para mirarme cuando yo abriera la puerta de su habitación.
Decidí renunciar a los perros largarme a Francia. Quería dormir en los cementerios de París, donde se supone que están enterrados los más grandes talentos de la humanidad, lo cual significaría que el talento se ha extinguido. Si al morir me ponen una lápida, por favor que diga: “Peleó contra el mapache”. Mi amigo me pidió que me quedara unos días más, porque había conseguido quién me reemplazara con los perros pero no había nadie que se ocupara de Odo, ni siquiera él mismo. El anciano estaba al tanto del problema. En mi penúltima visita estuvo presente toda la hora que tardé en limpiar la jaula.
¿Te ha mordido alguna vez?
No.
¿Y no te gruñe?
Ya no. Al comienzo sí, pero ahora está deprimido
¡Cómo que deprimido! Las ratas no se deprimen
Este hombre no sabe nada de nada, pensé. Los animales no se emocionan al escuchar una canción que los transporte a un pasado feliz o amargo. Sin embargo, sí la pasan mal, sobre todo en una jaula en la mansión de un viejo que los odia.
Tomaría un bus hasta Barcelona y de allí en adelante tiraría dedo en la carretera. Cargaría chorizos para comprar pan en el camino y atravesaría los pueblos sin entrar en los bares por precaución, no fuera a emocionarme muy pronto. Escribía en un diario el nombre y la dirección de cada conductor, ofreciendo enviarles una postal de la Torre Eiffel, y en vez de ello les mandaría la foto de un cementerio anunciándoles mi lamentable deceso. Llevaría una grabadora de mano para registrar los conciertos callejeros. Ningún libro me acompañaría para no contaminar la experiencia. Partiría el viernes por la noche luego de la última visita a Odo.
Pauline vivía cerca de los Pirineos. Acercarme por allí no me entusiasmaba. La ex novia de un amigo vivía en París, lo que me aseguraba al menos un techo. Un escritor peruano con fama de salvaje conducía el tranvía en Nantes. Me dijeron que en Lille no habría problema para conseguir drogas. Montpellier parecía el nombre de una joven pequeña y tímida. Pero antes había que decirle adiós a Odo. Llegué temprano a Pozuelo. Irene había salido a hacer unas compras, así que el anciano me abrió la reja. Tuve un presentimiento. Como si fuera a ocurrir un desenlace sangriento. El viejo caminaba a mi lado hacia la jaula del mapache. Aluciné que al llegar me enseñaría el cuerpo del animal aplastado por una vara de fierro, y a continuación procedería conmigo.
Se me escapó.
La confesión del anciano ante la jaula con la puerta abierta me molestó porque se trataba de una mentira mal pensada. Si lo sometía a un interrogatorio terminaría inventándose otra mentira. Su orgullo le impediría aceptar la torpeza de su plan. La jaula estaba vacía y limpia, como si un sicario hubiese borrado las huelas del delito. Ante mi silencio me dijo que había querido alimentarlo, para ir entrenándose en su cuidado, pero no había calculado su velocidad para escabullirse. ¿Dónde estaría Odo? ¿Sobreviviría? Salí de la mansión sin despedirme. Caminé hasta la parada del bus. La calle estaba silenciosa. Corría un viento ligero que se agradecía por la temperatura que me producía visiones de Madrid derritiéndose. Y me pregunté si en Toulouse habría mapaches.

Friday, September 05, 2008

SELENCO VEGA


Lima, 1971. Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde se licenció con una tesis sobre la poesía de Carlos Oquendo de Amat. Ha publicado los poemarios Casa de Familia (1975) y Reinos Que declinan (2001), así como la colección de relatos Parejas en el parque y otros Cuentos (1998), y obtenido los primeros premios en el Concurso Nacional de Poesía “Cesar Vallejo” (1994), el cuento de las Mil Palabras de la revista Caretas (1995) y el Concurso Nacional “El Poeta Joven del Perú” (1998). Ha sido profesor de Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, y es actualmente docente en las universidades de Lima y San Ignacio de Loyola. Asimismo, es Colaborador de la Revista de Crítica Literaria Latinoamericana.
(
Tomado del libro publicado por Petroperú para los ganadores del premio COPE. 2006)



EL MESTIZO DE ALPUJARRAS


Las Alpujarras (sierras de Granada), marzo de 1570. Gómez Suárez de Figueroa, o Garcilaso, como prefiere que lo llamen desde hace unos años, junto con otros 600 españoles fieles a la Causa del Rey, se prepara para el momento de la verdad. La última sublevación morisca originada por el decreto real que impide la práctica de otra fe distinta de la católica, tiene preocupadas a sus majestades. No es el primer problema de este tipo, no será el ultimo en el Imperio donde jamás se pone el Sol; pero el fervor de los seguidores de Alá, inflamado por los discursos incendiarios de su líder, Aben Aboo, tiene mucho de valor de símbolo, tanto que ha movilizado en persona a Felipe II, que ha debido olvidar por un tiempo a su enemigo natural, el león ingles, y girar su real cabeza hacia el corazón de sus dominios.
Al llamado del Emperador acudió Gómez Suárez. A Diferencia de otro, a quienes animaban por igual el placer de La aventura y la posibilidad de hacerse de un botín millonario. Al mestizo lo ha movido más bien una intención (un anhelo) de tipo moral: ayudar a que el destino confiado por la Divinidad a España y civilizar el mundo entero e irradiar la verdadera fe no sea detenido por nadie. Allá, marcha ahora, enrolado en las mesnadas del marqués De Priego. Marcha disciplinadamente, soportando hambre y sed por entre campos y quebradas vertiginosas que si fueran algo más imponentes podrían confundirse con las de su Cusco natal Su Cusco, que abandonó hace ahora ocho años para venir a España a reclamar (sin éxito) lo que le correspondía: los títulos nobiliarios y la riqueza heredada de su difunto padre, el capitán Sebastián Garcilaso de la Vega. Es cierto: solo rechazos y discriminación encontró desde su llegada a la Península. Su condición de hijo natural, de mestizo nacido en las Américas, le ha acarreado más problemas que beneficios. Ni siquiera la paternal acogida y la protección de su tío Alonso de Vargas ha conseguido conjurar del todo el resentimiento y la desilusión de estos últimos años. Espolea con su furia su caballo (no quiere que los recuerdos amargos lo alcancen) y lo lanza a una carrera sin destino fijo. A medida que avanza un humor más sosegado lo entretiene: sabe que a otros su difícil situación habría derrotado hace tiempo, los habría hecho desistir e iniciar el espinoso camino de regreso a casa…. Pero no a él,
Descendiente directo de un hijodalgo español y de una princesa incaica. Su ímpetu disminuye un poco más mientras dirige su caballo a un abrevadero que ha encontrado cerca, a un costado del camino. Hombre y bestia se detienen a beber. Sus siluetas se reflejan lado con lado en el agua estancada, temblando al inicio en círculos concéntricos que, al estabilizarse, permiten al mestizo observarse gracias a las últimas luces de este atardecer granadino. Ha pasado los treinta años; sin embargo, aún se parece bastante a la imagen más amable que conserva de sí mismo (tendría quince años; un pintor español llegado al Cusco lo retrató entonces en un escena pastoral que debía embellecer las paredes de la catedral): las últimas luces del crepúsculo reverberan sobre su frente amplia, bajan por sus mejillas trigueñas y delinean su nariz regular y larga; más al sur, dibujan formas tenues sobre sus labios semejantes a los de su padre, luego retornan e iluminan sus ojos negros, vivaces (ay, pero nunca españoles…) y encienden finalmente , como un campo de trigo, aquellos cabellos lisos que una brisa persistente empuja hacia atrás, dándoles vida, haciendo que se asemejen a esas pequeñas culebras andinas que una parte de él identifica por su nombre quechua: amarus.
Espolea su cabello y lo conduce de regreso a las mesnadas del marqués de Priego (donde nadie parece extrañarlo). Mientras lo hace, se pregunta otra vez por su difícil condición de mestizo en la metrópoli. Menos mal que sus lecturas recientes de Platón y de Platino le han servido de consuelo, le han permitido ordenar a tiempo los fragmentos de una realidad que por momentos, era lo más parecido a un espejo roto. Ahora comprende que Dios, en su infinita sabiduría, dispuso que todos los imperios del mundo, rescatando a las almas del infierno reservado a los infieles sin ley ni autoridad. También el otrora orgulloso imperio de su madre participó, a su modo, de aquel proyecto divino: al conquistar a los pueblos salvajes del Perú, al asimilarlos a su sociedad compleja y organizada, les había inculcado entendimiento y razón, los había preparado para la llegada de los españoles y de la fe verdadera. Él mismo era resultado de aquella voluntad divina. Que los otros no vieran que su rostro era el rostro del Hombre Nuevo, que no entendieran que el suyo era el color de la tierra forjado gracias a la unión de las dos mitades del mundo por obra y gracia del Amor Celestial, ese no era su problema… En realidad, el único problema que importaba ahora y que lo obsesionaba era el de ayudar a España a cumplir con su deber sobre la tierra. Ningún hereje –y menos el infiel Aben Aboo- debía retrasar el delicado y armónico fluir de la historia.
Acaba de despertar de un sueño largo, confuso e inquietante otra vez era adolescente en el Cusco. Se repetía con la misma saña con que la recordaba la rebelión del encomendero Francisco Hernández Girón. Un pariente del corregidor local celebraba su boda y él, Gómez Suárez, por primera vez era invitado a beber licor sentado a la mesa de españoles nobles. Su padre lo miraba sonriente, con una sonrisa que algo de orgullo paterno llevaba ante el niño que lentamente se hacia hombre. El licor era amargo, pero era dulce sentirse observado por todos, celebrado. Unas palabras amables de gente mayor que se interrumpen ante el fragor impensado de unas espadas que rasgan el seguro de la puerta. Ninguno de los hidalgos presentes alcanza a reaccionar, cuando la velocidad de rayo del encomendero Hernández Girón irrumpe en medio de la ceremonia, junto con sus hombres. Todo es confusión y desorden. Los conjurados desenvainan y la emprenden contra quienes rehusan plegarse a su levantamiento. El mestizo es aún muy joven y no entiende que se tenga que matar con tanta saña para defender la posesión de unas tierras. Hernández Girón dice cosas obscenas contra el Rey, contra las autoridades que han restringido sus derechos feudales en el Nuevo Mundo; la excelente memoria de Gómez Suarez retiene (será para siempre) esas terribles palabras, mientras se esconde debajo de una mesa que, por suerte, se ajusta bien al tamaño de su cuerpo…. De pronto, abruptamente, el sueño cambia el lugar y tiempo: es más pequeño ahora, tiene apenas seis años cumplidos; la casa del pariente del corregidor local se ha convertido sin razón aparente en un torreón cusqueño; hasta allí lo ha conducido Huallpa Tupac, su abuelo materno. Dentro del torreón descubre a otros parientes de su madre, entre ellos el robusto Chanca Rumachi y quien es su favorito, el amauta Juan Pechota; este, con sonrisa de satisfacción, toma al pequeño mestizo en brazos. Todos forman un circulo alrededor de Huallpa Tupac, que con un quipu en la mano empieza a relatar en quechua viejas historias de un tiempo anterior a la llegada de los españoles. Gómez Suárez está a punto de pedir a ese abuelo remoto que lo deje allí, entre esas cálidas paredes que parecen vivas y acogedoras como el vientre de una madre, cuando una mano demasiado terrenal se inmiscuye en su sueño y lo deposita otra vez en la realidad agreste de estas sierras de Granada.
Quien lo ha despertado es Diego de León, uno de sus compañeros de mesnada. El rostro redondo, erizado de barbas rojizas del recién llegado, se dirige al mestizo con expresión divertida. Trae el aliento endemoniado de los que han bebido en exceso. Sus ropas son inmundas; sus modales, groseros. Se trata de un aragonés de baja estofa, pero con hambre de gloria:
- Hora de continuar la jornada. Venga, mestizo, que el hideputa de Aben Aboo nos está aguardando junto a con su gente…
Diego de León es uno de los pocos de la mesnada que no lo rehuye por distinto. Si no es su amigo, al menos no lo trata con indiferencia. Han tenido largas conversaciones nocturnas a lo largo de la jornada. En un cuarentón pendenciero que gusta de gastar bromas a todo el mundo. También Garcilazo intenta ser divertido con él; mejor dicho, ingenioso. La ancha barriga del aragonés, que apenas cabe dentro de una gastada coraza de cuero, se resuelve en convulsiones jocosas a cada nueva ocurrencia de aquel mestizo tímido, de ademanes señoriales.
Mientras marchan a reunirse con el resto de la mesnada, Diego de León decide jugarle una nueva broma, sin duda motivada por sus facciones angulosas, por el color aceitunado de su piel:
- Voto a Dios, compañero Garcilaso, que de español no tenéis ni el rabo. Quitad de vuestro cuerpo esas prendas cristianas y cualquier moro os confundirá con uno de ellos. El mestizo intenta responder, decirle algo jocoso relacionado con la espesura de sus barbas, pero el aragonés sube el tono de su voz y remata la chanza:
- Guardaos mucho de andar en cueros por allí. No sea que alguien de nuestra mesnada os desconozca y la emprenda contra vuestra merced.

El viaje por Las Alpujarras ha sido largo e incierto. Toda Granada se le antoja un inmenso campo agreste y frío, pequeñas aldeas miserables se abren paso a uno y otro lado del camino, como pústulas rojizas sobre la noble piel de la madre España. De vez en cuando, alguna morisca desprevenida que lleva el rostro cubierto por un velo aparece y desaparece ahogando un grito, ante le temor que despierta aquel puñado de godos que cabalga tras los pasos de Aben Aboo y su gente, a cumplir con el Emperador.
…. O son los viejos pedregosos de tu Cusco natal, Gómez Suárez, que tal es tu verdadero nombre. Los viejos caminos de infancia que vuelves a recorrer, como una paradoja que confunde tiempos y lugares, como un rencor antiquísimo que se hace polvo y te incrimina, como un ajuste de cuentos que no tiene cuando acabar… Observa aquellos ojos negros, infantiles, que te miran con pavor un instante y se refugian luego entre los brazos de su madre; escucha a esas ancianas miserables que, cubiertas de los pies a la cabeza con harapos negros, repiten como un salmo prohibido algo que, sospechas, se relaciona con su dios tutelar…¿Los observaste? ¿No son acaso los vestigios fantasmales de tu propia gente…? No, te engañas, Gómez Suárez: el renegado Hernández Girón ha regresado, junto con sus huestes. ¿No oyes el paso marcial de sus caballos de guerra? Por eso, escóndete, no pierdas tiempo y refúgiate en los brazos de tu madre, en el regazo de tu abuelo Huallpa Túpac, que si aún respira solo son para contarte los secretos finales de ese imperio de piedra que ahora yace oculto, como un bien perdido sin remedio entre las brumas del tiempo… No te engañes, sigues siendo el mismo niño que mastica su temor en el idioma en que lo masticó tu madre, y aquellos rastros que parecen deshacerse como polvo en las profundidades no son más que las viejas voces que te piden que huyas, Gómez Suárez, que te cuides de la furia de los españoles, que ya vienen por ti. ¿No los sientes? Son los mismos demonios que hacen retumbar la tierra son sus pisadas mortales, con los rayos de plata de sus bombardas semejantes al trueno, con sus mastines engordados con sangre india, con la ferocidad de sus espadas, que solo se inclinan para matar…
Hay un sol extraño que reverbera a destiempo, que desafía esta primavera todavía incipiente que no debiera darle cabida. Garcilaso quiere limpiarse el sudor pegajoso que corre por su frente amplia, pero el casco que trae se lo impide. Se apea un instante del caballo, que bufa liberado de su carga. Deposita suavemente sus armas, la toledana que se tiende como un cuerpo sin vida sobre la hierba agreste de estos campos de Granada. Bebe un sorbo de su garrafa e intenta relajarse, poner su mente en blanco; desea, aunque sea un instante, descansar de los recuerdos de infancia que los siguen acosando como si tuviera vida…
Ya repuesto, lo sorprende la caída de la noche, junto con la sensación inevitable del combate que se acerca…No es miedo lo que siente, no… Otra media hora de jornada y la voz aguardentosa, festiva, de Diego de León confirma, entre largas loas al Emperador y a Dios, lo que todos allí parecen saber: a menos de dos lenguas de distancia un grupo de moros apertrechados detrás de una muralla improvisada los aguarda. La muralla, bombardeada anteriormente por fuego cristiano, es en verdad la espina dorsal desnuda, el esqueleto durmiente de lo que en otro tiempo fue bastión levantado para defender el poder de los califas árabes.
Un largo cuerno que retumba desde el flanco moro: un cuerno que es como el grito enfurecido de un animal mitológico que se dispone a morir…
Garcilaso – junto a Diego de León y los otros soldados de la mesnada – solo espera la orden para lanzarse al ataque. Su toledana esboza un brillo que la recorre de parte a parte, un brillo que se dibuja como una sonrisa a la clara luz de una fogata improvisada. Detrás de la muralla morisca, por entre la línea de cumbres de la Sierra Nevada, el mestizo distingue las formas oscurecidas del Veleta; también percibe la cumbre del otro nevado, el Mulhacén.
La orden de iniciar el combate llega, no a través de una voz humana, sino por el sonido de una bombarda que ha taladrado de noche. (Años después, al repasar con su excelente memoria este episodio crucial, Garcilaso será incapaz de recordar los detalles más íntimos de su pensamiento; solo sabrá, como lo sabe ahora, que no es miedo lo que siente.)
Diego de León, con ojos descontrolados y aullando como una bestia hambrienta, toma la delantera junto con los más veteranos de la mesnada. Ha comenzado el asedio de aquel bastión morisco. Se
Oyen fuegos de bombardas y tiros de arcabuces provenientes de ambas líneas; los primeros gemidos se confunden y, muy pronto, parece que es la propia noche la que se quebrara en lamentos desgarradores frente al espectáculo de la sangre derramada…
Sólo Garcilaso deambula por allí, entre os últimos de la mesnada. Montando en su caballo, con su toledana en ristre y los ojos extraviados, aún no se decide a atacar. No sabe qué lo detiene. Apenas percibe la proximidad de un combate cuerpo a cuerpo se aleja por otros rumbos; se tropieza con la oscura piel de un morisco caído en defensa de Alá, se persigna en cristiano y prosigue su camino. Un extraño sentimiento superior a sus fuerzas lo obliga a escapar.
Pero no es cobardía, Gómez Suárez. Ocurre que de pronto has percibido la grave voz de tu madre, que te llama a refugiarte con ella del renegado Francisco Hernández Girón. La princesa Chimpu Ocllo te grita en quechua que el rebelde y su gente están a pocas leguas del Cusco. Su furia de lobos enloquecidos amenaza con destruir lo que queda de aquella ciudad agonizante a la que Dios, estás seguro, no habrá de concederle una segunda oportunidad. También has percibido las voces de tus otros parientes, de tu abuelo Huallpa Tupac, que al igual que tu madre te suplica en quechua que corras, que atravieses esos campos de muerte y huyas de los godos sedientos de sangre y otro que han lanzado contra ti a sus perros de presa…
El problema para Garcilaso es que los caminos por los que puede deambular son cada vez más estrechos. Casi empujado por la vehemencia de Diego de León y sus demás compañeros, ha debido apearse del cabello y continuar a pie. De esta forma, sus pisadas errabundas lo conducen a una especie de pasaje natural que, seda cuenta, desemboca junto a una pared adyacente a la fortaleza morisca (o lo que queda de algún moro ha dejado abierta en su anhelo por lanzarse al ataque. Aquella parece la entrada secreta a un cobertizo a una cámara enemiga en la que ningún español ha reparado hasta ahora.
Garcilaso sabe que debería regresar y dar aviso a su gente; sin embargo, una curiosidad superior a sus fuerzas lo sigue empujando y lo hace atravesar la entrada. Allí dentro, a la luz vacilante de una discreta fogata, descubre a una morisca todavía joven con su pequeño en brazos. Madre he hijo están cubiertos por un manto de bellos diseños árabes que transmiten el temblor de sus cuerpos. Tal vez se trate de la concubina y del hijo de algún señor importante (quizá del propio Aben Aboo): Garcilaso lo ignora y no tiene interés en saberlo. Se queda observando unos segundos aquella escena que parece tan alejada de la guerra: le agradan los ojos grandes de la morisca, el perfil aguileño de su rostro color de arcilla. Le hace un leve gesto que en otras circunstancias podría confundirse con galantería, y cierra con cuidado la puerta. Reinicia entonces su camino hacia ninguna parte. Ha abandonado completamente el pasaje natural y está cerca de reunirse con sus compañeros, cuando rapara en que alguien más ha descubierto la entrada y comienza a recorrerla, entre exclamaciones de satisfacción y triunfo.
Sin cambiar para nada el aspecto de su rostro extraviado, el mestizo regresó sobre sus pasos. Fuera de la fortaleza, los sonidos de las bombardas y el escupitajo de los arcabuces parecen no tener fin. Garcilaso empuja sigilosamente la puerta. Dentro del cuarto, un enorme godo forcejea con la joven morisca que, con un cuchillo entre las manos, lucha con intensidad desgarradora por su vida. El hombre ríe a grandes carcajadas, más preocupado por quitarle a ella el velo y las ropas que por desarmarla.
A un costado, desnudo de la cintura para arriba, el pequeño morisco parece atragantarse con su propio llanto helado.

… Una descarga entonces, una brillante luz que todo lo ciega y ese zumbido tan parecido al trueno que ha arrojado al mestizo a tierra. Pasan unos segundos en los que siente desfallecer, en los que todo se confunde con esa luz blanca tan semejante a la inconciencia… Cree despertar de nuevo en lo que parece el viejo solar cusqueño donde pasara su infancia es la casa paterna, esta seguro: allí están, alineados, frondosos, los robustos árboles que solían echar una sombra fresca sobre todas las cosas. Está también el patio señorial con su fuente de bronce y el escudo de armas grabado con caracteres dorados sobre el piso de azulejos. Muy cerca, dentro del galpón principal, descubre a su madre: el cuerpo desnudo de la robusta Isabel Chimpu Ocllo está disfrutando de su baño diario. El agua discurre por sus enormes senos de pezones oscuros, por su vientre todavía generoso y cubierto de vellos lisos, por sus muslos firmes que parecen dos cauces naturales por donde desciende un aliento de vida… Para horror del joven mestizo, sin embargo, el baño de su madre se interrumpe de pronto, ante la súbita aparición del encomendero Hernández Girón. Con una carcajada de triunfo, el rebelde se ha arrojado sobre el cuerpo desnudo de la princesa cusqueña. Garcilaso está a punto de correr en su auxilio, pero un horror todavía más grande se lo impide: se ha dado cuenta de que Hernández Girón es en verdad su padre. Imposible equivocarse: la misma silueta espigada del capitán español, el mismo perfil anguloso y sombrío de cuando le confesó a ella que debía abandonarla, que por consejo real iba a contraer nupcias con doña Luisa Martel de los Ríos, una dama más cercana a su abolengo... Y ahora estaba allí, su padre, forcejando con ella, dominándola, sometiendo a su madre en lo que más parecía un juego violento, sexual…

Aún maltrecho por el impacto feroz de la bombarda, flotando vagamente entre los charcos de una realidad mezclada con el sueño reciente, Garcilaso divisa de nuevo a la morisca. Ella no se encuentra afectada; al contrario, la terrible explosión parece haber jugado a su favor. Todavía conserva el cuchillo en su poder y, entre aullidos de histeria, se dispone a usarlo contra su enemigo. El godo, a juzgar por la posición de su cuerpo, está llevando la peor parte. Una columna de madera caída ha inutilizado una de sus piernas. Con el último aliento que le queda, el soldado se ha vuelto hacia el mestizo que, por primera vez, a ver su rostro. Tiene una herida en la frente de la que mana sangre mezclada con un líquido viscoso. Una quemadura le ha tiznado la mitad derecha de la cara y las hirsutas barbas rojizas, que humean. Aun así. Garcilaso reconoce sin problemas la voz aguardentosa, dolida, de Diego de León, su compañero de armas:
- Venga, mestizo – es lo único que, a duras penas, consigue articular- : Corred en mi auxilio, pronto. Las palabras del gigante aragonés son suficientes para hacerlo reaccionar, salir de su letargo. Por primera vez sabe quién es, ha expulsado de su mente sus miedos más íntimos y no hay necesidad de más preguntas. Empuña su toledana en alto y se lanza al ataque con un grito justiciero que le ha brotado de lo más hondo del alma:

-¡Viva el Emperador!

Instantes después, la morisca aún observa a ese hombre vestido como godo, pero que se asemeja tanto a ella por el color de su piel; ve que permanece a un costado de ella con los brazos cruzados, como si tuviera mucho frío o como si pensara abrazada a su pequeño. La mujer de rostro de arcilla jadea, más por el estupor de aquel final incierto que por la lucha intensa que ha librado por su vida. La espada de Garcilaso yace en tierra, empapada desde su empañadura en abundante sangre humana. Más allá, el rostro de Diego de León se ha congelado para siempre en un gesto que es por igual de terror y de sorpresa. Su garganta, atravesada por el limpio filo de la toledana, ha detenido una última palabra, una palabra inconclusa, una media palabra que es lo más parecido a un espejo roto:

-Mest…

MIGUEL ANGEL TORRES VITOLAS


Nació en Cusco, Perú en 1977. Actualmente vive en París. Ha estudiado el DEA en Recherche cinématographique et audiovisuelle, en La Sorbonne. Es licenciado en Lingüística por la Universidad Católica del Perú. En la Universidad de Toulouse II Le Mirail obtuvo la maestría en Ciencias del Lenguaje. Ha merecido varios premios literarios, el último el premio Caretas 2006. Tiene publicado el libro de cuentos Animales Baldíos (Lima, 2001).


NOTAS AL MARGEN

Imagino que hubo un tiempo en que escribía. Que no era esta calma incómoda y este hecho siempre. Supongo, también, que algo de lo que hice entonces pudo tener algún valor literario. Sé que me esforzaba menos y conseguía más. Hoy, cuando le pregunté si no era así antes, Miguel Ángel hizo que sí con la cabeza.
Y es que Miguel Ángel vino acá hoy dia. Llevaba una casaca de cuero y mordía un mondadientes. Nada nuevo. Yo le hablé de lo único que en estos días sé repetir –de mi literatura imposible-. No tomamos, la botella nos esperó intacta al lado. Estoy seguro de que él me escuchaba con cansancio, como quien se observaba hastiado en el espejo: pero no me importó repetirme frente a él. En realidad, los dos hemos aprendido a tolerarnos; yo acepto sus ocurrencias, él las mías. Sospecho que lo nuestro tiene poco de amistad y más de costumbre. Antes de irse me dejó el borrador de un cuento que está empezando. No lo he leído, aún, ni lo pienso leer.
Pienso en que estoy pensando y en cuán inútiles son mis esfuerzos por sacudirme este letargo. También en que le estoy robando tiempo a escribir (en un sentido más feliz del término), aplazándolo para un después que estoy seguro no va a llegar existe un argumento que ideé hace muy poco y creí me sacaría de este estado. Es bastante simple: un profesor está dictando una clase en un aula amplia –debe ser enorme y situarse en un piso alto-, de pronto un alumno se levanta y salta por una de las ventanas. Los estudiantes observan esto sorprendidos pero quietos. Entonces la historia se me escapa. Concebí, primero, narrarla desde el estupor del profesor; que poco a poco fueran saltando todos y él, finalmente, se les sumara. Luego encontré más conveniente que fuese un alumno el que viera con temor todo esto y decidiera no unirse –había una ventaja en esta perspectiva: la imagen del profesor impávido antes los hechos. Al final decidí no escribir nada. El cuento, si lo era, no pretendía más que un misterio insatisfecho y a lo más la presentación de una anécdota. Era, en suma, una historia de escasa importancia que me dejaría sólo el mal sabor de la prosa operativa.
Yo ya no paseo, bailo o me desvivo por el fútbol, ni, en general, creo hacer nada de lo que muchos hacen. Con el tiempo he sentido decaer en mí todo aquello que antes me entusiasmaba y me acercaba a los demás. Pero tampoco siento que me distinga a ellos. A veces río sin motivo o miro aburrido a las personas. Otros momentos, inmensos aún, me gusta recordar a esa mujer que aún no he conocido, por donde íbamos y nuestros odios comunes. Su sonrisa, su voz, su risa nerviosa aunque es más cierto que ahora me resulta más difícil crear su recuerdo y, antes, me doy de frente con el silencio de una avenida o un ómnibus semivacío.
Si algo tampoco comprendo, es eso que son los recuerdos yo, propiamente, no los tengo, me siento solo. De este lado de las cosas, mi vida es antes la suma incoherente de imágenes que la memoria de historias. Recuerdo una lluvia feroz en Pimentel, unos labios, dos niños muy distintos jugando, un vendedor de dulces, una avenida de Lima – de noche-, una cabellera negra y la música roja de una canción de los Beatles. No me explico, en muchos casos, por qué no olvido todo eso menos, cómo alguien puede sobre vivir sólo con esos retazos y cómo poder escribir a partir de ellos. De repente es que no acepto morir y es como buscarse la cara haciendo un gesto.
No sé si escribo, si divago, si me espero. Si esto es un cuento o qué. Cuando empecé me pareció adivinar una dirección, incluso un motivo: un tópico recorrido y hasta atractivo como el de la angustia ante la página en blanco. Así creí que algo podía llegar. No obstante, mis deficiencias me han llevado a una enumeración inconexa y retórica, y una redacción aparatosa, que ni siquiera me describe bien…
A Miguel Ángel le hablé hoy de los siempre y estoy seguro de haberlo aburrido. Miraba por la ventana, se rascaba la palma de la mano. Me habló del método Stanislavski de actuación (mencionó a Lee Strasberg). Encuentra el sentimiento, reprímelo y luego representa, dijo casi con esas palabras. Miguel Ángel es un hijo de puta y no sabe nada de nada. Cuando bebemos nos quedamos callados. Él fuma, sonríe imbécil. También me ha contado que se siente repetirse en cada historia, que sus cuentos están contando todas las veces lo mismo. Y me mira, como si se mirara a sí mismo, y sonríe con maldad. Me dice luego, como si revelara un secreto: no puedo contigo. No existes y te estoy escribiendo para librarme de mí y de la nada. Eres un reflejo mío que distorsiono mal, un cuento que ni siquiera empiezo y sólo detengo. En cuanto deje de crecer en ti, esto terminara. Y deja de sonreír.

Wednesday, September 03, 2008

JORGE EDUARDO BENAVIDES


Jorge Eduardo Benavides (1964, Arequipa, Perú) Estudió Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Garcilaso de la Vega, en Lima. Trabajó como periodista radiofónico en la Lima y en 1987 fue finalista en la bienal de relatos COPE (Lima); un año más tarde ganó el Premio de Cuentos José María Arguedas de la Federación Peruana de Escritores. En 1991 se trasladó a Tenerife, donde puso en marcha talleres literarios para diversas instituciones. Ha sido finalista del concurso de cuentos NH Hoteles del año 2000. En 2002, editorial Alfaguara publicó su novela “Los años inútiles”, libro que, junto a “El año que rompí contigo” (2003) y “Un millón de soles” (2008) conformaron su trilogía en novela política. Además,  ha publicado el libro de cuentos “La noche de Morgama” (2005), “La paz de los vencidos”, novela con la gano el Premio del Banco Central de Reserva en 2009. Desde 2002 vive en Madrid donde continúa impartiendo sus talleres literarios. Su reciente novela “Un asunto sentimental” (2012) ha sido muy bien recibida por la crítica internacional.




DEDITOS

Las rosas, le gustaban mucho las rosas y Antonio hubiera querido dibujar esos instantes en que Maria Luisa entrecerraba los ojos y acercaba la flor para sentir su fragancia y la caricia afelpaba con que los pétalos contorneaban su piel. También le gustaban las tardes caminadas sin mucha prisa, a golpe de cinco, cuando llegaba de su oficina y tiraba la cartera en cualquier mueble, subía de dos en dos las escaleras que conducían a la habitación y allí lo encontraba, parado a contraluz frente a un lienzo donde algunos trazos tenues significaban que había aprovechado bien el dia y estaría contento. Se besaban
Suavemente y casi sin mediar palabra salían a seguirle la pista a la tarde, a fumarse un cigarrillo en el parquecito cercano, a comentar trivialidades y a observar las nubes que parecían un rubrica destejida sobre el cielo ya encendido de colores. A veces Antonio, sin dejar de conversar, sacaba un lápiz y sobre cualquier papelito que el viento llevaba hasta sus pies, garrapateaba unas cuantas líneas, gaviotas raudas, velámenes estilizados, torsos desnudos. Maria Luisa lo miraba buscando en su perfil algún vestigio de aquella obsesión por el dibujo que lo llevaba a desatender lo que ella empezaba a contarle y a ensimismarse en el vuelo de un pájaro, por ejemplo, o en el romper de las olas cuando caminaban por la playa, o en un niño que se inclinaba para recoger una piedrita de colores. Si Maria Luisa lo observaba, acatando ese silencio maravillado en que se zambullía Antonio, el lápiz llenando de rayas y círculos cualquier trozo de papel. Pero al cabo de un momento, como si se tratase de romper algún maleficio, sus manos largas y traviesas lo despeinaban obligándolo a enojarse y a perseguirla entre risas y hojas crujientes, sin importarles demasiado las miradas perplejas de los niños que jugaban cerca.
También le gustaba la forma delicada que tenia él de captar una imagen temblorosa, las pinceladas aguamarinas con que atrapaba el mar en un lienzo que parecía salpicado de espuma, los cuadritos que él se empecinaba en criticar con sarcasmo y que terminaba malbaratando el Larco los domingos por la tarde, aunque a veces conseguía un buen precio y entonces algo de vino, las cuentas saldadas con el casero y la señora de la tienda, boletos para el teatro y un par de zapatos que Maria Luisa se calzaba con entusiasmo en el que Antonio creía entrever la renuncia de su mujer por el lujo que él nunca podría darle. A Maria luisa le gustaban muchas cosas aunque no se preocupaba en definirlas, quizás por que toda definición lleva consigo el desencanto y ella no intuía así; en todo caso prefería espiar su relación muy de vez en cuando, matar sus horas libres leyendo en la habitación donde Antonio pintaba, estudiando para la tesis, convenciéndose de que todo iba bien, que estaba cómoda así: Maria Luisa tenia mucho de pájaro, bastante de niña y algo de miedo por descubrir que el amor de Antonio hacia la pintura era mayor que el que le ofrecía a ella. Era un temor vago, una cierta angustia anticipada, un zumbido de presagios que espantaba sumergiéndose en los ravioles de los domingos, en los inventarios tediosos de la oficina donde a veces se sorprendería lejana y desatenta de la voz del señor Martínez, Recordándose haciendo el amor en medio de telas bosquejadas a carboncillo y frascos turbios de trementina que impregnaban todo con su olor de sueño y jadeo, esa suave manera de buscarse las manos y enroscarse los dedos recorriéndose los cuerpos entre besos y cosquillas, entre algo que tenia mucho de nostalgia y cigarrillo a la hora de la penumbra. Después vendrían los comentarios sobre tal o cual tema, un lento tobogán de voces que desembocan invariablemente en la dificultad de Antonio para encontrar el lugar donde San Francisco se convertía en algo más que un convento; sus largas horas buscando el matriz preciso de la tarde que se le escapaba una y otra vez frente al faro de Mira flores; el tono exacto que no tiene ese Niño pidiendo pan que tantas veces ha rehecho y sin embargo. Entonces Maria Luisa sentía tan tontas, tan mínimas sus propias frases, tan burdos sus comentarios sobre los infinitos balances del trabajo y las broncas del señor Martines, las charlas chisporrotean tes de tiernas naderías con Morgana en la oficina, que prefería callar, observar el perfil de Antonio esculpido en la oscuridad, y extender una mano para rozar con sus yemas el pecho desnudo: lo recorría sin temores buscándole las fronteras y por ultimo, mientras él seguía reflexionando en voz alta, inclinaba la cabeza sobre su torso para sentirse nuevamente pequeña en el refugio de esa piel tibia, de esa respiración sincopada que mas arriba eran manos enmarañándole los cabellos hasta adormecercela.
A ella todo eso le gustaba, pero sobre todo le agrada la manera que tenia él de caminarla con los dedos, de buscarle los labios en un correteo digital que empezaba en le pecho, ascendía por su garganta con un cosquilleo de pisadas diminutas que alcanzaban con el pulgar, como si se tratase de un bracito, subir por el trazo breve del mentón para replegarse por ultimo en el rostro. Era casi un ritual y empezó una tarde en que Maria Luisa, ofendida por alguna frase brusca, comía en silencio. Antonio a su lado demoraba una disculpa y parecía sumergido en su plato, distrayendo los dedos en el tenedor. Al cabo de un momento ofreció aquellos mismos dedos que caminaron amortiguadamente sobre el mantel acercándose a ella.
__ Mi pequeño embajador te ofrece disculpas ___ dijo, y los dedos hicieron un torpe reverencia, un movimiento recién inventado, inclinándose sobre los nudillos. Luego alzaron su mirada ciega y sin embargo tan expresiva para buscar la sonrisa que empezaba a tironear en los labios de Maria Luisa, treparon con primaria ingenuidad por su brazo y se recostaron sobre su mejilla en algo que ya era una caricia.
___ Está bien, pequeño embajador, vaya y dígale al feo ese que acepto sus disculpas. Desde entonces el índice y el dedo del corazón caminaron y corretearon por la mesa cuando Maria Luisa demoraba en servir el almuerzo; exploraron el vasto universo de sabanas destendidas cuando después de hacer el amor Antonio encendía un cigarrillo y Maria Luisa se acurrucaba a contemplar el retazo de cielo que ofrecía la ventana, sintiéndose los pasitos romos circunnavegar sus senos, deslizarse por el vientre liso, hundir un pie en el ombligo y salir corriendo en busca de sus labios; se expusieron por el peligroso abismo de una butaca en un cine cualquiera, pretexto tierno e invariable con que él la abrazaba y la atraía a su lado; tentaron levemente sus hombros suaves cuando una discusión lo distanciaba y un rato después de las lágrimas de Maria Luisa los dedos de Antonio se parcializaban con ella, le hacían caricias, le levantaban la barbilla para disponerla a un beso contrito, a un perdóname apenas susurrado mientras ella buscaba los dedos de su marido para acariciarlos, como si se tratara de una pequeña presencia que cada vez más empezaba a exigir mimos y atenciones: se volvió travieso y Maria Luisa tenía que poder los cubiertos fuera de su alcance cuando un cuchillo podía ser una pértiga y una cuchara una catapulta para el gimnasta diminuto; se divertían con sus ocurrencias, ocurrencias que Antonio inventaba y cuyo origen Maria Luisa fingía desconocer; se reían de sus mímicas explicaciones, con el pulgar a manera de único brazo; se sus danzas frenéticas sobre la almohada y sobre la mesa; de sus enojos y pataleos cada vez que Antonio fingía resondrarlo y Maria Luisa lo protegía, buscaba la piel de su marido y acariciaba algo que poco a poco dejaba de ser Antonio, algo que cada vez mas era suplica y desesperado intento por dejarse comprender como entidad propia aunque, claro, todo era un juego, Maria Luisa se adentraba en un sentimiento confuso, una especie de hambre y miedo que la obligaban a buscar cada vez más los dedos inquietos de Antonio.
El trabajo la absorbía poco a poco, las largas horas que Maria Luisa dedicaba a la preparación de su tesis se convirtieron en una media hora mezquina e ínter diario casi siempre con la desolación de sus ojos reflejados en el espejo, con el resoplante derrumbarse al borde de la cama mientras Antonio encendía cigarrillos, servia vino y alentaba seguir. Entonces sus dedos empezaban una tímida caminata, se acercaban a las piernas largas de ella obligando a Antonio a acuclillarse frente a su mujer que levantaba a penas la vista y una sonrisa rauda como una ráfaga de silencio ablandada su rostro mientras los dedos desaparecían en una mano extendida que rozaba la estática del medio nylon subía por sus muslos tensos y luego la otra mano, los besos, el aplastarse contra su pecho, las tontas frases que nunca terminan y los labios que ascendían fustigando el cuello hasta sofocar la voz entrecortada de Maria Luisa que apenas alcanzaba a apagar la luz.
Y sin embargo la rutina, las frecuentes discusiones por cualquier tontería, las tardanzas remolonas en el trabajo, en la cafetería de enfrente a la oficina donde Morgana le iba desmenuzando sus planes de matrimonio y ella escuchaba con una sonrisa cortés; el sentimiento que la asaltaba de golpe y sin aviso: la imagen de Antonio frente a los lienzos, si te estoy escuchando Morgana, casi dentro de los lienzos, claro que te atiendo Morgana, como si fueran el espejo donde se buscaba desesperada, machaconamente: ya es tarde, Morgana, y Antonio debe estar esperándome, adiós y un beso, y ya en el paradero de los colectivos una sensación de trapo, una serpiente de desaliento que se le enroscaba en el cuerpo cuando pensaba en esas manos siempre tan ajenas, en esas caricias que cada vez eran menos caricias y más paseo dubitativo sobre su cuerpo; las manos que como arañas canelas le recorrían la barbilla desprolijamente mientras Antonio se abstraía en una tela inconclusa sin prestar atención a lo que Maria Luisa le decía, o mas bien prestándole una atención de mirada afable pero lejana, inasequible; las manos que de pronto se convertían en dos dedos traviesos que cada vez eran menos Antonio, algo como una personita que nada tenia que ver con el pintor, con el hombre que amanecía envuelto en una niebla de colores dibujando enfebrecido aquel conjunto de collages que tendrían significado intrínseco y global al mismo tiempo, algo como un paisaje interior, decía él, algo a lo que se pudiera acceder de muchas formas, ¿ves?, y mostraba un lienzo, bocetos o carboncillo, apuntes que había venido recopilando desde sus tiempos de estudiante en Bellas Artes y que le mostró a Maria Luisa nada más conocerla, cuando ella era la dependienta de la Casa Hispana; aquella media vuelta por Mira flores donde él buscaba perderse un rato y de paso husmear preguntando por libros de Parramón o Loomis, si el papel Cansan y los lápices Noris y cosas así, frases y preguntas distraídas que servían para ir tendiendo una conversación cada vez menos superficial, cada vez más dirigida a esa gran obra, esa obsesión que lo iba aislando de los amigos de siempre y que sin embargo no se notaba por que al fin y al cabo Maria Luisa; Maria Luisa desde su mirada de niña curiosa, desde Sus caricias que rascaban felinamente la nuca de Antonio y ese desenfadado con que se intereso por su pintura, le acepto el café y se confió integra en esos lados donde picaba un poco la barba de tres días; Maria Luisa y la vida que aceptaron juntos en la pensión de Lince donde colgaron las acuarelas medianamente satisfactorias, esos cuadritos que sabían a revoloteo de libélula y que Antonio aceptaba con satisfacción teñida de recelo. Desde entonces Maria Luisa empezó comprender que algo en Antonio le era vedado, algo que había en él y que estaba fuera de su alcance aunque ella trataba de adivinar fingiendo dormir cuando a media noche notaba su ausencia fría en la cama y lo observaba coger despacio los pinceles hasta que en la ventana aparecían los primeros brochazos de la madrugada, atrapando la silueta de Antonio a medio camino entre un lienzo y aquella búsqueda incomprensible donde, estaba segura, ella no tendría cabida: se le ocurrió una noche que Antonio la llamo desde Barranco para decirle que iba a tardar, era el vernissage del gordo Tokeshi, que no lo esperara para comer y te quiero y mejor no te quedes despierta. De pronto se dio cuenta de que así sucedía últimamente y por eso no se sorprendió mucho de lo rotundo de su decisión, pese a que lloro un poco. Lo que si le sorprendió fue lo otro, pensar en lo otro.

Esa noche, cuando Antonio encontró la nota sobre la mesa del comedor, comprendió de golpe que hacia un buen tiempo Maria Luisa y él no Vivian solos: sus dedos se habían convertido en una personita que entregaba minúscula dosis de ese amor que ya no me das, Antonio, aunque te parezca mentira, decía ella con su letra espigada y azul casi no termino de leer la carta de Maria Luisa; sabia que no iba encontrar ninguna respuesta y acaso ninguna interrogante. Lo que sí le llamo la atención y luego de las lagrimas lo puso sobre la pista fue aquella alusión que hacia ella acerca de sus dedos. La carta parecía dirigida a sus dedos y no a él; se refería a ellos de una manera oblicua, casi histérica, y era bastante fácil imaginar la depresión, la soledad, el desamor, pobre Maria Luisa. Incluso en las últimas líneas se permitía aconsejar a Antonio que tuviera cuidado con los enojos de sus dedos: Una broma tonta que lo remitía a las veces en que él fingía ser atacado por sus dedos y Maria Luisa reía, una broma liviana y póstuma que en ese momento a Antonio le sabía a burla o a venganza. Sentado a la mesa observó el movimiento juguetón de su mano levantándose en dos dedos, los pasitos distraídos que le trajeron un Ramalazo súbito de recuerdos, un latigazo de dolor que le empaño la vista, carajo. Se pasó el dorso por el rostro y de golpe sintió la necesidad de mirar sus dedos caminando por la mesa, de observarlos con esa tristeza que se empozaba en los ojos de Maria Luisa cuando tomaba su mano arrebatándole un paseito para llevárselos a la cara, a los labios, y Antonio sabia que esa ternura no era para él sino para sus dedos que ahora, a través de un cristal tembloroso, veía caminar con ese andar un poco miope que le había infundido y que Maria Luisa se encargo de alimentar entre besos y caricias.
Esa misma noche fueron calles recorridas sin sentido, un cigarrillo tras otro y el bar. Discreto, la barra donde se planto a beber sin preocuparse por el tiempo, las ganas de no volver a casa para impregnarse del maldito olor de la trementina, del aguarrás y los pegotes de pintura volcada sobre la mesa de trabajo; los lienzos dormidos en un tiempo que ya no era el suyo, una especie de agujero sin dimensiones donde se repetían sus días con Maria Luisa, Maria Luisa y sus cabellos enmarañados cuando los paseos por la playa; Maria Luisa y sus tarareos románticos mientras limpiaban la casa; Maria Luisa y el amor que empezaba a perder por él, por culpa de él…
Volvió a casa de madrugada, dando tropezones y empecinado en destrozar los cuadros que colgaban de las paredes, le dolió el ambiente, el silencio rumoroso y estancado de los rincones, la blusa que ella dejó olvidada en el cuarto del baño. Se derrumbo en la cama y desde esa blandura que lo arrastraba hacia el fondo de un pozo de zumbidos sintió las pisadas diminutas sobre su pecho. Se rió de la postura desafiante de su mano frente a él y quiso bajarla. Los dedos pasearon acordonados a su brazo, como si buscasen con fuerza safarse de sus límites naturales y Antonio pensó vagamente en el subconsciente y esas cosas. Lo dejo estar; con algo de morboso dolerlo vio saltar sobre su pecho y acusarlo con el pulgar una y otra vez: una forma de preguntarse y culparse desdoblándose, pensó, una costumbre digital que significaba no solo el recuerdo de Maria Luisa, casi la presencia de Maria Luisa, sino también su soledad repartida entre él y algo que también era él; una pequeña escaramuza local que empezaba en su muñeca y vaya uno a saber si Freíd alguna vez toco el tema. Copio con la otra mano la botella de pisco que guardaba en el cajón del velador y bebió un largo trago áspero y ardiente mientras sus dedos enfurecidos se acercaban desde el pecho hasta su rostro sudoroso y desde allí la extraña sensación de sentirse acusado por otro que era y no era él; ese refugio de regaños que sin embargo lo acercaban tanto a Maria Luisa, a su recuerdo, a su ausencia. El sueño lo fue ganando entre respuestas incoherentes y la jadeante sensación del alcohol mineras sus dedos seguían vitalmente ajenos a su borrachera; el cansancios espiral donde nuevamente aparecía Maria Luisa y una cadena infinita de recuerdos triviales que lo empezaban asfixiar con la fiereza del arrepentimiento tardío, una expiación que no tenia sentido absolutorio y sí mucho de castigo, de llanto y opresión y falta de aire y mano atenazada en el cuello, apretando con rencor y cada vez más con fuerza, con más fuerza.

Tuesday, August 26, 2008

ORLANDO MAZEYRA GUILLÉN



Estudió en el Colegio De La Salle y en la Universidad Católica de Santa María. Con "Todo comenzó en la Universidad" ganó el Primer Premio Nacional Universitario NICANOR DE LA FUENTE (2003), organizado por la Universidad Pedro Ruiz Gallo de Lambayeque. Su relato "Ella siempre está" forma parte de la Selección Internacional del XIII Premio CARMEN BÁEZ (2006) de Morelia, México. Ha publicado en diarios impresos y revistas literarias virtuales como El Pueblo (Arequipa), El Hablador (Lima).


ELLA SE SABE GORDA

Ella se sabe gorda. Quiere a toda costa estilizar su fofa figura. No cree en pastillas milagrosas ni tampoco en dietas asesinas. Entiende que si alguien quiere adelgazar debe, diariamente, terminar jadeando en un gimnasio.
Siempre que el almanaque se deja alcanzar por el mes postrimero, se inscribe en el concurrido gimnasio que queda a un par de cuadras de su casa.
Todos los años. Todo diciembre. Todas las mañanas. La ración oscila entre una hora y una hora y media. Primero aeróbicos, luego máquinas y más máquinas. A veces se exige demasiado: eso es peligroso, ella es consciente de eso... pero cuando descubre que casi siempre ella resulta siendo la más gorda de la extensa sala, se arma de fuerzas, recuerda, recuerda el aterrador guarismo que le muestra la temida balanza todos los días, y así se renueva su ímpetu y persiste en su vano intento de alcanzar un físico de bandera... Cuando empieza a sentir que algo le oprime el pecho, para. Inhala y exhala. "No te rindas, cojuda", se llena de ímpetu mientras contempla angustiada a las chicas de envidiables figuras. El cuerpo de Francesca - su vecina - es despampanante. Todos los machos del gimnasio la miran: unos lo hacen disimuladamente, pero otros lo hacen sin el menor reparo. Siente envidia, ella daría la vida por tener un cuerpo así. Por eso se esfuerza, por eso empapa su buzo, por eso exige a su corazón hasta el límite. Pero algo que proviene de su interior le dice que nunca podrá alcanzar su meta.
"Es tu contextura, hija", le dice su madre. "Todos los hombres babean por Francesca, babean por su cuerpo", alega ella.
- ¿Y eso qué importa? - la cuestiona su madre.
- Me importa, mamá. Me importa mucho. Yo quisiera que ellos también me miren. No pido que me miren todos, siquiera uno. Con uno me conformo.
- Estás mal, hija.
- Sí, claro que estoy mal. Estoy muy gorda... A este paso me voy a quedar soltera... soltera y amargada como la tía Sonia.
- Claro que lo es, mamá. Todas las solteras lo son, y a mí ya se me está yendo el tren.
Su madre sonríe. La acaricia. La besa en la mejilla y mientras la consuela con argumentos simples, siento una ligera conmiseración. Quisiera poder ayudarla, pero ya no se sabe cómo: dietas babélicas, nutricionistas, fajas, cremas reductoras, etcétera. Muchos intentos, todos fallidos. Muchas lágrimas, muchas decepciones. Muchos veranos con su hija encerrada en casa.
- Así no voy a poder ir a la playa - afirma antes de dibujar un puchero -. Estoy hecha una vaca. ¡Mi cuerpo es una asco!
- Siempre es lo mismo. Hija, tienes que tener personalidad.
- ¿Personalidad? Ya me tienes harta con esa palabra, mamá.
- Mejor no discutamos. Ya te dije que siempre es lo mismo. Corre a descansar. Mañana tienes que ir temprano al gimnasio.
- ¿Para qué? ¿Para qué voy?
- la respuesta la tienes tú, hija. Corre descansa.
Sube a su cuarto. Se mira en el espejo de su tocador. Se asquea de su cuerpo. Corre al baño. Mira la taza. Se le acelera el ritmo cardiaco. Junta su dedo índice con su dedo medio. Los introduce con violencia en su boca. Llega a rozar su campanilla. Le viene una arcada, y otra y otra. Está a punto de vomitar pero se contiene. "No, no, no", se repite en silencio. Unas cuantas lágrimas se pierden en el fondo de la taza. Se persigna y se limpia las lágrimas con trozo de papel higiénico.
Un nuevo día de diciembre.
Ella se sabe gorda. Quiere a toda costa estilizar su fofa figura. No cree en pastillas milagrosas ni tampoco en dietas asesinas. Entiende que si alguien quiere adelgazar debe, diariamente, terminar jadeando en un gimnasio... El verano la espera, el verano le tiende una extensa alfombra que se llama carretera, pero ella - que se sabe gorda - se encerrará en su cuarto y esperará a un nuevo diciembre, a un nuevo diciembre que se burle de su figura (y de sus batallas perdidas).

Friday, August 22, 2008

JENNIFER THORNDIKE


Jennifer Thorndike (Lima, 1983). Publicó el conjunto de cuentos Cromosoma Z (2007), un ramo de historias muy bien contadas, con una propuesta temática, cuando menos original, si acaso no inicial en la literatura contemporánea. En 2012, publicó la novela (Ella) (2012). 
Ha sido antologada en Abofeteando un cadáver (2007), Magdala (2008), Voces para Lilith (2011), Disidentes 1 (2011), Basta, 100 mujeres contra la violencia de género (2012) y Cupido en su laberinto, cuentos de (des)amor (2013).
Actualmente sigue un doctorado en Estudios Hispánicos en la Universidad de Pennsylvania.



MAQUILLAJE CORRIDO

Del libro de cuentos Cromozoma Z


Cuatro paredes blancas me rodean hace bastante tiempo. No sé cuántos días, meses o años llevo aquí, pero calculo que no han sido muchos porque todavía conservo el color de mi cabello y la tersura de mi rostro. Sé que algún día las canas y las arrugas aparecerán y solamente me quedará seguir esperándola. Nunca pensé que sería así, pero cuando una está loca por voluntad propia no queda más que ver pasar los minutos sin siquiera intentar detenerlos… Si tan solo, si tan solo, si tan solo vinieras, pienso de vez en cuando y ese pensamiento siempre hace que mis ojos se humedezcan. Muchos celebran ese hecho porque solo así parece que estoy realmente viva… ¡Pero si estoy viva, carajo!... Estúpidos.
La cama es bastante cómoda, aunque he de confesar que cuando uno lleva mucho tiempo echada encima de ella hasta el colchón más blando parece de piedra. Una vez al día entra una de esas mujeres de atuendo blanco, quien me aplica una de esas inyecciones que me hacen olvidar por un momento lo consciente que estoy, aunque muchos no lo crean así. Entonces me sientan frente a la ventana y observo. Me aburre hacerlo, odio hacerlo. Odio sentirme estúpidamente perdida entre el ensueño y mi realidad. Si pudiera, les diría que dejen de aplicarme esa medicina o que me la apliquen cuando el dolor de su estúpido recuerdo es tan intenso que me perturba. Miro alrededor. Veo la mesita redonda y encima está mi laptop. Me la han traído para ver si así decido comunicarme o hacer algo, pero sinceramente eso ya no me interesa. Me he sentado infinidad de veces frente a ella y he acariciado el teclado, pero no siento nada. Encenderla no tiene sentido. Todo perdió sentido mucho antes de que me trajeran a este lugar.
Él viene seguido y odio que lo haga. ¡Carajo! Debería decirle que se largue, pero debo guardar silencio. Se sienta frente a mí, me toma de la mano y me besa en los labios resecos. Siento asco, siempre sentí asco. Los he repudiado durante toda mi vida, sobre todo a él… ¿Cuándo se va a cortar esa cola? Puaj, qué horrible… Me acomoda el cabello con sus manos toscas, me lo jala sin darse cuenta y yo lo odio porque él está demasiado lejos de lo que yo siempre he deseado. No se cansa, nunca se va a cansar. Cada vez que viene me ruega que le hable, que le diga algo. Hace mucho dejé de hablarle, hace mucho que ni siquiera lo miro a los ojos porque no encuentro nada en ellos. Quisiera que desaparezca ¡Por favor, la inyección! Pero está ahí contándome sobre su vida… No me importa, ¿entiendes? ¡Lárgate!… sobre los planes que tiene conmigo para cuando yo me recupere, sobre la casa que está arreglando para vivir juntos… ¡Ya cállate! ¡Me aburres!, pienso, pero guardo silencio. Él se desespera, aprieta el puño, frunce el ceño, se muerde los labios… Volverás conmigo, sí, y tengo grandes planes solo para nosotros… Se calma… Eres mía, sí, siempre lo serás… Ahora quien se desespera soy yo... No, no, no, de nadie, de nadie soy. Cállate, idiota ¿Por qué no la traen a ella? Médicos idiotas… Él nunca logrará que yo articule palabra alguna, pero ella sí. Ella podría saludarme y yo la saludaría de vuelta. Entonces nadie me retendría, no, yo no me retendría en este cuarto donde me encerré para huir e intentar olvidar que allá afuera nunca podré tenerla… Pero, sí, aquí la tengo, aquí la abrazo, aquí está a mi lado y siento su olor, percibo la textura de su piel. Aquí estás, linda, pero allá afuera, ¡allá afuera desapareces!… Esa debe ser la razón por la cual decidí hacerlo. En ese momento solo supe que debía escapar de su presencia que estaba en todas partes, pero que no estaba en realidad. En cambio aquí, aquí… Aquí sí estoy junto a ella, cerca, muy cerca, ¿aquí, linda? Donde quieras… La quiero tanto… Solamente a ti podría hablarte, solo por ti regresaría… Pero ella jamás vendrá y dicen que yo ya perdí la razón. Me aislé de mi Lima, de mi casa, de mis amigos, de mi familia, de él y de mí misma. Este cuarto blanco es tan hermoso. Cierro los ojos. Así la veo, así la puedo tocar una vez más. Eso es todo lo que importa.

Yo se lo había dicho un día ya hace mucho tiempo. En realidad, no quería admitirlo, me rehusaba a hacerlo. Me había enamorado de ella… Pero ya me pasará, es solo un gusto, ¿no?... Ya nos habíamos besado, ya había recorrido su cuerpo un día que estábamos ebrias. Me había metido entre sus pechos y los había besado aferrándome a cada pedazo de su piel para terminar en el costado de su cuello succionando su esencia y pidiéndole más, más y más. Ella solo emitía gemidos cortos, imperceptibles. Mi rodilla había ido a parar en su entrepierna y mis manos en sus nalgas. Luego mis dedos enredándose en su cabello, mis labios aferrados a sus besos, mis dientes mordiendo, rechinando, explorando. El placer, el bendito placer mezclado con amor y con alcohol. Había terminado dormitando abrazada a su cintura. Abrí los ojos y… Por la reconcha su… Ella no recordaba absolutamente nada y yo me había maldecido por haber comprado ese vino tinto que a mí tanto me excitaba y a ella tanto la aletargaba… ¡Vino borgoña Queirolo de mierda!... Entonces, se lo había contado todo mirándola a los ojos verdes y añadiendo que yo estaba enamorada. Ella me miró con el ceño fruncido y me dijo: Chérie, jamás te podría ver como pareja porque tú eres como mi hermana. Además, tú sabes que me gustan más los chicos. ¡Carajo! ¿Tenía que mandarme a la mierda en francés? Con lo que me gusta ese idioma. Levanté una ceja… ¿De cuando acá haces el amor con tu hermana?, me pregunté, pero guardé silencio. A pesar de que ella era bisexual, con ese argumento me había negado la posibilidad de que yo siquiera intentara enamorarla. Entonces, me levanté, tomé mi ropa y me fui antes de que la cosa se pusiera peor o le hiciera una escena dramática… Me había rechazado, chérie, y yo enamorada, muy enamorada… ¡Puta madre!
Nos habíamos encontrado en muchas reuniones después de la noche del vino y todas aquellas veces me había mordido los labios para contener las ganas de estar con ella otra vez y aspirar su aliento, morderle la boca, perderme en su entrepierna. Ni siquiera podía mirarla a los ojos… ¡Ahorita se da cuenta!... Tenía miedo de que cualquier gesto me delatara ¿cómo ahora? Mierda, ya estoy lagrimeando otra vez, ahora estos tarados se alegran. En fin, todavía pensaba en ella… ¡La odio!... Quería algo con ella… ¡Mierda!... No lo soporté y en la última reunión decidí irme temprano porque las ganas de llorar iban a estallar en cualquier momento. Camino a casa, decidí decirle al taxista que tome otra dirección y me bajé en una calle miraflorina para comprar un café y desatar aquel estúpido llanto contenido que había aguantado estoicamente en su presencia. Caminé con el café en la mano y sentí la humedad calando por mis fosas nasales mientras pensaba en sus ojos verdes casi amarillos y en sus caderas en las que alguna vez había hundido las uñas. Así comprobé que a falta de Madrid, Paris o San Francisco siempre me quedaba mi Miraflores limeño y mojado en donde un café era suficiente para comenzar a pensar en lo patética que es tu vida. Así que pensé mucho sin entender esa estúpida connotación filial que algunas amigas deciden darte como halago para joderte la vida. Rabié, tiré mi café a la pista y un carro chancó el vaso mientras yo me rascaba los ojos que me escocían horriblemente.
Caminé esquivando cucarachas y volteando a cada rato la cabeza para ver si alguien me seguía… Quizá se haya arrepentido y… no, esas cosas no pasan… Entonces agarré mi celular y encontré el número de él. Él me había dicho infinidad de veces que yo era la mujer de su vida y yo, infinidad de veces, lo había mandado a la mierda. Lo odiaba. Pero esa noche, ¡esa noche qué más daba! Lo llamé y lo vi. Llegó con su aspecto desgarbado, su ropa oliendo a nafta, su palabrería cursi. Tomamos otro café, escuché las mismas tonterías de siempre y lo seguí a un hotel en donde le arañé la espalda pensado en ella, en donde me perdí en su erección alucinado que en verdad me sumergía en las profundidades de la mujer que de seguro andaba mirando películas. Películas estúpidas con galanes estúpidos rebosantes de estúpida sensualidad masculina a quienes ella, por supuesto, no consideraba sus hermanos. ¡Imbéciles! ¡Cuántas veces me habían hecho maldecir el hecho de haber nacido sin algo entre las piernas! Terminamos, él jadeaba, yo no quería escucharlo… Al fin, al fin, no más… Quise alejarlo de mi lado, me sentía bastante perturbada. Ella había estado en cada lugar, en cada grito, en cada orgasmo.
Pasaron varias citas con él mientras ella seguía indiferente conmigo, aunque he de confesar que tampoco insistí en el asunto. He olvidado exactamente cuánto tiempo pasó, pero pasó mucho. Yo la seguía observando y ella no se daba cuenta, yo la seguía deseando y ella me quería como su hermanita, yo necesitaba besarla y ella ni siquiera intentaba acercarse a mí, yo recibía la propuesta de matrimonio de él acompañada de un anillo que jamás usé y ella me felicitaba airosa abrazándome como abrazas a cualquiera. Acepté y así fue como tomé el camino que finalmente terminó en este cuarto blanco con mujeres vestidas de blanco y la mente divagando y poniéndose en blanco, sobre todo cuando me inyectan ese líquido mágico que borra todas las imágenes de su presencia que siempre me rodea. Odio la inyección, pero la necesito.
Llegó el día. Todo era perfecto. El vestido color perla con mariposas bordadas, el cabello cayendo sobre mis hombros y adornado con flores, los zapatos altos, el maquillaje natural, resaltando lo indispensable. Me miré al espejo y me sentí preciosa, pero incompleta. Sabía que estaba cometiendo un error, que yo no sentía absolutamente nada por él. Me pregunté por qué lo hacía y no encontré respuesta alguna. Quizá era una forma de calmar mi dolor, de evadirla a ella completamente, de intentar sacarla de mi mente, de probar si podía amar a otra persona. Salí de la habitación, me subí al auto y entré a la iglesia. Los pasos lentos, la alfombra roja, la hilera de caras conocidas. Entonces la vi y ¡carajo!, estaba ataviada con un vestido azul oscuro que dejaba al descubierto aquellos pechos que alguna vez había mordido con enajenación. Me detuve un momento… Linda, Dios, tan linda como siempre, susurré. Ella sonrió orgullosa, me dio un empujoncito hacia el altar y yo sentí ganas de llorar una vez más. Pero no, no iba a permitir que se me corriera el maquillaje por un llanto que ya no tenía sentido. Allá adelante me esperaba un hombre que yo detestaba para darme una vida que probablemente me iba a hacer completamente infeliz.
La ceremonia fue tediosa, quería que se apurara, que terminara. Cuando llegó el momento de la pregunta de rigor, sentí que ese infierno estaba llegando a su fin. Entonces levanté la mirada… Acepta usted a… Vi el crucifijo, Cristo sangrando por sus heridas, su rostro endurecido formando un rictus de dolor. Los vitrales dejando colar la luz, la Virgen María estirando su mano protectora. Sentí la mirada de él sobre mí. Quería que respondiera. El sacerdote había formulado la pregunta y ya había pasado el tiempo prudencial para recibir la respuesta, pero yo no podía articular palabra… Amor, responde, por favor… ¡Cállate!, ¡cállate para siempre!, pensé. Sus ojos verdes fijos en mi espalda, el empujoncito, los ángeles pintados con sus sonrisas burlonas, el crucifijo con el Cristo adolorido, la Virgen ofreciendo el camino a la libertad. Sentí que mis ojos, al fin, se mojaban. Entendí que el infierno no acababa ahí, sino que recién empezaba en ese momento y que el yo-sin-ella era parte de ese infierno en el que yo no deseaba vivir... ¡Amor, responde!... Deja de gritar, rogué sin mover los labios. Entonces decidí callar, callar para siempre mientras un surco grisáceo marcaba mis mejillas. Se me corrió el maquillaje. Entonces me sentí viva, escapé. Desde ese día no he vuelto a hablar, ni volveré a hacerlo hasta que ella me lo pida. Sí, desde ese día comenzó lo que ellos llaman “mi locura”.