Thursday, October 12, 2006

OSCAR COLCHADO


Óscar Colchado Lucio, poeta, cuentista y novelista, nació en Huallanca, Ancash, en 1947. Reside en Lima desde 1983. Anteriormente vivió en el puerto de Chimbote, donde fundó el Grupo Literario Isla Blanca y dirigió la revista Alborada/ Creación y análisis. Es profesor de Lengua y literatura. Entre sus obras narrativas más importantes figuran: en cuento: Del mar a la ciudad (1981), Cordillera Negra (1985), Camino de zorro (1987), Hacia el Janaq Pacha (1989) y La casa del cerro El Pino (2003).En novela juvenil: Tras las huellas de lucero (1980), Cholito en los Andes mágicos (1986), Cholito en la ciudad del río hablador (1995), ¡Viva Luis Pardo! (1996), Los dioses de Chavín (1998) y Cholito en la maravillosa Amazonía (1999). También es autor de un libro de cuentos para niños: Rayito y la princesa del médano (2002). Ha publicado, asimismo, la novela Rosa cuchillo (1997) y una obra temprana: La tarde de toros (1974). Colchado es autor también de tres poemarios y un manojo de leyendas para niños. Ha recibido, entre otros premios, el “José María Arguedas” de cuento (1978), el “José María Eguren” de poesía (1980), el Premio Copé (1983), el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil (1985), el Premio Latinoamericano de Cuento (CICLA 87), el Premio Nacional de Educación (1995), el Premio Nacional de Novela “Federico Villarreal” (1996) y el Premio Internacional de Cuentos “Juan Rulfo” (2002).En 1992 fue jurado en el Premio Casa de las Américas (Cuba). Su obra Cholito en los Andes mágicos ha sido llevada a la televisión para los países del Grupo Andino.


Fragmento de "Rosa Cuchillo"

¿LA MUERTE?
¿La muerte sería también como la vida?
"Es más liviana, hija".
¿Habría sirguillitos cantando en las hojas gordas de agosto? Había."Y vacas pastando en inmensas llanuras"
Ahora subía yo la cuesta de Changa, ligera ligera como el viento.
¿Por aquí? ¿Por estos lugares se irían los muertos?
"Por allí, hija, por donde se despide uno para siempre de la vida".
Abajo en la margen izquierda del río Pampas, bañado con las últimas luces del a atardecer, quedaba Illaurocancha, mi pueblo, con sus casitas entejadas, sus paredes blancas, incendiadas por la luz roja del sol.
Aún traía impregnado en las narices el aroma tibio, dulzón, de los habales ondeando en la bajada de los cerros, con sus florecitas blanquinegras acariciadas por el viento. Y llevaba en la mirada el vuelo apresurado de las perdices, rastreando, piando, en busca del nido oculto entre las frondas.
Pobre mi pueblo, dije, pobre mi tierra. Ahí te dejo (¿para siempre?). Y miré los molles de las lomas, las piedras de alaymosca rodando por la quebrada, los altos eucaliptos que bordeaban las huertas los tunales con sus espinas erizadas y los magueyes estirándose sobre las cabuyas.
Y me despedí poniendo mi mano en mi corazón, besando, amorosa, la tierra. ¡Adiós alegrías y penas, consuelos y pesares, adiós!
Suspiré hondo antes de alejarme recordando mi mocedad, cuando alegre correteaba entre los maizales jugando con mi perro Wayra, haciéndolos espantar a los sirguillitos, esas menudas avecitas amarillas que entre una alborozada chillería venían a banquetearse con los choclos. Me llegó también el recuerdo lejano de las cosechas de junio, de mis juegos en las parvas alumbradas por la luna, de mis años de pastora tras el ganado, soportando a veces el ardiente sol de la cordillera o mojadita por las lluvias suaves o las mangadas.
¿Y ahora? ¿Ahora por dónde nomás tendría que seguir?, pensé llegando a la pampa llena de ichu de Kuriayvina.
"A Auquimarca, hija, la montaña nevada donde moran nuestros antepasados".
Volviéndome, miré por última vez mi pueblo; pero sólo pude ver borrosamente la sombra de sus eucaliptos emergiendo en la oscuridad.
—¿ROSA? ¿ROSA Cuchillo?
Un perrito negro, con manchas blancas alrededor de su vista, como anteojos, era quien me hablaba. Sus palabras parecían ladridos, pero se entendían.
Un instante me quedé silenciosa, como pasmada, sin saber quién era ni qué hacía allí ese animalito.
—¿No me reconoces?
Me quedé observando el arco sobresalido de sus dientes superiores, propio de los perritos cashmis; sus ojos muy vivos, sus orejas gachas.
—¡Wayra! -dije de pronto, inclinándome a abrazarlo con harta alegría en mi corazón al haberlo reconocido. Él empezó a menear también su cola, alegroso.
Hacía tantos años que se había muerto, de un zarpazo que le dio un puma, me acuerdo, cuando defendía a ladridos el corral de ovejas. Y ve, pues, ahora lo encontraba a orillas de este río torrentoso, de aguas negras, el Wañuy Mayu, que separaba a los vivos de los muertos.
A la sombra de un chachacomo, que retemblaba al paso de las aguas furiosas, encontré a Wayra descansando.
—Wayra, ¿qué haces acá? ¿Cómo me has reconocido?
Bajo el blanco resplandor de la luna observé mis ropas desgarradas por las zarzas de los montes, por los riscos, luego de avanzar penosamente por feas laderas y encañadas.
—Te esperaba Rosa –sabía que vendrías.
—¿Te lo dijo alguien?
—Liborio, tu hijo.
—¿Liborio?
Mi corazón saltó alborozado.
—Dímelo –dije abrazando nuevamente al perrito, acariciando su pelo crespo lanoso–. Dónde, ¿dónde viste a mi hijo?
—Cálmate –me respondió lamiendo mi mano–, por ahora no lo verás todavía. Él esta arriba, en el cielo, allí donde están guiñando las estrellas.
—¡En el Janaq Pacha! –dije alegrosa doblando mis manos–. Gracias, Dios mío –me arrodillé–, gracias por tenerlo en tu gracia infinita.
Y me encomendé al dios Wari Wirakocha, nuestro creador.
—¿Y yo también podré ir hasta allí, Wayra? –le pregunté después, observando el gran río blanco, el Koyllur Mayu, que extendía su lechoso cauce entre estrellas y luceros.
—No lo sé –respondió–. Yo sólo he venido a acompañarte hasta Auquimarca, según el mandato de los dioses.
Resignada suspiré, esperanzada que en el pueblo de las almas pudiera encontrar a mis padres, a mi esposo Domingo y a Simón, mi hijito, el último, que se murió cuando era sólo una guagua.
—Wayra –le dije–, ¿y dónde has estado durante todo el tiempo que no te he visto? —En todas partes –me dijo–: aquí, abajo y en las estrellas.
—¿De veras?
—De veras.
BIEN ABRAZADA a Wayra, que braceaba dificultosamente, pude llegar por fin a la otra orilla, sin dejar de pensar en mi Liborio, muerto ahora último nomás en los enfrentamientos de la guerra, y por quien de pena yo también me morí.
La luna hacía clarear esos feos lugares, escabrosos, sembrados de barrancos.
—¿Ves la cresta nevada de una montaña que blanquea allá lejos?
—Sí, la veo.
—Ésa es Auquimarca. Allí tenemos que llegar.
Alentada alentada marché a su tras.

DANTE CASTRO


Dante Castro Arrasco (Callao, 1959) egresó del programa de Derecho de la Pontificia Universidad Católica y continuó estudios de Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, así como cursos de postgrado (Literatura) en la Universidad de La Habana. Ha recibido distinciones en concursos literarios nacionales, entre los que destacan: Premio COPE (Petroperú, 1987); Premio Inca Garcilaso de la Vega (1988), auspiciado por la Casa de España y la embajada española en el Perú; Premio César Vallejo, del diario El Comercio (1994); Premio "Cuento de las mil palabras", revista Caretas, en 1995, 1997 y 1999 respectivamente; Premio Nacional de Educación "Horacio 97".
En 1992 ganó el Premio Internacional Casa de las Américas. Ese mismo año fue invitado como ponente al "Encuentro con César Vallejo" celebrado en la ciudad de La Habana, ciudad en la que residió hasta 1994.

Ha publicado "Otorongo y otros cuentos" (1986); "Parte de Combate" (cuentos, 1991); "Ausente medusa de cenizas" (poesía, 1991); "Tierra de Pishtacos" (La Habana, 1993, cuentos); "Cuando hablan los muertos" (cuentos, 1998) y una segunda edición limeña de "Tierra de Pishtacos" en 1999.



OTORONGO

a don Ramón Sánchez

Era muy de noche cuando llegó una patrulla del ejército a Quebrada Huariacca preguntando por el teniente-gobernador. Sonaban disparos de fusil y el aire de aromas naturales se llenó de olores extraños traídos de otras tierras. Los uniformes de invierno de la tropa se adherían a sus cuerpos despidiendo un vaho acre de sudores de caballo. La selva se puso quieta y silenciosa como esperando la lluvia y hasta el viento se refugió en lo más recóndito de la quebrada. Los colonos, sorprendidos en su sueño, comenzaron a prender antorchas y bajaron hacia el camino como un intermitente enjambre de luciérnagas.
-No queremos matar a nadie... -habló un sargento-. Tenemos la orden de decomisar todas las armas de la zona. Al que después se le encuentre con un arma... ¡se le fusila y listo!
Había inquietud en las miradas soñolientas de los campesinos que observaban con temor a los uniformados. Don Benito Santos, el teniente-gobernador, se comprometió con la tropa a que todas las armas serían entregadas. Por toda explicación le dijeron que era para prevenir una asonada comunista en aquella región. Junto con él caminaría la patrulla, casa por casa de los colonos, recogiendo las retrocargas y escopetas viejísimas con que cazaban. No sólo fueron armas lo que se llevaron, sino que hicieron matar una ternera para llevársela por pedazos a su guarnición, además de cargar con gallinas y chanchos ante la impotencia de sus propietarios. Fue así como Quebrada Huariacca se quedó sin armas de fuego.
El único que se salvó del decomiso fue Pedro Reyes, el dueño de la cantina de la zona. Enterró apresurado su carabina antes que la columna llegara, y no por intuición, sino por aviso de un comerciante errante que se emborrachaba en su negocio. Una nueva costumbre se haría crónica desde aquella fatídica visita de los cachacos: Ir a pedirle prestada el arma a Reyes.
-Don Pedrito, présteme su carabina pa’ tumbar chancho e’ monte...
-Don Pedro, el tigrillo se está comiendo las gallinas, présteme su arma.
Pronto empezaría a alquilar el arma a precios cada vez más fuertes. Fue por aquellos días que hizo su aparición un otorongo negro que se convertiría en el azote de la quebrada. El magro ganado doméstico de los colonos aparecía destrozado, desgajado y sin una gota de sangre cada mañana.
-Cómo sabe el animal cuando no hay escopeta, carajo...
Comentaba don Ramón Sánchez, hombre de respeto, con los vecinos que narraban entre sollozos la muerte de sus vacunos.
-No se sabe qué azote es peor... Primero los cachacos y después el tigre.
El felino hacía gala de su fuerza arrastrando toretes que lo triplicaban en peso a lo largo de varias cuadras. Silenciaba chanchos triturándoles el cogote entre sus fauces. Su mayor placer era romperle el cuello al ganado y beberse la sangre fresca del animal todavía vivo. El cuerpo, casi completo, quedaba para los carroñeros en algún lugar del campo.
Varios lo habían visto y jurarían, como don Ramón, que nunca hubo otro tan grande y tan hermoso. Pero con los machetes y rejones era imposible hacerle frente al animal. La gente se limitaba a ver con impotencia los restos de sus mejores vacas y chanchos desperdigados por las chacras.
Organizaron rondas de doce colonos armados con rejones y machete al cinto, pero la astucia del fiero siempre era mayor. Impusieron el sistema de los silbatos y el colono que sintiera el gemido de una de sus bestias, debería pasar la alarma a sus vecinos más próximos para que acudieran a perseguirle. Todo fue en vano. El otorongo se ponía a salvo en la selva virgen, desde donde acechaba los pasos de las rondas desconcertadas.
-Debemos ir a Huánuco pa' comprar escopetas. -sugirió don Ramón a la autoridad Benito Santos.
-No queremos a la tropa por acá de nuevo. -respondió.
-¿Y qué hacemos con el tigre?
-Pídanle su arma a Reyes... Que se las alquile...
Pero cada vez que el otorongo era cercado y acudían al negocio de Reyes, más tardaba en llegar el arma que el tigre en romper el cerco y huir al monte.
-Hay que hacer trampas. -comentaba la gente.
Una mañana, don Ramón Sánchez pidió ayuda a tres de sus vecinos más cercanos para cavar un hoyo profundo, casi un pozo. Tardaron hasta el ocaso sacando lampadas de tierra húmeda, creando una fosa de tres metros. La cubrieron de hojas de plátano y de una esterilla. Construyeron al día siguiente una reja de madera rudimentaria. Entrelazaron ramas fuertes y dejaron la armazón al lado del pozo cubierto. La ubicación era estratégica: al pie de la cerca del corral donde encerraba a los terneros.
-Ahora sí va a caer el muy astuto... -se dijo.
Comenzaría para él una secuela de noches de insomnio y de vigilia con el rejón calzado entre sus toscas manos de labriego. Consumió considerables cantidades de coca para no dormirse y fumó más de la cuenta. Luego de diez días de cansancio inútil, decidió que sus terneros no eran del gusto de la fiera y durmió normalmente. Correría otra semana sin novedad. No volvió a preocuparse del otorongo.
Una noche en que la cosecha del rocoto había agotado sus fuerzas y la lluvia convertía en lodazales las tierras de descanso, sintió ruidos extraños en el establo. Los becerros se inquietaban tratando de salir contra la mohosa cerca de troncos en un desesperado intento de huir. Corrió en la oscuridad con el machete en la diestra hacia la trampa y empujó sobre ella la armazón de maderos entrelazados que había preparado.
Su mujer le alcanzó una antorcha. Ante la luz irregular de la tea, resplandecían los ojos y el lomo brillante del predador. Tocó nervioso el silbato varias veces hasta que le contestaron de los predios vecinos. Para asegurar la reja de madera, colocó una enorme piedra encima.
A la media hora se veían hileras de antorchas dirigiéndose a los pagos de don Ramón. El tigre se hallaba en una sola posición, rígido y con la mirada hacia su posible salida. Cambió luego de actitud husmeando las paredes del cráter profundo. Quiso salir empujando la reja a saltos, pero se lo impedían los vecinos parados sobre el armatoste y la enorme piedra.
-¡Hay que matarlo de una vez! -gritó un colono.
-¡Tito! ... ¡anda tráy la carabina de Reyes! -le indicaron a un niño.
-¿Y si está cerrado el negocio?
-Tócale la puerta con piedra, pues, sonso... ¡Corre!
La algarabía era general. El azote de la quebrada había caído. Rígido y solemne, optaba por fingirse indiferente ante la muchedumbre que lo alumbraba con teas. Trajeron chacta para matizar la espera del arma. Tomaron y fumaron durante dos horas y el rifle no aparecía. Por fin llegó el niño jadeando.
-Dice que no presta, sino alquila... No quiere trato si nuay plata.
-Velo pues al desgraciado ese...
-Hay que usar los rejones.
-Con rejón nomas hay que matarlo...
-¡Clávenlo! -gritaba la gente.
Pero comprobarían que la longitud de las lanzas no era suficiente y el animal esquivaba con facilidad las estocadas. Hizo vanos intentos de empujar la armazón de palos y consiguió hacerles perder el equilibrio por un instante a los captores que se hallaban allí parados. Fue inútil.
-No se deja el tigre. Nuay cómo clavarlo.
-Pendejo, carajo...
-Dale pué...
Hasta que don Ramón se acordó del techo que había estado calafateando con brea esa tarde. Recordó cuando en Pucallpa vio a un crío meter la mano, por accidente, en la brea caliente: se la sacaron en esqueleto. “No quedó ni un miserable pedazo de carne en su mano”, pensó.
-¡Ya sé, burros!... ¡Lo mataremos con brea!... -exclamó.
Fueron a buscar el cilindro aún tibio y lo trajeron cargado en un palo. Prendieron fuego suficiente para un último hervor. El felino, mientras tanto, miraba sereno hacia el exterior.
-Ya está... ¡Ábranse de ahí!
Varias manos con trapos empujaron el cilindro hirviente para derramar el denso líquido sobre la reja que cubría la trampa. Se sintió un aullido potente, casi humano, y la fiera salió con reja y todo de un salto. El dolor había creado fuerzas descomunales en el animal. La sombra fugaz desapareció en la oscuridad de la noche y la selva se puso tan quieta y silenciosa como aquella vez que llegaron los soldados.
-No ha muerto... ¡Está vivo!
-Es el chullachaqui...
-El mismo demonio será...
-Anden cojudos... ¡Qué demonios ni qué carajos! ¡Busquen con las antorchas su rastro! -gritó don Ramón Sánchez.
Confirmarían después de corta búsqueda que los restos deformes del otorongo habían quedado pegados en cada obstáculo de su loca carrera por sobrevivir: una garra con el brazo pegados en un tronco de chonta, pedazos de piel con carne chamuscada en una roca. Y al final del regadero, en medio del monte, hallaron el espinazo con la cabeza desfigurada del que otrora fue un bello animal.
El azote había terminado.

Thursday, October 05, 2006

MAX PALACIOS CORTEZ


Max Palacios Cortez nació en Chiclayo en agosto de 1972, estudió Derecho en la Universidad Mayor de San Marcos y una Maestría en Literatura Peruana y Latinoamericana en la misma casa de estudios.
Ha publicado los libros Historia de la Literatura (1997), Mitología Griega y Latina (1999), Literatura Peruana (2002); asimismo, las novelas Con el diablo dentro (2001) y Si mi amor fuera cometa (2012), y los libros de cuentos Amores bizarros (2003) y La culpa la tiene Nabokov (2005). Además, la antología de literatura bizarra Abofeteando a un cadáver (2007). Hace poco, apareció su libro de cuentos Lima es-cool (2012).
Ha obtenido el segundo lugar en los Juegos Florales de la Facultad de Letras de la Universidad Mayor de San Marcos (2003) por el libro de cuentos "Amores bizarros" y ha sido distinguido en la Primera Bienal de Cuento Mario Vargas Llosa de la Universidad San Agustín de Arequipa (2004) y en el concurso de cuentos Alfredo Bryce Echenique de la ACJ (2003).

Actualmente se dedica a la docencia, dirige el sello independiente Bizarro Ediciones y administra el blog literario www.amoresbizarros.blogspot.com.


AMOR BIZARRO


La muchacha atravesó la cafetería por entre las mesas. Vestía de negro y su cabello caía negrísimo sobre su espalda. El sonido de sus botas era rápido, pero acompasado. Llegó hasta el muchacho y le soltó una bofetada. Todos voltearon a mirarla, sin embargo ella seguía imperturbable. El chico sólo atinó a levantarse y al ver que ella se disponía a salir, la siguió como un esclavo. Era un muchacho de porte atlético y con el cabello rapado. Vestía una camisa negra, un jean desteñido y unas tejanas. Cuando llegaron a la salida, él la cogió del brazo derecho:-¿Estás loca o qué te pasa? –alcanzó a decir enérgico.-¿Qué hacías con esas tipas? –preguntó la muchacha acercándole la cara lo más que pudo. ¿Convenciéndolas para que posen en tus cuadros?-No son tipas, son compañeras del instituto.-¿Y qué hacías con ellas?-Nada, conversando.-¿Conversando?-Oye, no empieces con tus celos enfermizos que ya no tenemos nada entre nosotros.-Necesito hablar contigo.-Yo no tengo nada de que hablar.-Es la última vez.-Mira, desde que dejamos de vernos estoy muy tranquilo y quiero seguir así.-¡Carajo! –se desesperó la muchacha y sacó una navaja. O me das unos minutos o te jodes conmigo.-Está bien, déjame sacar mis cosas –dijo el muchacho pensándolo bien.
Salieron del instituto y se dirigieron hacia el malecón. Llegaron hasta el Parque del Amor sin hablar. Se sentaron en una banca frente al mar. En unas losetas del parque leyeron: “El amor es eterno mientras dura”. Se miraron durante unos segundos y no atinaron a decir nada. La neblina de la tarde no les permitía apreciar el horizonte. Ella encendió un cigarrillo y expulsó la primera bocanada casi sobre el rostro del chico. Aún conservaba esa mirada entre cándida y melancólica que la diferenciaba de cualquier belleza ordinaria.-¿Cómo has estado? –le preguntó él, intentando ser amable.-Bien, tratando de arreglar mis cosas.-Cómo te fue en la clínica.Ella miró hacia un lado como distraída y se frotó las manos con cierta desesperación. Le incomodaba la pregunta viniendo de él, que sabía muy bien cómo la había pasado en aquel sanatorio.-¿Todavía tienes el descaro de preguntarme cómo me fue en esa clínica? No te basta con saber que estuve encerrada todo ese tiempo por tu culpa –dijo ella casi alterándose.-Oye, no me culpes de nada, la única culpable de todo eres tú.-Sigues tan sinvergüenza como siempre. No has cambiado nada.-No empecemos, por favor. ¿Qué querías hablar conmigo?-Nada en especial. Venía a decirte que voy a viajar a Miami y antes quería despedirme. Tengo una tía que me ha conseguido un trabajo allá y ya estoy un poco cansada de este país de mierda. Pero, a pesar de todo lo que ha pasado, yo sigo sintiendo algo muy especial por ti y no quería irme sin antes decirte algunas cosas que durante todo este tiempo he pensado.-Y, ¿cuándo viajas? –preguntó el muchacho para que ella no se pusiera nostálgica.-Pasado mañana.-¿Tan pronto?-Sí, pero… ¿por qué no vamos a tu casa y conversamos más tranquilos? –le dijo ella acercando los labios a su oído.-No podemos, están mis padres.-Bueno, vamos a otro lugar.
No pudo negarse a la oferta: ella seguía siendo una perversa tentación. Además ¿qué perdía? Era la última vez que la vería, nunca más lo iba a joder. Abordaron un colectivo y fueron a un lugar cercano que durante mucho tiempo les sirvió para sus encuentros amorosos. El cuarto del hotel era amplio y tenía un pequeño balcón que permitía apreciar los últimos momentos de la tarde. Él la desvistió con una destreza que no había olvidado a pesar del tiempo transcurrido. Ella se entregó disfrutando cada momento como si fuera el último. Descansaron casi toda la tarde y antes del anochecer salieron del lugar. La muchacha le pidió su teléfono para llamarlo cuando llegara a tierras norteamericanas. Él chico anotó el número en un boleto de autobús.-Ayúdame a tomar un taxi –dijo la chica con un tono de súplica.-Ojalá que todo te vaya bien –dijo el muchacho a manera de despedida.-¡Ah!, me estaba olvidando algo –le dijo con un gesto de despistada mientras abordaba el vehículo. Lo que te dije sobre el viaje es un cuento, no tengo ninguna tía en Miami, así que espera mi llamada. No creas que te vas a librar tan fácilmente de mí.
Él no se inmutó. Torció sus labios dibujando una falsa sonrisa y la miró como queriendo estrangularla. ¡Loca de mierda! –pensó-, te jodiste, el teléfono que te di no existe. Apresuró el paso y respiró la brisa nocturna que se extendía por las calles. El viento helado refrescó sus mejillas. Sacó un cigarro de su bolsillo, lo encendió y arrojó el humo, complacido, en un chorro profuso hacia arriba.

Saturday, September 30, 2006

JOSE DE PIÉROLA


José de Piérola participó en el «Encuentro Internacional de Escritores: Literatura en el Bravo 2011» organizado dentro del marco de celebraciones del «Festival Internacional de Chihuahua». El evento contó con la participación de escritores y poetas de las Américas, entre ellos, el reconocido poeta Jerome Rothenberg, quien recibió la «Medalla al Mérito Literario».
José de Piérola integró la mesa redonda que incluyó a los escritores Oscar Godoy (Colombia), Luis Rico Carrillo (México) y Juan Marcelino Ruiz (México). La discusión se llevó a cabo en Auditorio del Colegio de Bachilleres de Ciudad Juárez.

El encuentro, impecablemente organizado por Jorge Humberto Chávez, es parte del esfuerzo del alcalde de Ciudad Juárez de demostrar que la ciudad fronteriza es mucho más que la visión apocalíptica que aparece en los noticieros de todo el mundo.


Tercer lugar en en concurso de cuento "Las mil palabras" Revisa Caretas

HUMO AZUL

AUNQUE sólo han transcurrido tres días desde mi llegada, gracias a las facilidades que me brinda el gobierno que me ha acogido, escribo estas líneas para que sean difundidas por la Cadena Mundial de Mensajería Neumática. Hubiera preferido perderme tranquilamente entre los exilados que transitan las anchas calles de Tenerife, olvidado para siempre, pero la importancia del balance estratégico mundial, así como una poderosa razón de consciencia, me obliga a cumplir con una última responsabilidad antes de desaparecer de los despachos de prensa.Debo señalar, sin embargo, que no escribo con el propósito de dañar la reputación de los miembros del Consejo, gente proba más allá de cualquier sospecha. Debo señalar, además, que el arduo trabajo del Consejo durante los últimos ocho años, visto en retrospectiva, ha sido quizá el más brillante de la Era Postbellum. Sé, por ejemplo, que, desde que se descubriera en la famosa Bóveda de Tiempo Número 5, los textos completos de los cuatro escritores-cuyos nombres se conocían sólo por referencias fragmentarias- ninguno de los miembros del Consejo vaciló un instante en aceptar la inmensa responsabilidad que recaería sobre ellos. Después de tantos años de literatura anónima, era posible, por primera vez, nombrar no uno, sino cuatro autores. Pero antes, era imprescindible elegir a uno de ellos como el centro del canon, la referencia absoluta, la vara con que se mediría la excelencia de todo lo escrito, la semilla para la producción literaria del futuro. Sin embargo, la Tarea no fue fácil.Pocos saben cuánto trabajó el Consejo desde el día en que se abrió la bóveda de tiempo hasta la tarde en que se alzó la voluta de humo azul desde el último piso del Ministerio de Diseminación de Información. Durante los primeros cinco años, las largas sesiones, grabadas en tambores de ferrita para la posteridad, consistieron en análisis minuciosos, línea por línea, de los textos de los cuatro escritores. Cada vez que se encontraba una cualidad sobresaliente en uno de ellos, aparecían, de inmediato, cualidades semejantes en los otros tres. El análisis volvía, entonces, a la primera línea, al texto anterior, al escritor anterior, en un espiral que los envolvía interminablemente sin que pudieran discernir el paso de las horas. No era raro que el Consejo trabajara desde el alba hasta el crepúsculo.Sin embargo, a pesar del minucioso análisis de la obra de los cuatro escritores, después de cinco arduos años, el Consejo no había llegado a ninguna conclusión. Las obras, aunque disímiles en cuanto a los temas, estilos y técnicas narrativas, eran de calidades equivalentes. El Consejo, presionado cada vez más por la llegada constante de cápsulas exigiendo resultados, trataba infructuosamente de completar la Tarea. El quinto año, por ejemplo, se recibieron medio millón de cápsulas neumáticas de los lugares más remotos del país. Como se sabe, aquel año la Primera Ministra había difundido un mensaje por la Red Nacional de Mensajería Neumática, justificando el reclutamiento masivo de escritores anónimos para el Ministerio de Diseminación de Información, ya que, según explicó, la demanda pronto excedería la producción. También aquel año hubo grupos que marcharon por las calles. Unos querían que el Consejo autorizara la relectura de viejas obras. Otros pedían el cierre de los incineradores oficiales. Los más radicales, bajo el emblema "SCRIPTOR EX FABULA", llegaron a exigir que se incluyera el nombre del autor en las obras literarias.Quizá esta presión excesiva provocó la enfermedad de la Presidenta del Consejo, que, siguiendo recomendaciones médicas, tuvo que someterse a frecuentes baños de sales en una tina especialmente diseñada por el Instituto de Enfermedades Meridionales. Fue en vano que, en un intento por continuar con la Tarea, el Consejo mudara su sala de deliberaciones al baño, especialmente acondicionado, donde la Presidenta, detrás de un biombo de vidrio pavonado, se sometía al tratamiento. A la dificultad de las discusiones, entorpecidas por el eco de las paredes de mármol, se sumó el efecto nocivo de los salinos vapores en los textos originales. Esto hizo imprescindible la interrupción de tal arreglo.Todavía recuerdo cuando la Cadena Nacional de Mensajería Neumática difundió la noticia: Debido a su enfermedad, la Presidenta del Consejo se veía obligada a pedir su pase al retiro, consciente de que su decisión irrevocable afectaría irremediablemente la historia del país. Y no podía ser de otra manera. Es cierto que el orden de sucesión dentro de los miembros del Consejo era de dominio público, pero también es cierto que el retiro de la Presidenta dejaba una poltrona libre, lo cual impedía la continuación de la Tarea. El nuevo Presidente del Consejo, después de la ceremonia de investidura en la Casa de Gobierno, propuso suspender la Tarea hasta que se llenara la poltrona vacante. Dos días después, también, la CNMN anunció que el más joven de los miembros del Consejo, consciente de su falta de experiencia en un proceso semejante, había pedido su separación temporal, ya que, según declaró, su presencia sólo entorpecería las deliberaciones. Desde entonces, por un lapso de tres meses, los cinco miembros restantes se dedicaron íntegramente al proceso de selección.Tampoco fue fácil. El primer candidato, por ejemplo, recomendado por la Universidad de Dominica, además del Capellán Mayor de la Metrópolis de Tulsa, llegó a la entrevista tan nervioso que el Consejo decidió suspenderla, otorgándole el día libre para que paseara por los Jardines Botánicos. Lo cual resultó acertado, porque regresó, al día siguiente, más calmado y cargado de voluminosos legajos que pensaba usar a su favor. Ya en la entrevista, siendo de rigor la imparcialidad de los candidatos, se le preguntó, como tema inicial, si tenía alguna preferencia entre los cuatro escritores. El candidato, mirando con ojos grandes, azules, que contrastaban con su mentón recién afeitado, dijo que sí, tenía una preferencia, al tiempo que depositaba sobre el tablero los dos inmensos legajos que había traído consigo.Desde el descubrimiento de la Bóveda de Tiempo Número 5, empezó diciendo, gracias a las copias facsimilares que obran en poder de la Universidad de Dominica, he estudiado metódicamente los textos de los cuatro escritores. Aunque al principio me parecieron equivalentes, después, cuando empecé a comparar los temas, más allá de las proezas estilísticas, pude comprobar que uno de ellos era definitivamente superior. Los resultados de mis estudios, continuó, aparecen en estos manuscritos documentados con exhaustivo detalle.¿Los tiene grabados en un tambor de ferrita?, preguntó el Consejo. El candidato, con una sonrisa de orgullo, depositó en el tablero un reluciente tambor de ferrita con los sellos oficiales de su universidad. Déjenos el material, dijo el Consejo, lo usaremos en nuestra deliberación; mientras tanto puede esperarnos en el recibidor, donde encontrará algunas exquisiteces traídas de la República Panafricana, incluyendo un estupendo vino de Ciudad del Cabo.Asombrado por la rapidez de la entrevista, el candidato siguió a un ujier segundo hasta el Recibidor del Consejo, donde comió algunos canapés de soya, pero antes de que pudiera tomar la primera copa de vino, un ujier primero le comunicó que el Consejo sentía mucho no poder concederle la poltrona vacante, rogándole, además, su comprensión por no devolverle ni el manuscrito ni el tambor de ferrita. El candidato, rojo de ira, pensó reclamar, pero no pudo, porque dos guardias nacionales, después de leerle sus derechos, ya lo escoltaban al primer piso. Allí lo embarcaron en un transportador oficial que lo llevó al Instituto de Estudio de Conductas Excéntricas de Tierra del Fuego, donde sigue incomunicado hasta el día de hoy. El Consejo decidió, además, retirar las copias facsimilares de las siete universidades del país.Sin adelantarme a los hechos, debo señalar que no todos los candidatos fueron tratados de manera tan sumaria, ni tan severa. Algunos, como el profesor de la Gran Europa, que luego de veinte años de vivir en nuestro país se había naturalizado para trabajar en el Ministerio de Poesis, asistió a dieciocho entrevistas consecutivas, que abarcaron extensas discusiones sobre los autores de la Era Antebellum, además de otros textos antiguos menos conocidos. El profesor, sin embargo, se retiró de manera voluntaria, ya que él mismo consideró que su vasto conocimiento de la literatura antigua podría influir negativamente en la Tarea. Hecha pública su decisión en la CNMN, la Primera Ministra le envió sus felicitaciones.Sería largo, además de innecesario, enumerar todos los candidatos entrevistados. Sin embargo, es pertinente señalar a la última, la que ocuparía la poltrona vacante en el Consejo, convirtiéndose, además, en el miembro más joven de la historia. Pero eso no es lo asombroso. Lo increíble es que esta joven ocupara semejante cargo sin haber leído nunca obra literaria alguna. ¿Cómo había llegado al Consejo? La respuesta es simple. Desde que terminó su educación elemental, debido a sus aptitudes para el pensamiento algorítmico, pasó directamente a trabajar como aprendiz en el Instituto de Computación Bioneumática, el mismo año en que, previendo la escasez, la Primera Ministra había aprobado el presupuesto especial para el desarrollo del Gran Permutador, el súper computador bioneumático que produciría obras literarias a partir de textos canónicos almacenados en tambores de ferrita de alta capacidad. La candidata fue asignada a la Unidad de Estilo que desarrolló el dispositivo bioneumático que convierte una obra cualquiera a un estilo previamente almacenado en tambores de ferrita. Como los demás miembros del equipo, ella también firmó un contrato en que renunciaba temporalmente a su primer derecho constitucional, el derecho a la lectura. En cinco años, por lo tanto, no había podido acceder, legalmente, a ninguna obra literaria.Terminado el Gran Permutador, todos los miembros del equipo fueron felicitados por la Primera Ministra. En la misma ceremonia, la directora del Instituto de Computación Bioneumática, aclaró que semejante avance tecnológico no hubiera sido posible sin el genio del dispositivo concebido por nuestra joven candidata. Declaración excesiva, pero que llevó a la Primera Ministra a proponerla para ocupar la poltrona vacante del Consejo.Cumplida la ceremonia de investidura en la Casa de Gobierno, ya completos sus siete miembros, el Consejo reanudó la Tarea. Es cierto que la nueva integrante participó con el mismo empeño que los demás, pero también es cierto que fue ella quien propuso discutibles estrategias para el análisis de los textos. Al principio, como es natural, los demás miembros del Consejo, experimentados en análisis literario, se negaron. Pero, poco a poco, en una labor de convencimiento en que no escatimó el uso de su capacidad para el pensamiento algorítmico, empezó a ganar la aprobación de los demás miembros, menos uno. Es así como se aceptaron, por mayoría simple, cada una de sus propuestas.Sin embargo, todavía transcurrieron tres años sin que el Consejo eligiera a uno de los cuatro escritores. Fue durante esos años, en especial, durante el último, que la joven miembro llegó a ejercer cada vez mayor influencia, proponiendo métodos cada vez más objetables, hasta llegar al último, el inaceptable. Pero el Consejo, presionado por los nuevos grupos extremistas que empezaron a marchar por las calles, presionado por la llegada masiva de cápsulas neumáticas, presionado por las visitas constantes de la Primera Ministra, se vio obligado a tomar una decisión. No es necesario describir la algarabía general que se produjo en todo el país cuando las primeras volutas de humo azul se alzaron en el cielo de la tarde. Pero, mientras el país entero celebraba, yo meditaba sentado junto al amplio ventanal de mi oficina, hasta que, ya casi a la madrugada del día siguiente, obligado por mi consciencia, tomé una decisión sin precedentes en nuestra historia, y usando mi privilegio como Presidente del Consejo, fleté el transportador oficial que me trajo al Santuario Mundial de las Islas Canarias, donde he pedido asilo.Mi decisión de abandonar el Consejo cuando empezaría su época más gloriosa, se debe a que no puedo aceptar que un asunto tan importante para la historia de mi país, tan importante para el mundo entero, se haya decidido, bajo la malsana influencia del miembro más joven, con una suerte equivalente al abyecto rodar de unos dados

Thursday, September 28, 2006

REYNALDO SANTA CRUZ


Reynaldo Santa Cruz

Escritor peruano de la generación del '90.Ha publicado: La muerte de Dios y otras muertes (1990), El arte de Escribir, Introducción a la narratología (1998), El Evangelio según Santa Cruz (1998), sus cuentos aparecen en varias antologías en América y Europa. Culminó sus estudios de sociología con la tesis "Lo real maravilloso, en busca de la identidad perdida", tiene además un posgrado de Literatura Latinoamericana en el Centro de Investigaciones Filosóficas de la Casa de las Américas, en las áreas de "las literaturas indígeneas después de la conquista" y Tería de la recepción en Juan Rulfo". Ha dirigido los talleres "Técnicas para escribir un cuento" en el Museo de Arte de LIma, Euroidiomas, Asociación Teatro Estudio Latinoamericano, Asociación Cultural "Libro Abierto", entre otros. Actualmente combina su actividad literaria con la docencia en el área de Literatura.

UNA NOCHE EN EL PARAÍSO

El cuerpo de Eva es sacudido por las arremetidas de Adán una y otra vez. El sudor se desliza desde su cabellera desmarañada hasta los flancos de su rostro hermoso y juvenil.
Un aroma emerge de la comunión de ambos cuerpos, un aroma indefinido, intenso, que impregna a todos los objetos de la habitación con un vaho espeso y lascivo.
Eva clava las uñas en el pecho de Adán y forja extraños arabescos mientras lo arenga con pasión. El sudor sigue su trayectoria y bordea el cuello y los hombros perfectos, asemejándose en su recorrido a un riachuelo platinado.
Adán sonríe con suficiencia y mantiene impetuoso el ritmo de su cintura, sincrónico.
Eva gimotea y mueve la cabeza hacia los lados en un impulso involuntario. Sus facciones se contraen cuando cierra los ojos y la punta de su lengua pretende borrar la marca del pecado de sus labios.
El sudor se precipita, ahora multiplicado en varias líneas luminosas por la curva de los senos y transita extasiado por la aureola y los rígidos pezones.
"Por haber hecho esto, maldita seas entre todas la bestias y entre todos los animales del campo. Andarás arrastándote y comerás tierra todos los días de tu vida".
Génesis 3

Adán, de pronto, extrae su sexo encendido y se retira con rapidez, riendo. Eva, como un pez recién capturado, aún se agita en un espasmo incontenible y abre los ojos con desmesura. El la mira irónico y ella implora con ademanes expresivos la prolongación del rito.
El sudor no se detiene ante el desafío que significan las costillas zarandeadas por una respiración irregular y continúa imperturbable, dejando tras de sí, una débil estela, similar al rastro de un caracol.
Eva no culmina todavía sus reclamos, cuando Adán se dirige hacia ella con el miembro espumoso y enhiesto, blandido como una pica. Un chillido obsceno revela lo certero de la embestida y se convierte en la señal que reanuda el juego de los cuerpos. Ahora, las manos de Adán estrujan los pechos firmes y se deslizan en círculos armónicos, mientras sus caderas mueven a Eva con ágiles rotaciones.
El sudor arriba al vientre terso de ella y la agitación de este hermoso cuerpo no impide que la travesía prosiga inexorable, rumbo a la espesura del pubis.
Adán modifica la ruta de sus manos y las conduce velozmente hacia los cabellos ondulados y larguísimos. Se aferra a estos con tal vehemencia que consigue arrancar un manojo. Al mismo tiempo una variedad de sonidos guturales se combinan en un afiatado contrapunto.

"Enviará Dios sobre ti hambre y necesidad y echará su maldición sobre todo lo que tus manos toquen, hasta que seas exterminado y perecerás en poco tiempo".
Deuteronomio 28

El sudor no se detiene jamás y penetra en la jungla. La senda es accidentada, pero él es implacable. Su fulgor aparece y desaparece por entre el vello y la piel, después escala el monte de Venus con serenidad.
Las piernas de Eva no se deciden por una posición, tan pronto figuran extendidas y tensas en un ángulo amplio, similar al de un compás, como también dobladas, oprimiendo los senos con las rodillas. Un rayo de sol se filtra por los vacíos de la persiana y cae perpendicularmente sobre la espalda de Adán.
Ella se ve elevada por el vigor masculino, que la ha levantado por el dorso, y para no interrumpir el vaivén que taladra sus entrañas, se prende de la nuca de Adán. El peso es grande, obliga a un esfuerzo, hasta que él consigue sentar a Eva en sus muslos.
El sudor ingresa también a la guarida húmeda y roza los labios en un largo beso. Al borde del abismo siente como deja de ser él para convertirse en una amalgama de fluidos, y se pierde en las profundidades enrojecidas en un descenso lento y pesado.
Eva soporta la primera estocada y aunque trata de instalarse mejor, es muy tarde, ya la imponente lanza empuja hacia arriba sin descanso y los músculos de Adán se inflaman. Los pechos brincan en un ritmo insólito y los gestos de ambos revelan un caos de sensaciones.
El lecho rechina en la unión de las patas y los soportes, incapaz de ser ajeno al temblor que lo somete, y su crujido se rinde ante los gritos de Eva.
"Ves lo que hacen, las grandes maldades que la gente comete en este lugar para alejarme de mi santuario. Pero vas a ver pecados mayores".
Ezequiel 9

Adán alardea de su poder y hace girar el cuerpo de su pareja, obligándola a una postura animal, similar a la de un cuadrúpedo. Ella acepta la variante con docilidad, y es doblegada por los caprichos de su verdugo infatigable.
Inesperadamente Eva se rebela, toma la iniciativa y empuja hacia atrás con tal fuerza, que Adán mantiene su posición a duras penas.
Engarzados de este modo, los dos cuerpos se revuelven sobre la cama, alternando la supremacía con rápidos desplazamientos. El cobertor azulado se desliza hacia la alfombra y prepara la caída de la pareja.
Ya en el suelo, cálido y tupido, Adán impone su fortaleza, aparece como un jinete inmisericorde que jala de los cabellos femeninos como si tirara de unas riendas y consigue encaramarse sobre Eva. Esta aunque se resiste, queda inmovilizada por la violencia de la penetración y pronuncia un quejido largo. Adán cabalga cada vez con mayor furia y articula un gruñido que paulatinamente se hace más intenso.

"El hombre que quedó impuro y no se purificó, será exterminado de entre los suyos, pues ha manchado el santuario de Dios".
Números 20

Los gemidos y gritos se entrelazan en un concierto desigual y anuncian la proximidad del fin. Los cuerpos se mantienen vibrantes y unidos de tal manera, que asemejan un ser mitológico. De pronto, la rapidez y precisión del hombre se extingue y su rostro revela una emoción extraña mientras abre y cierra la boca. Se aparta súbitamente, buscando detener la inundación que parece provenir de todas las células de su cuerpo, pero ya es muy tarde. Un líquido blanquecino y espeso salpica por todas partes, rociando la espalda de Eva y se precipita como una lluvia intermitente por su cabello y su nuca.
Ambos yacen en la cama de la confortable habitación. Ella mirando al espejo para descubrir a una pareja unida por lo clandestino, y él fumando un cigarrillo con delectación.
El tiempo recupera su dinámica para los dos, así que deciden vestirse.

"Cuando rezan con las manos extendidas, aparto mis ojos para no verlos; aunque multipliquen sus plegarias, no las escucho, porque hay sangre en sus manos".
Isaías 1

Eva se pone la túnica marrón, luego, la toca almidonada, y se asegura una cadena que sostiene un gran crucifijo. Adán la mira arrobado mientras se cubre con la sotana negra y termina por colocarse el cuello blanco y rígido.
Afuera, las campanas repican en la catedral.

Rocío Uchofen


(Lima 1972) Fue miembro de la Asociación Cultural Libro Abierto. Graduada de la facultad de Lingüística y Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha participado en encuentros y coloquios como el "Segundo encuentro de escritores jóvenes" organizado por la APPAC en 1991 o el I Encuentro de Narradoras en la PUCP (organizado por la revista Vanaguardia) Sus cuentos y poemas se han publicado en varias antologías de América y Europa. Ha publicado el poemario Liturgias Clandestinas y el libro de cuentos Odalia y otros sin esquina. Actualmente radica en Nueva York desde donde dirige el web site HÍBRIDO LITERARIO y estudia un Master en Literatura Inglesa.


La Biblioteca de Borges*

Aprendí a vivir prudentemente en el silencio cuando, a causa de una tiroidectomía que, según los médicos, me salvaría del cáncer, mis cuerdas vocales se dañaron y por ende la voz se me debilitó. Yo era muy niña, de por sí muy retraída; fue fácil acostumbrarme a esa nueva experiencia. Me refugié en los libros y empecé desde ese entonces a subsanar mi limitación mientras experimentaba la fortaleza del lenguaje escrito. Ustedes no me conocen, nunca han reparado en mí. Yo soy la muchacha que pasa imperceptible por las calles, la que se escurre silenciosa en las clases magistrales, en la multitud de las conferencias, o los recitales literarios. La que va a todos lados con aquella sudadera impecablemente blanca, cuyos puños mi madre ha zurcido varias veces y apenas me cubren las muñecas, soy la que lleva esos jeans gastados y vueltos a teñir, mientras mis tobillos frágiles se muestran cubiertos por la transparencia de las medias de nylon y mis pies se moldean a los mocasines que me ayudan a caminar con más sigilo de lo natural. Ustedes apenas reparan en mí. No les atraigo. Soy una paria a quien se soporta como se soportan a todos las extrañezas de este país. No soy interesante, no aparento inteligencia notable, ni soy bonita. Vivo en mi mundo extraño, usualmente pierdo la voz, no puedo gritarle al conductor del autobús que la siguiente esquina es mi parada y tengo que esperar, silenciosa, a que alguien por fin avise que se baja varios bloques más allá, para seguirlo y abandonar el vehículo, reconocer la calle y caminar de regreso hacia mi destino original. Soy otra de las tantas que deambulan de día por las veredas ruinosas y sucias de esta ciudad. Ustedes se quedarían admirados si yo les contase que escribo. No lo creerían, no calzo en el clisé, no tengo el tipo; es más, si se cruzan conmigo en la calle, pueden que me tachen hasta de analfabeta o me clasifiquen en el conjunto amontonado de las seguidoras de la telenovela de las ocho. Sin embargo, señores, ¿qué pensarían de mí si yo les hablara de mi amistad con Borges?, si les contara de la sutil sabiduría en el oficio que me inculca en cada encuentro, de las horas interminables de intercambio de ideas, de lo infinito de un consejo práctico y sin palabras.
“Borges está muerto”, sentenciará uno de ustedes, a la vez que dé vuelta a la página. Borges está muerto, sí, no lo ignoro. Yo no vivo en Borges, ni Borges vive en mí. Los muertos jamás dejan de ser si nosotros no los dejamos. Por tanto, “él es”, así como suena la sentencia, sin ningún susto o aspaviento. Se le puede ver fluir claramente en la bruma cerrada al final de aquellas noches impolutas de recuerdos significativos o edificantes. El ascenso a lo perfecto no es irreal ni soñado. Los límites hexagonales de horizontalidad me enmarcan en el área etérea de silencios estelares. Puedo ascender o bajar por la multitud de niveles de acuerdo a lo que estoy buscando. Borges siempre aparece en alguno de esos pasadizos solitarios, conoce cada punto cósmico del lugar, reconoce a través de su invidencia cada escalón en su perfecta simetría con el todo conceptual, es éste el que sostiene el devenir de su presencia en el engranaje general del universo. ¿Qué si soy la única visitante allí? No lo sé, hay demasiada sabiduría para perder un momento y mirar alrededor. Yo sólo veo a Borges y él me guía con suficiencia hacia la solución de la interrogante existencial que me ha llevado a iniciarle la conversa. No es una relación fácil. A veces me atemoriza. Por ejemplo, muchas veces me ha llevado casi paternalmente de la mano hacia elucubraciones teóricas laberínticas, para luego dejarme divagar en el centro mismo del embrollo, sin ninguna ayuda ni pista para encontrar aquél hilo de Ariadne que me permita unir silogismos de apariencias distintas, cuya respuesta exquisita y fascinante me lleve a la contemplación serena de la maravilla del conocimiento real. Todo unido a una angustia inenarrable de nunca hallar la salida, de perderme y no regresar jamas al mundo donde me esperan mi cuerpo y mi madre. Otras veces ha querido aterrarme con historias imposibles, las ha pronunciado con las palabras necesarias para que luego estén dando vueltas en mi cabeza. He sentido que, tras la despedida, cuando vuelvo a la concretización de las ideas, él ha querido irse conmigo y muchas veces se ha adueñado de mi voz interna para repetir hasta el cansancio temas y argumentos que yo no quiero escribir. Sin embargo, en la oscuridad de la noche palpable y cotidiana, cuando abro mis ojos a las tinieblas y rememoro lo aprendido en La Biblioteca estelar, no me arrepiento. Entonces, con el ánimo de quien llega a casa luego de una jornada beneficiosa y fructífera, me preparo a reponer las fuerzas, me envuelvo en las sábanas, me acuesto de lado. Borges debe estar sonriendo maliciosamente entre los estantes de La Biblioteca. Mi ser vuelve al encierro corporal y a los límites inefables de la sabiduría humana. De cuando en cuando creo sentir dolores intensos de cabeza o en el estómago, pero no hay nada como el mantra de repetir los últimos versos de algún poema renacentista, o elucubrar nuevas paradojas difícilmente refutables para vencer a Borges en una nueva ocasión. Todo eso me ayuda a conciliar el sueño. En el silencio de aquellas noches húmedas, he creído escuchar el sollozo de mi madre en las otras habitaciones, como un alma que se queja y vaga silenciosa de cuarto en cuarto, sé lo que murmura su voz quebrada, sé que sufre. Vuelvo a mi mantra del día para acallar una verdad que necesito negar, que no acepto, que realmente no cuenta en la Biblioteca estelar. Pero el cáncer me vence, dicen los sollozos maternos, que el cáncer me está acabando. Entonces, a pesar de mi concentración extrema, regresa a mi cuerpo el dolor.

Carlos Rengifo


Nació en Lima, el 15 de setiembre de 1964. Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad San Martín de Porres. Ha participado en diversos eventos literarios en Lima, como el 2do y 3er Encuentro de Escritores Jóvenes convocado por la Asociación Peruana de Promotores y Animadores Culturales, (APPAC), en 1991 y 1993, respectivamente; la Bienal Arte de los Noventa, realizada en la Biblioteca Nacional del Perú, en 1988; y el Primer Encuentro de Nuevos Narradores Ernest Hemingway, organizado por la Universidad Federico Villarreal, en 1999. Es autor de los libros de cuentos EL PUENTE DE LAS LIBÉLULAS (1996) y CRIATURAS DE LA SOMBRA (1998), y de la novela LA MORADA DEL HASTÍO (2001). Ha ejercido el periodismo en diferentes medios de comunicación y colaborado activamente en revistas literarias peruanas, como Imaginario del arte, Sieteculebras, Arteidea, El Ornitorrinco, El Túnel, etc. Con algunos premios literarios en su haber, en el 2000 fue incluido en el octavo tomo de la antología EL CUENTO PERUANO 1990-2000 que publica el organismo estatal Petroperú. Ganador del Premio de Novela  Julio Ramón Ribeyro, del Banco Central de Reserva en 2011.


SIN SALIDA


Desde lo alto del tejado, Casandra se sintió tan pequeña, tan frágil y temblorosa, que cerró los ojos para tapar la realidad. Pero el viento soplando contra su cuerpo le hizo reparar que era víctima de una equivocación. Volvió a mirarse, indignada, y quiso gritar al cielo su enérgica protesta; pero sólo abrió la boca sin que del fondo de la garganta surgiera la voz que esperaba. Con angustia, con íntima desesperación, se detuvo sobre la cornisa, sabiendo de antemano que debía repetir aquel acto que apagó su última forma de vida. Si, como sospechaba, era cierto lo que decían acerca de los de su especie, ella tendría que hacerlo siete veces para enterarse por fin qué otro perfil le deparaba el destino. Sin embargo, esto no la contuvo; era como dar vueltas interminablemente a un manubrio, algo que siempre había hecho y que haría también en la fase ulterior. Entonces, ya resignada, inclinó lentamente la cabeza y mientras caía apenas si pudo soltar un apagado maullido.

Monday, September 25, 2006

Richar Primo

Tingo María, Perú. Se desempeña como profesor de Lengua, Literatura y Redacción. Asimismo ejerce el periodismo cultural. 
Ha publicado libros académicos: "La magia de las Palabras" (2005), "Ortografía para todos" (2007), "Nueva ortografía para todos" (2013). También los libros de cuentos "Epistolario de Javier" (2006) y "Lima a Tientas" (2012).
Dirigió los Talleres de Creación Literaria para el Museo de Arte de Lima y participó en el Encuentro de Escritores Peruanos en Madrid, España.
Ha obtenido reconocimientos en el cuento de "Las Mil Palabras" de la revista Caretas; en el concurso de cuento "Julio Ramón Ribeyro" y en los Juegos Florales de UTC. 
Actualmente dirige Punto y Coma Consultores.


LA VISITANTE

El timbre había interrumpido mi sueño a las tres y cinco de la madrugada. Lo supe con exactitud porque tengo un reloj colgado en la pared izquierda, que es el lado por donde generalmente duermo. Apenas abrí los ojos y, a pesar del aturdimiento, me encontré con el círculo luminiscente de siempre enmarcado en la pared, y moviendo imperturbable su segundero.
No sé, son esas cosas que uno tiene cuando despierta repentinamente de madrugada (o lo despiertan). Buscar convencerse de manera rápida de que todo había sido una equivocación y de que aún no era la hora de levantarse.
Entonces el timbre de la puerta volvió a vibrar con la misma odiosa  frecuencia chirriante que tanto me disgustaba, pero que, claro, por ser tan solo un inquilino, no me había atrevido a cambiar.
Uno piensa de todo y a la vez no sabe exactamente qué pensar cuando lo despiertan de abrupto con una llamada a la puerta en la madrugada. Me vino la imagen de César, el otro inquilino que a veces solía llegar a las mil quinientas horas totalmente ebrio: lo maldije por anticipado. No obstante, luego recordé que él había viajado por trabajo hacía dos días y que no volvería sino hasta a dos días después. Entonces ¿Quién? Esperé alerta el siguiente timbrazo que demoraba, y pensé en la dueña de la casa o en su hijo que a lo mejor llamaba por alguna razón; cualquier razón en ellos tendría que ser mala para mí. Madre e hijo solterón solo se acercaban para importunar, ya sea  a mí o a cualquiera de los otros inquilinos. Recordé que entre mis prioridades de ese año estaba el buscar otro cuarto en un lugar muy distante de esos dos enajenados.
Mis ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad. No había encendido la lámpara a pesar de que estaba al alcance de mi mano. Esa es otra de las actitudes que uno no se explica, cuando – mucho después - se empieza a recomponer los hechos siguiendo un criterio lógico que, definitivamente, no podía estar presente, a esa hora, y en el despertar abrupto de un dormilón como yo, o como lo fui, hasta ese tiempo. Había una ventana grande que daba a la calle, desde donde se veían las luces amarillentas y distantes de un edificio en la calle de enfrente, encendidas hasta muy tarde. Luego, esas luces se iban apagando de una en una. Con el tiempo, había encontrado una secuencia de apagado que pocas veces se alteraba, incluso tenía un tiempo exacto de intervalo entre una luz y otra cuando se apagaban. En verdad que algunas de mis noches eran muy largas y tediosas.
Estuve por aceptar que el timbrazo había sido solo una equivocación,  y que simplemente debía volver a acostarme en lugar de acercarme a la ventana para indagar si había alguien; pero, tan repentino  como la primera vez, el sonido antipático del timbre volvió a repiquetear. Entonces me invadió el temor porque, entre todas las posibilidades, podía estar una mala noticia, es decir, el accidente de un pariente o algo peor.  Solo que mis parientes no vivían cerca. La verdad, ellos no vivían ni en la misma ciudad y, más aun, pocos, muy pocos sabían de mi paradero, por no decir que para algunos ni siquiera estaba clara mi existencia. No obstante, lo reconozco, sentí que una opresión parecida a la incertidumbre o, como ya dije, al miedo, me invadió. Salí de la cama y me dirigí lentamente hacia la ventana.
            ¿Qué vi? O mejor dicho ¿A quién vi? Fue insólito y estremecedor. Ahora bien, no hay que olvidar la hora peculiar y algunas circunstancias como el hecho de que yo vivía en un viejo edificio de cuatro pisos en la parte más antigua de Magdalena, y que era invierno, ese invierno de lluvia menuda, pero constante que atormenta a Lima durante toda la estación.
Cuando saqué la cabeza por la ventana y bajé la mirada hacia la entrada desde donde se podía tocar el timbre, me encontré con los ojos fluorescentes y fríos de una pequeña mujer que cargaba a un bebé, al menos lo cargaba como se carga a un bebé, aunque yo sólo alcanzaba a ver  unos trapos que envolvían un pequeño bulto. dijo con una voz quejumbrosa. volvió a clamar. Traté de verla mejor, pero no lograba definirle el rostro, sólo distinguía sus ojos, penetrantes, duros y luminiscentes. Su voz era aguda y en ella percibí los quiebres de quien quiere llorar; sin embargo – eso lo entendí tiempo después -, había algo de fastidio y hasta de enojo entre las notas de esa voz. El viento de la noche agitó las cortinas de mi ventana y por un momento perdí la imagen de la mujer. Lamenté que todo esto me estuviera sucediendo a mí,  a esa hora de la noche.
Volvió a suplicar la voz, pero, repito, no alcanzaba ver si ella movía la boca. Ahora bien, vivir en una ciudad en donde - como se dice en el refranero de la calle - todos los días nace un tonto, lo hace a uno profundamente desconfiado. Quise comprobar si lo que cargaba era un bebé,  pero tampoco lograba definirlo por completo. Miré a los alrededores como para encontrar a alguien que estuviera viendo la misma patética escena; pero las dos calles que cruzaban cerca del edificio estaban desiertas y las luces amarillentas de los faroles languidecían en hileras  que se entrecruzaban hasta perderse en la distancia. Las veredas parecían brillantes por la lluvia que no había dejado de caer. dijo la mujer, pero – lo puedo asegurar – no lograba ver sus manos. Sólo distinguía una silueta que más parecía una sombra y sus ojos, unos ojos enormes y totalmente inexpresivos. . Menuda cosa la que me sugería a esa hora. Me quedé en silencio, mirando la escena receloso. Volvió a suplicar.  Quería reclamarle que por qué me importunaba a mí, si había otros timbres y otras casas más accesibles. Por último tenía ganas de preguntarle cuánto era  lo que necesitaba para saber si me alcanzaba y lanzárselo  desde la ventana, o, en todo caso, mandarla al cuerno de una vez, ya sea con su pena o con su engaño.

“Sólo necesito veinte soles para el suero”. Dijo la mujer como si hubiera adivinado mis pensamientos. “Si no este hijo también se me va a morir” exclamó. Empero, como dije, yo había vivido en ciudades desde los diez años y había aprendido, a fuerza de engaños, a desconfiar  de  casi todo. Pero más que por la posibilidad del engaño, estaba enojado por otras cosas: por la hora, por la situación misma, porque alguna parte de mi corazón se entristecía con la historia de esa mujer y porque, la otra parte de mi razonamiento, me decía que mucho de aquella escena no parecía sincera. Tal vez estaba molesto por la incapacidad de creer, defecto que se va asumiendo conforme avanza la vida. Regresé a mi  cama y busqué en mi gaveta una moneda o algo de dinero que no me hiciera mucha falta para salirme de una vez de esa situación. Encontré una moneda de cinco soles. Debo agregar que en un bolsillo del saco tenía algunos billetes que aún me sobraban de mi ajustada quincena. 
Regresé a la ventana. La mujer no se había movido. En otras circunstancias hubiera pensado que era solo una sombra y que lo demás lo había puesto mi alucinación y mi sueño. Tiré la moneda lo más cerca de ella, aunque no escuché el tintineo. La lluvia había aumentado. Dijo la mujer y yo, irritado o, tal vez, avergonzado, contesté antes de cerrar la ventana:

Aquella noche ya no pude descansar igual. Tenía la imagen de una mujer vagabundeando por las desiertas calles de Lima con un bebé que se moría entre sus brazos. Imaginaba la lluvia salpicando su silueta difuminada por las débiles luces de la noche; pero, sobre todo, imaginaba sus ojos fríos. Por supuesto que no hubiera bajado a ver la receta porque ese cuento ya se lo habían hecho a varios samaritanos que terminaron con la habitación vacía; sin embargo, poco me hubiera costado darle el dinero que faltaba. Me dormí pensando en que la conciencia – así se le llama generalmente – debe ser el último espacio que queda en nuestra vida para la autocrítica y que debería ser eliminada por completo.

Días después, le conté la anécdota a todos los que me quisieron escuchar y  casi todos estuvieron de acuerdo en que, lo que hice,  había sido lo más inteligente; es más, que probablemente era una estafadora, y aunque no lo hubiera sido, con lo que había hecho era suficiente. Otro amigo, me consoló diciéndome que si había pedido veinte soles, era porque necesita solo eso y no que yo bajara, cual salvador, para llevarla hasta al hospital más cercano. Seguramente había encontrado a otro que le había completado la cuota. El más duro de todos me aniquiló con aquello de que no tenía tiempo para tranquilizar espíritus pusilánimes.

Cuando, finalmente estaba por declarar cerrada la historia, una tarde, una anciana a quien yo conocía como la lavandera de algunos inquilinos y que también había escuchado mi historia cuando se la narraba, otra vez,  al bohemio de César, se cruzó conmigo en la puerta del edificio. Supongo que intencionalmente.
- Sabe qué joven – me dijo, como quien recuerda algo muy lejano – yo conocí a la finadita. Vivía en el callejoncito del frente y en verdad se le murieron los dos hijitos. El último se le murió porque lo sacó en la madrugada para el hospital y lo remató con una pulmonía.

Miré a la anciana alelado y traté de buscar en su arrugado rostro la muestra de una sonrisa que me dijera que estaba bromeando.
- Pobre mujer – suspiró la anciana - pero de eso hace ya tantos años, joven – dijo con melancolía - ¡Quién podía saber que todavía no descansa, la pobre! ¡Dios la ampare!
Me dirigí a mi habitación, y antes de entrar volví a mirar a la anciana que ya se iba. Cerré la puerta totalmente confundido.