Thursday, February 12, 2015

Mario Guevara Paredes


Cusco, 1956. Escritor, Guionista y Gestor Cultural. Director de Sieteculebras, revista andina de cultura. Editor de Moment: Une Revue de Photo. Sus cuentos han aparecido en diversas revistas nacionales e internacionales, y ha sido traducido al inglés, alemán, italiano, hebreo y holandés.  
Ha obtenido varias distinciones literarias: Primer Premio de Cuento en los Juegos Florales de la UNSAAC, 1989; Primer Premio del Concurso Regional de Cuento Narciso Aréstegui convocado por el INC, Cusco, 1990; Primer y Tercer Premios del Concurso Nacional de Cuento organizado por el semanario Cambio, Lima, 1990; Finalista del Concurso Nacional de Cuento Breve patrocinado por la ANEA y la revista El Ñandú Desplumado, Lima, 1992; Premio Regional de Cultura 2008, en el área de Cuento, convocado por el INC-Cusco.
Ha publicado El desaparecido (Cusco, 1988); Fuego del Sur: Tres narradores cusqueños (Lima, 1990); Cazador de gringas & otros cuentos (Cusco, 1995); Matar al Negro (Cusco, 2003), Usted, nuestra amante italiana (Lima, 2010) y Made in Cusco (Cusco, 2011).
Es miembro del Comité Editorial Internacional de las revistas Pedrada Zurda (Ecuador), Mythos (República Dominicana) y Mala Vida (México).


LA VIDA NO VALE NADA

—Cuantas cosas yo podría contar —dijo el barman. Y era verdad. Había trabajado tantos años en ese oficio que conocía a todos los parroquianos que aterrizaban en noches como ésta: fría y húmeda, donde vienen a matar su soledad, usted me entiende. El barman, regordete y mofletudo, con profundas ojeras, parecía una enorme lechuza pendiente de todo lo que acontecía en el pub. Allí, donde está sentado, ahí mismo, él se sentaba. Todo el tiempo permanecía silencioso, tomando con insistencia cuba libres. Con el cigarrillo en la comisura de sus labios se quedaba absorto mirando no sé qué cosas. En la madrugada, cuando íbamos a cerrar, pagaba y se retiraba silenciosamente. Nunca vi persona alguna sufrir tanto. Se le veía demacrado, sin rasurar y con los cabellos en completo desorden. Daba pena, señor, daba pena. Pero, como no facilitaba la conversación, sólo le miraba y le servía los tragos, sin poder sacarle de su ensimismamiento.
       El local, poco a poco, empezó a atiborrarse de personas y el barman se puso activo. «Para la nueve, dos chelas», gritaba el joven mozo. El otro, enano y gordinflón: «Tres cubas para la cinco». La música detonante de “Los Prisioneros” invadía el local. Bueno, como ve, esta noche tengo mucha chamba. Pero ahora, que todos beben, me da un alivio y sacaré tiempo al tiempo para contárselo. Allí, donde está, ahí mismo, se sentaba. Muchas veces traté de hablarle y, como siempre, me rehuía. De seguro, no quería que nadie se enterara de sus secretos. Pero una noche de luna más pudo la necesidad de comunicarse, que me contó su increíble historia. Sepa que yo era puro oído, porque este tipo me desquiciaba. Y todo por su forma extraña de actuar. Empezó diciendo: «No vale nada la vida». Pensé que quería interpretar esa vieja canción ranchera. Y sabrá que no gusto de las rancheras, porque son muy lloronas, muy gritonas. Pero, al notar en mi rostro signos de perturbación, me dijo: Pertenecí a la Policía Nacional. Fui capitán, a la vez, Comisario de la delegación de La Punta.
       —Sucedió que una noche, por un descuido mío, escapó un narcotraficante. Había sido capturado con una maleta repleta de cocaína que iba a enviar a Holanda. Y se fugó no porque me coimearon, no mi amigo, se evadió porque el muy pendejo nos invitó varias botellas de whisky. Debo reconocer que fui un imbécil al dejarme convencer por ese cretino. Es que el tipo no mataba ni una mosca. Además, en todo el tiempo que estuve en la unidad, nunca se me fugó nadie. Y pensar que tenía una hoja de servicios impecable. Pero, como ganamos tan poco, tomar whisky nos tentó la garganta. Y digo nos tentó, porque no solo yo tomé, sino toda la delegación que estaba de turno. Y fue así que bebimos en la comisaría como descosidos. En un descuido, cuando estábamos totalmente ebrios, el muy cabrón se esfumó. Fue un escándalo. Me destituyeron. Y sabrá cómo es eso; nos juntan en el patio, la tropa nos da la espalda, nos rompen las insignias de mando y finalmente a la calle. Por poco me mandan a la cárcel. Para mi familia fue un golpe muy duro. Mi mujer, secretaria en un Ministerio, tuvo que mantener el hogar. No podía creer que a mí me sucediera tamaña desgracia. Además, ser mantenido por una mujer era para morir. Pero qué podía hacer, si sólo estaba preparado para dirigir policías, capturar delincuentes y reprimir manifestaciones que alborotaban al Estado. Fue así que, por insinuación de un colega que había dejado el uniforme, me hice detective privado. La cosa era fácil, porque estaba preparado para ese oficio. Qué mejor que un oficial de policía para dirigir una oficina de detectives. Lo primero, fue conseguir un local barato y céntrico. Lo encontré en el jirón Cangallo, en el cuarto piso de un viejo edificio. El lugar era perfecto para mis movimientos. Puse avisos en los periódicos, con un eslogan recontra matador, que inventé: “Rizo Patrón y Cía., soluciona casos que otros no pueden resolver. Atención a toda hora y reserva total”. Parecía que el slogan había dado resultado, porque empezaron a llegar los trabajos. Aunque no me creerá si le digo que mi primera tarea fue encontrar a un distinguido y considerado perro que se había extraviado. No es simple cachita, lo de distinguido y considerado, porque ese noble animal era miembro importante de una acomodada familia. Como la paga era buena, necesariamente, tuve que hacerlo. Trabajo es trabajo, y hay que ganarse los frijoles, cueste lo que cueste, amigo.  No sabe cuánto trabajo me costó encontrar a ese bóxer perdido. Tuve que rondar todo San Isidro hasta ubicarlo. Ese fue mi primer caso y también mi prueba de fuego, porque los resultados fueron satisfactorios. Encontramos al susodicho perro montado a otra perra. Luego, empezaron a incrementarse los trabajos. Mis niños crecían y las cosas marchaban bien en mi familia.
       En el pub, la noche seguía su curso y las parejas salían a la pista a bailar. Entonces, siguió el hombre. Un buen día, cuando me aburría en mi oficina, por el intenso calor del mediodía, llegó una señora que no pasaría de los cuarenta años. Era alta, de tez morena, el cabello largo lo tenía recogido en un moño y vestía un estilo sastre crema, con tacones altos. No podía creer que a esa mujer, el marido le pudiera ser infiel. Me parecía que ese tipo era un reverendo cojudo. Dejar una hembra como ésa, por otra, era una locura. Yo ni por vainas dejaría a esa ricura de mujer. Tal vez, la otra tenía algo que ésta no poseía. Y lo único que se me ocurría, en ese momento, era que la amante lo tendría sexualmente seducido. De seguro, era una amplia conocedora de los secretos de la alcoba. Sin embargo, mi olfato de marido experimentado me decía que, tal vez, la señora era una despiadada e insoportable bruja que tenía al pobre cónyuge bien pisado. Razón suficiente para buscarse una amante, pensé. La mujer, después de presentarse, me dijo: «Tengo sospechas de que mi marido me engaña». Porque había encontrado sendos indicios de infidelidad. Me contó que de un tiempo a esta parte, éste empezó a llegar muy tarde y sumamente cansado. Ya no era el cónyuge ardiente y cumplidor que de tres polvos no bajaba. Ahora, el muy puto, buscaba cualquier pretexto para no tocarla. Además, había encontrado en sus bolsillos, recibos de gastos excesivos en chifas del barrio chino. También me informó que la trataba mal, al extremo que le insinuaba que quería separarse. La mujer, antes de marcharse y acordar los honorarios, me alcanzó la foto del infiel y la información sobre su actividad profesional. Por los datos, me enteré de que el marido era un destacado médico en una clínica particular. También pude comprobar por el retrato que el tipo era más feo que el espanto.
       De nuevo el barman se puso activo. Pedían tragos de las mesas y él, cuidadoso, atendía todos los pedidos. El enano era el más comedido: «Un chilcano para la tres». El otro: «Una jarra de cerveza para la dos». Después, de atender los pedidos, el barman continúo la historia.
       —Bueno amigo, así como le cuento, el detective se puso las pilas porque la paga era buena. Además, le intrigaba el comportamiento del médico. Lo primero que hizo fue hacer guardia al frente de la clínica y espiar sigilosamente al infiel. Durante días estuvo observándolo y siguiendo sus movimientos, pero nada de encontrar indicios de infidelidad. Una noche, conduciendo el viejo Toyota prestado, lo siguió por las calles de Pueblo Libre, hasta llegar cerca del bar “Queirolo”, donde el médico había estacionado el reluciente Ford 2005. El investigador, antes de ingresar al local, pensó optimista: «Ahora es mi día, aquí se citaron los muy putos». El médico, parado en la barra bebía un chilcano de pisco.  El detective, en un rincón del bar, tomando una espumosa cerveza, observaba todo. Pasaban los minutos y nada de la misteriosa amante. El médico, luego de beber el vaso de pisco y conversar animadamente con el hombre de al lado, se marchó apresurado. El investigador, desconcertado, se preguntaba si de pronto era un reverendo marica y que las sospechas de la esposa no indicarían que se tratara de otra mujer. «Bueno -se dijo en son de broma- si tengo que buscar al marido del marido de la señora, lo encuentro, porque para eso me pagan».
       El detective salió del bar pensando en los infieles y también en la mujer que lo esperaba en casa, la cual en un arrebato de pasión, le había hecho jurar por lo más querido, su madrecita, que no le fuera infiel, porque lo abandonaría al instante y nunca le perdonaría.
       Entrada la madrugada, los últimos clientes abandonaban el local poco a poco. El barman, sintiéndose libre de pedidos, prosiguió con el relato. Dijo que la señora le pedía resultados. Y él: «Seño no se preocupe, yo le traeré pruebas de la infidelidad».
       Luego, el detective mismo me contó:
       —Por segunda semana continué espiando al marido. Pero no pasaba nada. El médico mantenía su rutina diaria sin mostrar signos de verse con la amante. Me preguntaba, si la sospecha de infidelidad, no sería una mera suposición de la señora. Pero todo se esclareció ese fin de semana. Para ello, conduciendo el viejo Toyota, seguí al médico por las calles de Miraflores, hasta que éste estacionó el reluciente Ford, al costado de un reconocido hostal. Después, tuve conocimiento que en ese lugar los amantes tenían reservado su nidito de amor. Desde el mediodía, permanecí a cierta distancia del hostal, para no levantar sospechas. Como no vi ingresar a la amante, deduje que ésta ya se encontraba en el local. Fumando cigarrillo tras cigarrillo, estuve horas esperando con la cámara fotográfica lista para disparar. De pronto, cuando empezó atardecer, vi salir del hostal abrazados a los amantes. Sentí loca alegría. « ¡Por fin los encuentro in fraganti!», me dije. Enfoqué el teleobjetivo. Delante mis ojos estaban los infieles.  Pero algo amargo me subió por la garganta. Sentí que me ahogaba, y un sudor frío empezó a emanar de mi frente. Luego, empecé a temblar y la cámara cayó de mis manos. Pensé que todo era una infame visión y me restregué con fuerza los ojos. Pero todo era tan real que me puse a reír nerviosamente. El infeliz abrazaba a la puta de mi mujer.

1 comment:

Fernando Morote said...

Bueno, Bueno, Bueno!!