Wednesday, February 18, 2015

Ricardo Virhuez

Lima.1964. A los 17 años obtu­vo sus dos primeros premios nacionales de literatura, el de cuento ‘José María Arguedas’, y el de ensayo ‘José Joaquín Inclán’. Estudió Derecho y Ciencias Políticas, y posteriormente Lingüística, en la Universidad Na­cional Mayor de San Marcos. En 2005 participó invitado al I Encuen­tro de Narradores Peruanos realizado en Madrid, España. Ha sido declarado Huésped Ilustre por las municipalidades provinciales de Abancay, Huánuco y Huamanga. 
Ha publicado más de 30 libros, entre los que destacan las sagas de Nina y de Rumi, las novelas infantiles Ojitos el osito valiente (2012) y Tanith y la casita de los pájaros (2012), los ensa­yos Letras indígenas en la Amazonía peruana (1993), Marca: historias y tradiciones (2003) y Voces de la selva (2013); el poemario Voces (1998), los cuentos de El olor del agua (2000) y las novelas El Periodista (1996), Volver a Marca (2001), El dios Araña (2010), El campeón de marinera (2011), Las guerras secretas (2012), Las trampas del Chusalongo (2014) y el libro Seres Fantásticos del Perú (2014), entre otros títulos. Actualmente organiza el Coloquio Internacional de Literaturas Amazónicas, así como la Jornada de Literaturas Andinas, y dirige la Revista Peruana de Literatura.


CUENTOS BREVES


El extraño
“Papá, hay algo extraño debajo de la cama”, digo, asustado.
Mi padre me calma, me cubre con las frazadas y, para demostrarme que no hay nada, se inclina y se mete debajo de la cama.
Nunca más volví a ver a mi padre.

Navegante
Enfilé la canoa y remé con todas mis fuerzas. El río se abría amplio y turbulento. Tiempo después, comprendí que la otra orilla resulta ser, para muchos, el final del camino. Entonces apunté a la tercera orilla del río. Y a la cuarta.
Y aún sigo navegando.

Mirada
Me moría de ganas de mirarla. Esperé días y horas a que pasara por mi lado. Hasta que, por fin, apareció. La tenía tan cerca. Y para mirarla mejor, cerré los ojos.

Amor
Una mujer se enamoró de una montaña. Y para comprender al ser amado, descendió al cañón más profundo, hasta hallar su belleza en el contraste.

Caperucita
Caperucita se comió al lobo. Nunca pudo controlarse. Es que el lobo, viejo conocedor de suspiros femeninos, era un caballero.

Un instante
La conocí en una noche vacía. Ella era callada y su silencio tenía tatuadas las palabras imposibles. No podíamos ser. Ella era una sombra, y yo tan solo un momento.

Insectos
La hormiga dio un paso y fue un suspiro. La araña dio otro paso y fue brisa. Ninguna pudo registrar su paso por el mundo.

Mirada
Ella temblaba entre sus brazos. Alcanzó la última mirada, el beso final. Y la Muerte se dejó abrazar con una sonrisa.

Niño
Era un niño que no quería ser adulto, y para escapar de su destino empezó a crecer para adentro.

El otro
 “Buenos días, Pedro”, le dijo su mujer al lado de la cama, y Juan se levantó de un salto. Estaba en otra casa, otra cama y otra mujer lo besaba. Poco después, otros niños que no eran sus hijos lo saludaron: “Buenos días, papá”. Juan entró al baño pensando en cómo aclarar el error. Se llamaba Juan Soria, era empleado del ministerio de Salud, su mujer era una bella morena, y no la rubia que lo había despertado, y su hijo tenía 17 años y no esos dos mocosos que lo recibieron con besitos. Se vio al espejo y se quedó mudo. Ya no era el hombre grueso y de sonrisa fácil, sino un hombre enjuto y de mirada fría. Y estaba más viejo. Derrotado, comprendió que solo le quedaba saber quién era y aprender a conocerse.

Doña Cuca
Se llamaba doña Cuca. Y era una linda cucaracha. Pero tenía un problema: se había enamorado de míster Sapo, que era gordo y rubio. “¿Qué hacer?”, suspiraba doña Cuca. Un día perdió la vergüenza, se peinó las antenas y se alisó las alas. Estaba muy guapa doña Cuca. Fue al estanque y vio a míster Sapo más hermoso que nunca. Pero doña Cuca apenas pudo exhalar un suspiro. El Sapo, al verla, alargó su tosca lengua, la atrapó y se la comió de un solo bocado.


Thursday, February 12, 2015

Mario Guevara Paredes


Cusco, 1956. Escritor, Guionista y Gestor Cultural. Director de Sieteculebras, revista andina de cultura. Editor de Moment: Une Revue de Photo. Sus cuentos han aparecido en diversas revistas nacionales e internacionales, y ha sido traducido al inglés, alemán, italiano, hebreo y holandés.  
Ha obtenido varias distinciones literarias: Primer Premio de Cuento en los Juegos Florales de la UNSAAC, 1989; Primer Premio del Concurso Regional de Cuento Narciso Aréstegui convocado por el INC, Cusco, 1990; Primer y Tercer Premios del Concurso Nacional de Cuento organizado por el semanario Cambio, Lima, 1990; Finalista del Concurso Nacional de Cuento Breve patrocinado por la ANEA y la revista El Ñandú Desplumado, Lima, 1992; Premio Regional de Cultura 2008, en el área de Cuento, convocado por el INC-Cusco.
Ha publicado El desaparecido (Cusco, 1988); Fuego del Sur: Tres narradores cusqueños (Lima, 1990); Cazador de gringas & otros cuentos (Cusco, 1995); Matar al Negro (Cusco, 2003), Usted, nuestra amante italiana (Lima, 2010) y Made in Cusco (Cusco, 2011).
Es miembro del Comité Editorial Internacional de las revistas Pedrada Zurda (Ecuador), Mythos (República Dominicana) y Mala Vida (México).


LA VIDA NO VALE NADA

—Cuantas cosas yo podría contar —dijo el barman. Y era verdad. Había trabajado tantos años en ese oficio que conocía a todos los parroquianos que aterrizaban en noches como ésta: fría y húmeda, donde vienen a matar su soledad, usted me entiende. El barman, regordete y mofletudo, con profundas ojeras, parecía una enorme lechuza pendiente de todo lo que acontecía en el pub. Allí, donde está sentado, ahí mismo, él se sentaba. Todo el tiempo permanecía silencioso, tomando con insistencia cuba libres. Con el cigarrillo en la comisura de sus labios se quedaba absorto mirando no sé qué cosas. En la madrugada, cuando íbamos a cerrar, pagaba y se retiraba silenciosamente. Nunca vi persona alguna sufrir tanto. Se le veía demacrado, sin rasurar y con los cabellos en completo desorden. Daba pena, señor, daba pena. Pero, como no facilitaba la conversación, sólo le miraba y le servía los tragos, sin poder sacarle de su ensimismamiento.
       El local, poco a poco, empezó a atiborrarse de personas y el barman se puso activo. «Para la nueve, dos chelas», gritaba el joven mozo. El otro, enano y gordinflón: «Tres cubas para la cinco». La música detonante de “Los Prisioneros” invadía el local. Bueno, como ve, esta noche tengo mucha chamba. Pero ahora, que todos beben, me da un alivio y sacaré tiempo al tiempo para contárselo. Allí, donde está, ahí mismo, se sentaba. Muchas veces traté de hablarle y, como siempre, me rehuía. De seguro, no quería que nadie se enterara de sus secretos. Pero una noche de luna más pudo la necesidad de comunicarse, que me contó su increíble historia. Sepa que yo era puro oído, porque este tipo me desquiciaba. Y todo por su forma extraña de actuar. Empezó diciendo: «No vale nada la vida». Pensé que quería interpretar esa vieja canción ranchera. Y sabrá que no gusto de las rancheras, porque son muy lloronas, muy gritonas. Pero, al notar en mi rostro signos de perturbación, me dijo: Pertenecí a la Policía Nacional. Fui capitán, a la vez, Comisario de la delegación de La Punta.
       —Sucedió que una noche, por un descuido mío, escapó un narcotraficante. Había sido capturado con una maleta repleta de cocaína que iba a enviar a Holanda. Y se fugó no porque me coimearon, no mi amigo, se evadió porque el muy pendejo nos invitó varias botellas de whisky. Debo reconocer que fui un imbécil al dejarme convencer por ese cretino. Es que el tipo no mataba ni una mosca. Además, en todo el tiempo que estuve en la unidad, nunca se me fugó nadie. Y pensar que tenía una hoja de servicios impecable. Pero, como ganamos tan poco, tomar whisky nos tentó la garganta. Y digo nos tentó, porque no solo yo tomé, sino toda la delegación que estaba de turno. Y fue así que bebimos en la comisaría como descosidos. En un descuido, cuando estábamos totalmente ebrios, el muy cabrón se esfumó. Fue un escándalo. Me destituyeron. Y sabrá cómo es eso; nos juntan en el patio, la tropa nos da la espalda, nos rompen las insignias de mando y finalmente a la calle. Por poco me mandan a la cárcel. Para mi familia fue un golpe muy duro. Mi mujer, secretaria en un Ministerio, tuvo que mantener el hogar. No podía creer que a mí me sucediera tamaña desgracia. Además, ser mantenido por una mujer era para morir. Pero qué podía hacer, si sólo estaba preparado para dirigir policías, capturar delincuentes y reprimir manifestaciones que alborotaban al Estado. Fue así que, por insinuación de un colega que había dejado el uniforme, me hice detective privado. La cosa era fácil, porque estaba preparado para ese oficio. Qué mejor que un oficial de policía para dirigir una oficina de detectives. Lo primero, fue conseguir un local barato y céntrico. Lo encontré en el jirón Cangallo, en el cuarto piso de un viejo edificio. El lugar era perfecto para mis movimientos. Puse avisos en los periódicos, con un eslogan recontra matador, que inventé: “Rizo Patrón y Cía., soluciona casos que otros no pueden resolver. Atención a toda hora y reserva total”. Parecía que el slogan había dado resultado, porque empezaron a llegar los trabajos. Aunque no me creerá si le digo que mi primera tarea fue encontrar a un distinguido y considerado perro que se había extraviado. No es simple cachita, lo de distinguido y considerado, porque ese noble animal era miembro importante de una acomodada familia. Como la paga era buena, necesariamente, tuve que hacerlo. Trabajo es trabajo, y hay que ganarse los frijoles, cueste lo que cueste, amigo.  No sabe cuánto trabajo me costó encontrar a ese bóxer perdido. Tuve que rondar todo San Isidro hasta ubicarlo. Ese fue mi primer caso y también mi prueba de fuego, porque los resultados fueron satisfactorios. Encontramos al susodicho perro montado a otra perra. Luego, empezaron a incrementarse los trabajos. Mis niños crecían y las cosas marchaban bien en mi familia.
       En el pub, la noche seguía su curso y las parejas salían a la pista a bailar. Entonces, siguió el hombre. Un buen día, cuando me aburría en mi oficina, por el intenso calor del mediodía, llegó una señora que no pasaría de los cuarenta años. Era alta, de tez morena, el cabello largo lo tenía recogido en un moño y vestía un estilo sastre crema, con tacones altos. No podía creer que a esa mujer, el marido le pudiera ser infiel. Me parecía que ese tipo era un reverendo cojudo. Dejar una hembra como ésa, por otra, era una locura. Yo ni por vainas dejaría a esa ricura de mujer. Tal vez, la otra tenía algo que ésta no poseía. Y lo único que se me ocurría, en ese momento, era que la amante lo tendría sexualmente seducido. De seguro, era una amplia conocedora de los secretos de la alcoba. Sin embargo, mi olfato de marido experimentado me decía que, tal vez, la señora era una despiadada e insoportable bruja que tenía al pobre cónyuge bien pisado. Razón suficiente para buscarse una amante, pensé. La mujer, después de presentarse, me dijo: «Tengo sospechas de que mi marido me engaña». Porque había encontrado sendos indicios de infidelidad. Me contó que de un tiempo a esta parte, éste empezó a llegar muy tarde y sumamente cansado. Ya no era el cónyuge ardiente y cumplidor que de tres polvos no bajaba. Ahora, el muy puto, buscaba cualquier pretexto para no tocarla. Además, había encontrado en sus bolsillos, recibos de gastos excesivos en chifas del barrio chino. También me informó que la trataba mal, al extremo que le insinuaba que quería separarse. La mujer, antes de marcharse y acordar los honorarios, me alcanzó la foto del infiel y la información sobre su actividad profesional. Por los datos, me enteré de que el marido era un destacado médico en una clínica particular. También pude comprobar por el retrato que el tipo era más feo que el espanto.
       De nuevo el barman se puso activo. Pedían tragos de las mesas y él, cuidadoso, atendía todos los pedidos. El enano era el más comedido: «Un chilcano para la tres». El otro: «Una jarra de cerveza para la dos». Después, de atender los pedidos, el barman continúo la historia.
       —Bueno amigo, así como le cuento, el detective se puso las pilas porque la paga era buena. Además, le intrigaba el comportamiento del médico. Lo primero que hizo fue hacer guardia al frente de la clínica y espiar sigilosamente al infiel. Durante días estuvo observándolo y siguiendo sus movimientos, pero nada de encontrar indicios de infidelidad. Una noche, conduciendo el viejo Toyota prestado, lo siguió por las calles de Pueblo Libre, hasta llegar cerca del bar “Queirolo”, donde el médico había estacionado el reluciente Ford 2005. El investigador, antes de ingresar al local, pensó optimista: «Ahora es mi día, aquí se citaron los muy putos». El médico, parado en la barra bebía un chilcano de pisco.  El detective, en un rincón del bar, tomando una espumosa cerveza, observaba todo. Pasaban los minutos y nada de la misteriosa amante. El médico, luego de beber el vaso de pisco y conversar animadamente con el hombre de al lado, se marchó apresurado. El investigador, desconcertado, se preguntaba si de pronto era un reverendo marica y que las sospechas de la esposa no indicarían que se tratara de otra mujer. «Bueno -se dijo en son de broma- si tengo que buscar al marido del marido de la señora, lo encuentro, porque para eso me pagan».
       El detective salió del bar pensando en los infieles y también en la mujer que lo esperaba en casa, la cual en un arrebato de pasión, le había hecho jurar por lo más querido, su madrecita, que no le fuera infiel, porque lo abandonaría al instante y nunca le perdonaría.
       Entrada la madrugada, los últimos clientes abandonaban el local poco a poco. El barman, sintiéndose libre de pedidos, prosiguió con el relato. Dijo que la señora le pedía resultados. Y él: «Seño no se preocupe, yo le traeré pruebas de la infidelidad».
       Luego, el detective mismo me contó:
       —Por segunda semana continué espiando al marido. Pero no pasaba nada. El médico mantenía su rutina diaria sin mostrar signos de verse con la amante. Me preguntaba, si la sospecha de infidelidad, no sería una mera suposición de la señora. Pero todo se esclareció ese fin de semana. Para ello, conduciendo el viejo Toyota, seguí al médico por las calles de Miraflores, hasta que éste estacionó el reluciente Ford, al costado de un reconocido hostal. Después, tuve conocimiento que en ese lugar los amantes tenían reservado su nidito de amor. Desde el mediodía, permanecí a cierta distancia del hostal, para no levantar sospechas. Como no vi ingresar a la amante, deduje que ésta ya se encontraba en el local. Fumando cigarrillo tras cigarrillo, estuve horas esperando con la cámara fotográfica lista para disparar. De pronto, cuando empezó atardecer, vi salir del hostal abrazados a los amantes. Sentí loca alegría. « ¡Por fin los encuentro in fraganti!», me dije. Enfoqué el teleobjetivo. Delante mis ojos estaban los infieles.  Pero algo amargo me subió por la garganta. Sentí que me ahogaba, y un sudor frío empezó a emanar de mi frente. Luego, empecé a temblar y la cámara cayó de mis manos. Pensé que todo era una infame visión y me restregué con fuerza los ojos. Pero todo era tan real que me puse a reír nerviosamente. El infeliz abrazaba a la puta de mi mujer.

Wednesday, February 11, 2015

Ricardo Calderón Inca

Trujillo, 1986. Licenciado en Lengua Nacional y Literatura de la Universidad Nacional de Trujillo. Ha culminado una maestría en Lingüística y Comunicación en la misma casa de estudios. Docente y escritor a tiempo completo.
Ha obtenido una Mención Honrosa en el “IV Cuentatón de Lima”, 2007 (Perú). Finalista al Mejor MiniCuento y Monólogo en el II Premio anual al mejor texto del año “Mejores Escritos de 2008” organizada por la web: El Rincón de los Escritores (Argentina). Finalista en el “VI Concurso anual de Cuento breve y Poesía de la Librería Mediática”, 2009 (Venezuela). Premio Especial en la “I Edición del Concurso Internacional de Microficción para Niños Garzón Céspedes”, en la categoría de Cuento Hiperbreve, 2009 (España). Finalista en el “I concurso de Microrrelatos Avilabierta”, 2013 (España). Seleccionado en el “Concurso Internacional de Microrrelatos Torrelongares”, 2014 (España). Finalista en el concurso Primer Premio de Cuento “A imagen y semejanza del Perú”, convocado por Ediciones Altazor y Selección Gallera, 2014 (Perú). Seleccionado en la antología denominada I Concurso de microrrelatos de terror “Microterrores", 2014 (España).
Ha publicado dos libros de microrrelatos: el híbrido “Microacertijos literarios” (Ediciones OREM, 2009) y el libro “Alteraciones” (Ediciones OREM, 2013). Además forma parte de la antología de cuentos “Generación DROG” (Ediciones OREM, 2009), de la antología del microcuento liberteño “En pocas palabras” (Ediciones OREM, 2012), del libro “Circo de Pulgas - Minificción Peruana” (Editorial MICRÓPOLIS, 2012), del libro de cuentos “Sobrevolando los nuevos autores de la libertad” (Editorial 9 MONSTRUOS, 2014) y de la antología Trinacional de Microficción “Borrando Fronteras”, (Editorial MICRÓPOLIS, 2014).



LA CIUDAD DE LOS FEOS 


Al principio del universo, los feos poblaron el mundo.
Algunos con tres ojos, otros con tres piernas y, en su mayoría, con tres amorfos dedos; eso los hacia torpes, torpes pero bellos. Para que su belleza no se evapore y perdure a través de los años, decidieron reunir a todas las ninfomaníacas más horripilantes de la tierra, según ellos, para habitar y embellecer el aburrido y seco mundo, lleno siempre de mariposas y arco iris sin razón. El día esperado llegó para la ciudad. 

Los hombres saciaron su instinto animal, un hedor de perfume que se consume en el cuerpo, luego la calma, el vacío, el silencio ocupó el espacio. 
 
—¡Ha nacido un bello niño! —pronunciaba la gente.

“Bello”, no entendido en el lenguaje común de la ciudad de los feos, su belleza era realmente verdadera y única. 

Todo el día se ocuparon en dar alguna explicación ante la absurda y nefasta aparición de ese ser aterrador. Nunca hallaron respuesta al principio, pero sí a un final.

—Tenemos que llevarlo al monte más alto de la ciudad —dijeron—, hay que arrojarlo al precipicio.

Al parecer, la decisión estaba ya tomada. 

Llegada la noche, los senadores decidieron ejecutar su acción ante la vista plena de sus ansiosos pobladores. Mientras un grupo de monjes rezaba en nombre de aquella pobre alma horrible y espantosa que aún respiraba de sus aires fétidos. El más anciano de la población levantó al pequeño dirigiéndose al cielo: 

—Toma este cuerpo, oh dios de la fealdad, creador del caos y de la desgracia, llévalo a tu imperfecto mundo y ampáralo en tu nauseabunda morada. AMÉN. 

Dichas las últimas palabras, soltó lentamente al niño que reía solemne ante el asombro de los habitantes. Mientras caía sin reparo, algo inexplicable sucedió: el niño comenzó a transformarse en un ser realmente feo, comenzaron a brotarle catorce pezuñas, cuatro ojos, dos cabezas, cuatro piernas, y dos largas lenguas puntiagudas.  
 
Y así nació el comienzo de la historia, la creación del mundo y de los feos. Algunos dicen que es solo un mito, mientras que otros afirman con dos cabezas lo que la ciencia quiere ocultar.


Del libro de microrrelatos “Alteraciones” (Ed. Orem  2013)

Monday, February 09, 2015

David Salvatierra


David Salvatierra nació en Lima en 1981 pero ha vivido casi toda su vida en Trujillo. Egresado de la escuela de Economía de la Universidad Nacional de Trujillo, entre otros oficios fue redactor de la página cultural del diario Nuevo Norte y viajó por África, Medio Oriente y Europa como tripulante de un crucero. En el 2004 obtuvo una mención honrosa en el Concurso de Cuentos de la 2da Feria del Libro de Trujillo, el segundo puesto en el Concurso Nacional de Cuento Ciudad de Huamachuco 2010, y el tercer lugar en el XI Concurso Nacional Juvenil de Cuento. Lo que sé de mi madre es su primer libro de cuentos. En la actualidad prepara una nueva colección de cuentos y una novela.

Humo

 Sigo el humo como mi camino.
Fernando Pessoa

Pablo encendió otro cigarro, cerró los ojos y aspiró con fuerza. Llevaba horas sentado en la oscuridad del parque, casi inmóvil, solo la mano subía y bajaba llevándose una y otra vez el cigarro a los labios, el mentón pegado al pecho, el saco abierto y la corbata floja, los codos apoyados en las rodillas y la mirada detenida incansable en las colillas que morían a sus pies, como si estuviera a punto de descubrir en ellas una verdad que debía haber descubierto mucho antes, cuando aún hubiera tenido algún sentido descubrir algo, preguntándose si en realidad todo había comenzado aquella noche cuando Elisa apareció en el balcón.

Para Elisa había sido fácil resolver el problema de la futura salud del niño decidiendo, con una determinación a prueba de ternura conyugal, que nadie fumaría más en el departamento. Pablo recibió la noticia con un vago entusiasmo, después de todo Elisa en esos días estaba muy sensible y era mejor no contradecirla, y supuso que con las semanas se abriría en su resolución algún intersticio en el que sería posible pedir una tregua, al fin y al cabo el departamento era lo bastante grande como para que el humo del dormitorio o la sala llegara hasta la habitación del bebé, y si había que extremar cuidados aún tenía el balcón, cerrada la mampara era imposible que se filtrara el olor del tabaco y no molestaría a nadie. Además, Elisa sabía muy bien que un cigarro antes de dormir siempre lo llevaba mansamente al sueño, que una noche privado del efecto sedante de la nicotina lo arrojaría de la cama en busca de la cajetilla y el cenicero.

Pablo recordaba vivamente la noche en que había aprendido a fumar, su hermano mayor llevándolo a su primera fiesta, ya tienes trece, es hora de que te eduques, sus ojos atónitos ante el juego de las luces de colores, el olor de la cerveza, la locura del baile, las parejas besándose en los rincones, los rostros que lo saludaban dejándole un vaso en la mano, el humo que recibía en los ojos cuando su hermano lo presentaba a sus amigos. En algún momento había salido a aliviarse del calor y ahí, sentada en la vereda, estaba Sofía, fumando con los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás, la cascada de cabello negro cayéndole sobre la espalda, lanzando el humo al cielo, Pablo de pie a su lado sin saber qué decir hasta que los ojos verdes se abrieron y le dijo tú eres el hermano de César ¿no?, soy Sofía, ¿quieres uno? Por un momento dudó, pero de qué forma negarse mientras se colocaba el filtro entre los labios y Sofía le acercaba el fuego en la cueva de sus manos, de qué forma no atorarse, toser y evitar la risa de Sofía que le decía yo te enseño.

Contrariamente a lo que le habían contado sus amigos, su primer ejercicio de fumador no le hizo padecer las náuseas y mareos usuales de todo iniciado, desde el primer momento se entendió muy bien con la práctica del tabaco, y era común en aquel tiempo verlo a la salida del colegio con el cigarro humeante entre los dedos, fumando distraído antes de llegar a casa. Desde entonces el cigarro había acompañado sus pasos en los días áridos de las vacaciones de verano, en las horas muertas de la universidad, en la ruta cambiante de los viajes, en el itinerario invariable del trabajo, en cualquier salida, en cualquier regreso, y nunca había tenido que reprimir su impulso hasta la noche en que Elisa aplastó en el cenicero el cigarro que acababa de encender en el balcón.

Pero qué haces, desde acá no le llega humo al bebé –dijo Pablo. No hay que exagerar, tenemos suficiente ventilación.

Elisa se mantuvo callada, con una mueca de asco que Pablo no conocía en su rostro, luego cogió el cenicero, dio media vuelta y entró en la sala. Pablo no entendió nada y entonces apeló a la humillación de fumar en el baño, arrojando el humo por la ventanilla que daba al patio, hasta que escuchó unos golpes que estremecieron la puerta y sintió que algo se quebraba en el orden de su vida.

***

Pablo se resignó entonces a fumar en cada resquicio que le dejaba el día fuera del departamento, fumaba a paso apurado cuando iba y regresaba del trabajo, aprovechaba las compras en la bodega para fumar unos minutos conversando con el casero y los fines de semana caminaba hasta el malecón fumando hasta que se le secaba el aliento. Renunció al cigarro que completaba el sabor del café en las mañanas y aliviaba la digestión en las tardes, pero no pudo abandonar la dosis de nicotina que le anticipaba el sueño, que lo dejaba dormir sin dar vueltas en la cama, y en las noches se instalaba en el descanso de la escalera del edificio con un cenicero y fumaba nervioso, esperando no encontrarse con ningún vecino, tratando de justificarse ante las finas volutas que se destejían ante sus ojos, buscando entender si el problema era suyo o de Elisa.

Pero no tienes que dejar de fumar le dijo en los primeros días . Cuando te entren las ganas coges tu cajetilla y te vas a dar una vuelta, el parque está a dos cuadras, te sientas un rato, a lo mejor encuentras a algún conocido, te distraes y nadie sale perdiendo, al bebé no le llegará ni rastro de tu humo y la casa dejará de oler a chingana.

Qué podía saber Elisa de chinganas, pensó Pablo. Hacía cuánto de la última vez, era tan fácil llamar a Carlitos siempre disponible para unas cervezas, despreocupado, pidiendo rápidamente las primeras botellas con el gesto exacto de la mano, declamando con los ojos entornados su frase ritual mientras servía y dejaba caer la espuma que coronaba los vasos: gracias a los dioses. Hablar de cualquier cosa mientras el primer trago, el que lo decide todo hermano, se abría paso por la garganta y le cambiaba la vida por unas horas, luego encender un cigarro y entonces todo giraba, algo en su interior se abría y se adormecía, Carlitos tiraba del hilo de su previsible sabiduría y desenredaba sus teorías y aforismos a partir de la sexta botella: Mira, Pablito, en la vida de un hombre, es más importante mantenerse en paz con la propia conciencia que con Dios, porque Dios siempre perdona, la conciencia no. Qué bello Carlitos, podríamos seguir toda la noche, quizás en verano me den vacaciones, pero ahora Elisa, el bebé, el trabajo, ya me tengo que ir.

En esas noches, llegar al departamento era soportar a Elisa mirándolo con un gesto de rechazo dibujado en la boca, cerrándole la puerta del dormitorio o esquivándole los labios al primer acercamiento, por favor, no sabes lo cansada que me deja el bebé, mañana hay que levantarse temprano, el viernes viene mi mamá, esperemos el fin de semana, el presente borrándose en las postergaciones de la indiferencia. Entonces solo le quedaba la retirada habitual, los cigarros esperándolo en el bolsillo del saco, la cajetilla recién comprada, ya vengo, Elisa ya medio perdida en el sueño como para escucharlo, una casaca para abrigarse y a la calle rumbo al parque, donde se agitaba nuevamente el impulso irresistible del tabaco, el golpe tibio del humo en la garganta, la seguridad del filtro entre los dedos, una fibra tangible que lo mantenía atado a la lucidez, el cigarro al final de la mano y el mundo disolviéndose en el hilo de humo de la brasa, un ancla que lo mantenía aún enganchado a una parte sólida de su vida, de sus pensamientos, la primera fumada que le llenaba los pulmones y despejaba el camino para el regreso de algunos recuerdos que no se habían ensuciado, la imagen de unas pocas personas a las que el tiempo había dejado intactas, intentando resucitar su desgastada capacidad de imaginar otra vida, algo diferente al intolerable equilibrio de Elisa, a la sonrisa profesional de sus compañeros del banco, a la entrega puntual de sus amigos al fulbito de los viernes y la borrachera inútil de los sábados, al inocente orgullo de sus padres que veían en él y Elisa la feliz repetición de su destino, a su manía insensata de no querer pensar en nada hasta no exhalar la primera bocanada de humo.

***

Aquella noche, las cuentas le cuadraron sin complicaciones y salió temprano del banco. Un taxi lo dejó frente al edificio media hora antes que de costumbre, y al sacar las llaves para abrir la reja de la entrada se detuvo un instante, levantó la cabeza y vio el balcón de departamento, en el tercer piso. Ahí estaban las dos macetas de helechos, regalo reciente de la mamá de Elisa, una a cada lado del sillón de mimbre. Poco a poco la presencia de la antigua vida de Elisa se duplicaba en el departamento. Primero los muebles de cuero negro, una réplica exacta del sillón y el sofá en los que Pablo se sentaba tantas noches a fumar la espera mientras Elisa se decidía por la blusa blanca o el bolso crema para salir a alguna reunión, luego las velas aromáticas que nunca serían encendidas y que su madre no se cansaba de traer en cada visita, los inmensos jarrones de cerámica, excesivos para las dimensiones de la sala, los angelitos, bailarinas y pastores de yeso cubiertos de polvo que proliferaban por todos los rincones del departamento, las imágenes del sagrado corazón de Jesús en las habitaciones, el olor dulzón del incienso quemado en las tardes. Elisa interpolaba minuciosamente la casa de sus padres en la suya. Y ahora las nuevas plantas del balcón. Pablo mantuvo los ojos fijos en el sillón y se imaginó reclinado, acomodado con una almohada, con un pucho en la mano, escuchando un disco y hojeando una revista, o simplemente viendo pasar a la gente desde las alturas, quizás reconocer a algún amigo y saludarlo con la mano. La salida de un inquilino del primer piso lo distrajo y desvió la mirada hacia la ventana del dormitorio, solo se percibía el resplandor intermitente del televisor tras las cortinas, Elisa estaría ocupada en alguna telenovela. Entonces decidió sacar la cajetilla del bolsillo y guardar las llaves, luego encendió un cigarro, dio un par de pitadas y caminó hacia al parque. 

Cuando se mudaron al departamento, Elisa y Pablo no pudieron creer que el barrio les ofreciera tanta comodidad, vigilantes en cada esquina, bodegas en cada cuadra, un colegio respetable al frente, una clínica a medio camino entre el departamento y el parque, el malecón al final de la avenida. Pero con los meses el entusiasmo inicial se había ido apagando con la agitación permanente de la calle, el alboroto diario de los colegiales a mediodía, las hordas de adolescentes que los sábados irrumpían en la avenida con sus carros parlantes y tomaban por asalto las bodegas, los vigilantes que se sumaban al vocerío y bebían con ellos, los accidentados agonizantes que la puerta de emergencia de la clínica veía llegar las mañanas del domingo.

Esa noche, sin embargo, Pablo sintió que todo cedía al silencio, nadie se agolpaba en las bodegas o en la entrada de la clínica, la soledad de las calles lo ayudaba a caminar sin prisa, escuchando sus pasos al quebrar las hojas muertas del otoño, respirando un viento suave que alejaba el olor a salitre del mar cercano. Al llegar al parque prendió otro cigarro y se sentó en una banca favorecida por la sombra, dio un vistazo a su alrededor y no vio a nadie más que a una pareja de enamorados que aprovechaba la calma y la oscuridad, parecían recién salidos del colegio, seguramente venían de algún barrio lejano, así como las parejas de este barrio se aventuraban en lejanos parques anónimos, fuera de las miradas de sus vecinos. En una esquina, un vigilante dormía temprano su turno de medianoche encogido en un banco, el rostro envuelto en una bufanda negra, arrullado por la tenue música de una radio diminuta a sus pies.

El parque había sido otra alegría de recién casados; en su época de enamorados sin techo ellos también habían paseado entre las rosas, girasoles y jazmines que brotaban en los canteros trazados con delicadeza al borde de los sinuosos caminitos de arcilla, se habían besado y tocado en las bancas al pie de las poncianas frondosas, los ficus mutilados y los eucaliptos secos, así que cuando llegaron al barrio vieron el parque como un símbolo de su amor. Confesándose deliberadamente cursis, admitieron que el parque se unía a ellos en la contemplación de la felicidad, de algo que debía durar para siempre empujado por la fuerza natural de las cosas, por sus ganas de impedir que la perfección se arruinara, por su empeño en llevar más allá de todo y de todos la tierna simetría con que todo venía encajando en sus vidas: el enamoramiento, el noviazgo, el matrimonio, la familia de él, la familia de ella, sus amigos, el trabajo, el nuevo departamento, el bebé, su nueva vida.

Sí, todo había sido perfecto, cada paso los había llevado sin retroceso hasta el final de un camino que se renovaba constantemente, en el que hasta sus errores habían sido exactos, sin ningún espacio visible en donde pudiera emerger el remordimiento. Y ahora, después de exhalar una ráfaga de humo, Pablo se preguntaba qué hacía ahí sentado, protegido de algo que no llegaba a entender bajo las ramas resecas de un viejo eucalipto, acabando un cigarro tras otro, sin pausas entre pucho y pucho, sin más respuesta que el humo que escapaba de su boca, la mirada fija en las colillas del suelo. Levantó la mirada y trató una y otra vez de verse a sí mismo al regresar a casa, abriendo la puerta del departamento, desvistiéndose en silencio en la habitación, apagando el televisor que Elisa había dejado encendido, apartando las sábanas y acostándose al lado de su cuerpo dormido, cayendo pesadamente con el único consuelo de despertar y ponerse la camisa y la corbata para salir al trabajo antes del primer llanto del bebé, de las primeras miradas de Elisa, instalarse en su escritorio, recobrar la sonrisa profesional.
***

Un auto dobló fugazmente por una esquina y dejó una estela de ruido en el silencio del parque. Pablo se subió la manga del saco y vio que el reloj marcaba las doce. Tenía que levantarse a las siete, era hora de regresar. Se incorporó y echó una mirada en dirección al departamento, la neblina empezaba a ganar las calles y borraba el contorno de los edificios. De repente, sintió nacer un cansancio insoportable en las piernas. Sacó la cajetilla de uno de sus bolsillos, la vio un segundo y se volvió a sentar.     


Wednesday, October 01, 2014

Cronwell Jara



Cronwell Jara Jiménez (Piura 1950) obtuvo la licenciatura en Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UMSM). En 1983 representó al Perú en el encuentro de Jóvenes Artistas Latinoamericanos, organizado por La Casa de las Américas en La Habana. En 1987 viajó a Brasil para especializarse en guiones de telenovelas.
En 1991 integró el prestigioso jurado del Premio Casa de las Américas en novela. En 1994 participó en el Simposium Literatura Peruana Hoy (Alemania). Sus cuentos han sido traducidos al inglés, italiano, francés, alemán y sueco.
Se ha hecho merecedor de los siguientes premios: Primer Premio de Cuento en el Concurso José María Arguedas, organizado por el Instituto Peruano-Japonés en 1979, con el relato Hueso duro; Primer Premio ENRAD-PERU, Cuentos para TV, 1979, con El Rey Momo Lorenzo se venga; y el primer Premio Copé de Cuento, 1985, con La fuga de Agamenón Castro. Ha recorrido el Perú dirigiendo su Taller Itinerante de Narrativa Breve, invitado por diversas universidades e instituciones culturales. Actualmente dicta taller de narrativa.

  


EL CAZADOR DE ÁNGELES

El Cazador de Ángeles salió con su ballesta.

La madrugada anterior había bebido Anís del Mono con Ron Pomalca y mala cerveza. Los nervios se le alteraron, a punto de un corto circuito, cayó en estado místico. Poseído por la aureola y el tenue resplandor de ese misticismo que otorgan los diablos azules, preparó la aljaba, afiló las flechas y roció con veneno para ratas y cianuro las puntas aceradas.

Carecía de dinero y le urgía más alcohol y llenar el buche.

Necesitaba cazar un Ángel. No, no una bella mujer. Un Ángel real y verdadero, que es difícil de toparse con él. Y mucho más difícil cazarlo.

Los Ángeles son más astutos que un zorro; más fieros que un león acosado y herido. La mujer más intrigante jamás tendría más tretas y astucias que él.

Si no: ¿alguien ha cazado alguna vez un Ángel? El Cazador sí.

Él no los halla en los altares; no los encuentra ni en la frente nívea ni en las espaldas de las muchachas vírgenes. Ni en los conventos. Ahí el Cazador de Ángeles se dio sólo con fetos frescos, preservativos con sangre y con el semen vaciado por algún demonio sobre el vientre y los muslos de alguna monja holandesa.

A los Ángeles él los halla por los buzones de los desagües; por los cementerios abandonados o por las playas contaminadas, confundidos entre la escoria de las algas, las osamentas pútridas de arañas de mar o entre los nidos y piojos de los pelícanos. Raros pajarracos son, pero existen. ¡Ay de aquél que no cree en su Ángel de la Guarda! Podría darse con él, alguna vez, en la brasa de un súbito remordimiento. Más valiese estar prevenido. Y que no nos sorprenda cogiéndonos a traición, a palos o cadenazos, por la espalda. Ya advertí, son más astutos que un zorro o una víbora cascabel. Hipnotizan antes de embeber y engullir a la presa. Son carnívoros y gustan del seso humano en pecado venial. Les deleita la sangre y los tuétanos de los niños. ¡Cuidado cuando un Ángel te sonríe! ¡Cuidado con tanta hermosura! Cuando la belleza se vuelve en ti tentación, estás acabado.

El Cazador de Ángeles no le perdonaría. Por algo posee zarpas y finos colmillos. Aunque, seamos justos, también los hay buenos y nobles como un bruto, con mansedumbres de equino; o paquidérmicos y dormilones, pero son muy pocos. Preferible observarlos con cautela, consultarle al cazador de Ángeles. Aunque él a ningún alado perdona. Ni a su dueño   y víctima. Sobre todo si se halla en levitación, poseído por su Ángel convertido en vértigo y cegadora luz Le enrostraría todo, sádico y cruel en el acto. El cazador de Ángeles le flecharía, traspasándolo de lado a lado, a aquel incrédulo su propio Ángel de la Guarda. Y lo dejaría, para su mal o bien, por siempre desprotegido. ¿Se imaginan qué le sucedería a aquel cretino que acabase de perder su Ángel de la guarda? ¡Podría perder todo tipo de remordimiento, toda moral, al diablo con tu escala de valores, se convertiría en congresista, gerente prestamista, bancario! La peor forma de ser rata o Ángel. Hipotecaría tu vida, te atendería como médico o psiquiatra! Son sus máscaras. Es decir, una forma sutil de ser tu asesino! ¡Capaz de oficiar misa o de violar a su propia madre, vecina o abuela, mientras alza el cáliz o te dicta una receta!

No. El cazador de Ángeles no le perdonaría esos actos. No lo permitiría. Primero muerto antes que permitir que los Ángeles proliferen y embarguen como murciélagos nuestros destinos con sus bajos instintos y sus vuelos entrecortados.

El cazador de Ángeles vagó por todos los buzones, plazuelas, playas y mercadillos de chatarra, y se avecindó por los extramuros; se extravió (halló sólo pitillos de marihuana, restos de bazuka, con una que otra pluma de algún Ángel empiojado. Habría que rastrearlo. Sus hedores de sarna en perro inmundo y sin dueño son inconfundibles).

Hasta que dio con él en los Barracones. ¿En dónde podría encontrarlo sino es en el lugar de los seres más humildes y puros humanos de la tierra?

Lo halló flaco, tuberculoso, medio desplumado y con aires de sufrir rara epidemia; tosía y de su trompa hermosa caían líquenes aterciopelados y fina baba de diamantes. Pero sus ojos seguían volcánicos y, en fin, continuaba celestial y diabólico por su precioso plumaje de oro, como un palacio gótico erizado, pues sus alas eran gruesas y firmes como rayos congelados en ira y azul marino. Todo un templo hecho pavo real con estampa de obispo caficho o gallo de navaja en temple de faite fino.

Aunque, mírenlo. Aquel Ángel se veía desolado, su víctima acababa de ser recientemente baleada en el atraco a un banco, por un puñado de fajos. Fumaba un piticlín walterial, de la fábrica Vargas y Machuca. Con todos los síntomas de la depre. Apestaba a boñiga de hiena o a marihuana brava. Y reposaba sobre las ramas de una higuera, amodorrado como un búho, pensando acaso en la hora de marcar tarjeta para retornar al cielo.

Sin piedad el cazador de Ángeles le disparó la ballesta. La flecha se incrustó de largo a largo en el pescuezo del Ángel. “Mierda”, logró decir y cayó, pesado, como un costal de papas. Y su mirada más que de amor fue de hiel y odio.

El cazador de Ángeles lo alzó al hombro; lo llevó a casa, lo despellejo y, luego de sumergirlo algunos días en fétido formol, lo resecó, lo rellenó de aserrín y de alambres, y lo disecó con arte y exquisita técnica, de manera magistral. De modo que, al final, sostenía un rictus de alegría y parecía más vivo que antes. Relucía su plumaje ahora con tornasoles y aires de ave del paraíso con Sultán de rubí y zafiros.

Entonces fue a la iglesia. El obispo al verlo lo creyó auténtico y legítimo. Como recién bajado del Cielo. Un tesoro vivo pero quieto, como una líquida extensión de su propio humor, con tendones y arterias de su propio estro. Se trataba de una ganga. El obispo pateó alcancía y orinó monedas, más dos aretes de plata y oro en préstamo y lo adquirió barato.

Quien desee ahora lo puede ver. Es un Ángel disecado, real como cualquier tucán de plumaje florido y luminoso. No como esos Ángeles de cal y yeso y burdos alambres en óxido que se exhiben en el mercado de pulgas.

El cazador de Ángeles, luego de recibir el dinero, volvió a la cantina de Quilca, pidió al gordo con aires de bigote ruso un anís de mono con tequila, vodka y whisky, en un mismo chorro, más dos cervezas con un sándwich de jamón, con kion y ají rocoto. Y así volvió a beber y a eructar poemas.

Pensó esta vez en salir a cazar un poeta. 

“Son raros y difíciles de hallar, sobre todo a un buen poeta”, se dijo, “pero existen.”


¿Alguien podría dudar del cazador de Ángeles?

Saturday, August 09, 2014

Antonio Gálvez Ronceros


Antonio Gálvez Ronceros (Chincha - Ica, 1932), profesor principal de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
Según la crítica, con sus libros de cuentos, Los ermitaños y Monólogo desde las Tinieblas, Gálvez Ronceros "ha hecho aportes definitivos al cuento peruano, ha cimentado una tradición popular y ha abierto territorios narrativos que son ahora explorados por escritores de generaciones posteriores".
El escritor y crítico Miguel Gutiérrez afirma que Gálvez Ronceros no solo es un buen narrador de historias cortas, sino que debe ser considerado, después de Ribeyro, como uno de los  más notables cuentistas de la Generación del 50",
Uno de los grandes méritos de este autor es el  haber puesto en la escena literaria contemporánea el universo afroperuano. Aunque en Historia para reunir hombres y luego en Cuadernos de agravios y lamentaciones se produce un cambio: el escenario es la ciudad y el lenguaje es otro.
En 1974 obtuvo los premios primero y segundo de cuento en el concurso José María Arguedas organizado por la Asociación Universitaria Nisei del Perú; y en 1982, el primer premio de cuento y el segundo de periodismo en certámenes organizados por la Municipalidad de Lima.
Me atrevo a subir este cuento tanto por su eficacia narrativa, por la capacidad de la historia para sintetizar el universo cultural de la nuestra cultura afroperuana y, también, por toda la añoranza que despierta en la memoria de quienes trabajamos nuestros primeros cuentos de  Talleres de Creación Literaria desmenuzando, respetuosamente, cuentos como el que viene a continuación.



¡Miera!
Tomado de Monólogo desde las tinieblas.

En el camino que lleva al sembrado de camotes el negro don Andrés supo que en los últimos días el caporal Basaldúa se había puesto a hablar feas cosas de él. Mientras compraba plantas en el sembrado y llenaba de camotes los serones de su burro, le dijeron lo mismo. Entonces no aguantó más: trepó al burro de un salto y enderezó por un atajo hacia la casa del caporal. Pero ahí le dijeron que se había ido a vigilar unos riegos en la Punta de la Isla y que volvería una semana después. Sin decir nada pero aguantándose, don Andrés regresó rápidamente a su casa, se bajó casi arrojándose del burro, lo dejó plantado con los serones cargados, se metió corriendo en la primera habitación y llamó a su hija mayor:
— ¡Patora! —los labios se le habían hinchado y parecían pelotas.
Saliendo de la habitación contigua, Pastora se presentó alarmada.
—Patora, tú que sabe equirbí, hame una cadta pa mandásela hata la Punta e la Ila a ese caporá Basadúa, que nueta acá y sia ido pallá depué quiabló mal de mí. Yo te vua decí qué vas a poné en er papé.
—Ya, tata, vua traé papé y lápice —dijo la hija. Se metió en los interiores de la casa y poco después regresó.
—Ponle ahí, Patora —dijo don Andrés—, que su boca esuna miera, que su diente esota miera, su palaibra un montón de miera… Miera esa mula que monta. Miera su epuela. Miera su rebenque. Miera el sombrero con quianda. Miera esa cotumbe e miera diandá mirando tabajo ajeno… Léemela, Patora, a ve qué fartra.
Cuando la hija acabó de leer, don Andrés tenía un gesto de duda como si ya no confiara del todo en sus propias palabras.

—Oye, Patora —dijo finalmente—, quítale un poco e miera a ese papé.

Tuesday, July 29, 2014

Carlos Herrera


Nacido en Arequipa el 10 de noviembre de 1961.
Estudios en la Universidad Católica Santa María- Arequipa, Facultad de Derecho, luego en la Academia Diplomática del Perú, Instituto Internacional de Administración Pública – París, Francia y la Universidad La Sorbona, Paris I, Francia.
Es embajador en el Servicio Diplomático del Perú.
Libros publicados:
“Morgana”, cuentos, Ed. Colmillo Blanco, 1988
“Blanco y Negro”, novela, Ed. El Santo Oficio 1995. Reeditada por PEISA el 2003.
“Las Musas y los Muertos”, cuentos, El Santo Oficio, 1997
“Crueldad del Ajedrez”, cuentos, El Santo Oficio, 1999 
“Crónicas del Argonauta Ciego”, prosas, PEISA, 2002
“Gris”, novela, PEISA,  2004.
“Historia de Manuel de Masías, el hombre que creó el rocoto relleno y cocinó para el diablo”, cuento ilustrado por José Ricketts, Universidad San Martín de Porres, 2005.  Reeditado por La Travesía Editora, con otros textos gastronómicos, el 2013.
“Claridad tan obscura”, novela, PEISA, 2011.
“Dime, monstruo”, prosas, ilustrado por José Tola, Cuzzi Editores (a aparecer en 2014)
Premios y actividades:
Textos suyos han aparecido en diversos periódicos, revistas y antologías literarias, en el Perú, España y Francia.
Primer Premio en los I Juegos Florales a nivel nacional “Alberto Hidalgo”, de la Universidad San Agustín de Arequipa – Narrativa (1980), finalista del Premio COPE de Cuento en 1983 y 1994, Primer Premio de Concurso del Cuento organizado por Fundación Telefónica y revista Entremeses (2000), finalista de Premio Juan Rulfo de cuento organizado por RFI (París, 2010)

Invitado a encuentros literarios internacionales como “Narradores de nuestra América” (Universidad de Lima, 1996), Narradores Peruanos y Españoles (Centro Cultural de España, Lima, 1999), la Feria del Libro de Bogotá (2004 y 2014), el I Congreso de narrativa peruana en Madrid (2005), la Feria del Libro de Guadalajara (2005), La Feria del Libro de Praga (2008), el Festival Eñe de Lima (2011)



HISTORIA DE MANUEL DE MASÍAS,
EL HOMBRE QUE CREÓ EL ROCOTO RELLENO
Y COCINÓ PARA EL DIABLO


                                                                                             

En el Convento de la Recoleta, en Arequipa, hay un cementerio pequeño, que alberga a varias generaciones de monjes. Si uno consigue un permiso especial puede pasearse entre las rajadas lápidas. Como toda contemplación de sepulcros, es aconsejable hacerlo por la mañana, bajo el intenso azul del cielo y dejándose llevar por la austera serenidad del sitio.
Una de las lápidas, muy antigua, atrae la atención: diríase que un tosco marmolista  ha grabado sobre la piedra, junto a la cristiana cruz, signos paganos. Un animal pequeño, probablemente un cuy, sobre un plato.  Al lado, una suerte de baya que podría ser un rocoto. Más allá, una antigua botella.
La inscripción bajo esas imágenes no es menos enigmática:

MANUEL DE MASIAS
1728-1805

Murió en la paz del Señor,
luego de que su arte conquistara
este mundo
y otros

Es necesario un nuevo permiso especial para tener acceso a la importante biblioteca del convento. Entonces hay que tener mucha suerte o un tiempo ilimitado para encontrar, entre las decenas de millares de volúmenes ahí conservados, un antiguo cuaderno con tapas de cuero. Allí, en apretada letra, Manuel de Masías, luego de retornar a su tierra natal para tomar los hábitos tras muchos años de ausencia, confió sus recuerdos.

***

Arequipa tenía menos de cincuenta mil habitantes cuando nació Manuel, cuarto hijo de un comerciante en telas que gozaba de una sólida reputación y medios suficientes para un decente pasar. Manuel se criaría en una casona de interiores sombríos y luminosos patios, con numerosos rincones donde esconderse de la sevicia de sus hermanos mayores. Pero su lugar preferido sería la cocina.
Manuel de Masías, desde su retiro recoletano -desde las páginas de ese cuaderno-, recordaba aún con emoción las horas pasadas en el oscuro antro, negro de carbón y con una ventanilla insignificante, donde su madre, ayudada por dos sirvientas, preparaba las comidas familiares. Desde que tuvo uso de razón, la principal actividad de Manuel fue observar cómo su madre picaba hierbas, trozaba carnes, hervía, horneaba, mezclaba salsas y revelaba, a la hora del almuerzo o de la cena, un espléndido plato. A Manuel le fascinaba sobre todo, desde muy temprano, el fenómeno por el cual esa diversidad de ingredientes, de elementos tan diferenciados, podían formar una realidad nueva, armónica y superior. En la noche, antes de dormir, pasaba largo rato imaginando quién, cuál iluminado ejemplar del género humano había podido inventar la cocina. A menos que ésta fuera producto de la inspiración divina, lo que era altamente probable. Su mente infantil imaginaba un recetario revelado, una especie de Biblia de no menor importancia que la utilizada en los ritos religiosos.  Las recetas que su madre guardaba en un cuadernillo, que parecía constituir su más preciada posesión, eran, seguramente, copia de aquel libro primordial.
Pero, como se sabe, la adolescencia aporta insatisfacciones y, consiguientemente, rebeldía. Al llegar a los catorce años Manuel comenzaba a percibir que la hasta entonces admirada cocina materna estaba lejos de la perfección. No era culpa de su madre, una de las más  reconocidas expertas culinarias de Arequipa. Pero su arte no podía ir mucho más allá de lo que sus recetas, cuidadosamente transmitidas por la abuela o por amigas de similar tradición, le enseñaban.
¿Y qué era lo que le enseñaban? Una cocina, finalmente, asaz simple, basada en la robustez de los ingredientes y una mezcla elemental de ellos.
Manuel pensaba, por ejemplo, en el rocoto. Uno de los platos preferidos de su padre era una especie de cazuela donde se mezclaban trozos de aquel fortísimo fruto con pedazos de carne de res y algunas cebollas. El resultado era poderoso: arrancaba lágrimas y maceraba el paladar, para gran contento de su padre y eventuales invitados.
Pero Manuel sospechaba que podrían extraerse mejores acordes de aquel instrumento. El ferruginoso gusto del rocoto era especial, y valioso aprovecharlo, pero su fortaleza anestesiaba demasiado las papilas. Acaso sería conveniente combinarlo con melodías más suaves.
Dos años pasó Manuel experimentando, con la secreta complicidad de una de las empleadas de su madre, sobre las posibilidades del rocoto. Lo del secreto era necesario por su padre: su refugio infantil en la cocina comenzaba a ser preocupante, para la moral paterna,  cuando ya le apuntaba el bozo.
Pronto se dio cuenta de que la esencia más picante del rocoto radicaba en las pepas, o circa, y en las venas, y que extrayéndolas no se eliminaba el sabor, pero sí un importante factor de molestia extrema o adormecimiento. Remojar la pulpa en agua con sal también disminuía sus abrasivos efectos.
Un día llegó la epifanía: ¿Por qué no integrar la carne al rocoto, y ponerle una tapa de suavidad?  Vislumbró que por ahí estaba la vía para hacer del rocoto un plato más universalmente aceptable, conservando sus calidades y enmascarando sus más ofensivos aspectos.  En alguna medida, era una fórmula de vida la que Manuel de Masías estaba inventando el agregar maní, huevo duro, aceitunas. Y más cuando se le ocurrió introducir el producto suave entre todos: la leche y su forma más enriquecedora para la cocina, el queso. Manuel, casi intuitivamente, estaba tentando una afortunada síntesis: introducir fluidez, rotundidad a las agudas puntas del picante; aportar femineidad a lo guerrero.
Cuando su madre probó el producto, le supo a gloria. Sabía de las raras aficiones de su hijo y, aunque no las alentaba, guardaba un secreto orgullo. Pero este plato superaba cualquier expectativa. Era, además, algo nuevo: una invención.
El día que lo presentaron en la mesa familiar, Manuel temblaba de excitación. Le preocupaba sobre todas las cosas la opinión de su padre.
Éste pareció intrigado: en veinte años su esposa había repetido los mismos, excelentes, platos, sin mayor variación. ¿Qué era esto de disfrazar el viril rocoto con un gorrito blanco, de lechosa contextura?
La degustación paterna fue un momento de tensión. El buen caballero, conservador nato, no estaba dispuesto a ningún cambio en su ordenada vida. Sus principios predominaban frente a sus gustos. Pero esta nueva combinación de sabores, en realidad, no parecía estar tan mal. Quizás había que darle una oportunidad...
- Hmmm...Es...curioso.  Pero sabe bien.  ¿Cómo lo hiciste?
La madre enrojeció, resplandeciente.
- Es tu hijo quien lo ha hecho.
Y el hijo, de color granate, en el esperado momento de su consagración, vio como su padre tiraba la servilleta al piso y se levantaba, encolerizado, para encerrarse en su dormitorio y en sus costumbres.
Dos semanas después, Manuel de Masías, de dieciséis años de edad, partía montado en una mula rumbo a Lima, a buscar su vida en ambientes más complacientes. No sabía que el plato que había inventado se difundiría por toda la ciudad y más allá, cariñoso y dolido tributo de su madre a su memoria, portando el banal nombre de rocoto relleno.

***

Arequipa le había dado las bases de lo que lo tierra produce. Lima fue, ante todo, el descubrimiento del mar y de sus infinitos frutos.
Manuel comenzó su aprendizaje como ayudante en un barco pesquero, en el puerto de Chorrillos. Le fascinaba ver subir la red cargada de brillantes tramboyos, poderosas corvinas, agitadas chitas, de vez en cuando la extraña raya. Disfrutaba de la humilde pitanza de los pescadores, en el mismo barco: arrancaban tiras de fresquísima carne, la rociaban apenas de unas gotas de limón y la engullían con grave contento.
Poco a poco, Manuel osó introducir otros ingredientes. De su tierra había traído una mata de rocoto, que cultivaba celosamente en una maceta. Los frutos no eran muchos, pero le bastaban para, de vez en cuando, darse una fiesta con el picante. Cuando llevó un ejemplar al barco, sus compañeros lo miraron recelosamente, y el contraste del extraño y fuerte sabor con la suavidad de la carne del pescado no los convenció mucho al comienzo. Pero después le agarraron el gusto y comenzaron a pedirle repetir la experiencia con más frecuencia.
En tierra, Manuel podía experimentar más ampliamente, añadiendo a los pescados que el patrón de la lancha le regalaba el producto de otros pescadores. Así comenzó a organizar las más barrocas combinaciones de pescados y mariscos, juntándolos con legumbres y cocinándolos o macerándolos de todas las maneras posibles.
Pronto fue ganándose una reputación en el puerto. Gustaba de compartir sus descubrimientos con las personas que estuvieran más a mano. Al poco tiempo se dio cuenta de que tenía que preparar cada vez mayor cantidad de raciones, porque como por azar cada vez más gente atinaba a pasar por la humilde cabaña donde dormía y cocinaba.  Prácticamente ya no salía de pesca: todos los ingredientes, más de los que necesitaba, le eran donados cotidianamente por la comunidad de los pescadores, y sus austeros gustos se satisfacían de escasas prendas.
Un día, cuando tenía dieciocho años, la fortuna acertó a tocar su puerta, en la persona de un sirviente del Marqués de Villalonga. Fino gourmet, Villalonga enviaba con frecuencia sus emisarios a adquirir pescado en el propio puerto, desconfiando de la frescura de los que podía obtener en Lima.  Uno de ellos había regresado contando maravillas de un plato que había probado, hecho por un joven muchacho. El marqués, encontrando que faltaba ya algo de imaginación a su cocinero gallego, envió a buscar la rara perla.
Así se encontró Manuel, nuevamente caballero en mula, dirigiéndose a la Ciudad de los Reyes. Corría el año 1746 y Lima había reducido un poco su influencia en el concierto americano, pero seguía siendo sede de lujosas casas e intrigantes mujeres.
El marqués de Villalonga simpatizó pronto con el joven de franca mirada. Su cocinero, Antonio Ruz, en cambio, vio claramente el terrible peligro, y lo maltrató desde el primer día. Pero Manuel comenzaba a descifrar con claridad los hilos más fundamentales de la vida: había que agacharse ligeramente frente a las dificultades, sentir pasar sobre las orejas el viento de los daños y estar, ojo avizor, al aprendizaje de lo importante.
Con Antonio Ruz tuvo intensos años de práctica. Pero logró, poco a poco, sacar de su cocina lo que tenía de sustancial: básicamente, la cultura del aceite de oliva. Manuel, utilizando ese oro derretido, supo que alcanzaría nuevas cumbres en su arte. El feroz picante de sus inicios se fue suavizando, acogiendo la muelle marea de este tesoro mediterráneo, pero guardando siempre una puntita, un resquicio de ese ígneo fulgor que había alumbrado su infancia; apenas esa punta que hacía la diferencia para el mejor disfrute del marqués y de sus invitados.
Seis años duró Manuel en aquella casa; los últimos dos, dueño de las cocinas, ante el retiro de Antonio Ruz, de regreso a sus tierras aquejado de una cruel melancolía que Villalonga supo bien identificar: la imposibilidad de soportar un subordinado tan superior.
Pero Villalonga también debía sufrir poderes por encima suyo.  Un lejano primo, el duque de Alfeizares, desembarcó un día en el puerto del Callao. El duque era muy aficionado a los viajes, y aprovechaba cuanta oportunidad se le presentara para escapar de las cortes de Madrid, tan complicadas últimamente, embarcándose en largas giras por el mundo.
El duque quedó fascinado con los platos que su primo le ofrecía, con el secreto regodeo de quien sorprende a alguien que se cree superior. Cuando, llorando de emoción o por falta de costumbre frente al picante, preguntó por el cocinero, se sorprendió por la juventud del personaje que le presentaban. Luego de felicitarlo y de despedirlo, el duque se tornó hacia su primo.
- Tienes mucha suerte.  Pero me acordarás que este muchacho es un desperdicio aquí, en la parte más inhóspita del mundo.
Villalonga, saboreando los últimos bocados de su plato, exhaló un suspiro. Sabía que el momento debía llegar. Su cocinero, aún afanado con los postres, tenía que partir.

***

Así llegó Manuel de Masías a Europa, por la puerta de Cádiz. Pero poco duró en España: Alfeizares prefería pasar largas temporadas en otras cortes europeas, que juzgaba más adecuadas a sus gustos, y se complacía en llevar a su cocinero para impresionar a sus nobles amistades.  En realidad, solía pasar más tiempo en París que en cualquier otro lugar.
París. Manuel presentía que sería una parte importante de su vida. El París de 1752 bullía de ideas y de sabores. El cambio de una era se preparaba en salones donde la conversación inteligente y precursora era literalmente alimentada por los productos de imaginativos cocineros. En la relativamente pequeña casa que Alfeizares mantenía en la calle  de Monsieur le Prince, Manuel podía entrever, cuando sus ocupaciones culinarias le daban un descanso, a nobles e intelectuales de una brillante generación, discutiendo con apasionamiento de sesudos temas científicos o renovadores proyectos sociales.
La itinerante vida del duque comenzó a fatigarlo. Así que la oferta de Madame de Geoffrin, anfitriona de uno de los salones más célebres de París,  fue aceptada inmediatamente, en 1755.  La casa de Madame de Geoffrin, en la lujosa calle Saint Honoré, recibía los miércoles hasta una cincuentena o más de filósofos y otras importantes personalidades: Diderot, Buffon, Montesquieu, Daubenton, d’Alembert, Grimm, Fontenelle... Los lunes estaban dedicados a los artistas.
Para todos ellos –sin contar con otras cenas y almuerzos más convencionales- cocinaba Manuel de Masías, y en un año tenía ya un renombre. Incluso muchos sospechaban que el éxito del salón de Madame de Geoffrin radicaba en su capacidad de atraer a los más brillantes espíritus  y los más importantes nobles gracias a la calidad de su mesa.  Manuel presidía ahora un ejército de adjuntos y pinches, experimentando y preparando los más diversos platos con los materiales que la ubérrima tierra francesa solía dar.
París llevó a su cocina nuevas materias, salsas y maneras. Las entrañas de los animales, adecuadamente tratadas, producían dulces consistencias. Los hongos, raros hijos de la humedad, pulsaban en cientos de formas. La firmeza de los animales de monte requería el sabio aprendizaje de la cultura de la putrefacción controlada. Los quesos florecían en una inconmensurable variedad de sabores, colores y profundidades.
Pero también, así como Arequipa fue la tierra y Lima el agua, París fue el aire: el espíritu de sus bebidas. Manuel sintió claramente que su obra había sido hasta ese momento incompleta, porque sus platos, acompañados de agua o de vinos simples, no podían desplegarse verdaderamente En cambio, ¡qué ligereza aportaba un frutado vino del Loira, qué sustanciosas refulgencias partían de un vaso de buen burdeos, cuánta luz y miel se desprendían de los vinos de Alsacia! La excelencia de la comida era, necesariamente, inacabada si no era magnificada por la perfección en la bebida.
París fue, también, el amor. Manuel de Masías, frisando la treintena, dedicado al apostolado de su profesión no había tenido muchas oportunidades de conocer mujer, simplemente por falta de atención a todo lo que fuera extraño a los hornos y a la mesa. Su figura seca y elevada, paradójicamente ascética, no dejaba de atraer las miradas de muchas mujeres. Pero una sola capturó la suya propia. Madeleine de Saint-Yrieix, gobernanta de los hijos de Madame de Geoffrin, pequeña hada de refulgentes cabellos negros, solía frecuentar la cocina con cualquier pretexto. Esos días el soufflé de Manuel se aplastaba un poco, las carnes se cocían un tantito demasiado, la vinagreta era irregular.
Manuel y Madeleine se casaron en 1759. Durante dos años, Manuel de Masías vivió algo que podía llamarse, razonablemente, la felicidad.  El anuncio de un hijo vino sólo a confortar esa sensación.
De pronto, la rueda comenzó a tornar. Madeleine murió dando a luz. La pequeña Delphine era un sol, pero no alcanzó a llenar el forado que se había abierto en el pecho del cocinero.
Manuel trató de sepultar la depresión bajo montañas de trabajo. El salón de Mme de Geoffrin continuaba atrayendo multitudes, en el ambiente cada vez más cargado de ideas que era Francia.  El eximio chef no tenía, lamentablemente, mucho tiempo para ocuparse de Delphine, que quedaba  librada a otras mujeres del servicio. El  sistema distaba de asegurar la atención necesaria a la pequeña, hasta que un día Mme de Geoffrin, cansada de escuchar el llanto, decidió tomarla bajo su protección.
Así creció Delphine, casi como una hija más de la casa.  Un día, Manuel de Masías descubrió que era ya una adelantada adolescente. En un par de años más, su belleza era ya inocultable para el mundo y sus tentaciones.
Pero Delphine no necesitaba ser muy tentada.  En realidad, consideraba que la vida le debía algo, por haberla despojado de su madre y haberle dado un padre que, a más de casi inexistente, era un cocinero: un sirviente, por más apreciado que fuera. Le correspondía a ella, entonces, arrebatarle su parte de fortuna a la vida.
De niña engreída y caprichosa, pasó Delphine a joven soberbia y ambiciosa. Lo único que exigía de sus pretendientes era riqueza. Pronto hubo quien la instalara en un apartamento propio. Cuando el mecenas comenzó a caer en desgracia, Delphine se volvió hacia otro más afortunado.  Y no duró un año sin cambiar nuevamente de amante y de vivienda.
Un día, en la calle, Manuel de Masías se cruzó con su hija, del brazo de su protector de turno. Manuel no la veía desde hacía un buen tiempo. Se quedó asombrado y no poco orgulloso de su belleza y elegancia. Pero el asombro y el orgullo cedieron paso a la desolación cuando su hija lo miró apenas y luego tornó la mirada, ignorándolo.
En 1781, sin haber llegado a los 20 años, Delphine moría de tifus en el Hotel Dieu.  Su padre llegó a verla muy tarde; cuando el manto de la agonía ya la envolvía y, por motivos distintos, nuevamente parecía no reconocerlo.

***

Manuel de Masías pasó muchas semanas durmiendo mal y soñando peor:  En sus sueños, solía presentársele la imagen de su hija con una expresión de infinita desolación.  Manuel se despertaba, sudando frío, ante la extraordinaria apariencia de realidad de esos sueños.
Manuel no era un hombre particularmente religioso, pero sospechaba que esta situación algo tenía que ver con problemas de conciencia.  Por no haberse ocupado de su hija estando en vida, ésta le reclamaba ayuda desde ultratumba.  Un sacerdote le recomendó oficiar misas por el descanso del alma atribulada, hasta que los sueños cesaran. Pero cuando Manuel ya había gastado una pequeña fortuna en misas, sin cambio notable en sus noches, decidió buscar otros consejos.
París bullía también de sectas, logias y ritos de otras culturas, primitivas o sofisticadas.  Pero ninguna receta que obtuvo de ellas cambiaba la imagen de Delphine en las noches. 
Manuel comenzó a desatender sus obligaciones.  Además, cada decepción lo sumergía más en la depresión. Por primera vez en su vida, comenzó a beber fuera del ámbito propio de las comidas.
Madame de Geoffrin, cuya salud para entonces estaba ya muy deteriorada, apreciaba mucho a Manuel de Masías pero apreciaba más a sus invitados.  Y cuando ya era inocultable que la calidad de la comida había declinado considerablemente, Madame de Geoffrin contrató a otro cocinero, dándole a Manuel un talego con unos cuantos luises de oro a guisa de compensación.
- Trata de no perderte más, Manuel de Masías- le dijo, no sin pena.
Pero Manuel seguía en su descenso, pagando a todo tipo de charlatanes durante el día y emborrachándose durante la noche para tratar de no verla más.
Así, Manuel de Masías parecía destinado a terminar sus días bajo un puente, como un miserable más; como al viejo de atroces olores al que, compartiendo un vino barato a las orillas del Sena, le narró su historia.
- Es simple: tienes que ir al infierno a buscarla – dijo el viejo, y luego rió, mostrando cuatro o cinco dientes negros.
A Manuel de Masías estas palabras le parecieron una revelación. Por primera vez en muchos años dormiría más o menos plácidamente, sabiendo lo que tenía que comenzar al día siguiente. Esa noche, la imagen de su hija pareció un poco menos desolada.

***

Iniciar la expedición tomó a Manuel algún tiempo más. ¿Dónde estaba el Infierno?
Manuel de Masías dejó de beber y comenzó a buscar en libros y consultar a presuntos especialistas. Demoró años antes de encontrar algún rastro que le pareciera razonable, pero siguió con perseverancia.  Hasta que halló, en dos versiones distintas de libros muy antiguos, indicaciones que parecían bastante precisas sobre la ruta a tomar.
Así, un buen día Manuel tomó su morral para salir de Paris, donde nunca volvería.  Casi no se percataba del movimiento de turbas y fulgores de antorcha  que comenzaban a llenar la ciudad, en el año del Señor de 1789.

Manuel de Masías cruzó selvas espesas y oscuras, vadeó crecidos ríos, atravesó cuellos de montañas de tenebrosa arquitectura, sintiendo que se acercaba cada vez más a lo insoportable.
Hasta que un día, abruptamente, llegó a un paraje de indescriptible desolación: una gran extensión de tierra pelada y hostil, con huesos brotando como hongos hasta donde alcanzaba la vista. A un par de kilómetros de donde Manuel se había detenido, percibió una suerte de vibración particular en el aire, como si de la tierra escapara una casi imperceptible columna de vapor.
Manuel tuvo que hacer aún acopio de coraje para encaminar sus pasos hacia allí. Procuraba no prestar mucha atención a los huesos -humanos a todas luces- ; apenas la necesaria para evitarlos.
Poco a poco, mientras se aproximaba al fenómeno, descubrió que éste partía de un gran hoyo en la tierra; el probable impacto de un meteorito, pensó.
Llegado a lo que parecía el  borde, una vaharada de aire caliente y fétido le cocinó la cara. Las rodillas le flaqueaban, pero igual se obligó a seguir mirando.
Era una circunferencia de unos 50 metros de radio, con infinidad de pliegues que, en un  declive creciente, se juntaban en la parte central. Allí se llegaba a vislumbrar el verdadero hoyo.
Manuel avanzó con cuidado. Desde los primeros pasos, se extrañó ante la consistencia de la tierra: semejante al caucho, se hundía bajo el pie y recuperaba su forma luego. En realidad, podía asemejarse a la piel humana...
Cuando la analogía comenzaba a llegarle al espíritu era demasiado tarde: tropezó y rodó hacia el hoyo central, vio con horror cómo éste se abría para permitirle el pasaje y se cerraba luego sobre su cabeza,  con la inapelable fuerza de los esfínteres, dejándolo en la oscuridad absoluta.
Manuel de Masías siguió resbalando, conducto abajo, rebotando contra sus húmedas y blandas paredes, hasta caer en una especie de rellano, esta vez de materia dura. Ahí se sacudió un poco y miró. Arriba, el hoyo se había vuelto a abrir, dejando escapar el vapor. Abajo, una vertiginosa escalera de caracol parecía conducir al fuego.
Manuel no tuvo mucho tiempo para dudar si continuaba el viaje. Una ruidosa bandada de una especie de murciélagos, grandes como carneros, lo rodeó entre chillidos. Manuel sólo atinó a protegerse los ojos con un brazo. Los murciélagos lo cogieron entre sus garras y comenzaron a descender, siguiendo las volutas de la escalera. Manuel entreabrió los ojos, en el aire, y distinguió apenas las facciones humanas de los animales.
Lo depositaron con cierta violencia en el medio de un vasto anfiteatro. Casi inmediatamente el piso, de un color rojizo brillante, comenzó a quemarle las palmas de las manos y las rodillas. Se retorció, gritando, y se puso de pie. Pero el calor también penetraba a través de las plantas. Entonces gritó:
-¡Estoy vivo! ¡Vengo a proponer un negocio!
Inmediatamente sintió cómo la tierra se iba enfriando bajo sus pies. El calor ambiente seguía siendo casi intolerable, y acá y allá se escapaban lenguas de fuego de grietas en la tierra, pero Manuel sintió que podía permanecer. En torno suyo, los murciélagos seguían revoloteando, mientras formas peludas y de apariencia vagamente humana se retorcían por doquier, chillando.
De pronto, una cortina ígnea que tenía delante se abrió. Los seres volantes se aplacaron, replegándose sobre cornisas, y los terrestres se calmaron, encogiéndose. Entonces Manuel oyó la voz, grave y resonante, como venida de un abismo.
- Sé a lo que vienes, Manuel de Masías.
Lucifer estaba sentado en un trono de alto espaldar. Era muy grande y de músculos secos. Parecía también muy viejo, con la cara cruzada de un tejido de arrugas, terminando en una barba muy despoblada. Pero los ojos, negros sobre un opaco amarillo, guardaban todo el fuego de la vida.
Una de sus manos, larguísimas y de uñas curiosamente cuidadas, agitó una cadena. Al extremo se agitaba uno de los animales rastreros que había visto.
Manuel gritó de sorpresa y espanto. En esa bestia, encogida y velluda, pequeña y miserable, con cara sin expresión, Manuel reconoció a su hija.  Quien, por lo demás, seguía ignorándolo, ahora en este estado de animalidad.  Pero de alguna parte tienen que venir los sueños, se dijo Manuel, guardando las esperanzas.
- Efectivamente, señor, vengo por mi hija. Estoy a vuestra disposición para lo que desee a cambio.  Cualquier cosa.
El diablo sonrió.
- Tu alma no me interesa, Manuel de Masías, si eso es lo que tratas de proponerme. Tengo mil mejores que la de un artesano de nula espiritualidad.
Manuel enrojeció.
- Sin embargo, prosiguió el demonio, quiero escuchar tus ofertas. El diablo tiene momentos de magnanimidad, y la estúpida alma de tu hija quizás tenga mejor cabida en otros lares si tú eres capaz de sorprender esta aburrida eternidad que me atosiga. ¿Qué me propones, entonces, Manuel de Masías?
Manuel, con la vista baja, musitó apenas:
- Señor, lo que propongo es una cena.
El diablo sonrió de nuevo, de manera más amplia, desnudando sus agudos dientes.
- ¿Para qué crees que te he traído, Manuel de Masías?

***

Las condiciones fueron pocas y claras: Manuel de Masías cocinaría una cena para Lucifer.  Si ésta era satisfactoria, el alma de su hija partiría en paz. Si no, Manuel tendría que quedarse allí por toda la eternidad. 
Por los ingredientes, no había problema.  Belial sería su adjunto de compras. Envuelto en su manto, Manuel podría visitar cualquier mercado del mundo y adquirir cuanto le fuera menester. (Lo de “adquirir”, según descubriría Manuel, era un decir: Belial simplemente introducía el material deseado en una bolsa de infinita capacidad).
Una última  concesión, arrancada por un ya sofocado Manuel: la creación de un microclima apropiado para la preparación de la comida y, sobre todo, para la temperatura más conveniente para algunos platos y bebidas.
Luego procedieron, ceremoniosamente, a la firma del contrato respectivo. Lo de la sangre no era realmente necesario, pero Lucifer adoraba las tradiciones, así que Manuel extendió un resignado dedo.

***

Llegado el momento, todos los diablos de ese submundo, medianos y menores, rodeaban el escenario. Belial había narrado con pormenores la multitud de lugares curiosos a los que había tenido que ir acompañando a Manuel y la cantidad de cosas extrañas que su bolsa albergaba; así que esperaban ver qué podía resultar de todo aquello. Aunque en realidad, todos esperaban el fracaso: era tan infrecuente ver cómo el Señor destripaba con sus solas manos, en un acceso de cólera, a un humano...
Manuel oficiaba en el centro, poseído de una rara serenidad.  Después de todo, lo peor que podía pasarle era quedar para siempre cerca de su hija. Ya que no habían estado juntos en vida, compartirían cuando menos la tortura eterna.
No eran necesarias cocinas ni hornos. Fuera de la circunferencia donde estaba parado Manuel, la tierra era una sola brasa. Además, podía aplicar directamente las presas sobre cualquiera de los fuegos que le rodeaban, de distinta fuerza y tamaño. Mientras cocinaba, se le ocurrió que, en cierto sentido, estaba culminando el periplo de los cuatro elementos, esta vez llegando al fuego eterno. Su cocina estaba completa.

***

La ceremonia se inicio con  una copa de champagne como aperitivo. Manuel abrió una ventruda botella y vertió su contenido en una copa estrecha y larga, ofreciéndosela al demonio. Este sonrió torcidamente.
- Yo no bebo, Masías.
Manuel tuvo un sincero movimiento de sorpresa.
- El poder es control- explico Lucifer. Si pierdes el control, sobre todo el de tu persona, pierdes el poder.  ¿Por qué crees que los curas dan vino a sus fieles?.
Manuel insistió.
- No se trata de perder el control, Señor mío. No es borrachera lo que se busca, sino sabor.
Lucifer sonrió. Después de todo... Ingurgitó un poco del líquido oro pálido y esperó.
La primera sorpresa fue el frescor. Y ese picoteo de burbujas, material aéreo, olvidado...En cuánto al sabor, ¿cómo definirlo? Una imposible mezcla de flores y minerales, con el lejano recuerdo de algo horneado, un pan o un bizcocho; todo tan sutil como un suspiro. ¿Y quién podía rememorar lo que era un suspiro?
El diablo no tuvo mucho tiempo de reflexionar. Ya le traían una fuente inmensa que reproducía el mar.  Todo el borde estaba orlado de ostras, dejadas en su estado natural y libradas así a la fuerza de su sabor primigenio.  Hacia el interior se extendían estratos de distintos pescados, variando de preparación según el sector:  delgadas láminas de rosado salmón apenas tocado por el jugo de limón; rotundos cubos de atún, en los que la cocción sólo había penetrado medio centímetro en la violácea carne; lenguados enteros ofreciendo la generosa y llana extensión de su cuerpo, frito en la mantequilla más pura; chitas sepultadas en bloques de sal...Hacia el centro iban acomodándose moluscos y mariscos: enormes pulpos cortados en rodajas, choros escondidos tras cebolla y tomate picado, erizos de insolente color naranja y sabor insólito.  En el centro mismo, sendas escuadras de langostas y bogavantes parecían enfrentadas en una batalla.
Lucifer probó una ostra, con gesto desdeñoso.  La carne se tensó apenas bajo sus colmillos y luego estalló, inundándole la boca de agua marina.  Lucifer cerró los ojos.  Muy en el fondo de su ser, algo había comenzado a moverse; como un animal prehistórico que saliera del fango de profundidades abisales y enviara ondas hacia la superficie.  El gaznate de Lucifer deglutió aquel bocado, sencilla mezcla de frescura y abismo.  Luego, se aventuró con las delgadas tiras de la corvina.  Era cosa de maravilla cómo la carne ofrecía sólo la resistencia suficiente para manifestar su existencia, antes de disolverse en la boca entre fulgores de limón y de picante.  Y así siguió el diablo escalando la montaña marina, tentando el escabeche, saboreando el lenguado, devorando mariscos...
Manuel lo incitaba a probar uno y otro sector de la gran bandeja, pero al mismo tiempo vigilaba que no diera cuenta de todo: Pese a la inmensa capacidad del estómago del diablo, y a su hambre de siglos, había que preservar espacio para el resto.
También escanciaba, de vez en cuando, un poco de vino blanco en su copa. El diablo ya no ponía objeciones a la bebida. Al contrario, en su fuero interior sabía que esta destilación de oro, miel y terciopelo, con puntas de suaves especias, rosas, durazno y mango, era lo más apropiado para acompañar lo que estaba devorando.
Llegaron luego las carnes.  La nueva fuente parecía  aún más portentosa.  Animales del aire, del prado, del corral y de la floresta se habían dado cita, pelados, cocidos, macerados u horneados; enteros o cortados en láminas de espesor infinitesimal.  Bajo ellos, una capa de todos los vegetales, cocinados de formas igualmente variadas: robustas papas doradas o al vapor; berenjenas enteras o batidas con ajo, frescas lechugas en sorprendentes vinagretas, el extraño corazón de frutos de la selva...Todo acompañado de infinitas salsas, entre las cuales destacaba un gusto que sedujo especialmente al demonio.  Manuel de Masías, al cabo de todas sus peripecias, había conservado los vástagos de aquella mata con la que salió de Arequipa.
El diablo seguía comiendo, mientras ese sentimiento lejano se incrementaba.  La bestia que se había despertado en su interior había salido ahora del mar, desplegado sus patas y caminado trabajosamente, hasta adquirir fluidez y cierta elegancia. Luego, se había echado sobre la tierra acogedora, como un gato calentándose al sol.
Y el vino, ahora de un color rubí profundo, con reflejos grana y negro, alimentaba ese calor. Uno parecía morder lo inasible, que se desplegaba en las fauces con los sabores de un bosque entero: frambuesa, mora, grosella; acaso una pizca de pimienta, una sospecha de chocolate, un aroma de cuero, un mordisco de trufas. La rotunda y dulce sangre de la tierra.
Llegó el postre.  Manuel había hecho un triunfo de arquitectura, de pintura, de música. El color restallaba, las frutas danzaban y la incomparable percepción de lo dulce bajó por la garganta del diablo, con la inconsistencia de lo etéreo.
Ahora, la bestia interna se había levantado del calor del suelo y comenzaba a otear las nubes.  ¿Le brotaban alas? ¿Se elevaba?
Entonces Manuel de Masías le sirvió una medida de cognac.
Lucifer ingurgitó unas gotas de la ambarina bebida. Era un fuego distinto, reposado, contento. Sintió cómo algo terminaba de derretirse adentro. Recordó cosas, alturas, sueños, brisas.  Los ojos cerrados, sentimientos diversos afloraron a una sonrisa extraña.
De pronto, Lucifer pareció estallar.
Un ser de luz se erigió en la mitad de lo que había sido su inmenso y atroz cuerpo, y ascendió flotando. Al mismo tiempo, el remedo de Delphine también eclosionó como un pardo capullo, y otra esencia igualmente luminosa partía hacia lo alto. Sobre el piso sólo quedaron dos pellejos humeantes.
Manuel, ascendiendo la escalera de caracol, ligero como nunca, miró una vez hacia atrás. Los hirsutos entes rampantes avanzaban desconcertados. Luego de un momento, como miríadas de ratas, se arrojaron sobre los restos del banquete.

***

La narración de Masías acaba ahí. No comenta cómo regresó hasta Arequipa, y tampoco informa si volvió a ejercer su arte alguna vez más.
La veracidad de lo narrado puede ser puesta en duda. Un poderoso argumento sería que el estado actual de los negocios terrestres, y lo acontecido en los dos últimos siglos, no aportan bases para decir que el diablo y su nefasta influencia han desaparecido


Pienso que eso no desbarata la versión de Masías. Al contrario, lo que puede haber ocurrido es que, desprovistos del mando de su jefe, los demonios menores, esos peludos y rastreros seres, ejercen ahora su influencia anárquica y mediocre sobre nuestras vidas, vengándose de haber llegado a probar sólo unos restos de ese banquete que saben irrepetible, y cuyo lejano recuerdo es una tortura adicional de la eternidad.