Wednesday, July 23, 2014

Oswaldo Reynoso



Oswaldo Reynoso (Arequipa, 1931). Hizo sus estudios en la Universidad de San Agustín de su ciudad natal y los concluyó en la Universidad Enrique Guzmán y Valle, La Cantuta, en Lima, donde se graduó como profesor. Ahí mismo ejerció el magisterio durante varias décadas al mismo tiempo que desarrollaba una intensa labor literaria. Reynoso conoció el éxito gracias a la prosa de ficción. Su libro de cuentos Los inocentes (1961) tuvo y tiene un éxito fulgurante, pues incorpora, por primera vez en el siglo XX, el lenguaje de los jóvenes de las grandes urbes.  Un gran trabajo lexicógrafo que registra las voces juveniles y populares de su generación. Reynoso consigue penetrar en el modo de pensar de los adolescentes.
En octubre no hay milagros de 1965, Reynoso describe las penurias de la clase media limeña en un proceso de decadencia en medio de las convicciones que pese a estar profundamente arraigadas en el alma colectiva se van desdibujando lentamente. Dueño de una técnica literaria depurada, Reynoso da muestras de su gran dominio verbal en la novela El escarabajo y el hombre de 1970. Posteriormente, durante doce años, el novelista vive en China. Durante esos años escribe En busca de Aladino (1993), relato breve de tema arabesco y Los eunucos inmortales (1995) novela que recupera sus vivencias en extremo oriente. La prosa de ficción de Oswaldo Reynoso se caracteriza por presentar una gran cantidad de personajes con una coloreada prosa de profundo aliento lírico.


CARAMBOLA

Medianoche en el billar “La Estrella”: humo y penumbra. Las bolas suenan, opacas. Se habla a media voz, como en la iglesia. Máquinas eléctricas resaltan, en la oscuridad, con luces y,  en silencio, con cascabeles finos.
-          No hay caso, este Choro Plantado es un trome con el taco. Y es bien gallada. Cómo quisiera ser como él. Comenta Carambola con un compañero de clase que por primera vez pisa billar.
-          Claro, si te empeñas y vienes todas las noches.
-          Ahora me enseñas, ¿ya?
-          Mejor es que primero veas cómo juegan. Miremos al Choro Plantado. Manya, desde las siete está juega que juega, sin cansarse. No vayas a creer que es vicioso: él. Sólo juega para liberarse.
-          ¿Liberarse de qué, ah?
-          Es lo que hasta ahora no podemos comprender; pero así lo dice él. Luquea cómo arrocha a  los sabidos.  Míralo,  a pesar de ser un proco gordo y casi teclo, cómo se desliza suavecito alrededor de la mesa. Y cómo pica  a los sobrados. Él es bien derecho, juega sin trampas y castiga a los torcidos. Manya, manya, está solo. Ya no tiene rivales. Ahora viene lo bueno: juega por jugar, solicísimo. No sé de dónde saca magia y hechiza las bolas.
Solo una mesa iluminada. El Choro Plantado se exhibe como nunca. Los conocidos del barrio se aglomeran, silenciosos, en torno a la mesa. Hasta Don Lucho, que es tan serio, ha dejado el mostrador para verlo.
Alguien, tal vez el Rosquita, salió corriendo a la cantina y aviso a gritos  que el Choro Plantado estaba inspirado. Pobre japonés, piensa Don Lucho, se quedó sin clientes madrugadores; porque el Choro Plantado tiene para largo.
Los espectadores, perdidos en la oscuridad hueca del gran salón de billares, sólo ven iluminados el rostro y las manos del Choro Plantado. Elegante y trágico, da vueltas buscando el ángulo preciso. Silencioso y calmo, echa tiza al taco. Transfigurado, taquea. Y las bolas avanzan, retroceden, se detienen y se encuentran en increíble carambola, como si estuvieran unidas por un hilo mágico, misterioso. Ebrio y, tal vez, un poco triste y, posiblemente, liberado, como dice él, respira y vuelve a taquear.
Las carambolas se suceden como cuentas de rosario. Las horas avanzan y, sorpresivamente, la madrugada entra en el billar con la negra que vende tamales calientitos. Es hora de retirarse, dice el amigo de Carambola. Carambola lo despide en la puerta, con puede acompañarlo. Esta noche tiene que hablar, de todas maneras, con el Choro Plantado de “un asunto de hombres de vital importancia”.
-          Me buscas, Carambola, ¿no es así? - preguntó el Choro Plantado, mientras guardaba su taco en una bolsa de nailon.
-          Sí, Don Mario. Este… yo quiero hablar con usted, pero no aquí. Este… ¿qué le parece si vamos al japonés?
-          ¿No es un poco tarde para ti? Aún eres mocoso y en tu casa te pueden sonar
-          Yo no soy mocoso y nadies me importa y… además, a nadies le importo en mi casa.
-          Si es así, vamos.
Invierno húmedo y gris, hasta en la madrugada. La gente y los postes, con la neblina, se vuelven borrosos y distantes. La luz pálida transforma el asfalto en espejo negro, brillante. Y las calles son estrechos callejones interminables, desiertos. Como poder hablar sin miedo, de frente, con el corazón desnudo, sin  avergonzarse. Caminan en silencio. Carambola: tímido y con la ansiedad adolescente del joven que quiere ser hombre, urgentemente, y el Choro Plantado: ebrio, pero triste.
Parece que de propósito se detuviera  la madrugada. Nadie juega cacho en la cantina: beben, hablan, escuchan radiola. Se toma cerveza y la espuma se bota al suelo cubierto de aserrín húmedo y sucio.
-          Esta cantina parece el desaguadero de todas las fiestas – dice, por decir algo, el Choro Plantado.
-          Es verdad, Don Mario. Aquí todos la rematan  contesta por contestar Carambola. Leugo permanecen en silencio hasta que el Choro Plantado habla.
-          Tú,  me quieres decir algo, pero tienes miedo, ¿no es cierto? Bueno, creo que después de tomarte un pomo se te pasa el miedo. Salud. (Si parece que fuera ayer, y por lo menos, hace más de cinco años. Don Lucho lo tenía cogido por la oreja y estaba decidido a entregarlo al patuto.
-          No quiero que entrés al billar. Este local no es para mocosos. Apenas llegas  a la mesa y ya te mueres por el taco. Antes que me saquen multa por permitir menores, te  mando preso -. Intervino y Don Lucho, por última vez, lo perdonó. Desde entonces fue mi sombra, mi rabera. Como un perrito gracioso a todas partes me seguía. Cuando entraba al billar se quedaba en la puerta, esperándome, y cuando salía me preguntaba: - ¿Y cuántas carambolas hizo? – Sin darme cuenta comencé a llamarlo Carambola y se quedó con Carambola, hasta el día de hoy). Bueno, Carambola, ya que tú no quieres hablar, escúchame. No sé por qué  esta noche tengo ganas de hablar, de sincerarme, contigo. Yo sé que tú  solo basta saber  manejar el taco. Hay que tener pasión por el juego. Por la vida, Carambola. Siempre he dicho: una mesa, con buenas bandas; un taco, de mi propiedad; tres bolas, sin quines; cebada y carretas me bastan  para llegar hasta las últimas consecuencias de una vida intensa. Ahora, estoy casi borracho, sin saber tomado mucho: es el juego, Carambola. El juego me libera, Carambola.
-          Don Mario, ¿no se enoja si le pregunto algo?
-          No, pregunta nomás.
-          El juego ¿de qué libera, Don Mario?
-          Eres  chicoco, todavía, no comprendes. Cuando la vida te golpee, comprenderás que todos los hombres que vivimos “intensamente” guardamos un secreto. Puede ser una mujer o tal vez…no sé. Pero lo guardamos aquí, Carambola, en el corazón. Y hay días que el corazón pesa demasiado y parece que reventara y entonces hay que liberarse y se juega o se toma hasta quedar borrachos.
Tímido y asustado, con el vaso de cerveza en la mano, Carambola interrumpe.
-          No diga eso, Don Mario, me asusta. No se ponga triste; porque yo también me apeno. Si en algo puedo ayudarlo, páseme la voz.
-          Gracias, Carambola. Es necesario que me conozcas, que sepas con quien estás hablando. No vaya a ser que te enteres por otro y me creas mentiroso. Yo estuve en la sombra, Carambola, pero no por ladrón, sino porque  me desgracié. Lo más triste que le puede pasar a un hombre es que lo hagan cojudo. Por eso la maté, Carambola.
-          Sí, Don Mario, algo escuché  de su desgracia. (¡Jesús, Dios mío! ¡Un crimen! Y la vecina despertó a toda la quinta. Quise salir, pero mi mamá nos encerró, - No sirve que los chicos vean esas cosas -. Me caía de sueño y la sirena de la ambulancia resonaba desesperada en mi cuarto. Pero  los ojos se me cerraban y mis hermanos empeñados en verlo todo por la ventana: ¡era una pesadilla! En la mañana desperté asustado y seguíamos encerrados ya en la tarde, mi hermana mayor nos leyó Última Hora. – Pobre Don Mario, no tuvo suerte con su mujer – comentaba la vecina. – pero no la debió matar – respondía mi mamá.
-          Tú estarías de cinco años, más o menos. Cuando cumplí mi pena, nadies me dijo nada, al contrario, todos los de la Quinta me invitaron. Y no me fui del barrio, porque aquí todos son buenos: me llaman choro; pero no criminal. Y ahí vamos, Carambola, jalando, tirando, pa´adelante, con negocios, ya tú sabes. Pero mejor hablemos de lo tuyo.
-          Bueno, Don Mario, este… yo sé que usted es bien leído y experimentado. Este… no sé cómo decirle…
-          Habla no más, sin miedo, para eso somos hombres.
-          Ya, Don Mario, pero antes, salud. Este… estoy bien templado de una chelfa del barrio.
-          Y qué pasa, ¿le has clavado un hijo?
-          No, Don Mario, todavía.
-          Quien es, ¿la conozco?
-          Sí, Don Mario, pero no le doy el nombre.
-          Bueno, si lo quieres así, está bien.
-          Usted  que es corrido sabe que del plan de paleteo y chupete hay que pasar a otra cosa, uno no puede quedarse  en el plan de cochineo. México no es lo mismo, allí, falta cariño, no sé… Pero para eso está la gila de uno. Y ya no me contengo, Don Mario, y la chelfa está que quiere. Mañana domingo, o sea hoy, mis teclos se van a Chosica, no voy con ellos: les he dicho que tengo que estudiar para los exámenes. Voy a estar solo en mi hueco y he quedado con la gila para acostarnos en mi cama: vamos a estar solitísimos.
-          Te felicito, Carambola. No hay que perder la ocasión.
-          Pero tengo miedo, Don Mario: la gila está cerradita.
-          ¿Y cómo lo sabes?
-          Ella misma me lo ha dicho y además… (Había poquísima gente en la matiné. La gila casi estaba sentada en mis rodillas. – No Carambola, aquí no. Tengo miedo - . la tuve que dejar, pero ya la había palpado bien). No puedo equivocarme, Don Mario, yo sé por qué lo digo. Ella me quiere y no puede mentirme.
-          Pero las mujeres son mentirosas y más cuando se trata de amor.
-          Pero mi gila, no. Don Mario, ¿es cierto que cuando están  cerraditas se desangran? Tengo miedo que me pase algo. ¿Qué me aconseja, Don Mario?
-          Lo tienes que hacer con cuidado. Por si las moscas, compra en la botica algodón, gasa, alcohol. Viéndolo bien, ya no eres tan chicoco que digamos y tienes  que ser sabido: a tu edad no sirve amarrarse con hijo. Mejor compra en La Colmena, lo que ya tú sabes.
-          ¿Pero es cierto que desangran y pueden quedarse muertas?
-          No siempre, pero se han visto casos. A un párcero mío le pasó algo muy grave. Llevó a su gila a un hotel. La feligresa era virgen y comenzó a sangrar. Asustado, cogió la sábana y trató de contener  la hemorragia; pero nada. La sangre salía, salía, salía. Había que verlo cuando en plan de compadre contaba el incidente. Decía, moviendo las manos y con tamaños ojos: todo era rojo, rojo, rojo. Tuvo que llamar matasano. El matasano pidió ambulancia y se la llevaron a Grau, a la Asistencia. Cuando el teclo de la gila se enteró, casi me lo despachaba al otro mundo. Claro, que como dicen los médicos y las revistas de sexología, no todas las mujeres son  delicadas. Como el juego, Carambola, todo es cuestión de suerte.
-          Me está metiendo miedo, Don Mario.
-          No te asustes, si te cuento casos, es para que estés prevenido. No te olvides de comprar lo que te he dicho en la botica. Tienes que hacerlo despacito, con muchísimo cuidadito, con delicadeza.
-          Gracias, Don Mario, por sus consejos.
-          ¿Puedes darme el nombre de la fulana esa? Es pura curiosidad, nada más. Te guardo el secreto. Ahora, si no quieres…
-          Este… es Alicia, la hija de la señora Jesús.
El Choro Plantado, silencioso y triste, pagó la cuenta. En la radiola terminó un vals y los clientes se retiraban borrachos.
-          Ahí nos vemos, Carambola.
-          Hasta mañana, Don Mario.

El Choro Plantado, con las manos en los bolsillos y las solapas del saco levantadas, solo, parado en la puerta de la cantina, vio la casaca roja de Carambola perderse en la neblina. Y mientras caminaba dijo, despacio, hablando consigo mismo: “Casi todas as chelfas  con iguales. ¡Pobre Carambola! Si supiera que su tal  Alicia es más puta que una gallina. Todas las gilas son igualitas. ¡Pobre Carambola!”.

Tuesday, June 03, 2014

Enrique Planas Ravenna

Enrique Planas  (Lima, 1970). Escritor y periodista cultural. Ha publicado novelas y cuentos ubicados en el género del realismo psicológico. Reconocido como uno de los narradores peruanos más destacados de la generación de 1990.
Sus novelas tienen en común atmósferas opresivas, narraciones fragmentarias, conflictos de identidad e indagaciones en la condición femenina.
Su primera novela Orquídeas del Paraíso (Editorial Los Olivos, 1996) fue reconocida en 1999 en su versión para la escena con el Premio del IV Festival de Teatro Peruano Norteamericano, organizado por el Instituto Cultural Peruano Norteamericano. Su segunda novela, Alrededor de Alicia (BCR, 1999), recibió el Premio de Novela del Banco Central de Reserva del Perú. Ha publicado también Puesta en escena (Alfaguara, 2002) y Otros lugares de interés (Alfaguara, 2010).
En su edición de 2011, celebrando sus 25 años, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara  lo convocó a su lista de 25 secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana.
Ha sido docente en las universidades peruanas Pontificia Universidad Católica del Perú y Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas. Actualmente dicta el taller de literatura creativa en el Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

Planas ejerce también el periodismo. Fue editor de la página cultural del diario El Sol (1996-2000) y de la revista Caretas (2000-2001). Desde el 2001, trabaja como periodista cultural del diario El Comercio, donde además tiene una columna semanal.

Mujer atrapada en habitación con tormenta


Para Franz Galich



Muchos hombres me han dicho que Managua es como una novia fea. Yo creo que es una ciudad seductora solo si te pones de espaldas a ella, si le buscas más allá el mar, las lagunas, sus cráteres. Es una ciudad imposible para ver desde arriba: no tiene edificios ni miradores para subir y cambiar la perspectiva. Quizás sea mejor así. Tanto árbol en la calle no dejaría ver el paisaje de una ciudad acompañada por la permanente gárgara metálica de la lagartija que aquí llaman perrozompopo. Si pudiéramos planear sobre ella como una bandada de pericos veríamos la postal común de la Managua que no llega a ser metrópoli por culpa de los terremotos, los políticos, y las siete familias que gobiernan el país. Agreste, dispersa, sin corazón. Autopistas que no llegan a ninguna parte, plazas levantadas donde no hay motivo, buses repletos que dejan abiertas sus puertas y ventanillas para liberar la presión y la miseria que no acordona la ciudad, sino que la salpica como frijoles en el gallo pinto. El enorme barrio verde parece el suburbio de una ciudad inexistente, quizás sumergida bajo el gran lago, donde nadie puede nadar sin enfermarse.

-¿Para eso me has traído pué?

La Guajira parece fastidiada. Abandona el balcón desde donde estábamos viendo la calle y entra a la habitación. Lo sé. Seguramente hubiera deseado que la llevara a un rincón más acogedor de la ciudad. A mí me encanta escucharle hablar aunque ella solo recite sus demandas. Las nicas son expertas para jugar con el lenguaje. Lo sé bien. Cuando podía viajar en bus, solía escuchar a la gente. La más de las veces conseguía diálogos que valían oro. Como aquel intercambio entre el cobrador y la pasajera:

-          ¡Oiga señora, póngase de lado!
-          Y no ve que soy redonda, ¡hijo de puta!

O cosas así. Siempre voy atento cazando las palabras de la gente. Lo que se me queda en la memoria, va al cuento. Lo demás, se pierde. No creo en las libretas. No soy de esos escritores que se pasan la vida tomando notas sin darse cuenta que ella se les escapa por el costado. En verdad, soy medio relajado. La pereza me ha hecho daño: un día le di a una muchacha mil hojas escritas a mano para que pasara la novela a la computadora. ¿Quién me iba a decir que la chavala iba a escribir como ella creía que era la cosa? Cuando fui leyendo lo que me trajo impreso me di cuenta de que se comió renglones, que me cambió palabras, que me poetizaba los diálogos. Y es que aquí los poetas y los que se lo creen son cosa grave. Años de modernismo florido ha provocado que la gente te hable en verso. Y si me quejo de esta herencia de Darío, creador del cielo y de la tierra, los colegas me miran con recelo. Algunos se molestan y otros me dan por perdido: Hagámonos los locos, ¿no ves que es guatemalteco?, dicen sobre mí. Si supieras lo que me costó reconstruir el texto que me enredó la niña aquella. Aunque me demore el doble, yo mismo lo voy a pasar. Y se acabó el verso.
Decía que me gustaba escuchar hablar a la Guajira, incluso cuando sus palabras se endurecen cuando me mira. De un tiempo a esta parte, prefiero no decirle nada por no molestarla. Me quito la guayabera sudada y para tomar un segundo aire me siento sobre la silla de paja al lado de la mesita. Me paso el pañuelo por la frente. Resoplo. La observo como quien mira un hermoso paisaje. Ella es la prueba viviente de que en toda Centroamérica no hay mujer como la nicaragüense. No hay más guapa y sensual, con una agresividad especial que asombra. En ningún otro lugar una muchacha puede acercarse a decirte: ¿Bailamos, amor? Aquí te sacan el brillo a la hebilla. Sí, señor, le agarras la cintura, dos pasos para allá y pega el regreso. Un quiebre, un caderazo y luego el pubis colocado muy cerca. Así de interesante es la mezcla de indígena y español. Liviana, fácil, hermosa. Esa exhuberancia en la que tanto tiene que ver el trópico. Yo quisiera ponerme a bailar con ella, pero en este momento siento el primer cuchillazo sobre la ingle. Sucede por estar sentado y no recostado boca arriba como ordena el médico. Mis amigos me han dicho que no tenga miedo, que me curaré pronto, pero qué va a ser. Últimamente, solo les hago caso a los que me advierten que tenga mucho cuidado. En estos días temo mucho que el dolor me derrote con lo que imagino un calambre frío e intenso. Pero la Guajira no se da cuenta de eso. Ella solo tiene cabeza para pedir atenciones mientras le da vueltas a habitación que he podido conseguirle. Puede que tenga razones para mostrarse tan disgustada. Al final de cuentas, yo le había prometido todo un mundo y lo único que puedo ofrecerle ahora es una habitación sin número al final de un corredor estrecho. Aunque tuviera vista a la calle, no vale el precio que exige la encargada, una coreana de pocas pulgas y palabras. En un cuadrado de tres metros de lado entran una cama de dos plazas, un armario sin una de sus puertas y, en equilibrio sobre este, un televisor de perilla cuyo cable cuelga sin el enchufe de remate. Detrás de las cortinas, una puerta nos separa del pequeño balcón con la baranda de hierro forjado al viejo estilo, donde la Guajira apoya los codos para observar la luz blanca que oculta la calle. Le bastan algunos minutos para reconocer el obvio ritmo del barrio y el oficio de sus vecinas que, como ella, pasan buena parte de su tiempo encerradas en pequeñas habitaciones. La mujer de enfrente, por ejemplo, recibe las visitas de otros hombres que ya tienen aprendido el número de su puerta. Bajo sus pies, un adolescente travestido espera un automóvil, mientras que otras dos se ofrecen bajo el portal de la pensión antes de doblar la esquina. No me gusta ver a la Guajira suspendida en ese estado de alerta. Algún hombre pasaría bajo su balcón y ella podría abandonarme de nuevo. Entonces entendí la razón de su mirada más dura, y quise enrojecer de vergüenza: Nuevamente estaba a punto de convertirla en protagonista de una historia tópica, la de una mujer desesperada obligada a ofrecerse si vales la pena y la paciencia. No importa si en la transacción contrabandea un cuerpo herido de malos recuerdos. Entonces vuelve la cólera.

-          ¿Este será mi mundo? Me pregunta.
Intento explicarle que ese era el único espacio que entonces podía darle. Estoy débil, estoy enfermo. No puedo dictar clases en la universidad. En casa me extiendo desnudo sobre la cama, sujetando el matamoscas mientras clavo la mirada al techo. Pero al final, tengo la esperanza de que pese a mi situación ella acepte quedarse conmigo. Entonces la Guajira se recuesta sobre la cama y se acaricia la entrepierna con la mano derecha, como aprovechando la intimidad de quien se sabe sola y deliciosa. Empiezo a creer que, frente a ella, yo no existo. ¡La gran púchica! Machete estate en tu vaina, pienso al encontrarla así, tan desafiante. Mientras se palpa, cierra los ojos, quizás para no distraerse con las manchas de humedad en las paredes. Pronto descubre una incómoda depresión al centro del colchón, fatigado por los muchos cuerpos que se habrían hundido sobre el mismo punto. Y jugando a ser una muñeca incrustada en su empaque de exhibición, la Guajira intenta encajar perfectamente dentro de la espuma hundida. Observo jugar a mi Barbie morena y pienso en volver a casa con los míos y abandonarla en aquel lugar, regalarle algunas mínimas comodidades antes de escapar para siempre de su vida. Pero soy un cobarde. Aún no tomo una decisión que se extienda más allá de conseguirle aquella habitación y prepararle ese mundo pequeñito para ella.

-          ¿Qué es lo que quieres hacer?- Le pregunto
-          No sé, tú dime.
Cuando tienes un personaje como la Guajira frente a ti, te duele cuando eres incapaz de llegar a lo más profundo de su carácter, cuando me evita deliberadamente. Entonces se incorpora para sentarse frente al espejo detrás de la puerta del armario. Saca del bolso su estuche de maquillaje y pinta primero sus labios y luego repasa de polvos las mejillas. No mucho, lo suficiente para iluminar mi imaginación. Sé que tengo que tomar una decisión urgente: No llegaré a ningún lado teniendo a la Guajira encerrada en esta pieza. De pronto, escuchamos el ruido del catre de la habitación de al lado golpeando con monótono ritmo la pared. Me toca reconocer que, al menos, los vecinos tienen una vida sexual más entretenida. La Guajira se incorpora, se acerca al muro y por traviesa da tres breves golpes con el puño, pero solo escucha como respuesta la música de las cañerías. Aburrida, vuelve a la cama. Intenta encender la televisión, pero al enchufar las dos puntas peladas de cobre en el tomacorriente solo logra encender una chispa seguida de un sordo estallido. Se deja caer al lado del aparato muerto. Podría dejarle dinero al salir, pero temo que con algún capital ella resultara ser lo suficientemente independiente como para escaparse de mis manos. Calculo rápidamente la cantidad de dinero necesario como para que no huya. Podría dejarle en el bolso dos billetes de cien córdobas, ¿o debería decir pesos? En este país nadie llama a su moneda nacional por su nombre. Añadiría con un puñado de monedas. Siempre me gustó esa frase, un puñado de monedas. Suena a traición y beso en la mejilla. Podría alcanzarle, a lo mucho, para una semana de comidas. Pero temo que la Guajira pueda utilizar el dinero para subir a cualquier bus rumbo a Granada o León. Prefiero no darle ese poder. ¿Encadenarla a la cama? Eso ya lo había leído antes.
De pronto, justo cuando la Guajira se prepara a abandonarme, la lluvia interrumpe sorpresivamente un día de sol espléndido. Las gotas se estrellan en la ventana y licúan el paisaje. Minutos después, al otro lado de la pared, donde antes se habían sentido los golpes del catre, escuchamos discutir a un hombre y una mujer. La pelea se corta por el estallido seco de una bofetada.
Mi abuela me contó una vez que los sueños no se convierten en realidad, pero bien pueden anunciar las tormentas. Sé que sus palabras conllevan algo más trágico y más confuso. La primera vez que la Guajira se cruzó en mi camino, entonces escribía con una buena dosis de odio, de rabia contra un enemigo al que no podía identificar. Siempre quise escribir la gran novela, pero cuando vas madurando te das cuenta que a estas alturas de la vida lo mejor es alegrarse si has llegado a reunir algunas historias buenas. El ejercicio de la literatura para mí siempre ha sido un goce, pero entonces estaba convencido que debía estar al servicio de algo. No se trataba de jugar por jugar nomás. Me sentía llamado a escribir sobre un país donde la guerra se había trasladado de la montaña a las ciudades, y donde los protagonistas de la violencia ya no eran los sandinistas y los contras, sino como al inicio de los tiempos: los ricos contra los pobres. Llegada la democracia, los combatientes de ambos bandos se quedaron oliéndose el dedo. Y dejaron de creer en todo, salvo en su bolsa. Ahora miro a la Guajira y me doy cuenta hasta qué punto ella ha empezado a alcanzar una dimensión simbólica: En la historia rápida que escribí para ella, todos los que se habían enfrentado a balazos por un país ahora se enfrentan en una noche por ella. Había mucha sangre, mucha droga, mucho sexo. ¿Recuerdas Managua Salsa City?. Y todo sucedía aquí, en esta tierra que presume ser la más tranquila de Centroamérica.
Hay una historia mucho más terrible que nadie ha podido escribir. Si la Guajira pone mala cara por haberla llevado a esta habitación, seguramente no le habría gustado nada estar en Guatemala del 79 al 85. Una cosa espantosa: Cacería de intelectuales y universitarios. Desapariciones forzadas, torturas, genocidios en las aldeas, masacres de indígenas. Una cosa de pesadilla, algo que te eriza los pelos. No hay gente más cruel que los conservadores de Guatemala y El Salvador. En comparación, Somoza parecía medio bonachón. Yo me vine para Nicaragua el día que lo mataron, allá en Asunción. Octubre del ochenta. Entonces se celebraba el primer aniversario de la Revolución. Meses antes habíamos salido exiliados para Costa Rica, el destino de la mayoría de los que huían de Guatemala, pero no podíamos trabajar allí. Y del dinero ya te puedes imaginar. Una oficina de las Naciones Unidas para los refugiados nos daba lo necesario para sobrevivir.
El agua de lluvia ha entrado por el balcón, convirtiendo el marrón tenue de la alfombra en un negro profundo. Cierro la puerta, pero la humedad que empieza a inflarnos los pulmones nos grita lo precario de nuestra estancia, la necesidad de pedir ayuda, de salir de aquella madriguera. Recuerdo que al llegar a esta ciudad caía un palo de agua, otro aguacero terrible. Y a fines de mes ya me había contratado la universidad. Entonces me fui integrando a la escuela de español, me iba mezclando con los nicas. Fue así que te descubrí, justo cuando entendía que soy una persona partida en dos, escindida entre ambos países. Ya me voy acercando a la mitad de mi vida de vivir fuera de Guatemala. Ello me convertiría en alguien que no tiene patria, sin embargo, el árbol no niega a la copa, menos sus frutos. Soy un guatemalteco que escribe cuentos y novelas nicaragüenses, pero también soy un nicaragüense que escribe novelas y cuentos guatemaltecos. Soy un centroamericano que sobrevive y se refugia con una mujer de invento. Me basta una mano franca, un pedazo de azul y blanco en el cielo, sus ojos, su sonrisa femenina, y una copa para entrar en calor.

-¿Y si nos regresamos pa’ Guatemala?- ella pregunta.
-No sé pué.
La paranoia es tremenda. Solo después de 15 años regresé del exilio. Invitado a un congreso de literatura. No quería salir de noche. Ni tomar un bus. Ni caminar solo. Ni moverme siquiera. Todavía me da miedo, un miedo distinto al que siento ahora cuando vuelve el dolor. Cuando la herida se abre por dentro y sin embargo, el fluido que corre abajo no es caliente. Es tan frío que me congela el cuerpo. Pero con todo, me acerco hasta el borde de la cama donde ella me espera para encoger mi cuerpo a su lado, buscando su calor para ablandarme. Me siento de pronto flotar dentro de una bañera de agua helada cuando creía que descansaba sobre la deforme espuma. Debí adivinarlo pué, el colchón se había convertido en una enorme esponja después que la lluvia penetrara en la habitación a través de las goteras en el techo. La Guajira se despertó empapada y temblando, sorprendida por la infinidad de filtraciones. Temió enfermarse, ahora que andábamos tan pobres. Y yo me siento impotente y responsable cuando me abraza empapada, temblando. Sentí un escalofrío como si también lloviera dentro de mi cabeza. ¿Quién encontraría a la Guajira si yo no llego a curarme? ¿Qué sería de ella si yo comienzo a descomponerme? El miedo puede colocarse por encima de la imaginación. Te resta, te limita. ¿Cómo componer un techo con goteras, si poco a poco me doy cuenta que ya no puedo levantar un martillo? Pronto, ni siquiera podré golpear las palabras. He debido hacer un gran esfuerzo para imaginar esta habitación. Triturando el castellano con la misma mano con que sostengo el bolígrafo, pienso en cómo sopla el viento en Guatemala para llevarse las nubes cargadas, y recuerdo una imagen tan trillada como la lluvia disolviendo las lágrimas de una mujer. Pero me canso rápido. Pienso que necesito más palabras para discutir con ella, para hacerla salir a la calle, para inventarle una aventura que, por ahora, estoy incapacitado de resolver. Todo se mezcla: La Guajira ha pegado fuerte en las historias donde la gente es radicalmente mala y desesperada y los balazos se escupen de un lado a otro. Ahora quisiera que llorase feliz si un príncipe la despertara resolviéndolo todo con un beso en la boca. Siento el calor e imagino a la Guajira como una consumidora voraz de helados. Me gustaría imaginar su lengua deslizándose sobre la crema. El helado agitaría su calma. La boca se le haría dulce. Comer dulce es también una forma de saciarse, de olvidarse, de mimarse, pienso mientras recuerdo el plato de mi dieta blanda sobre la cama. Levanto la voz para que alguno de mis hijos se los lleve, le pediré que incline el ventilador hacia mis pies, o que me revise el vendaje para ver si no se ha infectado la sutura. Me han sacado el extremo del intestino grueso a través de la pared abdominal y las heces que se movilizan a través de él se vacían en una bolsa adherida al vientre. Felizmente es temporal. Igual de temporal imagino que será lo que pueda servirme del lenguaje. ¿Cuánto tiempo deberé pasar sujeto a esta rutina para olvidar definitivamente las palabras? Cuando alguien llega para atenderme, escondo la historia que escribo antes que la Guajira pueda escapar de la habitación donde la he dejado encerrada. Me pregunto cómo definir el término claustrofobia sin llamarla directamente por su nombre. Imagino sinónimos para la palabra desesperado. Pienso si la haré detenerse en el algún semáforo, si mirará algún cartel, si contemplará alguna vidriera. Le haré repetir una serie de pequeñas acciones hasta encontrar una que desencadene, finalmente, el movimiento de su historia. Secaré su habitación, aspiraré la humedad de la alfombra y mantendré a la Guajira el resto de la tarde apoyada en la baranda de su balcón, observando la calle. Allá afuera ya casi no lloverá, pero algo profundo nos obligará a ambos mantenernos fieles a nuestra estrategia de roedores, arrinconados en una habitación, sacando la cara por la ventana solo para tomar bocanadas de aire fresco.
Uno nunca estará satisfecho con lo que escribe, ni con la vida que ha elegido. La literatura conlleva una lucha permanente con uno mismo, dicen. En mi caso, la pelea se extiende a toda mi familia. Cuando era estudiante del bachillerato, cuando le revelé mi vocación a mamá, me dijo preocupada que los escritores se morían de hambre. Ahora esas lamentaciones se repiten con mi mujer. Que eso no da dinero, que no se cuando podremos vivir como la gente. Yo le digo que espere a que me recupere. ¿Cuándo?, responde ella, ¿cuándo? Hay un momento en que, después de tantas preguntas, tú mismo te cuestionas para qué todo esto. Si escribir no es en verdad una pérdida de tiempo. Lo peor es darte cuenta de que es lo único que tienes. Y sufres por eso. Porque sabes que esto de escribir no lo has decidido tú. Más bien, que tú eres el llamado, el elegido. Y cuando más seguro estoy de ello, la Guajira vuelve a mirarme, como si hubiera recordado el lugar dónde me encontraba en su habitación, como si no pudiera calcular el tiempo en que la he observado en silencio. Entonces me encara preguntándome con las cejas si por fin voy a darle lo que quiere. Me acerco despacio y cuando intento retomar el control de su cuerpo, ella apoyaba suavemente su cabeza en mi pecho. Le acaricio el cabello recordando a los animales pequeños y frágiles, suaves al tacto, que cuidé en mi infancia. Llevo mi boca a la suya y recibe sin chistar la delicada raspadura de mi lengua. Me estiro sobre ella, mi lengua le recorre el cuello, y le muerdo el lóbulo de la oreja, creo que le gusta ese dolor. Mis manos ansiosas, torpes como las de un novato, luchan por desabrocharle los botones. Por eso, ella prefiere desnudarse frente a mí. Mira mi pecho, ya no tengo cicatrices ni una bolsa que cuelga de mi vientre. Soy joven, fuerte, convencido de mi poder. La abrazo y reconoce con sus uñas una espalda ancha y fibrosa. Acaricio sus pechos, los aprieto tan fuerte que la Guajira debe decirme cuidado, me lastimas. Más suave entonces, los lamo,  los muerdo, sujetando sus oscuros pezones entre mis labios. Mis manos dejan de temblar cuando toman firmemente sus nalgas para acercarlas lo más posible hacia mi cuerpo. Creo poder desarmarla como una figura recortable. Ella responde como si estuviera hecha de un material hueco, con partes que se encajaban y desencajan a la perfección. Vuelvo contra la Guajira, la penetro y no quiero soltar este momento. Temo que la mujer que me recibe se desvanecerá si cometo el error de abrir los ojos. Golpeo dentro, inquieto. Allá afuera, Managua sigue aguardando como una novia fea. Cuando nuestro zumbido se hace ensordecedor, me abraza del cuello y chilla feliz.
De regreso del trabajo, al abrir la puerta de casa, mi mujer escucha los gritos que doy con la Guajira. Cruza el enorme jardín a la carrera, esperando lo peor. Cuando corre la cortina estampada de flores que separa el dormitorio de la sala, puede distinguir entre la densa humedad la silueta de un hombre recortado sobre la cama. Soy yo, pero en este momento no me reconozco. Llevo un camisón traslúcido que me hace parecer un fantasma. Ella quita la vista del vendaje y de mis piernas pálidas y delgadas. Me observa callada, como la Guajira al comienzo del cuento. No dice siquiera No te preocupes vos, el doctor dice que vas a estar mejor, como me dice otras veces para animarme. Esta vez, mi posición fetal sobre las hojas manuscritas le asusta de verdad. Entonces sale de la habitación. Puedo escucharla. Por el tiempo que se toma, imagino que ha llegado hasta mi estudio. Abre el último cajón del mueble más inaccesible. Reconozco el chirrido de las gavetas. Cansada de esos papeles garabateados, de escucharme tantas veces pronunciar el nombre de la Guajira mientras duermo, de preguntarme para qué hago lo que hago, regresa a mi lado. Entonces abre la caja que lleva en sus manos, extrae de ella el cigarro y me lo enciende en la boca. Es bueno el tabaco nicaragüense. Entonces se aleja para verme absorber el humo con una necesidad que, seguramente, le conmueve. Me relaja. Disuelve en algo el dolor. Me recuerda el sabor de la salud. Sospecho que después de tantas preguntas que no le respondo, de mantenerme escribiendo porque no sé hacer otra cosa, no es por amor o por solidaridad que ella me devuelve un viejo hábito prohibido. Tampoco por ser obediente al precepto de mantenernos juntos en la salud o la enfermedad. Tal vez, simplemente, siente lástima porque no puedo terminar esta historia. 

Monday, November 11, 2013

Rossana Sala Estremadoyro

Abogada egresada de la Universidad de Lima. Con Maestría en Derecho de Empresa de la Universidad Politécnica de Madrid. Idiomas: español, inglés y alemán. Vivió nueve años en Caracas, Venezuela y uno en San Antonio, Texas, Estados Unidos de Norte América. Desde el año 2010 reside en Lima, donde ejerce su profesión. 
Ha participado en diferentes cursos de narrativa dictados por escritores peruanos como Alonso Cueto, Iván Thays y José de Piérola.  Es colaboradora de la revista deportiva Running News. Algunos de sus cuentos han sido publicados en España, en los  libros Relatos de Viaje Moleskin 2012 (Cuento Murano de Todos los Colores, Casi)  y Relatos de Viaje Moleskin 2013 (Cuentos: ¡Y qué podía decir? y ¿Serían Llaves azules?).   En internet mantiene desde el año 2008 el blog llamado Rodando entre Líneas, en el que publica algunos de sus relatos, cuentos y poemas: (http://rodandoentrelineas.wordpress.com/).





NO VAYA A DESPERTAR A LOS CABALLOS

Creí que sería un martes cualquiera. Un día de primavera, de esos interminables, como lo son todos en la escuela.
—Seguro que hoy otra vez nos llevarán a jugar en el pozo de arena —supuse al levantarme esa mañana y verme de pronto en el salón de clase, entre treinta niñas que hacían alboroto y el tamborcito de la profesora que intentaba poner orden.  
—¡Niñas! ¡Kindern! —nos llamó la maestra con esa voz tan delgada como su propio ser. Llevaba puestas sus toscas y ruidosas sandalias, el vestido gris de cada día y la sonrisa matinal que casi nunca usaba, coronada por un moño de algún tipo de pajarraco peludo que hasta ese momento yo no lograba identificar.
 —¡Niñas a formar dos filas! —nos insistió con el ruido estridente del silbato negro que, como amuleto, llevaba siempre amarrado al cuello. —¡Pobres sus hijos! —me compadecí, mientras  imaginaba la vida en su casa y corría a tomar mi lugar, el número trece, de acuerdo a la profesora, al fastidioso golpeteo de su tamborcito y a ese sonido penetrante que nos robaba libertad.
—Vamos a salir del colegio. ¡Caminaremos!  Veremos algo especial  —nos anunció.
—¡Sí, Frau! —le contestamos a coro. Debíamos llamarla Frau,  como nos advirtió desde el primer día de clase.  —Así se dice “señora” en alemán —nos había explicado.  
Aunque estábamos inquietas, nos agradaba la idea de por fin poder hacer algo diferente. No sería un martes de arena.
Entre risas escondidas y pasos apretados empezamos el recorrido bajo el sol. Cada niña debía tomar de la mano a otra. El olor a campo me hacía recordar los desayunos en casa de mi abuelo. No sé porqué. Quizás tenía hambre.
—¡Cantemos! —nos ordenó la Frau sin darnos a conocer aún nuestro destino. Con la esperanza de que Erika, la niña que sujetaba mi mano para que no me escape,  haya estado más atenta que yo al iniciar esa mañana, le pregunté a dónde íbamos. —No sé —me susurró. —¡Silencio! —nos interrumpió la profesora utilizando solo su típico ceño fruncido y haciendo una indicación con el dedo índice sobre sus labios serios y casi imperceptibles.
Después de cinco o seis canciones, de esas que repiten y repiten las mismas palabras, nos detuvimos frente a un cerco. Era bastante alto, lo que hacía imposible ver detrás de él. Al ritmo de las notas musicales y del tamborcito de la Frau, avanzamos curiosas hacia un viejo portón de madera, para poder ingresar así al lugar que tanto nos había intrigado. En un instante nos encontramos frente a gigantescos árboles y entre ellos vimos inmensos caballos engullendo las hierbas que crecían verdes por todas partes. Mientras ignoraban nuestra presencia, movían sus hocicos dibujando con ellos un cuadro perfecto que, maravilladas y en silencio absoluto, no podíamos dejar de contemplar. Los caballos andaban orgullosos. Sus músculos les delineaban los cuerpos. Finalmente un pequeño potrillo negro y travieso, se animó a echarnos un vistazo. —Esto es extraño —creería el animal,  al toparse en su camino con tantas caritas embobadas, una al lado de la otra, todas vestidas de azul y tomadas de las manos.
En ese mágico momento ella, la Frau, empezó a hablar.
La miré asustada al oírla decir que pongamos mucha atención a todo, ya que al día siguiente deberíamos dibujar lo que habíamos visto.
¡Caímos en su trampa!
Jamás volví a extrañar como aquel día, los rutinarios martes del colador de arena.
Nos alejamos de los caballos. Preocupada, traté de descubrir detalles a mi alrededor que me pudieran servir para poder cumplir con esa tarea tan injusta.
Cruzamos el cerco y avanzamos por un estrecho camino de piedras mientras volvíamos a entonar algunas canciones que ya no quería  escuchar.  El día siguiente. Para mí sólo existía el día siguiente.
Mis padres deben recordar sin agrado, y no los culpo, la tragedia de esa tarde en casa. Entre sollozos y desgarradores llantos,  traté de explicarles mi angustia por no saber dibujar caballos perfectos. Por no saber dibujar caballos. Por no saber dibujar.
En revistas, libros y folletos, buscamos figuras para practicar mis trazos.
Fuimos a un quiosco cercano. Ante mi insistencia, llegamos también a otros más alejados, con la esperanza de conseguir algo que me ayude. Además de chocolates y una deliciosa paleta de caramelo de siete sabores, nada me servía.
Esa noche no dormí bien. Me dediqué a pensar, a dar vueltas en la cama y picotear los chocolates que con especial cuidado había escondido bajo mi almohada. Supuse que me podrían inspirar.
Pocos días después, mi madre y yo fuimos citadas por la Frau.
—¡Esto es lo que ha pintado su hija in der Klasse! —vociferó en su áspero español revuelto con alemán mientras señalaba mi obra de arte—. ¡Una línea horizontal, un poco de hierba y el sol! ¡Nada más! ¡Cuando le pregunté a su niña por los caballos, ella me explicó que estaban detrás del cerco y que por eso no podían verse!  ¡Esto es inaceptable! ¡Nein! ¡Nein! ¡Nein
Y yo allí, tan chiquita, me quedé muda frente al ceño fruncido y el moño de pajarraco peludo que empezó a alborotarse como el de una cacatúa desquiciada. —¡Por fin pude descifrar el animal! —caí en cuenta inoportunamente.  —¡Nein! ¡Nein! ¡Nein! —volvió a repetir la profesora mientras la rabia que invadía sus venas la hacía cambiar de colores. En medio de esa confusión, noté que mi madre tampoco me quería dejar escapar al sentir que me sujetaba con una fuerza inusual en ella y cuando estaba a punto de echarme a llorar de espanto, la vi levantar la mano, acercar lentamente el dedo índice hasta casi tocar sus labios, para inclinar luego el rostro hacia mi obra de arte y con la  dulzura y elegancia que siempre tuvo,  le murmuró a esa mujer tan severa:

 —Cuidado —le dijo—. No levante mucho la voz. No vaya a despertar a los caballos.

Thursday, July 25, 2013

Jorge Valenzuela Garcés

Jorge Valenzuela Garcés (Lima, 1962) es uno de los más destacados integrantes de la generación de narradores peruanos de los ochenta. Sus cuentos han sido premiados en  concursos nacionales  como el COPÉ y el José María Arguedas. 
Ha publicado cuatro libros de cuentos Horas contadas (1988), La soledad de los magos (1994), La sombra interior (2006) y Juegos secretos (2011). Sus cuentos figuran en las principales antologías nacionales de cuento.
Doctor en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Complutense de Madrid, ciudad en la que residió durante cinco años. Ha publicado un Manual de Literatura Hispanoamericana (2009) en dos volúmenes, El mundo de los clásicos (2010) y (2012) y artículos de su especialidad en revistas peruanas y del extranjero. 
Sus investigaciones se relacionan con  la literatura peruana del siglo XIX, la narrativa hispanoamericana del postboom, la teoría de la ficción y la obra novelística de Mario Vargas Llosa.
Actualmente se desempeña como profesor principal de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Desde hace quince años dirige el Taller de Narración en esa misma universidad. Es, además, editor general de la revista Letras, dedicada a la investigación humanística.

EL SECRETO DE MARION

Reunió con prisa el equipaje de mano que llevaba disperso en el asiento adyacente al suyo y, nerviosamente, dejó caer a sus pies el manojo de cartas que descansaba en su regazo. En la cuarta división del vagón de pasajeros sólo había viajado ella y un hombre de rostro apagado.
Al acomodarse sobre el hombro la correa de la cartera, se sintió fatigada. Deslizó la mirada a través de las ventanillas del vagón y pudo reparar en un largo cartel de bienvenida. Levantó la maleta comprimiendo todo su cuerpo, se encaminó hasta la portezuela que comunicaba con la división contigua y la traspuso revisando el recinto vacío que dejaba detrás. Rápidamente pudo llegar hasta la puerta de salida y descendió con precaución ayudándose en un recodo del pasamano. De pie en el andén, distinguió un conjunto de bancas dispuestas en hilera con plazas disponibles, se acercó hasta ellas y finalmente se derrumbó, liberando la tensión de sus músculos. Momentos después, el andén quedó flotando en el vacío, barrido por el silencio de los que abandonaban el lugar sin contemplar el rastro de humo pardo y negruzco que regaba la locomotora a su paso. Levantó su equipaje, se dirigió hasta la entrada de la estación y desde allí pudo advertir el sofocante tráfico  que rebalsaba por la calle que corría frente a ella. Descendió los escalones de mármol de la entrada y divisó el reloj de metal incrustado en lo alto de un viejo edificio. Alisó sus cabellos y comenzó a caminar calmadamente hacia el terminal de taxis. Sin embargo, una lejana duda la asaltó haciéndola girar el rostro sin poder disimular una oscura incomodidad. Se detuvo unos segundos a pensar, atinó a coger su manojo de cartas y prosiguió su camino. “Me necesita”, se dijo, “lo sé”.

                               *

El taxi se detuvo frente a una casa con amplios jardines exteriores, grandes ventanales obstruidos por un espeso cortinaje y fachada totalmente envejecida. El terreno en el que estaba enclavada era amplio y podía adivinarse un jardín posterior. Frente a ella, la mujer pudo intuir las causas de un descuido tan evidente y permaneció contemplando la maleza que había invadido los bordes de la entrada. Después de unos instantes más, se acercó hasta la verja de media altura que cercaba el frente y liberó el pestillo por dentro.
Se dirigió a la puerta para tocar. A los pocos segundos, la silueta de un hombre de mediana estatura, con los rasgos de la vejez marcados en los pliegues del rostro y en la profusa canosidad de sus cabellos, se recortó en el vano. Su rostro ostentaba una barba de varios días, sonreía con dificultad y un aliento a alcohol se desprendía de su boca. Luego de un prolongado abrazo, ambos se limitaron a guardar silencio. El hombre levantó la maleta, la miró fijamente a los ojos e ingresaron al recibidor.
-Marion...- dijo el hombre en tono explicativo, después de cerrar la puerta.
     Sin mediar palabra, la mujer lo tomó del hombro, levantó el índice hasta tocarle los labios en señal de silencio y se recostó sobre su pecho. El hombre la rodeó con sus brazos y le besó los cabellos con ternura. Inmediatamente después, la condujo hasta la sala con pasos indecisos y le rogó que lo esperara mientras subía las maletas. La mujer permaneció con las manos cruzadas observando el juego mecánico de un reloj atrapado en una urna de cristal hasta que el hombre estuvo nuevamente frente a ella.
-Me has faltado tanto, Marion- dijo, tomándola de las manos-. Y tenemos tanto de qué hablar. Bueno, llegas justo para la cena-. La condujo hasta el comedor, cruzándole el brazo por encima del hombro y le mostró la mesa. Cogió nuevamente su vaso de whisky que reposaba en ella-. ¡Esto hay que celebrarlo! Sólo debes esperar un par de minutos–agregó-, un par de minutos.
La mujer asintió con la cabeza y dibujó un gesto cansado con los labios.
-Está bien –dijo-. Antes quisiera reposar unos minutos-. Se liberó suavemente, enrumbó hacia las escaleras y agregó-: Tú también me has hecho falta, ¿lo sabías?, mucha falta.

                                *

Al abrir la puerta de su habitación, algo extraño se apoderó de ella. Un aliento fresco escapó discretamente hasta inundarla y se sintió envuelta en una atmósfera que iba reconstruyendo con recuerdos vivos. Dio unos cuantos pasos, se detuvo bajo la lámpara de centro y advirtió, al girar, que los objetos y la disposición de los muebles no había cambiado. La habitación era grande y estaba impecablemente conservada. Se acercó al armario y pudo comprobar, como lo sospechaba, que su ropa y la que había heredado de su madre se mantenían como antes, protegidas del polvo gracias a unas cubiertas de plástico. “Nada ha cambiado”, pensó. Descolgó un vestido con cuidado, un largo vestido de noche nunca usado por ella y comenzó a bailar con él en suaves evoluciones. Entonces recordó el rostro de su madre y su espléndida belleza. Su esbelta figura y su voz sensual, su presencia que llenaba toda la casa, la distancia que se había hecho cada vez más difícil de sobrellevar.
Inesperadamente se volvió hacia el espejo que reposaba sobre el tocador y pudo advertir que un inocultable gesto de dolor habitaba su rostro. Trató de evitarse, pero se sintió atrapada en los contornos de su propia imagen. Ahora podía ver el color artificial de sus cabellos y las opacidades de su piel. Se acercó más al espejo sosteniendo una mirada obsesiva y se mantuvo observando unos minutos el vestido de luces de su madre,  apreciando la delicadeza del talle, el hermoso perfil del corte. En una reacción automática, arrojó el vestido al piso, cerró los ojos y se sintió invadida por una profunda amargura. Al instante se dirigió hacia la puerta de la habitación, cogió la perilla con firmeza y cerró con llave cuidando de no hacer ruido. Volvió a la cama buscando reposo, se extendió sobre ella relajándose y logró con esfuerzo que una suave marea comenzara a mecerla en un concierto pausado, lento. Vinieron a ella soleadas tardes en una playa solitaria y el sonido de las olas que rompían en la orilla y que se extendían hasta besarle los pies. El ocaso de un sol moribundo, el espigón que levantaba una lluvia tupida cuando el mar se estrellaba contra él, y el rostro de su padre, iluminado por la luz de una pequeña lamparilla dentro de una carpa de lona. Sí, podía recordarlo todo con claridad y verse ahora recostada sobre su cama, las piernas extendidas, la ropa desencajada, las manos intranquilas. Rápidamente se incorporó negando con la cabeza y se acercó a la ventana frotándose los ojos. Vio entonces cómo el atardecer invadía la calle tendiendo un manto pardo que envolvía a los árboles y casas. Autos que se desplazaban con los faros encendidos y los postes de alumbrado apresurando el anochecer con la luz que arrojaban sobre la avenida. Apartó la mirada, buscó su cartera con vehemencia, extrajo un pequeño espejo y se comenzó a maquillar. Abanicó los párpados suavemente, retocó el color de su piel y liberó un gesto sensual. “Necesito tranquilizarme”, pensó. Se acercó hasta la maleta, la tendió sobre la cama y sacó una chompa. Se la colocó removiendo los costados corridos a un lado y se volvió al espejo. Finalmente, se devolvió una sonrisa mirándose a los ojos y salió de la habitación.
-Todo está bien, Marion –se dijo-. Todo está bien.

                               *

La mesa estaba puesta y había fuego en la chimenea. Una frutera con manzanas y damascos y una botella de vino tinto con dos copas de cristal labrado sobre el mantel blanco. Servilletas brocadas. El hombre había recogido las arpilleras que se extendían sobre las mamparas que comunicaban con el jardín interior y miraba hacia él sentado en un amplio sofá con un nuevo trago en la mano. En la mesa también había dos velas encendidas.
-¿Marion?- interrogó sin volverse, al escuchar unos golpes agudos que descendían por la escalera. La mujer apresuró el paso y, en unos segundos, pudo dominar completamente los ambientes. Observó la mesa del comedor y se hizo vivo un lejano recuerdo de su madre. Se encaminó silenciosamente hacia las espaldas del hombre, le vendó los ojos con alegre disfuerzo y preguntó risueña:
-¿Quién soy?
El hombre dejó el vaso a un costado, colocó sus dos manos con suavidad sobre las de ella y pronunció su nombre pausadamente. Luego se devolvió la visión apartándose las manos y se mantuvo en silencio, con la mirada fija en el jardín.
-Marion –dijo de pronto-. ¿Vienes a vivir nuevamente conmigo, no es cierto?
La mujer le estrechó las manos en un impulso incontenible rodeándolo por el frente y trató de levantarlo del sofá.
-¡Vamos! –dijo evasiva- ese jardín no está nada bien. Además la mesa luce divina-. Estrechó aún más las manos del hombre y recostó sus ojos en los de él.
-Recibí tus cartas. Sé que todo será diferente desde ahora.
Al instante, el hombre se levantó del sofá y bajó la mirada.
-Esas velas se están consumiendo –dijo la mujer-. Además ya tengo hambre-. Él le devolvió una sonrisa.
Llegaron hasta la mesa y se sentaron frente a frente. El hombre comenzó a servir el vino.
-He dejado mi trabajo por ti- dijo la mujer, observando el color granate que teñía las copas. El hombre detuvo el flujo del líquido y fijó la mirada en ella por unos segundos. Luego continuó sirviendo.
-Vivir sólo es algo complicado –dijo-. ¿No lo crees?
-Lo sé -respondió la mujer.
Terminó de servir el vino, colocó nuevamente la botella junto a la frutera y levantó su copa.
-Brindo por ti, Marion –dijo-. Por ti.
-Yo brindo por nosotros.
Acercaron sus copas para el brindis y bebieron todo el contenido.
-Tu madre adoraba esta mesa -dijo el hombre, con nostalgia-. ¿Lo sabías? Siempre que había algo que celebrar, ella se apresuraba en recordarme las cosas que no debían faltar. Hoy  debes comprar damascos y manzanas, decía. ¡Y no olvides el vino! Sí -continuó fascinado-, puedo imaginarla aquí, frente a mí, liberando el humo de su cigarrillo con elegante indiferencia, observándome con amor, levantando su copa para mí, envolviéndome con el deseo que brotaba de sus ojos. Marion, su belleza, su forma de quererme...
De improviso el hombre suspendió la fuerza de sus palabras y permaneció con la mirada incrustada en el fulgor de las velas, alejado completamente por el recuerdo, absorbido por el pasado. La mujer lo observaba.
-Marion- dijo después de unos segundos, visiblemente desolado-. ¿Vienes a quedarte conmigo, no es verdad? ¡Te he necesitado tanto!
La mujer respondió con una ambigua sonrisa insinuada en el apagado color de sus ojos y reclinó la cabeza. El hombre se sintió desconcertado y solo atinó a insistir.
-Marion, ¿tengo que volvértelo a pedir?
En ese momento la mujer recordó las cartas y el impulso ciego que la había empujado a regresar, las palabras envueltas en un clamor que se volvía plegaria y la visión de su propia vida, apartada, reducida al consuelo de los recuerdos. “Todo volverá a ser como antes”, pensó, “estoy segura”. Finalmente, levantó el rostro y preparó cada una de las palabras en su mente:
-No –respondió-. No tienes que hacerlo. Ahora mejor comamos. Ambos necesitamos descansar.

                                *

Esa noche no pudo retener el sueño. “Me necesita”, se repetía y en esa constatación depositaba mucho de lo que ella ambicionaba en realidad. La seguridad que le proporcionaban sus deducciones, luego de la primera conversación con su padre, después de muchos años, le demostraban que no había cometido un error al volver. Las cartas parecían haberlo dicho todo. ¿Había algo más que agregar? Sabía bien que las palabras cuando no ayudaban confundían los deseos. ¿Por qué no dejar que las cosas se desenvolvieran con naturalidad? El recuerdo de su madre la perturbaba, no obstante había aprendido a vivir con él. Lo aceptaba y estaba segura de  que era mejor que las cosas marcharan así. No debía ignorarlo por ningún motivo.
Los días que siguieron a su regreso los ocupó en el aprendizaje de las nuevas costumbres de su padre sin descuidar el menor detalle. Intentó descubrir lo que había detrás de cada uno de sus actos y de las largas miradas que sostenían cuando el vacío comenzaba a rondar alrededor de ellos.
Fue así que progresivamente, y para sorpresa suya,  comprobó que su padre era un ser más complejo que el que había abandonado algunos años atrás. Alguien a quien creía conocer y que, sin embargo, empezaba a sentir lejano, distante en los momentos en los que  alentaba la intimidad propicia para el diálogo abierto y sincero. No lo podía entender. A pesar de todo, cada día albergaba secretamente la posibilidad de que sólo se trataran de suposiciones suyas.
Con el paso del tiempo, todo comenzó a ser monótono de una forma inevitable y  se sintió envuelta en el fantasma del error. Sin embargo, el compromiso había sido sellado y no había forma de retroceder. Sabía, también, que una fuerza ingobernable la impulsaba a detener el dolor instalado en su vida. Esta era su única oportunidad. Debía insistir.
Inicialmente se había detenido en la posibilidad del cambio. Su vida hasta entonces se había reducido a ciertos momentos de alegría dispersos en la memoria, sumidos en el sopor de la tristeza y la soledad. Volver a casa significaba el reencuentro con lo único que poseía.
No esperaba que su padre volviese a vivir como cuando su madre vivía. Sabía bien que esa muerte había motivado mucho de lo que ella veía a su alrededor, pero conservaba la esperanza de que todo fuera diferente y se diera paso al olvido. Ambos, en el fondo, habían alimentado sus días con recuerdos, de esa forma el contacto interrumpido durante años había levantado entre los dos un muro infranqueable. Fue entonces que comprendió que las cartas podían reducirse a un llamado desesperado, un último llamado del que no podía, a pesar de todo, estar segura.
Como era previsible, llegaron las primeras cartas de sus amigos del trabajo pero no las respondió. Confirmaba al remitente con un gesto de indiferencia y luego las rompía sin abrirlas. Cuando se cumplió un mes de su regreso y su padre se convirtió en una sombra incrustada en el recuerdo de su esposa, el diálogo se interrumpió y ella pasó a convivir consigo misma, como lo había intuido desde el principio sin aceptarlo. Entonces las dudas crecieron hasta inundarlo todo y ella se sintió prisionera de un destino que no se merecía. Sin embargo, de algo estaba segura: no se sometería sin oponer una férrea resistencia. Era lo único que podía pedir. Debía encontrar esa única salida que la ayudara a reconstruir todo lo que el tiempo había destruido desde la muerte de su madre.
Comenzó a detenerse en sus recuerdos con más cuidado sin dejar escapar el menor indicio, sin dejar de vivirlos en la intensidad adecuada. Recuerdos lejanos, apagados, volvían a instalarse en ella, a ser parte de su vida cotidiana. Pronto entendió que debía compartirlos con su padre y que esa podía ser, después de todo, una opción de vida. Encontró entonces un reducto transparente que podía unirlos y que se mostraba favorable. En algún momento pensó que podía vivir así, si seleccionaba sólo lo positivo y si se hacían vida intensa los recuerdos más hermosos. Sin embargo, se detuvo a combatir su propia resignación y a demostrarse que ése sería sólo un escape, que la vida la tentaría en todo momento con un ansia creciente hasta que todo volviese a repetirse desde el principio, como cuando ella tomó la determinación de marcharse. A menudo regresaba a las cartas y hurgaba exhaustivamente en cada una de las palabras que la habían impulsado a regresar. Comprobaba que la soledad envolvía cada uno de los ruegos de su padre y que era verdad, finalmente, que la necesitaba. No cabía duda. Pero, ¿cómo la necesitaba? ¿La quería como una sombra a su costado recogiendo sus pasos hasta la muerte?
“Cambiar a veces resulta más difícil que aprender a vivir”, se decía. No le exigiría que sepultase el recuerdo de su madre. Sabía bien que esa era la única razón que podía mantener a su padre con vida y que por encima de todo debía cuidar esa manera de estar conectado con la realidad. El recuerdo era opresivo, por cierto, y nada se podía contra él. Su madre flotaba en el ambiente y todo lo que los rodeaba era la extensión de ella, de su delicadeza, de su gusto, de su inteligencia, de su amor.
Los días siguieron demostrándole a cada momento que las posibilidades del cambio se diluirían si seguía alimentando esa forma de vida. Debía tomar una decisión. Durante noches enteras barajaba todas las posibilidades que su imaginación podía producir. En ese punto la dependencia de su padre frente al alcohol se había hecho más profunda. Todo hacía parecer que él sólo había esperado su regreso para que finalmente comenzara a entregarse a la autodestrucción con mayor libertad. ¿Acaso quería que ella fuera testigo de eso?
A veces se sentía como una mujer injustamente encerrada en una estrecha prisión.
Debía tener la compañía de alguien. Esa sería la única salida. Debía, por todos los medios accesibles, volver a intentarlo todo desde el principio. Olvidar quién era, pensar en la felicidad como una obligación consigo misma, no retardar el menor esfuerzo. Actuaría de acuerdo con sus instintos. No los traicionaría en ningún caso. Sentía bullir en ella diversos sentimientos confusa y hasta contradictoriamente. Debía ordenarse. Sin embargo, estaba segura de algo: debía amar, arrancar de sí el dolor, la amargura que habían hecho de ella un ser hasta cierto punto artificial. Comenzó a preocuparse de su apariencia. Rescatar su belleza apagada, el natural esplendor heredado de su madre. Establecer un pacto de belleza, volver a desarrollar su amor propio sepultado por una excesiva preocupación frente al mundo exterior.
Pronto descubrió el encanto de sus ojos y cierta efervescencia que brotaba de ellos cuando sonreía. La misma sonrisa de su madre. La juventud la había abandonado, era cierto, pero la imagen de una mujer digna se sostenía en cada uno de sus gestos. Había escogido la soltería como una posibilidad  entre otras y sabía que eso le había dado en su momento la fuerza que ahora sentía ajena por completo. Debía recuperarla. Haber vivido tanto tiempo sola, después de todo, resultaba ser una prueba de valor y las lecciones que había aprendido no eran nada desdeñables. Sin embargo, sentía un profundo temor de entregarse a alguien por completo. No había amado a nadie con la certeza que da el amor cuando es verdadero y de nada servía esa seguridad que recordaba más como una actitud defensiva que como la afirmación de una persona en el sentido pleno. Se sentía, a pesar de todo, desprotegida, completamente sola en un mundo que la atemorizaba. Quería estar segura del camino por el que transitaba, ansiaba una vida sin temores.
Una noche, después de largas meditaciones, pensó que huir sería la única salida. Abandonarlo todo, olvidar las razones que la habían impulsado a volver, pensar que todo había sido un error y que no cometía ninguna falta si abandonaba a su padre a una suerte que ella no había alimentado ni con el pensamiento.
Meditó sobre el futuro de ambos, nuevamente separados, y sobre la imposibilidad de una vida futura fundada en la tranquilidad. Sabía que le pesaría por el resto de sus días el haber tomado una decisión así. No obstante, ahora se manifestaba con más fuerza el ánimo que la había llevado a hacer  ciertos cambios. Había recuperado el amor propio y conquistado una defensa contra la infelicidad que no la convertían en otra mujer, pero que la dotaban de una ansiada seguridad, nueva, vigorosa. No se trataba tampoco de engañarse de manera que todo quedara arreglado por obra de un egoísmo que no sentía. Sólo se trataba de entender. Sin embargo empezó a sentir un miedo incomprensible a sí misma, a lo que sería capaz de hacer por ser feliz. El proceso de destrucción de su padre se había iniciado y todo hacía parecer que era irreversible. Lo intentó todo y todo fue inútil ¿La había engañado entonces? ¿Alentó su regreso sólo para que alguien fuera testigo del horror que había significado para él perder a su esposa? Se sentía capaz de todo. De dejar encerrado a su padre en las cuatro paredes de esa casa que volvía a convertirse en un escenario de triste recuerdo, de marcharse en cualquier momento, de maldecir mil veces a la vida, a su padre y a sí misma, por creerse capaz de lo peor. Una rabia incontenible la invadía, un deseo de no estar viva.
Habían pasado dos meses de su regreso y ya no le quedaban dudas de lo que sería de ella en adelante. El desaliento le había ganado la partida. Poco a poco  fue entregándose al abandono total hasta que no tuvo reparos consigo

                               *

La noche se había desplomado sin dar tregua a los últimos reflejos de la tarde. Ella apenas si lo pudo notar. Había comenzado a beber, como en los últimos días, en busca de sosiego. Recostada sobre el sillón que miraba hacia la calle, dejó que la botella de vino que tenía entre las manos fuera destilando su contenido en un vaso pequeño. Inicialmente había tratado de distender la habitual presión que sentía en su cabeza, pero esta vez se había sentido en un suave confort. Se sentía relajada.
Pensó en su padre y lo imaginó como ella; entonces creyó compartir con él un reducto íntimo e impenetrable y que ahora comprendía en toda su magnitud. “¿Por qué sufrir?”, pensó. Volvió los ojos hacia la calle a través de las cortinas y distinguió con claridad a un hombre joven  que se alejaba apresuradamente. Nada cambiaría, lo sabía bien.
Sin premeditación se incorporó dejando la botella sobre el velador y se acercó a correr la cortina. Quería estar sola. Sus movimientos eran lentos, difíciles. Por un instante el vaso dudó en sus manos, cayó al suelo y se rompió.
-Estoy hecha una ruina -maldijo.
Estuvo a punto de llorar, pero se contuvo. Trató de reunir los pedazos rotos ayudándose con los pies, pero abandonó la tarea. Con dificultad pudo acercarse hasta su cama y se extendió sobre ella. Se sintió pesada, inútil. Volvió sobre cada uno de los objetos de la habitación con extraña admiración, como si todo fuese desconocido. Su mirada tropezó con el tocador, con los sillones, con la lámpara de centro, hasta que se detuvo en el armario. Recordó entonces con una fuerza incontenible el primer día de su regreso, la imperiosa necesidad de volver a su habitación, de verlo todo nuevamente, de comprobar lo que había intuido en muchos años.
Se sintió poseída de una profunda certeza y tuvo miedo. Se incorporó nuevamente, corrió hasta el armario y tiró de las puertas con violencia. El vestido de luces y el reflejo de las lentejuelas se estrellaron contra ella. Todo volvía a repetirse. Sin embargo, esta vez lo descolgó con cuidado y lo extendió sobre la cama. Ahora, todos sus movimientos escapaban a su voluntad. Lentamente comenzó a desvestirse hasta quedar totalmente desnuda. Se dirigió al espejo, observó sus senos, deslizó las manos  por su cintura y se acarició el sexo. Volvió hasta la cama, levantó el vestido y se introdujo en él. Corrió el cierre escondido a un costado de la prenda y volvió a ver su reflejo en el espejo. Recordó el rostro de su madre y se llevó las dos manos al rostro. Comenzó a caminar por la habitación impulsada por una ansiedad indominable y volvió a la botella. La cogió con imperiosa necesidad, se la llevó a la boca y bebió un largo sorbo. Se dirigió hasta la puerta de la habitación. Cuando estuvo frente a ella sintió temor, un temor antiguo. Sin embargo, la abrió decididamente y la traspuso a pesar de todo, maldiciendo, negándose a sí misma. Todo era una confusión. Dejó la botella en el inicio de la escalera y comenzó descender los altos escalones. Algo le había dicho que su padre se encontraba en su habitación. Bajó al bar y cogió dos vasos. Luego se dirigió a la cocina, abrió el refrigerador y sacó un par de hielos. Volvió al bar, los introdujo en los vasos, agregó whisky y tomó una bandeja plateada. Colocó los vasos sobre ella y se dirigió a la habitación de su padre.
Ayudándose con una mano pudo abrir la puerta. Todo estaba oscuro. Encendió la luz. Entonces pudo verlo. Su cuerpo estaba extendido sobre la cama y sostenía un vaso a medio consumir. La mirada incrustada en el cielo raso. Dejó la bandeja en la mesa de noche, se acercó hasta él y lo tomó de la mano. Su padre le devolvió la mirada y sonrió, pero sus ojos estaban totalmente extraviados. Ella le acarició la frente y, sin poder evitarlo, lo besó en los labios. Luego comenzó a desabotonarle la camisa.
-Ahora ya no estaremos solos- dijo, segura de sí misma-. No más.

Se acercó hasta la puerta, la cerró y presionó el interruptor de luz.