Thursday, July 25, 2013

Jorge Valenzuela Garcés

Jorge Valenzuela Garcés (Lima, 1962) es uno de los más destacados integrantes de la generación de narradores peruanos de los ochenta. Sus cuentos han sido premiados en  concursos nacionales  como el COPÉ y el José María Arguedas. 
Ha publicado cuatro libros de cuentos Horas contadas (1988), La soledad de los magos (1994), La sombra interior (2006) y Juegos secretos (2011). Sus cuentos figuran en las principales antologías nacionales de cuento.
Doctor en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Complutense de Madrid, ciudad en la que residió durante cinco años. Ha publicado un Manual de Literatura Hispanoamericana (2009) en dos volúmenes, El mundo de los clásicos (2010) y (2012) y artículos de su especialidad en revistas peruanas y del extranjero. 
Sus investigaciones se relacionan con  la literatura peruana del siglo XIX, la narrativa hispanoamericana del postboom, la teoría de la ficción y la obra novelística de Mario Vargas Llosa.
Actualmente se desempeña como profesor principal de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Desde hace quince años dirige el Taller de Narración en esa misma universidad. Es, además, editor general de la revista Letras, dedicada a la investigación humanística.

EL SECRETO DE MARION

Reunió con prisa el equipaje de mano que llevaba disperso en el asiento adyacente al suyo y, nerviosamente, dejó caer a sus pies el manojo de cartas que descansaba en su regazo. En la cuarta división del vagón de pasajeros sólo había viajado ella y un hombre de rostro apagado.
Al acomodarse sobre el hombro la correa de la cartera, se sintió fatigada. Deslizó la mirada a través de las ventanillas del vagón y pudo reparar en un largo cartel de bienvenida. Levantó la maleta comprimiendo todo su cuerpo, se encaminó hasta la portezuela que comunicaba con la división contigua y la traspuso revisando el recinto vacío que dejaba detrás. Rápidamente pudo llegar hasta la puerta de salida y descendió con precaución ayudándose en un recodo del pasamano. De pie en el andén, distinguió un conjunto de bancas dispuestas en hilera con plazas disponibles, se acercó hasta ellas y finalmente se derrumbó, liberando la tensión de sus músculos. Momentos después, el andén quedó flotando en el vacío, barrido por el silencio de los que abandonaban el lugar sin contemplar el rastro de humo pardo y negruzco que regaba la locomotora a su paso. Levantó su equipaje, se dirigió hasta la entrada de la estación y desde allí pudo advertir el sofocante tráfico  que rebalsaba por la calle que corría frente a ella. Descendió los escalones de mármol de la entrada y divisó el reloj de metal incrustado en lo alto de un viejo edificio. Alisó sus cabellos y comenzó a caminar calmadamente hacia el terminal de taxis. Sin embargo, una lejana duda la asaltó haciéndola girar el rostro sin poder disimular una oscura incomodidad. Se detuvo unos segundos a pensar, atinó a coger su manojo de cartas y prosiguió su camino. “Me necesita”, se dijo, “lo sé”.

                               *

El taxi se detuvo frente a una casa con amplios jardines exteriores, grandes ventanales obstruidos por un espeso cortinaje y fachada totalmente envejecida. El terreno en el que estaba enclavada era amplio y podía adivinarse un jardín posterior. Frente a ella, la mujer pudo intuir las causas de un descuido tan evidente y permaneció contemplando la maleza que había invadido los bordes de la entrada. Después de unos instantes más, se acercó hasta la verja de media altura que cercaba el frente y liberó el pestillo por dentro.
Se dirigió a la puerta para tocar. A los pocos segundos, la silueta de un hombre de mediana estatura, con los rasgos de la vejez marcados en los pliegues del rostro y en la profusa canosidad de sus cabellos, se recortó en el vano. Su rostro ostentaba una barba de varios días, sonreía con dificultad y un aliento a alcohol se desprendía de su boca. Luego de un prolongado abrazo, ambos se limitaron a guardar silencio. El hombre levantó la maleta, la miró fijamente a los ojos e ingresaron al recibidor.
-Marion...- dijo el hombre en tono explicativo, después de cerrar la puerta.
     Sin mediar palabra, la mujer lo tomó del hombro, levantó el índice hasta tocarle los labios en señal de silencio y se recostó sobre su pecho. El hombre la rodeó con sus brazos y le besó los cabellos con ternura. Inmediatamente después, la condujo hasta la sala con pasos indecisos y le rogó que lo esperara mientras subía las maletas. La mujer permaneció con las manos cruzadas observando el juego mecánico de un reloj atrapado en una urna de cristal hasta que el hombre estuvo nuevamente frente a ella.
-Me has faltado tanto, Marion- dijo, tomándola de las manos-. Y tenemos tanto de qué hablar. Bueno, llegas justo para la cena-. La condujo hasta el comedor, cruzándole el brazo por encima del hombro y le mostró la mesa. Cogió nuevamente su vaso de whisky que reposaba en ella-. ¡Esto hay que celebrarlo! Sólo debes esperar un par de minutos–agregó-, un par de minutos.
La mujer asintió con la cabeza y dibujó un gesto cansado con los labios.
-Está bien –dijo-. Antes quisiera reposar unos minutos-. Se liberó suavemente, enrumbó hacia las escaleras y agregó-: Tú también me has hecho falta, ¿lo sabías?, mucha falta.

                                *

Al abrir la puerta de su habitación, algo extraño se apoderó de ella. Un aliento fresco escapó discretamente hasta inundarla y se sintió envuelta en una atmósfera que iba reconstruyendo con recuerdos vivos. Dio unos cuantos pasos, se detuvo bajo la lámpara de centro y advirtió, al girar, que los objetos y la disposición de los muebles no había cambiado. La habitación era grande y estaba impecablemente conservada. Se acercó al armario y pudo comprobar, como lo sospechaba, que su ropa y la que había heredado de su madre se mantenían como antes, protegidas del polvo gracias a unas cubiertas de plástico. “Nada ha cambiado”, pensó. Descolgó un vestido con cuidado, un largo vestido de noche nunca usado por ella y comenzó a bailar con él en suaves evoluciones. Entonces recordó el rostro de su madre y su espléndida belleza. Su esbelta figura y su voz sensual, su presencia que llenaba toda la casa, la distancia que se había hecho cada vez más difícil de sobrellevar.
Inesperadamente se volvió hacia el espejo que reposaba sobre el tocador y pudo advertir que un inocultable gesto de dolor habitaba su rostro. Trató de evitarse, pero se sintió atrapada en los contornos de su propia imagen. Ahora podía ver el color artificial de sus cabellos y las opacidades de su piel. Se acercó más al espejo sosteniendo una mirada obsesiva y se mantuvo observando unos minutos el vestido de luces de su madre,  apreciando la delicadeza del talle, el hermoso perfil del corte. En una reacción automática, arrojó el vestido al piso, cerró los ojos y se sintió invadida por una profunda amargura. Al instante se dirigió hacia la puerta de la habitación, cogió la perilla con firmeza y cerró con llave cuidando de no hacer ruido. Volvió a la cama buscando reposo, se extendió sobre ella relajándose y logró con esfuerzo que una suave marea comenzara a mecerla en un concierto pausado, lento. Vinieron a ella soleadas tardes en una playa solitaria y el sonido de las olas que rompían en la orilla y que se extendían hasta besarle los pies. El ocaso de un sol moribundo, el espigón que levantaba una lluvia tupida cuando el mar se estrellaba contra él, y el rostro de su padre, iluminado por la luz de una pequeña lamparilla dentro de una carpa de lona. Sí, podía recordarlo todo con claridad y verse ahora recostada sobre su cama, las piernas extendidas, la ropa desencajada, las manos intranquilas. Rápidamente se incorporó negando con la cabeza y se acercó a la ventana frotándose los ojos. Vio entonces cómo el atardecer invadía la calle tendiendo un manto pardo que envolvía a los árboles y casas. Autos que se desplazaban con los faros encendidos y los postes de alumbrado apresurando el anochecer con la luz que arrojaban sobre la avenida. Apartó la mirada, buscó su cartera con vehemencia, extrajo un pequeño espejo y se comenzó a maquillar. Abanicó los párpados suavemente, retocó el color de su piel y liberó un gesto sensual. “Necesito tranquilizarme”, pensó. Se acercó hasta la maleta, la tendió sobre la cama y sacó una chompa. Se la colocó removiendo los costados corridos a un lado y se volvió al espejo. Finalmente, se devolvió una sonrisa mirándose a los ojos y salió de la habitación.
-Todo está bien, Marion –se dijo-. Todo está bien.

                               *

La mesa estaba puesta y había fuego en la chimenea. Una frutera con manzanas y damascos y una botella de vino tinto con dos copas de cristal labrado sobre el mantel blanco. Servilletas brocadas. El hombre había recogido las arpilleras que se extendían sobre las mamparas que comunicaban con el jardín interior y miraba hacia él sentado en un amplio sofá con un nuevo trago en la mano. En la mesa también había dos velas encendidas.
-¿Marion?- interrogó sin volverse, al escuchar unos golpes agudos que descendían por la escalera. La mujer apresuró el paso y, en unos segundos, pudo dominar completamente los ambientes. Observó la mesa del comedor y se hizo vivo un lejano recuerdo de su madre. Se encaminó silenciosamente hacia las espaldas del hombre, le vendó los ojos con alegre disfuerzo y preguntó risueña:
-¿Quién soy?
El hombre dejó el vaso a un costado, colocó sus dos manos con suavidad sobre las de ella y pronunció su nombre pausadamente. Luego se devolvió la visión apartándose las manos y se mantuvo en silencio, con la mirada fija en el jardín.
-Marion –dijo de pronto-. ¿Vienes a vivir nuevamente conmigo, no es cierto?
La mujer le estrechó las manos en un impulso incontenible rodeándolo por el frente y trató de levantarlo del sofá.
-¡Vamos! –dijo evasiva- ese jardín no está nada bien. Además la mesa luce divina-. Estrechó aún más las manos del hombre y recostó sus ojos en los de él.
-Recibí tus cartas. Sé que todo será diferente desde ahora.
Al instante, el hombre se levantó del sofá y bajó la mirada.
-Esas velas se están consumiendo –dijo la mujer-. Además ya tengo hambre-. Él le devolvió una sonrisa.
Llegaron hasta la mesa y se sentaron frente a frente. El hombre comenzó a servir el vino.
-He dejado mi trabajo por ti- dijo la mujer, observando el color granate que teñía las copas. El hombre detuvo el flujo del líquido y fijó la mirada en ella por unos segundos. Luego continuó sirviendo.
-Vivir sólo es algo complicado –dijo-. ¿No lo crees?
-Lo sé -respondió la mujer.
Terminó de servir el vino, colocó nuevamente la botella junto a la frutera y levantó su copa.
-Brindo por ti, Marion –dijo-. Por ti.
-Yo brindo por nosotros.
Acercaron sus copas para el brindis y bebieron todo el contenido.
-Tu madre adoraba esta mesa -dijo el hombre, con nostalgia-. ¿Lo sabías? Siempre que había algo que celebrar, ella se apresuraba en recordarme las cosas que no debían faltar. Hoy  debes comprar damascos y manzanas, decía. ¡Y no olvides el vino! Sí -continuó fascinado-, puedo imaginarla aquí, frente a mí, liberando el humo de su cigarrillo con elegante indiferencia, observándome con amor, levantando su copa para mí, envolviéndome con el deseo que brotaba de sus ojos. Marion, su belleza, su forma de quererme...
De improviso el hombre suspendió la fuerza de sus palabras y permaneció con la mirada incrustada en el fulgor de las velas, alejado completamente por el recuerdo, absorbido por el pasado. La mujer lo observaba.
-Marion- dijo después de unos segundos, visiblemente desolado-. ¿Vienes a quedarte conmigo, no es verdad? ¡Te he necesitado tanto!
La mujer respondió con una ambigua sonrisa insinuada en el apagado color de sus ojos y reclinó la cabeza. El hombre se sintió desconcertado y solo atinó a insistir.
-Marion, ¿tengo que volvértelo a pedir?
En ese momento la mujer recordó las cartas y el impulso ciego que la había empujado a regresar, las palabras envueltas en un clamor que se volvía plegaria y la visión de su propia vida, apartada, reducida al consuelo de los recuerdos. “Todo volverá a ser como antes”, pensó, “estoy segura”. Finalmente, levantó el rostro y preparó cada una de las palabras en su mente:
-No –respondió-. No tienes que hacerlo. Ahora mejor comamos. Ambos necesitamos descansar.

                                *

Esa noche no pudo retener el sueño. “Me necesita”, se repetía y en esa constatación depositaba mucho de lo que ella ambicionaba en realidad. La seguridad que le proporcionaban sus deducciones, luego de la primera conversación con su padre, después de muchos años, le demostraban que no había cometido un error al volver. Las cartas parecían haberlo dicho todo. ¿Había algo más que agregar? Sabía bien que las palabras cuando no ayudaban confundían los deseos. ¿Por qué no dejar que las cosas se desenvolvieran con naturalidad? El recuerdo de su madre la perturbaba, no obstante había aprendido a vivir con él. Lo aceptaba y estaba segura de  que era mejor que las cosas marcharan así. No debía ignorarlo por ningún motivo.
Los días que siguieron a su regreso los ocupó en el aprendizaje de las nuevas costumbres de su padre sin descuidar el menor detalle. Intentó descubrir lo que había detrás de cada uno de sus actos y de las largas miradas que sostenían cuando el vacío comenzaba a rondar alrededor de ellos.
Fue así que progresivamente, y para sorpresa suya,  comprobó que su padre era un ser más complejo que el que había abandonado algunos años atrás. Alguien a quien creía conocer y que, sin embargo, empezaba a sentir lejano, distante en los momentos en los que  alentaba la intimidad propicia para el diálogo abierto y sincero. No lo podía entender. A pesar de todo, cada día albergaba secretamente la posibilidad de que sólo se trataran de suposiciones suyas.
Con el paso del tiempo, todo comenzó a ser monótono de una forma inevitable y  se sintió envuelta en el fantasma del error. Sin embargo, el compromiso había sido sellado y no había forma de retroceder. Sabía, también, que una fuerza ingobernable la impulsaba a detener el dolor instalado en su vida. Esta era su única oportunidad. Debía insistir.
Inicialmente se había detenido en la posibilidad del cambio. Su vida hasta entonces se había reducido a ciertos momentos de alegría dispersos en la memoria, sumidos en el sopor de la tristeza y la soledad. Volver a casa significaba el reencuentro con lo único que poseía.
No esperaba que su padre volviese a vivir como cuando su madre vivía. Sabía bien que esa muerte había motivado mucho de lo que ella veía a su alrededor, pero conservaba la esperanza de que todo fuera diferente y se diera paso al olvido. Ambos, en el fondo, habían alimentado sus días con recuerdos, de esa forma el contacto interrumpido durante años había levantado entre los dos un muro infranqueable. Fue entonces que comprendió que las cartas podían reducirse a un llamado desesperado, un último llamado del que no podía, a pesar de todo, estar segura.
Como era previsible, llegaron las primeras cartas de sus amigos del trabajo pero no las respondió. Confirmaba al remitente con un gesto de indiferencia y luego las rompía sin abrirlas. Cuando se cumplió un mes de su regreso y su padre se convirtió en una sombra incrustada en el recuerdo de su esposa, el diálogo se interrumpió y ella pasó a convivir consigo misma, como lo había intuido desde el principio sin aceptarlo. Entonces las dudas crecieron hasta inundarlo todo y ella se sintió prisionera de un destino que no se merecía. Sin embargo, de algo estaba segura: no se sometería sin oponer una férrea resistencia. Era lo único que podía pedir. Debía encontrar esa única salida que la ayudara a reconstruir todo lo que el tiempo había destruido desde la muerte de su madre.
Comenzó a detenerse en sus recuerdos con más cuidado sin dejar escapar el menor indicio, sin dejar de vivirlos en la intensidad adecuada. Recuerdos lejanos, apagados, volvían a instalarse en ella, a ser parte de su vida cotidiana. Pronto entendió que debía compartirlos con su padre y que esa podía ser, después de todo, una opción de vida. Encontró entonces un reducto transparente que podía unirlos y que se mostraba favorable. En algún momento pensó que podía vivir así, si seleccionaba sólo lo positivo y si se hacían vida intensa los recuerdos más hermosos. Sin embargo, se detuvo a combatir su propia resignación y a demostrarse que ése sería sólo un escape, que la vida la tentaría en todo momento con un ansia creciente hasta que todo volviese a repetirse desde el principio, como cuando ella tomó la determinación de marcharse. A menudo regresaba a las cartas y hurgaba exhaustivamente en cada una de las palabras que la habían impulsado a regresar. Comprobaba que la soledad envolvía cada uno de los ruegos de su padre y que era verdad, finalmente, que la necesitaba. No cabía duda. Pero, ¿cómo la necesitaba? ¿La quería como una sombra a su costado recogiendo sus pasos hasta la muerte?
“Cambiar a veces resulta más difícil que aprender a vivir”, se decía. No le exigiría que sepultase el recuerdo de su madre. Sabía bien que esa era la única razón que podía mantener a su padre con vida y que por encima de todo debía cuidar esa manera de estar conectado con la realidad. El recuerdo era opresivo, por cierto, y nada se podía contra él. Su madre flotaba en el ambiente y todo lo que los rodeaba era la extensión de ella, de su delicadeza, de su gusto, de su inteligencia, de su amor.
Los días siguieron demostrándole a cada momento que las posibilidades del cambio se diluirían si seguía alimentando esa forma de vida. Debía tomar una decisión. Durante noches enteras barajaba todas las posibilidades que su imaginación podía producir. En ese punto la dependencia de su padre frente al alcohol se había hecho más profunda. Todo hacía parecer que él sólo había esperado su regreso para que finalmente comenzara a entregarse a la autodestrucción con mayor libertad. ¿Acaso quería que ella fuera testigo de eso?
A veces se sentía como una mujer injustamente encerrada en una estrecha prisión.
Debía tener la compañía de alguien. Esa sería la única salida. Debía, por todos los medios accesibles, volver a intentarlo todo desde el principio. Olvidar quién era, pensar en la felicidad como una obligación consigo misma, no retardar el menor esfuerzo. Actuaría de acuerdo con sus instintos. No los traicionaría en ningún caso. Sentía bullir en ella diversos sentimientos confusa y hasta contradictoriamente. Debía ordenarse. Sin embargo, estaba segura de algo: debía amar, arrancar de sí el dolor, la amargura que habían hecho de ella un ser hasta cierto punto artificial. Comenzó a preocuparse de su apariencia. Rescatar su belleza apagada, el natural esplendor heredado de su madre. Establecer un pacto de belleza, volver a desarrollar su amor propio sepultado por una excesiva preocupación frente al mundo exterior.
Pronto descubrió el encanto de sus ojos y cierta efervescencia que brotaba de ellos cuando sonreía. La misma sonrisa de su madre. La juventud la había abandonado, era cierto, pero la imagen de una mujer digna se sostenía en cada uno de sus gestos. Había escogido la soltería como una posibilidad  entre otras y sabía que eso le había dado en su momento la fuerza que ahora sentía ajena por completo. Debía recuperarla. Haber vivido tanto tiempo sola, después de todo, resultaba ser una prueba de valor y las lecciones que había aprendido no eran nada desdeñables. Sin embargo, sentía un profundo temor de entregarse a alguien por completo. No había amado a nadie con la certeza que da el amor cuando es verdadero y de nada servía esa seguridad que recordaba más como una actitud defensiva que como la afirmación de una persona en el sentido pleno. Se sentía, a pesar de todo, desprotegida, completamente sola en un mundo que la atemorizaba. Quería estar segura del camino por el que transitaba, ansiaba una vida sin temores.
Una noche, después de largas meditaciones, pensó que huir sería la única salida. Abandonarlo todo, olvidar las razones que la habían impulsado a volver, pensar que todo había sido un error y que no cometía ninguna falta si abandonaba a su padre a una suerte que ella no había alimentado ni con el pensamiento.
Meditó sobre el futuro de ambos, nuevamente separados, y sobre la imposibilidad de una vida futura fundada en la tranquilidad. Sabía que le pesaría por el resto de sus días el haber tomado una decisión así. No obstante, ahora se manifestaba con más fuerza el ánimo que la había llevado a hacer  ciertos cambios. Había recuperado el amor propio y conquistado una defensa contra la infelicidad que no la convertían en otra mujer, pero que la dotaban de una ansiada seguridad, nueva, vigorosa. No se trataba tampoco de engañarse de manera que todo quedara arreglado por obra de un egoísmo que no sentía. Sólo se trataba de entender. Sin embargo empezó a sentir un miedo incomprensible a sí misma, a lo que sería capaz de hacer por ser feliz. El proceso de destrucción de su padre se había iniciado y todo hacía parecer que era irreversible. Lo intentó todo y todo fue inútil ¿La había engañado entonces? ¿Alentó su regreso sólo para que alguien fuera testigo del horror que había significado para él perder a su esposa? Se sentía capaz de todo. De dejar encerrado a su padre en las cuatro paredes de esa casa que volvía a convertirse en un escenario de triste recuerdo, de marcharse en cualquier momento, de maldecir mil veces a la vida, a su padre y a sí misma, por creerse capaz de lo peor. Una rabia incontenible la invadía, un deseo de no estar viva.
Habían pasado dos meses de su regreso y ya no le quedaban dudas de lo que sería de ella en adelante. El desaliento le había ganado la partida. Poco a poco  fue entregándose al abandono total hasta que no tuvo reparos consigo

                               *

La noche se había desplomado sin dar tregua a los últimos reflejos de la tarde. Ella apenas si lo pudo notar. Había comenzado a beber, como en los últimos días, en busca de sosiego. Recostada sobre el sillón que miraba hacia la calle, dejó que la botella de vino que tenía entre las manos fuera destilando su contenido en un vaso pequeño. Inicialmente había tratado de distender la habitual presión que sentía en su cabeza, pero esta vez se había sentido en un suave confort. Se sentía relajada.
Pensó en su padre y lo imaginó como ella; entonces creyó compartir con él un reducto íntimo e impenetrable y que ahora comprendía en toda su magnitud. “¿Por qué sufrir?”, pensó. Volvió los ojos hacia la calle a través de las cortinas y distinguió con claridad a un hombre joven  que se alejaba apresuradamente. Nada cambiaría, lo sabía bien.
Sin premeditación se incorporó dejando la botella sobre el velador y se acercó a correr la cortina. Quería estar sola. Sus movimientos eran lentos, difíciles. Por un instante el vaso dudó en sus manos, cayó al suelo y se rompió.
-Estoy hecha una ruina -maldijo.
Estuvo a punto de llorar, pero se contuvo. Trató de reunir los pedazos rotos ayudándose con los pies, pero abandonó la tarea. Con dificultad pudo acercarse hasta su cama y se extendió sobre ella. Se sintió pesada, inútil. Volvió sobre cada uno de los objetos de la habitación con extraña admiración, como si todo fuese desconocido. Su mirada tropezó con el tocador, con los sillones, con la lámpara de centro, hasta que se detuvo en el armario. Recordó entonces con una fuerza incontenible el primer día de su regreso, la imperiosa necesidad de volver a su habitación, de verlo todo nuevamente, de comprobar lo que había intuido en muchos años.
Se sintió poseída de una profunda certeza y tuvo miedo. Se incorporó nuevamente, corrió hasta el armario y tiró de las puertas con violencia. El vestido de luces y el reflejo de las lentejuelas se estrellaron contra ella. Todo volvía a repetirse. Sin embargo, esta vez lo descolgó con cuidado y lo extendió sobre la cama. Ahora, todos sus movimientos escapaban a su voluntad. Lentamente comenzó a desvestirse hasta quedar totalmente desnuda. Se dirigió al espejo, observó sus senos, deslizó las manos  por su cintura y se acarició el sexo. Volvió hasta la cama, levantó el vestido y se introdujo en él. Corrió el cierre escondido a un costado de la prenda y volvió a ver su reflejo en el espejo. Recordó el rostro de su madre y se llevó las dos manos al rostro. Comenzó a caminar por la habitación impulsada por una ansiedad indominable y volvió a la botella. La cogió con imperiosa necesidad, se la llevó a la boca y bebió un largo sorbo. Se dirigió hasta la puerta de la habitación. Cuando estuvo frente a ella sintió temor, un temor antiguo. Sin embargo, la abrió decididamente y la traspuso a pesar de todo, maldiciendo, negándose a sí misma. Todo era una confusión. Dejó la botella en el inicio de la escalera y comenzó descender los altos escalones. Algo le había dicho que su padre se encontraba en su habitación. Bajó al bar y cogió dos vasos. Luego se dirigió a la cocina, abrió el refrigerador y sacó un par de hielos. Volvió al bar, los introdujo en los vasos, agregó whisky y tomó una bandeja plateada. Colocó los vasos sobre ella y se dirigió a la habitación de su padre.
Ayudándose con una mano pudo abrir la puerta. Todo estaba oscuro. Encendió la luz. Entonces pudo verlo. Su cuerpo estaba extendido sobre la cama y sostenía un vaso a medio consumir. La mirada incrustada en el cielo raso. Dejó la bandeja en la mesa de noche, se acercó hasta él y lo tomó de la mano. Su padre le devolvió la mirada y sonrió, pero sus ojos estaban totalmente extraviados. Ella le acarició la frente y, sin poder evitarlo, lo besó en los labios. Luego comenzó a desabotonarle la camisa.
-Ahora ya no estaremos solos- dijo, segura de sí misma-. No más.

Se acercó hasta la puerta, la cerró y presionó el interruptor de luz.

1 comment:

Christian said...

Brillante. Se vislumbraba un final así, pero supo mantenerlo en vilo hasta el final. Una joya diría yo.