Monday, November 10, 2008

LEONARDO AGUIRRE

Leonardo Aguirre (Lima 1977) llamó la atención no sólo por sus conocidas reseñas en la página de Agenciaperu.com, sino también por un trabajo literario que se inició con muy buen pie y que se ha ido confirmando en el tiempo. Es autor de libros como Manual para Cazar Plumíferos (2005) , La musa Trasvestida (2008). En 2008 ha publicado El Conde de San Germán.
Ha escrito reseñas y crónicas para El Dominical del diario El Comercio, una columna semanal para el diario La República y una sección de crítica en la revista Dedomedio.






09.26.09 Back to the egg

My sweet Lord, isn’t it a pity? Ahora que vamos full speed ahead, Mr. Parker, full speed ahead, y hemos llegado tan far as the eyes can see, parece que la long-haired lady wants to spoil the party con sus funny papers. Ni hablar: any time at all, esto se puede ir a la… cómo decirlo… y todo por culpa de… mejor no decirlo… of course, dark horse: por eso los Cuatro Grandes. ¿Los cuatro que ganará la doña? Por eso los Fabulosos. ¿Fabulosos Cadillacs? Cómo no: los únicos que ella escucha porque son los únicos que puede bailar... Así que justo ahora, cuando estaba imaginando the words of a sermon that no one will hear... eso: for no one... quizá you won’t see me... justo ahora que pensaba inaugurar este blog con la historia del café-bar-disco-cine-librería-cabaret, out of the blue me llama la long-haired y me avisa que su brown-eyed... bueno... la verdad, se veía venir... pero igual, claro, you know how hard it can be. Sobre todo porque tengo una ventana abierta con el recorrido virtual (that’s an invitation para el sentimental journey) and my heart went boom when I crossed that room. Es decir, I’m filling the crack. Y después del crack, supongo que apenas quedará un click... Como quiera que sea, además de la web diseñada por el Negro Peter (obvio: de acuerdo a mis sugerencias), también quedará esa novelita que... ¿cuándo la escribí?... well, I was just seventeen... comencé pero no acabé... la novela, digo, que, más bien, es una receta. La verdadera receta del Honey Pie. Sucede que wonsaponatime yo quería ser un paperback writer. Ajá: tal como lo leen (si lo leen). Y una vez que me crucé con el brown-eyed handsome man, terminé cambiando el Word por el Excel. Hasta hoy, como bien se ve... hoy, monday morning (turning back?), que por primera vez en mucho tiempo cojo la máquina para teclear algo más que un funny paper y pongo mi firma en algo más que una factura. Por eso tampoco sé si éstas sont les mots qui vont très bien ensemble. Entendámonos: falta de costumbre. Fuera de forma. Creo que perdí the touch of the velvet hand… De cualquier modo, I’m so sorry, uncle Albert, por la parrafada long and winding. Aisumasen, Yoko, por mi versión naked o la expectoración sin Spector. Ni modo, pues: ya van como... ¿diez, doce?... no, estoy exagerando... ocho nomás... ocho años que no escribo nada. Porque todo comenzó en noviembre del 2001, días antes de que George muriera de un derrame cerebral en la casa que alguna vez ocupó Sir Paul. Y fue un lunes... no, un martes... un stupid bloody tuesday, cuando me senté frente a la vieja computadora y descubrí con horror la cajetilla vacía (ya saben: nunca trabajo sin tabaco). Por aquel entonces no hacía otra cosa que escribir. Pensaba que the money was heaven sent y juraba que la bendita novela could make a million for me overnight. Redondeando: más misio que los Fabulosos en Hamburgo. Y eso, claro está, justifica la primera imagen del tríptico que ven arriba (¿ya terminó de cargar?). La segunda, evidentemente, corresponde a la tapa de la Rolling sobre el arribo triunfal a Nueva York. Y la tercera... bueno... si no la reconocen, sugiero que paren de leer aquí. Digamos que mis fine lines, between recklessness and courage, no son from me to you. Beware of darkness, little lambs. I thought that you may like to know que tienen todo el resto del site para pastear a gusto (o sea, get back a la página de inicio). De hecho, la web sí tendrá que mantenerse porque esta señora... cómo decirlo... revisen el contador de visitas... such a lovely audience... cantidades, números, cifras: el único idioma que entiende la Sra. Klein. En cambio, este blog... ¿ya lo dije?... quizá mi blog blow away. No sé qué pensará la doña... ¿fade this one to black? ¿My song will fill the air o será puro air? ¿Un solo post y that’s the end, ah, little girl? No nos adelantemos: esta noche me enteraré... Volviendo al stupid bloody tuesday, recuerdo que apagué la PC y trepé a mi cleta para buscar puchos incompletos regados por la pista entre apple scruffs y botellas vacías (ain’t that a shame?). Luego tomé una callecita... no sé cuál... any road salpicada de baches... and though the holes were rather small, tuve que hacer malabares para pescar al vuelo ese Winston enterito, seco, sin pisotear, que me esperaba shimmering, glimmering, en la esquina con la gran avenida. Obvio: I didn’t notice that the lights had changed. Sweet Lord... no se imaginan el damn good whacking... la bicla contra el Tico... un taxi forrado de anuncios... mi cara en el logo de un pasquín y el parabrisas hecho un wine dark open sea. El maricón del taxista, keeping perfectly still, ni siquiera apagó el motor. Pero el pasajero, menos mal, se bajó de inmediato a ver mis broken wings. Y entonces… adivinen qué... ni hablar, I’d seen his face before. Salvo los anteojos, estaba igualito. Así que let me introduce to you the one and only Brandon Klein (le decíamos Brandy por su afición a los tragos fichos) que, desde luego, se quedó mudo with the foolish grin. Ajá: yo tuve que romper el hielo. There’s no time for fussing and fighting, my friend… and nothing to get hung about porque sólo me raspé los codos y toda la sangre vino de ahí. El caso es que subimos al newspaper taxi y en diez minutos llegamos a un pequeño y elegante comedero. El cartel rezaba Bungalow y la mesera saludó a Klein con familiaridad. Yo, por supuesto, pedí todo lo que pude: beef jerky, little piggies, cold turkey, single pigeon, milk and honey... and thanks for the pepperoni. Según me contó después, resulta que el lucky man, quizá el más bruto de mi salón, made the grade precisamente en Nueva York (creo que un MBA, no estoy seguro) y regresó para pedir la mano de la poor young country girl que lo perseguía desde little child. Por otro lado, debió aceptar una chamba mal pagada como contador en un banco (dizque por mientras) a pesar de que ya estaba cansado de ser un working class hero y a pesar de que se puso a juntar billete desde el primer día que aterrizó en la bad-ass city. Mejor dicho: buscaba una cha-cha-cha-chance para invertir. Cómo no: you were only waiting for the moment to be free… free as a bird… no tú sino tu bird… pero no nos adelantemos. Volviendo al Bungalow, le comenté que había estudiado cuatro ciclos de Literatura en la universidad antes de ser expulsado por una trica. Que yo también, claro, once had a girl, aunque should I say no hubo diamond ring. Que redactaba dirty stories para una revista más rosa que culturosa llamada Tres Gatos y el propio don gato me tiró perro por... cómo decirlo... ya saben: leave my kitten alone. Además, clutching forks to eat my bacon, le conté, sin entrar en detalles, que cierta novelita took me years to write pero tampoco sabía cómo terminarla (por cierto, he puesto las primeras páginas de MI VIDA EN AMARILLO en el anexo de este blog: will you take a look?). Of course, Henry the horse: el desayuno derivó en chupeta y pasamos lista, uno por uno, a todos los profes y compañeros del cole... los teachers que weren’t cool y los friends que have lost their way... redondeando: all those years ago en dos horas y cuatro jarras (a propo, ¿les dije que cuando me pico se me da por hablar en inglés?). En algún momento, con el hígado y la memory almost full, the brown-eyed handsome man ordenó la Bungalow bill. Mientras esperaba a la única mesera (mesera y dueña... dueña de un tremendo... cómo decirlo... un marshmallow pie), o sea, sin muchas ganas y sólo fixing a hole, me preguntó de qué se trataba mi libro. Creo que puse my brave face y tosí con exageración. Christ, you know it ain’t easy… nunca falta un eggman que me obligue a resumir 222 páginas de unknown delight en una frase de tiny bubble... Como sea, cogí sus puchos importados marca Inner (¿dije que no puedo hablar de literatura sin un cigarrillo?) porque de ninguna manera pensaba tocar el Winston rojo que tanto me costó encontrar (obvio: casi me cuesta la vida). Prendí el Inner Light, lancé dos pitadas, contemplé unos segundos el marshmallow pie, y recién entonces pude answer quite slowly que MI VIDA EN AMARILLO, estimado Brandy, viene a ser una nouvelle o tal vez una nivola (ya estaba pagando: no me dio ni bola) que simula una suerte de mind game de acuerdo a peculiares unconsciousness rules (otra vez la foolish grin mientras acariciaba su twenty carat golden ring) y el protagonista es un fanático de los Fabulosos Cuatro y habitué de cierto café llamado Honey Pie donde toda la carta se inspira en letras de los susodichos. En esas estábamos, ya behind that locked door, cuando el brown-eyed, como quien se despide, preguntó dónde quedaba ese cafetín para visitarlo juntos la próxima semana. No, Brandy, nothing is real. O sea, no time or space. Ya conoces a los escritores: desde el wake up, todo es make up... Y en plena perorata inútil sobre teoría literaria, maybe I’m amazed: me cogió del brazo, me arrastró de regreso y volvió a llamar a la mistress and maid para pedir otra jarra. No me quedó más remedio que describir every little thing, painting the room in the colourful way, hasta que otra pregunta me quitó la borrachera de golpe: si ese café no existe, ¿por qué no lo hacemos existir? Y así nomás, como jugando, both of us thinking how good it can be, tres meses más tarde alquilamos la primera planta de un caserón simply shady en el 910 de la calle Convento (verán una foto de aquella época si hacen click en All things must pass: yo la tomé y el Negro la mejoró). Looking for changes a partir de mi libro, la remodelación comenzó en el acto. Y a mí, por supuesto, no me costó ni un centavo. Speaking words of wisdom, Brandy gustaba repetir que las grandes ideas valen más que el dinero y que yo era el creador, el cerebro, el autor intelectual del Honey Pie... ni hablar: con ese tipo de piropos, you know I should be glad, pero la verdad es que prefería ganármelos con MI VIDA EN AMARILLO... De cualquier modo (¿ya lo dije?), interrumpí la corrección de mi nouvelle, nivola, noveleta, lo que quieran, cuando tuve que encargarme totalmente del negocio. Eso: totalmente. Sucede que mi socio no podía dejar su trabajo en el banco, no tenía hope of deliverance, mientras la poor young country girl... cómo decirlo... entendámonos: he would never be free when she was around. Sin mencionar que, después del matri, se la pasaron honeymooning down by the Seine por todo un año, y se tardaron otro más buscando depa. Y muy pronto, cómo no, tenían que aparecer los children at her feet (la doña ya era una walrus cuando se casaron) y ella se resignó to see how Brandy runs... runs into the light of the dark black night... más bien, into the dark sweet ladies. Pero no nos adelantemos. Volviendo a la calle Convento, digamos que, al principio, la clientela era muy tela. El único que cobraba era el dueño del caserón y, encima, nos aumentaba la tarifa cada mes. It’s understood: working for peanuts. Sweet Lord, yo mismo tuve que atender la caja y servir las mesas por algún tiempo. Así las cosas, claro está que la walrus ni se asomaba... pero repito: no nos adelantemos. Como quiera que sea, dos años y dos hijos más tarde, we had to admit: it’s getting better. El café se abarrotaba, especialmente los fines de semana, y rentamos el segundo piso para inaugurar un pub. Un pub estilo inglés. El problema es que comenzaron a llegar... bueno, ya se imaginarán... too many people... bigger piggies de rubber soul... elementary penguins que ni siquiera se sabían el coro de All you need is love. Ni modo, pues: el pub degeneró en discoteca. Y el rebaño no soportaba otra cosa que no fueran silly love songs para twist and shout. Of course, dark horse: una blasfemia. Eso no estaba en MI VIDA EN AMARILLO... De manera que un año más tarde, and meanwhile back to MVA, propuse dividir el patio (es decir, el Jardín de los Pulpos) y acondicionar, en el fondo, aquella librería de steel and glass que figura en la página 4 de mi novelita. Allí acomodé todos los libros, revistas, afiches, vinilos, en fin, que estuve coleccionando desde que I learned to tie my bootlace. Naturalmente, dicha librería se convirtió en mi oficina.... or should I say: mi little hideaway beneath the waves of joy que siempre reventaban en el ballroom dancing. Y en la vieja oficina, que funcionaba en el sótano, mandé instalar cuatro mesas de billar con paño amarillo, y casi todo el barrio terminó participando en los torneos relámpago de Liverpool. Es decir, Liverpool o Snooker con curiosas enmiendas que describo en la página 8 de MVA (basta una ojeada para probar el Liverpool online que el Negro Peter colgó la semana pasada). En fin, volviendo al 2003... quizá 2004... finalmente decidimos comprar el caserón simply shady de la calle Convento y terminar de una vez con los caprichos del propietario. Recuerdo que hicimos una parrillada en el techo para celebrar el funny paper. Y también recuerdo que fue la última... no, penúltima... penúltima vez que el brown-eyed pisó el Honey Pie. De hecho, fue la long-haired lady quien comenzó a visitarnos con cierta regularidad so pretexto de recoger el sobre (dizque su marido no confiaba en los bancos a pesar de trabajar en uno). Creo que I told you about the walrus and him... ¿lo hice? El caso es que, ya para entonces, dicho matrimonio era un tug of war, heart on a string, puro weep... por diversas razones que gently callaré... y el propio Brandy me decía que andaba leaving home y having fun. Y aun con todo, inexplicablemente, la doña no tenía la más mínima intención de divorciarse. ¿Living is easy with eyes closed? ¿Head in a cloud? ¿Driving rain? Very strange… Por otra parte, era lógico suponer que las continuas escapadas de mi socio alguna vez le pasarían la factura... pero ya saben: no nos adelantemos. Así que choba MVA, en agosto del 2004... Tal vez más tarde... ¿octubre, noviembre?... sugerí comprar la vecina jeweler store con el fin de construir el Double Fantasy. Entendámonos: un pequeño auditorio que dos veces por semana serviría como cine-club para películas y documentales sobre los Fabulosos, y únicamente los sábados fungiría de café-concert para bandas garajeras que tocaran covers de los susodichos (apúrense: ya se inscribieron treinta grupos en El Martillo de Plata). Mi socio, como siempre, apoyó la iniciativa. Pero la walrus pensaba que semejante money spent (la verdad, no tanto) see no future, pay no rent, porque sólo vendría un miserable puñado de fanáticos. Redondeando: no conseguí ni un cobre del matrimonio Klein. Ajá: debí costear el Double Fantasy con mi propio bolsillo. Ahora bien, alrededor de las navidades... quizá verano... sí, verano del 2005... Brandy comenzó a quejarse de unos extraños y persistentes dolores en la barriga. Y se quejaba conmigo. No visitaba el Honey, pero a veces, claro, hablábamos sunday on the phone to monday (jamás de negocios, jamás de la walrus) y entonces le recomendé al doctor que trató a mi viejita por un asunto parecido. Al cabo de varias pruebas, análisis, resonancias y demás, le detectaron un tumor. Pidió licencia en el banco por algunos meses y yo, desde luego, tuve que carry that weight. Es decir, tripliqué la cantidad de su sobre. Justo en esos días... obvio: todavía me duele... justo en esos días me tocaba la cuota inicial para un VW del año. Color plata y full equipo... una maravilla... si nunca manejaron uno, you don’t know what you’re missing. Y ni modo, pues... yo me lo perdí: al cuerno con el silver beetle... Como sea, back in the UCI, operaron a mi socio y el forúnculo pareció to vanish in the haze. Sin embargo, the brown-eyed handsome man no esperó mucho para volver a las andadas. Ya lo conocen. So heavy: se tiró cuatro años celebrando su deliverance hasta que lo internaron otra vez en Cuidados Intensivos. Me parece que su tercer hijo acababa de nacer... ¿tercero o cuarto?... no estoy seguro... a esa doña siempre la vi preñada... en todo caso, recuerdo que la recaída coincidió con la compra del market place en la calle Jacarandá. Eso: a la espalda de Convento. Of course, Henry the horse: el Double Fantasy nos quedó chiquito gracias a mi gran idea de programar ACROSS THE UNIVERSE cuando ningún cine de esta ciudad se atrevió a exhibirla. Por otro lado, casi al mismo tiempo resolví poner en práctica otra genialidad de MI VIDA EN AMARILLO. Refaccionamos el billar y lo convertimos en una especie de cabaret. No se equivoquen: sólo cabaret, no prostíbulo. Dejó de llamarse Liverpool para llamarse Flaming Pie. Y lo mejor de todo es que al fin conseguimos anunciar por televisión. En un canal para adultos promocionamos el sweetest little show de satisfaction guaranteed con Lizzy, Michelle, Pam, Rita, Molly, Joan, Nancy, Loretta, Julia... y, cómo no, the long tall Sally with caleidoscope eyes. Pero volviendo al brown-eyed... cómo decirlo... creo que ya tenía los sunken eyes. Sweet Lord: ni la sombra del handsome man. Precisamente, aquélla fue la última vez que pasó por la calle Convento. Llegó en una silla de ruedas, acompañado de su pretty nurse, y dedicamos la inauguración del Flaming for the benefit of Mr. Klein. A partir de entonces, Brandy decidió agotar los últimos meses en su home sweet home with a couple of kids y la apretada pretty nurse que prácticamente le daba poppies from a tray (los poppies y algo más... en la cara de la doña... he couldn’t stand the pain aunque igual me juraba que su bird can sing). El caso es que allí se quedó hasta hoy. Como dije, la llamada me sorprendió en el Jardín de los Pulpos, bajo el tangerine tree, in the middle of a roundabout. Mientras vigilaba a los mozos luchando contra el chaos del backyard, yo intentaba escribir la primera entrada de este blog con la Mac sobre las rodillas. Mi mesa rebosaba de copas que exhibían rastros de champagne, vino, sangría, ron... y sólo una copa, curiosamente intacta, contenía la especialidad de la casa. Un trago cuya receta describo en MVA bajo el nombre de Lucy in the Sky with Diamonds: Lucy es la cereza, diamonds los hielos, y sky viene a ser un combinado de aguardientes y jarabes que seguro Brandy podría reconocer si no fuera por el componente secreto que bauticé como Cloud Nine. Así que levanté la copa y probé un sorbo. Bueno, más de un sorbo. En realidad, toda la copa. Y me acordé del taste of honey, tasting much sweeter than wine… pero ya saben que what is sweet now, turns so sour… En ese momento, la temporary secretary me hizo una seña desde la oficina de steel and glass. Dejé la Mac y corrí a mi little hideaway para coger el teléfono: the bird has flown, at five o’clock as the day begins, y esta misma noche la long-haired walrus tomará posesión de mi oficina con su lawdy mister clawdy según lo estipulado por esos fucking funny papers.

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Wednesday, November 05, 2008

ROBERTO REYES TARAZONA



ROBERTO REYES TARAZONA, escritor y sociólogo, integró el grupo “Narración”. En 1973 obtuvo el primer premio del concurso nacional de cuentos “Arguedas”; en 1985 el segundo premio del “Copé” de cuento, auspiciado por Petroperú. Ha publicado los libros de cuentos Infierno a plazos (1978), En corral ajeno (1982), La torre y las aves y otros cuentos (2002) y Selección Natural (2010); las novelas Los verdes años del billar (1986) y El vuelo de la harpía (1998); las antologías Nueva Crónica. Cuento social peruano 1950-1990 (1990), La caza del cuento (2004), la caza de la novela (2006), Juan Bosch: cuentos desde el Cibao y el exilio (2009), Veinte del veinte (2009) y Narradores peruanos de los ochenta. Mito violencia y desencanto (2012).
Actualmente es profesor principal en la Universidad Ricardo Palma, donde es docente en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo y en la Escuela de Posgrado; dirige, además, las revistas Arquitextos y Paideia XXI.
El presente cuento pertenece al libro "Selección natural".




LA PIEL DE LOS DELFINES

El sol es una moneda ardiente suspendida en el cielo azul cobalto. Hacia oriente, un tufo de nubes flota, como yo, en las tibias y quietas aguas de la cocha. En la orilla cercana, la usual polifonía de chillidos, rumores y silbidos ha interrumpido su algarabía. Estamos en suspenso, a la expectativa. ¿O estoy alucinando? Quiero despejar mi mente de especulaciones y disfrutar del momento, pero tengo demasiado secas las fauces y sufro de sobresaltos. 
Qué me iba a imaginar unos días antes algo así. En realidad, esperaba lo peor, aunque en otro sentido. Todo era incierto, hasta la razón de mi presencia en el lugar. Al llegar al aeropuerto, apenas si eché una mirada furtiva a las arboladas colinas y al horizonte curvado en alfombras de incontables tonos de verde, en cuyo regazo se halla enclavada la ciudad. Flavia, casi tan indiferente como yo al paisaje tropical, se apresuró a ir en pos de las maletas. 
Antes de una hora marchábamos a nuestro destino. Campo Azul es un fundo que posee la única casa hacienda de la región y abarca solo unas “cuantas hectáreas”. Según dicen, es modesta para la zona, pero a mí se me hacía ilimitada. 
Nos esperaba su tía René. Ella y sus dos hermanas afrontan las rudas tareas del fundo; los únicos peones, una pareja de viejos achacosos, se limitan a cocinar, lavar y cumplir sencillos mandados. 
El lugar era más pintoresco que la ciudad, pero ninguno de los dos estábamos de humor para apreciarlo. Flavia daba muestras de impaciencia por empezar a desarrollar su trabajo: una investigación sobre una especie de bufeos en peligro de extinción y al que pocos habían tenido ocasión de ver. Yo esperaba con impaciencia el momento de hallarme solo. Había aceptado acompañarla con la vaga idea de tomarme unas vacaciones, pero ya en camino vi lo inoportuno de mi decisión. Después de tantos años de convivencia, cuando nuestro matrimonio se iba a pique, ¿por qué invitarme a ir con ella a los predios de su niñez? 
En los límites del fundo, se alza la selva y, no muy lejos, se encuentra esta cocha, una laguna formada por el corte de uno de los meandros del río cercano, en la que ahora floto de espaldas, trizando en silencio el espejo de sus aguas. La laguna tiene la forma de una ese muy alargada; en sus aguas tibias y oscuras, con muchos renacos –unos árboles retorcidos, de grandes raíces aéreas, adentrándose en ella–, temí que pulularan caimanes y pirañas. Flavia, desdeñosa, respondió con una mueca a mis reparos. Había leído que los lagartos y esos temibles peces prefieren las aguas estancadas a las corrientes fluviales, mas preferí no insistir. También dudaba de poder toparme con los famosos delfines rosados –estos cetáceos no viven en aguas estancadas–. Pero estaba equivocado en todo.
Al tercer día decidí no acompañar a Flavia hasta el término de su recorrido, donde se encontraba el objeto de sus desvelos. Según ella, yo había tenido el incomparable privilegio de contemplar a sus benditos animales; para mí, no fueron sino sombras emergiendo y hundiéndose en las negras aguas de la cocha. De haberme dicho que esos lomos arqueados pertenecían a boas o manatíes, igual lo hubiera aceptado. 
La acompañaré solo hasta un trecho, me dije; no me entusiasmaba ir de nuevo en pos de sus engreídos. Los había imaginado gráciles, con una sonrisa amistosa y la piel brillante como el aluminio; de ninguna manera, como unos bichos ariscos, furtivos, que preferían los lugares más oscuros –una sombra más entre las temblorosas y negras aguas de la laguna–. Además, para verlos era necesario adentrarse en la cocha por más de dos horas y estar al acecho otro tanto, inmóvil, picado por los mosquitos, jejenes y zancudos, sudando a chorros y con las piernas dormidas. 
Flavia no disimuló su alivio cuando le comuniqué mi decisión; ya no tendría que cargar conmigo y soportar mis quejas por las incomodidades. Eres un sociólogo burocratizado, me había dicho alguna vez; y no le faltaba razón. Tal vez ella misma había propiciado mi deserción. Esa es la playa favorita de los turistas y de los niños, dijo, cuando íbamos por cierto paraje. Esta vez no me importó la burla encubierta que contenían sus palabras. Para satisfacción de ambos, quedamos en que ella me recogería a su regreso. 
La tal playa parecía una simple restinga, con sus tres o cuatro metros de orilla libre de árboles y tierra algo más clara y suelta que en otros lugares. La ausencia de turistas era lo usual: en el mejor de los casos, éstos venían a cuentagotas. ¿Niños? ¿De quién? Los últimos representantes de las etnias del lugar desaparecieron a principios de siglo, en la época de la fiebre del caucho. Las familias de los colonos descendientes de inmigrantes europeos o de la costa –estos últimos, muy raros–, o de los colonos mestizos provenientes de la sierra –los más numerosos y recientes–, aparecen solo en la época de la siembra y la cosecha del café. 
Las tías de Flavia son de ascendencia italiana o yugoslava, o de algún lugar por ahí. En realidad, eso no le importa a nadie. Lo vital es la llegada de las lluvias a tiempo, conseguir peones para la siembra o la cosecha, la visita de algún vecino –vecino es alguien que vive a unas horas y hasta un día del propio lugar–, los pequeños incidentes familiares: una boda, un nacimiento, un bautizo. La gente que se emplea en las haciendas nunca lo hace a plazo fijo. A veces se quedan unos meses, a veces años, aunque de repente, sin el menor aviso, toman sus bártulos y se van; muy raros son los que se arriman a una casa de por vida. Lo único inconmovible parecen las tías de Flavia. ¿Qué edad tendrán? Con lo curtidas y fibrosas que son, y tan enérgicas, igual pueden tener cuarenta que sesenta. 
El primer y el segundo día disfruté de la soledad del lugar, de sus cálidas aguas, de la relajante serenidad del ambiente, tan necesario para mis nervios, ahora otra vez sobreexcitados. He recaído en lo de siempre; por eso floto en las aguas de la cocha, esperando lo que no debiera esperar. 
¿Por qué, a la vuelta de sus incursiones, Flavia se empeña en informarme de lo que no me interesa? De sobra sabe que los datos estadísticos que anota en su inseparable libretita me aburren a morir y que las observaciones del comportamiento de los animales no me conmueven en lo más mínimo, así lo narre con un calor que nunca tuvo para lo nuestro. ¿Es que no se da cuenta que hablar de sus delfines atribuyéndoles rasgos psicológicos individuales, es infantil? Seguro que no. Es una de sus típicas evasiones de la realidad cuando las cosas no le salen como quiere. 
Al tercer día, antes de separarnos, le dije que solo estaría un rato en la restinga y luego regresaría por mis propios medios. Estaba dispuesto a comunicarle esa misma noche mi decisión de volver a Lima. Pocos minutos después, con la aparición del primer chiquillo, cambié de opinión. ¿Dónde estarían antes? ¿Dónde viven? Bah, qué importa saber quiénes son sus padres o de dónde provienen, si son hermanos, primos o amigos. Lo importante es que esos chicos me devolvieron las ganas de seguir en Campo Azul. 
No sé si lo descubrí, o si se dejó descubrir, el huraño chiquillo que luego bautizaría mentalmente como Mañu. Mi primera impresión fue que tuve una alucinación, tan rápido desapareció entre la maleza. Cuando tuve certeza de su existencia, pensé en cómo ganarme su confianza. Esa noche preparé una honda usando la tira de un neumático y una pequeña horqueta. Al día siguiente, esperando que anduviera al acecho, la usé para disparar piedras contra unas conchas de caracol. El efecto fue inmediato. El chico se me acercó como un pájaro ante una serpiente y cayó en trance cuando se la regalé. No necesitó instrucciones para manejarla con una destreza y puntería que yo jamás tuve ni podré tener. 
En el siguiente encuentro, se apareció con otro chico, al que también aprovisioné de una honda. Con ellas se dedicaron a cazar pájaros, ardillas y cuanto bicho se les ponía a tiro. Si Flavia advirtió un cambio en mí, no lo demostró. Cada vez se mostraba más fantasiosa; solo le faltaba decirme que conversaba con sus delfines. Menos que nunca le encontraba sentido a su pedido de acompañarla a tan inútil viaje. ¿Cómo me dejé convencer? Volví a pensar que su intención fue alejarme de Lima, como si creyera que con eso podíamos arreglar lo nuestro, pero pronto me desentendí del asunto. Qué diablos, me dije; mientras no se me ponga melosa y yo tenga algo en qué distraerme, que tanta falta me hace, adelante. 
Cuando los chicos trajeron un monito muerto fui de sorpresa en sorpresa. Ellos, colmados de excitación, no perdieron un segundo en tenerlo listo para echarlo al fuego. Me invitaron a dar el primer bocado, mas, como había visto al pequeño simio sin piel, semejando un feto ensangrentado, lo rechacé. El mayor de los chiquillos insistió con su mejor sonrisa, pellizcando y al parecer ponderando la carne que olía bastante bien, pero ante mi cerrada negativa, aunque pareció algo decepcionado, procedió a dar cuenta de la presa con una glotonería envidiable. 
En la tarde, mientras flotaba igualito que ahora, mirando todos los colores del mundo en el cielo, sentí un contacto inusual en las piernas. Presa de pánico, poniéndome vertical y a la defensiva, empecé a chapotear alocado. El irracional temor a las boas, lagartos y demás bestias acuáticas, atenazó mi garganta y me provocó escalofríos. De súbito, de entre las oscuras y tibias aguas emergió muy cerca un rostro desconocido y sonriente. Me echó una rápida aunque intensa mirada, esa misma mirada que acabo de sorprender entre la vegetación de la orilla. 
Sosegado, me abandoné otra vez a la tibieza de las aguas. Al cabo de unos instantes, sentí un suave roce en las piernas. Sin duda, se trataba de unas manos. Fugazmente sentí un nuevo remezón interior al pensar en los yacurunas –esos seres de leyenda que viven en el fondo de las cochas y se llevan a los humanos a vivir con ellos–, y en las delfinas de las leyendas amazónicas, que al copular con los hombres los hacen perder el sentido hasta ahogarlos. Al fin, ganaron mis instintos y me abandoné a una inefable maraña de sensaciones que me enervaron hasta terminar en una cópula indescriptible. Quizás lo soñé o de verdad me convertí alternativamente en una anaconda, en un caimán, en un paiche; lo cierto es que me revolví en el agua como nunca jamás lo había podido hacer y saqué de no sé dónde una insospechada capacidad de inmersión que me permitió seguir a la chiquilla en sus acrobáticas evoluciones. 
Lo malo fue cuando salimos a la orilla. La carita correspondía a una niña, no así su cuerpo desnudo. Sí, porque si bien sus senos, aunque lucían llenos y bien formados, como corresponde a una mujer, pertenecían al cuerpo de una niña de unos doce años, o menos, tal como lo pregonaba su escasez de vello púbico y su cuerpo de escasas curvas. No atiné a decir palabra y escapé del lugar. Es sabido que las mujeres de la selva son precoces y en algunos casos pueden ser muy liberales. Es cierto que yo, como todo hombre, había fantaseado mucho sobre un encuentro sexual con ellas, pero jamás deseé a una niña. 
La vergüenza de ser un pedófilo me desmoralizó. Luego, el pánico a tener un hijo con la chiquilla me puso peor. Por si fuera poco, acababa de ponerle otra vez los cuernos a Flavia, casi en sus narices. Si me había querido poner a prueba o, peor aún, si me había tendido una trampa para ponerme en evidencia, como pensé en la primera ocasión que habló del viaje, ¿para qué más? Soy incorregible. No era excusa el haber relajado la vigilancia que me había autoimpuesto cuando vi que en el fundo era imposible caer en un desliz. Atrás quedaba mi promesa de no darle una nueva ocasión para sus recriminaciones. Necesitaba demostrarle que podía controlarme y que si nos íbamos a separar era porque lo nuestro no funcionaba por mil y un motivos y no solo por mis infidelidades. 
Pero con la selva no se juega. Esta nueva experiencia será mi despedida de Campo Azul y de ella. Mis maletas están listas. Dispuesto a encarar mis responsabilidades a como dé lugar, voy a confesarle a Flavia esta última debilidad, para que se desengañe definitivamente. Pero primero ¡ah!, por fin, este roce ha tensado mis músculos como un arco antes de soltar la flecha. El contacto no es tan suave como el otro día, y siento una curiosa frialdad. ¿Qué vendrá esta vez? La piel se me escarapela, abandono la posición de espaldas. Algo me tira hacia abajo y empiezo a asustarme. Me impulso con todas mis fuerzas y, en la orilla, entre la vegetación veo espantado la carita de la chiquilla. ¿De quién o de qué se trata? Me hormiguea el cuero cabelludo, cuando me siguen jalando hacia el fondo con una fuerza irresistible. Durante segundos interminables me sumerjo y, el cieno removido del fondo, que ha enturbiado más las aguas, me deja distinguir solo una gran sombra borrosa que ha hecho presa de mi pierna izquierda. Pateo con todas mis fuerzas, me libero y salgo disparado a la superficie. Antes de sumergirme de nuevo, de manera definitiva, veo o me parece ver a Flavia en la orilla, enmarcada entre la vegetación, atenta, tomando apuntes en su inseparable block de notas.

Monday, November 03, 2008

JAVIER ARÉVALO

Javier Enrique Arevalo Piedra (Lima 1965) es escritor, periodista, fotógrafo, editor. Promovió en el Perú la fijación de una política de Estado que estableció una meta nacional de lectura de un libro al mes para alumno y maestro. Es autor de las novelas "Nocturno de ron y gatos", "El beso de la flama" editada por Opera Prima en España y traducida al portugués con el título O´Beijo Da Chama.
Además es autor de las novelas "Instrucciones para atrapar a un ángel", "Él cazaba halcones", "Vértigo bajo la luna llena" y "Gracias, señor por tu venganza" Tiene cuatro colecciones de cuentos; "Una trampa para el comandante", "Previo al silencio", "El galeón imaginado" y "Una línea hacia tu corazón" y una novela para niños "El misterio del pollo en la batea" además de dos libros para periodistas: "La entrevista" y "Periodismo y Literatura". Es director del Proyecto Recreo organización que busca crear condiciones sociales favorables para que los niños desarrollen el gusto por la lectura en el Perú. Ha sido redactor principal del diario El Comercio, y fundador y editor de la Revista Detalles.




LATEANDO

Primera foto

De repente todos volvieron sus rostros hacia la derecha. Un acto de cardumen que se orienta.
Pero David se fijó en una pareja de casi viejos que, entre sonrisas y caricias, venía por la vereda discutiendo cordialmente. Al parecer, el casi viejo, con una terca pero serena convicción, aseguraba algo que su mujer no admitía.
Los otros estaban impresionados con ese Mazda RX7 que se había estacionado veinte metros más allá, y ahora evaluaban sus líneas aerodinámicas y sus llantas radiales, pero el auto como tema se acabó de pronto, salió de foco cuando de él descendió esa hembra vestida para matar, toda de negro y minifalda, que los atrapó en la red que eran sus curvas, justo cuando el casi anciano, en segundo plano, inclinó su cuerpo y abrazó por debajo de la cintura a su mujer y la levantó en vilo, cuando los otros (en el primer término) notaban que al volante iba alguien envidiable, de quien veían solamente un impecable terno azul y una corbata roja. Pero David, como siempre, había hecho close up con otro tema y tenía cubierto casi todo el cuadro de su atención con la estampa de esos dos viejos que se hacían arrumacos en la calle. Se dio cuenta de que ella, la casi vieja, se aferraba a los hombros de su marido -o su amante, quién podía saberlo-, zozobrando, riendo nerviosamente, temiendo el contrasuelazo, pero confiando en la última ternura, mientras el rubor trepaba a sus mejillas y durante unos segundos, sus pies revoloteaban como mariposas, suspendidos en el aire. Luego, delicadamente, el tío la hizo aterrizar, miró a los ojos de la mujer y diciendo algo acercó su rostro y dejó en sus labios un beso que ella correspondió con el recato de una adolescente. Enseguida continuaron su camino, abrazados, sonrientes, plácidos, como si acabaran de hacer el amor.
David comentó algo sobre la curiosa perduración del amor a fuerza de cariño, deseo y cojudeces que a uno se le ocurren para hacer la relación más interesante.
Sus amigos resolvían un asunto crucial: ¿será o no, el Mazda, la mejor máquina actualmente en el mercado?
Sin duda el Mazda, dijo David retornando al rebaño.

Segunda foto

Un vaso de plástico va de mano en mano perseguido por una botella de "Pablito": líquido naranja, combinado de pisco y maracuyá y unas pastillas de mejoral, según sostiene el mito de su contundencia.
Un patrullero cruza la esquina, lentamente, y es como si fuera la señal de Batman. La mitad de los muchachos se interna en la quinta que hay al lado.
Pasa un minuto y ellos siguen allá, en la oscuridad. Luego, Vampiro, el primero, asoma su torcida nariz y pregunta ¿ya se fue?
Marita lo sigue, a dos pasos, agazapada y sigilosa.
David sabe que lo hace de estúpida que es. La cosa no es con ella. Nadie tiene nada contra ella.
-¿Por qué te sigue Marita, Vampi? ¿Este es un caso extraño de solidaridad sin motivo? -pregunta David.
-No te pases de pendejo, Picapedrero -refunfuña Vampiro.
David lo chequea, sonriendo. No le teme, aunque le conoce el prontuario: un paquetero cualquiera, aunque diga que la nariz torcida es una herida de guerra ganada en Lurigancho, de donde se sale -todos lo saben- sin nada ya qué perder.
Coco aparece después. Mira a todas partes, algo pálido. Se ha llevado un susto, es evidente.
-Ya estás jodiendo otra vez, Picapedrero -dice Coco.
David sonríe.
-Tú sabes, amiguito, que contigo no pasa nada -dice David.

Tercera foto
Querer y poder.
Suelen decir muchas cosas al respecto, pero la vida no es una balanza. No es que esto es negro y esto es blanco. Hay más: un infinito de tonos intermedios, según cómo alumbre el sol.
Querer llevarme a Marita y poder llevármela son aspectos del mismo fenómeno. Bastaría conversarle de cualquier cosa que ella no entienda. Pero eso la espantaría. Quizá invitarla a recorrer vericuetos de hilaridad trepados en hierba. Pero probablemente le atraería más humear en pasta, fumar, fumar, fumar hasta la angustia, droga cojuda, hasta la modorra. ¿Bastaría procurarla, como a cualquiera? Nada con decirle -en realidad, nada con decirme-, Marita, te llevo cinco años, cómo es posible que tengas quince con ese cuerpazo. Nada con esos argumentos que urgen los escrúpulos, porque entonces surgen los tonos intermedios, esos tres mil doscientos kilos de remordimiento pegajoso que terminan siempre por asexuarme, a mí, que siendo Escorpio, predico la promiscuidad.


Cuarta foto

El aburrimiento, viejo amigo, llegó con la pasmosa lentitud de un ómnibus que se espera y como no viene lo hace pensar a uno que es mejor regresar a casa, porque nada justificaría ni la tardanza ni el aburrimiento, y en eso allí, el ómnibus, fatal como el aburrimiento.
El Chato Alejandro recibió besos de las chicas y abrazos de los patas.
David se escabulló, se fue del grupo sin saludarlo. Ninguna bronca de por medio, una simple falta de ánimo para los abrazos saturados de hipocresía, eso era todo.
Los dejó sentados, con otra botella de Pablito, en el muro de la vieja que últimamente ya no los botaba, ¿se habría muerto?
¿Dónde ir a patear latas?
David caminó pensando en eso.
Tarareó canciones que no conocía, no le importaba, inventaba las letras. Bajó por la avenida San Felipe, subió, volvió a bajar, ahora por la alameda sin vereda. Se le humedecieron los botines de gamuza con la frescura del pasto. Luego, sentado sobre cualquier murito de jardín, vio que furtivas cabezas se asomaban, preocupadas, a ventanas super azules de pura radiación televisiva. Vigilaban su sospechosa presencia creyendo que él no los veía. Pero David los veía y los torturaba quedándose un poco más, mirándolos de vez en cuando directamente a la cara, para que pensaran que podía volver con una escopeta recortada o con un hacha filuda con la que no les dejaría una sola extremidad sujeta al torso.
Pero al cabo de unos minutos se le acababa la cuerda, abandonaba esos lugares y emprendía una vez más el lateo. Finalmente, no le interesaba mortificar la paz de esas personas que se procuraban una derretida tranquilidad detrás de sus paredes, frente a sus televisores.


Quinta foto

Regresó como recogiendo sus pasos. Decidió por fin quedarse en la casa de Miguel, que esa noche había organizado una fiesta. Era universitario. David pensó que tenía ganas de conocer a una muchacha politizada, de izquierda o de derecha, de lo que fuera, pero que defendiera algo.
Encontró a Coco parado en la puerta, recostado contra una de las jambas. De lejos, era apenas perceptible su ebriedad. Pero de cerca no quedaban dudas. Ese vaivén, esa inestabilidad lo delataban: el pisco, el mejoral o lo que mierda le metieran al "Pablito" le había sancochado los sesos. En la mano derecha sostenía un vaso lleno de cerveza, sin espuma, como si hubiera estado allí mucho rato. En la izquierda sostenía una botella.
-¡Coco! -saludó David y le miró los ojos que ahora parecían un par de vidrios resquebrajados y recorridos por riachuelos de sangre muy líquida. Una breve humedad, sobre su barbilla, se rompía en brillitos.
-¡Salud! -dijo Coco y secó su vaso baboseando el borde; así se lo alcanzó a David.
David inspeccionó el ambiente. Salvo Miguel, el anfitrión, y Coco que más bien parecía no existir, no reconoció a nadie y eso le pareció sorprendente.
Habían arrimado los sillones contra las paredes y las sillas también. Sentada, una muchacha se abanicaba con la envoltura de un viejo long play "Slade en vivo". Tenía cruzadas las piernas. David la desnudó con los ojos, imaginó que le quitaba la minifalda y lamía sus muslos bronceados. Esto le provocó una erección.
Mientras tanto, Coco había hablado. Dijo algo sobre la vieja amistad que los relacionaba y otras nostalgias de la niñez. La ternura, una especie de desolación, lo tenía cogido del culo. David comprendió que con él se aburriría.
-¡Vampiro dijo que te crees la cagada! -comentó Coco-. ¡Ellos qué saben de lo que tú eres capaz! ¿Te acuerdas cuando trajimos esa piedrota desde la playa?
-¡Cómo lo hicimos! ¿No?
-Todo para que la quebraras en dos, huevón -dijo Coco.
-¡Sí, qué huevón fui!, esas piedras de la playa no sirven y ya no me interesa la escultura. Aunque un día deberíamos conseguir otra piedra igual de grande para esculpir tu cabeza.
David volvió los ojos a la fiesta y le pareció muy extraño que no hubiese nadie del barrio. Era extraño, porque hacia las fiestas tenían la misma actitud que las moscas hacia la mierda.
-¡Coco, oye, mira, allá adentro hay una tipa que me tiene enfermo! Toma -le devolvió la botella y el vaso-, ya vengo, ¿ya? ¿Por qué no entras?

Sexta foto

Fue cosa de acercarse y decirle: si fueras un poquito, solamente un poquito más bella, tendríamos un horrible vacío aquí en la fiesta. Ella lo miró como se mira a un mago y le dijo con una sonrisa persistente que no le entendía absolutamente nada. Entonces David explicó que Jesús murió en la cruz a los treinta y tres, pocos años después de comenzar su prédica, poquitos. Los eclipses los ve uno desde un mismo lugar cada trescientos sesenta años, y el noviazgo es siempre la parte más pequeña de una relación. Ella rio y fue como si le brotaran mariposas amarillas. ¿Estás loco?, preguntó ella. No, contestó David, soy lo más cuerdo que existe sobre la tierra. Luego agregó: hasta ahora, porque comienzo a sentir, segundo a segundo, que una fuga de cordura me está desquiciando, y todo por ti, porque estoy enloqueciendo de sólo amarte.
Después bailaron, después bebieron, siempre entre risas y frases extrañas. Bailaron abrazados una balada. Se miraron, se olieron. Un temblor en él, simulado, patrañero. ¡Estoy temblando!, dijo David. No te cre..., a la ninfa se le truncó la frase porque era evidente que David temblaba, lo sintió. ¿Por qué tiemblas? preguntó con una preocupación de madre. David dijo: no me creíste, ¿no? Bueno, no me creas, pero es verdad, te amo.
Más tarde fue cosa de acompañarla a su casa y luego besarla suavecito, sin precipitaciones, nada de estirar la mano y agarrar una teta, porque la historia es rosa, porque ella es rosa y porque más adelante habría tiempo de cambiarle el color, como siempre, al relato. Pero ahora consistía en llenarla de ternura. Una ternura que la muchacha de los muslos dorados correspondió maravillosamente.
"Un día que vengas por la mañana, dijo ella, quiero enseñarte un nido de golondrinas que hay en mi azotea". "¿Tuyo?", preguntó David. "No, no, respondió ella, de las golondrinas."

Sétima foto

La garúa incluso puede ser romántica. Pero hay que examinar los contextos. Allí está la garúa, acariciando el cuerpo de Coco. Nada raro, hasta allí, porque también a ti te acaricia y te humedece el rostro, los cabellos, la ropa. El asunto es que tú la recibes verticalmente, mientras Coco lo hace paralelo a la línea del horizonte. Te preguntas ¿y qué puta hace tirado en medio de la calle? Refunfuñas porque sabes bien lo que se te viene encima, sabes bien que, claro, tienes que llevarlo. Te sientas a su lado y traes su cabeza hacia ti. ¡Qué huevón eres!, le dices. Entonces te acuerdas de cuando él tenía catorce años y tú doce, y cuando te enseñó a fumar, y la primera borrachera con ese trago dulce, Guinda de Huaura, apestoso y denigrante trago para adolescentes que no aguantan la cerveza ni el pisco. Piensas que si no hubiera hecho algo por ti, en aquella época, ahora sería uno más de los chicos del barrio, tan despreciados por tu petulancia. ¿Te conmueves? ¿Pero es verdad que te conmueves? Basta ya, demasiadas preguntas. Habías rebobinado el cassette y él tenía catorce años. Recuerdas su faceta despiadada, su relación con el anciano decrépito y enfermo que era su padre. ¿Pero era en verdad su padre? Aquel viejo caminaba arrastrando unos enormes zapatos de costuras remendadas, era alto y viejo, con enormes ojeras, el pelo desgreñado, la ropa sucia. En cambio, la madre de Coco no debía de tener más de treinta y cinco. ¿Ese viejo lo había procreado? ¿Esa mujer dormía en la misma cama que ese viejo?
Era posible que no fuera su padre, decían; y, sin embargo, cuando el viejo murió todos vieron a Coco llorarlo, como si fuera de verdad su hijo, como si nunca hubiese venido por detrás, en la calle, a jalarle el pelo, a burlarse de ese esperpento que no parecía tener ninguna capacidad de reaccionar, como si lo hubiesen lobotomizado.
Y ahora, allí, bajo la garúa, salta a tu cuello un nudo que estrangula tu garganta, y hay demasiada humedad en tus ojos. ¡A la mierda con que se ensucie el jean, y te sientas a su lado! ¡Cuántos habrán pasado junto a él y lo han dejado allí!
Te duele eso. Pero te jode aún más sentir que la puta sensación que experimentas se parece a la que sientes cuando ves una película cursi. ¡Qué más da! Le cierras la camisa para no verle más esa panza que siempre se rasca, un viejo tic que no reprime. Esa panza, ahora crecida, que le quitó la sombra de Quijote que tenía antes de que lo metieran a la Infantería de Marina. No era una gran barriga, era como un bulto en un mástil, como un árbol embarazado. Un Quijote-Panza, claro, aunque ahora parecía ya no haber nada que lo empujara, ahora que los molinos son de Nicolini y las dulcineas no existen. Ahora que su madre había muerto después de que un coágulo de sangre en el cerebro la hizo chillar y escandalizar al barrio los últimos meses de su vida, que se los pasó ebria y llegando a su casa en el auto de cualquiera, porque sabía -el médico se lo había dicho- que un día el televisor iba a apagársele para siempre. Aquella noche Coco había salido del cuartel para estar en el velorio, y sus compañeros de armas habían hecho una guardia de honor. Pero Coco no volvió con su patrulla. Se quedó en el barrio. Compró mucho pisco y mucha pasta y se lo fumó todo en su casa vacía.
Ahora lo jalas hasta apoyarlo contra la pared. Luego metes tus brazos por debajo de sus axilas y lo alzas con fuerza, poco a poco. Consigues poner tu hombro contra su estómago y dejas que se pliegue, como un saco de arena sobre el hombro de un obrero. Pesa el cabrón. ¿Cuántos kilos se traen en un metro ochenta y cinco?
Caminas puteando cada dos pasos. Decides que la esquina será tu primera parada. Descansarás allí. Cada paso retumba en tus sienes como un batir de tambores de hojalata. Hilos de sudor bajan de tu cabeza. Se filtran a tu boca por las comisuras de los labios, también a los ojos por los rabillos y te arde. Llegas a la esquina, te acercas a la pared y lo paras contra ella. Dejas que se deslice, lentamente. Termina sentado en el suelo. Das vueltas, llenando de aire tus pulmones. Tus pulsaciones recobran su ritmo normal. Siempre recobraste la normalidad muy rápido. Eras un buen fondista en el colegio. De pronto, Coco larga una metralla de frases ininteligibles. Abre los ojos y mira sin mirar. "Quiero morir", dice. ¿Quiere morirse? Es eso lo que dice, "quiero morirme, quiero morirme", musita lastimosamente. Por qué diablos recordarás cosas tontas en circunstancias como ésta: "la plañidera, la plañidera, un violín, en el otro salón..." Coco es la sustancia que en este instante coagula toda tu realidad, te obliga a olvidar esa vieja y melodramática canción, y ahora lo ves que intenta incorporarse, "quiero morir", repite. Torpemente consigue ponerse de pie. Da uno, dos, tres pasos y se va para abajo. Lo sostienes a tiempo para evitar el contrasuelazo. Intenta zafarse de ti y lo intenta nuevamente, ¿te divierte? Camina, cuatro, cinco, seis pasos y se va contra un montículo de arena. Al lado hay un teléfono público. Ahora Coco se sostiene del poste, luego de la cabina y consigue erguirse. Lo miras, te sientes incómodo, patético, ridículo. Peor aun cuando comienza a darse de cabezazos contra la cabina, que felizmente es de fibra de vidrio. De todas maneras debe doler. Pones una mano entre su frente y la cabina, y él no se percata de que está estrellándose contra la palma de tu mano. Su arrebato suicida dura un par de segundos más. En el último impulso se va para atrás y cae en cruz sobre la arena y otra vez se queda dormido.
Con mucha más dificultad que al principio lo vuelves a trepar sobre tu hombro. Has avanzado diez metros cuando la luz de un reflector te cae de lleno por detrás. Ilumina tu camino y te proyecta en una esbelta sombra de cuatro o cinco metros. No te detienes, no lo puedes hacer, lo sabes de sobra, allí atrás está el patrullero y no puedes detenerte, y por eso apuras el paso, faltan solamente cincuenta metros para llegar a tu casa, Coco, solamente cuarenta y cinco y ahora...
-¡Ey, tú, párate!
"Estoy parado, huevón, estoy parado", dice tu cabeza. No te detienes, te haces el sordo. Falta poco, Coco, nadie te molestará en la casa de tus abuelos, puta que pesas Coco, ya estamos llegando.
-¡Alto, carajo! -grita de nuevo el policía y te agarra por el cuello de la camisa, con violencia.
Casi te hace caer. Recobras el equilibrio. La furia ha trepado a tus ojos, pero sabes que debes tener tacto, no dejar que te irriten, manejar la situación como lo hace un camionero en falta. No por ti, por Coco. Piensas en los pocos metros que te faltan y entonces mientes.
-¡Ah, jefe, eran ustedes, felizmente, pensé que nos querían asaltar!
-¿Qué le pasó a ése? -refunfuña el policía
Cada segundo que transcurre Coco te pesa dos kilos más.
-Se pasó de trago, jefe, lo llevo a su casa para que se duerma.
-A ver, súbelo al patrullero.
-¡Gracias, jefe, no se preocupe, aquí nomás vive!
-¡Súbelo al patrullero, imbécil, o crees que te vamos a hacer un taxi!
Miras al policía con toda la rabia que habías agazapado. Caminas hacia la pared y lo dejas contra ella, descuidadamente. No puedes evitar que se dé un porrazo. Felizmente la pared parece de quincha, en fin.
-¿Quieres llevártelo? -le dices al policía, sonriéndole - ¡Allá está, súbelo tú!
-¿Qué pasa? -pregunta otro policía, aproximándose.
-Nada, que aquí hay un malcriadito.

Octava foto

Al final del pasillo, David distinguió un patio lleno de gente. Los policías lo metieron en la oficina del comisario. Antes que él habían entrado dos taxistas que, por lo que escuchó, habían chocado.
-¿Y éste? -preguntó un policía gordo sentado detrás de un escritorio con las puntas desconchadas.
-Un pendejito, mi Comisario.
-Un vivo de la vida más... -dijo el Comisario mirándolo con desprecio, aburrido. El policía contó su versión de las cosas.
-Eres un payasito, un rebelde eres... -dijo cuando acabó el policía.
David sonrió.
-¿De qué te ríes, imbécil? -vociferó el comisario.
-Esta hinchazón de mi cara me da cosquillas...
-¡Cállate! -ladró el Comisario, exasperado. Se metió un dedo a la oreja derecha y lo agitó con fuerza.
-¿Así que no quieres decirnos cómo se llama tu amiguito? -dijo el Comisario.
-No sé cómo se llama.
-Lo llevabas cargado ¿no?
-Sí ...
-Y si no lo conoces, ¿por qué lo hacías?
-Me lo estaba robando.
El comisario se puso de pie con violencia y golpeó el escritorio con las palmas de las manos. Uno de los guardias se acercó por detrás y golpeó a David en los riñones. David se dobló de dolor. Sintió miedo y rabia. El Comisario gruñó que se lo llevaran. Los subalternos lo tomaron de las axilas y obedecieron.
-A ver si una noche en este hotelito le quita algo de su cojudez al chistoso.
-Sé de otro a quien se le va quitar la cojudez cuando lo manden a Huancavelica a criar chanchos. No sabes con quién te has metido -gritó David.
-¡Este cooounchasuumadre! -masculló el Comisario.
Los policías y David recorrieron un pasillo de unos diez metros y doblaron a la izquierda. Entraron a un ambiente apenas iluminado que apestaba a sudor y pies sucios.
-¿Te diviertes, no huevón? -dijo el policía que lo había golpeado en la espalda y que antes le había hecho el moretón en la cara con la cacha de su revólver-. Así que tienes vara. Y seguro vas a ir a llorarle como una niñita.
El policía sacó unas llaves, abrió un candado, jaló una puerta y empujó a David hacia el interior. Una ácida tufarada hirió su olfato. Mismo Papillon, pensó David. De repente, una risa cachacienta, conocida, rompió ese pegajoso silencio lleno de murmullos.
-Ja -rio alguien sin ganas-.El pi-ca-pe-dre-ro está aquí.
Los ojos de David se acostumbraron a la penumbra apenas iluminada por la luz que venía del pasillo y que se filtraba por una ventana que daba al patio donde estaban todos los otros que la policía había recogido de las calles. Sintió alivio de no estar solo en esa fétida mazmorra. Uno a uno reconoció a los de su barrio, típica noche de batidas. Vampiro estaba allí, desolado. ¿Le habrían encontrado algo encima? ¿Otra vez estaba camino a Lurigancho? ¿Lo violarían una y otra vez como decían que ya había pasado? ¿Tendría humor para decir: soy un hombre probado, porque yo perdí y no me gustó?
-¿Qué te pasó en la cara? -preguntó el Chato Alejandro.
-No es nada, Chato -dijo David-. Y gracias por la preocupación, venga para acá, pé mi Chato. Chupé de tu trago, pero no te dije feliz cumpleaños. ¿Qué tal la estás pasando?
Alguien rio, un desconocido.
Coco roncaba, a un costado, sobre el suelo. Alguien le había hecho una almohadita con periódicos.
-¡Averaveraver! -dijo David, nervioso, con unos ánimos forzados-. ¿Armamos un tono aquí ¿o no?
-Ohhh, no seas tarado, Picapedrero, siempre tienes que estar diciendo las mismas huevadas -dijo Vampi, sonámbulo, depre. El Chato se rio bajito, aburrido, y se fue a sentar otra vez por ahí, junto al resto. David hizo lo mismo.
.

Friday, October 31, 2008

RAÚL TOLA



Raúl Tola Pedraglio (Lima, 1975) Estudio en la Universidad Católica. Es uno de los periodistas más conocidos del Perú. Desde 1992 trabaja en medios escritos, y en 1999 ingresó a laTelevisión, donde ha conducido Noticieros y programas de entrevistas y Opinión. En 1999 publicó Noche de cuervos, cuya versión en el cine – Bala perdida, dirigido por Aldo Salvini – mereció el Premio de la Prensa cinematográfica en el V Encuentro latinoamericano de Cine del Centrocultural de la Universidad Católica. Enel año 2002 publicó Heridas Privadas, su segunda novela. En 2007 obtuvo una mención honrosa en el Primer Concurso de CuentoGastronómico Matalamanga por una versión de “La víspera”. Su más reciente trabajo es el libro de cuentos Toque de queda




LA JAURÍA


Para Jorge y Eva
He dejado mi casa, me persiguen
y no sé qué me pasa
sin pasaporte y sin visa voy,
navego contra la corriente y la brisa
y si llego a la ribera,
tendré la espalda mojada y la estera,
tú serás mi refugio,
qué larga y triste que es esta quimera”.

Tam Tam Go!
“Espaldas Mojadas
”.


Santiago los contempla taciturno. ¿Qué pensarán?, se pregunta: tan llenos de miedo que con sólo una mirada se los puede diferenciar. Ese hombre pequeño, por ejemplo, moreno, de pelo corto y trinchudo, que abraza con devoción un atado con su ropa y un tapete, es obvio, partirá para siempre. Pobre, se compadece Santiago, olvidando por un momento que él mismo pronto se sumará a la inmensa jauría de los migrantes.

Abrazas tu atado, Saúl, cargando tus miedos, con el sudor cayendo a chorros por tu cuello y tu espalda. Hay tanto a qué temer, piensas. ¿Estarás haciendo lo correcto? ¿Será la mejor decisión? Sí, carajo, te respondes, no hay nada que te una a esta tierra. No hay por qué albergar las mismas dudas de niño, cuando, muerta tu familia (mamita, papito, tus hermanitos menores), huiste de tu pueblo a la capital, montado en la tolva de un camión, entre carneros, perseguido por las sombras que habían entrado a casa muy temprano, a la hora que bajabas al río para recoger el agua, y habían abatido a todos por negarse a entregarles un saco de arroz. Sentiste su presencia muy cerca, persiguiéndote mientras el camión atravesaba trochas, esquivaba precipicios, devoraba kilómetros de carretera y, al final, entraba a la trama de pistas y casas en los cerros de Lima. No Saúl, te dices, si siendo un niño fuiste capaz de subsistir, solo, mendigando primero, y después trabajando donde fuera, cualquier aventura, como la que emprendes, será pan comido.

¿Qué pensarán?, Santiago le daba vueltas a la pregunta mientras los veía alinearse en la cola de migraciones, aguardando su turno frente a la ventanilla, con miedo de no recibir el sello de salida. Entregó su pasaporte abierto, y el funcionario apenas lo vio antes de estampar el salvoconducto rojo. Tenía tiempo, así que compró “El Comercio” junto a la sala de embarque y lo hojeó de principio a fin. Oyó el último llamado a abordar, dobló el diario, y se formó en la larga fila, que avanzó lenta. Mostró su boleto, entró al avión, ubicó su asiento, se acomodó, comprobó que llevaba una nota con el teléfono de su contacto en la billetera y ajustó su cinturón de seguridad. El despegue fue suave. Al rato un camarero le ofreció una bandeja con la comida y una botellita de vino.

Un viaje más, Enrique, piensas, repartiendo charolas de mala comida, sirviendo tazas de café aguado, aguantando los ronquidos y las quejas de los pasajeros. Obligado a mostrar la mejor de tus sonrisas, en el fondo detestas este trabajo con todas tus fuerzas. Quisieras dedicarte a otra cosa, a un empleo que prescindiese de este trato con la chusma, pero, mientras no encuentres algo mejor, debes resignarte. Y la verdad es que, a no ser por ese detalle, el trabajo no estaría nada mal. De hecho, tu vida cambió cuando entraste en la compañía de aviación. Dejaste de ser aquel chiquillo inseguro y flacuchento y comenzaste a viajar por todo el mundo, Nueva York, Madrid, París, a destinos exóticos, Bankgok, Sâo Paulo, Praga, hospedándote en hoteles de cinco estrellas, descubriendo vicios y mundos nuevos. Y haciéndote rico, además. Tus valijas cruzan las fronteras sin ser revisadas por el control aduanero, llenas hasta reventar de tubos de pasta de dientes, tampax, autopartes, electrodomésticos, pañales descartables, zapatillas, vitaminas, champú, dulces, cosméticos, casetes de betamax. Gracias al cierre de importaciones, cada remesa es una fortuna. En solo dos años has podido comprar un departamentito en Miraflores y un descapotable último modelo, con el que paseas por la ciudad con tus nuevos amigos y amigas, bebiendo whisky de primera, fumando cigarros cubanos y oyendo una música que no suena en las radios de Lima. Tanto provecho has obtenido con esa ocupación que no puedes dejarla. Quizá es por ello que no te animas, como tantos otros, a huir del país.

Santiago comió, aguantó un rato despierto, vio el principio de una película, y se durmió. Diez horas después, el temblor y el chirrido de las ruedas del avión aterrizando lo despertaron con un respingo. Eran las siete de la mañana en Madrid, cuando, los cabellos revueltos y los párpados pegados por las legañas, bajó a tierra. Siguiendo a los demás pasajeros, cruzó los controles migratorios y recogió sus maletas, que serpenteaban sobre un largo carrusel. Buscó un teléfono público e intentó llamar a su contacto que, esperaba, lo ayudaría a comenzar con buen pie, consiguiéndole algún cachuelo, presentándole amigos y, de ser necesario, brindándole cobijo. Marcó el número que guardaba en la billetera y oyó las timbradas sin respuesta. “Todavía es muy temprano, debe estar durmiendo”, se dijo, y colgó. Cargó con su equipaje y salió del aeropuerto, a un amanecer de aire seco. Encontró un taxi y pidió que lo llevara a un hotel barato. El chofer, un hombre grueso y bigotudo, de ojos negros y marcado acento árabe, lo ayudó a subir las valijas a la cajuela.

¿Recuerdas a aquellos turistas, Mahi? Sentados alrededor de una fogata, fumaban porros, comían malvaviscos achicharrados, bebían cerveza y cantaban al compás de una guitarra. Eran un grupo de suecos, franceses y españoles, arrebujados con mantas y abrigos de polar, que festejaban la llegada del año nuevo. Arrodillado en la punta del bote, sin sentir los dedos de las manos y los pies, oyendo el golpeteo del agua contra la proa, casi desvanecido por el cansancio, los adivinaste varios cientos de metros antes de la costa. La travesía había empezado en tu Marruecos natal, continuado a través de las aguas chúcaras del Estrecho de Gibraltar, y no todos los tripulantes habían sido capaces de terminarla. En el camino habían quedado los más débiles, un anciano y un niño, padre e hijo de una mujer que hubo que inmovilizar entre varios para que no se arrojara al mar tras los cadáveres. Felizmente esa macabra aventura había pasado, junto con tu desconcierto de recién llegado. Tu vida no ha sido muy distinta a las de otros africanos que conoces. Vendiste hachís y traficaste con mercadería de contrabando, mientras dormías en un piso del barrio de Lavapiés, hombro con hombro con una docena de miserables como tú. Salir del fondo del pozo tomó su tiempo. Antes tuviste que aprender el español, que aún hoy hablas mal y con vergüenza, y luego conocer a Manuela, Mahi, aquella tarde en la Gran Vía, cómo olvidarla. Era una española pequeñita y exuberante, que pasaba al menos una vez al mes por tu esquina, para comprar un puñado de marihuana. Un día, ambos se descubrieron conversando, y les resultó natural seguir juntos, con unas cañas en un cafetín de la zona, y luego, ya de noche, con un porrito en una plaza cercana. Con el tiempo, casi sin querer, se harían novios, y aún sin superar la oposición de su padre, un franquista acérrimo, se casarían. Obtener la ciudadanía española allanó tu camino, te permitió trabajos mejores, mudarte, ahorrar, tener hijos, jubilarte, comprar el taxi.

—Ya llegamos.

Santiago sentía la camisa pegada a la espalda por el sudor:

—¿Es barato?

—Tengo entendida. Por qué mejor no preguntas. Yo la espero.

El hotel quedaba a una cuadra de la Calle Mayor, en un segundo piso. Trepó las maletas y llegó a una oscura antesala, frente a una puerta de madera. Golpeó hasta que le abrieron. Preguntó por el precio y le pareció apropiado.

Santiago se sintió renovado en su primer día en Madrid. Por primera vez en buen tiempo creyó tener motivos para celebrar. Intentó llamar de nuevo a su contacto, y, aunque encontró el teléfono ocupado durante media hora, se mantuvo optimista.

Caminando llegó al mediodía hasta un parque. No había probado bocado desde el avión y estaba hambriento. Buscó un lugar donde almorzar y encontró un restaurante argentino que hacía esquina. Las morcillas, los chorizos, las vísceras y el vino lo entonaron aún más y, cuando salió a la calle, luego de un expreso doble, estaba tan feliz que decidió que ese día maravilloso no podía detenerse.

A este se le nota a leguas que no es de acá, piensas: con esa mirada de asombro, che, la boca abierta, y ese acento tan distinto al de los madrileños. Te ríes un instante, Ezequiel, y enseguida te arrepientes, pues piensas que estás hablando como si tú, en tu momento, no hubieses actuado con esa misma inocencia de todo recién llegado. Es cierto, no necesitaste mucho tiempo para adaptarte, incluso abriste un negocio propio, el restaurante, pero al principio no fue fácil. Tuviste que olvidar tu vida idílica en Argentina, Ezequiel, y huir bajo el asedio de la dictadura, por las sospechas de que tú, a tus años, con esa blanca barba navideña, esa barrigota y esas camisas de leñador, eras un colaboracionista de los rebeldes. Ese verano fuiste investigado por los servicios de inteligencia, recuerdas, todos tus movimientos y los de tu familia fueron registrados. Pero el temor de verdad se desató el día en que te advirtieron de la captura de Dora y Aníbal, una pareja de montoneros que, torturados en la Escuela de Mecánica, habían deslizado tu nombre. Sin más noticias que ese rumor, tuviste que tomar una decisión rápida. Quemaste gran parte de tus ahorros, abandonaste tu casa, y te montaste con los tuyos en el primer vuelo a Madrid, donde se exiliarían y donde, lleno de un entusiasmo que no quebrantarían la lejanía, la añoranza ni la edad, construiste otra vez tu vida.

Había tanto por hacer, pensó. Adonde miraba encontraba un bar abierto que parecía llamarlo. Qué distinto a Lima, pensó, donde las luces cerraban los ojos temprano, y las gentes parecían pedir permiso antes de hablar. Bajó a una terminal del metro. No era la hora más concurrida, pero igual le admiró la cantidad de gente y el orden y respeto, impensables en los paraderos de su ciudad natal, donde los autobuses peleaban como fieras hambrientas por un pasajero. Compró un boleto y se unió a un desfile de jubilados, punks de chamarras negras y empleados que terminaban temprano su día. Al azar, entró a uno de los trenes, encontró un asiento libre en el último vagón y lo ocupó. Al fondo, ocultos, descubrió a los inmigrantes latinos y africanos, que se ovillaban como polluelos. En medio de la muchedumbre, un hombre llamó su atención. Su porte, a diferencia de los demás, revelaba seguridad.

Vestido con tus zapatos de fútbol y tu casaca térmica, Salvador, sosteniendo el maletín de mano, te apoyas contra el ventanal del vagón. La oscuridad del túnel enmarca tu silueta espigada, que vuelve a casa después del entrenamiento vespertino, a ceñirse el overol de trabajo, para luego partir a la carpintería, donde te sobrepondrás a la fatiga y cumplirás tu medio turno martillando, serruchando, pegando los maderos. Todavía sueñas con dar el gran salto a la primera división, pero sabes que cada vez es menos probable. Con treinta años ya no eres el mismo jovencito que vino a España cegado por la ilusión de salir adelante y llegar, si la suerte lo acompañaba, a compartir estrellato en “la quinta del Buitre”. El dolor lumbar se te ha hecho crónico y un par de accidentes laborales han estado a punto de poner fin a tu carrera que, sin descollar, te ha llenado de alegría. Además, el club ha comenzado a reclutar jovencísimos africanos, que han terminado postergándote. Esta noche, cuando vuelvas a tu piso, te sientes en el sillón de la sala, prendas la televisión y tengas tiempo para meditar, mientras esperas que el telediario traiga noticias de tu lejana Bolivia, volverás a pensar lo mismo. Siendo realista, te dirás, lo más probable es que tu oportunidad haya pasado.

Santiago transitó por dos estaciones de metro y decidió bajar en la plaza España. Cerca de allí encontró una taberna casi llena. Se acodó en la barra y pidió un gin tonic, que apuró con tres tragos. Suspiró y pidió una nueva copa, que tomó con más paciencia, acompañado por un plato de gambas a la gabardina y un Ducados. Con el cigarrillo entre los dedos, contempló el salón. Repasó las paredes, decoradas con fotos del viejo Madrid, la concurrencia, hombres y mujeres que abandonaban la juventud y conversaban a los gritos, bajo una nube de humo, y se detuvo cuando, a su lado, encontró a un anciano vestido con terno, que bebía una copita de jerez, asistido por una enfermera. Ella se afanaba lo más que podía por atenderlo bien, secaba el jerez que le quedaba en los labios, cortaba los bocadillos en pequeños trozos y se los daba a la boca, con paciencia, don Gonzalo, no se apure, lo acompañaba al baño para ayudarlo a sentarse y limpiarle la caca, y estaba alerta a cada una de sus necesidades.

Todo ha sido tan fácil que parece parte de un sueño, Nimia, casi no te ha costado adaptarte a este nuevo mundo. Ahora estás feliz y aunque vivas austeramente, ganas lo suficiente para enviar algún dinero a tu familia y hasta ahorrar, y ni siquiera necesitas trabajar más. Con solo ocuparte de don Gonzalo, este viejito sirio y encantador, tu presupuesto está cubierto. Qué angustias las que viviste en tu tierra, mujer, cuando doña Rosa, aquella anciana milenaria y fecunda, decidió morir de una vez por todas. Llevabas casi veinte años atada a su cama, velando por su salud, soportando sus caprichos y quebrantos, que parecían eternos. Debió atacarla el alzhéimer y una pierna tuvo que quebrársele en la ducha para que la neumonía, que por fin se la llevó, la encontrara con la guardia baja. Tú te sentías uno más de sus hijos, y también lloraste a mares en el velorio y el entierro. ¿Te pasará lo mismo con don Gonzalo?, te preguntas: ¿llegarás a encariñarte con él hasta el extremo de sufrir como se sufre cuando muere un padre? Quizá no deberías comprometerte tanto, piensas. Como hacen otras enfermeras, deberías mantener una distancia que ahuyente cualquier afecto. Pero así eres, y es muy tarde para cambiar. Seguramente don Gonzalo, en poco tiempo, se llevará a la tumba una parte de tu alma y así, mutilada, deberás volver a empezar.

Santiago había perdido la cuenta de los gin tonic. Sin que recordara el momento de su partida, ni el anciano ni su enfermera estaban más en el bar, y los últimos comensales daban los sorbos finales a sus cervezas, se enfundaban sus abrigos y salían a la calle. Pagó con un billete y dejó el vuelto como propina, sin contarlo. Avanzó sin brújula entre calles y plazas, buscando algún lugar que no cerrara en la madrugada del lunes. Tuvo que llegar hasta una avenida estrechísima, con autos angostando el paso, donde una multitud de jóvenes gritaba, cantaba y bebía cerveza.



Cuando Santiago despertó a la mañana siguiente, presa del desconcierto por el cambio de horario y el alcohol, y revisó su billetera, descubrió con alarma que casi había liquidado su presupuesto. Intentó sacar la cuenta de sus gastos, rebuscó en su mente, pero una mancha cubría las horas que habían transcurrido desde su salida del bar hasta su vuelta al hotel.

Se duchó con apuro, dispuesto a no perder un segundo más, y salió a la calle, aún aturdido, con un mapa de la ciudad y una lista de las agencias de empleo que, sabía, se especializaban en colocar ilegales. Caminó todo el día, parando apenas para tomar un té helado y hacer una nueva llamada a su contacto, que otra vez quedó sin respuesta. Al atardecer, con todas las citas cumplidas, curioseó entre los libreros de viejo del Paseo del Prado, donde encontró a una agrupación de jóvenes que interpretaba “El cóndor pasa”. El cantante, que además tocaba el charango, parecía gozar como ninguno, y por lo mismo era el centro de todas las miradas.

Estabas harto de las doce horas diarias en el telar, Tomás. Tanto tiempo de pie, entrelazando y prensando hilos, dando forma a ponchos, murales y alfombras con estampas típicas de cóndores y paisajes, te dejaba molido, sin ganas de empuñar el charango y entonar algunos yaravíes. Tu alma padecía, estabas perdiendo las ganas de vivir. Hasta que un día no pudiste más y, antes de pudrirte por dentro, decidiste expatriarte. Te contactaste con varios músicos, y acordaron un plan para viajar y encontrarse en Europa. A estas alturas lo han probado casi todo como músicos callejeros, pero lo que más resultados ha dado hasta te avergonzaba en un principio: después de muchas pruebas, tuvieron que disfrazarse con un penacho y embetunarse el rostro como los indios de Norteamérica, pero para interpretar el repertorio de siempre, sayas y huaylash incluidos. La experiencia les ha enseñado además que cada zona de Europa tiene una estación, que la generosidad del público depende de la época del año. Por eso viajan sin parar. Pronto, sueñas, volverás a tu patria. Cuando lo hagas, lo harás convertido en una gran estrella.

Santiago volvió tarde a la última noche de hotel que podía pagarse. Desesperado, intentó telefonear a su contacto, otra vez sin éxito. Bajó a la estación del metro y encontró el andén vacío, iluminado por una luz parpadeante. Se arrastró hasta una banquita metálica y se dejó caer con un suspiro. Acunó el rostro entre las manos, se restregó los ojos y pasó los dedos para acomodarse los ralos cabellos de las sienes. El tren llegó, raudo, y estuvo detenido unos segundos. Luego partió. Un rato después pasó otro, y luego otro, y otro.


Madrid, año nuevo de 2007.

Monday, October 20, 2008

EDUARDO GONZÁLES VIAÑA


Nació en Chepén, Perú. A los 25 años de edad, obtuvo el Premio Nacional de Literatura del Perú con su libro "Batalla de Felipe en la casa de las palomas" (Edit. Losada). Entre sus novelas se destacan "Identificación de David" , "Habla", "Sampedro", "Sarita Colonia viene volando" (1990) y "Frontier Woman" [La mujer de la frontera] (1995). En el 2000, su libro sobre los latinos que viven en los Estados Unidos, "Los sueños de América" (Alfaguara) –traducido al inglés -American Dreams- (Arte Público, Houston 2005) y reeditado doce veces –, obtuvo el Premio Latino de Literatura de los Estados Unidos. Antes, en 1999, había recibido el Premio Internacional Juan Rulfo por el relato “Siete días en California” .
En menos de dos años, su novela acerca de la inmigración –"El Corrido de Dante"- (Arte Público, USA, 2006) ha tenido cinco ediciones en países e idiomas diferentes. En marzo del 2008, apareció la edición española, en Alfaqueque y en agosto, la latinoamericana, en Planeta. En julio del 2007, ese texto obtuvo el Premio Latino Internacional de Novela de los Estados Unidos en el que el segundo premio fue compartido por las reconocidas novelistas Gioconda Belli e Isabel Allende. "El Corrido de Dante" es considerado como un clásico de la inmigración en Estados Unidos.
Desde la década del noventa, González Viaña reside en los Estados Unidos, donde trabaja como catedrático en la universidad de Oregon. Además, publica cada semana
“El Correo de Salem”, una columna periodística que aparece simultáneamente en decenas de diarios de América.
Http://www.geocities.com/egonzalezviana

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HELLO, THIS IS SUSAN IN HOT LINE


Puedes creer que mi nombre es un nombre lánguido y pálido, y puede ser el nombre de un sue­ño, y como dices parece el nombre de una mujer que nunca hubiera salido a la calle. Y es exactamente como te lo imaginas. Soy rubia y delgada, y mis piernas son largas y lánguidas, y el color de mi cuerpo se parece al color de mi vida. Y el color de mi vida se parece al color de esta habitación de donde nunca he salido, y por eso mi carne tan sólo ha sido calentada por la luz de la luna, y cuando la luna entra en mi cuarto, me desnudo y le muestro todos mis rincones, y me acuesto y me miro y me toco y me huelo y me enrosco y, me abro hasta el infinito, hasta que la humedad forma caminos en mis piernas, hasta que todo mi cuerpo es un desierto silencioso y hambriento, hasta que mi silencio se convierte en un gemido, y mis piernas largas, mis muslos dolorosos, mi cadera redonda, mi cintura estrecha, mis senos duros, mis labios abiertos y mis ojos iluminados: toda yo soy un cuerpo solitario, una playa olorosa, una cueva profunda, una herida que palpita, un pensamiento enfermizo y una voz como un aullido que repite tu nombre hasta que le sobra el amor y, le falta la vida.
Si quieres, dame tu nombre. Dame un nombre cualquiera, y te comenzaré a llamar y a reclamar en esta celda donde tan sólo hay una cama caliente y una mujer solitaria. Dime cómo te llamas o cómo quieres que te llame, y te traeré a mis sábanas y a mis sueños. Y mencionaré tu nombre muchas veces cuando rezo desnuda, de rodillas sobre la almohada. Y te rezaré y te traeré a mi vida. Y podrás olerme, y podré tocarte. Y primero nos miraremos con una mi­rada fría como el frío que, en este instante, eriza mis vellos y mi carne. Y primero estaremos a un metro de distancia. Y primero nos miraremos como dos anima­les bellos. Y primero nos desearemos como dos caní­bales. Y primero se mojarán nuestras lenguas y nuestros labios. Y primero estaremos llorando de hambre. Y primero nuestros ojos brillarán como brilla el infierno. Y nunca habrá después porque cuando nuestros cuerpos se encuentren será siempre primero antes de después.
Ese nombre que me das ya lo conozco. Lo he gritado con hambre contra la pared de piedra del cuarto donde, si esto es vivir, vivo encerrada. Lo he sobado contra mi cuerpo para no sentir más frío. Lo he usado para revolcarme con tu recuerdo en el suelo. Lo he dicho cien veces con el deseo de que se gastara tu nombre y apareciera tu cuerpo. Lo he repetido con pedidos de que no invadas mi vida. Lo he vuelto a usar para rogarte que entres y para solicitarte que no entres, o para rogarte que salgas para que vuelvas a entrar. Y lo repito vencida cuando tú te declaras vencido, y tres veces repites mi nombre.
Es cierto, ese es mi nombre, y ya sé cuál es el tuyo, y no sé por qué dices que no te recuerdo. Por favor, claro que me acuerdo de que me llamaste el sábado. Y antes de que hables, te puedo decir algo más: era la segunda vez que me llamabas. La primera ocurrió cuando te separaste de tu esposa, y fue cuando me preguntaste cómo me parece a mí que es la soledad. Y fue entonces cuando yo no supe qué contestarte, y tú escuchaste mi duda. Y fue también entonces cuando la central nos interrumpió para decir que habías dado con equivocación el número de tu tarjeta de crédito. Y fue ese el momento en que dijiste que lo que pasaba era que el banco te había pasado de una tarjeta de plata a una de oro. Y allí fue cuando los de administración te pidieron disculpas. Y también fue cuando una voz grabada te dijo que tenías derecho a quince minutos de hot line con un quince por ciento de descuento. Y allí ocurrió también que me impresionó tu manera de decir que eso no te importaba, y que ordenabas que otra vez te pasaran con mi nombre, con mi soledad, con mi presencia, con mi voz, con mi vida.
¡Qué cosas dices, querido Xavier! ¡Te advierto que no te creo! ¡Te advierto que no voy a creerte! Pero admito que es cierto. Es cierto que me has llamado durante dos horas la segunda vez, y que hoy vamos ya por las tres horas. Y es verdad también que ayer lla­maste a la central para que me llamaran, y no pudieron hallarme. Te ruego que me comprendas: es que me hallaba en la graduación de mi hija menor. No tienes por qué ponerte celoso. Ya te he contado que soy una divorciada, solita, treintona y con dos hijas. ¡Qué cosas tienes, Xavier querido!
¡Cómo! ¿Qué dices?... ¿Enamorado de mí? Pero si no me conoces. ¿Mi voz? Pero ¡qué tiene que ver mi voz con mi existencia! ¡Ay, por favor, no puede ser verdad lo que me dices, Xavier de mi vida! Y, sin embargo, lo dices, y estás hablando más que yo, y se supone que debería ser al contrario. Por favor, no tienes derecho a engatusarme. Sí, es verdad que tengo una voz pas­tosa, pero no te creo que ella te permita adivinar el resto de mí, mi cuerpo desnudo en el espacio transpa­rente. No, por favor, no hables más de esa forma por­que voy a terminar por creerte. Mira que voy a terminar creyendo que para ti soy mucho más que una voz y una línea telefónica y una tarjeta de crédito y una historia inventada porque soy un secreto que tú has descubierto, porque soy una muerta que tú has resucitado, porque soy de verdad y porque soy la verdad de tu vida.
Y además de eso, se te ocurre jurarme que no te importa mi cuerpo si mi voz es pastosa, y que mi ayer no te importa porque te basta mi vida. Y no me dejas hablar porque quieres mi silencio para poder escu­charme y porque necesitas mi silencio para poder to­carme. Y ahora nada más al levantar el teléfono, has comenzado diciendo que te casarías conmigo si yo también creyera en tu voz, si yo creyera en el milagro, si yo creyera a nuestras propias voces cuando procla­man que el amor existe, si yo te aceptara de inmediato como se acepta el aire y como se acepta la luz del sol, como se acepta la tarde y como se acepta el mis­terio, como se acepta la dicha y como se acepta la muerte.
Y yo acepto, Xavier. Y ya no aguanto las ganas de decirte que te acepto como tú me aceptas, cuando me dices que me quieres sin que me hayas visto y que me aceptas como soy desde antes que yo fuera, desde antes de esta vida, desde lo increado, desde la otra margen, desde siempre.
Y te he creído cuando por el mismo teléfono me pediste que brindara por nuestro inicial encuentro telefónico y por nuestro futuro encuentro en cuerpo y en alma y en vida perdurable y en carne y en resurrec­ción de la carne. Y te he dicho: salud, mi amor, cuando hiciste escuchar el tintineo de la copa de cristal chocando con el fono y cuando brindaste por nuestro amor en amor, en locura, en gravedad y en matrimonio inminente. Salud, salud mi amor.
Y te creo cuando me apremias a que te revele mi nombre real, y otra vez me juras que no te importa si yo soy diferente de lo que te he contado, porque no te importa mi cuerpo en el espacio sino el espacio de mi vida. Y otra vez juras que no te interesa mi edad por­que la edad solamente es un estado del espíritu, y que tu espíritu me presiente desde una vida anterior en la que no terminamos de hacernos el amor porque el amor no termina. Y por esa razón insistes en que me case contigo o porque mi voz y mi vida son lo que te interesa de mí para toda la vida como la sed, como el ensueño, como el sudor, como el llanto, como el silencio, como la sombra, como el olvido, como mi carne blanquísima, como mis ojos cuando los cierro para renunciar a resistir para no resistirme a saber cuánto te quiero.
...¿Me escuchaste? El nombre que te acabo de dar es mi nombre de verdad, y si te lo digo en castellano es porque esa es mi lengua de verdad, y no voy a decir que el nombre gringo me lo pusieron los de la administración porque no quiero mentirte, porque me lo puse yo mismo y porque aspiro a triunfar en este país tan diferente del mío. Y el color original de mi pelo no es un rubio luminoso, pero es un castaño que yo aclaro todos los días para que también brille bajo el sol de este cielo extranjero. ¿De veras? ¿De veras quieres saber algo más? ¿De veras, mi vida, que no te importa?
Gracias, Xavier, por lo que acabas de decir y por tu pedido de que deje a un lado los vestidos falsos. Gracias por insistir en tu declaración de amor y en tu petición de matrimonio. Gracias por hacerme ver que si nos vamos a ver esta misma noche, es absurdo que disfrace mi verdadero aspecto. Te lo voy a decir y te lo digo ahora mismo, pero antes te digo que no son solamente los administradores de esta “línea caliente” los que me han obligado a cambiarme de cuerpo, a inundar de espacio, a trastornar la verdad, y a disimular el peso, la amplitud y la rotunda verdad de mi pecho, de mi vientre y de la redonda sombra que me sigue.
Es mi miedo, Xavier, y son los hombres. Uno se llama Bill y el último se llama Antonio. Con Bill me casé en mi país cuando él servía en los Cuerpos de Paz y tuvimos dos hijas. Cuando los Cuerpos de Paz tuvie­ron que dejar mi tierra, nos vinimos a los Estados Unidos, y aquí me sentí mejor que allá porque adoro el progreso, porque tiro para blanca aunque mi sangre sea mestiza, porque no me gustan los indios ni los países atrasados y porque me había casado con Bill para mejorar la raza, aunque debido al amor nunca llegue a decírselo. Y por eso, desde que nacieron, tan sólo en inglés hablé con las chicas, y protegí sus sueños para que la nostalgia de la otra patria no se les metiera, y cubrí los ojos de Bill con mis manos amoro­sas para decirle: ¿Quién soy? ¿Sabes quién soy? ¿Lo adivinas?... No, mi amor, te equivocaste, ya no me llamo así. Ahora ya tengo un nombre en tu idioma.
Y Bill abrió los ojos cuando retiré las manos, y no pudo creerme porque allí estaba yo, pero ya no era yo, y porque además mis lentes de contacto eran verdes y porque mi peinado rubio hacía centellas en la soledad de nuestra casa y porque desde ese momento mi documento de identidad proclamaba, para mí, un nuevo nombre, el apellido anglosajón de Bill y la edad que yo había tenido diez años antes cuando todavía era diferente de como de veras soy. Y en ese momento, cuando retiré mis manos de sus ojos, no entendí del todo cuando él me decía que ahora sí, de veras, estaba abriendo los ojos.
Y hasta ahora no entiendo el motivo por el cual, a partir de entonces, mi marido se fue tornando frío y ajeno, rápido y expeditivo, silencioso y ausente, como si continuara jugando todo el tiempo una partida de ajedrez perdida hace un siglo, y un día cualquiera, a tres años de vivir en California, levantó los ojos del tablero para declarar que nuestro matrimonio no funciona­ba, que nosotros ya no éramos los mismos, y que ya había hecho los arreglos para mudarse de casa, y cuándo yo le pregunté en inglés desde cuándo había dejado de funcionar nuestra unión, él me respondió en perfecto español: Adivina, querida, adivina.
Antonio es el último hombre que ha entrado en mi vida. Nos encontramos en el aeropuerto de Lima hace un año, y hacía veinte que no lo veía, y me alegró el encuentro porque me dijo que el tiempo no pasa por mí, a pesar de que soy mayor que él cuatro años, y me alegró también porque hace diez años de mi divorcio y no hay muchos hombres atractivos con quienes pasar el rato, pero el rato era breve porque yo estaba par­tiendo de regreso a California y él reside en Lima, aunque ya estaba por venir a trabajar aquí, y justo a California. Entonces, me dio una tarjeta y un beso de despedida y repitió que los años no pasan, y yo me vine pensando que la vida tampoco pasa, que mi destino acaso ya tenía un nombre, y quizás también un número de teléfono.
Y una vez aquí me dije que la diferencia de edad era mínima y que la proximidad de origen era lo que importaba, y pensé que sólo a un gringo tonto puede haberle molestado que yo me quitara esa facha de la­tina, y llegué a estar segura de que Antonio se senti­ría seguro con una mujer segura, maduro con una mujer madura y capaz de incorporarse al mundo de acá con una, mujer que habla bien el inglés, que ha traducido a Ezra Pound y que tiene el pelo corto pero repartido en lonjas doradas para hacer juego con un cuerpo generoso, con unos brazos abundantes y con una sombra rosada que se reparte en lonjas para llenar la calzada.
Y lo llamé por teléfono al Perú y le dije que, cuando viniera, él y yo podríamos hacer una buena pareja, y él me respondió que ya hablaríamos cuando llegara, y yo entendí que su timidez le impedía hacer una declaración delirante y continué telefoneándole para hacerlo entrar en confianza, y nunca llegó la declaración delirante y un año entero lo llamé todas las noches, adivina conejito, quién te llama pajarito, hasta que llegó el día en que fui a esperarlo en el aeropuerto de San Francisco.
No te preocupes porque todo está arreglado, le dije al recibirlo, y no tienes por qué ir al hotel porque serás mi huésped, y no te impacientes por la privacidad porque he mandado a mis hijas de viaje a Europa, y en casa tan sólo estaremos los dos solos, al fin solos, toda la vida solos, y sube tus maletas a mi carro porque ahora mismo te llevo hacia la soledad, pero no era del todo la soledad la que yo le iba a ofrecer, por lo menos no al comienzo porque yo había conversado con mi círculo de amigos durante todo el año, y porque les había contado que Antonio traía consigo la declaración en regla, las buenas intenciones, el beso impecable, el aro de oro blanco, la rodilla en tierra y la petición de matrimonio, y ellos ya sabían la hora de la llegada, las dos horas que se tardan para llegar hasta el pueblo donde vivo, y la hora que tardaríamos en arreglarnos v en desarreglarnos, en hablarnos y en callar. Y yo les había dicho antes que no estuvieran mucho rato porque él llegaba cansado, pero que era conveniente que le hicieran la fiesta para incorporarlo a nuestro círculo y que brindaran con él por nuestra felicidad para que él se comprometiera ante los ojos de la sociedad, y son esos ojos los que ahora pueden decir que así fue como fue.
Y si así fue como fue, no entiendo hasta ahora sus ojos asombrados ni su silencio empecinado ni su mi­rada que nos recorría a mis amigos y a mí, como quien está viendo en el cine una historia de Kafka con personajes de Fellini, cuando vio el letrero de bienvenido el novio y que vivan los futuros cónyuges. Y si así fue como fue, no entendí su pedido de que habláramos después de que se hubiera ido la gente ni su afán de hacerme entender que la historia de nuestro amor era tan sólo mi invento. Y si así fue como fue, no he de comprender jamás por qué Antonio no aceptó mi sugerencia de que descansara un poco porque estaba un poco confundido, y tampoco hizo gran caso de mi propuesta de vivir juntos hasta que poco a poco nuestra unión se hiciera sólida, y un día fuéramos uno en la tierra y en el cielo, en esta vida y en la vida venidera, por los siglos de los siglos.
No entiendo por qué me falló Antonio después de un año de llamarlo a larga distancia y de una vida de haberlo estado esperando. Nomás, al día siguiente de haber llegado, me dijo que debía irse de nuevo a San Francisco porque su trabajo lo estaba esperando, y que me agradecía por el recibimiento pero que no creía merecer la fiesta de novios ni la amistad de mis amigos, y que me estaba reconocido por mi lecho pero que prefería dormir en la sala, y que me agradecía por mi vida pero que él no había venido a llevársela, y por mi cuerpo pero que prefería no tocarlo, y que me agradecía por el jamón pero que no tomaría desayuno y que me estaba reconocido por el jamón, por mi vientre, por mis frutas, por los melones gigantescos, pero que estaba de dieta y no aceptaba el amor su corazón perezoso.
Es Antonio y es Bill. Son los hombres, Xaviercito querido, los que me han obligado a disfrazar mi vientre que es hermoso como un mundo, para aparentar una cintura breve y negar los kilos, los centímetros y todo el peso de mi amor para declarar por teléfono la levedad injusta de esos cuerpos de muñeca que se pueden ir flotando por el aire. Y te agradezco a ti que me hayas llamado a tu vida porque eso me permite liberarme de este corsé y aflojarme las mallas y desceñirme los cinturones de la rigidez y del miedo, y saber que soy bella por las cosas que digo y porque los hombres sensatos como tú prefieren una mujer como yo, hermosa por abundante, rubia aunque sea de mentiras y a la vez racional y perfecta para vivir en este mundo en vez de esas sirenas locas de voces con voces de olor de almeja, de besos con gusto a resurrección y de ojos oscuros como la perdición eterna.

Y no te vas a arrepentir, Xavier de mi vida. Nunca tendrás tiempo de hacerlo porque mi cuerpo y mi vida te rodearán todo el tiempo, y será nuestro un sitio en la sociedad norteamericana, y tuya será siempre una manzana golosa que devorarás todo el tiempo aunque el tiempo se haya estado pasando de frente mientras conversábamos, y ya casi no tengo tiempo de prepararme para la cita de esta noche que te propongo que sea a las ocho en punto en un restaurante de la calle Broadway. ¿Tienes papel y lápiz para que apuntes la dirección?... Está bien, supongo que has ido a buscarlos.
Y ya verás cómo verás a esta mujer que sólo ha sentido el calor de la luna, y que te ha esperado sola en una playa dolorosa y en una cama caliente, y si quieres, podremos bromear juntos con eso de que soy rubia y delgada, y mis piernas son largas y lánguidas y el color de mi cuerpo se parece al color de mi vida y mi voz es un gemido que pronuncia tu nombre todo el tiempo, pero ya no nos queda tiempo. Te he pregunta­do si tienes papel y lápiz para que sepas el lugar don­de vamos a encontrarnos. Y te pregunto de nuevo: ¿te has ido a otro planeta a buscarlos? ¿Tienes lápiz y papel? ¿Por qué no me respondes?