Thursday, October 16, 2008

GUSTAVO RODRÍGUEZ


Gustavo Rodríguez es escritor y comunicador. En el campo de la creatividad publicitaria, ha sido condecorado por Indecopi por su aporte creativo al desarrollo del país. Asimismo, ha ganado el Premio al Periodismo del Consejo Nacional de Educación en la categoría Internet por un artículo sobre reforma educativa.
En 1998 publicó “Cuentos de fin de semana”, un libro que llamó la atención de la crítica, y tres años después publicó con Alfaguara “La furia de Aquiles”, la novela que multiplicó a sus seguidores. Ha sido finalista del Premio Herralde de Novela (España) con un manuscrito que vería la luz con el nombre de “La risa de tu madre”. En julio de 2006 Alfaguara presentó su colección de relatos “Trece mentiras cortas”. En 2007 publicó "Juan Diego Flórez, Notas de una voz" por encargo del Fondo Editorial de la UPC: un libro en formato de entrevista con el aclamado tenor peruano.
En 2010, publicó su novela “La semana tiene mujeres” y en 2012, por la misma editorial, Planeta, salió “Cocinero en su tinta”.





MI PAPA ES EL LOCO CIENFUEGOS

La última vez que viajé a Trujillo en un ómnibus de estos tenía tu edad. Nada ha cambiado. Siguen siendo nueve horas mirando en esta pantalla la misma película, la arena como protagonista omnipresente y alguno que otro matorral marrón que entra en escena para desaparecer como un extra cualquiera. En vez de acomodadores tenemos a toda esta gente que sube ofreciendo pacaes, pacaes, ahí tiene los ricos pacaes.
Lo único bueno es que si vas al baño, al fondo, no te pierdes nada. Todo sigue igual. Hasta los baches por los que estamos pasando ahora. Maldito aeropuerto. Felizmente aquí no proyectan el famoso cartelito de la disposición municipal con el cigarro tachado.
¿Te molesta si fumo? Qué bien. Espero que tampoco te moleste mi conversación. En todo caso, si te aburre, será mejor para ti. Te puedes quedar dormido mientras mis palabras te entran por un oído y te salen por el otro. Por si acaso, si te llego al pincho, no te molestes en contestarme. Yo te comprendo. Yo tuve tu edad hace no mucho y los tíos habladores eran un suplicio para mí. Hasta eso sigue igual.
Ya sé en qué estás pensando. Si le molesta viajar por tierra, porqué no tomó el avión, huevón. Ah, sonríes. Yo hubiera pensado lo mismo. Ha sido esa maldita huelga de aeropuertos. Justo hoy, que tengo que llegar a Trujillo a como dé lugar. Tengo que despedir a un amigo que se está yendo. ¿A dónde? Es una buena pregunta. Nando, carajo. A Nando lo he salvado de muchas, pero de ésta ya no lo va a sacar nadie. La primera vez que lo salvé, era menor que tú. Un pata que estudiaba en nuestro colegio, un ídolo por su forma de trompear, se lo estaba llevando para estropearlo. Ese cojudo era un caso para ser estudiado. En los recreos agarraba a la gente del cuello y la atenazaba bajo el brazo preguntándole quién es tu papá, di, quién es tu papá. Y si no le contestabas mi papá es el Loco Cienfuegos, te sacaba la mierda.
Se llamaba Agustín. Pero todos lo conocían por esta chapa: El Loco Cienfuegos. Pero antes de que agarrara de punto a Nando, ya me había echado el ojo a mí.
Para que entiendas bien lo que te voy a contar, déjame explicarte mejor cómo era el Loco. Por esa época yo tenía catorce años y estaba en tercero de secundaria. El tenía dieciocho o diecinueve, y estaba en quinto. Lo recuerdo enorme, con el pelo siempre corto, y con un ropero en vez de cuerpo, sin duda por la disciplina del Ramón Castilla. Sí, ese mismo, el colegio militar.
Nadie sabía exactamente por qué lo habían sacado del Castilla, pero cada barrio de Trujillo tenía su versión. La de mi cuadra era que le había sacado la mierda a un instructor porque le ordenó hacer doscientas ranas, y si el Loco no aguantaba pulgas, menos iba a aguantar batracios. Esta era una versión más creíble si la comparamos con la del barrio de mi enamorada, donde se decía que el director ordenó su expulsión luego de ser atenazado del cuello para escuchar y oler la bendita pregunta de quién es tu papá, cachaco de mierda, mientras cada sílaba destilaba un horrendo tufo a alcohol de la enfermería.
¿Puedes cerrar la cortina? El sol me está dando en los ojos. El que tampoco perdonaba los ojos era el Loco. Ni las pelotas, ni el hueso que acababa de quebrar con su patada. Imagina. Son las ocho de la noche. La gente de tu edad está llegando en grandes grupos desde todos los puntos hacia un parquecito escondido en una urbanización un poco alejada. Algunas colleras hasta han alquilado microbuses. Todos se han pasado la voz, pues en Trujillo no hacen falta los teléfonos para mover masas. Se ven incluso algunas chicas, en realidad unas pacharacas incondicionales que mascan chicle y hasta escupen al suelo, pero que aplauden más que nadie la entrada triunfal del Loco. Tiene puestas una botas negras con punteras de acero, que limitan con un jean ajustado para no afectar la elasticidad de las piernas, pero que sí deja ver un bulto enorme que llega hasta el bolsillo, que obliga a pensar que el Loco tiene un pincho descomunal, más condimento para la leyenda. El polo blanco que se ha puesto, apretado hasta reventar costuras, grita los quinientos kilos que el loco debe haber cargado en su casa como preparación para esa pelea. Y en la esquina izquierda, señoras y señores, pesando ciento veinte kilos, tenemos al Tanque Patiño, menos aplausos, dueño del gimnasio Atlas y de una espalda en la que pueden aterrizar helicópteros. Creo que esa misma noche estaban peleando Sugar Ray Leonard con Mano de Piedra Durán en la revancha del siglo, pero a nadie le importaba. Cuando nuestra pelea empezó, un amigo enorme del Loco me tapó la visión, por lo que sólo pude escuchar sonidos de cráneos estrellándose contra el suelo, conchasdetumadre desgarradores, y creo que los puños del Loco chocando contra la quijada del Tanque. En un momento dado se hizo la luz para mí, luego de escuchar un grito de guerra, un alarido animal que podía ser traducido al castellano como la frase ¡muere mierda!, alguien murmura se viene el tacle del Loco, y repite, es el tacle del Loco, y eso tuvo que ser, porque al instante una ola de carne cayó a mis pies tras derrumbar a la primera fila de espectadores.
El Tanque no tenía balas ni ganas de levantarse. La hemorragia que salía de su nariz parecía incontenible y hasta las pacharacas empezaron a decir pobrecito, déjalo Loco.
Pero el Loco tenía una mirada asesina, como si la sangre pidiera más sangre, y metió la mano en el bolsillo derecho de su pantalón, lo estoy viendo clarito, sus amigos le están gritando qué vas a hacer, y la respuesta que saca a relucir es brillante, contundente y bien enlazada, porque es una cadena de acero y no su pene enorme el bulto que llevaba a la altura del bolsillo. Una, dos, tres veces cayó el acero sobre la cara, cuatro, cinco, seis veces trataron de separarlo de su presa, lo vas a matar Loco, nos vamos a joder, y el sonido de acero sobre carne y sangre se hizo insoportable, hasta que felizmente se mezcló con el de una sirena policial que llegó a tiempo para evitar una tragedia. Al día siguiente el Loco se paseaba orondo por el patio del colegio, pues sabía que se estaba hablando de él, de su tacle, de sus cadenas y del respeto que había que tenerle y que había alcanzado cotizaciones astronómicas en la bolsa de valores de un adolescente como yo. En cambio, Nando era distinto. Si el Loco Cienfuegos era una bestia de caza, mi mejor amigo era un cordero. ¿Puedes cerrar un poco más la cortina? Nando empezó a ser mi mejor amigo el día que me faltó un brazo. Eran días de exámenes de medio año en el colegio, y a todos nos mezclaban en distintos salones para evitar trampas. Con ese sistema uno se sentaba en su carpeta y limitaba por delante con la nuca de un alumno de primer año y, por el costado, con el perfil de uno de quinto, por lo que copiar era absurdo. Suena el timbre y el colegio parece un cuartel, veo el patio hormigueando de alumnos que trotan, corren, se movilizan en desorden calculado, pues todos saben a donde ir, saben qué trinchera les toca y a mí me toca el mismo salón de Nando, pues se apellida igual que yo, va corriendo a mi lado preocupado, apúrate que el salón va a cerrar, ¿puedes cargar eso?, y yo pienso por supuesto, un brazo en cabestrillo no es nada, una fisura en el hueso no importa si mi caída sirvió para que no nos metieran ese gol, qué atajada, hubieras visto, el Pato Fillol era un chancay de a veinte a mi lado, lo único malo fue la visita al huesero que me cagó más el codo en vez de arreglármelo, y claro, el pañuelo afeminado que mi mamá me puso para sostener el brazo. No hay otro así de grande, sentenció, y no se discutió más. Entramos y nos sentamos en nuestras carpetas ya asignadas, a cinco metros el uno del otro, tranquilos porque el profesor que va a cuidar aún no ha llegado. Quien sí está entrando en ese momento es un integrante del grupo del Loco Cienfuegos que se sienta junto a mí. Esa es mi carpeta, truena la voz amenazante. Levanto los ojos para ver a quién le está haciendo pasar el mal rato, y me petrifico al ver que el mal rato me pertenece, tiene mi nombre en la etiqueta y hasta viene con lisura incluida, a precio de oferta. ¿No oyes, carajo? Levántate. Sabía que todo el salón me miraba. Sentía que estaba siendo filmado y exhibido en público al mismo tiempo, en la escena en que el bandido ataca al bueno y éste sale con una frase genial que desbarata el coeficiente intelectual del atorrante para dejarlo en ridículo. Mi frase no pudo ser mejor, y la dije balbuceando. Esta... ésta es mi carpeta. Su respuesta fue más efectiva, porque vino acompañada de unas manos que me jalaron del brazo fisurado hasta botarme al suelo. Por un momento en mi vida quise ser el Loco Cienfuegos, sacar una cadena escondida debajo de ese pañuelo ridículo y aplastarle el cráneo, toma mierda, toma mierda, yo te sacrifico en nombre de todos los débiles de cuerpo pero fuertes de espíritu. En vez de eso, mi garganta se saló y mis ojos se humedecieron de rabia, pero no tanto como para no ver la mirada que hizo de Nando mi mejor amigo hasta el día de hoy. Maldita sea. No, no te preocupes. No voy a llorar. Ya tienes mucho con aguantar mis historias, para que encima tengas que aguantar mis lágrimas. Yo estaba en el suelo, y entre las miradas de burla divisé una redentora. Era una mirada de bondad, de ternura, de soy tu amigo. Me ayudó a levantarme, me cedió su asiento y, no contento con ello, me cedió un lugar en su vida, un sitio más en su mesa familiar y un dolor enorme desde hoy en la mañana. Nos hicimos inseparables. Como nuestro apellido era el mismo nos convertimos en primos, y había gente que incluso decía que nos parecíamos, tienen la misma mirada, en esta foto hasta parecen hermanos.
Pero no era verdad. Nando era un ángel si lo comparabas conmigo. Las chicas le decían Cara de Bebe y había que verlo con su pelo dorado ensortijado, su sonrisa de niño y su cara de obediencia cuando su mamá lo resondraba por no haber ido a misa, para imaginárselo de Niño Dios en cualquier Nacimiento navideño. De aquella época recuerdo las fiestas en que bailábamos igual, las chicas diciéndonos están locos, bailan como pulpos, los regresos de medianoche a casa, caminando abrazados, borrachos, cantando a dúo I wanna rock, cállense mierda desde una ventana, y I wanna rock más fuerte, conteniendo la risa, hasta que llegábamos hasta la puerta de su casa y subíamos callados, shhhhh, vamos despacio, duerme allí, mi mamá te ha preparado esa cama; y los comentarios obligatorios después de cada fiesta y antes de dormir, creo que le gustas a Flavia, y yo que tengo una leve esperanza que necesita un espaldarazo, ¿tú crees?, y el espaldarazo no tarda, en serio, cuando la sacaste a bailar se puso roja y sus amigas sonrieron, y entonces yo también sonrío como ellas y cierro los ojos contento, porque la vida no puede ser mejor. Hasta que minutos después siento a la mamá de Nando entrar despacito al cuarto, pensando estos muchachos, caramba; arropa a su hijo consentido y luego me arropa a mí. Ya casi dormido escucho la voz de Nando decirme que lo mantenga informado, que le escriba a Piura sobre mi asunto con Flavia. Mira, ya llegamos a Huarmey. Parada a medio camino. ¿El Loco Cienfuegos? Te ha impactado el personaje, ¿verdad? Espera, te invito una cerveza y prosigo con eso. Qué bueno es desaplastar el culo, estirar las piernas, bajarse de este horno. ¿Vas al baño? Yo pido por ti. Dos cervezas, por favor. Qué, ¿tan rápido? Ojalá que el mozo sea tan rápido sirviendo como tú orinando. Mira este sitio. Siempre me he preguntado quién dicta la moda en estos restaurantes de camino, todos son iguales de norte a sur, durante dos mil quinientos kilómetros se ven los mismos letreros con logotipo de gaseosa, las mismas mesas con fórmica caprichosa, las paredes con calendarios de cerveza, el mismo culo apuntando hacia agosto, el olor a fritura y este mozo que ahora va a decir que la cerveza está fresquita nomás. Son una cadena tácita de tambos, Mac Donalds criollos que merecen nuestro respeto así se llamen El rincón de Mechita. No importa hijo, destápala nomás. Más vale fresca que caliente. Salud.
El verano que Nando viajó a Piura para pasar las vacaciones en casa de su hermano, yo estrené enamorada; Flavia. Vivía en el centro de Trujillo, y yo la visitaba todas las noches, desde las siete hasta las diez. Su barrio era muy agradable. Habían otras chicas por las que también iban amigos míos, y todos formamos un grupo bestial que se divertía contando chistes y chismes sobre otros grupos y bromeando cuando alguna parejita se iba disimuladamente al edificio de la esquina, al zaguán semioscuro, para besarse a sus anchas. Después venían las preguntas de si le tocaste la teta, qué tal mete la lengua, ya le arrimaste el instrumento y otras preguntas curiosas que no hacían más que elevar las risas mientras el dichoso instrumento bajaba ruborizado. De vez en cuando esas risas se apagaban porque distinguíamos a algunos metros más abajo una silueta que se acercaba con las manos en los bolsillos, la cara mirando a la vereda y una aureola no sacra que nos hacía pegarnos a la pared con respeto mientras pasaba a nuestro lado. Era el Loco Cienfuegos, que vivía con sus padres en el edificio de la esquina. Nunca se metió con nosotros, nunca nos hizo la pregunta estúpida sobre la paternidad, parecía que conforme se acercaba a su casa su violencia iba aminorando metro a metro, paso a paso, pero el sonido de su cadena entrechocando sus eslabones en ese bolsillo nos decía cuidado, la fiera puede despertar en cualquier momento. Llegamos a acostumbrarnos a su aparición fantasmal e, incluso, nos aventuramos a saludarlo sin palabras, bajando la cabeza con reverencia, como si su andar se tratara de un cortejo fúnebre. Vamos, que el ómnibus nos deja. Ya sólo faltan cuatro horas, pero te prometo que mi historia se acaba en tres kilómetros. Oye, fuimos los últimos en subir. Abre un poquito la ventana, que se ventile ésto por un rato.
La noche de la que te voy a hablar tenía este mismo calor. Yo estaba sentado en las gradas de la casa de Flavia, esperando que llegara no sé de dónde. No había nadie en la calle, era como si todos se hubieran mudado sin avisarme, y en esa soledad me acordé de Nando y de qué mierda que soy, no le he contestado su carta, se debe estar preguntando si estoy finalmente con Flavia, y si es así, cómo fue, dónde fue, ¿no tendrá una amiga para mí?, cuenta pues primo, tú nunca me has fallado y yo no te voy a fallar Nando, por eso estoy en este ómnibus de mierda, hablándole huevadas a un muchacho que ni conozco, porque si no el viaje se me haría interminable, insoportable, por culpa de ese desgraciado y de esta huelga. Cálmate, hombre.
No hijo, no me pasa nada, es que estoy ordenando mis recuerdos. Como te decía, hacía un calor como éste a pesar de que era de noche. Yo estaba solo en medio de la calle, pensando tonterías y tarareando canciones, cuando el cortejo fúnebre se sentó a mi lado. Tú estás con Flavia, ¿no? Mi sí fue bastante tímido. Rica chiquilla, buenas yucas. ¿Ya le has tocado la papita? En eso estoy, contesté nervioso, pues no lo había hecho ni lo había pensado hacer. Soltó una carcajada inhumana parecida al grito previo a su tacle mortal y eso me erizó la piel; ya creía que me iba a atenazar bajo el brazo para toda la eternidad, pero no, era un abrazo amistoso el que me estaba dando, me decía no te quedes aquí solo, ven a mi casa para hacer tiempo. Tengo una música buenaza que te va a gustar. La voz le salió tan amistosa como su abrazo. Ser invitado por el Loco Cienfuegos era un privilegio, convertirme en su amigo me rodearía de un prestigio importante para alguien de catorce años y un físico incapaz de dar pelea. Recordé el episodio del año anterior, cuando yo y mi brazo escayolado rodamos por el suelo porque no tenía instancia a la cual acudir, rememoré el miedo que todos sin excepción le tenían y hasta me proyecté al futuro con ese guardaespaldas cuidando mis pasos, querido Nando: a que no sabes amigo de quién me he hecho, ya no nos van a buscar bronca porque tenemos el respaldo del Loco Cienfuegos que me ha invitado a su casa para escuchar música, es buena gente después de todo, ya te lo voy a presentar cuando regreses.
Fuimos hasta el edificio de la esquina y subimos por la escalera hasta el tercer piso. En un descanso nos encontramos con sus padres, que se estaban yendo a una comida. Mamá, papá, un amigo (sí, me nombró su amigo), encantado hijito. Agustín, llegaremos a las once, prepara algo para ti y tu amigo (confirmación de que ya era su amigo), y beso para mamá y papá. Increíble, el Loco Cienfuegos despidiéndose de su papá con beso, besando la mejilla de un hombre, pero con mucho respeto, eso sí. Al presenciar eso yo no sólo era amigo, era íntimo de la familia.
Su dormitorio me sorprendió por lo sencillo que era. Yo imaginé algo más acorde con su temperamento, afiches de músicos en ritos satánicos o, por lo menos, alguna mujer desnuda en veinte uñas. Pero no. Lo único desnudo eran las paredes y, sorpresa, el Cristo en el crucifijo sobre su cama. ¿Puede una bestia que raja cabezas tener un crucifijo sobre la suya?. La incongruencia era atmosférica, se respiraba en cada detalle. Sólo faltaba encontrar un cancionero cristiano junto a una guitarra con la calcomanía de Sonríe, Jesús te ama.
En vez del cancionero encontré un Satélite, el vespertino que fue bautizado así porque salió a la venta días antes de que el Apolo XI alunizara. A propósito, ¿sigue publicándose el Satélite? ¿Ves? Hasta eso sigue igual.
La primera plana anunciaba que la Corriente del Niño vendría con fuerza ese verano, en Tumbes y Piura las inundaciones podrían ser catastróficas, pobre Nando, y que incluso la ciudad de Trujillo sufriría las consecuencias de unas lluvias para las que no estaba preparada. Yo tampoco estaba preparado para algo así, esa mano bajando despacio el cierre de mi pantalón y la imagen del Loco arrodillado ante mí, concentrado, sin decir palabra, aprovechando que yo estaba abstraído en la lectura. Qué pasa, dije pegando un brinco. Nada, sólo quiero darte una chupadita. Qué pesadilla más rara, despierta hombre, antes de que ésto pase a mayores. Mi mano baja a pelear con la suya, mis dedos tratan de subir el cierre, los suyos de bajarlo, qué pasa Agustín, no me gustan estas bromas. No es una broma, vas a ver que te va a gustar. Sólo una chupadita y te dejo ir. Mis dos manos agarran su antebrazo anchísimo, tratando de detener su mano desde la raíz, pero es inútil. Su otra mano ya está continuando lo que la anterior dejó de hacer. Pero Agustín, (la voz me tiembla) qué ganas con eso, ni siquiera se me va a parar.
Ya veremos si no se te va a parar. Su voz amistosa se transformó en lo que temía. Un rugido constante que llenaba la habitación, inundaba la casa, quién sabe si hasta el barrio, allá afuera, y con suerte vendría alguien en mi ayuda. Pero hasta entonces quizás ya sería demasiado tarde. Carajo, bramó, te vas a dejar o te saco la concha de tu madre. Pensé en mi madre, en Flavia, en Nando, en el tacle asesino y en la cadena sacándole más sangre al rostro del Tanque Patiño, en mi habitación compartida con mi hermano y en todo lo que daría por estar allí en ese momento, y no con ese loco de mierda, matón brutal, y encima maricón indecente, asolapado y, sobre todo, sorpresivo, porque cuando tienes catorce años y estudias en un colegio de curas de una ciudad tranquila no se te pasa por la cabeza ni en un millón de años que el héroe de las broncas, la bestia de los recreos, el terror de los militares, es un chupapenes y quién sabe qué más.
Ya, déjate mierda, sonó un trueno en plena costa peruana. Y seguí pensando en que Flavia ya debía estar afuera, preguntándose dónde me había metido, mientras yo dudaba si valía la pena saltar los tres pisos que separaban a aquella ventana de la calle, con tal de escapar de esa fiera que me tenía acorralada; y esa maceta que está allí, ¿lo podrá noquear si se la tiro en la cabeza?, ayúdame Dios mío, tú no estás en ese crucifijo por casualidad, te prometo no tocarle los senos a mi enamorada, ni masturbarme pensando en ella, por favor, por favor, por favor. Mis lágrimas comenzaron a desbordarse haciendo que mis palabras fueran más conmovedoras. Por favor, Agustín, déjame salir, yo solo quiero ser tu amigo. Yo siempre te he admirado, te he respetado, no quiero cambiar esa imagen que tengo de ti. Parece que llegar a su ego con lágrimas en los ojos fue el camino correcto. Soltó una carcajada, soltó mi brazo, y soltó lo de está bien, te has cagado de miedo, ¿no es cierto?, otra risa feroz, has estado estudiando las salidas, has estado viendo qué tirarme en la cara, ¿no es verdad?, otra risa, eres el primero que voy a dejar ir, pero si le cuentas ésto a alguien, te voy a matar. Tú sabes que a mí me llaman El Loco, y no me dicen Loco por las huevas. Ahora lárgate, y bésale la papita a Flavia de mi parte. Bajé las escaleras sintiendo náuseas, tragándome los escalones de tres en tres y no paré hasta tomar un taxi que me llevó a mi casa. Te has quedado mudo.
Nando también se quedó pasmado cuando se lo conté luego de salvarlo.
Habían pasado tres meses desde aquella noche perturbadora, y Nando ya había regresado de Piura. Yo ya no estaba con Flavia, pero daba vueltas por su casa por pura casualidad, porque en realidad seguía enamorado de ella. Iba solo, porque no hay mejor forma de sufrir que estando solo.Te sientes la última escoria de la Vía Láctea y eso le da sentido a tu vida, pues al menos destacas en algo. A lo lejos, a cincuenta metros luz de la casa de Flavia, diviso a Nando, el cordero, el Niño Dios, la presa fácil, tomando cerveza con el depredador en la esquina del edificio. Lo está abrazando, le está dando palmaditas, le toca los rizos de su cabello mientras, seguramente, su pene se yergue homoeróticamente.
Piensa rápido, piensa rápido, porque de ésta Nando sí que no se salva. Es demasiado hermoso y debe estar demasiado borracho como para que el Loco lo deje escapar. Aprieto el paso, porque el Loco y él ya se están metiendo al edificio, el viejo truco de vamos a escuchar música, sin duda alguna.
Entonces corro gritando Nando, Nando, te he estado buscando por todas partes. El Loco voltea a decirme con los ojos qué haces acá so reconchadetumadre. Es tu mamá, Nando, es tu mamá. Ha tenido un accidente, vamos a tu casa, rápido, vamos.
Mi mensaje golpea a mi amigo y evapora el alcohol de su sangre, porque al instante reacciona y sale corriendo. Los dos escuchamos la voz del Loco gritando después te busco Nando, y sólo yo escucho su pensamiento me cagaste el plan, mocoso de mierda.
Una vez en el taxi, tranquilizo a Nando diciéndole que todo es mentira, y detengo la mandada a la mierda que me va a lanzar contándole lo que ya sabes. Se quedó mudo. Como tú. Y ahora se quedará sin hablar para siempre, porque agoniza. Esa esquina maldita, esa vereda trágica, ese edificio de mierda, esta vez ni yo ni nadie lo va a salvar del loco ese.
Cienfuegos lo asaltó en ese mismo lugar, tanto tiempo ya, y ni eso ha cambiado. Esta vez no se la quiso chupar, lo interceptó con una pistola en la mano y le dijo dame plata pa’ fumar. Estaba drogado, con la cabeza hecha humo, según me contó el hermano de Nando hoy por teléfono. Y Nando, el pobre Nando, lo quiso disuadir según su estilo, le predicó la palabra de Dios seguramente, le dijo que las drogas no son el camino, piensa, qué ejemplo van a seguir tus hijos si te ven así, Agustín, por favor. Y en esa calle no hubo ventanas para escapar, ni macetas que arrojar, ni lágrimas que derramar, porque Nando nunca lloraba, sólo atinó a mostrar su billetera casi vacía para convencerlo de que de él no iba a conseguir dinero para seguir drogándose. Y puedo ver la cara del Loco Cienfuegos llenándose de furia porque este huevón no se me va a escapar por segunda vez, mi reputación no se va a ir a la mierda tan fácilmente, no te voy a cachar, pero sí te voy a matar en nombre del padre, y del hijo y del espíritu drogado. Una trinidad de balazos que dejaron a mi Nando tendido, desangrándose en esa esquina como un perro, indefenso, mi Nando de toda la vida, mientras el conchadesumadre se ríe en la cárcel, risa de hiena, porque sabe que seguramente lo van a perdonar argumentando transtorno mental.
Hijo de puta. Si pudiera lo mataría yo mismo. Te has quedado helado. Disculpa que me haya exaltado, pero no puedo creer que ésto esté pasando, que dentro de tres horas tenga que entrar corriendo a un hospital para no saber qué decir, para no saber cómo llorar, para no saber cómo explicar todo este absurdo. El absurdo de que en una ciudad tan pacífica como Trujillo hayan matado a un tipo tan pacífico como él. Debe ser porque la muerte no sabe de estadísticas. Si te toca desaparecer hoy, no existe nada que lo impida; si está escrito que te caerá un piano mientras caminas por el desierto no faltará un avión carguero al que se le abrirá accidentalmente una compuerta a la altura y la velocidad adecuada, por más que sobren millones de kilómetros cuadrados alrededor de tu cuerpo aplastado, tal como no faltó un Loco Cienfuegos a la hora precisa, en la esquina indicada, con la pistola correcta y el cerebro dañado como tenía que ser.
Sí pues. Nando y el Loco Cienfuegos se iban a encontrar inexorablemente para terminar de esa forma, así Trujillo tuviera la población más tranquila del Perú, gente que se saluda en las calles con cariño, niños que juegan sin miedo hasta muy tarde en los parques, muchachos bien criados a la antigua... Bueno tú lo sabes mejor que yo, porque eres trujillano. A ti también te criaron allí, ¿verdad?. En fin.
A propósito, ¿cómo se llama tu papá?

Friday, October 10, 2008

CARLOS DÁVALOS


Carlos Dávalos. Nació en Lima. Es periodista y escritor. Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Lima. 
Ha colaborado con El País, GQ, Rolling Stone, Esquire, Interviú, La Tercera de Chile, The Clinic, Emeequis de México, Paula de Uruguay, Soho, entre otros. 
También ha publicado el libro de relatos Nadie sabe adónde ir y aparece en la antología del cuento sudamericano Pequeñas resistencias 3 (Páginas de espuma-2004). 
Actualmente vive en Madrid.






NADA QUE HACER
—¿Aló? —contestó.
—Aló. ¿Carolina? —se escuchó una voz de mujer.
—Sí, ella habla.
—Hola, habla Gina, la amiga de Sandra... Nos conocimos antes de anoche, en su reunión. ¿Te acuerdas?
Carolina pensó. Hizo memoria y se acordó. Sandra las había presentado en su cumpleaños y habían pasado gran parte de la noche conversando, bebiendo juntas.
—¡Ah!, hola, Gina —dijo Carolina al fin—. Ya me acordé ¿cómo estás?
—Ahí bien. ¿Qué haces?
—Nada, viendo tele.
—Oye, que tal si vamos a la playa.
—Bien. Bacán.
—Entonces, te paso a buscar en veinte minutos. ¿Te parece?
—Okey. Pero, ¿tienes mi dirección?
—Sí. Sandra me la dio.
—¿Ella va?
—No. Dice que tiene que estudiar, que mañana tiene examen.
Carolina colgó el teléfono. Por un instante dudó, se acordó. Gina y ella conversando, tomando, le había caído bien. Abrió el closet y buscó su ropa de baño. Se lo puso. Y encima ¿qué? Sacó un polo y un pareo. El polo largo hasta los muslos. Se lo amarró para que no cayera, el ombligo quedó al aire. Abajo, el pareo. Entró al baño y terminó de acicalarse. Listo. Regia.
Esperó diez minutos. La casa sola, no había nadie. Sonó un claxon. Se asomó. Era ella, la reconoció. Estaba en un Civic rojo. Subió al carro y la saludo. Dentro se sentía el olor a Hawaian Tropic. Gina puso primera y arrancó.
—¿Adónde vamos?
—Al sur. ¿Te parece?
—Sí, bacán. ¿A qué playa?
—Primero vamos a punta hermosa, comemos algo y de ahí nos vamos más al sur. Conozco una playa donde va poca gente —dijo Gina y subió el volumen de la radio.
Llegaron a Punta Hermosa y la playa llenecita: tablistas con pelo largo y quemados por el sol. Chicas lindas y bronceadas. En playa blanca sólo señores y gente bien. Al lado, playa negra, se notaba la diferencia. Más gente y de todos lados, mezclados. Se sentaron en un restaurante y pidieron cebiche, choritos y cerveza.
—Esta playa siempre para llena, acá sólo vengo a comer —dijo Gina.
—Yo no vengo mucho acá. Paro en Santa María.
Pidieron otra cerveza. Se tomaron cuatro grandes. Cuando terminaron de almorzar se dieron una vuelta por el malecón. Ambulantes en el suelo vendían chaquiras y esas cosas. Eran la una y el sol mataba.
—Vamos a meternos al agua —dijo Carolina sofocada por el calor.
—No, espera vamos a la playa que te digo, acá hay mucha gente.
Subieron al carro. Salieron por las estrechas calles de Punta Hermosa, a la carretera. Pusieron la radio a todo volumen. Ya en la carretera Gina pisó el aceleredor a fondo. Para el camino cervezas en lata, infaltables.
—Oye, Carolina, me caes bien— dijo Gina de repente. Estaba alegre. La cerveza había hecho efecto—. Eres de puta madre.
—Tú también.
Hubo un silencio. En la radio tocaban Mr. Jones de Counting Crows. Gina tarareaba, mientras Carolina prendía un cigarro.
—¿Tienes enamorado? —preguntó Gina de repente.
—No. Tuve uno pero ya rompí con él hace como dos meses —dijo—. ¿Y tú?
—Yo hace como un año que estoy sin ninguno —dijo Gina con un gesto de desagrado—. Los hombres son unos imbéciles.
—...
—Y, tú. ¿Eres virgen? —Preguntó Gina abrubtamente. Sin voltear, con las manos firmes al volante y sin mirarla.
Carolina abrió los ojos. Se sorprendió. Volteó, la miró.
—Sí quieres no me respondas. Es sólo curiosidad.
—No. Normal. No hay roche.
El carro iba rapidísimo, cientocincuenta kilómetros por hora, fácil.
—¿Entonces?
—Sí. Es difícil de creer, pero sí, soy virgen.
—No te pierdes de mucho. No es nada del otro mundo. No era lo que yo me imaginaba cuando lo hice por primera vez. No sé por qué. Tal vez fue él. Dicen que eso influye. No sé.

Este es el lugar, dijo Gina. Viró el timón hacia la derecha. Entró. Un ingreso entre dos cerros. En el suelo un cartel que no se entendía lo que decía. Los desniveles de la pista hacían que el carro se tambaleara. Gina estaba muy atenta al volante. A la derecha un cerro, a la izquierda también. De frente sólo el camino que parecía hacerse infinito. Llegaron a una curva. La dio con cuidado, pero a la vez con destreza. La conocía. La pasaron y ahí estaba: el inmenso mar y la arena candente por el sol. Carolina admirada por el paisaje sonreía. Gina dejó el carro lo más cerca posible a la playa. Era grande con la arena fina y limpia. Cuando se estacionaron se percataron de que en la playa no había nadie, eran las únicas.
—¿Qué tal? —le preguntó Gina, mirándola, con una sonrisa en la boca.
—Maldita.
Bajaron del carro. Gina que estaba con el pelo amarrado se lo soltó. Se sentaron en el capot del carro, cada una con su cerveza en la mano. La radio, a medio volumen, se dejaba escuchar. Después nada, sólo mar, sólo arena y las gaviotas, que no eran muchas. El sol se hacía sentir. Con más fuerza, quemaba. Gina terminó por quitarse el polo que traía encima y quedó solo en bikini: ¡mierda qué calor!. Carolina hizo lo mismo.
—Vamos a bañarnos —dijo Gina.
—Espérate, déjame acabar.
Terminaron. Las latas vacías en una bolsa. Del carro sacaron las toallas y los bronceadores. Llegaron y tiraron las toallas. <>, dijo Gina y se metió al agua, Carolina la siguió.
—Qué rica está.
—Sí. Riquísima.
Luego de un rato Carolina salió del mar. Se echó en su toalla. Gina seguía en el agua. Al poco rato salió. Carolina que estaba apoyada en sus codos se percató que no traía nada arriba. Miró abajo y tampoco, traía su bikini en la mano. ¿Que haces, oye, estás loca? Gina la miraba y se reía. Carolina podía ver sus pezones pequeños y rosados, su sexo casi lampiño.
—¡Vamos! Carolina, acá no hay nadie.
—Pero, igual...
—No seas rochosa. Quítatelo.
—No...
—Vamos, oye. No sabes lo que te pierdes, bañarse así es lo más rico que hay.
Gina regresó al mar, así, desnuda. Carolina se quedó sentada, vamos anímate, no seas tonta, si no hay nadie. Que chucha, pensó. Desnuda ya, se fue al mar, ahí Gina se bañaba de lo más normal. Cuando se dio cuenta de que Carolina venía desnuda también, no se sorprendió. La miró con atención: sus senos eran más grandes y los pezones erguidos. Su figura impecable.
—Vez qué rico es bañarse, así, sin nada.
—Sí. Es riquísimo.
—¿Nunca lo habías hecho?
—¿Bañarme desnuda? No.
—Yo siempre que vengo acá, hago lo mismo.
—Qué loca eres.
—Te hago una carrera —dijo Gina.
—¿Qué? —se desconcertó Carolina.
—Sí. Haber quién llega primero a las toallas. Una, dos...Tres.
Salieron corriendo. Gina le sacó una pequeña ventaja, pero al final llegaron casi igual. Riéndose, se sentaron en las toallas. En ese instante hubo un silencio perpetuo. Miraban al horizonte y veían cómo brillaba el agua que reflejaba la fulgurante presencia del sol. Sus rostros, y en general todo el cuerpo estaban quemados por el sol. Rojas y aún más bellas.
—Tienes los senos grandes —dijo Gina rompiendo con ese silencio de una forma repentina.
—Sí, pero tú también los tienes grandes.
—Mira a mí me han dicho que los tengo grandes y ahora me vienes tú con ésos; me cagaste, pero me gustan mucho.
—¿Los tuyos?
—No, los tuyos, pues.
Cuando le dijo eso ambas se miraron. Carolina se puso más roja de lo que estaba, de vergüenza. Y no le quedó otra más que reírse.
—¿Puedo tocarlos?
—¿Qué cosa? —preguntó Carolina ingenuamente.
—Tus senos.
—Pero...
—Vamos sólo quiero sentirlos un rato, deben ser suaves.
Carolina se dejó tocar. Sintió una sensación agradable en su cuerpo que la hizo tirarse en la toalla. Gina encima de ella, la seguía tocando.
—Espera un momento —dijo Carolina.
—¿Qué pasa?
—No sé. Es que...
—Si no quieres la dejamos ahí.
—No...
Y se besaron en la boca.
—Oye... —quizo intervenir Carolina.
—¡Shh! —la cayó Gina.
La toalla arrugada. Medio cuerpo dentro y la otra mitad afuera, en la arena. Los pies de Carolina subían y bajaban, haciendo un zanja en la arena. Gina encima, su pelo rubio le caía en la cara, le molestaba. Ella se lo ponía detrás de las orejas, pero era inútil. Carolina abajo, dejándose. El sol le daba en la cara, a medias, Gina lo obstruía. La brisa alborotaba sus cabellos. La empezó a besar, primero por la frente, la boca, luego bajando, los senos, los pezones grandes y rosados. Cuando llegó al sexo, lo vio: limpio, puro, de una virgen. Sacó la lengua, entró. A Carolina se le escarapeló el cuerpo, vibró. Sus ojos cerrados y la cara de satisfacción. El ruido del mar se confundía con los gemidos leves. Carolina se levantó, quedó sentada. Su espalda daba al mar. La abrazó, sus lenguas se juntaron. Los senos unidos parecían soldados. Con una mano se tocaban abajo y con la otra se abrazaban. La arena quemaba, pero ellas no sentían. Frotaron sus sexos. Las piernas entrelazadas y los dedos metidos. Se movían. Los gemidos aumentaron y el mar ya no se escuchaba. Estaban empapadas de sudor y los sexos mojados. Habían terminado, exahustas.

El sol se estaba poniendo y las dos dormían, tiradas en la arena. Gina se despertó primero, al ver la hora se metió al mar y, retornando, se cambió. Se acercó donde Carolina y la despertó. Carolina abrió los ojos. Vio la cara de Gina. Confundida le preguntó la hora.
—Son las seis y media.
—Que tarde es —dijo Carolina estirándose.
—Anda enjuágate para irnos.
Cuando terminó de enjuagarse, se dirigió al carro donde estaba Gina sentada al volante.
—Estoy algo mareada —dijo Carolina.
—Yo también, debe ser porque hemos tomado y hemos dormido.
Gina abrió la guantera de su carro. Sacó una pequeña envoltura, la abrió. Sacó una tarjeta de crédito y vació un poco del contenido.
—¿Qué es eso?
—Coca —le respondió Gina, mientras se metía su primer tiro.
Gina le paso la tarjeta a Carolina y ella la imitó. Luego de un par más, se fueron de la playa. En el camino iban escuchando música.
—Oye, no le vayas a decir nada de esto a nadie. Es sólo para las dos.
—No. No te preocupes —dijo Carolina, sobándose la nariz.
El camino de regreso ni se sintió. Estaba oscureciendo y habían pocos carros, hasta Punta Hermosa; ahí el tráfico aumentó. Llegaron a la casa de Carolina. Estacionaron el carro a unos metros de la entrada y Gina nuevamente sacó el cloro.
—Un par más para acabarlo —dijo.
—Rápido que nos pueden ver.
Se metieron como tres tiros cada una. Se terminó.
—Me voy —dijo Carolina mientras recogía sus cosas.
—Límpiate la nariz que la tienes blanca —se rieron.
—Chau, Gina, gracias por todo —y la besó.
—Chau, Carolina, el próximo domingo te busco o si no te llamo antes.
Carolina se bajó del auto. Echó seguro a su puerta y la cerró muy suavemente, tan suave que la puerta quedó mal cerrada. Gina la volvió a abrir y la cerró bien. Caminando muy rápido Carolina se dirigió a la puerta de su casa. Sacó de su bolsillo las llaves y se le cayeron al suelo, con mucha dificultad pudo agacharse a recogerlas. Vio la hora: eran las nueve de la noche. Entró y de frente se fue a su cuarto. Su madre estaba en el living viendo televisión.
—Hola hijita, ¿qué tal te fue? —dijo ella mientras seguía viendo como Michael Douglas se seguía tirando a Sharon Stone en Bajos Instintos.
—Bien —le contestó Carolina pasando directo a su cuarto, sin ni siquiera darle un beso.
Entró a su habitación y se echó en su cama, boca arriba. Tenía los ojos más abiertos de lo normal, se sentía extraña, estaba dura. Se paró y empezó a caminar. Fue al baño y se miró en el espejo, estuvo ahí como media hora, inmutable. Regresó y se echó de nuevo en la cama, quería dormir, pero no podía. Decidió tomar unas pastillas para conciliar el sueño. Recordó que su madre tenía unas en su cuarto, ella siempre las tomaba porque sufría de los nervios. Fue sin que su madre se diera cuenta y cogió dos. Se metió al baño y las tomó con agua de caño. Volvió a su cama y se echó, esperando que hagan efecto. Sentía que su corazón quería salirse del pecho, pero no se asustó y trató, con todas sus fuerzas, de dormir.
Al día siguiente se levantó tarde. No había nadie. Siempre salían más temprano que ella. Vio la hora: la una. Se dio cuenta. Había perdido sus clases de las diez y también iba perder las del resto del día. Sentía que le fastidiaba la nariz. Decidió meterse un baño de agua helada para quitarse la resaca. Su cuerpo rojo le ardía, estaba con erisipela. Cuando salió de la ducha, se acordó, recién, de todo lo que había pasado el día anterior. Mientras se secaba recordaba más. No se lo podía creer, se sentía extraña, muy confundida. Terminó de secarse y, completamente desnuda, vio su cuerpo en el espejo de su tocador. Vio su linda figura y sus grandes senos. Luego se echó en su cama y viendo el poster de Christian Slater con el torso desnudo, se masturbó.

Monday, October 06, 2008

RICARDO SUMALAVIA

Estudió Lingüística y Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) y siguió la Maestría de Literatura Peruana y Latinoamericana en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha publicado el libro de prosas "Habitaciones" con varias reediciones. También ha publicado "Retratos familiares" (Serie Ficciones del Fondo Editorial PUCP, Lima, 2001) y "Enciclopedia mínima" (Serie Ficciones del Fondo Editorial PUCP, Lima, 2004).
Del mismo modo ha escrito artículos en "Vórtice", "Adobe Literatura", "Quehacer", "Diégesis", "Revista Hispanoamericana de Literatura" , entre otras. Ha sido finalista del "Premio Herralde 2006 " y del P"remio Adobe de Literatura 1999", mención honrosa en el "Concurso de Cuento de las 1,000 Palabras de Caretas en 1992", y segundo puesto en el Concurso de "Cuentos de la revista Imaginario en 1990".
Profesor del Departamento de Humanidades de la PUCP, profesor invitado del Departamento de Español de la Universidad Dankook (Corea del Sur) y lector a tiempo parcial en las universidades surcoreanas Kyung Hee y Sun Moon. Es actualmente lector del Departamento de Español de la Université Michel Montaigne-Bordeaux 3 (Francia). Es director de la Colección Underwood, editada en Lima, y codirector de la revista Nudos, en Burdeos.

PUERTAS MARRONES

MI PADRE NUNCA ANSIÓ tener muchos amigos, pero los pocos que llegaron a frecuentar la casa lo hacían con un gran respeto y consideración a sus años como agente municipal. Y este aprecio siempre les fue devuelto como era debido. No era de extrañarse, entonces, que lo buscaran para comunicarle que don Félix, su amigo, había muerto. Le contaron que había sido arrollado por un auto en el jirón Carabaya, frente a su taller de imprenta, justo cuando salía acompañado por sus operarios. «Fue absurdo», repetían estos mirando a mi padre y viéndose entre sí, como sobrevivientes de una inadvertida batalla. Agregaron que don Félix murió mientras era llevado dentro del taller. La ambulancia ya había sido llamada, pero solo llegó para certificar la muerte de quien aún yacía sobre una mesa, entre letras de molde y pliegos de papel, a la espera del fiscal de turno.
Le dijeron a mi padre que por su condición de amigo él era el indicado para darle la noticia a doña Lucía y sus hijos. La familia de don Félix vivía en la calle siguiente, al final de una larga cuadra elevada, semejante a una pendiente, que se truncaba en una plazoleta frente a la Iglesia Santa Ana. Mi padre se mantuvo sereno. Aceptó el encargo y luego muy cortésmente les pidió a aquellos hombres que se retiraran. Mi madre y yo lo vimos caminar hacia su cuarto y reaparecer con una casaca azul encima. Mi madre no lloró, pero su tristeza era evidente. Ambos intercambiaron una rápida mirada. Cuando mi padre subía el cierre de su casaca, se dirigió a mí y ordenó que me alistara, que iba a acompañarlo a la casa de la señora Lucía. Mi madre intervino y le sugirió que no era una buena idea; pero él ya estaba junto a la puerta marrón de nuestra casa, esperándome. Me alisté lo más pronto posible y, antes de cruzar la puerta, mi madre me pasó la mano por el cabello, alisándomelo, y me dijo que no peleara con los hijos de Lucía. Asentí y fui a reunirme con mi padre, quien tenía un par de metros avanzados.
Los hijos de la señora Lucía eran una pareja de doce y diez años. A ambos les gustaba cantar y eran obesos. Quien mejor cantaba era la muchacha, la mayor; realmente sorprendente. El otro, a pesar de su edad, corporalmente era bastante desarrollado y sus cuerdas vocales no le respondían de manera tan sublime como a su hermana. Los dos usaban anteojos de gran medida y con gruesas monturas de carey negro que por aquellos años no era muy usual entre los jóvenes y niños. Sin lugar a dudas, la elección provenía de la madre, ya que ella usaba unos iguales. Ella, Doña Lucía, sin alcanzar la obesidad de sus hijos, era una mujer rolliza y atractiva. Tenía una cabellera larga, lacia y castaña. Aún hoy puedo imaginarla con las tupidas pecas en su rostro, concentradas bajo sus pómulos.
Mi padre y yo nos detuvimos justo en medio de las dos hojas del portón. La entrada a aquella casa era una gran puerta marrón de madera vieja y picada por las polillas, que, sin embargo, por ser tan gruesa y repintada, no perdía su solidez. Era de aquellas puertas que no se pueden tocar con los nudillos, sino con la palma de la mano. Observé a mi padre humedecerse los labios repetidas veces, como si nunca fuera suficiente para hablar con claridad. Bajó la cabeza en un par de ocasiones y masculló algunas palabras, repasando quizás lo que diría. Fue en la segunda ocasión, mientras mi padre tenía la cabeza inclinada, que la señora Lucía abrió el portón y se quedó quieta, sorprendida, mirando a mi padre.
Detrás de ella estaban sus hijos. La mayor, Cinthia, limpiaba meticulosamente sus anteojos con el extremo de su blusón rosa. Para ella la sorpresa fue todavía mayor porque no pudo reconocernos sin sus gafas puestas. Observé a su hermano Elías y no encontré en él ninguna reacción. Nos miraba con indiferencia.
Fue notable ver a mi padre erguirse de inmediato y saludar a la familia de su amigo. Mientras él hablaba, iba avanzando hacia el patio, obligando, a su vez, a retroceder a la señora Lucía y sus hijos. No recuerdo con exactitud qué le dijo a aquella mujer, lo cierto es que ambos atravesaron el patio y entraron a la sala de la casa por una puerta angosta. Creo recordar en ella un penoso gesto de angustia.
El patio, aunque no muy espacioso, era una magnífica extensión de la casa. Estaba adornado por frescas plantas de grandes hojas que se erguían en macetas igual de grandes. Varias puertas, todas marrones, rodeaban este patio. Cada una correspondía a un ambiente distinto: a la sala, la cocina, un baño y dos que supuse daban a las habitaciones de Elías y Cinthia, y a la de sus padres.
Cuando nos quedamos solos, los tres permanecimos en silencio. A los hermanos parecía no importarles la visita de mi padre; solo Cinthia, por un instante, trató de agudizar su debilitada vista por una de las ventanas que daba a la sala. Pronto desistió y se volvió hacia mí. Pensé que me diría algo, que me interrogaría por nuestra presencia, pero no fue así. Alzó los brazos y de inmediato me rodeó con ellos, dándome un fuerte estrujón. Yo me encontré completamente inutilizado y sin aire. Traté de echar la cabeza hacia atrás, pero aún así sentí su respiración caliente y agitada. Atenazado y confundido como estaba, no atiné a librarme del abrazo. No había imaginado antes que Cinthia tuviera los senos tan desarrollados para su edad. Supongo que la curiosidad hizo que me rindiera por unos momentos. Luego la escuché soltar una risita que resonó como el chillido de un ratón y me apretó todavía más contra su cuerpo.
Su hermano le ordenó de repente que me soltara. Solo entonces, ante las palabras de Elías, los brazos de ella fueron cediendo hasta finalmente abandonarme. Al verme librado, él me cogió de los cabellos y tiró de ellos en un violento vaivén, hasta hacerme caer cerca de la puerta del baño. Me puse de pie instintivamente, muy rápido, y, al verlo venir, no dudé en meterme al baño y trancar la puerta. Estaba muy oscuro adentro; no obstante, preferí no encender la luz, quizás pensando que así me protegía o a lo mejor escapando de la expresión ridícula que debía tener reflejada en el espejo de aquel lugar. También recuerdo que de la redecilla del sumidero se escapaba un olor acre que se espesaba y mezclaba con aromas de jabones y desinfectantes. No tenía intenciones de salir de allí, pues me encontraba aturdido, con la cabeza adolorida y muchas ganas de llorar. Pegué el oído a la puerta para saber si ellos me obligarían a salir. No oí nada. Sin embargo, por esos intentos pude escuchar algo, descubrí un haz de luz que atravesaba la puerta y que salía de un diminuto agujero que me permitió ver qué era lo que hacían ellos afuera. El susto y el dolor me abandonaron enseguida; saber lo que sucedía en el patio me tranquilizaba, solo tenía que observarlos y esperar a que mi padre me llamara.
Por el agujero únicamente podía ver a uno de los dos hermanos. A ratos parecían discutir; en otros, era como si se estuvieran poniendo de acuerdo. En ningún momento miraron a la puerta del baño. Pasado unos minutos, Cinthia fue hacia una de las puertas, la que debía ser su habitación, supongo, y, recostada sobre esta, empezó a cantar. Lo hizo con un tono bajo y cadencioso, como si preparara la voz para un esfuerzo mayor. Repentinamente y sin poder verlo, escuché la voz de Elías. Su voz era aflautada pero sabía cómo hacerla agradable. Ambos ensayaban una canción que solían entonarla en las reuniones que mi padre y don Félix organizaban para sus demás amigos. Recordé que los sábados el padre de estos niños los llevaba puntualmente donde un profesor de canto. Y aquél día era sábado. Cinthia y Elías cantaban siguiendo la pauta imaginaria del maestro, pero cantaban para sí mismos, exigiéndose tonos verdaderamente difíciles de alcanzar y mantener. Como solo podía ver a Cinthia, observé su rostro encendido y perlado de transpiración. Imaginé a Elías de la misma manera, quizá también recostado sobre su puerta. A veces cantaban a dúo, otras se alternaban y siempre eran inmejorables.
Tardé unos minutos en darme cuenta y descubrir que por las infladas mejillas de Cinthia corrían lágrimas. Ella se las iba limpiando con el dorso de su mano. Pese a esto, su voz no se quebró en ningún momento ni el tono decayó. Solo concedió que la melodía se abriese como un velo, en una pausa que duró un segundo larguísimo, dejando un silencio propicio para escuchar unos gemidos de placer entrecortados que provenían de la sala, donde se encontraban mi padre y la señora Lucía. Estos ruidos se hicieron más agitados, interrumpiéndose a ratos por balbuceos que no alcancé a oír.
El velo se volvió a tender: la voz de Cinthia continuó con lo suyo, esforzándose por cantar lo mejor posible. Yo me encontraba concentrado en todo ello, tratando de comprender lo que hacían mi padre y la señora Lucía, cuando un estrépito proveniente del otro lado del baño me obligó a reaccionar. Como todo estaba oscuro, no entendía qué pasaba ni de dónde provenía aquel alboroto. Sorpresivamente la ventana del baño se abrió y vi a Elías introduciéndose con inverosímil agilidad. Escuché sus resoplidos mientras se colgaba de manos del marco de la ventana. Agitaba sus piernas rápidamente tratando de encontrar un punto de apoyo, pero no pudo resistir más y cayó al pie de la bañadera, dando un quejido bastante extraño, semejante a un agónico animal. Entonces intenté salir de allí. Reaccioné muy tarde, él ahora me tenía sujeto del cuello de la camisa. Abrió la puerta del baño y me llevó hacia el centro del patio. Seguía con sus resoplidos y se mostró sorprendido de escuchar a su hermana todavía cantando. Le gritó que se callara, pero ella no le hizo caso. Cantaba. Y ya ni siquiera se cuidaba de secarse las lágrimas. Elías me arrastró hacia Cinthia, tratando de cogerla con su mano libre. Apretó aún más mi camisa y jaló de ella. Luego me soltó y recién entonces Cinthia dejó de cantar. Los tres dirigimos la mirada a la puerta de la sala y vimos salir a la señora Lucía y a mi padre. Detrás de aquellas gafas tan gruesas se veían diminutos los ojos de la señora Lucía. Estaban irritados de tanto llorar y miraban al suelo. En ese momento no me di cuenta de la vergüenza que albergaba en su mirada. Sus hijos fueron hasta ella y la tomaron de las manos. Observaban a su madre con aflicción. Después se dirigieron a mí, como si tuviera que ser yo quien les explicara lo que sucedía. Ante mi silencio, cambiaron de expresión y me vieron con desprecio.
Mi padre dijo que era hora de marcharse y me hizo una seña para salir.
Salimos a la calle y desde allí escuché a la señora Lucía hablándoles a sus hijos. No pude oír qué les decía, solo contemplé sus rostros bañados en sudor. Luego, aunque le fue difícil, mi padre se encargó de cerrar el portón y no pude ver nada más.

Sunday, September 28, 2008

SANTIAGO RONCAGLIOLO

Actualmente radicado en España, pero permanentemente vinculado con el quehacer del país, Santiago Roncagliolo es uno de los escritores peruanos jóvenes que viene logrando un importante reconocimiento de la crítica internacional. En el año 2006 su novela Abril rojo, obtuvo el Premio Alfaguara de novela. Previamente su novela Pudor ya había dejado claro que era un escritor de buen oficio.
Ha vivido también en México y ha trabajado como guionista de televisión, periodista, traductor, 'negro' literario, autor de discursos políticos y escritor de libros para niños.
Pese a haber heredado de su padre un cierto gusto por la política, ha preferido dedicarse al mundo de las letras. En su libro La cuarta espada, dejó constancia de su permanente vinculación con los sucesos del Perú. Sus trabajos literarios vienen mostrado una gran capacidad para mostrar a sus personajes y a sus historias como hechos que fluyen naturalmente. Naturalidad que responde a un hábil manejo del idioma y de la estructura narrativa.

EL PASAJERO DE AL LADO

Fue sólo un susto.
El frenazo y el golpe. Los golpes. Estás un poco aturdido, pero puedes moverte. Abres la portezuela y te bajas sin mirar al taxista. No te duele nada. Eres un turista. Tu única obligación es pasarlo bien.
Para tu suerte, un autobús frena en la plaza. Te subes sin ver a dónde va. Caminas hacia al fondo. Aparte del mendigo que duerme, no hay nadie más ahí. Te sientas. Miras por la ventanilla. La ciudad y la mañana se extienden ante tus ojos. Respiras hondo. Te relajas.
En la primera parada, sube una chica. Tiene unos veinte años y es muy atractiva. Rubia. Todos aquí son rubios. Es la chica que siempre has querido que se siente a tu costado. Va vestida informalmente, con jeans ajustados y zapatillas. Su abrigo está cerrado, pero sugiere su rebosante camiseta blanca. Se sienta a tu lado. No puedes evitar mirarla.
Notas que te mira.
Al principio es imperceptible. Pero lo notas. Voltea a verte rápidamente con el rabillo del ojo, durante sólo un instante. Cuando le devuelves la mirada, vuelve a bajar los ojos. Se ruboriza. Trata de disimular una sonrisa. Finalmente, como venciendo la timidez, dice coqueta:
-¿Qué estás mirando? ¡No me mires!
Vuelve a apartar la vista de ti, pero ahora no puede dejar de sonreír. Hace un gesto, como cediendo a su impulso:
-¿Por qué me miras tanto? ¿Ah? Ya sé -Ahora se entristece-. Se me nota ¿No? ¿Se me nota? Pensaba que no -Sonríe pícara-. ¿Te la enseño? Si se me nota, ya no tengo que esconderla. ¿Quieres verla? -Se da aires de interesante, pone una mirada cómplice y habla en voz baja, como si transmitiese un secreto-. Está bien, mira.
Se abre el abrigo y deja ver una enorme herida de bala en su corazón. El resto del pecho está bañado en sangre.
Ríe pícaramente y se pone repentinamente seria para anunciar:
-¿Ves? Estoy muerta.


¿Verdad que no se nota a primera vista? Nunca se nota a primera vista. No lo noté ni yo. Será porque es la primera vez que muero. No estoy acostumbrada a ese cambio. En un momento estás ahí y lo de siempre: una bala perdida, un asalto, quizá un tiroteo entre policías y narcos, pasa todos los días. Y luego ya no estás. Sabes a qué me refiero ¿Verdad?
A mí, además, me dispararon por ser demasiado sensible. De verdad. Por solidarizarme. Íbamos Niki y yo a una pelea de perros. Niki es mi novio y es héroe de guerra. Sí. De una guerra que hubo hace poco… No. No recuerdo dónde. Niki tiene un perrito que se llama Buba y una pistola que se llama Umarex CPSport. Pero al que más quiere es a Buba. Es un perro muy profesional. Ya ha despedazado a otros tres perros y a un gato. No deja ni los pellejos. Increíble. A Niki le encanta. Es su mejor amigo, de hecho. Entonces, íbamos en el auto, y Niki y Buba iban delante. Yo iba en el asiento trasero. A Niki le gusta que nos sentemos así, dice que es el orden natural de las cosas. Niki es muy ordenado con sus cosas. Y muy natural.
Saliendo de la ciudad hacia el… ¿Perródromo? No, eso es para carreras ¿Cómo se llama donde hay peleas de perros? Bueno, íbamos para allá y paramos en una gasolinera para que Niki fuese al baño. Aparte de una pistola y un perro, Niki tiene problemas de incontinencia, pero no se lo digas nunca en voz alta, de verdad, por tu bien. O sea que Buba y yo nos quedamos a solas en el auto. Perdona que me interrumpa, pero no me mires demasiado la herida, por favor. Odio a los hombres que no pueden levantar la vista del pecho de una. Y a las mujeres también. Si no estuviera muerta, llamaría a Niki para que me haga respetar. ¿O.K? O.K.
Bueno, sigo: estamos en el auto ¿No? Buba y yo. Y Buba me empieza a mirar con esa carita de que quiere ir al baño. O sea, no al baño, porque es un animal ¿No? Pero a lo más cercano a un baño que pueda ir ¿O.K.? Y me mira para que lo lleve. De verdad, no creerías que es un perro asesino si vieras la cara que pone cuando quiere ir al baño. Se le chorrean los mofletes, se le caen los ojos y hace gemiditos liiindis. Así que lo miro con carita de pena, lo comprendo ¿me entiendes? y le abro la puerta para que pueda desahogarse.
Buba baja y yo lo acompaño unos pasos, pero luego veo que en la tienda de la gasolinera hay una oferta de acondicionadores Revlon, así que me detengo porque es algo importante y él sigue. Y entonces, aparece el otro perro. O sea, una mierda de perro, perdón por la palabra ¿No? un chucho callejero y chusco con la cola sin cortar y las orejas caídas ¿Has visto a los perros sin corte de orejas y cola? Aj, horribles. Pues peor.
Bueno, te imaginarás ¿No? El chusco se pone a ladrar, Buba se pone a ladrar, se caldean los ánimos, los acondicionadores Revlon sólo están de oferta si te llevas un champú, Niki no termina nunca de hacer pila y, de repente, la persecución de Buba al otro, los ladridos, los mordiscos. Lo de siempre, excepto el camión. Lo del camión si que no había cómo preverlo porque, o sea, no es que una pueda adivinar el futuro. Sabes a qué me refiero ¿Verdad? Yo llegué a escuchar el frenazo y el quejido perruno. Francamente, por esa mariconada de quejido, yo pensé que había chancado al chusco.
Pero no fue así.
Cuando Niki salió del baño y vio a su perro, yo ya estaba buscando protectores solares. Niki se arrodilló junto a Buba, le besó las heridas, se puso de pie y vino directamente hacia mí. Yo lo recibí con una sonrisa, pensando, mira, qué bien ¿No? Nosotros estamos vivos, o sea, ha podido ser peor. Y él me recibió con cuatro disparos de la Umarex CPSport. Es amarilla la Umarex CPSport ¿Algunas ves has visto una pistola amarilla? Niki tiene una.
Lo demás de estar muerto es rutinario. Sabes a qué me refiero ¿Verdad? Es aburrido, porque ya nadie que esté vivo te escucha. Eso sí, vienen por ti, te llevan en una camilla, o sea, ya estás muerta pero igual te llevan en una camilla y en una ambulancia. Qué fuerte ¿No? Como si estuvieras viva. Eso te hace sentir bien ¿No?. Valorada. Te llevan a una clínica privada, llenan unos papeles y ahí te guardan. Hace frío ahí.
Hace mucho frío.
Ya ahí conoces otros cadáveres, te comparas con ellos, te das cuenta de que estás mucho mejor que ellos, o sea, te ves bien a pesar de las dificultades ¿No? Y eso es importante para sentirte bien contigo misma. Claro, la herida no ayuda, pero no te imaginas cómo está la gente ahí ¿Ah? O sea, no se cuidan nada. Y eso que son gente bien ¿Ah? No creas que a cualquier muerto lo llevan a una clínica de esas.
Al principio sobre todo te sientes bien insegura. Es como si te diera la regla pero sin parar y por el pecho. Entonces, es bien incómodo. Pero luego llega un doctor guapísimo, de verdad. Sabes a lo que me refiero ¿No? Entonces están tú y él a solas, pero no como con Buba en el auto, sino distinto, porque tú estás muerta y él no es un perro, es como más íntimo ¿no? Y él empieza a tocarte, a acariciarte, masajearte, pasa sus manos por tu cuerpo. Y están calientes sus manos. La mayoría de las cosas vivas están calientes. Y luego te abre en canal para buscar cosas en tu interior. Y ¿Sabes qué? Sientes… no sé… sientes que es la primera vez que un hombre tiene interés en tu interior. No sé. Es como muy personal. Pero te dejas, permites que sus manos recorran tu anatomía, te parece que nadie te había tocado antes en serio. Y te da un poco de penita, de verdad. Hay cosas que yo no sabía que tenía, que en toda mi vida nunca lo supe, como el duodeno, la aorta, el esternocleidomastoideo ¿No? El tríceps si sabía, por el gimnasio. Y te dices, pucha, me habría gustado saber que tenía todo esto porque, no sé ¿No? Es parte de ti y tienes que vivir con eso y éste hombre las descubre para ti. No sé cómo explicarlo. Es algo supersuperpersonal. De haber tenido fluidos, creo que hasta habría tenido un orgasmo. ¿Y sabes por qué hace eso el forense? ¿Por qué me lo hizo a mí con ese cariño? No sé, lo he estado pensando un montón, no creas, y… creo que lo hace porque a mí no se me nota. Claro, si me miras bien, sí. Pero a primera vista no se me nota lo muerta. Yo creo que al forense le gustan las muertas poco ostentosas. Yo soy muy sencilla. Y tú también, de verdad. Si no hubiera visto tu accidente en el taxi, hasta pensaría que estás vivo. Uno te tiene que mirar bien para darse cuenta, pero al final, un ojo con experiencia puede percibirlo.
Es por tu mirada, creo.
Tienes ojos de muerto.

Friday, September 26, 2008

HARRY CAÑARI - ATOCHE


Nacido en Lima, 1983. Ha publicado un poemario infantil titulado "Pueril" en 2008 y actualmente está trabajando su primer libro de cuentos. Ha recibido un premio institucional ADEX 2005 por su poema "Sórdido". Como actividades complementarias ha organizado, entre otros quehaceres, el recital denominado "La paz y la mujer" en la Cayetano Heredia 2005. Harry Cañary ha sido participante de los talleres de narrativa y guión el Centro Cultural de la PUCP. En lo personal, recibo y cuelgo con mucho agrado el siguiente cuento y espero, como muchos otros, una larga y productiva labor literaria de este joven escritor.




LA RESBALADERA

Aún parece que fue ayer. No hace mucho, mis retinas podían ver a un niño que con sus pasos indecisos y sus brazos ocupados de materiales, iba todas las mañanas al parque cercano a nuestra casa. Era conmovedor poder verlo jugar, a su modo, con sus pinceles y libros. Rodrigo tenía diez años y a su diestra siempre anduvo un niño delgadito de siete, llamado André, un poco orejón y de ojos muy despiertos que acompañaba, en las tardes solitarias de creatividad, a su hermano mayor.
Cada vez que llegaban al parque, Rodrigo le pedía a André, con la voz zigzagueante, quedarse sentado leyendo el mismo libro de poesía que su mamá les había regalado antes de fallecer; según decía él: “para que seas poeta”. De vez en cuando le pedía también que sea su asistente: le pasaba los pinceles, la pintura y el limpiador para las manos. Al parecer, le gustaba mucho a André aquél cargo. Rodrigo siempre iba con una idea clara de cómo seguir pintando en el muro, e imagino que a su edad alguien le había enseñado el modo de hacerlo, puesto que las líneas que conformaban la imagen obedecían a una obra bien llevada. Que quizá, si alguien viese sólo al mural, dudaría que Rodrigo haya hecho aquél trabajo.
Cuando podía, a modo de descanso, Rodrigo se sentaba al lado de André, lo hacía muy cerca para despeinarle más el cabello rizado y le hablaba de las enseñanzas que su madre le había inculcado, de cómo funcionaba la vida, de cómo funcionaba el orden y la disciplina, de cómo con un sólo libro y algunas pinturas uno podría conseguir mejorar como ser humano.
Un día, tuve la desgracia de ver cómo unos niños se burlaban de Rodrigo, sólo por como era, le decían: “eres un dawn” repitiéndoselo una y otra vez; él era ajeno a ésa burla y superaba aquél nombre científico –que sin querer debía llevar–. Rodrigo al ser tan frágil como una pluma, se cubría las piernas con sus brazos para no llorar y se lograba tranquilizar luego de que aquéllos niños, cansados de molestar, se terminaban yendo. Las lágrimas y el temor eran compartidos por André, pero Rodrigo debía ser el ejemplo como hermano mayor, se secaba las lágrimas e iba a abrazarlo para decirle: “No llores André, no llores”. André lo miraba y ambos se consolaban apagando la tristeza con un abrazo.
Su padre, que era un alcohólico, iba al parque a recogerlos todos los días al atardecer, maldiciendo su mala suerte pues no lograba librarse de Rodrigo; cada vez que lo miraba le recriminaba la carga que le significada vociferándole que su único hijo era André y no él.
Al llegar a su casa, toda maltrecha, el padre le prohibía a Rodrigo sentarse a la mesa.
-¡Ni te atrevas! Comerás sentado como todos los días en ésa piedra.
Le servía la comida y no le alcanzaba los cubiertos, gritándole: “tú no debes comer como lo hacemos los humanos”, tampoco le daba qué beber: “si tanta sed tienes, toma tus orines”.
Rodrigo no podía hacer más que convivir con lo inhumano; mientras sus ojos se nublaban rezaba:
-Dios, sólo te pido que me cuides, ¿si mamá viviese, no me pasaría esto, no?
André miraba la actitud del padre, pero no podía hacer más que callar.
Pasada una semana, producto de la embriaguez, su padre cayó dormido y olvidó llevarles la comida. Ese día no habían desayunado y el llanto de André no lograba despertar a su padre.
Rodrigo salió a tocar la puerta a los vecinos para que, a cambio de un retrato, le pudiesen dar alimentos y agua. Algunos incrédulos pensaban que era astucia de su padre mandarlo a pedir ésos favores; otros como la señora Carmen, una mujer que comprendía muy bien lo que era la falta de amor, nunca se casó ni tuvo hijos y había decidido, con un acto radical, no entregarse a ningún hombre, se dejaba retratar con tal que a los hermanos no les faltara nada. Luego de retratarla, Rodrigo regresaba a su casa con lo conseguido en el trueque para que comiera junto a André.
A la noche siguiente, su padre se quedó nuevamente dormido por la borrachera y a Rodrigo le tocó hacer un nuevo retrato para la señora Carmen. Cuando regresó a su casa dejó los alimentos conseguidos en la mesa, luego fue por unos tenedores para él y su hermano. A su regreso, André se había comido y bebido lo poco que trajo y Rodrigo le levantó la voz zigzagueante: “¡qué hiciste, qué hiciste!”; pero al ver a su hermano llorar lo abrazó y le dijo: “no te preocupes, yo ya había comido, sólo quería un poco más; ya no llores, ya no llores”. Su hambre y sed aún eran inminentes, se dirigió al silo, con mucho cuidado pues era muy ancho y profundo, con un vaso para luego de aplacar la sed con su propia micción, dirigirse a la cocina a comer un pedazo de pan que quedaba en la casa.
A primeras horas de la mañana, el padre salió a vender lo que había reciclado de la basura los días anteriores, siempre dejaba a Rodrigo que cruzara la pista solo y a André siempre lo acompañaba, pues decía que era una vergüenza que lo vieran con él.
Ya cerca del parque, el padre se despedía recriminado a Rodrigo: “Ojalá y hoy te pierdas de una vez por todas”. Rodrigo sólo bajaba la cabeza y callaba.
Ese día, y ya faltándole poco a Rodrigo para terminar el mural con la figura de su madre, –con los años me enteré que ella misma le enseñó a pintar–, André había terminado de leer por segunda vez el libro de poesía; pero ahora quería jugar, quería sentir que desarrollaba su niñez, giró la mirada hacia donde le concentró más la atención, se escabulló e inquieto se dirigió con pasos breves a la resbaladera, subió una y otra vez con mucho cuidado, volvió a repetir la armonía del juego subiendo nuevamente los peldaños.
Rodrigo se dio cuenta que no estaba André, lo buscó pero no lo encontró, mas sólo lo hizo cuando André subió al pico de la resbaladera. Dejó sus pinceles, corrió muy preocupado. En su mente sólo estaba protegerlo.
-André, no te muevas; la resbaladera es muy alta.
André a mitad de éstas se detuvo, lo miró y continuó su ascenso, Rodrigo corrió, subió muy rápido y sujetó primero sus piernas, al subir un poco más, abrazó fuertemente su pecho, sin darse cuenta lo empezaba a asfixiar; André se comenzó a mover con tal de soltarse, pero Rodrigo lo sujetó más fuerte pensando que podría caerse. La adrenalina llegó al punto más alto, André expandió sus brazos, desequilibró a su hermano, cortaron el vacío son sus cuerpos, Rodrigo cubrió a su hermano, no pudo girar el cuerpo, su cabeza chocó contra el piso y una alfombra roja terminó cubriendo su alrededor.
Rodrigo yacía tirado. No habló y las lágrimas hacían diluir el color uniforme de la sangre.
El padre que no consiguió vender nada de lo reciclado, llegó ebrio y renegando. Vio a lo lejos, de donde siempre los dejaba, un círculo formado por personas, corrió a ver a André que seguía llorando e inerte ve a Rodrigo. Sus ojos empezaron a nublarse, se cogió de los cabellos y empezó a gritar:
-¡Lárguense, lárguense que quiero estar a solas con mis hijos!
La gente poco a poco se fue yendo y cuando el padre vio que no había nadie. Secó sus lágrimas y empezó a reír.
André continuó llorando mientras miraba a su padre con la indignación que sólo puede tener Dios cuando se siente traicionado.
-Vámonos André, hasta que por fin éste ser nos dejó en paz.
André le frunció el ceño, no había conocido nunca el odio pero estaba empezando a experimentarlo. No sintió que era su padre, sino su peor enemigo, un simple humano que le concedió la vida. Le siguió frunciendo el ceño mientras el padre le tomaba de la mano para no caerse de la embriaguez que había adoptado.
La señora Carmen miraba, desde su casa, con mucha tristeza y melancolía el destino que pasaba André.
El padre entró rápidamente a su casa, pues su hígado no soportaba la cantidad de alcohol que había bebido y sin pensarlo dos veces fue al silo con mucho cuidado pues era ancho y profundo; se ubicó con cuidado para no caer, puso sus manos apoyadas en las rodillas y empezó a vomitar.
André siguió llorando, pensó en su hermano e inmediatamente recordó cuando lo salvó; luego pensó en su madre, recordó vagamente cuando lo acostaba en sus noches de pobreza y cuando se sentía el niño más rico del mundo, pero mientras abría y cerraba los ojos vio en su oscuridad dos siluetas hablándole.
-Hijo, tu destino no es estar solo –le oyó decir a su madre–.
-Sí hermano, tú serás feliz –le expresó con la misma voz zigzagueante a André–.
André se secó las lágrimas pues no podía ver bien a su padre que seguía vomitando. No quiso perder más tiempo y caminó con sigilo hacia él, que con un empujón lo desprendió del suelo y rápidamente cayó en el excremento y las micciones que tanto pedía tomar a su hijo.
André escuchó a su padre decir “ayúdame hijo, ayúdame” desde lo más hondo del silo. André miró a su alrededor como queriendo buscar algo para ayudarlo, dio cuatro pasos hacia su objetivo y empezó a rodar la piedra en la que hacía sentar a Rodrigo; la empujó de a pocos pues pesaba y ya al filo del silo dio el último empujón. La piedra obedeció las leyes de la gravedad, cortó el aire y se estampó en la frente del padre.
André ya no escuchó su “ayúdame…” y en el silencio le dijo “tú no mereces vivir como lo hacemos los humanos”. Salió llorando a ver a la señora Carmen, la abrazó, y le dijo:
-Señora Carmen mi papá cayó mientras vomitaba y al tratar de sujetarse cogió una piedra que le cayó en la cabeza.
Es así como lo recuerdo –como si la escena la estuviese viviendo en éstos instantes– y hoy como hace veinte años sigo yendo a modo de recuerdo al mismo parque, con mi mamá, a ver el mismo muro inconcluso donde hoy se mantienen de por vida mi hermano y madre que descansan en paz.
Mi nombre es André Verdú y no llegué a ser poeta pero sí llegué a ser para siempre el hermano de Rodrigo.
-Hijo, apura que vamos a llegar tarde al cementerio…
-Ya voy mamá Carmen, ya voy.

Tuesday, September 23, 2008

FERNANDO AMPUERO

En paralelo a su reconocida labor periodística, Fernando Ampuero (Lima, 1949) ha venido desarrollando una interesante obra narrativa que se inició con el libro de cuentos Paren el mundo que aquí me bajo (1972); y que ha continuado con títulos como Caramelo verde (1992) y Malos modales (1994). Para 1996 su narrativa se enriquece con Bicho raro (Editorial Campodónico). En estos últimos años su labor literaria ha sido más intensa y ha publicado “Mujeres difíciles, hombres benditos” “Puta Linda” y “Hasta que me orinen los perros”. Para el crítico, Javier Ágreda, Fernando Ampuero recurre al humor como elemento que permite a muchos de sus personajes a orientarse en su búsqueda de la belleza. Muchos y muy diversos elementos se requieren para formar a un buen narrador: inteligencia y observación, una rica experiencia vital, habilidad para crear historias interesantes y a la vez significativas, una formación literaria que le permita manejar eficientemente el lenguaje y las técnicas narrativas. Los cuentos más conocidos de Ampuero narran historias que los limeños creemos ya haber escuchado alguna vez, esa especie de mitos urbanos contemporáneos que de cierto modo expresan el ambiente social y cultural propio de nuestra época.


CRIATURAS MUSICALES

La niña llegó del colegio cuando los gritos de sus padres se podían oír desde fuera del amplio y elegante departamento. Tocó el timbre y aguardó a que la empleada le abriera. Entró al vestíbulo y, cuando pasó frente al espejo oval, se hizo a sí misma una mueca graciosa. Luego enrumbó a la cocina, bebió un vaso de naranjada y, de vuelta en el vestíbulo, se detuvo cautelosa­mente en el primer peldaño de la escalera.
La discusión, como de costumbre, era a distancia. Su padre se hallaba en el baño, duchándose. Su madre reordenaba la ropa en los colgadores, en los cajones y en las gavetas del walk-in closet, una de sus actividades más socorridas cuando tenía los nervios de punta.
–¡Hola! –gritó alegremente la niña–. ¡Ya estoy aquí!
Un súbito silencio sobrevino a su saludo.
Pero unos instantes después se abrió la puerta del baño, que daba al hueco de la escalera, y salió su padre, desnudo y chorreando agua. También, como de costumbre, la niña vería que éste, ante su presencia, cambiaba rápidamente de talante. Ahora incluso le sonreía e imitaba su voz alegre y cantarina:
–¿Qué tal, Pilarcita?
–Bien, papi.
El padre volvió a encerrarse en el baño. La madre, por su parte, demoró cuatro o cinco segundos en intervenir, pero optó de buenas a primeras por ponerse en tren práctico:
–Pilar, no dejes tu mochila tirada en la sala –dijo a lo lejos, sin dejarse ver.
La niña fingió que no la oía:
–¿Qué dices, mami?
–Que no dejes tu mochila tirada.
–¿Cómo dices?
–¡Que no dejes tu mochila tirada, demonios! –gritó la madre.
–¡Ya te oí! ¡No me grites!
–¡Y sube a tu cuarto y ponte a hacer la tarea, porque en una hora tienes que ir al ballet!
–¿Al ballet?
–Claro que sí –replicó su madre–. ¿Acaso no sabes que hoy es jueves?
–No voy a ir al ballet –dijo la niña rotundamente.
Se hizo un nuevo silencio.
–¿Cómo que no vas a ir al ballet? ¿Han suspendido la clase?
–No es eso.
–¿Qué es, entonces?
–Se me ha roto la malla negra.
La madre se asomó por el hueco de la escalera con cara de sorpresa:
–¿Cuándo ocurrió eso?
–Anteayer. Me enganché con una planta llena de espinas y se rasgó toda.
La madre meneó la cabeza, apesadumbrada:
–Bueno, usa la malla roja –dijo volviendo a su tarea de ordenar ropa.
–No. Odio ese color.
–Mañana te compraré otra malla negra. Ahora hazme el favor de ponerte la roja y no fastidies.
–No quiero.
–No me contestes así, Pilar –dijo la madre.
–Pero es que tú no me entiendes.
–¿Qué es lo que no entiendo?
–Todas las chicas van con mallas negras.
–Ya lo sé. Pero es sólo por un día.
–¡No! –chilló la niña–. ¡Es huachafo!
–¡Pues te la vas a poner de todas maneras! –ordenó la madre en su tono más enérgico–. ¿Has entendido? ¡Aquí no se hace lo que tú quieres!
–¡No, no me la voy a poner! –gimoteó la niña–. ¡No me la voy a poner!
En pantuflas, y a medio cubrirse con una toalla anudada a la cintura, el padre fue esta vez quien asomó por el hueco de la escalera a fin de concordar con su hija:
–Yo también pienso que el rojo es huachafo –susurró en su tono más cómplice.
La niña alzó la cabeza y sonrió y miró a su padre con los ojos anegados de lágrimas, metiéndose enseguida un dedo en la nariz y sacándose una bolita de moco a la que dedicaría varios segundos de intensa concentración. Y fue en ese trance que la madre apareció de nuevo en el hueco de la escalera, aunque en esta ocasión con ímpetu de caballo desbocado, y se dirigió al padre increpándole entre dientes, con una especie de rabia afónica:
–¡No ma-ni-pu-les a la niña, desgraciado!
El padre sonrió como si le acabaran de hacer una broma muy divertida y se encaminó a su dormitorio mientras decía:
–Pilar, ponte a hacer la tarea. Yo tengo que conversar en privado con tu mamá.
La niña amasó el moco que sostenía entre el pulgar y el índice y, antes de disponerse a subir las escaleras, lo dejó caer al suelo.
En la mayoría de los casos Pilar nunca sabía la causa de las peleas de sus padres. A veces estas se desencadenaban por una toalla mal colgada o alguna tontería parecida; otras, más misteriosas, por una llamada telefónica. Sonaba el teléfono, su madre contestaba y, al otro lado de la línea, no decían ni pío y un momento después se cortaba la comunicación.
Tampoco podía precisar con exactitud cuándo era que sus padres habían comenzado a pelearse. Pilar recordaba a duras penas que una de las peleas más antiguas se remontaba a una noche de viernes o sábado, a principios de verano, en que los dos salieron a la calle para sacar algo de la guantera del auto de su madre y de pronto la alarma antirrobos comenzó a ulular y se trabó y no paró de sonar enloquecedoramente por más de diez minutos, conmocionando a los vecinos, y al cabo sus padres, muertos de vergüenza, detuvieron su pelea y se tomaron de las manos y regresaron riéndose al departamento. Una pelea, si se quiere, que tuvo un final feliz y que duró una bicoca de tiempo.
Las de ahora, en cambio, duraban horas de horas y hasta días enteros, y por lo general siempre acababan pésimo. Vale decir, sus padres se aislaban en habitaciones diferentes, lo cual equivalía a que Pilar terminaba durmiendo en la enorme cama matrimonial con papá o con mamá, dependiendo de cuál de ellos se mudara a dormir a su dormitorio.

Aquel día la niña intuyó que la pelea no tenía visos de alcanzar un arreglo, y en tanto hundía la cabeza en su closet y buscaba a disgusto la abominada malla roja se quedó pensando con quién le tocaría dormir esa noche. Pensaba en eso con la más absoluta calma, y de hecho no le daría demasiadas vueltas al asunto, pues al encontrar la malla, a la que insultó como si se enfrentara a un bicho vivo, se olvidó de todo. Además, sus padres, si bien seguían embarcados en su pelea, habían bajado considerablemente la voz. Apenas dejaban oír murmullos o algo que podían ser gritos sofocados.
Luego, tras colocar la malla junto a las zapatillas de ballet sobre su cama, Pilar emprendió una serie de quehaceres con la soltura y rapidez de una secretaria ejecutiva. Vació su mochila, ordenó sus lápices y cuadernos, reacomodó dos osos de peluche y una jirafa de plástico encima de su librero, y en un santiamén se sentó a su escritorio para resolver dos problemas de matemáticas y copiar en su cuaderno de francés un poema de François Villon. Acabado eso, encendió su computadora y puso el diskette de Prince, juego en el que estuvo absorta hasta que su madre salió de su dormitorio y le dijo desde la salita de estar:
–Pilarcita, ya es la hora.
La niña decidió matar a dos guardias del palacio donde se hallaba apresada la princesa antes de apagar la máquina, y se incorporó y se desnudó en un tris para ponerse de inmediato la malla y las zapatillas. Le encantaban sus zapatillas.
Al momento de mirarse en el espejo redondo de su tocador cambió de expresión. La malla le quedaba perfecta y estilizaba aún más su grácil figura. Delineaba la curva de su cintura y de sus bien formados glúteos, y se ceñía en el escote de tal manera que hacía resaltar su incipiente busto. Tanto su madre como sus amigas solían decir que, para una niña de once años, tenía un cuerpo bastante desarrollado.
Irguiéndose sobre las puntas de sus pies e inclinándose en una artística venia, Pilar sonrió como si agradeciera la ovación de un público fascinado con ella. Sus dientes, herencia de su madre, eran tan blancos como las palomas que se posaban por las tardes en la terraza del departamento. Pero lo que a ella le gustaba más de sí misma era su cabello suave y claro, del color de la miel, que era el mismo tono que tenía su tía Martha cuando no se pintaba de pelirroja sofisticada.
–Pilar, apúrate –insistió su madre.
La niña salió a la salita de estar y encontró a su madre sentada en el sofá, hojeando una revista.
–Ya estoy lista –dijo.
Entonces sonó el teléfono.
Sonó una, dos, tres veces, y sonó obviamente en todos los teléfonos del departamento, que eran uno de pared, instalado en la cocina, y dos inalámbricos, ubicados en la gran sala de la primera planta y en la pequeña de la segunda. Pilar estuvo a punto de contestar, pero repentinamente percibió que algo la detenía. Al parecer la empleada no había acudido a contestar, resolviendo aquella tensa situación, porque en ese momento se estaba cambiando el uniforme por ropa de calle para acompañar a la niña a la escuela de ballet.
Cuando el teléfono sonó por cuarta vez el padre irrumpió furibundo en la salita de estar, y se quedó mirando a su mujer, que se mostraba de lo más indiferente.
–¡Qué demonios pasa ahora! –gruñó–. ¿Están sordos? ¿Por qué no contestan el teléfono?
La madre tiró la revista al suelo y se cruzó de brazos.
–¡Mejor contesta tú, canalla! –replicó–. ¡Yo estoy harta de que me cuelguen!
A Pilar le pareció que sus padres se miraban ahora como dos boxeadores que acababan de subir al ring, y que a lo mejor una de las próximas timbradas les podía sonar a ambos como la campana que daba inicio a otro round.
–¿No quieres contestar? –la mujer lo estaba retando con una mueca burlona–. ¿No te atreves?
Antes de que terminara la frase, el padre avanzó a largas zancadas hasta el teléfono y levantó el auricular.
–¡Aló! –bramó, pero en seguida se apaciguó–. Sí… sí, Solange… un momento –y miró a su hija–. Es para ti.
Pilar corrió hacia el teléfono.
–Gracias, papi –dijo y se puso a hablar con la loca de Solange, una compañera del colegio que siempre le pedía ayuda desesperadamente para resolver la tarea de matemáticas.
Rió con su amiga, le dio las explicaciones pertinentes y, al cabo de un momento, se despidió de sus padres agitando una mano en el aire y salió del departamento.

Hora y media más tarde, cuando regresó, sólo se oían las voces del televisor que estaba en el dormitorio de sus padres y el canturreo de su mamá que preparaba un postre de mango en la cocina.
Pilar estuvo un buen rato sin saber qué hacer y se animó finalmente a encender el televisor de la salita de estar. Vio un programa de dibujos animados acerca del rey Arturo y Sir Lancelot, y luego el capítulo de una telenovela venezolana que abandonó un poco antes de la mitad porque le dio hambre. Bajó a la cocina, tomó un yogurt líquido de la refrigeradora, lo bebió sin respirar y le preguntó a su madre, quien ahora se mataba de risa hablando por teléfono con una amiga, si es que podía servirse postre de mango.
–Todavía le falta helar, pero si te provoca…
–Me provoca –dijo Pilar, y no se tardó mucho en devorar una porción de ese postre que le parecía delicioso.
Así, en fin, con una cosa y otra, dieron las nueve de la noche y su madre le avisó que ya era hora de bañarse e ir a la cama.
–Y alista la ropa que te vas a poner mañana –añadió.
La niña separó las ropas y cuadernos con los que al día siguiente se iría al colegio, se bañó, se puso piyama y, al salir del baño, constató que casi todas las luces de la casa estaban apagadas, excepto la lamparita de la mesa de noche que iluminaba el lado que correspondía a su padre. Manteniendo la TV encendida, su padre leía un libro tan gordo como la Biblia, recostado en la cama, y sólo reparó en que su hija se encontraba en su habitación cuando ésta, de pie y contemplando las imágenes de una película, le preguntó intrigada:
–Papá, ¿Jesucristo tenía esposa?
–¿Esposa? –pestañeó su padre ante el libro que mantenía ante sus ojos.
–Esa mujer le ha dicho que ese bebito es su hijo.
Con un brusco movimiento el padre aventó el libro sobre su pecho y miró el televisor.
–No, no, no es así –rió su padre, incorporándose–. Ese hombre no es Jesucristo, sino Espartaco, un esclavo rebelde que pretendió liberar a los esclavos de Roma.
Kirk Douglas agonizaba crucificado en la vía Apia mirando a la hermosa Jean Simmons, que cargaba en brazos al que hacían pasar como su sonrosado vástago.
–¿Y también murió en una cruz?
–Sí, como muchos otros… mira, mira, ahí se ven otros esclavos que fueron crucificados. Así se castigaba a la gente de esa época.
–¿O sea que ese esclavo pudo ser Dios?
Su padre dio un respingo:
–¿Dios?… Bueno, no es que hubiera podido ser Dios por el mero hecho de que lo crucificaran… –el padre se detuvo a pensar, rascándose con un dedo la punta de la nariz–. Aunque eso pudo haber pasado. Espartaco, de alguna manera, también fue un dios, no como Jesucristo, por supuesto, pero la gente durante muchos años lo recordó y lo llevó en su corazón…
La niña observaba en silencio a su padre con cara de no saber si entendía bien lo que había oído, y este reaccionó en forma sumamente festiva y alborotada mirando su reloj:
–¿Qué hora es? ¡Uy, ya es muy tarde, Pilarcita! ¡Es tardísimo! ¡A dormir se ha dicho!
Y repentinamente se presentó su mamá.
–Quiero mi almohada –dijo entrando a la alcoba, vestida ya con su polo de dormir, y llevándose la almohada de su lado, de manera que tanto Pilar como su padre supieron que la mamá no dormiría en la habitación matrimonial.
Sin pensarlo dos veces, Pilar trepó de un salto a la cama y se coló con gran entusiasmo entre las sábanas, apropiándose del control remoto de la TV. Su madre le dio un sonoro beso en la mejilla y salió de la habitación. Su padre, mientras tanto, dejó su libro en la mesa de noche y apagó la lamparita. Padre e hija, como dos niños traviesos, se echaron juntitos bajo la luz azulada y parpadeante que provenía de la pantalla, mirando la infinita sucesión de imágenes diversas a causa del zapping que Pilar acostumbraba llevar a cabo. Tras recorrer treinta y tantos canales de cable, paró en seco ante el noticiero de un canal peruano. Las imágenes de un incendio en La Victoria, con gente llorando ante sus pertenencias quemadas, capturó algunos minutos su atención. Pero pronto su padre pareció aburrirse y bostezó y le quitó el control remoto y cambió de canal.
Pilar no protestó, porque ya se sentía adormilada. Le dio un beso a su padre y se tapó la cara con la almohada, pensando en esas cosas que pensamos todos, desordenadamente, cuando nos alistamos para dormir después de un día movido. El partido de básket de la mañana, las bromas de Solange, el postre de mango, la tarea de matemáticas, Espartaco y los teléfonos de su casa timbrando sin que nadie los conteste.
¿Quién podía llamar y colgar? Pilar tenía once años, pero no se creía ninguna tonta. Ha de ser una mujer, se dijo. Una de esas mujeres que se enamoran de los papás. Sin embargo, consideraba ridículo que su madre se molestara con eso. Ella estaba segura (pues su padre se lo había dicho una noche, jurando ante la luna que todo lo que decía era cierto) que las únicas mujeres que él de verdad amaba eran ellas, su hija y su madre, siempre y cuando ésta última no estuviera en esas épocas en que se ponía frenética por cualquier cosa. Pero, como estaban las cosas, Pilar sentía que no podía hacer nada y se preguntaba: ¿Cuánto tiempo tardan las personas en comprender lo que les pasa? ¿Por qué tienen que demorarse tanto?
En algún momento, pensando en eso y oyendo por ratos uno que otro diálogo de película, Pilar se quedó dormida, en tanto su padre seguía aburriéndose y bostezando frente a la TV y, por consiguiente, reanudando un zapping tan o más maniático que el de su hija. Todo le interesaba un cuerno. Vio un fragmento de un programa de genética, la escena erótica de una peliculilla sin mucho vuelo, tres goles de un resumen internacional entre equipos que desconocía y, cuando ya estaba por resignarse a apagar, sucedió algo maravilloso. Algo que lo catapultó a una grata efervescencia y por un instante le hizo llevarse una mano a la boca y mirar embelesado la pantalla.
–¡Caray! –murmuró el padre–. ¡Es María Callas!
Era ella, sin duda. Imponente y majestuosa, sola su alma en el centro de un amplio escenario, cantando como en un sueño un pasaje de La Traviata, esa parte delicadísima y a la vez de gran temperamento que es Addio Del Passato.
La emoción de ver a su diva favorita lo hizo sentarse en la cama y subir tres líneas el volumen, aunque sin arriesgarse a llevarlo al punto de que pudiera despertar a su hija. Y como que, ¡plop!, se le fue el sueño. Se despejó, se despabiló por completo, sintiendo todos sus sentidos funcionar a la máxima potencia. María Callas estaba ahí, en una noche probablemente milanesa –el escenario tenía las trazas de ser La Scala de Milán–, y también en una cálida noche limeña, con él o ante él, cantando con quietud y suaves ademanes, mirando al público con sus ojazos griegos y dramáticos, peinada con un moño alto, vestida de largo y con estola de la misma tela del vestido, y enjoyada como una reina o como una diosa, con apenas un collar de una vuelta y unos aretes, pero ¡Dios mío, qué aretes y qué collar!, estaban hechos de diamantes enormes, verdaderas rocas llenas de luz estelar que emitían guiños y chispazos cegadores debido a los reflectores que iluminaban a la diva.
La mujer era fea, sí, hay que decirlo, pero él sentía que la amaba y la veía hermosa. Si su hija le hubiera preguntado en aquel preciso instante si era cierto que las personas que más amaba eran ella y su madre, el padre tendría que rectificar y diría: “Te amo a ti, a tu mamá y a María Callas”. La Callas, a su juicio, tenía la voz más perfecta, poderosa y emotiva que hubiera oído nunca. Por eso mismo la amaba. Porque era alguien tan extraordinario, tan intenso, tan especial, o bien porque su amor era una mezcla de devoción y agradecimiento por el placer que le daba saber que existía un ser viviente con una voz que acariciaba como el terciopelo de las flores.
El documental era en blanco y negro, no se veía en buenas condiciones y las cámaras enfocaban a su objetivo desde lo que tal vez debía ser una suerte de palco bajo. El padre calculó que podía datar del año 1956, año de temporadas muy exitosas, pero de pronto se enteró, gracias a unos subtítulos, que había sido filmado en 1952 y, en efecto, tal como había sospechado, en La Scala de Milán. La Callas terminó su intervención y comenzó a agradecer los infinitos aplausos que le dispensaba el público. Un leve movimiento de cabeza y una media sonrisa era todo lo que hacía. Aquí les dejo esta migaja de mi genio, pobres y pequeños mortales, leía el padre en la vaguedad de aquella media sonrisa.
Y sin transición, apareció un ama de casa, hablando con voz imperiosa, chillona y eufórica, y recomendando el uso de una marca de detergente. Era una de esos centenares de jóvenes señoras –todas ellas le parecían intercambiables– que siempre aparecen lavando ropa, las manos mojadas en bateas rebosantes de espuma.
–¡Malditos comerciales! –masculló el padre, retirándose las sábanas de encima. Se levantó y echó a caminar de un lado a otro por su dormitorio, muy excitado, en tanto Pilar, ya sin la almohada tapando su cara, dormía plácidamente–. Bueno, pero esto quiere decir algo. ¡Esto quiere decir que el programa va a continuar! –y pegó un brinco de felicidad.
¿Qué seguirá? ¿La misma ópera o acaso pasarán una parte de otra performance famosa? ¡Le daba igual! Lo que anhelaba el padre a esas alturas era ver más, oír más, ya que casi nunca propalaban en la TV estos viejos momentos de gloria, la gloria genuina y grandiosa del bel canto, y no esos remedos de éxtasis a lo Pavarotti, donde predominaban el artificio, los micrófonos y los descomunales amplificadores de sonido. ¡Pero aquí, no! ¡Aquí la Callas cantaba solamente a fuerza de diafragma y de garganta, y teniendo por todo altoparlante su voluptuoso pecho de matrona altiva y sufriente, solitaria ánima de un templo en ruinas del Egeo!
Algo más de dos minutos duró la tanda de comerciales y otro tanto le tomó al presentador, un gordito bajo, amanerado y melindroso, anunciar a la teleaudiencia que la leyenda llamada María Callas, la prima donna assoluta, la más brillante soprano que quizá jamás haya existido, iba a regalarnos con otra pieza musical que sólo ella supo plasmar en toda su magnitud y esplendor. ¿De qué les estoy hablando?, preguntó el presentador con un brillo pícaro en su mirada de gordito. ¡Ah, no se los diré! ¡No quiero privar a los conocedores de que se digan a sí mismos qué es lo que tienen el privilegio de oír! Y de sopetón volvió la Callas.
El padre adoptó una actitud de expectativa que lo hizo sentarse en la cama y entrelazar ansiosamente los dedos de las manos. Y durante un segundo su cabeza sería un torbellino de ideas. Se alegró de ser propietario de una TV estereofónica, lamentó haber enviado dos días atrás la videograbadora a que le hagan el mantenimiento de rutina y, ¡diablos, cómo no se le ocurrió antes!, se arrepintió de no haberle pasado la voz a su esposa, que si bien no era una vibrante aficionada como él, las veces que fueron juntos a la ópera había dado la impresión de sentirse bastante más que satisfecha.
“¡Tengo que avisarle!”, pensó levantándose como impulsado por un resorte. “¡No quiero que mañana diga que soy un odioso egoísta y que nunca pienso en ella! ¡Una cosa como esta merece que ceda en mi orgullo e intente una reconciliación”. Y salió corriendo rumbo al otro dormitorio.
Sin encender la luz, avanzó a tientas en la penumbra y le tocó un hombro moviéndola con apremio:
–¡Lorena! –susurró–. ¡Lorena, despierta!
La madre abrió los ojos y se llevó una mano a la cabeza:
–¿Eh?
–¡Lorena, es algo importante!
–¿Qué pasa?
–María Callas está cantando en la tele –dijo el padre con atolondrada efusividad–, y es un documental sobre sus mejores momentos…
La madre alzó la cabeza como un gallo de pelea:
–¿María Callas? –indagó, dubitativa.
–Sí.
–¡Y me despiertas para decirme que María Callas está en la tele! –se encrespó.
–Pero Lorena…
–¿Eres imbécil o qué? –la madre hablaba ahora a grito pelado–. ¿No sabes lo que me cuesta conciliar el sueño?… –y se dio una ágil y violenta media vuelta en la cama, dándole la espalda–. ¡Lárgate de aquí!
–Lorena…
–¡Lárgate, idiota!
El padre en ningún momento estuvo a punto de perder los estribos. Se sintió más bien perplejo, libre de sentimientos que pudieran suponer rabia o reproche, o bien dominado por una extraña sensación de desconcierto, la cual dicho sea de paso se posesionó de él durante los segundos necesarios como para permitirle reconocer desde lejos la melodía de la TV y también la voz de sueño de su hija, que acababa de despertar a causa del breve altercado.
–Papi… –llamó Pilar, confundida.
–Ya voy, mi amor –repuso el padre, ensimismado. Y de inmediato, en tono quedo, exclamó: –¡La Gioconda!… Suicidia! In Questi Fieri Momenti! (Mencio­nar el pasaje de esa sublime obra de Ponchielli y salir pitando hacia su dormitorio resultó siendo entonces la misma cosa.)
Incorporada a medias, amodorrada, Pilar vio que su padre regresaba como una tromba a su dormitorio y se deslizaba en la cama, con la mirada en la TV. Lo veía y, a su vez, miraba lo que él veía. Su padre sonreía, observaba la TV, alzaba las cejas con gesto trágico, volvía a sonreír y por ratos temblaba como si tuviera el cuerpo estremecido por escalofríos.
Padre e hija, nuevamente, se echaron juntos y durante un buen rato no se dijeron nada. Ambos sabían, de manera tácita, que no había tiempo para dar o recibir explicaciones. Luego, por unos segundos, apareció yuxtapuesto a la imagen de la diva el subtítulo previsible: Suicidia!… In Questi Fieri Momenti (Acto 4). La Gioconda (Ponchielli). RAI, Orquesta Sinfónica de Turín. El padre asintió dos veces con la cabeza, complacido, y rompió el silencio para informarle a su hija, a toda prisa, que quien cantaba se llamaba María Callas y que se trataba de una de las voces más bellas del mundo. La niña no se inmutó, aunque para sus adentros concordó que la cantante tenía una voz muy bonita, y sin dejar de mirar la TV, apoyó su cabeza, ya relajada, sobre el pecho paterno, oyendo, aparte de la voz purísima de la Callas, los latidos del corazón de su padre. Le encantaba oír cómo corría la vida a través de esos latidos.
Y sólo cuando se movió para reubicarse en la cama y volverse a dormir, reparó en la mirada vidriosa de su padre. Pensó que aquella mirada, o aquellos ojos acuosos, estaban cargados de lágrimas, y que estas, como a veces le sucedía a ella, no se atrevían a rodar por sus mejillas.