Thursday, March 21, 2013

Carolina Cisneros


Escritora y redactora creativa
Estudió Comunicaciones en la Universidad de Lima y Redacción (Creatividad) en la Escuela Superior de Creativos Publicitarios (Argentina). Publicó los microrrelatos “La sombra”, “Histeria” y “Limpieza mental” en revistas electrónicas de Perú y Argentina.
Participó en antologías con los microrrelatos “Números Naturales” y “Encuentro del Tercer Tipo” (Perú- Argentina).
Participó en Jornadas literarias peruanas e internacionales como “La Jornada Trinacional de Microficción Chile – Argentina – Perú” (Santiago de Chile).
Trabajó en editoriales, agencias de publicidad, de periodismo, animación y medios digitales.
Actualmente trabaja como Community Manager


Noches eléctricas

“Los movimientos eléctricos fueron más fuertes que yo... no tenía escapatoria. Necesitaba volar,… sentirme libre”
Ella bailaba desesperada, la música no era suficiente para llenar su alma.
Su cabello azabache no permitía verle el rostro por los movimientos que se salían de órbita, más potentes que una máquina excavadora.
Llevaba una minifalda blanca, botas blancas a la altura de las rodillas, gafas azules colgando en su pecho y una camisa metálica de mangas largas.
Las luces giraban en torno a ella. Era el centro de atención.
Pero a Leia no le importaba la gente; se concentraba con los sonidos que retumbaban en su mente.
La música electrónica ensombrecía el lugar al estilo de David Vendetta,“Dark Room”.
Por momentos danzaban bailarinas exuberantes, vestidas con minifaldas negras, ligas y politos escotados, tratando de amenizar la noche y subir al máximo las revoluciones.
Un grupo de chicas en fila se movía lo más sexy posible, a la espera del chico más guapo. Y las que tenían pareja no bajaban la guardia frente a una posible rival.
Leia bailaba sola, con los ojos cerrados, en un extremo de la pista. Agitaba las caderas y los brazos de manera sensual y rápida. Por momentos saltaba. Varios la contemplaban hipnotizados. Otros comentaban sobre sus movimientos intensos. Algunos chicos la abordaban tratando de seducirla, pero ella mostraba total desprecio. Algunas chicas se divertían observando los rechazos, mientras otras la miraban con envidia.
Las bailarinas, atentas a las escenas, se contorneaban con más fuerza.
Al no quedar tranquilos, un chico de pelo color verde, se acercó a Leia tratando de abrazarla. Ella, irritada, hincó sus ojos azules sobre él. Caminó intempestivamente hacia el centro de la pista y se quitó la camisa metálica con desesperación. Llevaba puesto un bibidí blanco y un rosario negro. Se colocó las gafas azules que tenía colgada y retomó sus movimientos.
Las descargas eran más potentes y rápidas. La gente se tornaba neurótica y salvaje. Las cuatro de la madrugada no era suficiente para nadie. Desde las bebidas más exóticas hasta los energizantes más poderosos rondaban. Las drogas corrían por doquier, haciendo más grande el placer de sentir y bailar.
Los comandos mixtos se alineaban en sus puestos. Todos los ojos estaban puestos en Leia.
Un grupo de chicas la rodearon y empezaron a bailar formando un círculo. No se podía saber si era un escudo, una trinchera o una barricada.
Leia, sin prestar atención a su alrededor y sumergida en los sonidos, se cogió la cabeza sacudiéndola de un lado a otro.
A los pocos minutos un chico se acercó al gran escudo y todas se agarraron de las manos. Jamás dejarían que alguno baile con Leia.
Él pidió una explicación.
-         Primero baila conmigo, luego podrás tenerla. – dijo Flavia, la comandante del plan.
Él aceptó y ella salió del escudo para bailar.
Luego de cinco minutos ella le guiñó el ojo y riéndose se dirigió al baño, mientras las otras se volvían a agarrar las manos.
Él, engañado y vencido, ante la mirada molesta del grupo de chicas burlándose, optó por regresar a su sitio.
Leia no tomaba alcohol ni iba al baño para meterse éxtasis. Solo danzaba.
Uno de ojos rasgados y camisa blanca se acercó al escudo para negociar. Flavia respondió señalando con el dedo:
-         Primero tráelo a él. El que tiene el pelo negro, ojos verdes y está vestido todo de negro. También al moreno con la camisa abierta. Y al rubio con pantalón de cuero.
-         Si quieres acceder a ella que primero bailen con las chicas.
-         Espero que no vengan con estupideces porque me voy a enfurecer – dijo él.
-         Esta vez es en serio- respondió ella tratándolo de convencer.
Los tres solicitados aparecieron y tres chicas salieron de sus lugares para el ritual.
Una empezó a besarlo, la otra lo manoseaba por todas partes y la tercera solo lo coqueteaba. Los chicos se dejaban manipular para no estropear el plan.
Luego, una de ellas le pidió el número y este no le quiso dar, otra propuso a su pareja ir a un hotel y no aceptó, y la tercera lo retenía porque él quería huir.
Las tres, histéricas, dejaron a sus parejas y regresaron otra vez a conformar el escudo, incumpliendo lo prometido. Ellos extremadamente irritados las siguieron pidiéndoles una explicación.
Flavia se rió descaradamente por haberlos hecho quedar en ridículo. Y uno de los chicos, el de ojos verdes, con toda la rabia contenida, se desahogó dándole una cachetada hasta derribarla.
-         ¿Acaso eres imbécil? – Gritó uno.
-         ¡Ella es mujer! – Dijo otro
-         ¡Eres un animal! – Continuó un tercero.
-         ¿No te das cuenta de que esta zorra estuvo burlándose de nosotros?– Él se defendió.
Flavia, enfurecida, corrió directo a él y le atacó a puñetazos. Uno de los observadores, la cogió del brazo y la levantó en vilo. Por descuido tenía la falda arriba. Todos se quedaron admirados, porque además de no llevar calzón, poseía unos glúteos prominentes. El chico de pelo verde le dio una palmada en una de las nalgas. Luego la llamó “puta”. Las demás chicas, irritadas, lo empujaron con todas sus fuerzas.
Las descargas llegaban a su máximo voltaje. Leia, con los brazos extendidos a los costados, daba vueltas como si estuviera perdida en el espacio.
Por el impacto, el de pelo verde chocó con Leia. Ella y sus gafas cayeron al piso. Las luces intermitentes botaban 15 destellos por segundo y los sonidos repetitivos explotaban.
Leia cogió la cruz que llevaba en el pecho y con una sonrisa empezó a mover los brazos y la cabeza de una manera desequilibrada, frenética. Convulsionaba. Sus ojos desorbitados y la espuma que salía de su boca manifestaban una sensación de libertad, de placer.
Al instante apareció un hombre de seguridad y llamó a la ambulancia.

La pelea entre los demás seguía. Las botellas volaban por la pista de baile, y los gritos, más aterradores que los de un torturado, eran similares a los de un centro psiquiátrico.

Friday, March 01, 2013

José Luis Torres Vitolas


José Luis Torres Vitolas (Lima, Perú, 1971). Escritor y editor. Vive en Madrid (España). Estudió Ingeniería Industrial en la Pontificia Universidad Católica del Perú y, después de ejercer su carrera algunos años, la abandonó para dedicarse a la literatura. Tiempo más tarde, estudió un Magister en Literatura Hispanoamericana en la misma universidad. Ha colaborado con diversas revistas literarias con cuentos y cómics. En el Perú ha obtenido más de diez premios y reconocimientos en relatos, ensayos y cómics. 
Entre los libros que ha publicado se encuentran: Albatros (Lengua de Trapo, España, 2013) Premio Alfonso el Magnánimo de Narrativa 2012; (Editorial Albatros, Suiza, 2010); El sapito (Ediciones Altazor, Perú, 2009), 5:37 (Algaida Ediciones, España, 2008) finalista del V Premio Iberoamericano Cortes de Cádiz y las quince novelas breves que componen la Colección Héroes y Personajes (El Comercio, Perú, 2003).

NEGRA

Del cementerio en el cerro, de las cruces hú­me­das, de las pequeñas casas en construcción, de los ambulantes desperdigados por el lugar, del chichódromo de la avenida, provenía aquel olor distinto, aquel hedor a tierra, a cemento, a fritura, a fruta guardada, a cerveza, a semen, a orines... a po­breza. ¡A Carmen Alto, no voy!, había objetado furibunda mamá Justa. No quería oír razones, no quería entenderlas. No, señor, a ese lugar solo va la mierda, los muertos de hambre nomás viven allí. Y, además, Justa ha trabajado toda su vida para no ser una miserable. Si no fuera porque ya no veo, porque ahora soy una inútil así, ciega ¿Para qué sirvo? Una torpe, eso es lo que soy, una vieja inservible que va ir a vivir con la mierda, por tu culpa grandísima idiota, si fueras aunque sea menos floja, Ana. ¡Ana!, gritó llorosa la anciana, pero Ana calló aquella vez. Jamás había oído hablar así a su madre. Siempre tan delicada, tan co­rrecta. Nunca supo explicarse por qué, pero desde aquel día cambió.
Dos semanas después, el último día de la mudanza, poco antes de entrar en la casa nueva, mamá Justa preguntó: ¿Hueles? Es el olor de la mierda, y sonriendo cruzó a tientas el umbral.
Desde los primeros días Ana hizo un gran esfuerzo. Trató de evitar a su madre que la hostigaba a cada instante. Procuró olvidar su presencia de pasos lentos, de gritos destemplados y ordenó la casa. Dispuso los sillones viejos en la sala de tal modo que esta se viera acogedora. Arregló el pequeño jardín, compró algunos cuadros y floreros para alegrar la vista. Sin embargo, a pesar de todo su empeño, aunque solo llevan allí cerca de un año, ella siente como si el tiempo se hubiese multiplicado eternamente, carcomiéndolo todo, confiriéndole a cada rincón, a cada estancia de aquella casa, la apariencia de décadas de añosa existencia.
Polvorienta, diminuta, triste, inundada de paquetes envueltos en papel periódico que desde la mudanza mamá Justa se niega a desempaquetar. Al principio Ana intentó llevarlos al cuarto de su madre. Esta se opuso. No, le dijo. ¡No, carajo! ¡Suelta mis cosas de una buena vez! ¡Son mías! Déjalas ahí nomás, yo luego las voy acomodar bonito para que no se malogren. Y ese “luego las voy acomodar”, nunca llegó, haciendo que, poco a poco, el polvo fuese cubriéndolo todo, dándole a esta casa que tanto costó comprar el vetusto aspecto que Ana temía. Porque, ¿cómo ignorar este ambiente raído y senil de risas perdidas, rabietas, lamentos, insultos y llantos? ¿Cómo? ¿Cómo ignorar a mamá que día a día se consume más, cada vez más ciega, más quejumbrosa, más histérica y grosera, cada día más vieja?
Y Ana también ha envejecido. Se siente sola. Por eso, cierto día de camino al mercado, recogió a una sucia cachorra que lloraba en medio de un basural cercano. Con el poco dinero que tenía la llevó al veterinario. Luego la bañó y la alimentó lo mejor que pudo. Sin embargo, todo fue inútil, porque a pesar de cuidarla tanto su madre, tras bautizarla como Negra, se la arrebató. Lo que más le dolió a Ana fue que la ingrata perra se encariñó con mamá Justa de inmediato.
Negra, pequeña y enclenque, con una enorme panza agusanada, siempre hambrienta, sigue a mamá por todas partes, jugando con ella, durmiendo a su lado. Mamá la llama su última hija, su bebita y suele acariciarle contándole cuentos que la perra echada en su regazo parece entender. Entre tanto, Ana, sola en su cuarto siempre oscuro, atiborrado de paquetes llenos de esperanzas muertas, sueña que ella es esa perra que se desliza bajo los brazos de mamá, robándole caricias que mamá Justa cree dárselos a la Negra, instándole a que le cuente aquellas historias de parientes lejanos, ya fallecidos, que esa perra carachosa jamás podría comprender. Ni nadie podría, solo ella. Solamente ella que conoció a la abuela que fue niña santa, a los tíos, tías, cuñados, cuyas vidas mamá Justa con su voz carcomida por el tiempo va narrando y mezclándolo todo, mientras Ana-Negra le lame la mano encogida, artrítica, callosa pero suave como toda piel de vieja. Mamá continúa hablando, a ratos sonriendo o llorando por algún recuerdo vívido, que ella, negrísima como nunca, escucha atenta, entendiendo, moviendo su cola, recostada sobre la falda de mamá que se va quedando dormida sobre el sillón de la sala.
Mas ella no quiere que este momento acabe y le aúlla con su voz  de  Ana-perra, le rasca, grita, pero solo salen ladridos de su boca. Entonces, mamá despierta, abre sus inútiles ojos murmurando, ¿qué quiere mi Negrita linda, caray?, ¿qué quiere, ah?, medita mientras le acaricia el lomo, seguro tiene hambre mi pequeña, y comienza a gritar: ¡Ana! ¡Ana!, pero Ana no baja. La perra comienza a moverse inquieta, gruñendo, gimiendo, ladrando, llamando a su modo a esa Ana que no viene; debido a que aquellas voces no llegan hasta ella. Se pierden absorbidas, engullidas por las escaleras sucias, las puertas viejas y apolilladas; y además, porque Ana no está allí. Ella está abajo, al lado de su madre que la llama, fingiendo que grita ¡Ana!, aullando.
--¡Qué  mierda  pasa  con  esta  Ana  que  no  baja de una buena vez, carajo!  --reniega la anciana.
Maldice, grita, se arrastra de un lado a otro del sillón, tanteándolo con sus débiles manos para no caerse. Entre tanto, Ana-Negra, a un costado, ladra fuerte, dándole ánimos a la vieja, como diciéndole mira qué mala es la Ana que no baja, esa es una inútil, eso es lo que es, no debería de permanecer más aquí con nosotras. Entonces, la vieja entre sus gritos y los ladridos, comienza a llorar maldiciéndose por no poder ver, por ser incapaz de atender por sí misma a su Negrita. ¡Ana!, ¡Ana!, grita impaciente, ¡Ana!, ¡Ana!, ¡Ana!, pero Ana no baja.
La perra se acerca a la anciana, le hace cariño, le lame pidiéndole a través de ese mudo idioma que solamente ambas entienden, que se olvide de esa Ana, que es muy malvada, caprichosa, egoísta, que para eso estaba ella, para acompañarla, para quererla; no como esa desconsiderada de la Ana que no baja. Eso es, eso es, le dice en silencio, abrázame, quiéreme, acaricia mi negro lomo mientras yo te lamo el rostro recordándote que no estás sola, que yo existo, que estoy aquí a tu lado y que tú me llamas Negra sin saber que soy Ana. Pero soy la Ana-perra, la Ana-Negra que vino de la mierda a la que detestas; no la Ana vieja y rezongona. No la Ana solitaria y olvidable. ¡No esa Ana! ¡No! Sino la otra. Esa que se hacía querer, que todavía soñaba, que ansiaba con todas sus fuerzas ser alguien. Esa Ana que existía, pero que murió para resucitar en este cuerpo de perra gusanienta y enclenque. Esa Ana soy, a la que tú y tu vejez fueron aniquilando lentamente hasta convertirme en la Ana a la que llamas desesperada y sin embargo aborreces. Esa que allá arriba en su cuarto oscuro intenta inútilmente ser yo, esa que finge dormir para no oírte, esa que recogió a la Negra para que yo pueda resurgir. Y ahora que estás sola e hipando llena de lágrimas, valiéndome de tu senil ineptitud, pueda huir hacia afuera, hacia la mierda, donde el mundo obscenamente me muestra con desparpajo la vitalidad que siempre me fue aje­na..., hasta ahora.
De pronto, la perra salta, se desprende de la anciana, se aleja de ella corriendo. Rápido, rápido, tratando de no oír sus desconsolados lamentos que una vez, cuando joven, la detuvieron atrapándola. Veloz, huye por el pasadizo sucio, traspasa la puerta de calle que sabe está solamente arrejuntada. Se detiene, duda. Mas no, solo fue un instante porque luego reemprende su carrera cruzando la cerca hasta llegar a la calle y la vida. Entre tanto, atrás... atrás la vieja clama angustiada, desesperada: ¡Ana! ¡Ana! ¡Ana!
Los gritos la despiertan y guiada por ellos baja las escaleras hasta llegar a la sala. Su madre llorosa sigue maldiciéndola.
--Mamá, ¿me llamabas?
--¡Grandísima idiota, mira pues a la hora que bajas! Holgazana de porquería, todo el día como cojuda en tu cuarto, sabe Dios haciendo qué. ¡Apúrate, dale su comidita a la Negra, carajo! Mírala a la pobre. Cómo ladra de hambre mi chiquita. Claro, cómo no se va a morir de hambre si tú, tremenda ociosa de mierda, bajas cuando te viene la maldita gana.
Ana se dirige hacia el sillón. Carga a la Negra y diciéndole en voz baja, vamos, ven conmigo, se aleja. Atrás su madre continúa gritando, blasfemando, llorando. Con la perra en los brazos se acerca a la puerta de calle que había dejado semiabierta para que la Ana-Negra huyese. Se detiene. La abre y observa absorta el cielo nublado, las casas vecinas, unos niños jugando, a una joven pareja que muy juntos pasean abrazados, a Christian sentado bajo el sauce del parque, a un grupo de muchachos bien peinados que van hacia alguna fiesta. Ve a don Andrés llegar temprano en su taxi azul y entrar en casa con su hijo. Observa el tumulto aglomerado en la puerta de doña Adelita a cuyo velorio no puede ir y cada instante de esas vidas, de ese mundo se desvanece cuando las luces amarillas de los postes se encienden. Respira hondo. Entonces, sin proponérselo, su mirada se cruza con la de la Negra, quien  con sus  negrísimos ojos la mira tratando de vislumbrar a la Negra-Ana de hace poco. Pero ese atisbo lejano finalmente muere cuando Ana cierra la puerta, murmurando un “No puedo” silencioso que solo la Negra en sus brazos escucha y entiende. 

Este cuento pertenece al libro titulado “5.37” (Editorial Algaida, España, 2008) 
Con permiso de José Torres, por supuesto.


Monday, December 17, 2012

Edgardo Rivera Martínez


Jauja, Perú, 1933. Escritor  y docente universitario. Se inició en la creación literaria como cuentista, en los años 60, y sigue cultivando el género.
Su novela País de Jauja, según Françoise Aubes, de la Universidad de París (2002), es una "novela faro de este fin de siglo literario, novela de la felicidad, de la utopía feliz de un Perú mestizo [...] y que reinserta el mundo andino en la cultura universal."  Su segunda novela, Libro del amor y de las profecías, (1999)  ha sido considerada como "una obra insólita en la cual se unen la inteligencia de la composición a la complejidad de las ideas". Sus Cuentos completos fueron reunidos y editados por Alfaguara en 1999, la cual publicó al año siguiente tres nouvelles suyas con el título de Ciudad de fuego. Aquellos fueron reeditados por el INC en el 2004.
He transcrito el presente cuento, ganador del concurso "Las mil palabras" de la revista Caretas 1982, pues considero incompleta cualquier recopilación de autores peruanos que no incluya esta maravillosa narración.

EL ÁNGEL DE OCONGATE


Quien soy yo sino apagada sombra en el atrio de una capilla en ruinas, en medio de una puna inmensa. Por instantes silva el viento, pero después regresa todo a su quietud. Hora incierta, gris, al pie de ese agrietado imafronte. En ella es más ansioso y febril mi soliloquio. Y cuán extraña mi figura – ave, ave negra que inmóvil reflexiona  -. Esclavina de paño y seda sobre los hombros, tan gastada, y, sin embargo, espléndida. Sombrero de abolido plumaje, y jubón camisa de lienzo y blondas. Exornado tahalí. Todo en harapos y tan absurdo. ¿Cómo no habían de asombrarse los que por primera vez me vieron? ¿Cómo no iba a pensar en un danzante que andaba extraviado en la meseta? Decían, en lengua de sus ayllus: “¿Quién será? ¿De qué baile serán sus ropajes? ¿Dónde habrá danzado?”  Y los que se topaban conmigo preguntaban: “¿Cómo te llamas? ¿Cuál es tu pueblo?” Y como yo callaba y advertían el raro fulgor  de mis pupilas, y abstraimiento, mi melancolía, acabaron por considerar que había perdido el juicio y la memoria, quizás por el frenesí de la danza  misma en la que había participado. Y comentaban: “No recuerda ni a su padre ni a su madre ni la tierra donde vino al mundo. Y nadie tal vez lo busca…” Se santiguaban las ancianas al verme, y las muchachas se lamentaban: “Joven y hermoso es, y tan triste…” Y así por obra de esa supuesta insanía y de mi gravedad, de mi extrañeza, se acrecentó la sensación de extrañeza que mi presencia provocaba. Una sensación tan acusada que por fuerza excluyó toda posibilidad de burla. Hubo incluso pastores que, movidos por un temor mágico, ponían a mi alcance bolsitas de coca en calidad de ofrenda. Y como nadie me oyó hablar nunca,  ni articular siquiera un monosílabo se concluyó que había perdido también el uso de la palabra. Era comprensible tal pensamiento pues solo a mí mismo me dirijo en una fluencia razonada que no se traduce ni en el más leve movimiento  de mis labios. Solo a mí, en una continuidad silenciosa ya que una tenaz resistencia interna me impide toda forma de comunicación  y todo intento de diálogo. Y así es mejor, sin duda. Sea como fuere esa imagen de forastero enajenado y mudo, que se difundió con gran rapidez, redundó en beneficio de mi libertad, porque no ha habido gobernadores ni varayocs que me detuvieran por deambular como lo hago. Compartían más bien esa mezcla de sorpresa, temor y compasión que experimentaban frente a mí  sus paisanos. Sobre unos y otros pesaban, además, creencias ancestrales, por cuya virtud mi “locura” adquiría una dignidad casi sobrenatural. ¡Mi demencia! No me ha incomodado, en ningún momento, el rumor que al respecto se expandió, pero de cuando en cuando me asediaba la duda. ¿Y si a pesar de todo era verdad aquello?  ¿Si realmente fui danzante y olvidé todo? ¿Si alguna vez tuve un nombre, una casa una familia? Inquieto, me acerca a los manantiales y me observaba. Tan cetrino mi rostro, y velado siempre por un halo fúnebre. Idéntico siempre a mí mismo, en su adustez, en su hermetismo. Me contemplaba, y tenía  la seguridad de que jamás había desvariado, y de que jamás tampoco fui bailante.  Certeza puramente intuitiva, pero no por ello menos vigorosa. Mas entonces, si nunca desvarió mi espíritu, ¿cómo entender la taciturna corriente que me absorbe? ¿Cómo explicar mi atavío y la obstinación con la que a él me aferro? ¿Por qué esa vaga desazón ante el lago? No, no podía responder a esas preguntas, y era vano asimismo encontrar una justificación para unas manos tan blancas y un hablar que no es de misti ni de campesino. Y más inútil aún tratar de contestar a la interrogación fundamental: ¿quién soy, entonces? Era como si en un punto interminable del pasado hubiese surgido yo de la nada, vestido ya como estoy, y balbuceando, angustiándome. Errante ya y ajeno a juventud, amor, familia. Encerrado en mí mismo y sin acordarme de un principio ni avizorar una meta. Iba, pues, por los caminos y los páramos, sin dormir ni un momento ni hacer alto por más de un día. Absorto siempre en mi callado monólogo, aunque me acercase a ayudar a un anciano bajo la lluvia, a una mujer con sus pequeños, a un pongo moribundo en una pampa desolada. Concurría a los pueblos en fiesta, y escuchaba con temerosa esperanza la música  de las quenas y los sicuris, y miraba una tras de otra las cuadrillas, sobre todo las que venían de muy lejos, y en especial las de Copacabana, de Oruro, de Zepita, de Combapata. Me conmovían sus interpretaciones, mas no reconocí jamás una melodía ni hallé una vestimenta que se asemejara a la mía. Transcurrieron así los años y todo habría continuado de esa manera si el azar - ¿el azar, en verdad? – no me hubiera llevado, al cabo de ese andar sin rumbo, al tambo de  Raurac. No había nadie sino un hombre viejo que descansaba y me miró con atención. Me habló de pronto y dijo en un quechua que me pareció muy antiguo: “Eres el bailante sin memoria. Eres él, y hace mucho que caminas. Anda a la capilla de la Santa Cruz, en la pampa de Ocongate. ¡Anda y mira!”. Tomé nota de su consejo y de su insistencia, y a la mañana siguiente, muy temprano, me puse en marcha. Y así, después de tres jornadas, llegué a este santuario abandonado, del que apenas si quedan la fachada y los pilares. Subí al atrio y a poco mis ojos se posaron en el friso y los pilares, bajo esos arcos adosados. Y allí, en la losa quebrada otrora por un rayo, hay cuatro figuras en relieve. Cuatro figuras danzantes. Visten  esclavina, jubón, sombrero de plumas, tahalí. Imágenes no de santos sino de ángeles como los que aparecen en los cuadrosde Pomata y del Cuzco. Son cuatro, más el último fue alcanzado por la centella y solo quedan los contornos de su cuerpo y las líneas de las alas y el plumaje. Cuatro ángeles, al pie de esa floración de hojas,  frutos y arabescos de piedra  ¿Qué baile es el que danzan? ¿Qué música la que siguen? ¿Es el suyo un acto de celebración y de alegría? Los contemplo, en el silencio glacial y terrible de este sitio, y me detengo en la silueta vacía del ausente. Cierro luego  los ojos. Sí,  solo una sombra soy, apagada sombra. Y ave, ave negra  sin memoria, que no sabrá nunca la razón de su caída. En silencio, siempre, siempre y sin término la soledad, el crepúsculo, el exilio…

Thursday, November 29, 2012

Carlos Calderón Fajardo


Nacido en Juliaca en 1946. Con estudios de filosofía en  Viena. Licenciado en sociología en la PUCP y estudios de postgrado en sociología Escuela de Altos Estudios de París
Es autor de importantes novelas como "La colina de los árboles" (1980), "La conquista de la maravilla  (1983), "La conciencia del limite último" (1991). "La conquista de la plenitud (2000), "La segunda visita de William Burroughs" (2006),"La noche de la iguana (2007)
La noche humana (2008), "El viaje que nunca termina" (2009), "La novia de Corinto" (2010), "La ventana del diablo" (2011), "La vida intima de Gregorio Samsa, nouvelle" (2011), "El biliotecario de las catacumbas" (2012). 

Ha sido galardonado con el Premio José María Arguedas de cuento, el Premio Unanue de novela (1979), el Premio Gaviota Roja de novela (1981), el Premio Hispamérica de cuento (Universidad de Maryland. USA) (1985) y Finalista del Pemio Tusquets de novela, España, 2006. Actualmente es profesor principal de la Universidad Nacional de Ingeniería



                              EL ASESINATO DE ROBERTO CARMONA


      Cambié de canales buscando si las televisoras ayacuchanas reproducían la noticia propalada en la capital: Roberto Carmona había salido en libertad después de cumplir condena por delito de terrorismo. Y si la luz, el cielo, la claridad, los veía iguales,  ahora todo me era ajeno.
        A través de la persiana percibí la acera: rebosaba de transeúntes. ¿Si salgo a caminar me reconocerán? Mi cara era otra. Irreconocible, así estoy. Pensar así me tranquilizó. Para lo que he venido a Huamanga necesito  pasar desapercibido. Eso pensé mientras me colgaba en el hombro la cámara fotográfica, esa parte de mi disfraz, igual que mis anteojos.
      No conozco a nadie a quién preguntarle, eso supuse.  Y si  hubiese alguien, simplemente no podría hablarle. Todos estaban muertos para mí, menos Roberto Carmona.
       Cuando bajé a la primera planta, la administradora del hotel, me dijo con la expresión con la que se sonríe a los turistas:
         -Si quiere usted ver toda la ciudad debe subir al Mirador de Acuchimay, cualquier taxi lo puede llevar.
        Asentí sonriendo. No me era fácil disimular. Al hacerlo, con cinismo, me convencí de que lo haría en una situación más difícil.
        Me había alojado en un hotel a pocas cuadras de la Plaza de Armas. Al  bajar por la empinada calle Callao me topé con jóvenes que no habían nacido cuando acaeció lo que vine a buscar. ¿Hijos de quiénes eran? Sus cabezas rapadas, sus trajes coloreados. Atravesaron mi cuerpo con la mirada. Me crucé con un anciano que debía llevar sombrero. Un escaparate incomprensible. Taxis: pequeños autos amarillos, una mujer fumando en la calle, y las paredes sin las  pintas de antes. Mis ojos trataban de revivir lo que tanto me costó olvidar sin lograrlo.
       Compré un tabloide regional en un retablo andino que servía de quiosco de periódicos. Me senté en uno de los bancos de la plaza.  Contemplé la Catedral, los portales, la antigua sede de la Universidad San Cristóbal. Abrí el diario. La misma noticia que oí en la televisión figuraba en la primera plana: Hoy, cierre de campaña de los candidatos que compiten por el Gobierno Regional.  A unos metros la estatua de Sucre me pareció más pequeña. Continué buscando inútilmente si en alguna parte del periódico se mencionaba la liberación de Roberto Carmona.  Nada. Fue iluso pensar que lo mencionaran.
       Un lustrabotas me fijó la mirada como  reconociéndome. Brillaron sus ojos. Y me paré como si me alguien hubiese llamado por mi nombre. Y no me imaginé que pudiese tener tanto miedo. Cuando uno no quiere recordar empieza a imaginar.
         Dejé abandonado el periódico en la banca. Había llegado la hora.
        Pensaba encaminarme hacia la 9 de diciembre, ir al CRAS. Pero al pensar que todo pudiese volver a repetirse se me heló la sangre. Giré en mis talones y enmendé el rumbo. Me dirigí al jirón Asamblea.  
     Toda una vida se concentró en ese instante, en apenas un segundo. Escuché balazos que no se escuchaban. Balazos fantasmas. Segundos después volví a la realidad. Caminé por la arteria peatonal más concurrida de Huamanga. Y vi tiendas, y aparatos eléctricos que no existían en mi época y televisores de pantalla plana y cámaras fotográficas y  celulares, laptops y fotocopiadoras y almacenes de ropa. Permanecí un rato contemplando las casonas antiguas transformadas en restaurantes turísticos, las iglesias cerradas con candados oxidados.  Me detuve un instante en una pequeña Feria del Libro. Y para disimular compré una postal de la Plaza de Armas. Me pregunté si no había dado ese paseo con el objeto de ser reconocido, como si sólo al ser reconocido por alguien pudiese realmente volver. Y, de pronto, como acudiendo a una invocación volví a la plaza apurando el paso. No era la plaza la que me llamaba. Paré un taxi y le dije aprensivamente al chofer:
        -Lléveme al cementerio.
      Mientras el auto caracoleaba por las calles, por un momento sentí  como si algo se comprimiese. Presentí que iba a pasar algo malo. Me aterró la idea de retroceder en el tiempo, como si cada minuto fuera un año. Pero la realidad poderosa me devolvió brutalmente a un mundo transformado, desconocido: Mucha gente atestaba las calles cargando banderolas y banderas peruanas, pancartas, pitos y matracas. La algarabía indicaba un acontecimiento muy especial.
        El taxi se detuvo en la entrada del Cementerio General. No reconocí el lugar. Demoré en darme cuenta que había olvidado en el taxi la postal que había comprado.
       Por alguna razón que no entiendo, al interior del campo santo supe exactamente hacia dónde caminar. Ella yacía enterrada no muy lejos de la puerta. Divisé la inconfundible sepultura. Avancé lentamente.
      Me paré delante de una tumba cavada  en la tierra. Leí lo escrito en grandes letras blancas: Hierba silvestre, te ruego acompañarme en mi camino/ Serás mi amiga cuando crezcas sobre mi tumba... Yo sabía que ese sepulcro había sido dinamitado varias veces. Y, como también me habían contado pasaba, pude comprobar que era verdad que en esa tumba siempre había flores frescas. Me iba a retirar cuando vi que se acercaba un niño trayendo un ramo de retamas.
       El niño, de ocho o nueve años de edad aproximadamente, se encaramó sobre la tumba. Puso el ramo en un pequeño recipiente de lata. Me miró a los ojos. Sonrió como adivinando lo que se agitaba dentro de mi cabeza. 
        -Oye, chiquillo, ¿sabes tú quién está enterrado acá?
        El niño cambió de expresión, como si mi voz hubiese sonado en otra dimensión. Ante su silencio insistí:
        -Te he preguntado: ¿has oído, sabes quién está enterrado aquí?
        El niño calló un instante larguísimo sin esconder la mirada.
        -No señor. No sé.
        -¿Entonces por qué le traes flores?
        -Mi mamá me manda. Ella no puede venir, está muy enferma.
        -¿Pero sabes quién está enterrada aquí? ¿Lo sabes o no lo sabes?
       El niño se encogió de hombros. Se retiró. Se fue. Vi sus espaldas, sus zapatos, su pelo ensortijado hasta que desapareció.
         Nuevamente fuera del cementerio volví a tomar un taxi.
       Era un día 2 de diciembre. Faltaban ocho días para el aniversario de la fecha en la que se enterró apoteósicamente a la guerrillera de Huamanga. La ciudad estaba alborotada: las calles bullían repletas de gente, muchos llevaban gorras de colores, como si nadie quisiera perderse el espectáculo. Vehículos con alto-parlantes recorrían las calles haciéndoles propaganda a los que candidateaban a la presidencia del Gobierno Regional. Reconocí una camioneta de la televisión. Yo había llegado en la mañana y tenía el pasaje de regreso a Lima para las diez de la noche.
         En el lobby hotel bebí un mate de coca, desambientado luego de muchos años en la costa cómo no cuidarme de la altura. Hablar con la guapa mujer encargada de la recepción me era indispensable para saber que aún me encontraba vivo.
        -Siento que algo grave va a ocurrir en cualquier momento –le dije a la recepcionista del hotel, una joven de cejas muy negras, que además del niño del cementerio era la única que había hablado en Huamanga.
           -No creo que pase nada, lo grave ya pasó, señor.
          -¿A qué se refiere?
          -Usted sabe a qué me refiero. Eso pasó hace mucho tiempo.
          -A propósito, en la mañana estuve en el cementerio. Fui a visitar a un familiar que está enterrado ahí. Me topé con un niño que le llevaba flores a la tumba de una mujer que el chico no conocía.
           La recepcionista me miró muy sorprendida. Luego me contempló con curiosidad.
           Necesitaba decirlo y lo dije:
         -Hablé con el niño. Le había llevado flores a la tumba de una subversiva. Le pregunté si sabía para quién eran las flores. Y el chico no supo decirme para quién eran.
           Debí haber dicho terruca, no subversiva. Cometí un error.
        La recepcionista escudriñó en mis ojos como buscando algo extinguido. Sentí que hacía un gran esfuerzo. Por fin logró dominarse,  pero evidentemente algo al interior la inquietaba.
         -No se preocupe –dijo, como si de pronto hubiese adivinado lo que yo estaba pensando- Todos conocemos a ese niño. Se llama Roberto Carmona. Y, por supuesto, no sabe nada de lo que pasó en el esta ciudad. Su madre no se lo ha contado. No les hablamos de eso a los niños. Nacieron después de que pasó todo, y todos estos años hemos querido protegerlos del pasado. ¿Comprende usted?
           Esa noche  abandoné Huamanga bajo un copioso aguacero.

Tuesday, October 18, 2011

Felix Terrones


Félix Terrones (Lima, 1980) escritor, crítico y traductor peruano residente en Francia desde el 2004. Asistente en la Université François Rabelais de Tours. Doctor en literatura por la Université Michel de Montaigne - Bordeaux III donde se graduó con una tesis dedicada a los prostíbulos en la novela latinoamericana. Autor de la colección de novelas cortas A media luz (PUCP, 2003) y de la novela El silencio de la memoria (Mundo Ajeno, 2008). Editor de la obra de Sebastián Salazar Bondy para la Biblioteca Ayacucho de Venezuela. Traductor del colectivo Rebelión.org. El próximo año aparecerá Cenizas y ciudades, conjunto de relatos del cual Valientes muchachos forma parte. En la actualidad termina su nueva novela La tierra prometida, al tiempo que prepara un libro de ensayos dedicado a los prostíbulos en la literatura latinoamericana.


VALIENTES MUCHACHOS


Para Anne-Laure Beye, de su amigo escribidor.

Les images choisies par le souvenir sont aussi arbitraires, aussi étroites, aussi insaisissables, que celles que l'imagination avait formées et la réalité détruites.

Marcel Proust, Sodome et Gomorrhe


Cuando Antonio regresó de un viaje que prometía su consagración literaria, todos se agitaron en el bar para recibirlo como debía ser. Recuerdo, como si hubiese sido ayer mismo, la manera en que todos se organizaron para esperarlo en el mismo aeropuerto, llevarlo al bar e incitarlo - entre la ceniza de los cigarrillos y los vasos a mitad vacíos – a que cumpliera el papel que le habíamos impuesto, es decir, que nos cuente en qué barrio había vivido, con qué escritor se había cruzado, en qué editorial publicaría su nuevo libro y tantas otras interrogantes que sería despejadas por sus palabras, luminosas, cristalinas y vencedoras. Muy secretamente, sin embargo, ese interés por el amigo lejano que regresaba no tenía tanto de amistad sincera y desinteresada como de resignación frente a la vida. En otras palabras, de ganas de verificar en el retorno del amigo triunfante nuestro exclusivo ocaso, nuestra inalienable derrota. Como esos lectores que al identificarse con los héroes novelescos viven por procuración las vidas que ellos jamás llegaron a vivir, nosotros viviríamos durante un instante infinito en el resplandor europeo que Antonio no sólo conoció sino que también conquistó. De esa manera le entregaríamos un sentido - ajeno pero sentido al fin y al cabo - a nuestras vidas renunciadas a todo ardor y entusiasmo. Desde luego que en algunos de nosotros esto era inconsciente mientras que en otros, los más distantes pero con todo presentes, se trataba de un sentimiento que los llenaba de fascinación frente a la perspectiva del amigo que vuelve.

(Acabo de escribir que todos se agitaron para recibirlo pero es mejor que me corrija ahora mismo que puedo hacerlo y que él no llega todavía a la barra, cuenta la misma broma de siempre, tira con desdén la moneda, única y distinta, y se entrega, metódica e indiferentemente, al ritual que aniquila al hombre, convierte a Antonio en Tony o, lo que es igual, disuelve nuestros sueños en lo más hondo de un vaso de cerveza).

Mientras todos los demás se ajetreaban para recibir al amigo, convertido en escritor, yo me quedaba en mi esquina y los miraba hacer, indiferente a sus calificativos de envidioso y mezquino aunque muy secretamente igual de expectante por su llegada. No era mi culpa actuar de ese modo, ni siquiera mi elección; al contrario, yo me resignaba a cumplir el rol que las circunstancias me habían asignado en la mascarada de los regresos. En mi recuerdo, Antonio me había reducido a vivir bajo su sombra, con su inteligencia pero también sus sucesivos esfuerzos por rebajarme; yo no tenía, por lo tanto, manera de evadirme de esa distancia que su despecho me había impuesto. ¿Para qué buscarlo junto con los demás si de todos modos siempre era oportuno contar con un envidioso a quien señalar para exorcizar el demonio que se esconde en los más recónditos pliegues del alma?


Dado que nadie tenía razón para saber en qué terminaría aquel viaje que ante nuestros ojos adquiría los contornos de una trayectoria que por exitosa excluía al grupo y subrayaba al individuo, quizá deba comenzar por el inicio y contar cómo fue que empezó todo, decir que en aquel entonces nos reuníamos cada fin de semana para emborracharnos en Garibaldi, irnos de putas en Tepito o a fumarnos unos porros en la colonia Vergara. Vivíamos la bohemia que queríamos, una bohemia de madrugadas, colillas de cigarrillos, cristales rotos y nostalgia de las vidas que no habíamos tenido ni tendríamos nunca. Nuestra bohemia - fraterna reunión de todos los letraheridos del Distrito Federal - tenía algo de profundamente triste que era subrayado cada vez más, conforme nos dábamos cuenta de que estábamos excluidos de todo lo que de verdad tenía interés literario. La verdadera literatura no había sido inspirada en nuestra ciudad, provinciana y polvorienta, sino en otras latitudes en las cuales la belleza había germinado de manera unívoca. Londres, Roma, Berlín, incluso Madrid, pero sobre todo París, eran para nosotros más que nombres de ciudades. Eran contraseñas cuya sola alusión abría las puertas de nuestras imaginaciones febriles a entonaciones cosmopolitas donde la libertad y lo sublime no sólo eran una promesa sino también una condición.


Por eso, cuando la convocatoria del certamen literario fue anunciada, todos empeñamos nuestras esperanzas e ilusiones en el premio ofrecido que nos hizo sentir, por anticipado, habitantes de la mismísima París, ciudad que relucía ante nuestras miradas como el faro que guía a los viajeros en el medio de la desesperanza más oscura. Así, el Guajolote se excusó un fin de semana y partió a Texcoco para escribir su cuento ganador. El Machi Julián, por su parte, trabajó en el cuento que más le habíamos celebrado los de la tertulia, mientras que Pablito y el Chabelo decidieron unir sus esfuerzos y escribir un cuento a cuatro manos -estaban convencidos de que sumando sus inteligencias superarían, por simple aritmética, los textos de sus adversarios - acerca de los crímenes de un vampiro con leucemia en Aguascalientes. Si de lo que se trataba era de salir al aire libre, saltar a la aventura de la civilización y el estetismo, entonces ninguno de nosotros perdería esa oportunidad. Recuerdo que por las noches discutíamos el avance de nuestros respectivos trabajos, dándonos ánimos pero también midiendo nuestras posibilidades frente a los demás. Después, una vez que todos nosotros ya habíamos enviado nuestros cuentos y no quedaba nada más que esperar, nos dedicamos a imaginar qué haríamos de ser elegidos, en otras palabras, de ser aquellos cuyo destino se asentaría en la merísima Ciudad Luz.


Todos enviamos nuestros mejores cuentos, pese a que sólo uno de nosotros podía ganar el premio. Como es evidente, se trataba de Antonio Carneiro, el único que siempre leía de verdad los libros de los cuales hablábamos, aquel que se despedía temprano todos los fines de semana pues regresaba a su casa a escribir (en lugar de hablar de aquello que nunca escribiría), el único que ya había publicado sin necesidad de pagar la edición y con reseña elogiosa nada menos que en “La Jornada”. Con todo, alentamos la esperanza secreta y vehemente, pero imposible, de que el jurado del concurso se inclinara por alguno de nuestros textos. Pero fueron ilusiones vanas que se rindieron ante la evidencia cuando anunciaron que el ganador del premio era el joven talento llamado Antonio Carneiro. Si muchos querían ser escritores, sólo un puñado de elegidos, una raza aparte y excepcional, a la que Antonio había pertenecido desde siempre, podía serlo de verdad. Aquel destino que en nuestras noches de insomnio habíamos imaginado para nosotros mismos terminaba tomando forma pero en la trayectoria de otro individuo, aquel a quien el talento y el esfuerzo habían escogido para darle una fulgurante carrera literaria.


Su cuento se llamaba “Valientes muchachos” y contaba la relación de dos hermanos a quienes reúne un amor intenso. En un viaje a un país remoto uno de ellos se pierde, razón por la cual el otro se empeña en buscarlo por todas partes, sin detenerse a pensar que al hacerlo se embarca en una travesía a las fronteras de la noche, donde conocerá a todo tipo de gente: putas místicas, marineros enamorados, delincuentes justicieros, mercenarios sentimentales y suicidas llenos de amor por la vida. Al final, no encuentra a su hermano pero termina descubriendo que toda esa vida gastada en encontrar a alguien perdido para siempre era otra manera de vivir. Lo que importaba, en última instancia, no era haber dado con el desaparecido sino todo lo que se había aprendido y olvidado desde que se comenzó a buscarlo. En su reporte, el jurado del premio había elogiado lo que consideraba “una particular y penetrante mirada del mundo de los desheredados, aquellos que lo han perdido todo y que nunca pudieron aspirar a nada”. También subrayan su sensibilidad para poder discernir y transmitir lo que ellos denominan una “atmósfera de derrotados” en la cual “asoma una posibilidad de redención”.


De todos los del grupo, me había tocado a mí obtener la mención honrosa en el concurso. No voy a decir que de no ser por el cuento de Antonio yo habría ganado el premio, me habría ido a Francia, me habría convertido en escritor y no estaría en este momento escribiendo sentado en esta mesa sucia, limpiándome la espuma de la cerveza con el dorso de la mano, alcoholizándome con lo que me regala la caridad de mis padres. Tampoco que en lugar de haberme quedado en esta miserable ciudad de México donde nada ocurre y todo se corroe, pudre y oxida, me habría entregado a escribir sin parar acerca de todo aquello que mi nueva vida me habría ofrecido. Lo que sí voy a decir es que, tras conocer los resultados, me dije que con ese premio se iba mi única oportunidad para salir del país, de salvar los límites del encierro. No lo pensé con rabia o rencor, ni siquiera con resignación, pero eso sí con la seguridad que se tiene frente a los eventos ineluctables. Por eso, cuando el jurado me preguntó si podía publicar mi cuento junto con el de Antonio Carneiro le respondí que no. ¿Me daba cuenta de la oportunidad a la que renunciaba? La edición sería formidable, mucha gente tendría acceso a ella, era seguro que algún editor se interesaría en mi trabajo. Frente a estos argumentos nadie se explicó mi reiterada negativa. Nunca más me he vuelto a presentar a un concurso. A mis jóvenes y definitivos cuarenta años no he escrito nada más y nadie lo ha lamentado. Así debe ser. Cuando no se tiene nada que escribir, lo mejor es quedarse en silencio o - lo que es lo mismo - ser nadie.


Aquella noche en que se despidió a Antonio Carneiro todos llegamos más temprano de lo debido. Ni bien hizo su aparición, un murmullo sordo se escuchó en todos los rincones del bar. El Guajolote tomó la palabra para decirle que se sentía honrado de ser amigo de tan magno escritor, que no olvidara nunca jamás nuestra amistad a prueba de balas, que le deseábamos todos los éxitos posibles para su residencia parisina y ¡salud por el hermano que se nos iba a tierras tan lejanas! Después aplaudimos, disciplinados y extasiados, frente a nuestro héroe que partía lejos para cumplir el destino que le correspondía. El Machi Julián, por su lado, le conminó a no perder la oportunidad de contar lo que nuestro grupo había vivido, el mundo tenía que conocer los avatares de nuestra generación literaria. Finalmente, Pablito y Chabelo juntaron una vez más sus cerebros para decirle que piense en ellos cuando conozca a los representantes de las editoriales españolas, es más aquí le hacían entrega de su último manuscrito, el de la novela intitulada “Los ardores secretos de sor Filotea”. Desde sus alturas, Antonio Carneiro sonreía sin decir palabra alguna, acaso saboreaba ya la mañana parisina del día siguiente y todo aquello que vivía en ese instante no era más que los estertores inevitables del enfermo desahuciado que se termina por abandonar a su suerte y que ya no se verá más y tanto mejor...


Sólo conmigo Antonio Carneiro no tuvo la actitud calurosa, ni el gesto amistoso ni menos aún la palmadita cómplice. Ni siquiera me estrechó la mano como se hace con un colega o un conocido. La noche en la cual se celebraba su entrada a la vida literaria, lo último que Antonio Carneiro quería recordar era al individuo que le había robado el lugar por el cual tanto se había esforzado o, más bien, la mujer con la que tanto había soñado pero que tantas negativas le había entregado. Aún recuerdo al gran Antonio Carneiro esperando al final de los cursos para poder conversar con la esquiva Ángela, proponerle ir al teatro, acudir a una conferencia, ir a una librería o simplemente tomar juntos un café. Casi puedo verlo, ahora y de nuevo, rebajándose a esperarla en la puerta de cualquier cine sin resignarse a la verdad: lo habían plantado. O escucharla inventar cualquier excusa para no verlo y cruzarla más tarde con algún conocido, muerta de risa e indiferente a su sufrimiento. Todo esto con la mirada huidiza y la voz vacilante de quien, primero, no se resigna; después, no comprende; y, en última instancia, se desespera frente a las negativas sistemáticas e inflexibles de la esquiva Ángela. Negativas que eran tan espontáneas como su interés por mí: poco tiempo después empezamos a salir Ángela y yo. Recuerdo que una vez le pregunté a Ángela acerca de Antonio. Ella se limitó a alzar las cejas y a decirme qué era un pesado que no se había cansado de perseguirla.


Mi relación con Ángela no duró más de algunas semanas. Ahora ni siquiera recuerdo la razón que nos hizo terminar, acaso fue una discusión o el encontrar a otra persona o, simplemente, una de esas veleidades de juventud que pasan de explicación. Tampoco supe nada más de ella después de su partida a Chile. Ella fue en mi vida uno de esos fantasmas que aparecen un instante para después regresar al decorado del cual surgieron. Imagino que yo fui lo mismo en la suya (tampoco es algo que ahora me importe demasiado). Esto no quiere decir, sin embargo, que yo haya dejado de ser para Antonio aquel que le robó la vida que quiso para él, aquel que tomó el lugar que creía merecer en el corazón de quien le hacía perder la seguridad, el aplomo. Pese a las conversaciones que Antonio y yo tuvimos posteriormente, encuentros ocasionales promovidos por los amigos, conversaciones en las cuales nuestra interacción fue, por decirlo de algún modo, respetuosa, si no cordial, yo siempre supe que un rencor sordo se alojaba en sus pupilas, se escuchaba en sus silencios. Por eso el día de su despedida ni siquiera se dignó saludarme ni despedirse de mí. En aquel contexto de vencedores y vencidos era él quien había ganado; por lo tanto, se podía permitir esos gestos reivindicativos que me aplastaban, al tiempo que lo elevaban a aquellas alturas desde las cuales se hacía intocable.


(Dicen que en París los escritores de todas partes ocupan las terrazas de los cafés donde escriben las obras maestras que el mundo entero leerá fascinado y conmovido. Dicen que en París los escritores se consagran día y noche a revolucionar la literatura por siempre jamás. Dicen que en París los escritores son admirados y respetados y no minusvalorados o incluso ridiculizados. Dicen que en París las editoriales se pelean por publicar a los escritores, les entregan premios, los promueven y defienden. “Dicen”: expresión que demuestra cuánto sabemos de oídas pero que al mismo tiempo transmite nuestra ignorancia, nuestra necesidad de acudir a un saber anónimo y general para llenar los vacíos que tenemos y que nos esforzamos en disimular. Ahora que Antonio entra en el bar, se sienta en mostrador y me mira con odio y tristeza, yo no diré que “dicen” pero más bien “diré”. Y diré que su regreso a México, el fracaso de haber dejado inexplicablemente París, es la cita diaria, precisa y que nos damos cada viernes en este bar donde nos rebajamos a saludarnos y, por lo tanto, a recordarnos).

Fue poco después de la partida de Antonio Carneiro que el grupo se deshizo. El Guajolote abandonó sus estudios para trabajar en una sucursal del Banco de Mérida ubicada en una de esas colonias cuyo nombre nadie recuerda nunca: “de leer a Chateaubriand terminé trabajando para los nacos”, decía con aire afectado pero resignado. El Machi Julián, por su lado, se hizo contratar en la librería de la plaza Francia donde al menos podía servir a algunos escritores como José Emilio Pacheco, Carlos Monsivais o Sergio Pitol así como, de tanto en tanto, robar algún ejemplar. Además, se daba valor diciendo que era “librero” o, lo que es lo mismo, alguien cuyo trato con los libros trasciende la simple transacción comercial. Finalmente, Pablito y Chabelo decidieron, por su lado, unirse al magisterio y convertirse en profesores de primaria. Poco tiempo después los enviaron a las zonas altas del DF donde alfabetizarían a niños desdentados y malnutridos. La realidad, lenta pero implacablemente, nos devolvió a la verdad que quisimos negar con nuestra bohemia, nuestro estetismo y también nuestra escritura.


Exiliados de los sueños, apátridas de la literatura, nos deslizamos en una mediocridad que nos acogía como si fuésemos sus hijos expósitos, es decir, con ese calor indiferente que se expresa frente a quien regresa para quedarse. Yo mismo terminé encontrando un trabajo en una editorial, un trabajo muy por debajo de mis fantasías juveniles, pero al menos concreto y remunerado. Era el negro literario de la casa, razón por la cual escribí las autobiografías de gente tan diferente como un militar golpista, una cantante de moda, un futbolista del “América” en retiro y un narco transfigurado en santero. Gracias a mi pluma, los destinos sin par de esos mexicanos encontraban un auditorio agradecido y cada vez más numeroso. Recuerdo que el director del la editorial elogió mi trabajo delante de todos los colegas pues, según él, nadie mejor que yo para ocupar el lugar de los personajes más heterogéneos y entregar por escrito una crónica de sus vidas tan llena de verdad. Le agradecí sus palabras aunque no le dije lo que para mí era una certeza. Me era tan fácil escribir esas biografías pues la escritura se me había convertido en tomar, desde la penumbra cómplice, el lugar de otra persona.


De tanto en tanto, homenaje silencioso a la juventud que se nos había escapado por entre los dedos y al amigo que se había marchado, regresábamos al bar donde años atrás habíamos despedido a Antonio; sin embargo, ya no lo hacíamos en grupo ni nos dábamos cita para encontrarnos. Simplemente íbamos como lo hacen los sobrevivientes que regresan al lugar donde tuvo la catástrofe para conmemorar el recuerdo de ésta. Así, acudíamos y nos instalábamos en las mesas más marginales, allí donde apenas llegaba la música y el ruido de las conversaciones se hacía un murmullo. Las generaciones posteriores no sólo habían tomado nuestras mesas, en pleno centro del bar, sino que también habían robado nuestros temas de conversación sin dejar de darles un aliento actual. ¿Le darían por fin el Nobel a Mario Vargas Llosa? ¿Quién era más ensayista Octavio Paz o Alfonso Reyes? ¿Qué novela era mejor “Los detectives salvajes” o “2666”? Cuando veíamos que uno más del antiguo grupo había tenido la idea de acudir al bar lo saludábamos unos segundos, el tiempo que toma saber que el antiguo conocido se había convertido, él también, en un camarada de fracaso. Con el tiempo, ya ni siquiera nos levantábamos de nuestros sitios sino que nos limitábamos, como único saludo, a mover la cabeza de un extremo al otro del bar.


Se podría decir que ya no quedaba nada de aquel pasado universitario en el cual habíamos soñado con un futuro distinto. Cualquiera sea la forma que podían tomar nuestros asentamientos en la realidad, la asumíamos como la máscara que se pega en el rostro vacío de rasgos. Lejos de aquellos destinos fulgurantes que en algún momento soñamos para nosotros, nos exiliábamos en nuestra misma ciudad con el mismo fervor de quienes huyen del terror a ser alguien, vivir una vida de verdad. Por eso que, muy secretamente, nos aferrábamos al recuerdo de Antonio Carneiro, el único de nosotros que pudo salir de esta miseria de silencios, resignación y saliva seca. Como una estrella hacia la cual levantábamos los ojos cuando nos sentíamos extraviados, la imagen de Antonio Carneiro refulgía en nuestro horizonte. Bastaba que cruzáramos un par de palabras para decirnos que algo de nuestras juventudes permanecía con vida en él. Cada nuevo libro publicado, cada conferencia, cada invitación a leer los textos que le imaginamos, no sólo eran un éxito de nuestro amigo sino también de nosotros mismos.

(Miro a Tony sentado en la barra. Sus rasgos han ganado en gravidez y parecen descender, desencajados y fláccidos, de su rostro. Lleva una boina vasca en la cabeza, detalle que evoca sus años en París pero que al mismo tiempo subraya su condición de extranjero en su mismo país. Rodeado de los delincuentes, fumando hierba con los proxenetas, acariciando las entrepiernas de mujeres viejas y decrépitas, riendo más fuerte que ninguno parece querer ser uno más de ellos. Solo yo sé que no es así, que buscando ser adoptado por ellos demuestra su necesidad de caer más bajo, de castigarnos, de castigarme, de llenar con lodo y mierda los sueños que empeñamos en él. Acaba de mirarme y sonreírme amigable o irónicamente, no lo sé. Sólo yo sé la verdad que hay en él, una verdad de renuncias pero también de resignaciones. Al final de cuentas, me digo, ambos somos más o menos parecidos.)


En ese entonces, incluso sus facciones se habían extraviado en detrimento de nuestras fantasías. Ninguno de nosotros recordaba con exactitud su rostro - eran tantos los años que habían pasado desde su partida -, pero todos recordábamos las cualidades que en la lejana Francia le estarían abriendo camino. Las palabras no hacen al ausente aunque sí lo reinventan y lo mistifican. Quien recuerda a quien ya no está, se apropia de éste, lo hace otro, un ser basado en el original pero antes que nada fruto de todo lo que se proyecta en él, las ilusiones, los ardores y las esperanzas. Cuando el Guajolote anunció el regreso de Antonio Carneiro, todos nos pusimos de acuerdo para recibirlo como se lo merecía. Desde luego, nosotros no recibiríamos al Antonio Carneiro que se había ido una mañana de septiembre, sino al escritor que, minuciosa, prolija, desesperadamente, habíamos fabricado con nuestra envidia y también con nuestra fascinación. Mientras menos días faltaban para su regreso, más nos excitábamos frente a lo inminente de éste. Alguno se compró un terno, otro creyó conveniente pasar por el peluquero. Frente a lo que Antonio Carneiro encarnaba para nosotros era necesario actuar como si fuésemos dignos de su contacto. Yo mismo, quien había tenido la relación menos sana con él, cuidé con primor mi manera de vestir esa noche antes de ir al bar donde los encontraría.


Por eso el contraste con la realidad fue instantáneo además de violento. No me refiero a su transformación física, todos nos sorprendimos de lo obeso que estaba, esa barba descuidada que llevaba y el hedor de su cuerpo, sino más bien a su actitud. Apenas entré al bar y los divisé, como en los viejos tiempos, en el mismo centro del salón me dije que algo extraño estaba ocurriendo. Poco importaba si, curiosos con la actitud de aquellos viejos fracasados que de repente invadían el centro, varios jóvenes se les hubieran unido ni que de tanto en tanto los chicos recordaran alguna anécdota de los años universitarios, del tiempo de nuestro grupo y nuestra revolución poética. Todos los esfuerzos llevados a cabo para subrayar lo extraordinario de su regreso se estrellaban contra lo impenetrable y frío de su actitud. Un segundo, cuando Antonio Carneiro cruzó mi mirada, sentí que algo cambiaba en su semblante, como corrientes submarinas que se alteraban de golpe, pero solo fue un momento. Después las aguas volvieron a su cauce, cubrieron ese conato de agitación y se hicieron calmas o, más bien, se estancaron. Incluso en eso había cambiado Antonio Carneiro: sus ojos no transmitían mirada alguna, parecían detenidos en un instante sin tiempo y también sin vida. Aquel individuo que años atrás habíamos celebrado, ese joven de mirada fulgurante y gestos intransigentes parecía mirarnos desde debajo, a miles de metros de profundidad.


Nosotros no nos dimos fácilmente por vencidos y al inicio nos empeñamos en demostrarnos que quien teníamos frente a nuestros ojos no era el verdadero Antonio Carneiro. O que todavía no habíamos sabido dar con la cuerda que era necesario rasgar para hacerlo reaccionar. Así, en un esfuerzo por desatascar la situación, el Guajolote le preguntó acerca de a quiénes había conocido en la Ciudad Luz, decían que en el Café de Flore se podía encontrar a los escritores del momento. Después el Machi Julián le preguntó cuántos libros había publicado, decían que los franceses recibían con curiosidad las publicaciones de los latinoamericanos; finalmente, Pablito y Chabelo le preguntaron cuándo regresaría a París o si acaso había decidido residir en otra ciudad europea como Barcelona, decían que ahora había mucha “movida” - esa es la palabra que utilizaron – en Cataluña. A todos y a cada uno, Antonio Carneiro respondió con esa indolencia que tanto había sorprendido desde su bajada del avión. Después pidió más cerveza. Que le regalaran otro cigarrillo. Que alguien le diera algo de comer. Cuando el alba llegó todos nos convencimos de aquello que buscamos negar desde que lo vimos. Aquel hombre que teníamos delante era el Antonio Carneiro que había regresado pero no el que nosotros habíamos esperado. Hacía mucho rato que los jóvenes se habían ido, fastidiados con dejarnos las mesas que se habían acostumbrado a ocupar, molestos con habernos creído capaces de algo más que ser mediocres. Despechados y dolidos regresamos a nuestras respectivas guaridas sin saber a ciencia cierta a qué se debía ese ligero malestar que penetraba nuestros pulmones esa madrugada.


Con el tiempo terminamos encontrando la razón. Recuerdo que al inicio los muchachos intentaron encontrarse a solas con Antonio Carneiro. Acaso lo mejor era disfrutar de su presencia de manera más próxima y menos bulliciosa, por lo demás esto permitía un mayor margen de intimidad. Cuando aceptaba las invitaciones, acudía tarde, casi ni hablaba y se hacía pagar el consumo. De su pasado universitario o parisino, nunca hablaba. ¿Qué habría pasado con él en París, la ciudad con la cual todos nosotros habíamos soñado, para que haya decidido no sólo renegar de su juventud sino también dejar de escribir, encerrarse en un silencio hermético sin palabras ni respuestas para nadie? Con el tiempo ya ni siquiera se le propusieron encuentros y cada vez que nos lo cruzamos intentábamos pasar desapercibidos. Al final, cuando Antonio ya había dejado de ser Antonio y se hacía llamar Tony, ni siquiera teníamos reparos en esquivarlo o ningunearlo, e incluso, insultarlo.

Al inicio nos sentimos traicionados. Tony había vivido a costas de nuestras esperanzas, se había aprovechado de ellas para, sin escrúpulos, alimentar su ego en la lejana Francia. Mientras nosotros nos habíamos desvivido aquí, imaginando con detalle cómo sería su vida en París, él se había entregado a ejecutar todo lo contrario. Es decir, se había arrojado a deshacer todas las perspectivas de éxito o gloria o, simplemente, de hacerse de un lugar en el viejo continente. Con la misma decepción que debe tener quien devela la infidelidad de la persona amada, descubierto el engaño, decidimos alejarnos de él, rechazarlo sin concesiones. Cuando los meses y los años acumularon su capa de polvo sobre nuestros sentimientos, incluso terminamos por olvidarlo y, de tanto en tanto, acostumbrarnos a prestarle dinero (plata que nunca nos devolvería) para sus vicios. No dudo de que entre algunos de nosotros se trataba de la venganza, lenta y dulce, al mismo individuo que se había llevado tan lejos nuestras expectativas sin haber regresado con ellas multiplicadas aunque sí fracturadas.


Pero yo sé la verdad detrás de nuestros fastidio, rencor y olvido. Yo soy el único que sé y recuerda, a cada ocasión que me encuentro con Tony, que él jamás fue verdaderamente el espejo sobre el cual reflejamos nuestras ilusiones sino que nosotros lo sacrificamos a nuestras buenas conciencias. Aprovechamos su farsa ya conocida y su drama personal para encontrar una justificación a nuestras renuncias y acomodos. ¿Si aquel que estaba destinado a grandes cosas había terminado por sucumbir a la misma mediocridad que nos acogía a todos nosotros eso no quería decir que habíamos hecho bien en abandonarnos a la adultez confortable, en renunciar a las promesas que la juventud nos había ofrecido? Cuando regresamos a casa, compramos un coche de segunda, engañamos a nuestras mujeres y nos reunimos entre nosotros para tomar unas cervezas hasta emborracharnos, nos ocurre pensar en Antonio convertido en Tony. Entonces nos decimos que se lo tenía bien merecido, siempre había sido un creído aunque muy en el fondo nos decimos sin decirlo que gracias a él no tenemos ningún cargo de conciencia por no haber hecho lo que deseábamos cuando jóvenes, que su fracaso justifica por lo tanto el nuestro.


(Parado en la barra, Tony no lo sabe, él es ajeno a todo esto. A él no le afecta en nada la manera cómo lo percibimos, pues no somos más que extranjeros de su presente, habitantes de un olvido del cual él se ha desterrado para seguir viviendo entre sus nuevos amigos. Ahora que levanto los ojos y lo veo recibir palmaditas en los hombros, esos hombros cada vez menos erguidos y ya abandonados, me digo que todo esto que he escrito es falso, nada más que una especulación que busca llenar el vacío dejado por su partida, su distancia y también su silencio. Mis palabras nos sirven para completar los espacios aunque sean útiles cuando se trata de ocultarlos. Algo intenso nace de pronto en mí por él, hacia él, nuestro hermano extraviado, el único que se asomó a ese alto abismo con el cual ritualmente coqueteamos cuando jóvenes pero del cual huimos apenas pudimos. Mientras tanto, la ciudad de México le cierra los oídos a mis palabras, una ciudad cada día más grande y anónima, inmenso cementerio de sueños, letrina de ilusiones, fosa de las esperanzas).

Lima, junio, 2011.