Tuesday, May 07, 2013

Gunter Silva



Gunter Silva Passuni, escritor peruano, autor de la colección de cuentos " Crónicas de Londres" (Atalaya 2012). Estudió en la facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Santa María La Católica y Artes y Humanidades en Londres.
Ha colaborado en revistas literarias y culturales como: SubUrbano (Miami), Ventana Latina, La Tundra (Londres), entre otros. Actualmente ejerce la enseñanza del español como lengua extranjera en el Reino Unido.
Mediante sus cuentos,  aborda la vida de una  considerable cantidad de latinoamericanos que se encuentra actualmente viviendo en Europa, principalmente en el Reino Unido y, particularmente en Londres, donde  es significativa.  De esta  manera,  sus historias reflejan  las  experiencias de los latinoamericanos fuera de sus países de origen.
Sus historias cobijan infinitas emociones donde los sentimientos, asociados al miedo, las preocupaciones y a los fracasos no dejan de estar presentes en las experiencias que se relatan.



LOTTIE

I pop pop pop blow blow bubble gum
You taste of cherryade

   Por una época viví únicamente del aire que respiraba. Debo de reconocer que eran tiempos duros, como en todas las capitales del mundo, en Londres, nadie se paraba a echarte una mano. Debía verme tan mal que ni los vendedores callejeros me acechaban, intuían que no iban a sacar ni un duro de mis bolsillos.
   Por suerte, ese día me habían llamado para trabajar en un evento. La gente de Gourmet Food Limited operaba así, te telefoneaban cuando te necesitaban, muchas veces uno tenía que llamarles y recordarles que vivir solamente del aire, era una tarea difícil.
   Era una reunión para diplomáticos y gente de negocios, la que debíamos atender esa tarde. Desde temprano habíamos bajado de las furgonetas las copas, platos, cubiertos, manteles, cajas repletas de botellas de champán, vino, mesas, sillas, flores y floreros. En fin, todo lo que se necesitaba  para que a los comensales no les falte nada.
    Gourmet Food tenía un tomate rojo como logotipo, desde lejos, el dibujo del logo en las furgonetas  parecía  un corazón palpitando, sangriento.
   Los lugares a los que íbamos eran hermosos. Trabajando con ellos llegué a conocer The Saatchy Gallery, British Museum, 2 temple Place, The Round House. Ése día nos encontrábamos en el Australian House, era mi primera vez allí. Poseía un techo enorme y cóncavo, colgaban unas arañas de vidrio desde lo alto, las columnas eran redondas y gigantes. Había en todo el edificio una añoranza a los antiguos griegos, al pasado mitológico.
Tienen cinco minuto para ponerse guapos dijo James, el jefe.
   Fuimos a cambiarnos, llevábamos pantalones negros y nos pusimos camisas que tenían el tomate impreso en el bolsillo, después, atamos un mandil blanco de algodón a nuestras cinturas.
   Las chicas se recogían el cabello y alguno de los chicos se ponían cremas para fijar sus peinados. Poco a poco el salón se fue llenando de una legión de cabezas blancas, yo recorría el lugar con mi bandeja llena de copas flauta, ofreciendo champán, tenía que esquivar los movimientos toscos de algunos viejos, para evitar que me tirasen las copas al suelo. De tiempo en tiempo cambiaba la bandeja de un brazo a otro, si no, corría el riesgo de que se me adormecieran.
   Uno de los chicos nuevos me preguntó si podía aceptar propina, era alto, con cuerpo de nadador. Se llamaba Daniel.
Acepta mientras no te pidan nada a cambio dije.

   Al cabo de un rato, una señora de cabello plateado derramó su copa de vino en mi mandil. Le ordené sostener mi bandeja a Daniel y me dirigí al ascensor. Mientras caminaba por aquel salón pensé que la mayoría de las casas en Londres tenían más de un siglo de antigüedad, en mi país bien podrían ser catalogados como museos. El Australian House no era la excepción.
   Me sentí importante, al ver el contraste de mis zapatos bien lustrados y el blanco inmaculado del suelo. Bajé un piso, me quité el mandil y sentí mi entrepierna mojada. Entré en uno de los varios baños que existían en fila India y prendí el secador de manos. Luego de unos minutos, me senté al revés, recosté mi cabeza sobre el tanque del retrete y me dormí, no sé si por cansancio, hambre, aburrimiento o la suma de todas ellas.
  Al cabo de poco, desperté con  tres golpes en la puerta. Ví la figura blanquecina de Daniel y la de mi jefe. James era un buen tipo, pero cuando trataba asuntos de trabajo era severo como un magistrado inglés. Me despidió de inmediato, Daniel hizo una mueca y soltó un risita de vencedor.
   Me cambié, puse mi ropa de trabajo en mi mochila y amarré los pasadores de mis puma. Mientras caminaba a la salida volví a ver a Daniel, se veía feliz, se había asegurado mi puesto.  Alcancé a decirle: No sé que es peor si ser soplón o estar desempleado. Se quedó pensando y luego dijo «Desempleado obvio».
   Seguí caminando por el corredor hacía la puerta principal, era el único con zapatillas y jeans, esta vez me sentí como un impostor. Me serví en un vaso desechable el remanente de un Moet & Chandon que encontré en una mesa, a lo lejos se escuchaba las conversaciones de la gente, llegaban como un murmullo, indescifrables. Bebí un sorbo y salí a la calle. Afuera había un mar de personas caminando a prisa por todas las direcciones como hormigas colonizadoras que conquistaban la ciudad.
 ¿Dónde diablos trabaja toda esta gente? Pensé.
   Crucé la calle, caminaba por Strand con dirección al metro de Charing Cross, cuando me percaté, que un jaguar  de color verde metálico había reducido la velocidad, de modo que iba a mi ritmo. Me paré y el conductor frenó e hizo una seña. Al principio creí que era un forastero con necesidad de orientación, una hormiga que había perdido su rumbo.
 Me acerqué mientras las lunas bajaban automáticamente. Ella la mujer que yo había esperado en sueños estaba al volante. Me doblaba la edad pero descubrí que tenía un espíritu de quinceañera, a medida que fui conociéndola.
   Me limite a observarla. Llevaba un vestido plomo, simple pero elegante, un collar de bolas negras o mejor dicho en forma de aceitunas de kalamata enroscaban su cuello. Sus ojos verdes reflejaban calma y candor. Hacía mucho tiempo que nadie me miraba de ese modo, aparentemente es mala educación mirar de esa forma en las ciudades europeas.
Hola, ¿necesitas ayuda? pregunté, con ánimos de ayudar.
No, estoy bien gracias  acomodo uno de sus guantes de gamuza y continuó Mira, me estoy mudando en unas semanas y pensaba dejar el tv en una caridad. Había un plasma tv gigante en el asiento trasero. Lo señalo con un movimiento de cabeza.
Me preguntaba si tú lo querrías —acotó.
—¿Qué tengo que hacer?
Sube dijo con una sonrisa, mientras habría la puerta.
   Entré al coche de un brinco. Adentro los asientos eran de cuero crema, había un olor que me relajó, una mezcla a sándalo y canela. Pude ver sus pantorrillas descubiertas, su piel se veía serena y suave. Deduje que ella había notado la escena así que volteé la vista hacia la ventana, inconscientemente.
Apropósito,  mi nombre es Charlotte dijopero todos me llaman Lottie.
Soy Fernando —me presenté —mis amigos me dice Nano.
Nano entonces dijo con voz pausada y pensativa Siento mucho que mi tía te haya derramado el vino en el Australian House.
No te preocupes  dije. No entendí como no pude retener en mi memoria un rostro como el de ella, era un rostro hermoso. Prendí la radio para olvidar mi día en la embajada australiana, el vino derramado, el haber sido expulsado del trabajo; capté la señal de Radio Four. Una mujer le dejaba un mensaje de voz a un tal Andrew, le imploraba que la llame. Un amor no correspondido, un ruego patético.
¿Cómo puedes escuchar The Archers, tu no estás en edad de escuchar radionovelas? dijo Lottie riendo.
Mira acá tengo unos cds Nano —y señaló la guantera del carro. Saqué el primero de la pila y lo puse. Una mujer se agarraba la cabeza en la portada del disco, la música entraba por los parlantes con una fidelidad que nunca había escuchado antes.
Oh 'cause I'm under the weather
Just like the world
And I need somebody to hold
When I turn out the light
You're out of sight
Although I know that I'm not alone
Feels like home..’

   Habíamos pasado la estación de Victoria y nos dirigíamos hacia Chelsea, de pronto empezó a llover en Londres, para variar. El vaso de champán, la voz de K.T. Tunstall y la lluvia habían logrado entristecerme el alma. Lottie estacionó el carro frente  a una casa  de arquitectura georgiana. Corrimos hacía la puerta, para evitar mojarnos, sin mucho éxito. Ella sacó un manojo de llaves de su cartera, el viento soplaba a nuestras espaldas. Subimos las escaleras hacía el cuarto principal, para ese momento la pasión y el deseo se habían apoderado de nuestros cuerpos, de nuestras almas, de nuestras vidas. Ella me había tomado de la mano, como una madre que dirige a su hijo hacía la escuela. Hicimos el amor como si el mundo fuera a desaparecer en pedazos, su cabello estaba húmedo por la lluvia fresca, su cuerpo temblaba, su piel olía a canela. En el cuarto se respiraba un aire a tristeza, pero no hay nada mejor que amar cuando se esta triste.
¿Te gusto? preguntó, mientras estábamos tendidos en su lecho.
—¿A qué te refieres?
—Si te parezco bonita,—dijo mirándome con algo de vergüenza.
Si contesté, —pareces un personaje del teatro isabelino.
—¿ Es un piropo o me quieres decir que soy una mujer dramática?
—No, no me estoy quejando, todo lo contrario —agregué.
Era raro para mí, el haber pasado de ser dos completos desconocidos a ser dos amantes desnudos en tan corto tiempo.
—Y..
—Te deseo Lottie, te deseo.
        A la mañana siguiente desperté con los rayos de luz que se filtraban por la ventana, no había rastros de Lottie. En una de las mesita de noche había una fotografía, una Lottie con varios años menos, llevaba un sombrero cómico, pero de alguna manera extraña la hacía verse elegante. Sobre la misma mesita reposaban también tres libros “summer moonshine”, “cocktail time” del mismo autor P.G.Wodehouse y el otro era un volumen gordo, con flores impresas en la carátula, decía “Poem for the Day”. Los hojeé por unos minutos pero me aburrí.
   Me acerqué a la ventana, Lottie me vio y levanto los brazos, estaba preparando la mesa para el desayuno. Abajo, el jardín se veía grande, había un caballo esculpido en piedra blanca en el centro. A los costados habían enredaderas con hojas guindas y al fondo dos árboles como dos centinelas protegían ese oasis.
¿Dormiste bien?’dijo, mientras me servía el té.
Como en un cinco estrellas.
Perdón dijo alargando la palabra.
—Como en un hotel  le aclaré  —de cinco estrellas.
Oh lo siento dijo pasándome la azucarera Estoy muy tensa, feliz, nerviosa. Es una mezcla de emociones respiró hondo y continuó hablando Me estoy haciendo vieja, quizás debería hacer un curso de yoga.
Tienes un cuerpo que causaría envidia a las chica de mi generación dije.
Oh, Eres muy amable. Es bonito oírte decir eso Nano.
   Después se paró y paseo por el jardín. Tenía un vestido azul con motas blanca que se ceñía a su piel. Sin mirarme dijo pensarás que estoy loca por haberte levantado en la calle y luego haberme acostado contigo.
No respondí, aunque en el fondo me preguntaba : ¿Por qué me había elegido a mí?
No quiero que pienses que hago eso todo el tiempo dijo mientras volteaba a verme pero cuando te vi en la embajada con tu azafate de champán sentí que te conocía de siempre.
Lottie, eres una loca. Pero una loca romántica dije.

   Tarde ya, me pidió que me quedará por tres semanas a vivir con ella. A fines de julio debería viajar al sur de Francia por unos días y después a Ginebra donde residiría con su esposo por un año. Me imaginé al esposo, un hombre elegante, algo mayor, de traje y corbata, trabajando en alguna oficina importante de un banco, una compañía de seguros o una embajada.
¿Tienes hijos?’inquirí. Un sentimiento de culpa brotó en mí inopinadamente.
No dijo y bajó la cabeza, como si la culpa también hubiese penetrado en ella. Después como quién confiesa una pena, agregó— No, no puedo concebir. Es como si toda mi vida estuviese destinada a ser sólo una adolescente, como Peter Pan.
Palpé su rostro con los dedos, se sonrojo como cuando el sol roza el mar. Luego pegó su rostro sobre mi mano con fuerza y su cabeza quedó ahí apoyada sobre mi mano un segundos.
Tres semanas afirmé.
  Después, envié un texto al móvil de mi compañero de cuarto, advirtiéndole que no se preocupara por mi ausencia.

      Los días con Lottie fueron como unas vacaciones en el caribe o en el crucero más lujoso. Hablamos de miles de cosas, paseábamos por los cafés de la ciudad, por galerías de arte, siempre como si el mundo fuera a desaparecer a la vuelta de la esquina.
   Un día le pregunté por las pinturas que habían en las paredes de las escaleras, eran hombres gordos, serios, pintados con pasteles oscuros. En pequeñas placas de metal estaban inscritos sus nombres, todos apellidaban  Jones-Walker.
 ¿Son tus familiares? —indagué.
Oh no, son los familiares de mi esposo contestó.
   Todos se parecían bastante, pensé que el esposo era una versión más moderna de todos ellos. Lottie había tenido la delicadeza de esconder todas las fotos de la casa donde aparecía el esposo, me di cuenta de ello por los espacios vacíos en el decorado, en algunas mesitas de la sala y en su tocador.
   Lottie además de guapa y divertida era generosa. Siempre regresaba de la calle con regalos, muchas veces estos consistían en ropa, una chaqueta de pana o unos pantalones rosados de Ralph Lauren, los cuales nunca usaría en mi vida diaria, sin Lottie acompañándome, esas ropas eran sólo disfraces para mí.
   Lottie se matriculaba en cursos sueltos de la universidad, generalmente tomaba asignaturas relacionados con las artes y humanidades, al menos, eso fue lo que entendí.
  Así una noche en su jardín habló sobre su esposo, hasta ese momento no había dicho mucho sobre él, había sabido evitar el tema.
Le pregunté a mi marido si podía leer el cuento que debía analizar y el ensayo que hice sobre ello dijo. Sorbió té y continuó ‘Él lee normalmente a un ritmo de un capítulo por  mes, es un hombre muy ocupado, Dios lo bendiga por ser tan solidario conmigo.
¿No lee mucho? pregunté con cierto gozo.
No, no. Él lee el FT o el Daily Telegraph, pero eso es otro tipo de lectura sostuvo su taza de té en el aire por unos segundos Yo estuve muy contenta cuando dijo que le parecía una lectura muy interesante, tal vez no tuve una nota académica brillante, no recuerdo muy bien pero de alguna manera ahora eso parece menos importante La taza se mantenía suspendida en el aire con una precisión de reloj suizo.

  La noche antes de su partida lloramos, me imagino que ella intuía que  no nos volveríamos a ver o que esos días juntos eran un lujo que se estaba permitido sólo una vez en la vida. Con el tiempo me fui olvidando de ella, al principio pasaba por su calle. Siempre que miraba la casa había un aire de melancolía en ella. Las cortinas cerradas le daban a la casa el aspecto de un titán ciego y desvalido.
   Así pasaron tres inviernos. para entonces yo había conseguido trabajo estable en John Lewis y mi situación era mucho mejor. Más estable, si se quiere decir.
  De pura casualidad, un día me encontré a Daniel cerca a Sloane Square. Se acercó a saludarme y yo tomé ese gesto como una disculpa. Me contó que James lo había despedido. Despidieron a varios trabajadores de Gourmet Food por esas fechas.
Después de las bombas en el metro de Londres, ya nadie quiere hacer fiestas en la ciudad dijo.
   Le recomendé a mi jefe y a la semana siguiente ya estaba trabajando con nosotros como vigilante  la zona de cosméticos y belleza. Yo me había convertido en el jefe de operador de circuito, era un trabajo aburrido, nada interesante, pero pagaba las cuentas, me daba estabilidad y me permitía ahorrar. Mi posición consistía en producir informes escritos de incidentes, también controlaba a los que monitorizaban las cámaras de seguridad.
  Un domingo por la tarde vi a Daniel, a través de las pantalla de CCTV sujetando a una mujer. Le quité el control a Peter, un muchacho rubio, de Manchester, que sólo trabajaba por las tardes. Pulsé el zoom y la imagen se agrando en mi pantalla.
  El rostro me era familiar, tardé unos segundos en reconocerla. Era Lottie no me cabía la menor duda.
   Corrí en su rescate, bajé por las gradas hasta el piso en la sección belleza. El almacén estaba lleno de clientes y me era difícil encontrarlos. Cuando pensé que todo estaba perdido, reconocí el uniforme de vigilante de Daniel entre tanta gente. Me acerqué a ellos.
  Daniel la tenía sujeta del brazo.
—Yo me encargo, es conocida mía —dije. Daniel me miro con sorpresa, soltó a Lottie y  continuó patrullando su área. En la mano, Daniel se llevaba un producto de la marca Molton que Lottie había escondido en su bolso para robarlo de esa manera.
   La acompañe a la calle. Lottie había adelgazado, tenía el cabello despeinado y los ojos hinchados casi inexpresivos.
—¿Te acuerdas de mí? —le pregunté.
—No —dijo con un tono distraído pero con absoluta certeza.
—¿Cómo te llamas? —dije. Cualquier otra persona hubiese tomado esa pregunta por tonta.
—Oh, me dicen Lottie.

   Abrí mi billetera y le di los tres  billetes que tenía. Ella los arrugó con una mano y los metió en su bolso de plástico negro. Quise besarla pero me contuve. La vi alejarse con esos huesos frágiles por la avenida agitada y sombría, cuando una ráfaga de viento trajo un olor a sándalo y canela.

Wednesday, April 03, 2013

Paul Asto Valdez



Nació en Lima el 23 de marzo del año de 1984. Es bachiller en la especialidad de Literatura  de la Universidad Nacional Federico Villarreal. Ha ganado el primer lugar de cuentos organizado por la biblioteca de la Facultad de Humanidades de su casa de estudios; asimismo, el tercer lugar de los primeros juegos florales organizados por la Universidad Nacional Agraria de la Molina, y el primer lugar del concurso nacional organizado por la CONAJU. Varios de sus cuentos han sido publicados en algunas revistas de Lima  y  en la Revista Al Margen, de Argentina. En el 2012 publicó su primer libro de cuentos: “La muerte se sueña sola”. Actualmente cursa la maestría de Estudios Culturales en la escuela de postgrado de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.


NUBE SILENCIOSA

            «Ves, te dije que no los golpearas» oyó, mientras jalaba del brazo el cuerpo de Roxana hacia el baño. «Además, te dije que todos los amantes de la paz  guardan un arma bajo el brazo, porque están convencidos  que  lo suyo no es más que una ilusión sin sentido».  Pero ya no pudo oír más; sus nervios y el terror por lo sucedido, le provocaron arcadas incesantes que lo llevaron a abrazar el escusado, mientras dejaba caerse en el piso frio del baño, con las manos cubriéndole el rostro, y la incesante  pregunta envuelta en lágrimas: ¿Dios mío, qué hice?
Juan López siempre se había considerado un tipo normal, un poco más listo que  el común de las personas, pero un chico común y corriente al fin y al cabo. Había tenido una niñez como la de cualquier otro niño, con resfriados y varicela, peleas provocadas por un juego de futbol, fugaces enamoramientos que él siempre creyó eternos. Y aunque nunca fue muy religioso, en realidad nadie en su familia lo era, siempre  creyó en Dios, al punto que todavía conservaba la vieja costumbre de rezar de vez en cuando, antes de dormir, sobre todo cuando tenía algún problema, que casi siempre eran problemas amorosos,  o una asignatura que estaba a punto de desaprobar; y en donde todos sus rezos se encontraban basados en pedidos para que aquella chica que lo acababa de abandonar  volviera a su lado o para que una combi no tan asesina se dignase en atropellar a su profesor de matemáticas. Nunca consideró que había algo extraño en ello, es más, estaba convencido de que todos a su alrededor lo hacían,  por lo que aquella mañana de julio, que oyó aquella voz aguardentosa  que le pedía que se despertara para el examen que tendría en algo más de una hora, no sospechó que sucedía algo sumamente extraño.
La noche anterior la había pasado en vela, intentando estudiar lo que no había estudiado en todo el ciclo, por lo que luego de varias tazas de café y varias páginas mal leídas se quedó completamente dormido. La voz había desaparecido, por lo que creyó que solo se había tratado del cansancio provocado por la mala noche que acababa de pasar. Se alistó torpemente intentado realizar varias cosas a la vez, como ponerse la camisa, al mismo tiempo en que intentaba guardar sus apuntes, o lavarse los dientes, mientras  revoloteaba su escritorio en búsqueda de su carnet universitario. Por un instante sopesó la posibilidad de tomar desayuno, pero el tiempo apremiaba, por lo que decidió que lo haría en la universidad luego de terminar el examen.
Su examen final era de la asignatura que más problemas le había causado durante el ciclo, y que irónicamente era el curso en el que más había holgazaneado; con sus repetidas faltas a clases y con sus incontables viajes mentales en los que solía embarcarse cada vez que se encontraba sentado en el salón. Por  ello, cuando llegó a la universidad, no prestó mucha atención a sus compañeros, que al verlo, le preguntaron si se animaría a ir a celebrar el final del ciclo al pequeño bar al que solían asistir de vez en cuando.
Cuando dio inicio el examen, se dio cuenta que apenas sabía de qué trataban las preguntas. Estadística siempre le había parecido un curso innecesario para lo que estaba estudiando, pero por alguna razón que no llegaba a entender, estaba dentro del plan de estudios de su carrera. Durante algunos instantes se vio tentando en copiar las respuestas de su compañero que se encontraba sentado delante suyo, pero desistió de hacerlo, en parte por su torpeza crónica de hacer trampa, y en parte también, porque aquel compañero estaba peor que él en el curso. Fue entonces que decidió mirar hacia la carpeta en donde se encontraba ella. Hacía días que no hablaban desde aquella noche, en que luego de salir del cine, ella lo atajara con un absurdo monólogo en donde le confesó sentirse agobiada por la vida misma, la universidad, sus problemas familiares, pero sobre todo, por su falta de entusiasmo para encarar la vida. No pudo evitar sentirse excitado al ver la armonía que existía en ese cuerpo, en su largo cabello negro que siempre le pidió no cortárselo, en sus incontables encuentros sexuales en un hostal cercano a la universidad. Se encontraba tan absorto en sus recuerdos, que solo salió de ellos, cuando oyó la voz de su profesor decir que quedaban solo 10 minutos para que finalizara el examen.
Fue entonces  que comenzó a oír un pequeño susurro, que no reconoció, pero que creyó que venía de las personas que se encontraban sentados detrás de él. En un inicio no entendió las palabras que le traían aquel susurro, como si en realidad aquellas palabras llegaran de un lugar lejano, que él atribuyó al miedo de ser descubierto,  por lo que  luego de unos instantes de estar aguzando el oído, aquellas palabras comenzaron a tener  la claridad suficiente como para saber que se trataban de las respuestas del examen, fue entonces, que dejando de lado aquellos  momentos de incertidumbre, decidió realizar aquel acto de fe.
Horas más tarde, cuando ya se encontraba celebrando en aquel bar junto a sus amigos más cercanos, recordaría aquellos susurros, por lo que decidió preguntar quién de ellos, le había dado las respuestas del examen, pero ninguno de ellos  supo de que se encontraba hablando, ni su compañero que se encontraba delante suyo, quien no oyó nada, ni el que se encontraba sentado detrás de él.
-       De qué hablas huevón-  dijo al fin Camilo, mientras prendía un cigarro - si yo estuve sentado detrás de ti.
No pudo evitar sentirse extrañado al ver aquella reacción, pues alguien le tuvo que haber dado las respuestas del examen, ya que fue precisamente por aquellas respuestas, que llegó a obtener aquel 15 que necesitaba, y por el cual se encontraba sentado con ellos bebiendo locamente de alegría. Sin embargo se olvidó rápidamente del asunto, para pasar a centrarse en otros dilemas, como lo que harían en las vacaciones de medio de año, el por qué Roxana no había ido a celebrar con ellos, o si finalmente decidiría ir al concierto de un amigo de la universidad, que tocaba esa  noche  con su banda, muy cerca de donde se encontraban.
Cuando despertó  y se vio echado sobre su cama, solo recordaba breves espacios de la noche anterior. Tenía una resaca que le impedía ponerse de pie y un ardor en el estómago, que con el tiempo, se le había hecho crónico después de alguna de sus celebraciones. Miró la hora en su reloj de pulsera, eran las 3 y 30 de la tarde. Era sábado por lo que no pudo evitar pensar en Roxana,  ya que precisamente eran los sábados los días que más tiempo pasaban juntos. Decidió sentarse en la cama, tomar el teléfono y marcar de memoria los números, que no llegó a marcar, pues fue en ese preciso momento que escuchó una voz que le hablaba sobre sus hombros. La  sorpresa que tuvo le provocó que callera al suelo. Miró pasmado que su cama y toda la habitación se encontraba vacía. Intentó tranquilizarse, pensando que se había imaginado aquella voz, por lo que decidió volver a marcar el teléfono, pero una vez más oyó aquella voz, que hiso que diera un grito de angustia y saltara sobre su cama, mientras tomaba el teléfono y lo blandía como si se tratara de un cuchillo.
«Que te digo que no está en su casa» oyó, una vez más, al momento en que soltaba el teléfono y corría en dirección a la cocina en búsqueda de su madre, pero no la halló. Fue entonces  que comenzó a llamar, no solo a ella, sino también a su hermana y su padre a pesar de que sabía que este último se encontraba en  el trabajo.
            «No están, tú hermana y tu mamá han salido a la casa de tu abuela» oyó, por lo que descalzo y en pijama salió corriendo de  casa.
              
Su madre y  hermana lo encontraron  en la puerta del pequeño jardín que tenían. Ambas se sorprendieron de verlo  de pie, descalzo y en pijama a vista y paciencia de todos los vecinos. Al instante percibieron que algo había sucedido, pero él las tranquilizo aludiendo que sin querer había salido y la puerta se le había cerrado. Cuando le preguntaron sobre cuánto tiempo llevaba esperándolas, él mintió, y le respondió; que tan solo llevaba media hora.
Ya dentro de su casa, no pudo dejar de sentirse pequeño, como cuando era niño y caminaba en las madrugadas a la habitación de sus padres para meterse a hurtadillas en la cama de ellos. Fue así, que decidió seguir a su madre por toda la casa intentando disimular el miedo y la turbación, en preguntas retóricas sobre la salud de la abuela, sobre lo que cocinaría al día siguiente, sobre la universidad. Todo ello, descalzo y a escasos centímetros de ella, al punto de quedarse en la puerta del baño, cuando ella tuvo que entrar.
Cuando su madre, ya un tanto fastidiada por su presencia, le mandó a ponerse zapatillas, haciéndole ver que aquellas medias las tendría que lavar él, se vio descubierto, dejándola partir, mientras  intentaba darse valor para subir las escaleras y entrar a su habitación. Se quedó en la entrada; la cama, la ventana abierta, la fotografía de Roxana en el portarretrato colocado en su mesa de noche. Todo aquello parecía estar en el orden adecuado de las cosas, por lo que un poco más calmado, decidió dar unos pasos, para después agacharse y comenzar a buscar debajo de la cama, como si aquella voz tuviera un lugar físico, un origen ubicable por donde poder enfrentarse a ella, pero luego de unos minutos de estar realizado aquella búsqueda absurda, se imaginó lo tonto que se debería de ver en aquellos momentos, por lo que finalmente desistió de  aquello convenciéndose a sí mismo, que lo sucedido horas atrás, se debió a la  mezcla de alcohol barato y marihuana de mala calidad.
Fue solo cuestión de minutos para que se quedara dormido en un sueño profundo y extraño, en donde se veía a sí mismo, en una calle  infinita rodeada por espejos. Caminaba descalzo buscando alguna salida en alguno de aquellos espejos. Tocándolos, golpeándolos, con una angustia que le crecía a cada momento, y con los reflejos de su imagen inerte a cualquier movimiento suyo, como si se tratara de la imagen de alguna otra persona. Sin embargo, el momento de terror llegó cuando de pronto, cada una de aquellas imágenes, comenzaron a hablar. Cada una decía una cosa diferente, pero todas ellas  dirigiéndose a él, diciéndole cosas, que en un principio no llegaba a entender, pero que luego, se dio cuenta que se trataba de varios idiomas. Fue así que reconoció, el inglés, el italiano, el francés, el portugués, y varios otros idiomas, que él no conocía. Fue en ese momento, que se dio cuenta de que estaba soñando, que tan solo se trataba de una pesadilla. Por lo que intentó tranquilizarse, para poder despertar de ella, pero como aquello no sucedía, comenzó a sentirse cada vez más ansioso, por lo que decidió  correr desesperadamente  buscando la salida por donde poder despertar, pero por más que intentaba correr, por más que intentaba utilizar todas sus fuerzas, no parecía avanzar, como si de pronto sus piernas se encontrasen sumergidas en un fango invisible que le impedía avanzar. Cuando cayó de bruces y se dio finalmente por vencido, escuchó aquella voz, ya familiar, que le decía:
            «Despiértate».
 Cuando abrió los ojos reconoció su habitación a oscuras. Se encontraba sudando y una ligera humedad que descendía por su rostro, le hiso darse cuenta que se encontraba llorando. Toda la casa estaba en silencio, por lo que supuso que  debía de ser de madrugada. Decidió permanecer por unos instantes más echado en su cama, tratando de pensar en aquel sueño, en el terror que le provocó no poder despertar, pero sobre todo en aquella voz que parecía perseguirlo incluso en los sueños. Cuando intentó ponerse de pie, para poder prender la lámpara de su mesa de noche, se dio cuenta que no se podía mover. Aquello solo le había sucedió en dos ocasiones, y ambas fueron, cuando tan solo era un niño,  pero su reacción fue la misma que tuvo en aquellos años. En la oscuridad, en el silencio, sentía cómo su corazón le comenzaba a latir más rápido, más fuerte, mientras sus ojos miraban hacia todos lados buscando algún alivio, algún escape, algo que finalmente le diera la tranquilidad que estaba buscando. Cuando intentó llamar a su madre, a su padre, a su hermana, se dio cuenta que no podía pronunciar palabra alguna.   No supo bien, en qué momento dejó  de luchar y se vio observando el techo de su habitación, las paredes con poster de grupos ingleses, la ventana abierta por donde  observaba el árbol de moras y por donde entraba un aire frio, que le indicaba que efectivamente se encontraba despierto.
            La mañana de domingo, lo encontró con un aire renovado, como si algo dentro de él hubiera cambiado. No quiso tomar desayuno, y mucho menos, tuvo tiempo para pensar en Roxana. Salió de casa, diciendo que iba a ver a un amigo, y que no lo esperaran para almorzar. Todavía recordaba cada uno de los detalles de aquella pesadilla, algo que muy pocas veces le ocurría, ya que casi siempre solía olvidar los sueños al día siguiente,  pero aquellos recuerdos eran distintos al igual que verse echado, inmóvil y aterrado sobre la cama. Tenía la certeza de que algo malo estaba sucediéndole, por lo que todas sus esperanzas, estaban puestas en aquel amigo, a quien esperaba encontrar en  casa.
            Aquel amigo había sido un compañero de colegio, a quien solía unirle los recuerdos de todas aquellas mañanas, en que se tiraron la pera buscando algún centro de videojuegos o un lugar apartado, en donde poder tomarse la botella de whisky robada de la casa de uno de ellos. Y aunque se habían perdido el rastro en los últimos años, tenía la esperanza, de que al verlo, podría remover aquel sentimiento de complicidad que alguna vez compartieron. Además, era el único amigo que tenía, que se encontraba estudiando psicología, y tal vez el único, a quien podría confesarle  el murmullo constante, que parecía perseguirlo desde hacía un par de días.
            Encontró a Rafael durmiendo. Pero por la confianza con su familia, le permitieron ir a su habitación para poder despertarlo. Su cuarto seguía siendo como lo recordaba, un total desorden, y aunque sus paredes ya no contenían los poster, que él aún conservaba, y sus cómics que solía tener en su escritorio, habían sido cambiados por una ruma de libros, tuvo  la certeza de que había hecho bien en ir a buscarlo.  Solo fue después de algunos minutos de haber llegado, cuando Rafael se percató de su presencia. No pudo ocultar la molestia que le había causado tener que despertarse luego de una noche de juerga por una visita inesperada, pero al reconocerlo, aquella molestia pareció esfumarse, para terminar fundiéndose en un abrazo.
            Tomó desayuno junto a Rafael y su familia, por lo que no pudo evitar sentirse involucrado, en aquel torbellino de preguntas que intentaban  reparar todos aquellos años de ausencia.  Y aunque intentaba disimular la impaciencia por quedarse a solas con Rafael, sabía que no lo estaba logrando. Lo supo bien, cuando luego de que levantaran la mesa, la madre de su amigo, les hiciera ver, que al parecer tenían que ponerse al día. Fue así, como se vio entrando en aquella habitación, que no solo se veía mal, sino que también olía mal.
-       Por lo visto sigues teniendo las mismas perras que en el colegio-  dijo, en un intento por romper el hielo.
-       ¿Qué se puede hacer?-   Preguntó Rafael,  - es algo hereditario- .
            Ambos rieron, mientras Rafael abría la ventana de su cuarto. Juan se quedó observándolo. Seguía siendo igual de flaco, y aunque parecía que seguía siendo el mismo chico desordenado de siempre, la voz que tenía dentro de él, le hizo darse cuenta, de que ya no era el mismo, y que las respuestas que buscaba, no las encontraría en aquel lugar.  
-       ¿Ahora sí, me dirás a que debo tu visita?-  le preguntó, a raja tabla.
            Juan intentó  esbozar una débil sonrisa, mientras intentaba explicarle que se encontraba realizando un trabajo en la universidad, sobre problemas mentales, por lo que pensó que él podría ayudarlo. Rafael, no pudo evitar mirarlo  sorprendido, mientras  le hacía ver lo raro del asunto, ya que en su universidad ya se encontraban de vacaciones de medio año, pero sobre todo, lo extraño que era que  un estudiante de administración, necesitara realizar un trabajo sobre problemas mentales.
            «Te dije que las respuestas no las encontrarías aquí» oyó una vez más, mientras intentaba disimular su turbación.
-       Es que se trata de un trabajo de estadística sobre enfermedades mentales- mintió.
-       ¿Sobre un sanatorio?-
-       Algo así, lo que quiero saber es un poco sobre todas aquellas personas que escuchan voces dentro de su cabeza- tomó aire - ¿acaso necesariamente están locas?-
Rafael se acercó a la ventana de la habitación. Parecía estar pensando en algo, pues la contracción de su rostro, era la misma que él reconoció de sus años de colegio.  Casi y al instante temió haberse puesto al descubierto ante sus ojos, por lo que estuvo tentado de salir corriendo del lugar.
-       Pues lo cierto, es que las personas que escuchan voces inexistentes, suelen tener algún problema mental. Ya sea por alguna experiencia traumática, una infancia difícil, un desbalance químico o daño físico en el cerebro. Puede que sean muchos los orígenes, pero de que se trata de un problema mental, lo es - .
           La expresión del rostro de Juan bastó para que Rafael se diera cuenta  que efectivamente sucedía algo raro. Por lo que casi al instante agregó, sin poder mirarle a los ojos y con cierto nerviosismo al hablar:
-       Pero hay investigaciones recientes, que muestran que hay  muchas personas que escuchan voces y  que no siguen un tratamiento clínico, y que además siguen con su vida normal. Es más, algunas de estas personas consideran que  es algo bueno en su vida, como si aquellas voces, de pronto le trajesen la tranquilidad o el conocimiento que necesitaban-.
-       ¿Y tú qué crees?- preguntó Juan, como quien se juega la vida en la respuesta.
-       Pues no sé – respondió, al momento en que se acercaba  a su escritorio y revoloteaba en el – si es así la cosa, tal vez lo que necesiten no es un psiquíatra, sino un cura-.

Regresó a  casa muchas horas después de haberse despedido de Rafael. « Sabes que no lo volverás a ver» oyó, pero no tuvo necesidad de responder. Sabía muy bien que sus caminos ya no volverían a cruzarse, menos aun con aquella expresión de temor y preocupación con la que se despidieron. Como si los años se hubieran encargado de pasarles la factura, pero sobre todo, con la terrible sensación de que aquella voz  parecía conocerlo mejor que él mismo.
            En su casa  solo halló a su hermana, pues sus padres se encontraban en misa.  Solo fue después de haber tomado un poco de agua desde el caño de la cocina, decidió subir a su habitación. Se  hallaba mentalmente agotado, con una extraña sensación de haber sido derrotado y con unas ganas terribles por llorar. Fue entonces cuando oyó nuevamente la voz, pero esta vez no provenía de su cabeza, sino  de un lugar concreto, real, ubicable. Provenía del segundo piso de la casa. Estaba convencido de ello, mientras esperaba que la voz, la otra, la que se hallaba en su cabeza se lo confirmase, pero no la encontró. De pronto se vio subiendo escalón por escalón, con el corazón agitado y con un lento sudor frio que le decencia por toda la espalda. Cuando finalmente llegó al segundo piso, trató de ubicar la voz. Parecía que cantaba algo, pero por los nervios, no podía entender muy bien de qué se trataba. Caminó lentamente por el pasadizo que llevaba a las habitaciones, hasta detenerse frente a la puerta de la habitación de su hermana. Cuando tocó, y esta abrió la misma, la empujó, como si ella también fuera parte de la conspiración  por la que en esos momentos se encontraba a punto de perder la razón, pero no halló nada. Solo la misma habitación ordenada, y un radio pequeño, desde donde provenía aquella voz tan familiar.
-       ¿Quién es ese que canta? – le preguntó tartamudeando, como si no encontrara las palabras.
-       Es Joaquín Sabina oye, ¿y qué es eso de estar empujándome en mi cuarto? A ti no te gusta ese tipo de música, no es para cualquiera. Además, Sabina es Dios.

La voz solo volvió dos días después. Durante esos días, en vez que la tranquilidad volviera a su vida, una ansiada creciente comenzó a invadirlo. Por primera vez, desde que empezó aquel murmullo constante, necesitaba que aquella voz volviera. Ya que aquel silencio, en vez de hacerle bien, parecía afectarlo a tal punto, de llamarlo constantemente, en voz baja, para que su familia no creyera que se había vuelto loco. Además, estaba lo dicho por su hermana. No entendía el por qué tenía a Sabina dentro de su cabeza. Lo primero que pensó, era que se trataba del alma de Sabina atormentándole. Pero, luego de investigar un poco por el internet, descubrió que todavía estaba vivo. Estaba convencido de que no se estaba volviendo loco, porque no había razón para que la voz, de alguien a quien nunca había escuchado, estuviera en su cabeza. También estaban las respuestas del examen, y cómo aquella voz parecía saber no solo lo que le ocurría a él, sino también lo que ocurría a su alrededor, como si se encontrara siempre un paso delante suyo.
            En el transcurso de aquellos días logró encontrarse con Roxana después de varios intentos infructuosos. Sin embargo aquel encuentro no fue lo que esperaba. Ya que, mientras él llegó con una rosa en la mano, Roxana llegó con el cabello mucho más corto y con una caja que contenía todos los regalos, que durante su relación de año y medio, le había hecho presente. Fue solo entonces que comprendió que su relación había finalizado. Con  aquel intento  absurdo por hacerla recapacitar, con el cuerpo de Roxana perdiéndose al doblar una esquina, con aquella caja sobre sus brazos, y con el regreso a casa más triste que creía recordar.
            Por eso cuando volvió aquella voz, no se le ocurrió otra cosa, que  salirle al frente  por haberlo abandonado en esos momentos difíciles.
            « ¿Acaso crees que eres el único que me necesita?» oyó, mientras pateaba aquella caja llena de recuerdos debajo de la cama.
            «Ahora entiendes por qué casi nunca respondo a las plegarias. Además ustedes, lo primero que hacen es preguntarse si están locos, para luego comenzar a llenarse de fármacos para que me marche ».
            Juan en un acto de reflejo construyó una disculpa, para luego pasar a contarle lo que le había pasado con Roxana, como tratando de ponerle al día, pero al instante fue acallado por aquella voz que le dijo; que ya lo sabía, que él,  lo sabía todo. Cuando al fin se animó a  preguntarle el por qué tenía la voz de Sabina, aquella voz le contestó, en un tono irónico:
            «Y por qué mejor no preguntas: ¿Por qué Joaquín Sabina tiene mi voz?».
            Ambos rieron, como si en aquella respuesta medio en serio, medio en broma, toda la angustia de Juan se disipase. Entonces  cayó en la cuenta  que si aquella voz  había llegado por sus plegarias, todavía le faltaba solucionarle una. Es así que quiso saber sobre Roxana, el por qué le había dejado y cómo haría para que volviera a su lado.
            «Ustedes solo ven lo que quieren ver, sin detenerse a preguntarse el por qué suceden las cosas. Es por eso, pese a lo que todo el mundo cree, estoy más cerca de los científicos y de los filósofos, antes que los curas, pastores, supuestos profetas y feligreses. Solo es una lástima que ellos nunca pidan mi ayuda, sino imagínate todo aquello  que sabrían».
            Sin embargo a Juan le importaba poco aquella clase de teología. Él solo quería saber el por qué Roxana se había marchado, el por qué le había devuelto todos aquellos regalos, que en esos momentos le parecían tan ajenos, y que su simple visión le causaba dolor.
            «La respuesta es simple» le oyó «simplemente te dejó por otro».
            Juan intentó hacerle ver que estaba equivocado, que ella no podía simplemente haberlo dejado por otro. Quiso recordarle todas aquellas tardes en que hacían el amor y ella le pedía que nunca la dejara, pero desistió en su intento. Algo, no muy dentro suyo, le hacía saber que él estaba en lo correcto.
            « ¿Quieres saber quién es verdad? Ustedes siempre quieren saber quién es, como si aquello cambiase la traición, como si aquello fuese la razón».
            No pudo evitar sentir que aquella voz aguardentosa estaba disfrutando con su dolor. « Es solo a través del dolor y el sufrimiento como se llega a la redención» le recordó, pero aquel dolor le era insoportable. Tenía que saber de quién se trataba. Sentía que si lo sabía, las cosas  podían cambiar. Al menos, comenzar a sentirse mejor. Sin embargo, no pudo evitar sentir un dolor punzante  en el estómago cuando oyó el nombre de su profesor de estadística.
           
Los días que siguieron a su revelación transcurrieron lentamente, como si  aquellas ansias desesperadas por volver a clases, fuera la causante de aquella lentitud de minutos y horas, que lo desquiciaban. Tenía que seguir el plan trazado por aquella voz,  ya que después de mucho discutirlo, comprendió que solo poniendo al descubierto aquellos detalles que se le habían estado pasando de largo, tendría el valor suficiente para lograr que Roxana volviera a lado suyo. Por lo que no tuvo más remedio que aceptar a regañadientes, sobre todo cuando descubrió que aquello de las plegarias, no era como frotar una lámpara de deseos. 
            Por aquellos días, los que vieron a Juan, notaron que había algo diferente en él; ya sea en su andar, en la manera de mirar, de responder. Nadie sabía con exactitud a qué se debía, pero notaron que era otro Juan en comparación, al otro que semanas atrás había estado dando lástima por todos los pasillos de la universidad. Inclusive su hermana, con la cual no se llevaba muy bien, se animó a felicitarlo por su cambio de humor.
-       Hasta que por fin hermanito te animaste a dejar de dar pena – le dijo, mientras aquella voz le ponía al corriente, sobre un intento de suicidio mal elaborado, un aborto provocado, y sobre el ciclo abandonado en la universidad en pos de la búsqueda de su arte interior.
Claro que todos en la mesa se quedaron boca abierta, sobre todo su hermana quien no estaba preparada para una respuesta de aquel tipo.  Y aunque en un inicio lo mandaron a callar, Juan supo, casi al instante  que se puso de pie para dirigirse a su habitación, que había ganado la pelea. Sin embargo no siempre la voz permanecía con él. Habían días en que simplemente aquella voz desaparecía de la misma manera en cómo había aparecido, como si se tratara de una llovizna inesperada, de una mala noticia, tan de pronto, que Juan creía desesperar en esos días en que se quedaba solo con su conciencia.  Sobre todo, porque solo en aquella ausencia, venían a él incesantes preguntas que creía necesarias ser respondías teniendo a la mano quien las responda; como el sentido de la vida, el origen del universo, lo que hay después de la vida. Pero lo cierto era que cada vez que volvía aquella voz, todas aquellas preguntas parecían esfumársele de la cabeza, para pasar a preocupaciones menos densas, como qué era lo que estaba haciendo Roxana en esos momentos, si aún pensaba en él, y cosas de ese tipo, que solo en la soledad absoluta, se lamentaba de haberlas realizado.
            Por ello, el día en que por fin daba inicio su ciclo en la universidad, se sintió renovado. Había dormido de largo, sin sueños ni sobresaltos. Inclusive tuvo tiempo para una ducha larga y sentarse a tomar desayuno con sus padres y su hermana, quien no le dirigía la palabra después de aquella tarde en que puso al descubierto sus secretos.  Cuando llegó a la universidad, lo primero que hizo, fue buscar a Roxana, mientras se cercioraba, una y otra vez, que aquella voz permaneciera consigo, a su lado, pero sobre todo, que no la abandonase en ese día tan importante. Cuando al fin la halló, tuvo un estremecimiento al verla tan desinhibida, tan feliz. Una vez más lamentó que se hubiera cortado el cabello, como si con aquel acto insignificante,  hubiera  querido demostrarle que lo suyo ya no tenía retorno.
            Por unos momentos creyó flaquear, sobre todo cuando se imaginó el cuerpo armónico de Roxana en los brazos de aquel profesor.  Cuantas veces habrían hecho el amor, si ya le había dicho que nunca la dejase, si ya había tenido aquel orgasmo que le provocaba una risa frenética, mientras su corazón parecía salírsele por la boca. 
            « ¿De verdad quieres saberlo? » oyó, mientras negaba con la cabeza e intentaba salir de la oscuridad en la que se encontraba.
            El curso de estadística II estaba fijado para las dos últimas horas, por lo que decidió no entrar a clases, en lo que esperaba que llegara,  el que en esos momentos se había convertido en el ser que más odiaba sobre la faz de la tierra. Aquellas horas se las pasó deambulando por toda la universidad, mientras recordaba que la primera vez que vio a aquel profesor, hubo algo que le cayó mal. Quizás se trataba de intuición, o como de pronto aquellas negativas de Roxana por saltarse aquellas clases, comenzaban a cobrar sentido. No pudo evitar sentirse un completo idiota con cada revelación, que solo en esas horas de espera maldita, comenzaban a abrirse ante sus ojos, como si se tratase de una eclosión de un bicho muerto.       
            Cuando al fin dio inicio la clase, pasó a sentarse en un rincón del salón desde donde podía observarla. Se encontraba sentada en la primera fila, con aquel vestido rojo que él tanto le rogaba que se pusiera y que ella siempre encontró más de una excusa para no ponérselo. Estaba convencido  de que había un lenguaje corporal entre ellos dos. Lo supo, ni bien vio entrar al profesor, con aquella sonrisa de oreja a oreja, con los jeans raidos y la casaca de cuero. Se notaba rejuvenecido, e incluso, hasta mucho más alegre a como lo recordaba del ciclo anterior. Al instante comprendió que Roxana se había convertido en la amante de un hombre casado, pero aquella voz le hizo saber que no era así. Que aquel profesor era soltero y que siempre había disfrutado de su soltería con alumnas dispuestas a jugárselas por él.
            Solo fue después de que finalizara la clase, que decidió que era momento de actuar. No tuvo necesidad de seguirlos. Gracias a aquella voz, sabía que se encontrarían en un café de la ciudad para que nadie de la universidad sospechara de su relación. Fue así que se vio sentado en una banca cercana a aquel café. Oyendo lo que aquella voz le transmitía de la conversación. Fueron dos horas que a él le parecieron eternas, y en donde en ningún momento afloró su nombre, sino los planes para ir a refugiarse lo que quedaba de la tarde en aquel departamento que quedaba a escasas cuatro cuadras de donde se encontraban.
            Tuvo ganas de acercarse a ellos ni bien los vio salir  del café, pero aquella voz lo detuvo, haciéndole ver que lo mejor sería encararlos horas más tarde, luego de que ellos hubieran disfrutado  de sus cuerpos.  Quiso oponerse ante aquella idea irresistible, pero finalmente se dio por vencido  cuando entendió  que  esa era la manera correcta en cómo ella volvería a su lado.
            Las horas que permaneció dando vueltas por las afueras del departamento, le parecieron las horas más horribles de su vida. Por más que intentaba no pensar en ello, no podía dejar de imaginarse el cuerpo desnudo de Roxana pisos arriba. En más de una ocasión intento preguntarle a aquella voz, la manera exacta en cómo ella volvería a él, pero por más que intentaba hallar una respuesta de aquella voz, terminaba conformándose con una respuesta escueta sobre que solo en el preciso momento sabría de que se trataba.
            Fue cerca de las seis de la tarde cuando oyó a aquella voz decirle que comenzara a subir las escaleras. El departamento se encontraba en el sexto piso, por lo que le pareció absurdo tener que usar las escaleras y no el ascensor del edificio. No se molestó en hacerle ver aquel detalle, pues supuso que aquello también era parte del plan trazado. Se encontraba  al límite de sus fuerzas cuando  llegó al departamento. En la parte superior de la puerta se hallaban  escrito: 666. Los dos primeros, claramente se trataban de la dirección del departamento, mientras que el último había sido pintado adrede, en una clara ironía profética. Juan no pudo evitar sentirse sorprendido ante aquella señal, pero a la vez se convenció que lo que estaba a punto de realizar, era lo correcto, sobre todo, teniendo aquella voz aguardentosa, que él mejor que nadie, sabía de quien se trataba.
            Tocó la puerta de manera pausada. No sabía qué iba a decir exactamente cuando apareciera su profesor de Estadística, pero estaba convencido  que él, aquella voz que lo había acompañado tanto tiempo y por el cual había comenzado a mirar de otra manera la vida, no lo abandonaría. Mucho menos con aquella ironía religiosa  que parecía indicarle el inicio del enfrentamiento. Cuando la puerta se abrió y vio a su profesor de estadística cerrándose la bata, notó la sorpresa en sus ojos y en su cuerpo agitado. Estaba despeinado y parecía recién bañado. Además, desde el departamento salía aquel olor a calabazas que le era tan familiar.   Fue entonces que comenzó a sentir  una rabia ciega inundándole el cuerpo.
-       ¿Qué se le ofrece López? – preguntó, recuperando la compostura, mientras intentaba abrir lo menos posible la puerta.
«Dile que has venido por una duda de la clase».
-       Vengo por una duda de la clase de hoy, es por la lista de libros- respondió, mientras clavaba sus uñas en las palmas de sus manos.
            «Trata de convencerlo de que te deje pasar».
-       Eso lo podemos ver mañana en la universidad – dijo, al momento en que daba por finalizada la conversación, y comenzaba a cerrar la puerta.
            «Trata de detenerlo antes de que te cierre la puerta».
-       Pues fíjese que quiero hablar de eso ahora mismo – gritó, mientras ponía su pie en la puerta y lo empujaba dentro del departamento.
            Cerró la puerta con violencia. Casi  al instante pudo notar cómo su profesor comenzaba retroceder, con los ojos recelosos y una pisca de temor que le hacía temblar la comisura de su labio inferior. No pudo evitar reír, como si en realidad no fuera él quien estuviera riendo, sino como si riese otro, aquel que había permanecido dentro de él en la oscuridad.
-       Podemos hablar de esto López – oyó, mientras desde uno de los cuartos reconocía la voz de Roxana preguntando qué pasaba. – Las cosas no tienen por qué salir de esta manera-.
            Solo fue después de que Roxana apareciera envuelta en una camisa larga, que decidió tomar un adorno de una repisa. No sabía muy bien por qué lo hacía, pero en esos momentos, ya no tenía control de lo que se encontraba realizando. Roxana al verlo, intentó cubrirse los pechos con los últimos botones que se encontraban sueltos, mientras le  increpaba qué mierda hacia ahí. Sin embargo  a Juan le pareció gracioso que una persona a la que había visto decenas de veces desnuda, se molestase en tratar de cubrir un poco de piel. Observó el adorno, se trataba de una miniatura de una cabeza clava de la cultura Chavín. Siempre le habían llamado la atención los colmillos, más que la cabeza en sí misma. Le parecían los colmillos de un vampiro. Fue entonces que decidió preguntarle a la voz que se encontraba en su cabeza, si aquellos colmillos eran los de un vampiro, sin importarle la expresión de miedo que tenía Roxana en esos momentos.
            « ¿Qué tienes pensado hacer con ese adorno?».
            Luego todo se volvió confuso, sobre todo cuando, sin darse cuenta, su profesor de estadística  se perdió en uno de los cuartos para después aparecer apuntándole con una pistola, mientras lo amenazaba con llamar a la policía.
            «Tranquilo, no tiene balas» oyó, al momento en que se ponía de pie y avanzaba hacia ellos con una tenue sonrisa dibujada en los labios, mientras observaba cómo Roxana pasaba a esconderse detrás de su profesor de estadísticas.

Tenía las nalgas mojadas por la cerámica  del baño. No pudo evitar ver el cuerpo dormido de Roxana. La camisa se le había abierto cuando le dio aquella bofetada que la tumbo al suelo. Pensó que tenía unos pechos enormes, mientras miraba en dirección a la sala. Había un gran charco de sangre sobre la alfombra. No entendía muy bien que era lo que había hecho, era como si de pronto se despertara de un largo sueño; con las manos y la ropa machada de sangre.  Intentó convencerse de que se trataba de una pesadilla, de una pesadilla de la cual en cualquier momento despertaría, pero fue entonces que oyó la voz de una mujer, que provenía de la puerta del departamento; preguntando por el profesor, que si se encontraba bien, que iba a llamar a la policía sino abría la puerta.
            «Qué, ¿qué hice? Lo mismo te pregunto » oyó, mientras Juan comenzaba  a ahogarse en un llanto que se tragaba las palabras.  Intentó decirle que se callara, que todo lo que había hecho, no lo había querido hacer, pero ahí se encontraban aquellas  otras voces y algunos intentos por abrir la cerradura. Fue entonces que supo que estaba perdido. Que no existía un lugar para escapar de aquel infierno en  el  que aquella voz lo había metido.
            «Sabes que todavía tienes una salida» oyó, al momento en que una fuerza inexplicable lo llamaba a cerrar la puerta del baño y acercarse al cuerpo de Roxana. «Sin testigos, no hay acusaciones». Observó una ventana pequeña por donde tranquilamente podría salir, pero casi y al instante se horrorizó de lo que estaba oyendo. Trató por última vez de tomar el control de sí mismo, mientras se ponía de pie, con la ayuda del lavadero. Intentó reconocerse en la imagen que reflejaba el espejo, pero le fue imposible. Volvió a oír lo que parecían patadas golpeando la puerta del departamento.
            -Sabes que todo esto es culpa tuya – gritó al fin, a la imagen inerte en el espejo, mientras luchaba para que sus piernas no cedieran. – Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me hiciste hacer esto?- comenzó a susurrar, una y otra vez, con el llanto atorándosele en la garganta.
            «Y yo, ¿qué culpa tengo?» escuchó, mientras se limpiaba las lágrimas con las mangas de su camisa, «si todo lo que hiciste, lo hiciste porque tú quisiste. Además, ¿en qué momento te dije que era Dios?»  Oyó, al momento  que aquella risa estruendosa comenzaba apagarse en su cabeza, como si estuviera marchándose lentamente sobre una nube silenciosa.
            Fue entonces cuando Juan volvió a mirar el cuerpo dormido de Roxana, al momento que la puerta era derribada y  el departamento comenzaba a ser inundado por gritos de horror, y esa vez  si supo, que lo que tenía que hacer, lo haría sin vacilar.